Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo II (part 2 of 4)
En tanto que los franceses intervenían en las querellas interiores de los indígenas, poniéndose al lado de los unos o de los otros, los ingleses apenas se cuidaban de los asuntos de los indígenas, excepto para castigarlos si les molestaban con sus depredaciones. Si las colonias francesas vivían todas en armonía y respetaban las decisiones del gobierno de París, las colonias inglesas, por el contrario, carecían entre sí de todo lazo de unión, hasta el punto que estaban celosas unas de otras y recibían fríamente las órdenes del gobierno de Londres.
Al paso que los franceses del Canadá, ocupados en el comercio de pieles, adquirían carácter guerrero y estaban afanosos de aventuras, las colonias de Nueva York, Massachusetts, New-Hampshire y otras eran enemigas de la guerra y sólo querían que las dejasen tranquilas en sus industrias agrícolas. Las expediciones francesas se hicieron con consentimiento y aun con ayuda de la Corona, a la cual se hallaban sujetas, mientras las inglesas gozaron de completa libertad, no comprometiendo nunca el nombre del Estado ni el de la metrópoli. El gobierno de Francia, por último, no impidió que fuesen al Canadá aventureros y viciosos, al paso que el gobierno de la Gran Bretaña tuvo empeño en poblar sus colonias de gente laboriosa, inteligente y de puras costumbres.
Por estas razones y otras, no es de extrañar que en las guerras que sobrevinieron entre franceses e ingleses con los indios, los primeros mostraran espíritu más intolerante que los segundos.
También haremos notar que, cuando estalló el conflicto entre Francia e Inglaterra, los indígenas, en general, se pusieron en contra de la primera de aquellas naciones.
Consideremos el Canadá o Nueva Francia bajo el reinado de Luis XIV. La política de Colbert, excelente ministro de Hacienda, influyó en el engrandecimiento interior y exterior de Francia. También hubo de fijarse muy especialmente en los asuntos de América. Cuando Argenson se hallaba al frente del gobierno del Canadá, fué nombrado vicario general apostólico Francisco J. de Laval Montmorency (1659). Ambos eran personas distinguidas, inteligentes y piadosas. Sin embargo, sobrevino formal rompimiento entre los dos, viéndose obligado a dimitir el Gobernador. Nombrado como sucesor el barón Dubois de Avangour, tampoco tuvieron simpatías el nuevo gobernador y el vicario general, hasta el punto que Dubois hubo de retirarse a Francia. Aunque Laval, autorizado por el Rey, nombró a Mezy representante del poder civil, pronto lo exoneró de su cargo. El vicario general, que era decidido campeón de la cultura del país, tenía el apoyo de los jesuítas, quienes influyeron para que aquél fuese preconizado obispo de Quebec.
Por entonces (mes de febrero de 1663), se produjo violento terremoto en el Canadá. Afortunadamente, no hubieron desgracias personales, ni las pérdidas materiales fueron muchas.
En el citado año de 1663, la famosa Compañía de Nueva Francia se declaró insolvente e hizo entrega al Rey de todos sus derechos. La verdad es que siguió la misma conducta que las compañías anteriores, o lo que es lo mismo, consideró el comercio como objeto principal y casi exclusivo. Además, aunque se había comprometido a transportar al Canadá en 15 años 4.000 colonos por lo menos, el censo de 1666 arrojó apenas 3.500. Aceptó el Rey la entrega, y, siguiendo el mismo ejemplo de Richelieu, dispuso el establecimiento de poderosa compañía a la cual denominó West India Company (Compañía de las Indias Occidentales). Creía que una Compañía mayor conseguiría ventajas no logradas por una menor. El inspirador de la idea y el consejero del monarca fué Colbert. De la misma manera que el prestigio de Richelieu no bastó a salvar del fracaso la Compañía de Nueva Francia, tampoco el talento de Colbert unido al del gran Rey pudieron sacar a flote a la Compañía de las Indias Occidentales. Se proponía con todo empeño la Compañía del Oeste (24 mayo 1664), promover el comercio entre Francia y la costa occidental del Africa, desde el Cabo Verde hasta el de Buena Esperanza, con América desde el río de las Amazonas hasta el Orinoco y las Antillas, y en el Norte desde la Florida hasta la bahía de Hudson. Concediósele a la Compañía del Oeste todos los derechos de soberanía y además el del comercio exclusivo de pieles por 40 años. Si luego se quitó a la sociedad el citado privilegio exclusivo del comercio de pieles, se le dieron otros privilegios.
Luis XIV, queriendo hacer del Canadá otra Francia, comenzó nombrando gobernador al señor de Courcelles, intendente a Juan Talon y jefe militar al teniente general marqués de Tracy. Nobles, colonos y soldados se dirigieron al Nuevo Mundo; también mujeres jóvenes para que allí se casaran y fundasen familias. Mandáronse ganados de cría de todas clases. Si en cierta ocasión el marqués de Tracy y Courcelles, a la cabeza de buen número de soldados, salieron de Quebec para castigar a los iroqueses, se contentaron con arrasarles varias chozas. Tracy regresó pronto a Francia. Courcelles y Talon quedaron en sus respectivos puestos. Talon hizo construir buques, envió ingenieros que descubrieron diferentes minas, alentó a los industriales para que se dedicasen a la fabricación de paños, de curtidos, de calzado, de jabón, etcétera. Intentó abrir un camino terrestre para que la Nueva Francia se comunicara con la Nueva Escocia o Acadia, como también otros proyectos de importancia. Al mismo tiempo Luis XIV se cuidó de enviar colonos, lo mismo hombres que mujeres, al Canadá.
El primer gobernador de Nueva Francia, digno de ocupar puesto preeminente en la historia de aquellos países, fué Luis de Buade, conde de Frontenac. Obtuvo su nombramiento el año 1671 y llegó al Canadá el 1672. El insigne intendente Juan Talon regresó a Francia poco después de la llegada de Frontenac. Este, hijo de familia distinguida, fué comandante del regimiento de Normandía a la edad de veintitrés años, y mariscal (capitán general) tres años después. Era hombre de regular ilustración, elegante, de claro juicio y de carácter. Aunque acostumbrado al fausto de los salones de Versalles y de Saint-Germain, se alojó y vivió contento en la modesta morada de Quebec. Intentó organizar el Canadá, bajo el punto de vista político, constituyendo los tres brazos siguientes: nobleza, clero y pueblo. Formóse el pueblo con los comerciantes y demás ciudadanos con casa abierta. Creyó el conde de Frontenac completar su obra reuniendo el Parlamento (23 octubre 1672) en Quebec con toda solemnidad. Por cierto que el Parlamento estableció en Quebec una corporación municipal, institución que no fué del agrado de Colbert, según el ministro de Luis XIV manifestó al mismo Frontenac. Este, que era ante todo valeroso soldado, estableció buenas relaciones con los iroqueses, si bien no pudo entenderse ni con el obispo Laval ni con el intendente Duchesneau, sucesor de Talon. A tal extremo llegaron las disputas entre el gobernador y el intendente, que el gobierno central hubo de destituirles en 1682. Mr. de la Barre, que gobernó tres años, y el marqués de Denonville, que ejerció cuatro el cargo, nada hicieron de particular, sucediéndoles nuevamente Frontenac cuando contaba setenta años. El mismo día de su salida de Francia (5 agosto 1689) se verificó en Lachine terrible matanza realizada por los iroqueses.
Respecto a la política de Inglaterra, Guillermo III de Orange (1689-1702) señala un cambio--aunque no tan radical como podía esperarse--en las relaciones de la metrópoli con las colonias. Cuando Jacobo II tuvo que dejar la corona y se retiró a Francia, el Parlamento eligió al Príncipe de Orange. «Al resolver de este modo, dice Mr. Brancroft, los representantes del pueblo inglés, se arrogaban el derecho de juzgar a sus reyes; al declarar el trono vacante, anulaban el principio de legitimidad; al desechar una dinastía por haber profesado la fe romana, no sólo se tomaban el derecho de interpretar el primitivo contrato, sino que introducían en él nuevas condiciones; al elegir un Rey, convertíanse en sus constituyentes, y el Parlamento de Inglaterra llegó a ser la fuente de la soberanía para el pueblo inglés.»
Así como no existían las mejores relaciones entre Luis XIV y Guillermo III, tampoco existían entre los franceses e ingleses del Canadá. Los colonos franceses se proponían monopolizar el comercio de peletería, seguro medio de comunicación con el Mississipí, para arrojar después a los ingleses de las pesquerías de Terranova, en tanto que los colonos ingleses intentaban también expulsar a sus enemigos del país.
Cuando se presentía próxima guerra entre Francia e Inglaterra, Luis XIV propuso a Guillermo III que se conservasen neutrales sus respectivas colonias, proposición que fué desechada por el rey de la Gran Bretaña. No debe olvidarse que Luis XIV vió con malos ojos el destronamiento de Jacobo II y el triunfo de Guillermo III de Orange.
Al lado del preclaro nombre de Frontenac brilla el de Juan Talon, el gran intendente del Canadá. Talon encontró poderoso y decidido auxiliar en Roberto Cavelier de La Salle, excelente discípulo de los jesuítas y a quien ya hubimos de citar en el capítulo II de este tomo. Fundó en el Canadá la colonia de Lachine, que es a la sazón la ciudad del mismo nombre. La Salle recorrió el río Ohío y descubrió probablemente el Illinois, echando los cimientos de una ciudad que tomó el nombre del descubridor de dicho río.
Luis Joliet, discípulo también de los jesuítas, después de subir por el río San Lorenzo, pasar por el lago Ontario y luego por el Erié, llegó por tierra hasta el Illinois, donde volvió a embarcarse, tal vez en el mismo sitio que actualmente ocupa la ciudad de Joliet, llamada así en honor del ilustre viajero.
Fijándonos muy especialmente en La Salle, bien será decir que por entonces (1673) se ocupaba de varios proyectos en su posesión de Lachine, siendo el principal la colonización y gobierno de la cuenca del Mississipí hasta las playas del golfo de México. El proyecto fué aprobado por el conde de Frontenac. Luego que el ilustre La Salle hizo construir a orillas del lago Ontario una fortaleza que denominó Frontenac y que fué el comienzo de la ciudad conocida hoy con el nombre de Kingston, marchó a Francia, donde el Rey le concedió honores y extensos territorios en la comarca del fuerte de Frontenac. Volvió a América, y en el término de dos años había fundado dos pequeñas aldeas, una de franceses y otra de iroqueses; había hecho construir cuatro buques; había organizado una misión, etc., pudiendo regresar en el otoño de 1677 a Francia. Apoyado por el ministro Colbert, Luis XIV autorizó a La Salle para hacer toda clase de exploraciones, construir fortalezas, extender el comercio de pieles de búfalo y organizar la administración pública; pero todo a sus expensas y en el término de cinco años. Regresó a América, llevando en su compañía a un oficial italiano llamado Enrique de Tonti, hombre emprendedor y de excelentes cualidades. La Salle construyó un fuerte, que era una barrera contra los iroqueses, no lejos del Niágara (que une los lagos Ontario y Erié); hizo construir un buque, el primero de vela que surcó las aguas del lago Erié, botado al agua el 1679 y que recibió el nombre de Griffin. Dispuso La Salle que se embarcase en el Griffin rico cargamento de pieles para ser trasladado de una de las islas a Quebec. Perdido el buque y el cargamento, esta pérdida fué el principio de las muchas desgracias que desde entonces persiguieron a La Salle. En seguida otro buque que le llevaba de Francia objetos y cosas necesarias, se perdió a la entrada de San Lorenzo. Después de construir el fuerte de Crevecœur en el actual Estado de Illinois, se dirigió en busca de noticias del Griffin a la fortaleza Frontenac y a Montreal, cuyo largo y peligroso camino recorrió a pie. Apresuradamente volvió de Montreal a Crevecœur con el objeto de castigar una sedición de su misma gente. Presos los traidores, se embarcó en canoas para hacer un viaje de exploración del Mississipí, llegando el 6 de abril de 1682 a la desembocadura de dicho río. El 9 del mismo mes y año tomó posesión del territorio comprendido entre la Florida y México en nombre de Luis XIV, en cuyo honor lo llamó Luisiana. Apenas hubo regresado de este viaje, se dedicó, ayudado de su teniente Tonti, a fundar a orillas del Illinois, una colonia franco-india, y algo más abajo, en las riberas del Mississipí, el fuerte (hoy ciudad de San Luis) a cuyo amparo se establecieron muchas familias indias. En el año 1683 volvió a Francia para dar cuenta al Rey de sus nuevos proyectos, recibiendo mayores auxilios. Con ellos se dirigió por última vez a América. Cuando se disponía a proseguir sus descubrimientos, cuando había dado paz y orden a los nuevos países y cuando veía con satisfacción que reinaba en las pequeñas colonias respeto a la autoridad y amor a la justicia, se sublevó su gente y fué asesinado. La Salle fué descubridor, colonizador y excelente hombre de gobierno.
Primera guerra intercolonial.--Hacia mediados de octubre de 1689 llegó al Canadá o Nueva Francia el conde de Frontenac, reelegido Gobernador de la colonia. Rotas las relaciones entre Francia e Inglaterra, Frontenac consideró deber suyo llevar la guerra a las colonias inglesas. Deseaba además vengarse de la mencionada matanza de Lachine y de todos los daños y perjuicios que antes sufriera el Canadá por los ataques de los iroqueses, amigos de la Gran Bretaña. Tres fueron las invasiones principales. Dirigió Frontenac la primera contra el pequeño pueblo de Schenectady, situado sobre el Mohawh. A media noche, y en el rigor del invierno, cuando dormían tranquilos y se creían seguros de todo ataque, cayeron sobre ellos franceses e indios. Las casas fueron saqueadas; hombres, mujeres y niños murieron bajo los golpes del tomahawk. Acto continuo los salvajes pegaron fuego al pueblo, y los pocos que pudieron salvarse, emprendieron la fuga medio desnudos, a través de los campos cubiertos de nieve, para refugiarse en Albania. En las dos expediciones siguientes también llevaron consigo el espanto y la muerte, logrando reanimar el espíritu decaido de los canadienses, convencer a los iroqueses que poco o nada podían esperar del apoyo de Inglaterra e inducir, por último, a los indios abenakis, de la raza algonquina, que estaban asentados en la cuenca del río Kennebec, a renovar sus ataques a los colonos fronterizos ingleses por el lado Norte y Noroeste.
Los franceses, sin embargo, no consiguieron atraerse el ánimo de los iroqueses. Se recordará a este propósito que de los tres enviados por Frontenac en señal de amistad al campo de los salvajes, dos fueron quemados, y el tercero, después de ser brutalmente apaleado, lo entregaron como prisionero a los ingleses.
Los ingleses de los Estados Unidos, apoyados por los iroqueses, se decidieron también a hacer expediciones al Canadá. Bajo la jefatura de Fitz John Winthrop, de Connecticut, se dirigieron a territorio canadiense. Aquel jefe destacó a uno de sus capitanes, quien penetró en dicho país e hizo unos pocos prisioneros y degolló unas cuantas cabezas de ganado. Si la expedición anterior contra Montreal no dió resultado alguno, tampoco otra, organizada por la colonia de Massachusetts, compuesta de varios buques y mandada por Guillermo Phipps, marino de mucha fortuna y gobernador de la citada colonia. Desembarcó el 11 de mayo de 1690 en el puerto de Port-Royal, plaza principal de Acadia (Nueva Escocia) y se apoderó de todo el territorio sin derramamiento de sangre; pero le faltaron tropas y dinero para asegurar su conquista. Decidióse Phipps a realizar una expedición contra Quebec, ya que la anterior le había salido perfectamente. El 9 de agosto la escuadra, compuesta de unos 32 navíos y más de 2.000 hombres, se hizo a la vela, y al cabo de algunas semanas, echó anclas un poco más abajo de la citada ciudad. Esta vez le salió mal la empresa[244]. El conde de Frontenac logró dispersar y destruir en gran parte la escuadra enemiga, teniendo que volver Phipps al puerto de Boston en desastroso estado. Frontenac comunicó la noticia a Francia. Luis XIV, para conmemorar suceso tan fausto, hizo acuñar una medalla con la siguiente inscripción: Francia in novo orbe victrix: Kebeca Liberata A. D. M. D. C. X. C. Al mismo tiempo se mandó erigir una iglesia en la ciudad dedicada a Nuestra Señora de las Victorias.
[244] El obispo Laval llegó a decir que si la flota, detenida por contrarios vientos al remontar el San Lorenzo, hubiera realizado el viaje una semana antes, hubiera caído Quebec en poder de los enemigos.
Los últimos años de la segunda administración de Frontenac fueron notables, ora por la guerra de fronteras, ora por las negociaciones entre indios amigos y enemigos de Francia. La paz de Ryswick, firmada a últimos del año 1697, terminó la guerra con los ingleses e iroqueses. Murió Frontenac el 18 de noviembre de 1698[245].
[245] Véase The Canadá Year Book, 1913.
Si los misioneros jesuítas, teniendo presente que el cristianismo no vino a esclavizar a los hombres, sino a redimirles, penetraron en las selvas desafiando la inclemencia de la naturaleza y la barbarie de los indios para llevar a estos últimos la verdad evangélica, también a veces no cumplieron con su deber, pues considerándose dueños de aquel territorio, veían con malos ojos a los frailes de las diferentes órdenes religiosas, a los comerciantes, a los militares, a todos, en una palabra, que no eran hijos de San Ignacio de Loyola.
Pasamos a estudiar la segunda guerra intercolonial. En el año 1702 hiciéronse apresuradamente preparativos para renovar la lucha. El marqués de Vandreuil, gobernador de la Nueva Francia, consiguió la neutralidad de los iroqueses. Envió, siguiendo el sistema del conde de Frontenac, partidas de franceses e indios contra los colonos ingleses fronterizos, bandas de asesinos que cometían las crueldades más horrorosas. La aldea de Deerfield fué entregada a las llamas (1704), después de matar a 50 de sus habitantes y coger prisioneros 100, a quienes condujeron al Canadá a través de los bosques, cubiertos de nieve. Las mujeres y los niños que no podían recorrer las 300 millas, eran muertos. La aldea de Haverhill, tiempo adelante, sufrió la misma suerte (1708); cincuenta de sus habitantes perecieron bajo los golpes del hacha o abrasados dentro de sus casas. Por entonces se elevó a la reina Ana una solicitud para que ordenara la conquista definitiva de todas las posesiones francesas con el objeto de terminar de una vez la guerra. Accedió la Reina, y en 1710 los ingleses, ayudados por fuerzas coloniales, comenzaron guerra devastadora. Se apoderaron de Port Royal, cuya fortaleza tomó el nombre de Annapolis, en honor de la reina Ana. En 1711 una gran expedición que se dirigía contra Montreal hubo de zozobrar en el río Saint Lawrence. El tratado de Utrech (1713) puso fin a la segunda guerra intercolonial. Los colonos obtuvieron considerables ventajas, puesto que se les concedió completa posesión de la bahía de Hudson, el comercio de peletería y todo el territorio de Terranova, dejando a los franceses determinados privilegios en las pesquerías, y el territorio de Acadia que recibió el nombre de Nova Scotia.
Entre la segunda y la tercera guerra ocurrieron sucesos de no escaso interés. Fueron los principales la cuestión de límites entre franceses e ingleses y entre ingleses entre sí.
Conviene no olvidar que corría el 1712 cuando Luis XIV cedió a un comerciante llamado Crozat el monopolio del comercio con la Luisiana; pero habiendo renunciado poco después el dicho comerciante el privilegio, el gobierno de Francia lo cedió a una sociedad colectiva llamada Compañía del Mississipí, a cuya cabeza se puso el famoso hacendista Juan Law, quien pudo conseguir que fuesen algunos colonos (1717) y fundaran la ciudad de Nueva Orleans, llamada así en honor del Regente Duque de Orleans. A la gran quiebra de Law sucedió la caída de la Luisiana. A una espantosa miseria sucedió el levantamiento de los indios nachez, quienes degollaron a unos 200 franceses, libertándose los habitantes de Nueva Orleans por la distancia que separaba la ciudad del interior. Vengáronse luego los franceses casi exterminando el pueblo nachez. Vendieron más de 400 prisioneros, que redujeron a la esclavitud, entre ellos el cacique, en la isla de Haití. En el año 1732, habiendo renunciado la Compañía del Mississipí a su privilegio, la Luisiana pasó a depender directamente de la Corona. Una campaña contra los indios chícaras, hecha en 1736 por los franceses, fué funesta a los últimos, porque entre otros cayeron prisioneros Artaguette, jefe de la expedición, y un jesuíta; los dos fueron quemados a fuego lento. También vengó Francia la muerte de los suyos, porque mandó un ejército en 1739 que casi exterminó a los chícaras.
Corta fué la tercera guerra intercolonial. En tanto que ardía la guerra en Europa, Shirley, gobernador de Massachusets, se propuso, mediante una flota compuesta de diez buques con 3.000 hombres, conquistar la plaza francesa de Louisbourg, en la isla de Cabo Bretón, cuyo gobernador era Duchambon. El 30 de abril de 1745 llegaron delante de la plaza de Louisbourg, logrando apoderarse de ella el 17 de junio, después de corta y débil resistencia. Aunque posteriormente numerosa flota francesa con tropas veteranas mandadas por el duque d'Anville, intentó recuperar a Louisbourg, no lo pudo conseguir. Firmóse la paz de Aix-la-Chapelle (Aquisgrán), y por una de las cláusulas del tratado, se restituía a los franceses la citada plaza, hecho que causó profunda indignación en los habitantes de Nueva Inglaterra. Terminó en octubre de 1748 la lucha entre franceses e ingleses, sin que pudiera decirse--como escribe Spencer--que estuviese completamente asegurada la paz, pues sólo en la cuestión de límites germinaba la semilla de futuras luchas, que únicamente podían terminar con el absoluto dominio del partido más fuerte. La conquista del Canadá era el sueño dorado, tanto del gobierno inglés como de las colonias del Norte, cuyos habitantes deseaban verter su sangre y gastar sus riquezas para alcanzar la realización de su deseo, excitado doblemente con el feliz éxito de la toma de Louisbourg[246].
[246] Historia de los Estados Unidos, tomo I, pág. 180.
Continuaron adelantando, lo mismo las colonias francesas que las inglesas, particularmente las últimas. Franceses e ingleses, colonos franceses y colonos ingleses nunca habían simpatizado y pronto debían comenzar la lucha final, resolviéndose entonces la cuestión de predominio entre los dos partidos beligerantes. Debe no olvidarse que si los ingleses y los franceses se cuidaban de sus respectivos derechos, apenas hacían caso de los correspondientes a los indígenas, que eran más legítimos y justos. «En noviembre de 1749, cuando el infatigable Girt se ocupaba por cuenta de la Compañía del Ohío en medir las tierras que se hallan al Sur de aquel río hasta Kanawha, el viejo jefe Dalaware, al observar lo que hacía Girt, le dijo: Los franceses reclaman todo el terreno que hay a un lado del Ohío, mientras los ingleses piden el que está al otro; y en este caso, ¿queréis decirme qué quedará para nosotros los indios? ¡Pobres salvajes! exclama Mr. Irving; entre sus padres, los franceses, y sus hermanos, los ingleses, estaban en camino de verse completamente despojados de su país»[247]. Sin cuidarse para nada de los indígenas, lo mismo franceses que ingleses reclamaban territorios y más territorios, como país conquistado, fijándose sólo en el derecho del más fuerte. «Seguros ya los franceses en el Oeste--escribe con mucho acierto Mr. Parkman--trataron después de estacionarse en las corrientes del río Ohío, y hacia el año de 1748, el sagaz conde Galissoniere propuso traer diez mil labradores de Francia y establecerlos en el valle de aquel magnifico río y en las orillas de los lagos. Pero mientras que en Quebec y en el castillo de San Luis proyectaban los militares y hombres de Estado estas empresas, Inglaterra continuaba silenciosamente su progreso por la parte del Oriente. Ya las colonias británicas iban extendiéndose a lo largo del valle de Mohawk, subiendo por la falda oriental del Alleganies, y los golpes del hacha, en medio de los bosques, y las negras espirales del humo de las hogueras, eran los precursores de la futura colonización. Mientras en uno de los lados del Alleganies se ocupaba Celeron de Bienville en enterrar planchas de plomo con las armas de Francia, los arados de los labradores de Virginia iban adelantando cada vez más, acercándose por lo tanto el momento de encontrarse ambas potencias»[248].
[247] Spencer, ob. cit., tomo I, págs. 222 y 223, nota.
[248] Hist. de la conspiración de Pontiac, pág. 56.
La cuarta y última guerra intercolonial tiene suma importancia. En el año 1753, fuerzas francesas habían pasado el lago Erié, llegando hasta los afluentes septentrionales del Ohío. Dimwiddie, gobernador de Virginia, mandó a Jorge Washington, joven de veintiún años de edad, que en compañía de Van Braam, soldado veterano que debía servirle de intérprete, se presentase al jefe de la fuerza francesa para hacerle saber que el territorio ocupado pertenecía a la corona de Inglaterra[249].
[249] Jorge Washington nació el 22 de febrero de 1722 en el Potomac, condado de Westmoreland (Virginia).
Salió Washington de Williamsburg el 30 de octubre de 1753 y, después de largo camino, llegó a presencia de M. de Saint Pierre, comandante francés de un puesto que se hallaba a 15 millas del lago Erié. Saint Pierre contestó que el gobernador del Canadá le había confiado la conservación de aquel puesto, el cual no abandonaría sin una orden superior. Con la respuesta por escrito volvió el joven embajador, llegando a Williamsburg el 16 de enero de 1754. Añade míster Irving: «La prudencia, sagacidad y energía de Washington se pusieron a prueba más de una vez durante aquella expedición, que puede considerarse como el principio de su afortunada carrera, puesto que desde aquel momento Virginia depositó en él todas sus esperanzas.» Al año siguiente se rompieron las hostilidades entre franceses e indios por una parte, e ingleses por otra.
Washington, habiendo muerto el coronel Fry, se puso al frente de los ingleses y dió pruebas de mucho valor y de no poca inteligencia, si bien no fué satisfactorio el resultado de su primera campaña, a causa de que las fuerzas de los franceses eran bastante más considerables que las suyas.
Al mismo tiempo se reunieron en Albania (junio de 1754) varios comités que enviaban las asambleas coloniales de Nueva York, Pennsylvania, Maryland y Nueva Inglaterra, ya para renovar tratados de amistad, ya para confederarse o no las colonias, en vista de las circunstancias. Resolvióse afirmativamente, siendo aprobado un proyecto de unión, redactado por Franklin. En su virtud se acordó formar un Consejo compuesto de 48 individuos: 7 de Virginia, 7 de Massachusetts, 6 de Pennsylvania, 5 de Connecticut, 4 de Nueva York, 4 de Maryland, 4 de la Carolina del Norte y otros 4 de la Carolina del Sur, 3 de Nueva Jersey, 2 de New Hampshire y 2 de Rhode-Island. El Consejo debía de cuidarse de la defensa de las colonias y para ello suministraría hombres y dinero, inspeccionaría los ejércitos y atendería al bien general. Tendría el Consejo su Presidente nombrado por la Corona, el cual podía aprobar o no los actos de aquél. «Tal era el documento que puede decirse sirvió de base para lo que había de ser nuestra constitución federal»[250]. Veinte años después decía Franklin, refiriéndose al citado documento, lo siguiente: «Las Asambleas todas opinaron que en aquel documento había demasiada prerrogativa, y en Inglaterra fueron de parecer que era excesivamente democrático.» Rotas las hostilidades entre Francia e Inglaterra, comenzó la guerra entre franceses e ingleses en la América del Norte. Braddock obtuvo el cargo de general en jefe de todas las fuerzas inglesas en América, llevando a sus órdenes como ayudante de campo a Washington. Aunque Braddock era bravo militar que se había distinguido en los campos de batalla, ignoraba el modo de guerrear en el Nuevo Mundo. No atendía tampoco los consejos que le daban personas inteligentes. Braddock, conversando con Franklin en Fredericton, en cuya ciudad el futuro inventor del pararrayos desempeñaba el cargo de administrador de Correos, hubo de decir dicho general acerca de su campaña lo siguiente: «Después de tomar el fuerte Duquesne, pienso dirigirme a Niágara, y en concluyendo allí, marcharé sobre Frontenac si el tiempo no lo impide, lo cual no es probable, porque Duquesne no me detendrá más de tres o cuatro días, y entonces no veo inconveniente en continuar mi marcha hacia Niágara.» «Habiendo reflexionado--dice Franklin--cuán larga era la línea que tenía que recorrer el ejército, por un sendero muy estrecho que debían abrir los soldados a través de los bosques, y recordando la derrota que sufrieron 1.500 franceses al querer, en cierta ocasión, invadir el Illinois, concebí algunas dudas y temores acerca del éxito de la expedición; sin embargo, no me atreví a decir a Braddock más que estas palabras:--«Es indudable, señor, que si llegáis sin contratiempo a Duquesne con esas brillantes tropas y tan bien provisto de artillería, no tardará en caer en vuestro poder el fuerte, por más que esté muy bien fortificado y tenga numerosa guarnición; pero, en mi concepto, las emboscadas de los indios son grave peligro que puede oponerse a vuestra marcha. Esos salvajes, por su rara destreza y práctica del terreno, pueden interceptar la estrecha y prolongada senda que ha de recorrer vuestro ejército y caer de repente sobre el flanco de las tropas, cortando la columna como si fuera un hilo, sin dar tiempo a que se concentren los soldados para socorrerse mútuamente.» Sonrióse Braddock cuando hube emitido mi parecer, como compadeciéndose de mi ignorancia, y repuso: «Esos salvajes serán ciertamente formidable enemigo para vuestra bisoña milicia americana, mas tratándose de las disciplinadas y aguerridas tropas del Rey, no es posible que nos inspiren temor alguno.» Comprendí que no podía discutir con un militar sobre asuntos de su profesión--que naturalmente debía saber más que yo--, y no quise continuar haciéndole observaciones.»
[250] Historia de los Estados Unidos, por Hildreth, vol. II, pág. 443.
En esta ocasión, el filósofo estuvo, como en seguida veremos, más acertado que el militar. Al frente de 1.200 hombres y diez piezas de artillería de montaña, sin cuidarse de las emboscadas de indios y franceses, como le aconsejaron Washington y Franklin, se puso en marcha Braddock. El 9 de julio de 1755, y antes de llegar al fuerte Duquesne, al subir por una cuesta de altas hierbas y troncos, cayeron sobre las tropas de Braddock, haciendo incesante fuego y dando terribles alaridos, los feroces indios. La batalla, que se dió cerca del río Monongahela, tributario del Ohío, fué sangrienta, quedando entre los muertos y heridos más de 700 soldados; oficiales unos 56. Las bajas de los indios y franceses no pasaron de 60. Afortunadamente, pudo salir ileso del combate, habiendo peleado como un héroe, Washington, a quien la Providencia destinaba a prestar grandes servicios a la causa de la libertad. El 13 de julio murió Braddock, cuyas últimas palabras fueron: ¡Quién lo hubiera creído!
La derrota de los ingleses animó a los indios, quienes se arrojaron sobre los colonos fronterizos y sus aldeas, cometiendo toda clase de crueldades en la frontera de Virginia y de Pensilvania.
Continuó la guerra con igual encarnizamiento durante los años de 1756, 1757 y 1758. En el 1759 determinaron los ingleses apoderarse del Canadá. El general Prideaux debía conquistar a Niágara, el general Amherst a Crown-Point y Ticonderoga, y el general Wolfe a la capital Quebec. El fuerte de Niágara fué tomado por Johnson, que se había encargado del mando por la muerte de Prideaux. Amherst comenzó con ventaja sus operaciones. Por lo que respecta a Wolfe se decidió a asaltar a Quebec, defendida por Montcalm (31 de julio)[251].
[251] Gibraltar de América, se ha llamado a Quebec.
La fortuna no le acompañó en sus comienzos; luego se mostró completamente risueña. Efectuóse el desembarco, saltando Wolfe en tierra el primero, y al frente de los suyos consiguió completa victoria, si bien a costa de su vida. Marchando a la cabeza de sus granaderos fué herido en la muñeca, otro balazo le dió en el costado, y el tercero le entró por el pecho y le hizo caer. Un oficial que permaneció a su lado, exclamó: Mirad cómo corren.--¿Quién corre?--preguntó Wolfe.--Los enemigos, señor; todos huyen,--contestó el oficial.--Entonces--replicó casi moribundo--: Diga usted al comandante Burton que baje por el río Saint-Charles con el regimiento de Webb para cortar al enemigo la retirada por el puente. ¡Alabado sea Dios, muero satisfecho!--e inclinando la cabeza a un lado, expiró.
En aquellos momentos también caía mortalmente herido el valeroso general Montcalm, mientras se empeñaba en reunir a sus desbandados soldados. Conducido al campamento, que estaba a orillas del río Saint-Charles, le curaron los médicos, quienes no se percataron de decir que su muerte estaba cercana. ¿Cuántas horas me quedan de vida?--preguntó.--Pocas, le contestaron.--Tanto mejor, dijo, así no presenciaré la entrega de Quebec.
Cuando los ingleses se disponían a dar el asalto, se levantó en la plaza la bandera de parlamento y Quebec fué perdida por los franceses (18 septiembre 1759).
Al llegar la noticia a Inglaterra, la alegría fué inmensa. Las campanas en todas las poblaciones se echaron a vuelo y en todas hubo salvas, fuegos artificiales y otras muestras de júbilo; sólo quedó silenciosa y triste la aldea donde habitaba la madre de Wolfe. De este modo honraban los vecinos a la madre del héroe.
Un pequeño poste, en las llanuras de Abraham, indica el sitio donde cayó Wolfe; y en la parte más elevada de la ciudad, se levantó tiempo adelante artística pirámide, grabándose en ella los nombres gloriosos de Wolfe y de Montcalm. Ambos jefes, lo mismo el inglés que el francés, deben escribirse con letras de oro en la historia universal.
Quebec, Niágara, Frontenac y Crown-Point cayeron en poder de los ingleses; sólo faltaba por conquistar Montreal y su comarca. Fuerzas inglesas se dirigieron contra Montreal. Cuando la guarnición creyó que no podía resistir, el gobernador, marqués de Vandreuil, capituló el 8 de septiembre de 1760, entregando solemnemente a la Corona de Inglaterra el Canadá con todas sus dependencias.
«Así terminó--dice Mr. Irving--la lucha entre Francia e Inglaterra, que tanto tiempo se habían disputado el predominio, siendo de notar que el primer tiro se disparó en el encuentro que tuvo Washington con De Jumonville. Un diplomático francés (el conde de Vergennes) se consolaba de aquellas derrotas creyendo que la victoria sería fatal a la misma Inglaterra, puesto que con ella perdería el dominio que siempre tuvo sobre sus colonias, las cuales, no necesitando ya la protección de la madre patria, se proclamarían independientes, tan pronto como ésta exigiese que aquellos le ayudaran a sobrellevar su pesada carga.»[252] Este era también el parecer de Montcalm, persona tan entendida en la materia y cuyas palabras copiamos a continuación. «Las colonias--dice--han tenido la fortuna de llegar a una situación floreciente, puesto que son numerosas y ricas, conteniendo en su seno todo cuanto puede exigirse para las necesidades de la vida. Inglaterra ha cometido la torpeza de permitir que se establezcan allí las artes, la industria y el comercio, lo cual era romper la cadena de necesidades que obligaba a las colonias a depender de la Gran Bretaña, y si no fuera por el temor de que los franceses se presentasen a sus puertas, hace tiempo que aquéllas hubieran sacudido el yugo, proclamándose independientes y formando cada provincia una república separada. De todos modos, los colonos preferirían más bien a sus paisanos que a los extraños, siguiendo, sin embargo, la máxima de no obedecer ciegamente. Una vez conquistado el Canadá, y cuando todas las colonias formen un solo pueblo, si la vieja Inglaterra llegara a perjudicar sus intereses, ¿creeis, amigo mío, que los americanos lo consentirían? Y en el caso de una revolución, ¿qué podrían temer?» En suma, los franceses se hallaban contentos con su derrota, porque presentían que los vencedores a la sazón serían pronto vencidos por los americanos. Las que habían ganado en la contienda eran las colonias. Virginia, muy especialmente, estaba satisfecha por haber tenido un hijo como Washington.
[252] Vida de Washington, vol. I, pág. 308.
Tiempo adelante y en virtud del pacto de familia, Francia y España unidas pelearon con Inglaterra y Portugal. España tuvo la desgracia de perder a la Habana en Cuba y a Manila en Filipinas. En los preliminares de paz que se firmaron en Fontainebleau el 3 de noviembre de 1762, «Francia cedió a Inglaterra la Nueva Escocia, el Canadá, con el país al Este del Mississipí y el cabo Bretón, conservando sólo el privilegio de la pesca en el banco de Terranova; en las Indias Occidentales cedía la Dominica, San Vicente y Tabago; en las costas de Africa el río Senegal. Respecto a España, Inglaterra le devolvía la Habana y todo lo conquistado en la isla de Cuba; en cambio, España cedía la Florida y los territorios al Este y Sudeste del Mississipí, abandonaba el derecho de la pesca en Terranova y daba a los ingleses el de la corta del palo de tinte en Honduras. Como compensación de la pérdida de la Florida, logró España de Francia, por arreglo particular, lo que le quedaba de la Luisiana, que en verdad más era para Carlos III una carga y un cuidado que una indemnización o una recompensa. Manila se devolvió también a España y la colonia del Sacramento a Portugal, cuyo reino habían de evacuar las tropas francesas y españolas».[253] El tratado definitivo se firmó en París el 10 de febrero de 1763.
[253] Lafuente. Historia de España, tomo XX, págs. 74 y 75.
La fortuna acompañaba á Inglaterra. Ella, al mismo tiempo que dilataba sus posesiones en la India Oriental, extendía considerablemente las fronteras de su imperio colonial en el Nuevo Mundo. Con razón pudo decir ilustre historiador lo que sigue: «Fué éste un gran momento para Inglaterra. Dominadora de los mares, dueña de islas numerosas en las diversas partes del mundo, poseía, además, junto con los elementos esparcidos en un inmenso imperio en la India Oriental, todas las costas del Atlántico que se extienden desde el fondo del Canadá hasta el golfo de México»[254].
[254] Véase Barros Arana, Historia de América, pág. 287.
Inmediatamente que los ingleses se hicieron dueños del país, procuraron dotarle de instituciones como a otras colonias suyas, reservándose la Corona el derecho de nombrar tribunales de justicia para juzgar las causas civiles y criminales «conforme a la ley, a la equidad y en cuanto fuera posible a las leyes inglesas.»
CAPITULO XIV
GOBIERNO DE LOS INGLESES EN LOS ESTADOS UNIDOS DEL NORTE DE AMÉRICA.--DOCTRINA DEL HISTORIADOR GERVINUS.--LA AMÉRICA GERMANA Y LA AMÉRICA LATINA: CARÁCTER DE LA UNA Y DE LA OTRA.--ESTADO GENERAL DE LAS COLONIAS INGLESAS ANTES DE SU INDEPENDENCIA.
El historiador alemán Jorge Godofredo Gervinus, cuya doctrina trasladaremos aquí casi al pie de la letra, dice que en tiempo de Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia (1603-1625), la democracia inglesa hubo de dirigir sus miradas hacia la emigración, para levantar sobre el libre suelo de América--al abrigo de los privilegios, de las costumbres y de los abusos de poder inherentes a la monarquía y a la aristocracia--el edificio de un nuevo Estado y de una nueva Iglesia, dándoles allí su forma natural más pura. Cuando la nación española--tales son sus palabras--había perdido su ascendiente en Europa a causa de sus contínuas luchas con Alemania, los Países Bajos e Inglaterra, una América septentrional germana vino a ponerse en frente de la América latina con el plausible intento de que no dominasen únicamente dicha España y la Iglesia católica en el Nuevo Mundo. Nunca como entonces se manifestó de una manera más decisiva el singular contraste de las civilizaciones germánica y latina, como también de los caracteres de las dos razas. Vivían la vida de la Edad Media, con su originaria barbarie y su humillante organización humana, las extensas colonias españolas y portuguesas. El absoluto gobierno español con su estrecho espíritu religioso, se había trasladado a América, apareciendo a la postre, además de una nobleza feudal conquistadora, codiciosa y cruel, una completa jerarquía clerical con toda su pompa exterior y su rudeza interior. Hasta los indios y negros habían llegado a formar parte de aquella sociedad. La verdadera cultura intelectual e industrial no existía en el Nuevo Mundo de los españoles.
Por el contrario, las colonias del Norte se componían principalmente de emigrantes de raza germánica que desde el siglo XVII se habían dado allí cita: eran alemanes, holandeses, suecos e ingleses que descendían de la antigua población sajona. En religión eran protestantes y hasta del matiz más puro; muchos pertenecían al puritanismo o cuakerismo. En las citadas colonias del Norte no existían virreyes, ni instituciones monárquicas; lejos de ello, el espíritu republicano predominaba entre los colonos, no solamente entre aquellos que habían emigrado sin autorización real, sino entre los que llegaban con cartas de franquicia y de los gobernadores. La jerarquía clerical no ejerció ninguna influencia; la nobleza inglesa y el patriciado holandés no hicieron sino débiles y cortas tentativas para transplantar allí sus instituciones. Nada existía en aquellas colonias de los tiempos medios. Mostrábase en la vida de dichas sociedades el mundo moderno con toda su actividad intelectual, con todo su ardor industrial y con la igualdad de derechos para todos. Las diversas condiciones que se desarrollan en la vida de los pueblos, como son la caza, el pastoreo, la agricultura y la industria, se manifestaron simultánea y paralelamente en las citadas colonias, sobre todo a partir de la independencia. Los emigrantes tuvieron empeño en conservar su origen protestante y en mantener la pureza de su raza; no se unieron con los indios, a quienes consideraban seres inferiores. Justo es confesar, sin embargo, que tuvieron al menos la honradez de comprar a los indígenas el suelo que trataban de cultivar, en vez de hacerse conceder derechos de propiedad por el Papa.
En frente de la unidad española surgió la variedad sajona; en frente de la América del Sur, la América del Norte. Los españoles que, después de dejar su formidable imperio de Europa llegaron a América, encontraron en México y en el Perú vastos Estados indios y príncipes poderosos; necesitaron, para mantenerse allí, echar los cimientos de un fuerte Estado. Los ingleses, al establecerse en el Norte, a donde llegaron en varias expediciones y sin relación unas con otras, encontraron solamente pequeñas tribus de indios, sin lazo común, poco numerosas y débiles; pudieron conservar, por tanto, la plena libertad de seguir sus inclinaciones germánicas, quedando separados en pequeñas sociedades políticas, diferentes en cuanto su forma. Así es que en Massachussets se formó una teocracia al modelo de Génova; en Maryland un principado feudal, y en la Carolina un reino de ocho señores con una gran aristocracia local. Se asemejaba Virginia a una provincia inglesa con instituciones de la Iglesia anglicana; Rhode-Island y el Connecticut fueron Estados puramente democráticos; Pensylvania mostró ser una república cosmopolita de cuákeros, que desde su origen sirvió de asilo al mundo; y Nueva-Amsterdan (Nueva York) fué como una ciudad holandesa con su constitución municipal[255].
[255] Introduction a L'Histoire du XIX^e siècle, págs. 90 y siguientes.
Bajo el sistema político absoluto y reaccionario--añade Gervinus--, fundaron los españoles sus establecimientos coloniales. Los emigrantes buscaban oro, grandes ganancias, bienestar y goces. Nadie pensaba en el trabajo. El suelo fertilísimo de los trópicos y aquella poderosa vegetación favorecían la indolencia natural de los colonos. El fanatismo religioso impedía también todo desarrollo y desenvolvimiento de la inteligencia. «Cuando el inhumano monopolio de la trata de negros en las colonias españolas fué mal visto por la Iglesia Católica, dicha trata se cedió a manos extranjeras, y finalmente a los ingleses, mediante el tratado de asiento[256], los cuales sacaron inmensos beneficios por la extensión de su comercio y de sus colonias»[257].
[256] El tratado de asiento entre las dos Majestades Católica y Británica, que consistía en encargarse la Compañía de Inglaterra de la introducción de los esclavos negros en la América española, constaba de 42 artículos y se firmó el 12 de marzo de 1713.
[257] Introduction a L'Historie du XIX^e siécle, pág. 121.
Si a veces la imparcialidad no ha sido norma de conducta del insigne historiador alemán, tan poco amigo de los españoles como decidido campeón de los germanos, no puede negarse que las colonias de la Nueva Inglaterra, si dependían de la madre patria, gozaban de toda clase de libertades, distinguiéndose también por su laboriosidad y moralidad. Aquellas gentes profesaban--según todas las noticias--una secta religiosa sencilla, sincera y fraternal.
Aunque en la historia de algunas colonias inglesas encontramos hechos censurables, ora por lo que respecta al sentido religioso, ora al político y social, se puede afirmar que el desenvolvimiento democrático fué siempre constante y progresivo. Los principios de libertad política y religiosa se pusieron en práctica en todos los Estados, logrando señalado triunfo sobre la Monarquía y sobre la teocracia. Y si de las ideas pasamos a juzgar a los hombres, habremos de reconocer que los ingleses tuvieron más sentido práctico que los españoles, caracterizándose por su prudencia, bondad y virtud los puritanos y cuákeros.
El escritor Barros Arana, después de estudiar el asunto dice: «Como ha podido verse, la colonización inglesa se diferenciaba radicalmente de la colonización española. Al paso que ésta, después de sangrientas agitaciones, se había cimentado bajo el régimen del absolutismo imperante en la metrópoli, que embarazó el crecimiento, el progreso y la cultura de los nuevos establecimientos, los colonos ingleses transportaron a sus posesiones el espíritu de libertad política e industrial que había de hacer la grandeza y la prosperidad de éstas»[258].
[258] Hist. de América, pág. 239.
Barros Arana, como antes Gervinus, no se distinguen por su amor a la verdad cuando de asuntos de España tratan. Ni la cultura, tolerancia y progreso fueron siempre norma de Inglaterra, ni la ignorancia, tiranía y fanatismo acompañaron siempre a los españoles. Si censurables son algunos hechos realizados por nuestros conquistadores del siglo XVI, no puede negarse la justicia, sabiduría y humanidad de las Leyes de Indias.
En nuestras relaciones con América hemos sufrido reveses de bastante importancia y aun tremendas desgracias. Tantas riquezas encontradas en las inmensas regiones descubiertas por nuestros antepasados--riquezas que aumentaba con exageración manifiesta la fantasía popular--despertaron la codicia de extranjeros aventureros, los cuales, ya con el asentimiento de sus respectivos soberanos, ya como corsarios, apresaban nuestras naves y robaban las plantaciones de nuestras colonias. Además, las naciones de Europa, celosas del poder español, alentaron las insurrecciones, que tiempo adelante se habían de verificar en las colonias. Es de lamentar que mientras los Estados Unidos del Norte de América se ocupaban con constancia en la obra patriótica de su cohesión, los Estados de la América latina, en particular los de raza española, vivían en continuas luchas civiles y guerras unos con otros.
Por su parte, los ingleses, que en el año 1607 llegaron a Virginia, los puritanos que en 1620 se asentaron en Plymouth y otros puritanos que en 1628 ocuparon la bahía de Massachusets, hubieron de realizar, como predestinados por Dios, la formación del pueblo más grande y poderoso del mundo. Los emigrantes ingleses que llegaban sin cesar, levantaban su campamento donde poco antes se guarecía el búfalo y otros animales. Aquellos humildes ciudadanos, perseguidos por sus ideas religiosas, fundaron aldeas y ciudades, echando los cimientos del Estado con sus códigos, asambleas, escuelas e imprentas.
Los franceses establecidos en el Canadá y los españoles en toda la América Central y Meridional, tuvieron empeño en conservar la inmovilidad de sus respectivos Estados, no separándose de su vieja iglesia, ni de las demás instituciones, ni de sus usos y costumbres. Los conquistadores franceses, como igualmente los descubridores, conquistadores y colonizadores españoles (Colón, Cortés, Pizarro, Núñez de Balboa, Ojeda, Yáñez Pinzón y muchos más) fueron representantes de la Corona, descubrían, conquistaban y colonizaban para sus monarcas respectivos; los cuales tomaron el título de Reyes de Indias.
De los franceses no sería injusto decir que el espíritu de la metrópoli se identificaba frecuentemente con el de los naturales de los pueblos conquistados. Los españoles sólo pensaron en que los indígenas se convirtiesen al cristianismo. Hubiesen creado una situación parecida a la feudal, si a ello no se hubiera opuesto nuestra monarquía absoluta.
Por lo que a los holandeses respecta, diremos que fué censurable el sistema de colonización. Recordaremos que en la isla de Java sólo atendieron al negocio y a la adquisición de riquezas.
Grande fué la transformación realizada por las colonias inglesas durante los siglos XVII y XVIII. El colono del Norte abría caminos por terrenos escabrosos, levantaba puentes y hacía prosperar la agricultura y toda clase de industrias. Adelantó de un modo extraordinario la industria agrícola, como era de esperar, dada la fertilidad de aquellas tierras, bañadas por caudalosos ríos. El café, te, tabaco, azúcar, arroz, añil y algodón constituyeron la riqueza más poderosa del país. Los productos todos que se cultivaban en Europa fueron llevados a las colonias, donde se plantaron y desarrollaron, dando pingües rendimientos. Allí el colono era sobrio y trabajador. Las minas de hierro y cobre, las pesquerías y las maderas de los montes adquirieron bastante importancia. Comenzaron a desarrollarse las fábricas de lienzo, las cuales posteriormente proporcionaron mayor bienestar a todas las clases sociales, y el comercio llegó a un grado tal de prosperidad como no hay ejemplo en ninguno de los Estados de América. Importaciones y exportaciones tuvieron cada vez más aumento, siendo algo menor el valor de las primeras que el de las segundas. Entre las exportaciones citaremos las de pescado y maderas. Por lo que se refiere a la vida en las colonias inglesas, no dejó de tener ciertos atractivos: las diversiones públicas, en general, estaban reducidas a la caza y riñas de gallos; las clases acomodadas se permitían en sus casas jugar a las cartas. Comenzó a extenderse el lujo lo mismo en los vestidos que en los muebles de las casas: las señoras vestían según las modas de Londres y de París. De igual modo las bellas artes fueron difundiéndose por todas partes. En la construcción de obras públicas se fijaron, no en la ostentación, sino en la utilidad. Durante la primera mitad del siglo XVIII se fundaron varios colegios de enseñanza.
«Cuando se hizo--escribe Pablo de Rousiers--el descubrimiento, y durante los dos siglos que siguieron, podemos decir que América estaba toda en el Sur; era el tiempo de las grandes colonias españolas y portuguesas, de las famosas epopeyas de los conquistadores y de los galeones cargados de oro. Se sabía vagamente que algunas sectas puritanas habían ido a buscar refugio en las costas de Nueva Inglaterra; pero su existencia no se había manifestado aún por ningún acontecimiento famoso y vivían ignoradas del mundo, mientras que los nombres de Cortés y de Pizarro, habían adquirido ya fama inmortal. La historia de América comienza, pues, en los paises tropicales: allí fué donde se creó el primer foco del desarrollo del Nuevo Mundo; después se obscureció gradualmente, y quedó eclipsado al fin, por un segundo foco más septentrional cuyo calor y claridad van en aumento diariamente. Este foco se halla en los Estados Unidos...»[259]
[259] La vida en la América del Norte, tomo I, pág. 7.
Probado se halla que los ingleses, huyendo de las persecuciones religiosas y de la intolerancia, organizaron sus municipios autónomos, que constituyeron el comienzo de la gran civilización norteamericana. Respetando la población indígena, fundaron nueva patria con nuevos territorios. Si las colonias vivieron mucho tiempo aisladas, conservando sus usos, costumbres y prácticas religiosas, las comunicaciones comerciales estrecharon lentamente las relaciones haciendo desaparecer las diferencias y las antipatías de las diversas sectas. Los demócratas de Maryland y los señores de alto rango de Virginia; los cuáqueros de Pensylvania, los protestantes de las Carolinas y los católicos de todas las colonias, más positivistas que idealistas, buscaron la riqueza mediante la industria y el comercio. En las provincias septentrionales cultivaban principalmente el cáñamo, el lino y el oblón; en las provincias meridionales el algodón y el arroz; en Maryland y en las colonias del Sur, el tabaco; en Virginia el algodón, y en todas partes el maiz y el trigo.
No es de extrañar, por consiguiente, que hombres tan emprendedores y activos prosperaran tanto, hasta el punto que en el año 1750, Massachussets contaba con 200.000 habitantes, Virginia con 160.000, Connecticut con 100.000, y Nueva York con otros 100.000. Maryland y la Carolina del Sur daban evidentes señales de su poder y riquezas; Norfolk y Baltimore adquirían el carácter de ciudades comerciales; Filadelfia y Boston adelantaban rápidamente, y lo mismo podemos decir de todas las demás colonias.
En el correr de los tiempos, la torpe y egoísta política de la metrópoli, las arbitrariedades del poder inglés fueron la chispa que hizo estallar formidable incendio. En aquella lucha de titanes, que comenzó en 1775 y terminó con la proclamación de la independencia (4 julio 1776) se destaca la figura gigantesca del diputado por Virginia, el cual «obscurece con el brillo de sus virtudes republicanas a todos los Césares y grandes figuras de la historia romana.»[260] Sus conciudadanos, al pie de las estatuas del héroe han escrito esta sencilla inscripción: Padre de la Patria. Era conocedor de las artes de gobierno, general sereno y valeroso y uno de los hombres más buenos de aquellos y de todos los tiempos. Amaba a su patria con entusiasmo y por ella hubiera dado cien veces la vida. Ni parientes, ni amigos influían en sus planes y decisiones; cuando se convencía de que una cosa era justa o conveniente a la República, la realizaba con decisión y firmeza. La obra de Washington fué completada, primero por Monroe y últimamente por Lincoln.
[260] Introducción a la Historia de los Estados Unidos, de Spencer, pág. IV.
Al estallar la revolución por la independencia, las colonias, en cuanto a su administración, podían dividirse en tres grupos: unas dependían de la Corona; otras de los propietarios, ya fuesen compañías o individuos, y las terceras de la madre patria. Dependían de la Corona las provincias de New York, New Hampshire, New Jersey, Virginia, las dos Carolinas y Georgia; en las colonias de la segunda clase, Maryland pertenecía a la familia de lord Baltimore, y Pensilvania y Delaware a la familia de Penn; y pertenecían a la tercera clase, Connecticut, Rhode-Island y Massachussets.
Entre tanto que las colonias aumentaban rápidamente en población y se enriquecían con sus industrias, la madre patria se contentaba con cobrar sus impuestos, bien que nunca tuvo la mala voluntad de oprimirlas. Las colonias tenían la convicción profunda de que las verdaderas bases de la prosperidad y de la felicidad de los pueblos eran la aplicación al trabajo; procuraron con todo empeño desterrar la ociosidad y la vagancia. La metrópoli, por su parte, miraba impasible la extraordinaria prosperidad de aquellos lejanos países sujetos a su dominio.
CAPITULO XV
VIRREINATO DE MÉXICO: EL VIRREY MENDOZA Y LOS INDIOS.--EXPEDICIÓN DE CORTÉS.--CREACIÓN DEL OBISPADO DE MICHOACÁN.--RELACIONES DE LA AUDIENCIA CON PIZARRO Y CORTÉS.--INSURRECCIÓN DE JALISCO Y MUERTE DE PEDRO DE ALVARADO.--POLÍTICA DEL CONDE DE TENDILLA.--LAS «NUEVAS LEYES.»--MUERTE DE CORTÉS EN ESPAÑA Y DE ZUMÁRRAGA EN MÉXICO.--IDEAS RELIGIOSAS DEL OBISPO.--AUDIENCIA DE NUEVA GALICIA.--EL VIRREY VELASCO: SU POLÍTICA.--CREACIÓN DE LA UNIVERSIDAD.--EL ARZOBISPO MONTUFAR Y LOS FRAILES.--EL VIRREY Y LA AUDIENCIA.--GOBIERNO DE LA AUDIENCIA: PRISIÓN DE COSIJÓPII: MARTÍN CORTÉS: LEGAZPI Y EL P. URDANETA SE DIRIGEN A FILIPINAS.--CONCILIO EN MÉXICO.--EL VIRREY MARQUÉS DE FALCES: LA AUDIENCIA.--EL VIRREY ENRÍQUEZ DE ALMANSA: EPIDEMIA DE FIEBRES TIFOIDEAS.--EL VIRREY SUÁREZ DE MENDOZA: LA AUDIENCIA.--EL VIRREY MOYA DE CONTRERAS: CONCILIO PROVINCIAL.--EL VIRREY MARQUÉS DE VILLA MANRIQUE: LOS CORSARIOS.
El primer virrey de México, nombrado por Carlos V, fué el caballeroso magnate D. Antonio de Mendoza, conde de Tendilla, comendador de Socuéllamos y caballero de la orden de Santiago, hermano del historiador D. Diego Hurtado de Mendoza y descendiente del insigne poeta D. Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana. Llegó a México el 1535. Uno de sus primeros actos fué dar libertad a los esclavos, y prohibió, bajo duras penas, la antigua servidumbre de los indios; medida tan digna de alabanza, como otras de justicia y caridad, granjeándole todas el nombre de padre de los pobres, como le llamaban los indígenas[261].
[261] Mereció que así le llamasen por su comportamiento con los indios durante la terrible peste del año 1545.
Cuando Mendoza llegó a México, Hernán Cortés acababa de salir (7 junio 1535) al frente de una expedición hacia el Sur, llevando 113 peones y 40 jinetes. Recorrió las costas de Jalisco, volviendo en dos naves que en su busca había mandado el virrey. Acerca de otro orden de cosas, el conde de Tendilla, en carta dirigida al Emperador el 10 de Diciembre de 1537, dice que el 24 de septiembre del mismo año tuvo aviso de que los negros del país tenían elegido un Rey, disponiendo también matar a todos los españoles y alzarse con la tierra, apoyados por los indios. Añade que, descubierta la conjuración, hizo descuartizar a los más comprometidos[262].
[262] Colec. de doc. inéd. relativos al descubrimiento, conquista y colonización de América y Oceanía. Tomo II, pág. 198.
Por entonces se creó el obispado de Michoacán, siendo nombrado el oidor Vasco de Quiroga, quien hubo de dejar la toga por la mitra.
Habiéndose fundado por Real orden un colegio para los indios en Santiago Tlatelolco, el virrey, con verdadero interés, llevó a cabo la obra y confió la enseñanza a los padres franciscanos. Del mismo modo procuró la propagación del cristianismo con la ayuda de varios religiosos, señalándose entre ellos Fr. Francisco de los Angeles, Fr. Martín de Valencia y Fr. Pedro de Gante. No huelga registrar en este lugar que siendo muy excesivos los derechos que los curas de Nueva España llevaban por las misas, matrimonios y entierros, dióse Real Cédula (16 abril 1538), mandando al virrey que los citados derechos no excediesen del triplo de los que se pagaban en el arzobispado de Sevilla[263].
[263] _Archivo histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala_, letra D.
Dos años después, por cédula de 30 de Abril de 1540, mandó S. M. a la Audiencia de México que se enterase si el alcalde mayor de Veracruz (a quien se le previno por el virrey de Nueva España que no permitiese a Hernando Pizarro pasar a la metrópoli--pues venía oculto desde el Perú--«hasta practicar con él cierta diligencia conveniente al real servicio), dejó embarcar por dos mil castellanos que le dió, la mitad en oro y lo demás en una cédula, a su mayordomo para que los pagase de la hacienda que el dicho Pizarro tenía en el Perú...»[264]. Encargaba también el Rey a la Audiencia que hiciera justicia en el asunto.
[264] _Archivo histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala_, letra A, tomo I, expediente 22.
Por la misma época, habiendo prohibido el virrey de México, bajo graves penas, que el marqués del Valle (Hernán Cortés) se dirigiese a las islas del mar del Sur con los navíos y gente que tenía dispuestos--según formal capitulación--el Rey, con fecha 10 de julio del año 1540, mandó a la Audiencia de México levantara al dicho marqués cualquier embargo que le estuviese hecho por el expresado virrey, y le dejara continuar libremente con sus navíos, capitanes y gente al referido descubrimiento conforme a las capitulaciones[265].
[265] Archivo hist. nac.--Ced. índico de Ayala, letra D.
Tuvo bastante importancia la insurrección de los indios chichimecas de Jalisco[266]. Fueron vencidos los españoles, quienes tuvieron que encerrarse en la ciudad de Guadalajara. Pidióse socorro a México, que tardó en llegar. En apuro tan grande se recibió la noticia de que D. Pedro de Alvarado, Adelantado de Guatemala, acababa de llegar al puerto de Navidad, el cual no sólo mandó auxilios a los españoles vencidos, sino que él en persona se dirigió con cien soldados a Guadalajara, ya casi en estado de sitio. Presentóse Alvarado en la ciudad el 12 de junio de 1541, marchando inmediatamente contra los sublevados, a quienes llamaba «cuatro gatos encaramados en los riscos.» Encontrábanse los indios en el cerro de Toc, tras fuerte recinto amurallado con cercas de piedra. Alvarado, a la cabeza de los suyos, intentó abrir brecha; mas tuvo que retroceder ante el número de los indios y el ímpetu con que pelearon. Cuando los indígenas comenzaban a retirarse, vió Alvarado que todavía continuaba huyendo el soldado Baltasar de Montoya, y dirigiéndose a él le dijo: «Sosegáos, Montoya, que los indios parece nos han dejado.» Sordo Montoya a la amonestación del Adelantado, continuó espoleando al rocín, que resbaló en una de las vueltas de la cuesta y cayó dando tumbos sobre Alvarado, arrastrándole hasta el fondo de un barranco (24 junio 1541). Gravemente herido fué trasladado a Guadalajara, donde murió el 4 de julio. Tal fué la suerte del famoso conquistador de Guatemala. Orgullosos los indios con su triunfo, pusieron sitio a Guadalajara el 15 de septiembre de 1541; el Gobernador hizo una salida afortunada, teniendo aquéllos que levantar el cerco y huir a las montañas. El virrey Mendoza, comprendiendo la importancia de la insurrección, mandó dos veces fuerzas para sujetar a los rebeldes, decidiéndose él a ir en persona. Salió de México el 1.º de octubre de dicho año, y llegó a Tolotlán, comenzando desde allí la lucha contra los enemigos. Acosados los indios por la sed y el hambre, después de sangrientos combates y después de oir los consejos de los Padres Segovia y Bolonia, hubieron de entregar la fortaleza del Mixtón, sometiéndose 6.000, y los demás, con su jefe Tenamaxtl, se retiraron a la sierra del Nayarit. Acordóse trasladar la ciudad de Guadalajara al valle de Atemaxac, y Mendoza dejó arreglado el emplazamiento (5 febrero 1542) que es el mismo que conserva a la sazón. A la vuelta del virrey a México, y al pasar por el valle de Guayángareo, en Michoacán, ratificó la orden--que dió el 23 de abril de 1541--para que se fundase la ciudad de Valladolid (hoy Morelia). Tanto adelantó la nueva población, que en 19 de septiembre de 1553 se le concedió escudo de armas y título de ciudad.
[266] Chichimeca, palabra de la lengua mejicana, se compone de chichi, perro, y de mecalt, soga: esto es, perro de trailla.
Llegó a la ciudad de México (8 marzo 1544) el visitador D. Francisco Tello de Sandoval, inquisidor de Toledo. La comisión que traía era influir para que se promulgasen las Nuevas Leyes, código publicado por Carlos V, y en el cual tuvo no poca participación el Padre Las Casas. Contra la promulgación de dicho Código se opusieron enérgicamente los encomenderos. En tanto que Tello declaraba impracticables las leyes y se volvía a España a dar cuenta de su misión, lograba Las Casas que sus compañeros los obispos de Michoacán, México, Tlaxcala, Oaxaca y Guatemala, é igualmente los prelados de las Ordenes religiosas, aprobasen su Formulario de Confesores.
A la sazón Hernán Cortés, encontrándose poco atendido y aun pudiésemos decir que en completo desacuerdo con el virrey Mendoza, abandonó por segunda vez a América y se embarcó para España en compañía de su hijo Martín. En la corte española fué recibido con cierto desdén, no encontrando apoyo alguno. Sumamente contrariado, tomó la determinación de seguir a Carlos V a la conquista de Argel, sufriendo mayores desengaños, pues allí recibió inequívocas pruebas de la poca estima en que se le tenía. Cuando se disponía regresar a México, después de escribir desde Valladolid (3 febrero 1544) su última carta al Emperador, fué atacado de aguda disentería, muriendo el día 2 de diciembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, sin que el Consejo de las Indias hubiera resuelto ninguna de sus reclamaciones.
También algunos meses después (3 junio 1548) falleció el ilustre prelado Zumárraga. Hacía algún tiempo que había sido elevado el obispado de México a arzobispado, dándole por sufragáneos los obispados que existían entonces. Nombrado Zumárraga para tan elevado cargo, falleció el día citado antes de vestir el sagrado palio. No cabe duda alguna que el obispo de México era hombre bueno, justo y caritativo. Tal vez--como decíamos en el primer tomo de esta obra al ocuparnos de la lengua maya--su ferviente celo religioso le llevara a cometer algunos errores «disculpables--escribe el Dr. León--todos ellos por el modo de ser social de su tiempo y las necesidades del ejercicio de su ministerio»[267]. Sobre asuntos religiosos dejó algunos escritos el obispo. Hase dicho que Los Catecismos de fray Juan Zumárraga eran un extracto de la Suma de Doctrina Cristiana del Dr. Constantino Ponce de la Fuente, sabio magistral de Sevilla y elocuentísimo orador sagrado. El Dr. Constantino fué procesado por sus creencias luteranas, y habiendo fallecido en las cárceles de la Inquisición, sus huesos se quemaron en auto de fe el 22 de diciembre de 1560; pero no se olvide que Zumárraga había muerto unos diez años antes de que se sospechara de la ortodoxia del Dr. Constantino, hasta el punto que dice que con examen y aprobación hizo imprimir los dos tratados que forman la Doctrina de 1546, en los cuales se hallará sana doctrina, con algunos documentos saludables para común provecho; y en el primer colofón la califica otra vez de doctrina católica[268]. De modo que el prelado creía reimprimir un libro católico; lo cual no es extraño, porque las pocas proposiciones de sabor luterano que tiene la Suma están muy veladas y cuesta trabajo dar con ellas. «La santa vida, las buenas obras, la tranquila muerte del venerable Prelado; la última amistad que tuvo con personas eminentes: reyes, gobernadores, jueces, prelados, religiosos, clérigos; el duelo público que su muerte produjo; los elogios que se le tributaron: todo excluye la idea de que, por palabra ó por escrito, diera lugar á la menor sospecha contra su ortodoxia»[269].
[267] Hist. de México, pág. 304.
[268] García Icazbalceta, Nueva Colección de documentos para la Historia de México, tomo II, pág. 298.
[269] Adiciones y enmiendas a la obra intitulada Don Fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México. Estudio biográfico y bibliográfico, por Joaquín García Icazbalceta. México, 1881.
En el mismo año de 1548 (13 de febrero) se creó la Audiencia de la Nueva Galicia, con residencia en Compostela, erigiéndose también la sede episcopal de la misma. También algunos meses después, desde Valladolid (24 de junio) se concedió a la ciudad de México el título de muy noble y muy leal ciudad[270].
[270] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo I, pág. 192.
Los últimos años del gobierno de Mendoza fueron turbados por una conjuración de españoles y dos insurrecciones de indios en la provincia de Oaxaca; todas se sofocaron y castigados sus autores. Terminaremos el virreinato de Mendoza, uno de los mejores de México, con la siguiente noticia que no carece de interés y que prueba la fidelidad de la provincia de Tlaxcala. «Atendido el constante zelo que en la conquista de México manifestaron los de la provincia de Tlascala, les concedió S. M. el privilegio de que en ningun tiempo pudiessen ser enagenados de su Real Corona, ni sujetos ó encomendados á persona alguna»[271]. (Apéndice F.) Cesó Mendoza como virrey de México el año 1550, pasando con el mismo cargo al Perú, donde los desórdenes eran cada vez mayores.
[271] Ced. de 23 de marzo de 1547.--Vid. tomo 9 de ellas, fol. 177 6.º núm. 299. Arch. hist.º nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra I, núm. 9.
Nombrado don Luis de Velasco virrey de México, hizo su entrada pública el 25 de noviembre de 1550. Ya por una cédula de 16 de abril de dicho año, Carlos V mandaba poner remedio a las diferencias que había entre religiosos de distintas órdenes; favorecer la propagación de la fe católica; defender a los indios de vejaciones; proteger el cultivo de la seda, de la caña de azúcar y del lino; abrir caminos y levantar puentes. Al poco tiempo y hallándose en Madrid, con fecha 14 de diciembre de 1551, el Príncipe, en nombre del Emperador, dispuso que se edificase la iglesia catedral de Oaxaca[272].
[272] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XI, núm. 40, págs. 27 v.ª y 28.
Timbre de gloria será siempre para el virrey don Luis de Velasco la inauguración (enero de 1553) de la Universidad de México[273]. Mereció ser nombrado Rector el oidor Rodríguez de Quesada, citándose entre los profesores Cervantes de Salazar, de Retórica; Fr. Diego de Peña, de Teología (luego obispo de Quito); Dr. Melgarejo, de Cánones; Dr. Frías de Albornoz (discípulo del jurisconsulto Diego de Covarrubias), de Instituta, y Fr. Alonso de la Veracruz, de Sagrada Escritura.
[273] Desde Toro y con fecha 21 de septiembre de 1551, el Príncipe, en nombre del Emperador, concedió la fundación de dicha Universidad, con todos los privilegios, franquezas, libertades y exenciones que tenía la de Salamanca.--Ced. índico, tomo XXXIV, núm. 149, págs. 166 v.ª y 167.
Entre otros hechos que enaltecen el nombre de Velasco, no inferior al del ilustre Mendoza, conde de Tendilla, recordaremos los siguientes: Dió libertad a 160.000 que como esclavos trabajaban en las minas, no sin oposición ruda de los egoístas encomenderos. Estableció la Santa Hermandad a semejanza de la que existía en España, logrando, después de castigar con la prisión y la muerte a muchos salteadores, el restablecimiento de la seguridad personal. Con el objeto de asegurar las comunicaciones con la villa de Zacatecas, famosa por sus minas, y evitar las depredaciones de los chichimecas que recorrían aquella tierra, hizo erigir dos colonias militares: San Felipe y San Miguel[274].
[274] La citada villa fué fundada en el año 1548 por Cristóbal de Oñate, Diego de Ibarra y Baltasar Temiño.
Habiendo sabido por Vázquez Coronado que más allá de Zacatecas había un país muy rico, dispuso una expedición (1554), a cargo de Francisco de Ibarra; Ibarra fundó los pueblos de Nombre de Dios, Chalchihuites y Nieves. La provincia se denominó Nueva Vizcaya y su capital fué tiempo adelante Durango.
Durante el virreinato de Velasco ocupó la silla arzobispal de México, por fallecimiento de Fr. Juan de Zumárraga, Fr. Alonso de Montufar, dominico, natural de Loja y hombre de clara inteligencia. En un concilio que en 1555 reunió en la capital se establecieron reglas de disciplina. Es de lamentar la poca armonía que hubo entre el arzobispo y los frailes. Cuando Montufar quería con empeño que las parroquias fuesen servidas por clérigos regulares, una Real Cédula dada a 30 de marzo de 1557 decidió el pleito en favor de los religiosos.
Obedeciendo Velasco órdenes de Felipe II, mandó una expedición (11 junio 1559) dirigida por Don Tristán de Luna y Arellano para la conquista de la Florida; pero la armada que salió de Vera Cruz tuvo fatal resultado.
Para terminar, diremos que el Rey, por intrigas de los encomenderos, favoreció a la Audiencia en desprestigio de Velasco. Quejóse el virrey, y entonces Felipe II, para arreglar el asunto, y también para saber la verdad de todo, mandó al licenciado Jerónimo Valderrama con el cargo de visitador. Valderrama se puso al lado de la Audiencia y de los encomenderos. Los indígenas, cargados de mayores gabelas, se contentaron con designar al visitador con el nombre del azote de los indios. Agobiado, más por los disgustos que por la edad, murió Don Luis de Velasco en la ciudad de México el 31 de junio de 1564, siendo sepultado en la iglesia de Santo Domingo. El cabildo eclesiástico de dicha capital escribió a Felipe II lo que a continuación copiamos: «Ha dado en general á toda esta Nueva España muy gran pena su muerte, porque con la larga experiencia que tenía, gobernaba con tanta rectitud y prudencia, sin hacer agravio á ninguno, que todos le teníamos en lugar de padre. Murió el postrer día de julio, muy pobre y con muchas deudas, porque siempre se entendió de tener por fin principal hacer justicia con toda limpieza, sin pretender adquirir cosa alguna, mas de servir á Dios y á V. M., sustentando el reino en suma paz y quietud.» En el gobierno de este insigne virrey y de su antecesor Mendoza, que entre ambos duraron treinta y un años, se arregló toda la administración política, civil y religiosa de la Nueva España[275].
[275] Documentos para la historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo II, pág. 605.
Gobernó interinamente la Real Audiencia de México, compuesta a la sazón de los oidores Ceinos, Villalobos y Orozco, los cuales mostraron poco tino en aquellas circunstancias. Ocurrió por entonces un hecho que llamó la atención pública, y fué que Cosijópii, rey que había sido de Tehuantepec, convertido al catolicismo y bautizado con el nombre de Juan Cortés Cosijópii, al mismo tiempo que levantaba templos al Dios de la verdad, ofrecía en su palacio sacrificios a las falsas deidades. Sorprendido una noche por Fray Bernardo de Santa María, cuando vestido de blanca túnica y con la mitra en la cabeza hacía las ceremonias gentílicas, fué reducido a prisión, con gran disgusto de sus compatriotas. También durante el gobierno de la Audiencia aconteció un suceso singular. Es el caso que Don Martín Cortés, hijo del conquistador de México y de Doña Juana de Zúñiga[276], poseedor del palacio de Moctezuma y de muchas villas, rico y fastuoso, se atrajo la enemiga de los oidores de la Audiencia. Vino a agriar más los ánimos el siguiente hecho: Con motivo de solemnizar el bautizo de dos hijos gemelos que nacieron a Martín Cortés, se celebró un banquete en que abundaron los brindis indiscretos y hasta imprudentes. Alarmada la Audiencia, citó al marqués del Valle y a varios de sus amigos, entre ellos a los hermanos Alonso y Gil González de Avila. Presentáronse en la sala de los acuerdos el 16 de julio de 1566. Como el oidor Ceinos intimase a don Martín orden de prisión por traidor a su Rey, el hijo del conquistador de México echó mano a la espada y dijo: «Yo no soy traidor al Rey, ni los ha habido en mi linaje.» Numerosa guardia le redujo a prisión y también a otros muchos. Formóse un proceso, siendo condenado D. Martín Cortés a perpetuo destierro y decapitados los hermanos González de Avila. Tal ejecución causó general disgusto, llegándose a temer, con algún motivo, un levantamiento contra la Audiencia.
[276] Hernán Cortés tuvo otro hijo, llamado también Martín, con la india Doña Marina.
Cinco meses después de la muerte del virrey Velasco, salió la flota (21 noviembre 1564), como había ordenado Felipe II, del puerto de Natividad (Nueva España) con el objeto de sujetar a la Corona las islas Filipinas, ya descubiertas hacía veinte años. Mandaban la flota Miguel López de Legazpi y el P. Fr. Andrés de Urdaneta. Dieron vista a las Filipinas el 13 de febrero de 1565 y en abril del mismo año entablaron relaciones con los indios de Cebú, que, si al principio estuvieron recelosos, concluyeron por hacerse amigos de los españoles, y fueron, puede decirse, la base de la conquista del archipiélago. Una vez declarados súbditos de España los de Cebú, Legazpi despachó (junio de 1565) al P. Urdaneta para que informase al Rey del éxito de la conquista. Continuó Legazpi en su empresa, llegando, por fin, a Manila, cuya población la erigió (19 mayo 1571) en capital del archipiélago.
En el año 1565 se reunió un segundo concilio provincial en México, más importante, sin duda, que el convocado diez años antes[277]. Dispuso el concilio que rigiesen las constituciones del Tridentino, dictándose además otras disposiciones referentes a la vida de los eclesiásticos y a la administración de Sacramentos. Los PP. del Concilio, con elevado espíritu religioso, dirigieron al Rey una serie de peticiones en favor de los indios.
[277] Asistieron el arzobispo de México y los obispos de Chapas, Tlaxcala, Yucatán, Nueva Galicia y Oaxaca. Por muerte de Quiroga, obispo de Michoacán, asistió un procurador.
El nuevo virrey D. Gastón de Peralta, tercer marqués de Falces, llegó el 17 de septiembre de 1566. Encontróse con el proceso de don Martín Cortés, marqués del Valle, asunto que le proporcionó serios disgustos. Condenado a muerte por los oidores Luis Cortés, hermano de D. Martín, el virrey casó la sentencia, conmutándola en servir al Rey por espacio de diez años en Orán. Tanto mortificó a la Audiencia la determinación del virrey que, en un momento de ira y sin documento alguno que lo pruebe, escribió al monarca diciéndole que el marqués de Falces era un traidor, pues al frente de 30.000 combatientes se disponía a declararse independiente. El suspicaz Felipe II, creyendo que en la denuncia podía haber algo de verdad, envió como jueces visitadores y con amplias facultades a los licenciados Jaraba, Alonso Muñoz y Luis Carrillo. El licenciado Jaraba murió durante la navegación, llegando a México los otros dos en los comienzos de octubre de 1567. Muñoz era hombre cruel y de malas inclinaciones; Carrillo era tan débil que carecía en absoluto de carácter y fué un juguete en manos de Muñoz. Ellos, sin consideraciones de ninguna clase, destituyeron al virrey marqués de Falces y le sometieron a un proceso. Con mucha rapidez sustanciaron las causas y con mucha rapidez comenzaron las ejecuciones. Sufrieron la pena de muerte, como cómplices del marqués del Valle, Gómez de la Victoria, Cristóbal de Oñate, Pedro y Baltasar de Quesada. Tal indignación produjo la conducta de Muñoz, alma de todo aquello, que Felipe II mandó que inmediatamente regresara a España. Cuando se presentó en la corte, el Rey le dijo: «Te mandé a las Indias a gobernar, y no a destruir», y le volvió la espalda, causando esto tal efecto al visitador que--según cuentan--murió aquella misma noche. En cambio, el Rey acogió cariñosamente a Falces.
Tomó posesión del virreinato D. Martín Enriquez de Almansa (5 noviembre 1568). Bajo su virreinato se descubrió el Nuevo México, y para asegurar las comunicaciones con Zacatecas se fundaron colonias militares, pues no eran bastantes las dos que estableció el virrey don Luis de Velasco. Celebróse en 1571 el quincuagésimo aniversario de la conquista, confundiéndose en las fiestas los mejicanos y tlaxcaltecas con los españoles, lo cual parecía mostrar el acabamiento de los odios entre vencidos y vencedores. Al lado de noticia tan grata pondremos otras desagradables; éstas son: 1.ª, que en el citado año de 1571 se hubo de establecer el Santo Oficio en Nueva España, siendo el primer Inquisidor general D. Pedro Moya de Contreras; 2.ª, que terrible epidemia--tal vez fiebres tifoideas--causó innumerables víctimas en los años 1576 y 1577. Dávila Padilla en su Historia de los dominicanos dice que murieron más de dos millones de habitantes.
Suárez de Mendoza y Figueroa (D. Lorenzo), conde de la Coruña, se encargó del virreinato en el año 1580 y murió el 19 de junio de 1583. Fray Jerónimo de Mendieta, desde Traxcalla y con fecha del 16 de septiembre de 1580, dirigió al virrey Suárez de Mendoza una carta en la que le decía: «es muy necesario tomar el fin y pretensión del Gobierno muy al contrario del que en estos tiempos se ha tenido, no pretendiendo el oro ni la plata ni el interés temporal de principal intento, sino la cristiandad y la conservación y aumento de estos naturales», siendo de notar «la insaciable codicia de nuestros españoles, que donde quiera que entramos, somos como la sanguijuela, que chupamos la sangre y la vida de aquellos a quien nos allegamos; mayormente de estos pobres indios, como de su parte no tienen ninguna resistencia»[278].
[278] Joaquín García Icazbalceta, Nueva colección de documentos para la Historia de México, tomo IV, págs. 229 y 230.--México, 1892.
La Audiencia, que después del virreinato del conde de la Coruña, gobernó interinamente un año largo, nada hizo que fuese digno de especial mención.
Ocupó el gobierno D. Pedro Moya de Contreras desde septiembre de 1584 y asumió en su persona los cargos de arzobispo de México y de visitador y virrey de Nueva España. Su amor a la justicia fué tan grande que destituyó a algunos oidores de moralidad dudosa e hizo ahorcar a varios oficiales reales. Convocó el tercer concilio provincial, al que asistieron los obispos de Guatemala, Michoacán, Tlaxcala, Yucatán, Nueva Galicia y Oaxaca, proclamándose que el primer deber de los prelados era «defender con todo el afecto del alma y paternales entrañas a los indios recien convertidos a la fe, mirando por sus bienes espirituales y corporales.»
D. Alvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villa Manrique, reemplazó a Moya de Contreras e hizo su entrada solemne en México el 18 de octubre de 1585. Nada hizo de notable en los cuatro años largos que estuvo al frente del gobierno. Los corsarios Drake y Cavendish cometieron algunas depredaciones en las costas del virreinato, teniendo la fortuna el primero de apresar el galeón Santa Ana, que venía de las islas Filipinas con rico cargamento. Por ello fué tratado el virrey de poco activo y aun de descuidado. Del mismo modo fué censurado duramente por el siguiente hecho. Es el caso que Núñez de Villavicencio, oidor de la Audiencia de Nueva Galicia, contrajo matrimonio, contra lo dispuesto en una Real cédula de 10 de febrero de 1575, con una rica mujer de Guadalajara. Destituyólo el virrey; pero la Audiencia protestó. A tal punto llegó la enemiga entre ambas autoridades, que Felipe II, para cortar de raiz el mal, separó del virreinato a Villa Manrique.
CAPITULO XVI
VIRREINATO DE MÉXICO (CONTINUACIÓN): LOS VIRREYES VELASCO Y CONDE DE MONTERREY.--CONQUISTA DE NUEVO MÉXICO.--EL MARQUÉS DE MONTES CLAROS: ACUEDUCTO DESDE CHAPULTEPEC A MÉXICO.--EL VIRREY VELASCO (2.ª VEZ).--IMPORTANTES EXPEDICIONES.--GOBIERNO DEL ARZOBISPO DE MÉXICO Y DEL MARQUÉS DE GUADALCÁZAR.--ENEMIGA ENTRE EL MARQUÉS DE GELVES Y EL ARZOBISPO.--EL MARQUÉS DE CERRALBO: INUNDACIÓN DE LA CIUDAD.--OTROS VIRREYES.--EL OBISPO PALAFOX.--LOS PIRATAS.--VIRREINATO DE ORTEGA MONTAÑÉS, OBISPO DE MICHOACÁN.--EL VIRREY CONDE DE MOCTEZUMA.--EL VIRREY ORTEGA MONTAÑÉS, ARZOBISPO DE MÉXICO.
Llegó a México D. Luis de Velasco, segundo de este nombre, el 25 de enero de 1590[279]. Procuró el virrey ensanchar las fronteras de Nueva España y favoreció las expediciones al Nuevo México, donde Antonio Espejo halló regiones dilatadas y en las cuales vivían los paraguantes, tobosos, júmanos, maguas, quires, púmanes, tiguas, ames y otros indios[280]. A reconocer estos países mandó el virrey a Gaspar Castaño de Sosa con un pequeño ejército. Salió el 27 de julio de 1590 de Almadén y llegó hasta Chihuahua con poca resistencia de los naturales.
[279] Era hijo de Carrión de los Condes (provincia de Palencia).
[280] Colec. de documentos referentes al descubrimiento, conquista y organización de las colonias españolas en América, tomo XV, págs. 101 y siguientes.
Logró celebrar un tratado con los feroces chichimecas, quienes se comprometieron a no hostilizar ni a los españoles ni a sus dependientes; si bien no pudo conseguir que los indios de los bosques o errantes se estableciesen en poblaciones, en particular los otomés se resistieron en absoluto.
Durante el virreinato de Velasco recayó sentencia en el proceso de Luis de Carvajal, conquistador de Nuevo León. Entre la gente que llevó Carvajal para poblar aquella tierra se encontraban varios judaizantes españoles que él no denunció; siendo condenado por los inquisidores Bonilla y Santos García (febrero de 1590) a destierro de las Indias por seis años. Poco después se dispuso (15 junio 1592) desde Martín Muñoz, que hubiese consulado en la ciudad de México[281].
[281] Arch. histórico nac.--Cedulario índico, tomo I, pág. 195 v.º
D. Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, tomó posesión del virreinato de México el 5 de noviembre de 1595, en sustitución de D. Luis de Velasco, quien pasó con el mismo cargo al Perú. Tuvo empeño Monterrey en continuar todo lo que había establecido sabiamente Velasco. Aconsejado por muchos propietarios de haciendas, dispuso la traslación de los indios a lugares poblados; medida beneficiosa para aquéllos, quienes veían ocasión propicia de ensanchar sus propiedades con las tierras abandonadas por los indígenas. A muchos indios que protestaron de la orden del virrey, se les quemaron las casas y sembrados, y a otros se les condujo atados a los pueblos designados de antemano.
Más digna de mención y de más utilidad fué la conquista pacífica de Nuevo México, realizada por Juan de Oñate (30 abril 1598); sometiéronse fácilmente los caciques de los pecos, taos, apaches, cheros y emenes. En la exploración de la costa de California, se dió--en recuerdo del virrey--el nombre de Monterrey a la bahía, y el mismo nombre tomó también la capital del nuevo reino de León, llamada primeramente Nueva Extremadura.
En los primeros días del año de 1599 se recibió en México la noticia del fallecimiento de Felipe II en el año anterior y de la proclamación de Felipe III. Huelga decir que se celebró la primera noticia con solemnes honras fúnebres y la segunda con alegres fiestas.
Autorizado el conde de Monterrey por una cédula de Felipe III (1602) para conquistar la península de California, encomendó la expedición a Sebastián Vizcaíno y a Toribio Gómez de Corbán, los cuales salieron de Acapulco el 5 de mayo, y aunque hubieron de regresar desde el cabo Mendocino por haberse propagado el escorbuto en la tripulación, algo se adelantó, pues Fr. Antonio de la Ascensión, que iba en aquel viaje, pudo dar noticia exacta de las tierras recorridas, como ya se dijo en el capítulo II de este tomo.
En el corto virreinato de D. Juan de Mendoza y Lema, marqués de Montes Claros, (se encargó el 27 de octubre de 1603) comenzó la construcción del acueducto (1606) que va desde Chapultepec a México, monumento que se conserva y honra la memoria del insigne gobernante. Antiguamente los reyes aztecas hicieron cañerías subterráneas, que después Hernán Cortés reparó para conducir las mencionadas aguas. Otro proyecto igualmente beneficioso para la ciudad de México, cual fué el desagüe de las lagunas, se desistió de realizarlo, ante las dificultades que hubo de presentar el fiscal Espinosa.
En el citado año de 1606 Montes Claros fué trasladado al virreinato del Perú, volviendo a México D. Luis de Velasco, que más tenaz que el virrey anterior, realizó el desagüe de las lagunas[282]. Debióse el proyecto, que consistía en abrir un túnel debajo del cerro Nochistongo, al ingeniero Enrico Martín. Comenzaron las obras el 28 de septiembre de 1607 y terminaron el 7 de mayo de 1608, siendo su coste de 73.611 pesos. Por Real Cédula de 27 de septiembre de 1608 se declaró lo procedente acerca de las controversias entre el virrey y el arzobispo de México[283]. Premió el Rey los servicios de Velasco haciéndole merced del título de marqués de Salinas.
[282] Velasco tomó posesión de su cargo el 2 de julio de 1607.
[283] Arch. histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra D, expediente 36.
Noticioso el virrey de que los negros que trabajaban en las haciendas de Tierra Caliente se habían sublevado, huyendo en masa a las selvas de los alrededores de Orizaba, donde nombraron caudillo o reyezuelo a Yanga, y general o jefe de armas a un negro de Angola, llamado Francisco de la Matosa, mandó contra los revoltosos al capitán Pedro González de Herrera, quien los derrotó en el primer encuentro. Los vencidos prometieron vivir pacíficamente en lo sucesivo, y con ellos formó Herrera el pueblo de San Lorenzo de los Negros.
El deseo cada vez mayor de hallar minas de oro y plata hizo que Velasco mandara una expedición, a cuyo frente puso a Sebastián Vizcaíno y con el carácter de embajador a Fr. Pedro Bautista, a las islas llamadas ricas. Llegaron al Japón, donde fueron muy bien recibidos; mas habiendo sospechado el Emperador el intento de los expedicionarios, les retiró su apoyo, viéndose entonces sin recursos y faltos de víveres. Tuvieron la fortuna de encontrar ayuda en Mazamoney, rey de Ox, quien les proporcionó un navío y les dió algunas provisiones. Después de sufrir muchas y terribles tormentas, desembarcaron en Zacatula (20 enero 1614) sin provecho alguno y con la contrariedad de no estar ya en el gobierno D. Luis Velasco, que había marchado a España el 10 de junio de 1611. Algún tiempo antes hubo de dirigirse el capitán Hurdaide contra los indios gaquis, enemigos tenaces de la religión católica. Mandados los indios por el cacique Lautaro, derrotaron a Hurdaide; pero, sin embargo de la victoria, solicitaron la paz, que se ajustó el 25 de abril del año 1610.
Para dar fin al gobierno de Velasco, recordaremos que desde Madrid, Felipe III se dirigió (30 marzo 1611) al virrey, presidente y oidores de la Audiencia de México, dándoles noticias de una obra intitulada Anales, que había dejado escrita al tiempo de morir César Baronio, cardenal de la Santa Iglesia de Roma. Publicada a la sazón, se hubo de notar que Baronio cometía muchos errores al tratar de las regalías de los reyes de Sicilia, sus antecesores (de Felipe III); por lo cual prohibía dicho tomo undécimo y mandaba que se recogiesen los ejemplares que tuvieran los particulares[284].
[284] Cedulario índico, tomo XXXI, num. 264, págs. 264-266 v.ª
Sucedió a Velasco en el virreinato de México el Ilmo. Sr. Fr. García Guerra, arzobispo de dicho México, el 19 de junio de 1611, hasta el 22 de febrero del año siguiente, en que falleció.
Tomó la Audiencia el mando, que desempeñó dando muestras de verdadero rigor. Porque se decía que los negros tramaban una conspiración, la Audiencia hizo poner presos a 29 hombres y cuatro mujeres, los condenó a la horca y dispuso que las cabezas de los ajusticiados se colocasen en escarpias en la plaza principal.
El 28 de octubre de 1612 comenzó su virreinato D. Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar. Para ampliar las obras de desagüe de las lagunas concedió Felipe III 110.000 pesos, que se sacarían de un impuesto sobre el vino, aceptándose el proyecto que presentó el ingeniero Enrico Martín, mejor tal vez que el trazado por el ingeniero holandés Boot. Consideremos los hechos que se realizaron en tiempo del virrey Fernández de Córdoba. Don Gaspar de Alvear, gobernador de Nueva Vizcaya, sometió a los indios tepehuanes, los cuales se insurreccionaron y dieron muerte a varios religiosos; se afirmó nuestro dominio en el país de Nayarit[285], país que recibió luego el nombre de Nuevo reino de Toledo[286]; se fundaron las ciudades de Lerma y Córdoba, y en el año 1615 Tomás de Cardona acometió la explotación de la península de California, de cuyo país tomó posesión en nombre del monarca español.
[285] Nayarit fué un cacique de aquella tierra.
[286] Conservó poco tiempo dicha denominación.
Trasladado el marqués de Guadalcázar al virreinato del Perú (1621), le substituyó D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y conde de Pliego. Entre el virrey y el arzobispo D. Juan Pérez de la Serna hubo serios altercados, con no poco desprestigio de ambas autoridades. Queriendo el prelado restablecer la disciplina eclesiástica, excomulgó por adúltero a D. Carlos de Arellano, alcalde mayor de Xochimilco; prohibió, entre otras imágenes ridículas, la de Jesucristo «caballero en un cordero corriendo, con una veletilla de niños en una mano y un pájaro atado de una cuerda en la otra;» condenó la venta de pulque a los indios, bebida nociva y causa de embriaguez; y, por último, ciertas devociones que se celebraban de noche durante la cuaresma y que servían de pretexto para ciertas liviandades. Aunque las disposiciones del prelado eran justas, se opuso a ellas la Audiencia, a cuyo lado estuvo el virrey. Llamó más la atención el siguiente hecho: Melchor Pérez de Varaiz, alcalde mayor de Metepec, encausado por cohecho, se refugió como lugar seguro en el convento de Santo Domingo. El arzobispo exigió conocer del proceso, y no siendo atendido, excomulgó a los jueces. Colocóse el virrey al lado de la justicia; pero el prelado puso en entredicho la ciudad; los clérigos salieron por las calles llevando una cruz cubierta de negro velo, se cerraron los templos y dejaron de tocar las campanas. El marqués de Gelves se apoderó del arzobispo y lo sacó a la fuerza de México. Entonces los habitantes de la ciudad se pusieron al lado del prelado, y ardiendo en deseos de venganza a los gritos de ¡Viva Cristo! ¡Viva su Iglesia! ¡Muera el hereje! ¡Muera el excomulgado! cayeron (15 de febrero) sobre el palacio del virrey y lo incendiaron. El virrey logró salir disfrazado y acogerse al convento de San Francisco.
Enterado Felipe IV de tales sucesos, nombró virrey a D. Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralbo, que llegó a México el 3 de noviembre de 1624; venía acompañado de D. Martín Carrillo, inquisidor de Valladolid, encargado por el monarca de poner en claro las causas del tumulto anterior. Cuando Carrillo estudió el asunto hubo de decir: l.º, que el clero era el alma del motín; 2.º, que la mayor parte de la población tomó parte, y 3.º, que tomó parte por el odio que el pueblo tenía a los españoles. Entonces se reprendió y se depuso al arzobispo, nombrándose en su lugar a D. Francisco de Manso y Zúñiga; se depusieron a dos oidores, se condenó al fraile Salazar y a otros jefes del motín a trabajos forzados, sufriendo cuatro de los últimos la pena de muerte.
Como en este tiempo España se hallaba en guerra con Holanda, Cerralbo defendió la colonia de las asechanzas de buques holandeses.
Inundación tan terrible ocurrió en México en el año 1629 que, habiéndose obstruído un túnel, se desbordó el lago y se anegó toda la ciudad, muriendo ahogadas o entre las ruinas de las casas muchas personas. Sometido a un proceso el ingeniero Enrico Martín, autor de las obras, fué condenado a ejecutar por su cuenta las reparaciones necesarias. Cerralbo, con fecha 25 de mayo de 1629, decía al Rey, entre otras cosas: «Supuesta esta relación, suplico a V. M. me dé licencia para que diga que, después de Hernán Cortés, ninguno ha servido a V. M. en muchos años de las Indias tanto como yo en cinco...»[287]
[287] Boletín de la Real Academia de la Historia de Diciembre de 1916, pág. 588.
Tanta debía ser la necesidad que de dinero tenía Felipe IV que, desde Madrid (28 mayo 1632), ordenó a Cerralbo que «vendiese algunas hidalguías para sacar gran cantidad de dinero, que ayudaría a suplir los gastos de mi Hacienda...»[288].
[288] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XXIV, núm. 253, págs. 285 v.ª y 286.
Cesó el gobierno de D. Rodrigo Pacheco el 16 de septiembre de 1635, en cuya fecha llegó D. Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadreita, a sucederle. Bajo el virreinato de Cadreita, piratas holandeses, capitaneados por el famoso Pie de palo, desolaron las costas de Nueva España y llegaron a saquear el puerto de Campeche. Ya en este tiempo--y la noticia es interesante--, como se temiese una sublevación de criollos y mestizos en favor de la independencia de México, ordenó Felipe IV--creyendo de este modo atajar el mal--que la colonia enviase procuradores a las Cortes.
El 28 de agosto de 1640 llegaron juntos a México el nuevo virrey D. Diego López Pacheco Cabrera, duque de Escalona y D. Juan de Palafox, obispo de la Puebla. Necesitando Felipe IV mucho dinero para las guerras en que andaba envuelto, dió el encargo de que se lo proporcionara a López Pacheco, el cual exigió de los mineros fuertes sumas, vendió oficios públicos y hasta demandó contribuciones por adelantado. Semejante política disgustó mucho al prelado. Andaba por entonces Palafox harto disgustado con las órdenes religiosas, pues intentaba sustituir a los frailes que regían las parroquias con sacerdotes seculares. El virrey no supo mantenerse en el terreno de la imparcialidad y prestó su apoyo a los frailes. Tales desavenencias obligaron a Felipe IV a destituir al duque de Escalona, nombrando virrey al obispo Palafox.
En tanto que Escalona lograba sincerarse en Madrid, los jesuítas declaraban guerra a muerte a Palafox. Sostenía el prelado que los jesuítas no debían ejercer el ministerio sacerdotal sin su licencia, y los hijos de Loyola a su vez afirmaban que ellos gozaban de ciertos privilegios que les emancipaban de la jurisdicción ordinaria. Nombrados varios jueces para entender del negocio, fallaron en favor de los jesuítas. El prelado entonces excomulgó a los jueces y los jueces a Palafox. Por fortuna, se restableció luego la concordia con honrosa transacción.
Díjose por entonces, con más o menos fundamento, que iba a estallar una revolución encaminada a la independencia de México, mediante los manejos de un irlandés llamado Guillén de Lampart (o de Lombardo). Se proponía falsificar Reales Cédulas nombrándose virrey y alzándose luego contra Felipe IV; pero se descubrió el complot[289].
[289] Algunos años después Lampart fué quemado vivo.
Encargóse del virreinato D. García Sarmiento de Sotomayor Enríquez de Luna, segundo conde de Salvatierra, el 13 de noviembre de 1642, cesando el 13 de mayo de 1648, por haber sido trasladado al Perú. Las crónicas nada dicen digno de contarse de su gobierno; sólo refieren que era asaz devoto y que costeó la parte principal del tabernáculo de Nuestra Señora de Guadalupe.
No carecen de interés dos noticias referentes al venerable Don Juan de Palafox y Mendoza, obispo de la Puebla de los Angeles. Desde Madrid--con fecha 6 de febrero de 1648--el Rey dice a Palafox que venga a España y ocupará la primera iglesia que vacase. De su misma Real mano escribió después S. M. los renglones siguientes: «Estoy cierto que executareis lo que os ordeno, con la puntualidad con que me obedeceis en todo por combenir assi á mi servicio, y siempre tendré memoria de vuestra persona para honrraros y favoreceros.--Yo el Rey»[290]. También haremos notar que en los altercados que los jesuítas tuvieron con el citado obispo de la Puebla de los Angeles, el virrey Salvatierra se puso al lado de aquéllos, no dejando de llamar la atención lo que el insigne Palafox escribió al Papa, en su carta del 8 de enero de 1649. Tales son sus palabras: «Los jesuítas compraron, por una gran suma de dinero, el favor del conde de Salvatierra nuestro virrey; el cual, aparte de esto, me tenía un odio mortal»[291].
[290] Cedulario índico, tomo IV, núm. 21, págs. 20 v.ª y 21.
[291] Memorias de los virreyes del Perú marqués de Mancera y conde de Salvatierra, publicadas por José Toribio Polo, págs. 19 y 20.--Lima, 1899.
Por haber sido trasladado Don García al virreinato del Perú, obtuvo igual dignidad en México Don Marcos de Torres y Rueda, obispo de Yucatán (1648), quien falleció al poco tiempo.
Reemplazóle Don Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste (1650), en cuyo tiempo se sublevaron los indios taraumares de Chihuahua, acaudillados por sus caciques, siendo sometidos por Don Diego Fajardo, gobernador de Nueva Vizcaya[292].
[292] Como un hecho curioso habremos de citar que en el año 1650 murió en Cuitlaxtla Doña Catalina Erauso, la Monja Alférez, la cual huyó de un convento de San Sebastián, se vistió de hombre e hizo como soldado grandes hazañas en Chile y en el Perú.
Bajo el virreinato de Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, una escuadra inglesa, que mandaba Cromwell, se apoderó de Jamaica, á pesar del auxilio que la isla hubo de recibir de nuestro virrey.
Cuando Felipe IV se hallaba ocupado en la campaña contra Flandes, tan funesta para las armas y para el nombre español; cuando perdíamos las plazas de Quesnoy, la de Catelet y la de Landrecy, y cuando el Rey echaba la culpa de su desgracia a los herejes flamencos, creyó realizar una obra grata a Dios escribiendo desde Madrid (19 mayo 1655) al virrey Alburquerque, encargándole que concediese todo su apoyo y favor a la Santa Inquisición, a la cual elogia con entusiasmo excesivo[293].
[293] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico, tomo XVI, núm. 293 v.º
Aunque las dos noticias que a continuación vamos a registrar iban dirigidas a todos los Estados de América, las pondremos en este lugar, teniendo en cuenta la mayor importancia que a la sazón tenía México. Felipe IV, por Real Cédula dada en Madrid a 8 de noviembre de 1648, pidió a los virreyes, presidentes, audiencias y gobernadores de las Indias ciertas noticias para poder acabar la obra (1.º y 2.º tomo) intitulada Teatro Eclesiástico, y cuyo autor era el maestro Gil González Dávila[294]. La otra noticia es que el mismo Felipe IV, desde Madrid, y con fecha 4 de junio de 1657, después de decir que teniendo en cuenta los continuos milagros y beneficios (como abundancia de frutos) que continuamente hacía el glorioso San Isidro, era su voluntad que se fundase una capilla donde descansaran las cenizas de dicho Santo, y para cuya obra mandaba a los virreyes, presidentes, audiencias y demás gobernadores, y rogaba a los arzobispos y obispos pidiesen limosna en las Indias Occidentales[295].
[294] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico, tomo XXXI, núm. 70, pág. 69 v.ª a la 71 v.ª
[295] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico, tomo XXV, núm. 9, págs. 17 v.ª y 18.
Uno de los peores virreyes que ha tenido México fué D. Juan de Leyva y de la Cerda (16 septiembre 1660 a 29 junio 1664). Consintió que su mujer vendiese los destinos públicos y miró impasible la conducta liviana de la dicha virreina. No corrigió los escándalos de su hijo D. Pedro, antes, por el contrario, los alentó con su manera de obrar. Bastará decir que se declaró enemigo de D. Diego Osorio de Escobar, arzobispo de México, porque éste--como era su deber--condenó el desafío entre el hijo del virrey y el conde de Santiago. La importante sublevación de los indios de Tehuantepec tuvo su origen en los excesos que cometía el alcalde mayor D. Juan Arellano, y que terminó por la mediación de D. Alonso de Cuevas Dávalos, obispo de Oaxaca. Españoles e indígenas odiaban el gobierno del virrey. Su carácter altanero y las pretensiones cada día mayores de su familia le acarrearon la enemiga del citado arzobispo Osorio de Escobar. Sabedor el Rey de tales hechos, confirió al prelado el gobierno de México, y aunque el conde de Baños detuvo hasta seis cédulas reales, por fin fué arrojado del poder por un movimiento popular.
Tres meses ocupó el virreinato el arzobispo de México, Osorio de Escobar. Al ser sustituído en aquel importante cargo, también hubo de renunciar la mitra, la que recayó en D. Alonso de Cuevas Dávalos, obispo de Oaxaca. Osorio volvió a su obispado de Puebla.
D. Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, hizo su entrada pública en la capital el 15 de octubre de 1664. A la sazón, los corsarios ingleses--y el principal de ellos Juan Morgan--infestaban los mares, no pudiendo resistirles la débil escuadra española que había en el golfo de México. A tales desdichas hay que añadir la completa decadencia de la agricultura, industria y comercio. La tristeza que causó la noticia de la muerte de Felipe IV y que llegó a México en los comienzos del año 1666, se convirtió en alegría cuando se juró a Carlos II. Precaria llegó a ser la situación del marqués de Mancera, ya por las necesidades de la colonia, ya por las continuas cantidades que tenía que mandar a D.ª Mariana de Austria, reina gobernadora. Registraremos tres hechos principales durante el gobierno del marqués de Mancera: la erupción del Popocatepell acaecida el año 1665, la celebración de un auto de fe y la caridad que manifestó por los pobres, que sufrieron mucho por las pérdidas de las cosechas en el año 1673. Disgustado por las exigencias continuas de la corte, renunció el virreinato, saliendo para España el 2 de abril de 1674, no sin sentimiento del pueblo mejicano.
Cinco días, desde el 8 de diciembre de 1673 hasta el 13, desempeñó el gobierno D. Pedro Nuño Colón de Portugal, duque de Veragua.
Nombrado virrey fray Payo Enríquez de Ribera, arzobispo de México, bajo su enérgica dirección mejoraron algo las cosas. Procuró defender las costas y libró contra los corsarios verdadero combate naval en la laguna de Términos. Tanto el desagüe del valle como la construcción de la catedral de México adelantaron notablemente. También adelantó mucho la colonización de Nuevo México y de California. Digna de todo encomio fué la erección, establecimiento y constitución (29 marzo 1678) del Colegio Seminario de Nuestra Señora de la Concepción de la ciudad de Chiapa[296]. Refieren los cronistas que puso en cuidado al virrey la insurrección de los indios taos, picuriés y tehecas (1680), la cual no pudo sofocar don Antonio de Otermín, gobernador de Santa Fe. También en el citado año los piratas ingleses saquearon a Campeche. No terminaremos la reseña del virreinato sin decir que en el año 1675 se acuñó por primera vez moneda de oro en la Casa de Moneda de México, y que en el 25 de noviembre del mismo año entró Carlos II a gobernar el reino de España.
[296] En el citado año llegó a México, de paso para su destierro de Filipinas, D. Fernando de Valenzuela, famoso privado de D.ª Mariana de Austria, madre de Carlos II. Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XXVI, pág. 346 v.ª
Comenzó su virreinato D. Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes, el 30 de noviembre de 1680. Sólo hechos tristes registra la historia de México en este período. El año 1681 estalló formidable levantamiento en la ciudad de Antequera, a causa del cobro de las alcabalas; las costas de Yucatán se vieron asaltadas por los piratas; Veracruz fué saqueada (1683) por los corsarios franceses, y Campeche sufrió la misma suerte (1685). La expedición de D. Isidro de Otondo para la conquista de California, y en la cual iban los célebres jesuítas Kino y Salvatierra, no dieron resultado alguno. Hemos de consignar un suceso que llamó mucho la atención por entonces. Llegó a México D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, con el carácter--según se dijo--de visitador del reino. Al llegar a Puebla, fué reducido a prisión por orden de la Audiencia y llevado a la ciudad de México. Se le formó proceso, y después de un año de prisión se le condenó a muerte el 10 de julio de 1684 y fué ahorcado el 14. Cortáronle la cabeza y las manos; aquélla y una mano se mandó a Puebla, y la otra mano se clavó en la horca. ¿Era agente de los piratas, como afirman unos, ó un impostor, como dicen otros?
Duró el virreinato de D. Melchor Portocarrero Laso de la Vega, conde de la Monclova, desde el 16 de noviembre de 1686 al 20 de noviembre de 1688. En este mismo año marchó al Perú con el mismo cargo. Procuró la reconquista del Nuevo México y de la California; tuvo que sofocar la sublevación de los indios de Sonora, y de los conchos y tarahumares de Chihuahua. Para beneficio de la ciudad de México construyó una cañería y prosiguió la obra del desagüe. Echó en Coahuila los cimientos de una ciudad que en su honor se llamó Monclova.
Figura entre los buenos virreyes D. Gaspar de la Cerda Sandoval y Mendoza, conde de Galve, que se hizo cargo del gobierno el 29 de noviembre de 1688. Ordenó, ya a D. Pedro Girón, ya a D. Diego Vargas Zapata, la reconquista de Nuevo México: la guerra duró desde el 1690 hasta el 1696, y nuestras tropas sufrieron grandes trabajos.
Llegó a noticia del virrey que los franceses acababan de fundar una colonia al Norte del golfo de México, y para oponerse a ello, envió con las tropas que pudo reunir al gobernador de Coahuila. Llegó el gobernador a la laguna de San Bernardo, donde sólo encontró ruinas de un fortín y bajo ellas los cadáveres de los franceses, capitaneados por La Salle. Los mismos indios carancahuases que habían muerto a los franceses, salieron al encuentro de los españoles llamándoles texia (amigos), recibiendo desde entonces el nombre de Texas. Comenzóse por el P. Damián Mazanet a predicar el Evangelio y se dió principio a la fundación de San Antonio de Béjar, Jesús María y otras poblaciones.
Temiendo el conde de Galve que pudieran un día los franceses invadir la Florida, echó los cimientos de la villa de Panzacola. A la sazón frecuentes agitaciones llevaron el desasosiego a los espíritus: los indios de Chihuahua y Sonora asesinaron a varios religiosos y quemaron algunas iglesias; los pimas de California se sublevaron y fueron castigados por el capitán Antonio Solís, en tanto que los jesuítas PP. Kino, Ugarte y Salvatierra continuaban las misiones con bastante fruto. También hacían los jesuítas observaciones geográficas y estudiaron detenidamente la Baja California.
Comenzó el virreinato de don Juan de Ortega y Montañés, obispo de Michoacán, el 27 de febrero de 1696, y duró hasta el 2 de febrero de 1697. Apenas se hubo encargado del gobierno, cuando los estudiantes se amotinaron en la plaza Mayor y quemaron la picota. El 6 de octubre de 1696 llegó la noticia de la muerte de la reina Doña Mariana de Austria, celebrándose por su alma suntuosas honras en la catedral de México el 24 de noviembre. Uno de los últimos hechos del virrey fué conceder permiso a los jesuítas para emprender la reducción de la California.
Don José Sarmiento Valladares, conde de Moctezuma, casado con una cuarta nieta del emperador mejicano del mismo nombre, gobernó la colonia desde el 2 de febrero de 1697 hasta el 4 de noviembre de 1701. Procuró asegurar el orden en la colonia, pues eran frecuentes los motines o tumultos, dictando también severas disposiciones contra los bandidos, muchos de los cuales fueron ajusticiados. Continuaron los jesuítas, entre otros el P. Kino, sus misiones en California. Conviene advertir que, según Cédula real de 11 de diciembre de 1697, había interés de parte de la Corte de España--a causa de las noticias de los anteriores virreyes, condes de la Monclova y de Galve--en la realización de la obra para el desagüe de la laguna de Huehuetoca[297]. En tiempo de Moctezuma se recibió la noticia de la muerte de Carlos II (1701), y la elección de Felipe V, quien fué jurado el día 4 de abril.
[297] Cedulario índico de Ayala, letra D, expediente número 15.
Ocupó por segunda vez el virreinato D. Juan de Ortega Montañés, arzobispo de México, tomando posesión el 4 de noviembre de 1701. Puso el virrey en estado de defensa los puertos de Veracruz y Tampico, amenazados por las armadas inglesa y holandesa; pero lo que los citados enemigos no lograron en aguas de América, pudieron conseguir en las costas de España, donde echaron a pique la flota que venía de Nueva España en septiembre de 1702 y se apoderaron de muchas riquezas, ocasionando a nuestra nación pérdidas que--según se dijo--ascendían a cincuenta millones de pesos.
CAPITULO XVII
VIRREINATO DE MÉXICO (CONTINUACIÓN).--EL VIRREY DUQUE DE ALBURQUERQUE: SU POLÍTICA INTERIOR; LUCHA CON LOS CORSARIOS Y CON LOS INGLESES.--EL DUQUE DE LINARES: SU AMOR A LA JUSTICIA.--EL MARQUÉS DE VALERO: EXPEDICIÓN A CAMPECHE Y YUCATÁN: SU POLÍTICA CON LOS CACIQUES.--GOBIERNO DEL MARQUÉS DE CASAFUERTE.--DESGRACIAS DURANTE EL MANDO DEL ARZOBISPO VIZARRÓN.--LOS VIRREYES DUQUE DE LA CONQUISTA, CONDE DE FUENCLARA Y CONDE DE REVILLAGIGEDO.--DÉBIL GOBIERNO DEL MARQUÉS DE LAS AMARILLAS.--EL MARQUÉS DE CRUILLAS: EL ALMIRANTE INGLÉS POCOCK SE APODERA DE LA HABANA.--MALA ADMINISTRACIÓN DEL VIRREY MONTSERRAT.--VIRREINATO DE CROIX: EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--SÍNTOMAS REVOLUCIONARIOS EN EL PAÍS.--VIRREINATOS DE BUCARELI, MAYORGA, GÁLVEZ (D. MATÍAS Y D. BERNARDO) Y FLORES.--EXCELENTE GOBIERNO DEL CONDE DE REVILLAGIGEDO.--EL MARQUÉS DE BRANCIFORTE, BERENGUER DE MARQUINA E ITURRIGARAY.--ÚLTIMOS VIRREYES.
El virrey D. Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, llegó a Veracruz el 6 de octubre de 1702. Preparó la armada de Barlovento y con ella logró ahuyentar a los corsarios del golfo de México; hizo confiscar los bienes de los portugueses, ingleses y holandeses residentes en la colonia; logró que los ingleses levantasen el cerco de San Agustín y se retiraran de las costas de la Florida.
En la política interior impuso impuestos a los eclesiásticos (el diezmo sobre los bienes) y consiguió la reversión a la Corona de las rentas enajenadas. No olvidó la pacificación de ambas Californias, procurando también que se continuara arrojando en aquellas tierras la semilla del Evangelio, como lo venían haciendo el P. Salvatierra y otros religiosos. No deja de llamar la atención una cédula, en la cual se dice que habiendo llegado a noticia de Felipe V que en las Indias se hallaban muchos delatores y testigos falsos, mandó al virrey, audiencias y demás justicias de Nueva España, ejecutasen con la más rigurosa exactitud las leyes vigentes contra los mencionados delatores y testigos falsos. La cédula tiene la fecha del 6 de septiembre de 1705[298].
[298] Arch. histórico nacional, Cedulario índico de Ayala, letra D.
Al duque de Alburquerque sucedió en el virreinato D. Fernando de Alencastre Noreña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuentes; tomó posesión del virreinato el 15 de enero de 1711. Hombre recto y justo, procuró corregir los males de aquella sociedad. Estaba corrompida la administración de justicia y relajada la disciplina eclesiástica. Intentó la pacificación del Nayarit, sirviéndose de la santidad de fray Antonio de Jesús Margil; en 1711 un terremoto derribó muchos edificios de México, y en 1714 hubo gran escasez de víveres, trayendo el hambre como inseparable compañera la peste. En su honor se dió el nombre de San Felipe de Linares a una colonia fundada en Nuevo León. Durante su virreinato se celebró la paz de Utrech, y por el tratado llamado de asiento entre España e Inglaterra, su Majestad católica concedió al rey de la Gran Bretaña el monopolio de introducir esclavos negros en México y en las demás colonias españolas de América[299].
[299] Véase Cap. XIV de este tomo.
Don Baltasar de Zúñiga, duque de Arión y marqués de Valero, desembarcó en Veracruz (julio de 1716) e hizo su entrada pública en México (16 de agosto del mismo año). Sucesos de alguna importancia ocurrieron durante el virreinato del duque de Arión, lo mismo en el orden interior que en el exterior. Por lo que al orden interior respecta, comenzaremos dando exacta noticia--según documentos de la época--de la sedición y tumulto que promovieron, en la noche del 3 de mayo de 1717, las monjas de Santa Clara de la ciudad de México, contra el comisario general de San Francisco. Tan grande fué el escándalo, que el virrey Valero tuvo que mandar guardias. En el día siguiente desobedecieron al provisor del arzobispado y al virrey. El arzobispo, en el mes de agosto del mismo año, de vuelta de su visita pastoral, quiso--y tampoco lo consiguió--llevar la paz al convento. A tal punto llegaron las cosas, que el Rey hubo de mandar, hasta que la Santa Sede dispusiera lo más acertado, que el convento pasase a la jurisdicción ordinaria[300].
[300] Cedulario índico, tomo III, núm. 53, págs. 101 v.ª 108.
Por lo que atañe a política exterior, el virrey Valero mandó una expedición bajo las órdenes de D. Alonso Felipe de Andrade a las costas de Campeche y Yucatán, con el objeto de arrojar a los ingleses que se habían establecido en aquellos lugares. Logró Valero lo que se propuso, mostrando en esta ocasión no poco tino. Acertó a llegar por entonces (1717) el cacique Tixjanaque, de la Florida, y recibió el bautismo; otros caciques siguieron el ejemplo de Tixjanaque. También logró el virrey que la levantisca provincia de Nayarit, en Nueva Galicia, fuera castigada, sometiéndose por completo. Por último, las erupciones del Popocatepetl amedrentaron a los que vivían cerca del volcán, y los vecinos de México vieron con sentimiento el incendio del hermoso teatro de la ciudad, suceso que acaeció después de la representación del drama Ruina e incendio de Jerusalén, y cuando se iba a poner en escena otro intitulado Aquí fué Troya.
El 15 de octubre de 1722, D. Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte, natural de Lima, tomó posesión del gobierno. Se sometió el Nayarit, que volvió una vez más a sublevarse; y se expulsó a los ingleses del territorio que ellos denominaban de Walix o Belice, cuya operación se encomendó al valeroso jefe D. Antonio de Figueroa. Durante los once años de gobierno del marqués de Casafuerte se atrajo las simpatías de los mejicanos, los cuales lloraron su muerte, acaecida el 16 de marzo de 1734. Antes de terminar los hechos correspondientes a este virreinato, diremos que en el año 1722 comenzó en México la publicación de un periódico que se llamó primero Gaceta de México, y desde el número 4 se le añadió y Florilogio Historial, etc., dirigido por D. Juan Ignacio María de Castorena, chantre de la catedral de México y después obispo de Yucatán. Publicóse el periódico desde enero del año citado hasta junio, volviendo a aparecer en 1728 por el presbítero D. Juan Francisco Sahagún de Arévalo Ladrón de Guevara y que duró desde el mes de enero de aquel año hasta fines de noviembre de 1739; fué sustituído por otro periódico del mismo autor, que se llamó Mercurio de México, y que dejó de publicarse en septiembre de 1742. Construyó el marqués de Casafuerte la Casa de la Moneda, la de la Aduana y realizó otras muchas obras.
Tomó posesión del virreinato (16 mayo 1734) el Ilmo. D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de México. En su tiempo, terrible epidemia que se llamó matlazahuat se cebó en los indios, de los cuales murieron más de la mitad. Declarada la guerra entre España e Inglaterra, las flotas británicas ocasionaron frecuentes alarmas en las ciudades del litoral y los indios de California se levantaron contra los misioneros jesuítas.
Después de los cortos gobiernos de D. Pedro de Castro y Figueroa, duque de la Conquista y marqués de Gracia Real (se encargó del mando el 17 de agosto de 1740 y falleció el 22 de agosto de 1741) y de la Audiencia, cuyo presidente era D. Pedro Malo de Villavicencio, tomó las riendas del virreinato (3 noviembre 1742) D. Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara. Fué verdadera desgracia que el galeón Nuestra Señora de Covadonga, que salió de Acapulco con rumbo a Manila, cayese (20 junio 1743) en poder del almirante Anson, llevándose 300 prisioneros de todas clases y más de dos millones y medio de pesos. En cambio, nos es grato referir que el coronel D. José de Escandón emprendió el año 1744 la conquista de Sierra Gorda, fundando las colonias de Nuevo Santander, en Tamaulipas. Dos asuntos le ocuparon después preferentemente: embellecer la ciudad de México y mandar dinero a España, cuyo gobierno se hallaba bastante necesitado.
Más importante es la historia de D. Francisco de Güemes y Horcasitas, conde de Revillagigedo (9 julio 1746). En su tiempo, D. Manuel Salcedo, gobernador de Yucatán, peleó con ventaja para desalojar a los ingleses del territorio de Belice. Uno de los mayores empeños del virrey fué el arreglo de la Real Hacienda, consiguiendo, en gran parte, su propósito, á pesar de los obstáculos que le puso aquel alto tribunal, siempre rehacio a ciertas reformas. Revillagigedo rebajó las tarifas de aduanas, persiguió con empeño y constancia el contrabando y dió otras prudentes y beneficiosas disposiciones. Encontróse a veces en grandes apuros, ya por la carestía y hambre que se presentaba en algunas provincias, ya por no poder atender las exigencias de dinero que le hacía la corte de Fernando VI. En este sentido es curiosa la siguiente comunicación escrita en Aranjuez el 21 de mayo de 1748. Dice así: «Hallándose la vajilla de que se sirve el Rey falta de muchas piezas muy precisas, y queriendo se complete enteramente de éstas y de las demás que son asimismo indispensables: Me ha mandado S. M. prevenir a V. E. embie de su real cuenta en las primeras ocasiones que se presenten, como sesenta mil onzas de plata de la que se llama Copeya o virgen, buscando la de más superior calidad, y al propio intento también dos mil onzas de oro del de mejores quilates que se hallase; lo que participo a V. E. para que en esta diligencia se dedique a desempeñar con la posible brevedad este encargo.--Dios guarde a V. E. muchos años.--El marqués de la Ensenada.--Señores virreyes de Nueva España Horcasitas y del Perú Manso»[301].
[301] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo IX, núm. 684, pág. 683.
Importa a nuestro objeto recordar que D. José de Escandón continuó trabajando en la pacificación de Tamaulipas, vasto país habitado por los apaches, comanches y otros indios bárbaros.
Don Agustín de Ahumada y Villalón, marqués de las Amarillas, comenzó su virreinato el 10 de noviembre de 1755, y lo desempeñó hasta el 5 de febrero de 1760, en que falleció. No pudo extinguir el bandolerismo, ni proteger la colonia contra las invasiones de los indios comanches. Durante su virreinato ocurrió la formación del volcán de Xorullo, en medio de fértil planicie de Michoacán (1758).
Al gobierno de la Audiencia, presidida a la sazón por D. Francisco Antonio de Chavarría, y al virreinato de D. Francisco Cajigal de la Vega, que tomó posesión el 28 de abril de 1760 y lo renunció el 6 de octubre del mismo año, sucedió D. Joaquín de Montserrat, marqués de Cruillas. La Real Cédula de su nombramiento se dió en el Buen Retiro el 10 de marzo de 1760[302], y tomó posesión el 6 de octubre del mismo año. Al siguiente se verificó el juramento de Carlos III, sucesor de su hermano Fernando VI en el trono de España. El virrey sofocó en 1761 un levantamiento de los yucatecas, dirigido por Jacinto Canek, que pagó con la vida su amor a la libertad. Cuando el almirante inglés Pocock se apoderó de la Habana (13 agosto 1762), el marqués de Cruillas reparó los fuertes de Veracruz, e hizo que D. Juan de Villalba organizase un ejército colonial, el primero de este género que se conoció en Nueva España. Mostró el marqués de Cruillas mucho interés--interés que le hicieron tener los frailes de su virreinato--en que el Rey recomendase a Su Santidad la pronta beatificación de Fray Antonio Margil de Jesús, religioso misionero observante de San Francisco[303].
[302] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo X, núm. 131, pág. 70 v.ª
[303] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XV, núm. 205, pág. 166.
No estando conforme el gobierno de Madrid con la administración del virrey Montserrat--pues se decía que había malversado dos millones de pesos--mandó de visitador a D. José de Gálvez, hombre de carácter y justo, quien destituyó a varios oficiales reales y al mismo marqués de Cruillas.
D. Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, natural de Lille, recibió en Otumba el gobierno a 23 de agosto de 1766. Graves asuntos preocuparon al virrey. Fué uno de ellos, y el más importante sin duda, la expulsión de los jesuítas que se verificó en México el 25 de junio de 1767[304]. En la mañana misma que se ejecutó la providencia contra los hijos de Loyola, publicó un bando el virrey, prohibiendo toda conversación, murmuración ó comentario sobre el asunto, terminando con decir... «de una vez para lo venidero deben saber los vasallos del gran Monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer, y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del Gobierno.» Como los indios y el pueblo en general no entendiesen este lenguaje, se alzaron en armas e hicieron volver a su residencia a los Padres; pero el virrey, con poderosas fuerzas, logró restablecer el orden y castigó con mano de hierro a los sublevados, sufriendo muchos la pena capital. Conducidos los jesuítas a Veracruz, allí fueron embarcados con rumbo a Génova. Nuestra imparcialidad nos obliga a confesar que los jesuítas eran muy queridos en San Luis de Potosí, Guanajuato, San Luis de la Paz, Valladolid, Uruapam y Pátzcuaro, y aun pudiéramos decir que en todo el virreinato.
[304] Ya sabemos que el decreto se firmó por Carlos III en El Pardo el 27 de febrero del citado año y se ejecutó el 1.º de abril.
Tampoco pasaremos en silencio que por R. D. dado en El Pardo a 17 de marzo de 1768, se creó en el Hospital de Indios de México una cátedra de Anatomía práctica[305].
[305] Cedulario índico, tom. XVI, núm. 6, pág. 7.
Preocupóle al virrey el desorden que existía en el país, como también el lastimoso estado de la colonia del Nuevo Sacramento (1767)[306].
[306] Archivo histórico de Alcalá de Henares.--Expedientes del correo marítimo de México(1765-1773).
Lo más grave era que en México se agitaba cada vez con más fuerza la idea de independencia, hasta el punto que hubo necesidad de llevar tropas españolas, las cuales llegaron a Veracruz el 18 de junio de 1768.
De otros asuntos bien será decir que no carecieron de interés las dos expediciones que por los años de 1768 se hicieron a California, cuyo país fué conquistado y pacificado. Son del mismo modo curiosas las noticias dadas por el coronel D. Domingo Elizondo al marqués de Croix, acerca de la expedición de Sonora y que el mencionado virrey comunicó a España: el documento se halla fechado en junio de 1770[307].
[307] Ibidem.
Durante el virreinato de Croix, ocupó el arzobispado de México don Antonio de Lorenzana y Butrón, insigne varón que estableció (1767) la Casa cuna, publicó las Cartas de Hernán Cortés, los Concilios y celebró (1771) el cuarto Concilio provincial.
Se encargó del gobierno el 22 de septiembre de 1771 y lo conservó hasta el 9 de abril de 1779, don Fray Antonio María de Bucareli y Ursúa, bailío de la orden de San Juan. En el interior hizo prosperar el comercio y mejoró el estado de la Hacienda, y en el exterior estableció presidio en la región del Norte, para contener las invasiones de los apaches y comanches. En su tiempo se fundó el periódico semanal de Medicina por el Dr. José Ignacio Bartolache, con el título de Mercurio Volante. Se abrió un Hospicio, se fundó el Montepío, se estableció un Manicomio, se creó el Tribunal de Minería, se edificó la fortaleza de Acapulco y se hicieron otras obras de utilidad y recreo.
Después la Audiencia, cuyo regente era Don Francisco Romá y Rosell, estuvo unos cuatro meses al frente del virreinato.
Don Martín de Mayorga se hizo cargo del gobierno el 29 de agosto de 1779. Cuando los Estados Unidos de América habían proclamado su independencia y marchaban victoriosos en su lucha con Inglaterra, España, no sin vacilar mucho, se unió con Francia (junio de 1779) para tomar parte en la guerra contra la Gran Bretaña. Púsose a la cabeza de nuestras tropas Don Martín de Mayorga, logrando algunas ventajas sobre las armas británicas. No solamente la guerra, sino otra plaga peor llevó el luto a muchas familias de Nueva España. Numerosas fueron las víctimas que hizo, en el citado año de 1779, la epidemia de viruelas en todo el país[308].
[308] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XXXIX, núms. 36 y 37, págs. 69 v.ª a 73 v.ª
Ocupó el virreinato de México, después de un período de guerras y de epidemias bastante largo, Don Matías de Gálvez, en abril de 1783. Es de advertir que en dicho año España, con sentimiento de Carlos III, tuvo que ceder a Inglaterra el territorio de Walix o Belice.
Después, la Audiencia, representada por su regente Don Vicente Herreras, se encargó por corto tiempo del gobierno.
Don Bernardo de Gálvez, conde de Gálvez, hijo del anterior virrey, tomó posesión del gobierno el 17 de junio de 1785. Su bellísimo carácter y su inagotable caridad le granjearon muchas simpatías, y son timbre de gloria sus campañas contra los ingleses en Luisiana.
Otra vez la Audiencia, cuyo regente era a la sazón don Eusebio Beleño, se hizo cargo del poder. Por entonces se dispuso la división de Nueva España en intendencias, que fueron las siguientes: Veracruz, Puebla, Oaxaca, Valladolid de Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Mérida de Yucatán y la de Sonora y Sinaloa.
Interinamente fué nombrado virrey el ilustrísimo Don Alonso Núñez de Haro y Peralta, arzobispo de México, cargo que desempeñó desde el 8 de Mayo de 1787 al 16 de agosto del mismo año.
Desde el 17 de agosto de 1787 al 17 de octubre de 1789 estuvo al frente del virreinato Don Manuel Antonio Flores, que tuvo la dicha de recibir la expedición botánica dirigida por Don Martín Sesé y Don José Lacarta, organizada por Don Casimiro Gómez Ortega, director del Jardín Botánico de Madrid. Creó Flores tres regimientos, a los que llamó Nueva España, México y Puebla.
También desde el 17 de octubre de 1789 hasta el 12 de julio de 1794 ocupó el virreinato el caballeroso y excelente don Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, segundo conde de Revillagigedo. A los siete días de encargarse del mando, o sea en la noche del 23 de octubre, aparecieron asesinados en su casa el comerciante don Joaquín Dongo, un cuñado suyo, cuatro dependientes, el cochero y cuatro criadas, faltando de las cajas grandes cantidades de dinero y muchas alhajas. Descubiertos los criminales, que eran tres extranjeros, fueron ahorcados en la plaza pública. Organizó la policía, hermoseó la capital, y al nivelar la plaza (17 diciembre 1790) se encontró la piedra Tonalamatl o Calendario mejicano.
Una expedición que mandó al Norte del mar Pacífico (1791) para descubrir un estrecho que uniese las bahías de Hudson y Baffin, sólo dió por resultado la exploración del litoral hasta la isla de Vancouvert. Arregló la administración de justicia, protegió la instrucción pública, fomentó la industria y la minería y abrió nuevas vías de comunicación. Como materiales para la historia de México, hizo copiar los manuscritos que existían en los conventos o en poder de particulares.
Procede registrar el siguiente hecho: el arzobispo de México remitió al Conde de Floridablanca (27 enero 1792) un informe que se le había pedido acerca de la conducta moral y política y modo de obrar del virrey[309]. Posteriormente el mencionado virrey, conde de Revillagigedo, escribió algunas cartas al conde de Aranda acerca de emisarios propagandistas de la independencia[310].
[309] Archivo de Indias.--Estado.--México.--Legajo 22 (7).
[310] Ibidem.--Leg. 2 (19).
Durante el virreinato de D. Miguel de la Grua Talamanca y Branciforte, marqués de Branciforte, casado con D.ª María Antonia Godoy, hermana del príncipe de la Paz, continuó la propaganda revolucionaria. Con fecha 26 de Septiembre de 1795, el virrey escribió al duque de Alcudia, remitiendo al mismo tiempo copia de un libelo introducido en aquel virreinato y daba cuenta de las providencias que había tomado para que se recogiesen el mencionado papel y otros de igual naturaleza[311]. Las sediciones interiores ocuparon mucho tiempo al virrey e igualmente la propaganda revolucionaria de los franceses. Al príncipe de la Paz dió cuenta (26 noviembre 1796) del expediente que hubo de formar para recoger estampas que representaban el suplicio del rey de Francia y su real familia[312]. No es de extrañar, pues, que la ciudad de México escribiese una carta al citado Godoy relatando los hechos de lealtad, méritos y servicios del marqués de Branciforte[313].
[311] Ibidem.--Leg. 4 (42).
[312] Ibidem.--Leg. 6 (81).
[313] Ibidem.--Leg. 17 (11).
Una de las primeras ocupaciones del virrey D. Miguel José de Azanza, fué el descubrimiento de una conspiración que tenía por objeto la independencia de México. Autores y cómplices cayeron en poder de las autoridades[314]. Descubrióse en el año 1799 y se denominó la conspiración de los machetes. El jefe de ella se llamaba D. Pedro Portilla, hombre valeroso, enérgico y activo.
[314] Ibidem.--Leg. 9 (62).
Después del virreinato de don Félix Berenguer de Marquina (1800 a 1803), quien logró que fracasara la conspiración del indio Mariano en Tepic, encaminada al restablecimiento de la monarquía azteca, ocupó cargo tan importante don José de Iturrigaray (1803 a 1808). Debió comenzar bien, por cuanto el ayuntamiento de la ciudad de México escribió a S. M. informando de la felicidad que gozaba el reino con el gobierno de Iturrigaray y pidiendo que continuase en él[315]. Lo mismo pidieron los gobernadores de indios de las parcialidades de San Juan y Santiago contiguas a la ciudad de México[316]. Sin embargo, se halla probado que Iturrigaray era codicioso y avaro, como también es indudable que remitió a España grandes cantidades, único modo de tener contentos a los cortesanos y favoritos de Carlos IV y de María Luisa.
[315] Arch. de Indias.--Estante 89.--Cajón 1.--Legajo 18. (3).
[316] Ibidem.--Legajo 18. (2).
Bajo su gobierno y con anterioridad al año 1805, los Honorables Juez James Workman y Coronel Lewis Kerr idearon un proyecto «para la conquista de las Provincias Españolas» en América. Dicho proyecto contó años después muchos partidarios, siendo algunos de ellos «personas distinguidas.» Formaron una junta secreta, denominada Asociación Americana; su objeto y planes se extendían a la conquista de Nueva España, o más bien «a su emancipacion de toda dependencia y sujecion a Dueños Europeos, erigiéndola en un Govierno independiente, aliado de los Estados Unidos, y bajo su proteccion (sic)», deviendo ser el primer paso que habían de dar la toma de Baton Rouge y tremolar allí «el antiguo Estandarte Mejicano», proponiéndose «librar a los territorios vecinos del yugo opresibo de los tiranos de España... y libertar a México de un yugo que aborrece...» La Asociación Americana contaba realizar otras dos expediciones con los auxilios de los Estados Unidos y de México: la una por el rumbo de Bexar, y la otra desembarcando en Panuco. Procesados los conspiradores principales, por haber intentado «una expedición ilegal», se excusaron diciendo que sólo trataban de prepararse para el caso de que España «se declarara enemiga» de los Estados Unidos. Dióse la sentencia el 6 de mayo de 1807 por la sala de la ciudad de Nueva Orleans[317], absolviendo a los acusados, sin embargo de que uno de ellos vomitó las más injuriosas exprecciones (sic) contra España y su gobierno en América, alegando justos motibos--en el concepto suyo--para desear y tratar de la independencia de ella. Alúdese en dicha causa a Aaron Burr, vicepresidente de la República de los Estados Unidos, que también trató de invadir a Nueva España, y al famoso General venezolano D. Francisco Miranda, ya rebelado contra la Monarquía Española[318].
[317] Población hoy de los Estados Unidos, en la desembocadura del Mississipí.
[318] Documentos históricos mejicanos, etc., tomo I, págs. 1-100.--México, 1910.
Acerca de la codicia y despotismo de Iturrigaray recordaremos que en enero de 1808 un sobrino del conde de Campomanes--retirado en el pueblo de San Juan Bautista Giguipilco, a 22 leguas de México--, dirigió sobre el particular verídica representación a Fernando VII[319].
[319] Arch. Hist. Nac.--Estado.--Leg. 57.--E. núm. 46.
Las noticias que daremos a continuación, las tomamos de la Relación o Historia de los primeros movimientos de la insurrección de Nueva España y prisión de su virrey D. José de Iturrigaray, escrita por el capitán del Escuadrón Provincial de México D. José Manuel de Salaverría y presentada al actual virrey de ella el Excmo. Sr. D. Félix María Calleja (12 de agosto de 1816). Comienza diciendo que desde la llegada del virrey a México, se notó que vendía todos los empleos, así civiles como militares. D. Rafael Ortega, secretario particular del virrey, imitando la inmoral conducta de su General, vendía su influjo a favor de los injustos solicitantes, y una criada de la virreyna hacía lo mismo con el favor de su señora[320]. El 8 de junio del año 1808, hallándose Iturrigaray en San Agustín de las Cuevas, tuvo noticia de los sucesos de Aranjuez y de la subida al trono de Fernando VII. Hízose sospechoso de antipatriota, porque tanto él como su familia acostumbraban a decir que Fernando VII jamás sería rey de España y que Napoleón lo sacrificaría a su propia seguridad. Eran los consejeros del virrey, Fray Melchor Talamantes, religioso mercenario, que aspiraba a una mitra, y otro clérigo, que deseaba el patriarcado de la nación española. Los togados Villa-Urrutia, Villa-Fañe y Fagoaga pretendían los primeros cargos del imperio. El marqués de Rayas, los abogados Verdad y Azcárate, el coronel Obregón y otros formaban también parte de la camarilla del virrey. Los capitulares de la ciudad, gente ambiciosa y perdida, convinieron, después de muchas juntas, reconocer al virrey como soberano independiente con el nombre de José I, no sin pensar que más adelante lo sacrificarían á su venganza[321]. Habiendo llegado a México la noticia de que la nación española se había sublevado contra los franceses, el virrey, aunque tal vez a disgusto de sus amigos y de él mismo, se decidió a celebrar la coronación de Fernando VII, ceremonia que se verificó a mediados de agosto. Contando Salaverría (autor de esta Relación) con el apoyo del rico propietario Yermo, se decidió a deponer al virrey. Ayudado por otros--pues Iturrigaray tenía muchos enemigos--el 15 de septiembre de 1808 fué preso con toda su familia, siendo nombrado sucesor interino, conforme a la Real orden de 30 de octubre de 1806, D. Pedro Garibay, mariscal de Campo. El acuerdo estuvo acertado al nombrar a Garibay. Iturrigaray fué llevado a Veracruz, llegando en la noche del 28 del citado mes. Con fecha 16 de septiembre se publicó en México una proclama dando la noticia de la deposición del virrey. En el mismo día se hizo inventario de las alhajas encontradas en la habitación de Iturrigaray, que por cierto no eran pocas ni de escaso valor, en particular las perlas y brillantes. En un cajoncito que tenía un letrero que decía Dulce de Querétaro, se encontraron 7.383 onzas de oro. En la persecución de que fué objeto don José de Iturrigaray, debió influir la circunstancia de que el virrey era hechura del príncipe de la Paz. Lo que puede sí asegurarse es que fué absuelto del delito de infidencia y que algunos de sus parciales, como el licenciado Juan Francisco Azcárate, «quedaron--según decreto del virrey Venegas, del 27 de septiembre de 1811--en la buena opinión y fama que se tenía de su honor y circunstancias antes de los sucesos de 1808.»
[320] Documentos históricos mejicanos, tomo II. México, 1910.
[321] Ibidem, pág. 306.
Gobernó D. Pedro Garibay diez meses. En su tiempo el licenciado D. Julián de Castillejos hizo circular anónima proclama, y en ella invitaba a los habitantes del país a «proclamar la independencia de Nueva España, para conservarla a nuestro Augusto y amado Fernando Séptimo, y para mantener pura e ilesa nuestra fe.» «En las actuales circunstancias--decía--la soberanía reside en los pueblos.» Terminaba con las siguientes palabras: «No se oiga de vuestros labios (se refería a los habitantes de Nueva España) más voz que la de independencia. Así seremos verdaderos defensores de nuestra Santa Religión y fieles vasallos del amado y deseado Fernando Séptimo, y no esclavos del tirano de la Europa.» Castillejos--como poco antes otros que habían proclamado lo mismo--fué procesado y preso. No le valió decir que la proclama era «inocente» y que no tendía a «una independencia absoluta, infiel y rebelde», sino a una «hipotética y condicional, supuesta la desgracia de que el tirano Napoleón subyugase a la España», pues el juez consideró que estaba «vastamente combencido del atrocisimo Crímen público de sedición y discordia, con las orribles miras de independencia y rebilion contra nuestro Augusto Soberano», y lo sentenció a ser conducido a España bajo partida de registro, a disposición de la Suprema Junta Central. No se pidió la pena de muerte para «tan atroz y escandaloso delinquente», porque no convenía aplicarla «en las apuradas circunstancias del día.» Indultado el licenciado Castillejos «en virtud del decreto de las Cortes Generales y Extraordinarias de 30 de noviembre de 1810» pudo regresar a Nueva España; pero, apenas hubo pisado la tierra patria, fué de nuevo reducido a prisión, por ciertas expresiones imprudentes que dijo y que ofendieron mucho la extremada susceptibilidad del virrey Venegas.
También en los comienzos del año 1809 merecieron ser encausados Fr. Miguel Zugasti y el Marqués de San Juan de Rayas, ambos por haber censurado la prisión del virrey Iturrigaray, la que calificaron de injusta, añadiendo el último que fué un atentado de «una canalla de hombres.»
Garibay restableció la tranquilidad en Nueva España; pero su avanzada edad no era muy a propósito para los graves cuidados del virreinato.
Era necesario y aun urgente el nombramiento de un virrey «de opinión, de probidad y de carácter y que si fuese casado deje a todos sus hijos en España en rehenes de su fidelidad, conforme a una antigua y sabia ley de Indias.» D. Juan Jabat, comisionado de la Junta de Sevilla, propuso la extinción total del ayuntamiento de México «por haber provocado con escándalo la independencia del país.» Debía ser sustituído por 12 vocales de los sujetos de más acreditada probidad de México, la mitad europeos y la otra mitad criollos, los cuales se renovarían cada seis años[322]. La necesidad de un virrey de grandes prestigios determinó el nombramiento que hizo la Central (8 febrero 1808) a favor del secretario de guerra D. Antonio Cornel, quien renunció el cargo fundándose en que era falta de patriotismo salir de España en aquellas circunstancias. Admitiósele la renuncia y continuó desempeñando la Secretaría de Guerra[323]. El 16 de febrero la Junta Central acordó que desempeñase tan elevado puesto D. Francisco Javier de Lizana y Beaumont, arzobispo de México, siendo celebrado su nombramiento con bastante entusiasmo[324]. El mismo virrey, en carta del 19 de agosto de 1809, dice a D. Francisco de Saavedra que tomó posesión de sus empleos de virrey y gobernador el 19 de julio próximo pasado, después de haber reiterado el juramento de obediencia a la Suprema Junta Gubernativa[325]. Fiel a la persona de Fernando VII, trabajó sin descanso por la causa de la legalidad.
[322] Observaciones que presenta a S. M. la Junta Central, el capitán de Navío D. Juan Jabat, de regreso de su Comisión a las Islas y a la América Septentrional.--Sevilla 27 de diciembre de 1808.--Arch. Hist. Nac.--Estado.--Leg. 58-6, núm. 98.
[323] Arch. Hist. Nac.--Estado.--Leg. 54, F. núm. 100.
[324] Ibid. Leg. 57.--E. núm. 76.
[325] Arch. de Indias.--Estante 89, cajón 1, legajo 19 (19).
CAPITULO XVIII
CAPITANÍA GENERAL DE GUATEMALA.--LA AUDIENCIA: ALONSO MALDONADO.--EL CABILDO Y LAS NUEVAS LEYES.--EL P. LAS CASAS.--LÓPEZ CERRATO.--EL OBISPO VALDIVIESO ES ASESINADO.--REVOLUCIÓN DE LOS CONTRERAS.--ADMINISTRACIÓN DE CERRATO.--REVUELTAS EN NICARAGUA.--EL DR. RODRÍGUEZ DE QUESADA.--RAMÍREZ DE QUIÑONES.--ADMINISTRACIÓN DE NÚÑEZ DE LANDECHO.--FALLECIMIENTO DEL OBISPO MARROQUÍN.--TRASLACIÓN DE LA AUDIENCIA A PANAMÁ.--EL OBISPO VILLALPANDO.--FALLECIMIENTO DEL P. LAS CASAS.--RESTABLECIMIENTO DE LA AUDIENCIA.--EL DR. GONZÁLEZ, EL DR. VILLALOBOS Y GARCÍA DE VALVERDE.--MINAS EN HONDURAS.--REPARTIMIENTO DE INDIOS.--EL OIDOR ABAUNZA.--LOS PRESIDENTES MALLÉN, SANDÉ Y CASTILLA.--LOS PIRATAS.--ESTADÍSTICA PARA LA COBRANZA DE LA ALCABALA.--ARTES.--EL PUERTO DE SANTO TOMÁS.--LOS HOLANDESES.--EL PRESIDENTE PERAZA.--ALCABALAS.--ORDEN PÚBLICO EN COSTA RICA.--LOS PRESIDENTES ACUÑA Y QUIÑONES: PROTECCIÓN A LOS INDÍGENAS.--USO DEL PAPEL SELLADO.--EL PRESIDENTE AVENDAÑO.--EL OIDOR LARA.--INUNDACIONES.--ESTADO DE HONDURAS Y DE NICARAGUA.--LOS PRESIDENTES ALTAMIRANO Y MENCOS.--TERREMOTO.--ESTADO DE COSTA RICA.--LA IMPRENTA EN GUATEMALA.--CORSARIOS EN NICARAGUA.--EL PRESIDENTE ALVAREZ.--LA NUEVA CATEDRAL.--ENEMIGA DE LA AUDIENCIA A ALVAREZ.--EL OBISPO PRESIDENTE.--LOS CORSARIOS.
La provincia de Guatemala fué constituída en Capitanía general el año 1542, y dicho gobierno duró hasta los comienzos de la centuria XIX. La mencionada Capitanía general tuvo pronto Audiencia, alto tribunal que se inauguró en la antigua ciudad de Gracias a Dios, el día 16 de mayo de 1544. Hallábase por entonces dividido en 13 provincias el distrito de la Real Audiencia, las cuales eran: Chiapas, Soconusco, Vera-Paz, Izalcos, Salvador, San Miguel, Honduras, Chuluteca, Nicaragua, Taguzgalpa y Costa Rica. Componían la Audiencia, como presidente el licenciado Alonso Maldonado, y como oidores los licenciados Diego de Herrera, Pedro Ramírez de Quiñones y Juan Rogel. Dicen los cronistas contemporáneos que dicho presidente, sucesor de D. Francisco de la Cueva, nada hizo digno de especial mención. Llegó Alonso Maldonado a Guatemala en los primeros días del mes de mayo de 1542. Si protestó el cabildo contra las Ordenanzas de Barcelona o Nuevas Leyes, tan beneficiosas para los indios y de las cuales ya hemos dado noticia y nos ocuparemos con alguna extensión en el capítulo XXXIII de este tomo, voces autorizadas salieron a su defensa. Entre sus defensores más decididos--como varias veces también se ha indicado--estaban los dominicos, y a la cabeza de ellos el P. Las Casas. Fray Bartolomé, el licenciado Marroquín, obispo de Guatemala, y Fray Antonio Valdivieso, electo de Nicaragua, se pusieron de acuerdo para dirigirse a Gracias a Dios, y exponer ante la Audiencia sus inclinaciones en favor de los indios. Reunidos los tres prelados comenzaron con toda actividad sus trabajos. Sus memoriales fueron recibidos con desagrado por aquel alto tribunal, especialmente el del obispo de Chiapa. Los jueces, desde los estrados, insultaron al peticionario, distinguiéndose entre todos por su enemiga al P. Las Casas, el licenciado Alonso Maldonado. En carta fecha en Gracias (9 noviembre 1545), el P. Las Casas dice al príncipe D. Felipe que al presidente Maldonado y a los oidores Ramírez y Rogel les amonestó y amenazó con excomulgarlos en su obispado; por este motivo dicho presidente «díjome palabras muy injuriosas en gran menosprecio y abatimiento e injuria e contumelia de mi dignidad, no menos que si fuera él el Gran Turco, etcétera.» Si la razón estaba de parte del obispo de Chiapa, habremos de reconocer que, no sólo los seglares, sino algunos individuos del clero, censuraban el exagerado celo del P. Las Casas.
Recordaremos--y con esta noticia se dará fin a los sucesos acaecidos durante la presidencia de Alonso Maldonado--que cuando éste quiso agregar a su gobernación la provincia de Honduras, los colonos se negaron a ello y consiguieron su independencia.
Al licenciado Alonso Maldonado sucedió el licenciado Alonso López Cerrato (1548-1554)[326]. López Cerrato se mostró decidido a favorecer a los indios, conforme le había encargado el gobierno de la metrópoli. Declaró libres la mayor parte de los de la provincia de Guatemala; pero tuvo el sentimiento de que durante su gobierno se despoblara Nueva Sevilla.
[326] Fué nombrado el 21 de mayo de 1547, y no tomó posesión hasta el año siguiente.
En el año 1548 ocurrieron en Nicaragua sucesos de mal carácter. D. Rodrigo de Contreras, gobernador que había sido de la provincia, sufrió gran contrariedad cuando la Audiencia, en virtud de una de las cláusulas de las Ordenanzas de Barcelona, se hizo cargo de dicha gobernación. Los disgustos de Contreras por haber perdido su gobierno de Nicaragua, y por otras causas, los vino a pagar el obispo de la diócesis, D. Fray Antonio de Valdivieso. El 26 de febrero de 1549, en la antigua ciudad de León, que llaman hoy el Viejo, Hernando y Pedro, hijos de D. Rodrigo, se pusieron al frente de formidable insurrección. Hernando, asaz malvado, a la cabeza de algunos conjurados, penetró en la casa del obispo y le asesinó con su daga, hallándose presente Doña Catalina Alvarez Calvento, madre de dicho prelado. Hernando, añadiendo el robo al asesinato, hizo descerrajar dos cofres del obispo, tomando el oro y la plata que encontró a mano; y sus partidarios asaltaron las casas de los vecinos más acomodados, a quienes exigieron armas y caballos. Hernando de Contreras remitió a su hermano Pedro, que se hallaba en Granada, el puñal con el cual había asesinado a Fray Antonio de Valdivieso. El alma de la descabellada empresa era un tal Juan Bermejo, gran amigo de los Contreras. Los conjurados, dirigidos por dichos hermanos, por Juan Bermejo y por otros, recorrieron la tierra, cometieron toda clase de desacatos y no hicieron caso de La Gasca, encargado por Carlos V de la pacificación del Perú. Los de Panamá, tomando la voz del Rey, y dirigidos por Arias de Acevedo, se prepararon a combatir a los rebeldes. Las fuerzas de los insurrectos fueron completamente desbaratadas «y en el espacio de medio cuarto de hora--dice Herrera--no quedó rebelde, que no fuese muerto o preso»[327]. Más adelante añade el citado cronista: «de los hermanos Contreras se dijeron muchas cosas; pero la verdad es, que de ellos jamás se pudo entender ni saber cosa cierta, y así es la opinión, que los debieron de matar los indios o los negros»[328].
[327] Década VIII, lib. VI, cap. VII.
[328] Ibidem.
Por entonces, el presidente López Cerrato, considerando que Gracias no era el punto más a propósito para la residencia de las supremas autoridades, solicitó de la metrópoli la traslación de la Audiencia a Guatemala, lo cual se realizó al poco tiempo (1549). Las reformas de López Cerrato dieron origen a protestas de los encomenderos y de algunas otras personas de respeto y consideración. El veterano soldado e historiador Bernal Díez del Castillo, desde Guatemala, con fecha 22 de febrero de 1522, dirigió extenso memorial a Carlos V, censurando con acritud al presidente de la Audiencia. Del mismo modo el cabildo de Guatemala mandó enérgica exposición al Emperador y, entre otras cosas, le decía que López Cerrato «ni es para ser juez, ni para ello tiene parte; porque le falta ciencia, paciencia y conciencia.» Contra tales acusaciones, tenemos el testimonio de los cronistas, que alaban la conducta del presidente. El descontentadizo Las Casas, tan severo con los gobernadores de las Indias, exceptúa de la general censura a D. Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España, á D. Sebastián Ramírez, presidente de aquella Audiencia y a López de Cerrato, que lo era de la de Guatemala. Cansado de luchar dicho presidente con tantas dificultades, pidió permiso para dejar su cargo y volver a España. Habiendo comisionado el Rey al Dr. Rodríguez de Quesada, a fin de que tomase residencia a López de Cerrato, antes de terminar el juicio, falleció el digno magistrado.
Siendo gobernador de Nicaragua el licenciado Juan de Caballón, que residía en la ciudad de León, tuvo aviso de que llegaban rebeldes dirigidos por Juan Gaitán y un tal Tarragona, su maese de campo. Venían los rebeldes de la provincia de Guatemala y Honduras y a ejemplo del Perú, que estaba en contínuas revueltas, ellos se levantaron en armas con la mira de no pagar las muchas deudas que tenían. Hallábanse camino de León los conjurados y entre Gaitán y Tarragona se entabló la siguiente disputa. Tirábala de adivino Tarragona, quien dijo: que unos huesos y cabezas de vacas y toros que en el camino hallaron, era señal prodigiosa, y que temía, que si iban a la ciudad, morirían todos ahorcados. De opinión contraria fué Gaitán, quien sostuvo que aquella señal denotaba la carnicería que habían de hacer en los de la ciudad y el espanto que habían de poner en todas las Indias. Las fuerzas del licenciado Caballón desbarataron a los revoltosos, teniendo la desgracia de caer prisioneros Gaitán y Tarragona. Algunos sufrieron la pena de muerte, entre ellos Gaitán y Tarragona; muchos fueron desterrados.
El Dr. Rodríguez de Quesada (1554-1558), tuvo que intervenir en las luchas que sostenían los frailes con el obispo. Castigó a los indios de Lacandón, los cuales habían muerto al padre Vico y a otros misioneros. La industria recibió algún impulso en la provincia de Guatemala (compuesta entonces de la actual república de dicho nombre y de la del Salvador, con Chiapa y Soconusco), la seguridad personal mejoró bastante y las costumbres públicas progresaron del mismo modo. El 25 de mayo de 1557, el ayuntamiento de Guatemala alzó pendones por Felipe II, celebrándose después espléndidas fiestas.
Encargóse Pedro Ramírez de Quiñones del gobierno por fallecimiento de Rodríguez de Quesada (28 noviembre 1558). Conocedor el gobierno de la metrópoli de que los lacandones seguían robando y matando a los habitantes de los pueblos cristianos, dispuso que el presidente Ramírez y la Audiencia hiciesen guerra a aquéllos, pudiendo reducirlos a la esclavitud. De este modo se derogó una de las disposiciones más importantes de las Ordenanzas de Barcelona. La expedición se dirigió, no sólo contra los indios de Lacandón, sino contra los de Puchutla; unos y otros sufrieron tremendo castigo.
El licenciado Juan Núñez de Landecho (1559-1570) no siguió el camino de sus antecesores. Su amistad con unos cuantos, poco escrupulosos en asuntos de la hacienda pública, le desacreditaron ante la opinión general. Era uno de aquellos Antonio Rosales, regidor perpétuo y tal vez el autor de una exposición dirigida al Rey, en la que no escaseaban los elogios al nuevo presidente y se pedía para él la gobernación de Guatemala. Se quería que el gobierno, tanto político como militar, estuviese en una sola mano y no en los cuatro o cinco sujetos que componían la Audiencia. Accedió el Rey y en cédula de 16 de septiembre de 1560 decía: «Avemos acordado que vos tengais la gobernacion y proveais los repartimientos que se ovieren de encomendar y los otros oficios que se oviesen de proveer, ansi como lo ha hecho hasta aquí toda esa Audiencia; por ende, por la presente vos damos facultad y poder para que vos solo tengais la gobernacion, ansí como la tiene nuestro visorrey de la Nueva España.» Seguía el ayuntamiento con su tarea de escribir cartas en alabanza del gobernador, y como entendiese dicho cabildo que algunos no participaban de sus ideas respecto á Landecho, se dirigió de nuevo al monarca, con fecha 26 de enero de 1562, protestando contra cualquier informe en contrario y repitiendo los elogios anteriores. Un año después, esto es, en enero de 1563, volvió el cabildo a escribir al Rey, y ya ni siquiera mencionaba a Landecho. Este silencio significaba que los indivíduos del ayuntamiento iban conociendo las mañas del gobernador.
Día de luto fué para Guatemala el 18 de abril de 1563. En ese día falleció D. Francisco Marroquín, virtuoso y primer prelado de Guatemala. Gobernó treinta y tres años la diócesis.
Llegó al fin a oídos del Rey la mala administración de Landecho. El licenciado Francisco Briseño fué nombrado (30 mayo 1563) por real cédula para que se presentara en Guatemala y abriese juicio de residencia al inmoral gobernador. Hasta el 2 de agosto de 1564 no llegó Briseño a Guatemala, abriendo en seguida el juicio de residencia contra el presidente e individuos de la Audiencia. Viendo Landecho que las cosas tomaban para él mal aspecto, salió de la ciudad disfrazado y huyó en un barquichuelo, no sabiéndose más de su persona. Es de creer que naufragase, dada la débil embarcación en que se lanzó a la mar. Los oidores fueron severamente castigados y por real cédula que se publicó en Guatemala el 19 de noviembre de 1564 la Audiencia se trasladó a Panamá. A dicha Audiencia quedaron sujetas las provincias de Nicaragua y Honduras, y a la de México las de Guatemala, Chiapa, Soconusco y Vera Paz.
Continuó Briseño con el mando de Guatemala. Por entonces vino a ocupar la silla episcopal D. Bernardino de Villalpando, obispo que había sido de Santiago de Cuba. Se presentó en Guatemala (1565) rodeado de numeroso acompañamiento de clérigos, seglares y no pocas mujeres con sus correspondientes criadas. Gustábale recibir obsequios, y si con los obsequiantes se mostraba cariñoso, con los demás era desabrido y descortés. Una de sus primeras determinaciones fué quitar los curatos a los frailes y encomendarlos a clérigos regulares. Hasta tal punto llegaron las demasías de Villalpando, que Felipe II dirigió una cédula al gobernador Briseño, y en ella se hacían cargos de no poca gravedad al prelado, pues, entre otras cosas, decía: «y que así mismo tiene en su casa ciertas mujeres que no son sus hermanas ni primas, y que la una de ellas es de edad de diez y ocho años y poco honesta, por cuya intercesion y de un sobrino suyo del dicho obispo, con dádivas y presentes han de negociar con él los que quisieren conseguir algo...»
Perjuicios sin cuento habían acaecido con la traslación de la Audiencia a Panamá. Entre los más decididos a que volviese a Guatemala se hallaban los dominicos, quienes recomendaron el asunto al antiguo obispo de Chiapa. Sin embargo de que el P. Las Casas contaba más de noventa años, hizo un viaje a Madrid, logrando atraerse el ánimo del Rey y de los consejeros. Luego, cuando se disponía a salir de la corte, rápida enfermedad le condujo al sepulcro (fines de julio de 1566). Fray Bartolomé, aunque amigo de la verdad, era crédulo, hasta el punto de escribir, no una historia, sino una epopeya. Su simpatía hacia la raza indígena y su antipatía hacia los conquistadores españoles, le hicieron, sin que él se diese cuenta de ello, parcial y algunas veces injusto. Con todo eso, el P. Las Casas fué la primera figura, la más piadosa y buena, entre todos, ya descubridores o conquistadores, ya gobernantes o colonos, que pasaron a las Indias.
Volviendo a reanudar el hilo de nuestra historia, comenzaremos diciendo que se restableció la Audiencia en Guatemala a mediados del año 1568, nombrando el Rey como presidente al doctor Antonio González, que desempeñó el cargo hasta comienzos de 1573. El 5 de enero de 1570 llegaron a la ciudad el presidente, los oidores y el fiscal, abriéndose la Audiencia el 3 de marzo. Como frecuentemente sucedía, no fueron cordiales las relaciones entre el presidente y el cabildo.
Hizo el Dr. D. Pedro de Villalobos su entrada pública el 26 de enero de 1573. Dispuso en seguida la reparación de caminos y construcción de puentes en los ríos que dificultaban el tráfico entre las provincias del reino. A la sazón, la escasez de trigo y los temblores de tierra alarmaron a los habitantes del país, si bien renació la tranquilidad a causa de la abundancia de carne y de frutas. En tiempo de Villalobos se estableció la alcabala interior y se dieron algunas disposiciones que no favorecían a los indios.
El licenciado García de Valverde se encargó del mando en noviembre de 1578. En enero de 1579 el corsario inglés Guillermo Parker, después de haber asaltado y robado la Isla Española, se presentó en las costas de Honduras, tomando y saqueando la ciudad de Trujillo. A los tres meses de la invasión de Parker por el Norte, Francisco Drake, ayudado por la reina Isabel de Inglaterra, amenazó por el Sur el gobierno de Guatemala. La expedición que organizó Valverde para ir en persecución del valeroso Drake, le dió justa fama y no poco renombre.
En esta época se descubrieron en Honduras las minas de plata llamadas de Guarcorán y las de los cerros de San Marcos, Agaltera, Tegucigalpa y Apazapo; eran tan ricas, que daban, generalmente, a razón de seis a diez y más onzas por quintal.
Recordaremos que si se concedieron repartimientos de indios para los trabajos más urgentes de la agricultura, se prohibió la elaboración del añil, porque se decía que este trabajo era muy dañoso al indígena. Esta era la opinión de la Audiencia, aunque el ayuntamiento hubo de afirmar lo contrario. La agricultura adelantó mucho, merced a las reformas del cabildo de Guatemala, «compuesto--como dice Milla--de los principales y más ricos vecinos, a quienes abonaba el prestigio de la descendencia de conquistadores y primeros pobladores del país»[329]. Real cédula (27 mayo 1582) supone, según informes dados al monarca, que había desaparecido más de la tercera parte de la población indígena, atribuyéndose esto a los malos tratamientos de los encomenderos. Debieron informar al Rey algunos clérigos y frailes, fuente sospechosa, tratándose de esta material[330].
[329] Ob. cit., tomo II, pág. 181.
[330] Ibidem, pág. 185.
Ruda oposición encontró el licenciado García de Valverde en Alvaro Gómez de Abaunza, oidor de la Audiencia. En largo memorial dirigido al Rey, decía el oidor que el presidente sólo se ocupaba en fabricar iglesias y conventos, en concurrir a congregaciones y cofradías, con abandono de los deberes de su cargo. Trabajaba como un peón en dichas obras y era tanta su intimidad con los frailes, que frecuentemente asistía al coro con ellos.
El 21 de julio de 1589 fué promovido Pedro Mallén de Rueda a la presidencia de la Real Audiencia de Guatemala. Mallén fué un hombre estrafalario y tirano. Se malquistó con el obispo, que era a la sazón Fray Gómez Fernández de Córdova, y abofeteó a Fray Francisco Salcedo, guardián del convento de San Francisco. Bajo el gobierno de Mallén--según se cree--comenzó el comercio con la China y algo hizo el presidente para aumentar la riqueza del país. Marchó a España, no loco, como dicen Fuentes, Vázquez y Juarros, sino en su sano juicio, según carta del cabildo al Rey fechada el 16 de febrero de 1595.
En agosto de 1594 se encargó de la presidencia de Guatemala el Doctor Francisco de Sandé, enemigo decidido del ayuntamiento. Habiendo sido promovido el Dr. Sandé a la presidencia del Nuevo Reino de Granada, salió de Guatemala el 6 de noviembre de 1596, quedando el gobierno en manos del licenciado Alvaro Gómez de Abaunza, oidor decano.
Aunque el Doctor Alonso Criado de Castilla fué nombrado presidente de la Audiencia de Guatemala en 1596, no tomó posesión del cargo hasta el 19 de septiembre de 1598. A la muerte de Felipe II se celebraron en Guatemala solemnes honras fúnebres, y en seguida se alzaron pendones por el nuevo rey Felipe III. En el mismo año murió el caritativo obispo Fernández de Córdova, después de haber gobernado la diócesis veinticuatro años. No hubo paz ni armonía entre el presidente y el cabildo. Si es cierto que el cabildo promovía algunos proyectos de interés público, también es cierto que olvidaba a veces los derechos de la Corona.
Por el año 1600 apareció delante de Puerto-Caballos una escuadra de piratas, cuyo capitán, sucesor de Parker, se llamaba Sherly. Hicieron el desembarco; pero atacados por los españoles, después de perder 47 hombres, se reembarcaron a toda prisa. Añade el mismo cronista Fuentes que en el año 1603 y en el puerto citado, el capitán Juan de Monasterio, al frente de dos naves, peleó con una escuadra de piratas mandada por los capitanes Pié de palo y Diego el Mulato, criollo de la Habana. Monasterio luchó como un héroe, siendo al fin hecho prisionero. Antes que Fuentes, refirió el hecho el cronista Remesal, que vino a Guatemala el 1613, esto es, diez años antes que ocurrió el suceso[331].
[331] Crónica de Guatemala, lib. XI, cap. XX.
Sumamente curiosa es la estadística que se formó en el año 1604 para la cobranza de la alcabala. Veámosla:
Tostones que VECINOS pagaban. ----------------------------------- -------- 76 encomenderos 599 108 mercaderes 2.346 13 tratantes 25 13 pulperos 62 22 dueños de obrajes (de añil) 254 10 dueños de trapiches 132 11 cereros y confiteros 74 7 herreros 15 10 viudad de trato 43 7 molineros 39 8 caleros y tejeros 31 82 labradores 509 33 criaderos de Ganado 226 76 oficiales de diferentes oficios 145 ------- TOTAL 4.500 -------
En el mismo año de 1604 las profesiones de artes liberales y mecánicas se dividían en la ciudad de la manera siguiente:
Plateros 4 Orificos 2 Escultores 5 Pintores 3 Sombrereros 4 Barberos 8 Espadero 1 Talabarteros 5 Polvorista 1 Carpintero 1 Batioja 1 Zapateros 18 Calcetero 1 Violero 1 Guanteros 2 Cereros 8 Sastres 8 Cantero 1 Herreros 3 Sedero 1 Comidero 1 Albañil 1 Confiteros 2 Herradores 4 ---- TOTAL 87 ----
Como acontecía frecuentemente, entre el cabildo y la Audiencia las relaciones eran tirantes.
Formábanse ilusiones con motivo del reciente descubrimiento del puerto de Santo Tomás. En el año 1607 renació en el ánimo de los individuos del cabildo una idea más patriótica que realizable, y en ella ya se había pensado algunos años antes. Consistía esta idea en obtener una resolución del Rey para que el comercio de España con el Perú y demás reinos situados en las costas del Pacífico no se hiciese por Nombre de Dios y Panamá, sino por la vía de Santo Tomás al golfo de Fonseca. La idea, pues, de establecer la comunicación interoceánica a través de lo que al presente se llama Centro-América, es muy antigua, casi contemporánea a la conquista. Por cierto que la provincia de Nicaragua no vió con gusto el pensamiento, creyendo que sería la ruina de su comercio, y propuso a su vez que se hiciera el tránsito por el río San Juan.
Procede recordar que en el citado año llegó al mencionado puerto de Santo Tomás una escuadra holandesa, que capitaneaba el conde Mauricio de Nassau[332], la cual se apoderó de los efectos que había en dicho puerto e incendió la población.
[332] Hijo de Guillermo el Taciturno.
También en el mismo año de 1607 se verificó la supresión del obispado de Vera Paz, creado en 1559. Se reincorporó la diócesis al obispado de Guatemala[333].
[333] En 1611 la Audiencia sentenció ruidoso pleito entre don Juan Guerra y Ayala, gobernador de la provincia de Honduras, y D. Fray Gaspar de Andrade, obispo de aquella diócesis.
Don Antonio Peraza de Ayala, conde de la Gomera, vino á hacerse cargo en el año 1611 de la presidencia de la Audiencia, de la gobernación y de la capitanía general. Hizo algunas mejoras en la capital y dictó algunas disposiciones que le grangearon simpatías. Sin embargo, fué bastante exigente en la cobranza de las alcabalas, y por ello tuvo disgustos con el cabildo.
Dimos noticia de los productos de la alcabala en el año 1604; veamos los que dió en los años siguientes:
Años. Tostones. ----- --------- 1605 4.422 1606 2.463 1607 1.975 1608 1.914 1609 1.935 1610 1.548 1611 1.394 1612 1.262 1613 5.195 1614 7.180 1615 9.588 1616 11.655 1617 9.012 1618 10.311 1619 10.452 1620 12.471
En el año 1621 se celebraron honras fúnebres por el fallecimiento de Felipe III, y en seguida grandes festejos por la proclamación de Felipe IV.
Puso en cuidado a las autoridades de Guatemala (1622) las alteraciones de Costa Rica, y de cuya provincia era entonces gobernador don Alonso de Guzmán.
Los productos de la alcabala desde el año 1621 á 1626, fueron los que copiamos a continuación:
Años. Tostones. ----- --------- 1621 13.072 1622 17.089 1623 11.541 1624 16.043 1625 11.223 1626 17.223
A mediados del año 1627 vino a tomar posesión de la presidencia, en sustitución del conde de la Gomera, Don Diego de Acuña, comendador de Hornos en la Orden de Alcántara. El recibimiento que hizo el cabildo a Acuña fué sumamente expresivo. Durante su gobierno los impuestos establecidos por la metrópoli pesaban de un modo considerable sobre los pacíficos habitantes de Guatemala. El Dr. Acuña terminó el tiempo de su presidencia en enero de 1634.
Sucedióle Don Alvaro de Quiñones y Osorio, y el cabildo celebró con suntuosos festejos su posesión. El nuevo gobernador quiso proteger la población indígena, harto diezmada en las provincias de Honduras, Nicaragua y El Salvador. Unas cincuenta familias españolas, que se dedicaban a la fabricación del añil en aquella comarca, fundaron nueva población, a la que dieron el nombre de San Vicente de Lorenzana (1635). El Rey premió servicios tan señalados concediendo a Quiñones Osorio el título de marqués de Lorenzana. Tres años después (28 diciembre 1638), por Cédula, se ordenó el uso del papel sellado para todos los dominios de Indias y, aunque el cabildo, en razón de la pobreza del país, suplicó al Rey la suspensión de aquella providencia, la reclamación no fué atendida. Se establecieron cuatro sellos: el pliego del sello primero valía 24 reales, el del segundo 6, el medio pliego del tercero un real y el del cuarto un cuartillo.
D. Diego de Avendaño sustituyó en la presidencia al marqués de Lorenzana (1642). Guatemala celebró con fiestas su toma de posesión. Como acontecía con frecuencia, no marchaban bien las relaciones entre el cabildo y el presidente, ocasionando todo esto malestar general. Además, el comercio se hallaba casi arruinado y a ello contribuía la plaga de corsarios que infestaba nuestras costas. Por último, como la situación de la metrópoli era cada vez más apurada, los impuestos seguían aumentando.
Por fallecimiento del probo y justiciero presidente Avendaño (2 agosto 1649) tomó el mando el oidor más antiguo, D. Antonio de Lara Mogrovejo. Feliz fué la expedición que en 1650 se hizo para arrojar a los ingleses de las islas de Roatán y Utila, de las cuales se habían apoderado hacía ocho años. En el de 1652 terribles inundaciones ocasionaron perjuicios de consideración y los piratas continuaban cometiendo toda clase de depredaciones. Respecto a Honduras, jurisdicción de Choluteca, el beneficio de las minas era considerable y en Nicaragua se vivía con cierta abundancia.
D. Fernando de Altamirano y Velasco, conde de Santiago Calimaya (1654-1657), se puso al lado de la poderosa familia de los Mazariegos en los bandos que dividían a Guatemala. Lo mismo bajo el gobierno de Altamirano que en el de su antecesor se sintió profundo malestar a causa de haberse introducido mucha moneda de baja ley fabricada en el Perú. Falleció el conde de Calimaya y recayó el gobierno en la Audiencia.
Durante el año 1658 fué nombrado gobernador D. Martín Carlos de Mencos, que llegó con el obispo electo D. Fr. Payo Enríquez de Ribera. Entró el presidente el 5 de enero de 1659. Día triste registró la ciudad de San Salvador el 30 de septiembre de dicho año; violento terremoto redujo a escombros la iglesia parroquial y amenazó con destruir la población. Se creyó que el terremoto era debido al volcán en cuya falda está edificada dicha ciudad. Mientras que el gobernador D. Martín Carlos de Mencos se ocupaba en arreglar la cuestión de la moneda, en Costa Rica el gobernador D. Rodrigo de Arias Maldonado, hijo de D. Andrés, determinó la reconquista de Talamanca, cuyos habitantes vivían casi independientes. Después de dejar el gobierno el citado Arias Maldonado, los indígenas volvieron a su vida errante y salvaje, teniendo que ir, tiempo adelante, los misioneros para traerlos a la vida de la civilización. No deja de tener curiosidad la noticia de que en el año 1663 y bajo la gobernación de Mencos se hizo uso por primera vez de una imprenta, que trajo tres años antes José Pineda Ibarra. La primera obra que se imprimió--aunque algunos cronistas señalan otras--fué un tratado teológico de 728 páginas «en columnas de letra clara y uniforme, bien cortado, encuadernado y asentado como en Europa»[334]. El general Mencos, primer presidente militar que tuvo Guatemala, comprendiendo el peligro que corrían las posesiones españolas, siempre amenazadas de los corsarios ingleses, se ocupó en la defensa de las costas. Razones tenía para ello, porque el 29 de junio de 1665, una partida de ciento veinte, mandados por Eduardo David, subieron por el río San Juan y atravesaron el lago de Nicaragua, cayendo sobre la ciudad de Granada[335]. La ocuparon sin resistencia, apoderándose de todo lo que encontraron a mano, y se llevaron prisioneros a algunos de sus habitantes.
[334] García Peláez, Mem. cap. 85.--México tuvo imprenta el 1622 y Lima el 1633.
[335] Fundóla Francisco de Córdova, cerca de un pueblo de indios llamado Salteba o Jalteba, que hoy es arrabal de dicha población.
Escarmentados los vecinos de Granada, y en particular su ayuntamiento, solicitaron recursos de Guatemala para fortificar la población y ponerla a salvo de los ataques de los filibusteros. Comenzó las obras el gobernador Salinas con los fondos que pudo reunir y con los que luego se le remitieron. Sin embargo, Nicaragua siguió amenazada por los corsarios, y no sólo Nicaragua, sino también Costa Rica. El general Mencos, contra la opinión de tenaz oposición de la Junta de Guerra de Guatemala, se decidió a marchar a Granada, sin embargo de sus setenta años y de sus achaques. Lo mismo el concejo que la Audiencia intentaron hacer desistir al presidente de su proyecto; todo hubiese sido en vano, si por entonces no se recibiera la noticia de que estaba nombrado nuevo presidente por el gobierno de la metrópoli.
El nuevo presidente se llamaba D. Sebastián Álvarez Alfonso Rosica de Caldas, caballero de la orden de Santiago, señor de la casa de Caldas y regidor perpetuo de la ciudad de León. Llegó a mediados de enero de 1667, siendo recibido con señaladas muestras de alegría por el cabildo y la Audiencia, bien que pronto comenzaron las rencillas y los disgustos entre aquellas corporaciones y la nueva autoridad. En tanto que en Nicaragua el gobernador Salinas se ocupaba en la construcción de un fuerte, al que dió el nombre de castillo de Austria, el presidente Álvarez hubo de nombrar gobernador interino de Nicaragua a D. Francisco de Valdés. Pronto se declararon guerra a muerte Valdés y Salinas, poniéndose Álvarez al lado del primero y la Audiencia de parte del segundo. Álvarez, lo mismo que antes Mencos, resolvió marchar a Nicaragua, y también como antes, el cabildo y la Audiencia le requerían para que desistiera del viaje. Fué a Nicaragua, tomó algunas medidas y volvió sin haber conseguido nada de provecho. Deseaban reedificar la catedral el obispo D. Juan de Santo Mathia, el cabildo y aun el público; sólo el presidente tenía empeño en levantar una nueva. Triunfó al fin el testarudo D. Sebastián, quien logró que Guatemala tuviese una de las catedrales más hermosas de la América española. Entre la Audiencia y Álvarez existían en un principio rencillas que terminaron en odios, viéndose obligado el Rey a nombrar presidente de la Audiencia, visitador y juez de residencia a D. Juan de Santo Mathia, obispo de la diócesis. Antes de que terminara el juicio, murió D. Sebastián. En el año 1670 volvieron los corsarios a entrar por el río San Juan y llegaron a Granada, cuyos habitantes--como dice Ximénez--vivían tan descuidados, que ni un vigía tenían. Cometieron muchos ultrajes, lo mismo en los templos que en las casas de los particulares. Es de creer--aunque los cronistas no lo dicen--que el jefe de la expedición fué el inglés Juan Morgan.
CAPITULO XIX
CAPITANÍA GENERAL DE GUATEMALA (CONTINUACIÓN).--EL PRESIDENTE ESCOBEDO: LOS PIRATAS: ALBEMALE Y LOS MISIONEROS.--EL PRESIDENTE SIERRA.--UNA LIMOSNA AL REY DE ESPAÑA.--RECOPILACIÓN DE INDIAS.--LOS PRESIDENTES ALAVA Y ENRIQUEZ DE GUZMÁN: REFORMAS.--NICARAGUA, COSTA RICA, HONDURAS Y EL SALVADOR.--EL PRESIDENTE BARRIOS EN GUATEMALA.--EXPEDICIÓN AL PETÉN Y LECANDÓN.--EL PRESIDENTE SÁNCHEZ DE BERROSPE.--GOBIERNO DE LA AUDIENCIA, DE CEBALLOS Y DE COSÍO.--COSTA RICA Y NICARAGUA.--EL PRESIDENTE RODRÍGUEZ DE RIVAS: TERREMOTO DE 1717.--NICARAGUA, COSTA RICA, HONDURAS Y EL SALVADOR.--GUATEMALA: GOBIERNOS DE ECHEVERS Y DE RIVERA VILLALÓN.--RIVERA SANTA CRUZ.--EL ARZOBISPADO.--LOS PRESIDENTES ARAUJO Y VÁZQUEZ PREGO.--REFORMAS.--GOBIERNO DE VELARDE.--EL PRESIDENTE ARCOS.--LOS MISIONEROS.--LOS PRESIDENTES FERNÁNDEZ DE HEREDIA Y SALAZAR: EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--EL PRESIDENTE MAYORGA: TERREMOTO DE 1773.--TRASLACIÓN DE LA CAPITAL AL VALLE DE LA VIRGEN.--AMÉRICA CENTRAL.--EL PRESIDENTE GÁLVEZ: RECONQUISTA DE OMOA Y DE ROATÁN: COLONIA ESPAÑOLA EN TRUJILLO: EXPEDICIÓN A RÍO TINTO.--EL PRESIDENTE ESTACHERRÍA.
Nombrado (29 octubre 1671) presidente, gobernador y capitán general D. Fernando Francisco de Escobedo, general de artillería, Gran Cruz de la orden de San Juan y bailío de Lora, llegó a Guatemala en febrero de 1672, y como de costumbre, tuvo recibimiento entusiástico. Emprendió en seguida la construcción de un fuerte en el río San Juan de Nicaragua, que se llamó de la Concepción, y cuyo nombre dejó poco después por el del río, esto es, San Juan. El 6 de noviembre de 1674, porque cumplía trece años Carlos II, se celebraron solemnes fiestas reales (corridas de toros, carreras, sortija, estafermo, luminarias, etc.). Mayores y más suntuosos fueron los festejos que se hicieron cuando el Rey tomó en sus manos las riendas del gobierno.
Tiempo hacía que se hallaban amenazados por los piratas los establecimientos españoles de aquella parte de las Indias, hasta que por la metrópoli hubo de ser nombrado gobernador de Jamaica el duque de Albemale, con encargo de exterminar a los corsarios, lo que realizó--según refiere Alcedo--ahorcando a cuantos pudo haber a las manos. Por otra parte, los misioneros llevaron la civilización a las islas de la América Central, y con este motivo ya no tuvieron segura morada los aventureros y piratas.
Entre el obispo D. Juan de Ortega Montañés por un lado, Escobedo y los oidores Roldán y Novoa por otro, se declaró tenaz contienda, acordando el gobierno de la metrópoli que el licenciado D. Lope de Sierra Osorio se encargara del poder de Guatemala y abriese el juicio de residencia (1678). «Muy bien se lo tenían merecido todos--dice Ximénez--y aun mayores castigos, por las iniquidades que habían ejecutado»[336].
[336] Hist. de Chiap. y Guat., libro V, cap. 35.
Obedeciendo órdenes de la metrópoli, Sierra Osorio convocó una junta con el único objeto de pedir en nombre del Rey algún donativo, pues tanta era la penuria de la corte. Expusieron algunos de los concurrentes la suma miseria a que estaba reducido el reino, acordando servir al monarca con veinte mil pesos, siempre que se les concediese permiso para comerciar con el Perú. Recordaremos que en el año 1680 se publicó la famosa Recopilación de Indias, en la cual se hallan las cédulas, cartas, provisiones, ordenanzas, instrucciones, autos y otros despachos expedidos para el buen gobierno de las colonias, desde el reinado de Carlos I hasta el de Carlos II, en un lapso de tiempo de cerca de ciento sesenta años. También en 1680 se terminó el edificio de la catedral, cuyas obras comenzaron en el de 1669. Suntuosas fueron también las fiestas que se celebraron con motivo del matrimonio de Carlos II con María Luisa de Orleans.
Nombróse presidente y gobernador interino, con encargo de continuar el juicio de residencia de Escobedo, al licenciado D. Miguel de Augusto y Alava, caballero de la orden de Alcántara (1681). Nada digno de contar ocurrió en Guatemala desde el año 1681 hasta el 1683, en que vino a hacerse cargo de la presidencia D. Enrique Enríquez de Guzmán, caballero también de la orden de Alcántara, individuo del Consejo de guerra y de la Junta de Indias y armadas. El nuevo presidente mejoró el estado de los hospitales de la ciudad y protegió las tentativas hechas por los misioneros dominicanos para continuar las reducciones de indios infieles. Entre el gobernador de Soconusco y el Sr. Núñez de la Vega, obispo de Chiapa, ocurrieron serias desavenencias, en las cuales hubo de intervenir y, por cierto, con verdadero espíritu de justicia, el presidente Enríquez y luego el Consejo de Indias. El Rey aprobó las providencias del presidente de Guatemala, terminando la famosa cuestión. Habiendo fallecido por entonces D. Alvaro de Losada, gobernador de Nicaragua, vino a reemplazarle el maestre de campo don Gabriel Rodríguez Bravo de Hoyos. Sobrevinieron en seguida graves disturbios, contribuyendo a ello la torpeza de Rodríguez, a quien sucedió (1693) D. Pedro Jerónimo de Colmenares. Habremos de recordar que la provincia de Costa Rica, a fines del siglo XVII, estaba en completa decadencia, no sin que para ello influyesen las frecuentes correrías de los corsarios. Dichas correrías obligaron a los habitantes a retirarse al interior, abandonando los cultivos de los puntos próximos a la costa. Por lo que respecta a la provincia de Honduras, allí se reunieron en 1689 muchos piratas, dirigiéndose algunos a Trujillo, donde cometieron toda clase de atrocidades. La provincia de El Salvador, a últimos del siglo XVII, hasta bien entrado el siglo XIX, estuvo gobernada por un alcalde mayor, dependiente del gobierno central de Guatemala. En el citado año de 1694 era alcalde mayor de El Salvador y San Miguel, D. José de Calvo y Lara, sucesor de D. José Hurtado de Arias.
Continuando la historia de Guatemala, procede que digamos que el general Enríquez de Guzmán dimitió el mando el 1687, viniendo a reemplazarle en enero de 1688 el general D. Jacinto de Barrios Leal, caballero de la orden de Calatrava. Cuéntase que al desembarcar en la costa del Norte fué robado por las piratas. Si en la primera época de su gobierno mostró cierta moderación y prudencia, pronto hubo de romper con la Audiencia, y la causa tuvo origen--según refiere Fuentes y Guzmán en la Recordación Florida--en una centella amorosa, que a un tiempo mismo ardía en el corazón del Presidente y nacía en el del oidor Valenzuela. Habiendo llegado a conocimiento del gobierno de la metrópoli lo que ocurría, se nombró juez pesquisidor al licenciado D. Fernando López Ursino y Orbaneja. Llegó Orbaneja el 25 de enero de 1691 y se encargó en seguida del gobierno, el cual tuvo hasta diciembre de 1694, pues el Consejo de Indias no encontró nada censurable en Barrios Leal. Inmediatamente que volvió al poder, sólo pensó en vengarse de sus enemigos, y para él eran sus enemigos todos los que se pusieron de parte del oidor Valenzuela. En seguida pensó en la conquista del Petén y Lecandón. Entre las personas importantes que consultó para la realización del plan--y por cierto que no fué atendido--se encuentra el famoso cronista Ximénez, que formó parte de la expedición. Poco consiguió Barrios Leal en su difícil empresa, y a su vuelta falleció el 12 de noviembre de 1695.
El 25 de marzo de 1696 hizo su entrada en Guatemala D. Gabriel Sánchez de Berrospe, nombrado gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia. Berrospe, no sólo conquistó y fortificó el Petén, sino acabó de someter la provincia de Lecandón. Del gobierno de Costa Rica se encargó en 1698 D. Francisco Serrano de Reyna. A la sazón, como antes y después, frailes recoletos, procedentes de Guatemala y de Nicaragua, se dirigieron a las montañas de Costa Rica, logrando atraerse a los indígenas mediante la predicación y el convencimiento.
Rotas las relaciones entre el gobernador Sánchez de Berrospe y el obispo Navas, como también entre aquél y el oidor Amézquita, el gobierno de la metrópoli tuvo el mal acierto de nombrar visitador a don Francisco Gómez de Madriz, que llegó a Guatemala en los últimos días del año 1699. Madriz era un hombre inmoral: quería enriquecerse en poco tiempo y para ello no reparaba en los medios más censurables. También dió algunos escándalos, pues requería de amores a no pocas mujeres casadas. A tal punto llegó su desvergüenza, que los vecinos de Guatemala obligaron a Sánchez de Berrospe a encargarse del poder, no obstante su falta de salud; pero Madriz, arrostrando las iras populares, le confinó al pueblo de Patulul. Tampoco hizo caso de la Audiencia, entablándose formal y reñida lucha entre aquélla y el citado pesquisidor. Sucesos censurables se originaron en Guatemala, logrando al fin la Audiencia que el insolente juez abandonase la ciudad. En los últimos días de marzo de 1701 se recibió en Guatemala la noticia del fallecimiento de Carlos II (1.º noviembre 1700) y la sucesión al trono de Felipe V de Borbón.
Habiendo renunciado el gobierno Sánchez de Berrospe (1701), emprendió su regreso a la península en los comienzos de 1702, quedando la Audiencia con el poder, hasta que llegó en mayo de dicho año don Alonso de Ceballos y Villagutierre, de la orden de Alcántara, clérigo ilustrado y hombre tolerante. Al poco tiempo murió el virtuoso obispo Las Navas (2 noviembre 1702) y un año después el gobernador Ceballos (27 octubre 1703). Sucedióle el oidor Duardo.
Don Toribio de Cosío y Campa, caballero de la orden de Calatrava, tomó posesión de la autoridad suprema el 2 de septiembre de 1706. El nuevo gobernador, aunque estaba dominado por el lucro y sólo pensaba en adquirir dinero para volver a su país, era hombre bondadoso. Preocupábale el estado de Costa Rica y de Nicaragua, provincias expuestas siempre a los ataques de los zambos mosquitos. De la primera era gobernador Serrano de Reina, empleo que ejerció unos seis años y que mereció ser condenado por la Audiencia de Guatemala. Le reemplazó, como gobernador interino, D. Diego de Herrera Campuzano (1704) y en propiedad obtuvo luego el cargo D. Lorenzo Antonio de Granda y Balbín (1707), en cuyo tiempo se sublevaron los indios de Talamanca (1709). Granda y Balbín no pertenece al número de los buenos gobernadores de Costa Rica. A su muerte (1712), volvió al país Herrera Campuzano, si bien el capitán general de Guatemala nombró interinamente gobernador a D. José Antonio Lacayo y Briones. Otras insurrecciones en el país fueron sofocadas y castigados sus autores. Acerca de Nicaragua es de sentir el mal gobierno de D. Miguel de Camargo, quien comenzó a ejercer sus funciones el año 1705. Para catequizar a los aborígenes, envió frailes a que predicaran el cristianismo, y como dijesen los misioneros que los indios se valían de ciertas hechicerías, el gobernador por ello castigó a muchos inocentes indígenas y ajustició a algunos. El bondadoso obispo de la diócesis, Fray Diego Morcillo, reprobó los hechos de Camargo y prohibió las misiones, y en su afán de poner correctivo a tantos abusos, hizo dos viajes a la ciudad de Guatemala, para que Cosío y Campa y la Audiencia pusiesen remedio a tantos males. Temiendo ser castigado, Camargo se fugó de Nicaragua, sucediéndole en el cargo D. Sebastián de Arancibia. Tiempo adelante el obispo Morcillo obtuvo el arzobispado de Lima y el virreinato del Perú. A Morcillo sucedió Fray Benito Garret (1711), hombre orgulloso y pedante, que humilló al gobernador Arancibia y menospreció a la Audiencia, cuyo alto tribunal le expulsó de la diócesis (1716).
Continuando la relación de los sucesos de Guatemala, justo será recordar los buenos deseos del gobernador Cosío en favor del país. No pocos disgustos le ocasionó el obispo Alvarez de la Vega y Toledo, trasladado en 1713 de Chiapa a Guatemala. Aplausos merece por haber sofocado una sublevación de los indios zendales, mostrándose el Rey tan agradecido que le prorrogó por dos años más el tiempo de su gobierno y le confirió el título de marqués de Torre Campo.
Sucedió al marqués de Torre Campo en el cargo de gobernador de Guatemala, D. Francisco Rodríguez de Rivas, maestre de campo de los reales ejércitos (4 octubre 1716). Terrible terremoto ocurrió el 29 de septiembre de 1717. Antes lo habían anunciado ciertas señales: el volcán denominado de Fuego empezó a lanzar llamaradas en la noche del 27 de agosto, y poco después se sintió subterráneo ruido y trepidación del suelo. En los días siguientes continuó el volcán arrojando fuego y continuaron los temblores de tierra. Al mismo tiempo se sucedían las funciones religiosas, promovidas por el clero y por las autoridades. El capitán general Rodríguez de Rivas, se portó como debía en aquellos días tristísimos. Pocas fueron las desgracias personales; algunos templos y muchas casas particulares vinieron al suelo. Opuesta conducta que el gobernador siguió el obispo Alvarez de la Vega, que continuaba anunciando males mayores. En todo esto obraba el prelado, ya por el odio que al gobernador tenía, ya porque pensaba que de este modo podría elevar la iglesia de Guatemala a metropolitana. Celebráronse varias juntas para acordar si convenía la traslación de tribunales a sitio más seguro. Opinaba el gobernador que no era conveniente y lo contrario el obispo; los oidores, los individuos del cabildo, los religiosos y los habitantes en general, tampoco se hallaban conformes unos con otros. Intervino en el asunto el virrey de México, haciendo responsable al capitán general del quebranto que sufriese la Real Hacienda, por no haber permitido que pasasen a otro punto las cajas reales y los tribunales. Vino el Rey a terminar el asunto, poniéndose al lado del gobernador Rodríguez. Tiempo era ya de que las autoridades y vecinos se ocupasen en reparar los daños causados en la ciudad, lo que se consiguió en los años 1718 y 1719. En tanto que Guatemala se reponía de sus quebrantos, Nicaragua, Costa Rica y Honduras, vivían en el citado año de 1719 en contínuo desasosiego, temerosas de los ataques de los corsarios. También aguijoneados los gobernadores por el ansia del lucro, cometían toda clase de desaciertos. No les iban en zaga los alcaldes mayores. Por lo que se refiere a la provincia de El Salvador, apenas tenía que temer de los piratas, siendo de igual modo digno de notarse la mayor moralidad en la administración pública. La cultura, el bienestar y la riqueza eran mayores en dicha provincia que en Nicaragua, Honduras y Costa Rica. En esta última ejercía el cargo de gobernador desde mayo de 1713 don José Antonio Lacayo de Briones, funcionario más cumplidor de su deber que Grande y Balbín, su antecesor. A la liberalidad de Lacayo se debió la fábrica del convento de frailes franciscanos, que se construyó en Esparza. Sucedió a Lacayo (diciembre de 1716), D. Pedro Ruiz de Bustamante, el cual obtuvo la doble investidura de gobernador y capitán general de la provincia; pero el Rey (febrero de 1718) nombró a D. Diego de la Haya Fernández, que tomó posesión a fines de noviembre. Con una actividad digna de alabanza se dedicó por completo a sacar al país de la miseria en que se hallaba, animándole en su obra el capitán general de Guatemala. El gobernador la Haya, defendió su territorio de los corsarios ingleses (1720) y entabló relaciones de amistad con el jefe de los mosquitos. Días tristes fueron para la ciudad de Cartago desde el 16 de febrero de 1723, en que el volcán Irazú comenzó a arrojar materias encendidas al mismo tiempo que se sentían ruidos subterráneos. Ahora, como siempre, el gobernador la Haya cumplió con su deber. En Nicaragua, separado del gobierno en 1721 Arancibia, le sucedió (1722) D. Antonio de Poveda y Rivadeneira, que a su vez también fué separado a fines de 1724, sustituyéndole D. Tomás Marcos Duque de Estrada. Torpe en su mando Duque de Estrada, no pudo impedir que una sublevación popular le arrojase del poder. El capitán general de Guatemala mandó sofocar el levantamiento a Lacayo de Briones, el mismo que antes tuvo el mando de Costa Rica. Apaciguados los ánimos, el citado capitán general llamó a Guatemala al Duque de Estrada y nombró jefe de la provincia al ya citado Poveda (enero de 1727), muerto en la noche del 7 de julio a manos de unos asesinos.
Guatemala iba a tener nuevo gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia. A Rodríguez de Rivas sucedió D. Pedro Antonio de Echevers y Subiza, caballero de la Orden de Calatrava y señor de la Llave Dorada, quien tomó posesión el 2 de diciembre de 1724, celebrándose en su obsequio toda clase de festejos. El residenciado Rodríguez de Rivas resultó culpable por varios hechos, siendo los principales el haber recibido dinero en cambio de títulos de corregidores, alcaldes mayores, etc. Echevers, que comenzó su gobierno atrayéndose las simpatías de sus subordinados, pronto varió de conducta y se hizo odioso a todos. Trataba con poca consideración a los oidores, a los abogados y a los individuos del concejo. Con la Audiencia tuvo enconada disputa. A los nueve años de ejercer el gobierno, le sucedió el brigadier D. Pedro de Rivera y Villalón. Trajo Rivera y Villalón los cargos de presidente de la Audiencia, capitán general y gobernador (22 diciembre 1729). Poco después se le concedió el grado de mariscal de campo (16 septiembre 1730). Hízose simpático desde los primeros actos de su gobierno. En julio de 1726 vino a Guatemala D. Manuel de Castilla, de paso a Honduras, de donde había sido nombrado gobernador en sustitución de Gutiérrez de Argüelles. Para sustituir a Poveda Rivadeneira en Nicaragua fué nombrado el sargento mayor D. Pedro Martínez de Ugarrio (27 julio 1727), y a éste sucedió (mediados de 1728) Duque de Estrada (segunda vez). Alteróse el orden público en el año 1730, tal vez por debilidad de Duque de Estrada. Bartolomé González Fitoria hizo su entrada solemne en León el 13 de julio de 1730, siendo obsequiado con corridas de toros y representaciones dramáticas. Reconocemos que se portó mejor en el gobierno que Duque de Estrada, aunque su administración no se señaló por sucesos notables. Vino a sucederle, últimos de 1735, el capitán D. Antonio Ortiz, y en el mismo año murió en León Fray Dionisio de Villavicencio, obispo de la diócesis. De Costa Rica diremos que el capitán D. Baltasar Francisco de Valderrama sucedió a D. Diego de la Haya (mayo de 1727). Valderrama se atrajo el odio del clero y fué sustituído en la gobernación (abril 1736) por el teniente coronel D. Antonio Vázquez de Cuadra, que murió a fines de junio del mismo año. Sucedióle interinamente el sargento mayor don Francisco Carrandi y Menán, que realizó una expedición contra los indios mosquitos sin resultado alguno. Debió Carrandi ser relevado del mando por el capitán general de Guatemala (1739), reemplazándole D. Francisco de Olaechea. Separado del mando este último, fué nombrado el capitán de infantería D. Juan Gemmir y Lleonart (1740), quien tuvo grandes desavenencias con el cabildo eclesiástico por causa de la posesión del obispo Pardo de Figueroa.
Acerca del capitán general de Guatemala D. Pedro de Rivera y Villalón, importa referir que se dirigió al Rey en solicitud de varias reformas administrativas, acordando Felipe V desestimar lo que se le proponía, y mandó que los alcaldes siguiesen administrando justicia y los oficiales reales continuaran recaudando los tributos. Posteriormente, convencido el monarca de que el gobernador estaba en lo cierto, mandó (24 marzo 1741) que pusiera en práctica las proposiciones que antes hiciera, autorizándole también a emprender guerra exterminadora contra los indios zambos mosquitos, que continuamente hostilizaban las costas de Comayagua y Costa Rica[337]. Si en instrucción pública realizó saludables reformas, fueron mayores las referentes a la hacienda. No es de extrañar, dada la moralidad de la administración pública, que los individuos del ayuntamiento dijesen (18 julio 1741) que nunca había estado mejor el Erario público, ni en lo que respecta a las recaudaciones, ni en lo concerniente a los gastos; que el capitán general Rivera y Villalón, sin embargos y violencias, y sólo con su diligencia y tino, supo patrocinar los derechos del fisco y el aumento de los caudales, satisfaciendo con integridad los sueldos corrientes y las deudas atrasadas, como también remitiendo remesas de dinero al monarca sin necesidad de acudir á préstamos del vecindario.
[337] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XI, núm. 166, págs. 151 v.ª y 152.
D. Tomás de Rivera y Santa Cruz sucedió a Rivera Villalón. Tomó posesión el 16 de octubre de 1742. Era Santa Cruz natural de Lima y se atrajo pronto las simpatías de la Audiencia, del cabildo y del pueblo en general. Desde fines del año 1741 gobernaba en Honduras el capitán de infantería D. Tomás Hermenegildo de Arana, sucesor de D. Francisco de Parga. Arana se ocupó con actividad asombrosa a dar vida a la industria de Honduras. Como juez pesquisidor se presentó en Honduras el oidor D. Fernando Alvarez de Castro, hombre que comenzó mostrando mala voluntad al citado gobernador. Desterrado Arana a Esguipulas, Alvarez de Castro se hizo dueño del poder. En aquel tiempo D. José Lacayo de Briones, gobernador de Nicaragua, viéndose amenazado de los ingleses, le pidió auxilio, contestando Alvarez de Castro que no podía en aquellas circunstancias. El, por su parte, persiguió en Honduras a los indios que traficaban con los ingleses de la costa, en tanto que el juez pesquisidor intentó en vano castigar a los defraudadores del Erario público. Falleció poco después y su muerte no fué sentida, por su carácter demasiado enérgico. Cuando el capitán general de Guatemala tuvo noticia del fallecimiento, nombró gobernador provisional al maestre de Campo D. Luis Machado. Terminados entonces los conflictos entre la autoridad civil y la eclesiástica, el capitán Arana y los suyos pudieron volver a sus casas, y todo quedó en paz, turbada en mal hora por el carácter despótico de Alvarez de Castro. Sin detenernos en otros sucesos, hay que registrar una cédula del 23 de agosto de 1745, dada en San Ildefonso, y por la cual fué nombrado el brigadier don Alonso Fernández de Heredia gobernador de Nicaragua y comandante general de dicha provincia, de la de Costa Rica, de las jurisdicciones del Realejo, Subtiaba, Nicoya, Sébaco y demás territorios y costas comprendidas desde el cabo de Gracias a Dios hasta el río Chagres; en la inteligencia de que, por muerte del brigadier, o por cualquier causa que retardara su llegada, debía reemplazarle en sus funciones el coronel don Juan de Vera, y otro tanto se disponía respecto de este último, para que le sustituyese el dicho brigadier en cualquiera de los eventos indicados.[338] En diciembre de 1746 comenzó á gobernar Fernández de Heredia. El Salvador iba progresando poco a poco. El alcalde mayor de la provincia no tenía que temer a piratas y corsarios. La vida de El Salvador se deslizaba más tranquila que la de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El 24 de marzo de 1744, D. Isidro Díaz de Vivar tomó posesión de la alcaldía mayor de El Salvador.
[338] Archivo Colonial de Guatemala, Copias de títulos y reales cédulas desde 1743 á 1748, folio 202.--Cedulario índico, tomo IX, núm. 3, págs. 6 v.ª, 7 y 8.
En Guatemala, donde continuaba de capitán general Rivera y Santa Cruz, se celebró con toda clase de festejos la erección de su iglesia sufragánea en metropolitana, siendo a la sazón obispo Fray Pardo de Figueroa (1744). Dos años después se celebraron con toda suntuosidad exequias fúnebres en Guatemala por el fallecimiento de Felipe V (9 julio 1746), cambiándose luego la tristeza en alegría por la elevación al trono de Fernando VI.
El 19 de septiembre de 1747 se nombró capitán general, gobernador y presidente de la Audiencia de Guatemala a D. José de Araujo y Río, tomando posesión el 23 de septiembre de 1748. Rivera y Santa Cruz, en sus últimos tiempos, había tenido la desgracia de caer en desagrado de la Audiencia. Veamos, pues, la política seguida por el nuevo gobernador. Procuró llevar la paz a Honduras y Nicaragua, a Costa Rica y a El Salvador. Vivió en buena armonía con la Audiencia y con el cabildo. Cortó toda clase de abusos y favoreció todo le que pudo a los aborígenes.
Sucedióle, por Decreto expedido en Aranjuez (25 abril 1751), el mariscal de campo D. José Vázquez Prego. En la Habana prestó el correspondiente juramento (10 noviembre 1751), ante el gobernador y capitán general de la isla de Cuba, llegando a Guatemala y tomando posesión de su cargo el 17 de enero de 1752. Persiguió la fabricación y la venta del aguardiente de caña, como lo ordenaba Fernando VI en cédula del 6 de Agosto de 1747. En 1753, el llamado Valle se dividió en dos alcaldías mayores: la de Santa Ana de Chimaltenango y la de Amatitán y Sacatepéquez. Ocupóse Vázquez Prego en la fábrica de obras públicas, especialmente fortalezas para contener las invasiones de los filibusteros. A su fallecimiento (24 junio 1753) se encargó de la capitanía general el letrado Juan de Velarde, el cual, en los diecisiete meses que la desempeñó mantuvo el imperio de la ley.
Don Alonso Arcos y Moreno, mariscal de campo, fué nombrado el 29 de enero de 1754, y tomó posesión el 17 de octubre del mismo año. No se explican los motivos para los largos y desordenados festejos que se celebraron. Todos tenían empeño en obsequiar al Sr. Arcos, y solamente dos religiosos protestaron desde el púlpito de ciertos escándalos. Escandalosos eran en verdad los bailes que se verificaron en diferentes sitios y aun en ciertos monasterios. Mostró actividad en el despacho de los asuntos, si bien cumple referir que era mayor su empeño en asuntos de su propio provecho, citándose como prueba de ello la introducción de 270 fardos, rotulados como equipaje de dicho funcionario y que eran artículos de comercio (1754). Otras irregularidades cometidas por el capitán general le enagenaron las simpatías de sus gobernados. No habremos de olvidar los trabajos de los misioneros en Costa Rica, Honduras, Nicaragua y El Salvador, para traer al camino de la verdad a los indios que aún permanecían infieles. Recibióse en Guatemala la noticia del fallecimiento de Fernando VI, celebrándose sus funerales algunos meses después (16 y 17 de julio de 1760). A su sabor se despacharon algunos poetas, pudiendo servir de ejemplo la siguiente octava:
Fuentes puras los ojos de Fernando Dos Castalias de llanto están vertiendo, Y mientras él va su agua derramando Toda Aganipe se la va bebiendo. Las musas, que esto ven, examinando La noble causa que lo está afligiendo, Dándose al sentimiento por despojos, Se van a pique ahogadas en sus ojos.
Celebró Guatemala con singular alegría la subida al trono de Carlos III. Murió el gobernador Arcos y Moreno el 27 de octubre 1760, no figurando su nombre entre los mejores gobernadores de Guatemala.
El gobernador interino Velarde dejó el cargo en junio de 1761, a la llegada del Sr. D. Alonso Fernández de Heredia, brigadier de los reales ejércitos y ascendido a mariscal de campo al venir a Guatemala. Antes de reseñar los hechos de Fernández de Heredia conviene decir que Velarde en los dos períodos que tuvo el gobierno dió señaladas muestras de rectitud y honradez. Era Fernández de Heredia hombre arrebatado, vanidoso y poco amigo de la justicia. Se llevó mal con la Audiencia e intervino torpemente en los asuntos de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. La provincia de El Salvador continuaba su vida tranquila, no interviniendo en su administración las supremas autoridades de la colonia. Tal vez sea merecedor de mayores censuras el municipio de la ciudad de Guatemala, cuyas cuentas no se ajustaban a la exactitud y legalidad.
Sucedió a Heredia el capitán de navío D. Joaquín Aguirre y Oquendo; pero, cuando se dirigía a tomar posesión del cargo murió en Zacapa (9 abril 1764). El brigadier D. Pedro de Salazar tomó posesión el 3 de diciembre de 1765 y era opinión general que a los desmayos y tristezas pasadas sucederían días felices para Guatemala. Salazar mostró ser laborioso funcionario. Terminó el castillo que en Omoa se mandó construir para contener las invasiones de los corsarios e hizo otros reparos en obras importantes. Reformas realizó dignas de alabanzas, bien que siempre tuvo a su lado la Audiencia y el ayuntamiento. A fines de junio de 1767 llegó a Guatemala la famosa pragmática por la cual Carlos III arrojaba de los dominios españoles a los hijos de Loyola. Aunque Salazar estimaba a los jesuítas, cumplió lo que se le mandaba, no sin que en Guatemala, Nicaragua, San Salvador, Honduras y Costa Rica la opinión general se mostrara favorable a los discípulos de San Ignacio. Para activar la fábrica del castillo de San Fernando en Omoa, allá marchó Salazar y allá contrajo grave dolencia que le llevó al sepulcro en Guatemala (20 mayo 1771). Encomendóse la residencia al oidor D. Antonio de Arredondo (14 diciembre 1775).
Vino a suceder á Salazar el brigadier D. Martín de Mayorga, cuyo nombramiento se comunicó a la Audiencia (1772) y entró en la ciudad de Guatemala el 12 de junio de 1773. Con verdadero rigor castigó Mayorga a la gente maleante y a los infractores de las leyes. Por entonces anunciaba la voz pública que de un momento a otro se abriría la tierra para tragar a los habitantes de la ciudad, añadiendo otras como profecías igualmente aterradoras. Espantosos sacudimientos de la tierra se verificaron en mayo y junio de 1773, los cuales fueron especie de presagio de la catástrofe del 29 de julio. «Este día--dice el Padre Cadena--, digno de notarse con negros cálculos y el más funesto para Guatemala por haber sido el de su lamentable catástrofe, a las tres y cuarenta minutos de la tarde tembló la tierra.» Todos imploraban el auxilio divino. Los padres desatendían a sus hijos y los maridos a sus mujeres. Los ruidos subterráneos eran seguidos de temblores, cayendo también fuertes lluvias acompañadas de truenos y rayos. Undiéronse muchos edificios, ocasionando varias muertes. La luz del día 30 permitió contemplar en toda su desgracia los efectos de los fenómenos sísmicos. Murieron ciento veintitrés personas, sin contar las fenecidas en los lugares inmediatos y las que sólo fueron heridas o golpeadas. El gobernador general, el arzobispo Sr. Cortés y Larraz, los oidores, los alcaldes, todos cumplieron con su deber en aquel día tristísimo. En los días 4 y 5 de agosto, bajo la presidencia del gobernador, se celebró junta general de las personas principales de la ciudad para acordar la traslación de la metrópoli guatemalteca. Se acordó marcharse cuanto antes al pueblo de la Ermita, lo que verificaron el gobernador general, los oidores, los oficiales reales y los empleados subalternos de las secretarías; también se llevaron las arcas destinadas a las rentas de aduana, tabaco y correos. Después, entre los vecinos, surgió enconada discordia, dividiéndose en dos bandos: uno que quería la traslación, y otro que optaba por el mantenimiento de la capital en el mismo sitio y creía que con los materiales existentes era fácil la reedificación, añadiendo que en toda la provincia no había sitio alguno al abrigo de tamaña calamidad. Triste era, en verdad, trasladar la ciudad que en 1542 se fundó en el delicioso y pintoresco valle de Panchoy. Terrible terremoto acaecido el 13 de diciembre, que acabó de arruinar muchos edificios de la desgraciada población, disipó las esperanzas de los que creían posible la restauración. Todavía insistió el arzobispo y algunos más; pero el asunto estaba resuelto. ¿Dónde se levantaría la nueva capital? Después de muchos proyectos, se acordó establecerla en el valle llamado de la Virgen, como consta en la cédula expedida por Carlos III en el palacio de San Ildefonso (21 julio 1775), y que llegó a manos del capitán general el 1.º de diciembre del citado año. En todos estos asuntos, tan delicados y complejos, mostró su imprudencia el brigadier Mayorga. Por entonces era gobernador de El Salvador el insigne D. Francisco Antonio de Aldama; de Nicaragua, D. Manuel de Quiroga, sucesor de D. Domingo Cabello, y de Costa Rica, D. Juan Fernández de Bobadilla, recayendo después el mando en D. José Perié. Honduras tuvo por gobernador a D. Francisco de Aybar, y luego a D. Juan Nepomuceno de Quesada, natural de la Habana.
El coronel D. Matías de Gálvez, que estaba en Guatemala desde julio de 1778, como segundo comandante del país e inspector de las tropas veteranas y de milicias, fué nombrado gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia (15 enero 1779). El 4 de abril tomó posesión. Alarmante noticia llegó a Guatemala en los últimos días de octubre del año siguiente: los ingleses se habían hecho dueños del fuerte de San Fernando de Omoa, defendido por corta guarnición. Allá fué Gálvez a pelear con los ingleses. Gálvez, ya ascendido a brigadier, era un excelente gobernador. Preocupábale que el gobierno inglés, en guerra con el español, deseaba adueñarse el territorio de los Mosquitos, el río y castillo de San Juan, la ciudad de Granada y el golfo de Papagayos. De la tierra de los Mosquitos sacaba Inglaterra mucha cantidad de caoba y de otras maderas finas, zarzaparrilla, palo de tinta, algodón, cacao, vainilla, añil, azúcar, etc. Justo será recordar la expedición que contra Nicaragua mandó el gobierno inglés (1780). Al frente de una de las fragatas se hallaba Horacio Nelson, que apenas contaba veintitrés años de edad y ya era capitán de navío. El joven marino pudo salvar el banco de arena formado a la entrada del San Juan, subió por el río hasta la isla del Mico, donde después llegaron, transportadas en lanchas, las demás tropas extranjeras. Al siguiente día (9 abril) arribaron a la isleta Bartola, cuyos defensores se portaron bizarramente; pero volviendo a la carga, el capitán Nelson se apoderó de ella. Acerca del castillo de Omoa, ya hemos indicado que cayó en poder de los enemigos, bien porque estaban mandados por Polson y Nelson, y bien porque ellos eran dos mil y nosotros doscientos cincuenta, guatemaltecos en su mayor parte. No todo les salió bien a los ingleses en Nicaragua. Las enfermedades les diezmaron, y nuestro gobernador, aprovechándose del desaliento de ellos, recuperó el castillo (enero de 1781). Poco importa si--como dice algún cronista--el castillo no fué conquistado personalmente por Gálvez, sino por el ejército que él mandó. Terminada la guerra de Nicaragua en los comienzos de 1781, Gálvez volvió a Guatemala, dedicándose con actividad a reformar la administración pública. Fijóse también en las provincias de Honduras, Costa Rica y El Salvador. En seguida emprendió la reconquista de Roatán: el 14 de marzo de 1782 zarpó de Trujillo la escuadrilla, conduciendo cien hombres del batallón de infantería y unos quinientos milicianos. Los ingleses no pudieron resistir el ataque de nuestras fuerzas, presentándose el 17 de dicho mes los comisionados del gobernador inglés al general Gálvez, ofreciéndole la rendición de la isleta, como así se efectuó. La noticia del triunfo obtenido en Roatán se comunicó, mediante una goleta despachada expresamente a España, al gobierno de Madrid (21 de marzo). La agradable impresión que produjo en Gálvez la situación de Trujillo, a su regreso de Roatán, le movió a decir al Rey (17 abril 1782) que aquel puerto era el principal en el litoral del Norte y que las tierras de la costa eran muy fértiles. Vinieron, en efecto, más de trescientas personas de ambos sexos procedentes de Asturias y Galicia, y otras trescientas, poco más o menos, de las islas Canarias. Sin embargo de los buenos deseos de Quesada, gobernador a la sazón de Honduras, el clima malsano y ardiente del litoral echó por tierra los planes del general Gálvez. En el mismo año de 1782, de vuelta de Roatán, se detuvo Gálvez en Trujillo, saliendo luego al frente de la expedición, para Riotinto. La fortaleza de Quepriva fué tomada el 30 de marzo de 1782 y la de Lacriba el 2 de abril. Regresó Gálvez a Trujillo, muy satisfecho por sus campañas de Roatán y de Riotinto, y llegó a Guatemala, donde meses después recibió graves noticias de aquel último punto. Una escuadra inglesa atacó el 22 de agosto del citado año a Quepriva y a La Criba; las tropas de desembarco, apoyadas de buen número de negros, saltaron a tierra y pasaron a cuchillo la guarnición de Quepriva y no hicieron lo mismo con la de La Criba porque hubo de capitular. Gálvez, que por la campaña de Nicaragua se le había conferido el ascenso a mariscal de campo, y por los servicios realizados en Roatán y Riotinto el de teniente general, cuando se disponía recuperar las fortalezas perdidas y reedificar a Trujillo, dejó el gobierno de Guatemala (10 marzo 1783) y pasó con el cargo de virrey a Nueva España.
El 5 de abril hizo su entrada en Guatemala, después de corto gobierno de la Real Audiencia, el brigadier D. José de Estachería. Dedicóse Estachería a adelantar la fábrica de los edificios públicos, figurando en primer término la catedral y en segundo la construcción de una fuente monumental en la plaza mayor de dicha población. Firmada la paz entre España é Inglaterra (septiembre de 1783), pudo dedicarse con mayor tranquilidad a sus edificaciones el capitán general. En el año 1786 celebraron ambas potencias un tratado complementario y en él se estipuló que la Gran Bretaña reconocía la soberanía española en el territorio de Mosquitos, y como consecuencia de tal reconocimiento desocuparía--como lo hizo--los varios establecimientos que en esa faja de tierra poseía.
CAPÍTULO XX
GOBIERNO DE LA ISLA DE SANTO DOMINGO.--RELACIONES DE LA ISLA ESPAÑOLA CON LA METRÓPOLI.--RELACIONES DE LAS AUTORIDADES DE LA ISLA ENTRE SÍ.--LOS CORSARIOS EN LA ISLA.--LOS FRANCESES EN SANTO DOMINGO.--EL CÓDIGO NEGRO.--SANTO DOMINGO Y LA REVOLUCIÓN FRANCESA DE 1789.--LA ANARQUÍA EN LA COLONIA.--GUERRA DE EXTERMINIO ENTRE BLANCOS Y NEGROS.--LOS INGLESES EN SANTO DOMINGO.--TOUSSAINT LOUVERTURE: SU CARÁCTER Y CUALIDADES.--BONAPARTE Y TOUSSAINT LOUVERTURE.--LUCHA ENTRE FRANCESES Y DOMINICANOS.
Por Real Cédula expedida en 9 de agosto de 1508 fué nombrado Diego Colón gobernador de las colonias, llegando (10 julio 1509), a la ciudad de Santo Domingo en compañía de Doña María de Toledo, su mujer, de su hermano Fernando y de sus tíos Bartolomé y Diego.
No es cierto--como dice Harrisse--que, muerto Cristóbal Colón, el Rey no quisiese dar a Diego, hijo del dicho Cristóbal, posesión del almirantazgo. Fernando el Católico no se opuso a reconocerle como Almirante, ni se negó a nombrarle gobernador de las Indias por nombramiento real, ni ofreció resistencia a entregarle los derechos que como Almirante le correspondían; lo que no quería era reconocerle virrey y gobernador por derecho propio.
Muchos e importantes fueron los pleitos sostenidos por Diego Colón contra la Corona. El 5 de mayo de 1511 el Consejo Real declaró que, al Almirante y sus sucesores pertenecía, con el título de virrey, y por fuero de heredad para siempre jamás, la gobernación y administración de justicia, así de la Isla Española como de las otras islas que el Almirante, su padre, descubrió, y de aquellas islas que por industria del dicho su padre se descubrieron; que la administración de justicia civil y criminal se ejercería por el virrey o por sus tenientes y oficiales de justicia, en nombre del Rey; que el virrey se hallaba sujeto a juicio de residencia cuando los reyes lo dispusieran; que a éstos correspondía el repartimiento de los indios, y que el virrey debía de disfrutar el quinto de las granjerías concedidas para extraer oro de las minas, y el décimo de todo lo que en las islas se hallare, trocare, etc., exceptuando el de los diezmos eclesiásticos y el de las penas de cámara[339]. Hízose ejecutiva la citada declaración por Real Cédula dada en Sevilla el 17 de junio de 1512. Por la sentencia se muestra que el Consejo atendía más al Rey que a D. Diego, no siendo, por tanto, de extrañar, que el hijo del descubridor del Nuevo Mundo prosiguiese los pleitos con más insistencia.
[339] Pleitos de Colón, tom. I, doc. núm. 12.
Debemos fijarnos en otro asunto, cual fué el gobierno de Diego Colón en la Española. Desde el principio pocas fueron las simpatías que tuvo el nuevo gobernador entre los vecinos de la isla. Solicitaron que se crease una Audiencia compuesta de tres jueces de apelación, cuyo objeto lo dice el Rey en su consulta al Consejo de Indias, del 24 de septiembre de 1512. «Sabéis--dice--que á causa de injusticias hechas por las justicias del Almirante y el difícil remedio dellas en tanta distancia, embie los jueces de apelación»[340]. La Audiencia de Santo Domingo se había creado el 5 de octubre de 1511[341]. Sin embargo de las cartas del Rey al Almirante dándole consejos e instrucciones acerca de las cosas de gobierno, D. Diego no hacía caso alguno. Lo mismo se desentendía de la sentencia dada en Sevilla, que de los consejos y órdenes que le daba D. Fernando. Causa fué todo esto de que se formasen dos partidos en la isla: el del Rey y el del Almirante, siendo preciso confesar que el primero era mucho mayor que el segundo. Tantas y tan graves fueron las quejas, que la Corona dispuso que se le tomase juicio de residencia, y ordenó que regresara a Castilla. Llegó a Cádiz D. Diego el 9 de abril de 1515, y esta fué la primera vez que vino a Castilla desde su ida a la Española en 1509[342]. A tal punto llegó la impopularidad de D. Diego en la citada isla, que los vecinos enviaron a España un comisionado con el siguiente memorial, que a nombre de todos dirigió Juan Carrillo Mejía a la reina Juana: «Digo que dicha isla--tales fueron sus palabras--está llena de pasiones a causa del Almirante y sus justicias, que es perdida si no se remedia. El Almirante es señor absoluto, y atemoriza a cuantos se le oponen y sostienen la jurisdicción real. No cumple los mandamientos de V. A., y si alguno lo requiere lo maltrata. Quando la isla me despachó con estas súplicas, no había sino un navío para Castilla. La isla está llena de más escándalo que cuando se alzó en tiempo de su padre, y si el Almirante allá volviere, no dejaría de haber mucho daño en matar y ahorcar hombres, como hizo su padre, pues hai ahora más disposicion. Mande V. A. ver la residencia y que el fiscal se entere de mi negociacion y sentirá muchas cosas encubiertas del Almirante y la necesidad de no enagenar de la Corona la gobernacion perpetua que no puede enagenarse, lo cual se verá si se litiga en el Consejo, como lo pido. Acuerdese V. A. que ya el Rey Católico embió a su padre a Bobadilla, luego dió la gobernacion a Ovando e el Rey D. Felipe tuvo proveído a D. Hernando de Velasco porque no convenía tener el Almirante en aquellas partes ni averlo embiado»[343]. En 28 de enero de 1516 decía el obispo de Avila: «Guardese mucho de tomar el perverso consejo que dan muchos que converna el Almirante por gobernador solo, sin que haya otros jueces superiores. Antes es toda necesidad que haya quien ponga límite a las cosas del Almirante, no le deje encender sus furias o alas, no venga algun daño irremediable quod Deus avertat» (alude a que pudiera declararse independiente). Con fecha 16 de febrero de 1516, repetía las siguientes palabras el tesorero Pasamonte a S. A. «De ninguna manera conviene que vuelva el Almirante.»
[340] Academia de la Historia.--Colección Muñoz, tomo XC, fol. 110.
[341] Colec. de doc. inéd. para la historia de España, tomo II, pág. 285.
[342] Academia de la Historia.--Colec. Muñoz, tomo LXXV, fol. 343.
[343] Academia de la Historia.--Colec. Muñoz, tomo LXXV, fol. 69.
Deseaba por momentos D. Diego la resolución del litigio, pudiendo conseguir que en 14 de enero de 1517 dispusiera Carlos I, desde Malinas, que fuese visto sin dilación; pero el 18 de abril del mismo año ordenaba desde Bruselas quedara en suspenso la tramitación hasta su llegada a España, «porque había sido informado que muchos de los dichos pleitos son con nuestra Corona real e sobre cosas tocantes a nuestra preheminencia e señorío e son de calidad que para se sentenciar se deben consultar con nuestra Corona real»[344].
[344] Pleitos de Colón, tomo II, núms. 135 y 136.
Viéronse en la Coruña los pleitos, dictándose Real Provisión el 17 de mayo de 1520. En la de la Coruña se confirma la de Sevilla, limitando el virreinato a las islas descubiertas por el almirante D. Cristóbal, cercenando las facultades que hasta la sazón habían tenido los Colones, lo mismo para cubrir todos los cargos como lo concerniente a la administración de justicia en lo civil y criminal, y muy especialmente confirmando a la Corona la facultad de nombrar, cuando lo estimara oportuno, jueces especiales para investigar los actos de los virreyes y proceder--si necesario fuera--contra ellos.
Rudo fué el golpe que recibió D. Diego con la citada Real Provisión, hasta el punto que formuló ante notario enérgica protesta en Sevilla el 28 de agosto del mismo año de 1520. Un mes ó dos después se embarcó para la Española, donde, haciendo caso omiso de la sentencia de la Coruña, continuó usando de las facultades que él se atribuía, promoviendo continuos conflictos con la Audiencia y los oficiales reales, dando lugar a que el Emperador le suspendiera en 22 de marzo de 1523 en el ejercicio del gobierno y le mandara regresar a España[345]. D. Diego se embarcó para España inmediatamente que recibió la orden, llegando a Cádiz el 5 de noviembre de dicho año[346] y formulando en seguida un memorial de protesta por haberle suspendido en el ejercicio de los cargos que de derecho--según decía--le correspondían, y pidiendo que se le levantara la suspensión y se le desagraviase.
[345] Bibliografía colombina, sec. I, pág. 96.
[346] Colec. de doc. inéd. de Indias, 1.ª serie, tomo XI, pág. 153.
Por muerte del Almirante en Montalbán, yendo para Toledo el 23 de febrero de 1526[347], su mujer D.ª María de Toledo, como tutora de su hijo D. Luis, continuó los litigios, consiguiendo en 1527, según sentencia dada en Valladolid el 25 de junio, que se anulasen las de Sevilla y Coruña[348]. Tras largos trámites, se dieron las sentencias de 27 de agosto de 1534 en Dueñas, y de 18 de Agosto del año siguiente en Madrid[349]; por ellas, si bien se daba mayor extensión al virreinato, se limitaban mucho las facultades de los gobernadores, afirmándose más y más el poder real. Apelaron de estas sentencias lo mismo la representación de D. Luis Colón que el fiscal. Cuando D.ª María de Toledo se hallaba más decidida a continuar los pleitos, el fiscal Villalobos, en escrito fechado en Madrid a 9 de agosto de 1535, manifestó que las islas e indias del mar Oceano no se descubrieron por la industria de Cristóbal Colón, sino por otros que tenían el crédito y medios de que él carecía, los cuales siguieron la navegación en los momentos que el dicho Colón iba sin tino y se quería volver.
[347] Oviedo, Hist. general de las Indias, lib. IV, cap. VI, tomo I.
[348] Pleitos de Colón, tomo II, núms. 213, 215 y 216.
[349] Bibliografía Colombina, sec. I, págs. 143 y 148.
Convencida D.ª María que comenzaba nuevo y enojoso período en los pleitos, cuyo fin y resultado no se veía próximo, acordó, como también el fiscal, someter el litigio a la resolución arbitral de Fray García de Loaisa, obispo de Sigüenza y Cardenal de Santa Susana. Pidió la virreina lo que creía justo. El prelado dictó la sentencia arbitral el 7 de junio de 1536 y la diferencia más importante entre aquella y lo pedido era que no se accedió a que los Colones continuasen gobernando la Española. De modo que las capitulaciones firmadas el 17 de abril de 1492 entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos vinieron á quedar reducidas por la sentencia que acabamos de citar al almirantazgo, la propiedad de la isla Jamaica, 25 leguas en Veragua, unos cuantos oficios y algunas tierras en la Española; además una renta anual para D.ª María de Toledo y sus hijos.
Si adquirió gran importancia la colonia española de Santo Domingo en los primeros tiempos de la conquista, decayó aquélla cuando los españoles descubrieron otros países más ricos o más abundantes en minas. Todas las miradas se dirigieron a México y al Perú, en cuyas tierras se hallaba el vellocino de oro. Acerca de las relaciones de la Isla Española con la de Puerto Rico, habremos de recordar que desde Madrid (11 enero 1598) dijo el Rey al presidente y oidores de la Audiencia que «no se entremetan en las cosas de la guerra tocantes al gobierno de la isla de Puerto Rico, salvo cuando fuese algún pleito o pleitos en grado de apelación...»[350]. Entre las autoridades de la isla hubo de cuando en cuando rozamientos y disgustos. El Rey, desde Valladolid (2 de abril de 1604), se dirigió a fray Agustín de Avila, arzobispo de Santo Domingo de la Isla Española, censurándole su conducta con la Audiencia[351]. Por lo que a sus relaciones exteriores respecta, varias veces--en los siglos XVI y XVII--sufrió diferentes ataques de los corsarios. Con harta frecuencia excursiones de filibusteros ingleses, franceses y holandeses cayeron sobre ella como sobre otras colonias, obligando al gobierno de la metrópoli a enviar poderosas escuadras para combatirlas. Drake en el año de 1586 se apoderó de Santo Domingo, no abandonando la ciudad hasta que recibió crecido rescate. Nuevas expediciones de piratas ingleses y franceses devastaron sus costas (1625); estos últimos llegaron a tomar la parte de occidente y se apoderaron de la isla de la Tortuga, de donde fueron arrojados por D. Juan Francisco de Montemayor en el año de 1654. Después de varias tentativas de los franceses para penetrar en la isla, el marino Bertrán d'Ogerón logró establecerse en Santo Domingo (1664), región oeste de la isla, no siendo reconocida la dominación francesa hasta la paz de Riswick, firmada por Luis XIV por un lado, y por España, Inglaterra y Holanda por otro (20 septiembre 1697). Desde entonces quedó dividida en dos partes desiguales, ocupando los franceses una tercera parte en el Occidente. Sería injusticia no reconocer que la industria hizo grandes progresos desde que los franceses penetraron en la colonia. Los españoles, por su parte, procuraron seguir las huellas de los franceses. Aunque se acostumbra a decir que la esclavitud no era más suave y blanda en las colonias francesas e inglesas que en las españolas, y aunque un escritor de comienzos del siglo pasado añade que «si los ingleses dan mejor de comer a sus negros, los franceses les dan mejores vestidos»[352], siempre será una página de gloria en la historia de Luis XIV la publicación en favor de los negros de un edicto conocido con el nombre de Código Negro.
[350] Ced. índico, tomo XLI, núm. 180, págs. 238 y 238 v.ª
[351] Ibidem, tomo XLI, núm. 171, págs. 231 v.ª a 232 v.ª
[352] Historia de Santo Domingo, por D. V. A. E. P., pág. 29.
Desde Madrid y con fecha 14 de junio de 1713, Felipe V hubo de manifestar al presidente y oidores de la Audiencia de Santo Domingo, que sabía, por conducto del cabildo secular de Santiago de los Caballeros, que los franceses desde su colonia de la isla se extendían o penetraban en la parte española. Se quejaba del silencio de dicho presidente y añadía que había acudido en queja al rey de Francia[353]. Como los franceses poco a poco se fuesen internando más en la isla, se acordó trazar nueva línea divisoria, la cual hubo de realizarse el año 1776 por el gobernador de la parte española D. José Solano y bajo el reinado de Carlos III.
[353] Ced. índico, tomo XX, núm. 5, págs. 4 v.ª a 6.
Cambios radicales sufrieron las posesiones francesas, y, por consiguiente, la isla de Santo Domingo, con la gloriosa revolución de 1789. Pidióse a voz en grito la supresión de los abusos más graves. Mr. de Chilleau, gobernador entonces de Santo Domingo y hombre bondadoso por carácter é inclinaciones, intentó resistir las tendencias revolucionarias, más violentas que ordenadas, de los populares, teniendo al fin que ceder. Los colonos, tras largas deliberaciones, eligieron 18 diputados que les representasen en la Asamblea nacional; pero sólo seis obtuvieron el derecho de desempeñar cargo tan elevado.
Recordaremos que antes de esta época se habían suscitado en Francia y en Inglaterra vivas discusiones sobre la condición de los esclavos. Una sociedad se formó en Londres con el único objeto de exigir al gobierno la prohibición de importar negros en los dominios de la Gran Bretaña. Del mismo modo otra sociedad se constituyó en París con el título de Amigos de los Negros. Entretanto, la Asamblea nacional en su declaración de los Derechos del hombre (20 agosto 1789) había consignado el siguiente principio: «Todos los hombres nacen y mueren libres e iguales en derechos.» Como era natural, los hombres de color y los esclavos pensaron que era llegado el momento de su redención, mientras que los propietarios se prepararon a defender sus intereses. Los mulatos, no respetando los acuerdos de las asambleas establecidas en las tres provincias, una de ellas en la ciudad de Cabo Francés, se lanzaron a la insurrección, en tanto que los colonos, fuertes por sus riquezas, lograron el triunfo sobre los revoltosos. Por cierto, que las asambleas provinciales mostraron debilidad suma después de la victoria, decretando inmediatamente la libertad de los jefes del motín que se hallaban en las cárceles de Jacmel y de Artibonito. La Asamblea nacional, sin saber el camino que debía seguir, temiendo que los colonos proclamasen la independencia de Santo Domingo y no confiando en la prudencia y sensatez de la gente de color, decretó que las colonias no se regirían por la constitución que ella había promulgado para la metrópoli, disponiendo también que no se hiciera innovación alguna ni directa ni indirectamente en el sistema bajo el cual se habían gobernado hasta entonces dichas colonias, y, por último, autorizaba a los habitantes a exponer libremente sus sentimientos, ya en lo referente a un plan de legislación interior, ya en asuntos comerciales. Aunque la citada ley causó hondo disgusto a los negros y á sus protectores de Francia, reconocemos de buen grado que la Asamblea sólo se preocupaba de la conservación de la colonia.
Para tratar de administración interior se reunió una asamblea colonial el 16 de abril de 1790 en la ciudad de San Marcos. Grande fué el número de representantes, no distinguiéndose por el acierto ni a veces por la prudencia. Es verdad que el gobernador Mr. Peynier daba ejemplo de su carencia absoluta de condiciones para obrar en circunstancias tan difíciles. En cambio, el coronel Manduit era hombre de claro entendimiento y tan conocedor de la política general como de la particular de la colonia. El 28 de marzo terminó sus trabajos. Comenzaba la Constitución con un largo y difuso preámbulo, siguiendo el articulado en la forma siguiente:
«Art. I. El poder legislativo en lo que concierne al régimen interior de Santo Domingo, reside en la asamblea de sus representantes, establecidos en la asamblea general de la parte francesa de dicha Isla.
II. Ningún acto del cuerpo legislativo en lo perteneciente al gobierno interior, podrá ser tenido por ley definitiva, siempre que no sea ejercido por los representantes de la parte francesa de Santo Domingo, libre y legalmente elegidos.
III. Todo acto legislativo hecho por la asamblea general en el caso de necesidad urgente, en cuanto al régimen interior, será considerado como ley provisional; y en este caso se notificará el decreto al gobernador, quien en el término de diez días siguientes a la notificación lo hará promulgar y cuidará de su ejecución.
IV. Esta urgencia se decidirá por un decreto separado, que no podrá ser dado sino a mayoría de dos terceras partes de votos.
V. Si el gobernador general remitiese a la asamblea algunas observaciones sobre si conviene o no publicar algún decreto, se procederá a examinarlas; y tanto el decreto como las observaciones serán entregadas a la discusión en tres sesiones distintas. Los votos se darán por si o no; y el proceso verbal de la deliberación será firmado por todos los miembros presentes, señalando el número de votos así en favor de una opinión como de otra.
VI. Debiendo ser la ley el resultado del consentimiento de aquellos a quienes se impone, la parte francesa de Santo Domingo propondrá sus planes en cuanto á las relaciones comerciales y otras comunes, y los decretos que sobre esta materia diese la asamblea nacional, no serán ejecutados en la colonia, hasta que haya prestado su consentimiento la Asamblea general de sus representantes.
VII. No serán comprendidos en la clase de relaciones comunes de Santo Domingo con la Francia, los objetos de subsistencia que la necesidad obligare a introducir; y en cuanto a los decretos que se expidan sobre este asunto, se observarán todas las formalidades prescritas en los artículos 3.º y 5.º
VIII. Todo acto legislativo dispuesto por la asamblea general y ejecutado provisionalmente en el caso de necesidad urgente, será remitido a la sanción del gobierno francés.
IX. Cada legislatura de la asamblea se hará de dos en dos años, y la reelección de los miembros de cada legislatura será por todos votos.
X. La asamblea general decreta que los artículos anteriores como que hacen parte de la constitución de la parte francesa de Santo Domingo, serán remitidos sin detención a Francia para presentarlos a la aceptación de la asamblea nacional: serán además enviados a todas las parroquias o distritos de la parte francesa de Santo Domingo.»
No creemos que la Asamblea de San Marcos pensara erigir la colonia en estado independiente, aunque muchos le atribuyeron esta intención. Llegóse a decir que la colonia estaba vendida a los ingleses, y que los miembros de la Asamblea habían recibido y partido entre sí cuarenta millones como premio de la constitución que se les había dictado. Aumentaba la alarma de día en día. Muchos se dirigieron al gobernador pidiéndole la disolución de la Asamblea. Sucedió por entonces que el navío de línea Leopardo, y cuyo comandante era Mr. de la Galissoniere, había fondeado en la rada de Puerto Príncipe. Galissoniere quiso obsequiar con un banquete a Peynier y Manduit, invitando también a otros amigos de dichos jefes; pero los marineros se pusieron enfrente de su comandante, el cual tuvo que abandonar el barco. La Asamblea manifestó por escrito su agradecimiento a la tripulación, no sin añadir que el navío permaneciese en la rada hasta recibir órdenes ulteriores. Hasta tal punto quisieron los marineros mostrar su obediencia a la Asamblea, que fijaron el decreto en el palo mayor del buque. Con tales sucesos, coincidió el hecho de que los partidarios de la Asamblea se apoderasen de un almacén de pólvora en Leogano. Convencido el gobernador Peynier de que la Asamblea marchaba resueltamente a la independencia de la colonia, decretó la disolución de aquel cuerpo, acusando a sus miembros del delito de traición. Poniendo manos a la obra, ordenó al coronel Manduit que, al frente de cien soldados se dirigiera al pueblo de San Marcos y disolviese la Asamblea. En efecto, Manduit llegó a San Marcos y no pudo realizar sus designios porque los diputados estaban defendidos por 400 guardias nacionales. Llegaron a las manos, habiendo por parte de la Asamblea dos hombres muertos, y en ambos bandos muchos con graves y leves heridas. Logró Manduit apoderarse de la bandera nacional, si bien tuvo que retirarse sin haber conseguido la disolución de aquel alto tribunal.
Mientras disponía la Asamblea que el pueblo tomase las armas y viniera al socorro de sus representantes, y el navío Leopardo para dar aliento a los patriotas, anclaba delante de San Marcos, el partido del gobernador se reforzaba con tropas procedentes de la provincia del Oeste y con el auxilio que le enviaba la Asamblea provincial del Norte. Cuando se creía que la cuestión se iba a resolver en los campos de batalla, desbandáronse los diputados, y sólo 85 de ellos tomaron la determinación de embarcarse a bordo del Leopardo para Francia (8 agosto 1790). Semejante resolución se miraba por todos como noble sacrificio, digno de eterna admiración. Peynier y Manduit, no confiando en la fidelidad de los soldados franceses, se atrevieron a solicitar del gobernador de la Habana un refuerzo de tropas españolas.
Y pasamos a referir la vida y hechos del joven Santiago Ogés. Era Ogés natural de Santo Domingo e hijo de una mulata, propietaria de un plantío de café en la provincia del Norte, a diez leguas de Cabo Francés. Su posición desahogada le permitió mandar a su hijo a París para que recibiese instrucción superior a los de su clase y condiciones. Formó parte de la sociedad filantrópica de Amigos de los Negros, la cual reconocía como jefes al abate Gregoire, Lafayette, Brissot y Robespierre. Allí estudió los derechos del hombre y se empapó en la doctrina popular cuyos principios eran libertad, igualdad y fraternidad, al mismo tiempo que recordaba la miserable condición a que estaba sujeta la raza de color en América. Lleno de ilusiones, y más ambicioso que prudente, se embarcó para los Estados Unidos (julio de 1790), a donde llegó el 12 de octubre. Inmediatamente se dirigió al sitio donde un hermano suyo había reunido algunas armas y municiones. Los dos hermanos procuraron lanzar a la revolución a los mulatos, ganando a unos con promesas y a otros con dádivas. Apenas pudieron reunir 200 hombres y, con fuerzas tan escasas, se creyó el antiguo revolucionario de París que podía exigir al gobernador el cumplimiento de los artículos del Código Negro, y la igualdad de derechos de todos los habitantes dominicanos, amenazando, en caso contrario, con las armas. Situóse en el distrito llamado Río Grande, a cinco leguas de Cabo Francés, y habiendo nombrado por sus tenientes a dos hermanos suyos y a un tal Marcos Chevannes, se dispuso a la lucha, no sin cometer antes algunos excesos y crueldades que le enagenaron las simpatías, no solamente de los blancos, sino la de algunos mulatos. Atacados los insurgentes por un cuerpo de tropas regulares y el regimiento de Cabo, apenas hicieron formal resistencia, quedando en el campo considerable número de mulatos muertos, unos sesenta prisioneros, salvándose el resto en los bosques. Ogés, uno de sus hermanos, y Chevannes, se refugiaron en territorio español. Sin embargo de la tentativa desgraciada de Ogés, los mulatos tomaron las armas en todos los distritos, agrupándose en el cuartel de la Artibonita, en Petit-Goave, en Jeremías y en los Cayes, siendo el núcleo principal el que se reunió cerca de la villa de Verette. A su vez los blancos reconcentraron sus fuerzas en los contornos de la citada villa, viniendo también a su socorro el coronel Manduit, con 200 soldados del regimiento de Puerto Príncipe. No llegaron a las manos por la intervención amistosa de Mr. Manduit, quien gozaba de mucho prestigio entre los mismos mulatos.
Mr. Branchelande fué nombrado gobernador (noviembre de 1790), por renuncia de Mr. Peynier, el cual partió para Francia. Branchelande inauguró su mando pidiendo al gobernador español entregase la persona de Ogés y sus cómplices. Accedió con cierta debilidad la autoridad de España (últimos días de diciembre) y Ogés con sus compañeros fueron encerrados en la prisión de Cabo Francés. Formóse la correspondiente causa, pronunciándose sentencia (comienzos de marzo de 1791). El castigo no pudo ser más cruel y bárbaro. A Ogés y a Chevannes se les romperían los brazos y piernas, muriendo luego en la rueda; a un hermano de Ogés y a otros 19 se les condenó a horca.
El 13 de septiembre de 1790 los miembros de la Asamblea colonial desembarcaron en Brest, dirigiéndose en seguida a París. Antes habían llegado a la capital de Francia algunos diputados de la Asamblea provincial del Norte, quienes, unidos con los agentes de Peynier y Manduit, se atrajeron el ánimo de Mr. Barnave, presidente de las colonias. La causa, pues, de los miembros de la Asamblea colonial estaba juzgada de antemano, o lo que es lo mismo, estaba perdida para ellos. En el informe que presentó Barnave a la Asamblea nacional (11 de octubre), se censuraba en los términos más agrios la conducta de la Asamblea colonial desde su instalación en San Marcos, pidiendo, por último, la anulación de todos los decretos que salieron de ella y disolviéndola, no sin aprobar los hechos realizados por la Asamblea provincial del Norte, por el coronel Manduit y por el regimiento de Puerto Príncipe. Golpe tan rudo causó gran sorpresa en los habitantes de Santo Domingo, hasta el punto que los partidarios de los diputados declararon que no respetaban el acuerdo de la Asamblea nacional. A tal extremo llegaron las pasiones que hasta las mismas tropas que manifestaban amor y obediencia a Manduit, viéndose odiadas de la colonia, se convirtieron, en sediciosas y crueles, pues se atrevieron a asesinar a su citado coronel.
Hemos de recordar a este propósito que el coronel Manduit, en la acción del 29 de julio (1790), después de apoderarse de una bandera nacional, la llevó en triunfo; hecho que nunca le perdonaron las guardias nacionales, quienes se disponían a vengarse en la primera ocasión. De la enemiga de las guardias se hicieron solidarios los soldados del mismo regimiento de Manduit. Comprendiéndolo así el coronel, reunió a los suyos, les arengó enérgicamente y les dijo que por amor a la paz iba a devolver la bandera a las guardias. En medio de inmenso gentío cumplió lo que había ofrecido. Como si tanta humillación no fuera bastante, un soldado gritó lo siguiente: es preciso que él pida de rodillas perdón a las guardias nacionales. Todo el regimiento aplaudió la proposición. Entonces Manduit se dirigió contra los rebeldes, les echó en cara su mal proceder y presentó su pecho desnudo a la punta de las bayonetas. Aquellos miserables cayeron sobre el coronel, cuyo cuerpo atravesaron una y cien veces. Ni uno sólo se levantó a defenderle. Después arrastraron el cadáver, mostrando los soldados franceses que eran más crueles que los salvajes de América. Como era de justicia, castigóse la rebelión, siendo los soldados desarmados y llevados prisioneros a Francia.
Reinaba la anarquía en la colonia. Si en París clamaban en favor de los mulatos los revolucionarios Barnave, Brissot, Robespierre y Condorcet, en Santo Domingo numerosas turbas iban de una parte a otra cometiendo toda clase de crímenes. No respetaban ni el sexo, ni la edad, ni la clase de personas. Mataban, incendiaban y entraban a saco en las poblaciones. Las hermosas llanuras de la colonia se convirtieron en campo de desolación. Los mulatos dejaron de ser hombres para convertirse en fieras. Abusaban brutalmente de las mujeres a presencia de sus padres o de sus maridos.
El gobernador Blanchelande tuvo que cruzarse de brazos. De nada sirvió el decreto de la Asamblea nacional (15 mayo 1791), por el cual declaraba que todos los negros o mulatos residentes en las colonias tenían los mismos derechos que los ciudadanos franceses, pudiendo, por lo tanto, votar en las elecciones, y aun tener asiento en la Asamblea colonial. En tanto que los blancos estaban decididos a no respetar la mencionada declaración, los negros y mulatos se disponían a los mayores crímenes. Presintiendo el abate Gregoire lo que se preparaba por unos y por otros, publicó--con fecha 8 de junio de 1791--su famosa carta circular a las gentes de color de la Isla de Santo Domingo[354].
[354] Archivo de Alcalá de Henares.--Expediente relativo a la influencia de la revolución francesa en Ultramar y especialmente en Santo Domingo (1791).
Comenzaba del siguiente modo: «Amigos: vosotros érais hombres, ya sois ciudadanos y reintegrados en la plenitud de vuestros derechos; vosotros participaréis en adelante de la soberanía del pueblo. El decreto que la Asamblea nacional acaba de dar acerca de vosotros sobre este objeto, no es una gracia, es una justicia.» Más adelante añade: «Ciudadanos: elevad vuestras frentes humilladas; a la dignidad de hombres procurad reunir el valor, la fiereza de un pueblo libre. El 15 de mayo, día en que vosotros habéis reconquistado vuestros derechos, debe ser por siempre memorable para vosotros y para vuestros hijos: esta época despertará periódicamente una vez en el año los sentimientos de la gratitud hacia el Ser Supremo, y entonces podrán vuestros acentos herir la bóveda de los cielos, a los cuales levantaréis vuestras manos reconocidas.» Termina del siguiente modo: «Sepultad--dice a los mulatos--en un profundo olvido todos los resentimientos del odio; gustad los placeres deliciosos de hacer el bien a vuestros opresores, y suprimid hasta los ímpetus demasiado conocidos de una alegría que recordando sus yerros, aguzará contra ellos la punta del arrepentimiento. Religiosamente sumisos a las leyes, inspirad el amor de ellas a vuestros hijos; y que una educación cuidadosa desenvuelva sus facultades morales prepare a la generación que os sucederá ciudadanos virtuosos, hombres públicos y defensores de la patria. ¡Cómo se moverán sus corazones cuando conduciéndolos sobre vuestras riberas, dirigiréis sus miradas hacia Francia, diciéndoles: por aquellos parajes de allí está la patria vuestra madre; de allí es de donde nos ha venido la libertad, la justicia y la felicidad; allí están nuestros conciudadanos, nuestros hermanos y nuestros amigos; nosotros les hemos jurado eterna amistad. Herederos de nuestros sentimientos y afecciones, procurad que vuestros corazones y vuestros labios repitan nuestros juramentos! ¡Vivid, pues, para amarlos, y si aun fuese necesario, morir por defenderlos!»
Ni los colonos, ni las gentes de color hicieron caso de los prudentes consejos del abate Gregoire y comenzó guerra de exterminio, sin cuartel. Los colonos, los fabricantes, preveían la próxima ruina de sus negociaciones, la pérdida de sus capitales; la gente de color tomó otra vez las armas con nuevo furor, renovando las matanzas sin perdonar mujeres, ancianos ni niños. Parecía que todos estaban atacados de la más furiosa locura. Bastará decir que la noche del 22 de agosto mataron a todos los blancos que pudieron encontrar en los alrededores de Cabo Francés, desquitándose poco tiempo después el oficial francés Touzard, quien al frente de las milicias y de las tropas de la ciudad, marchó contra un cuerpo de cuatro mil negros, causándoles grandes pérdidas, si bien tuvo que retirarse ante el número cada vez mayor de los rebeldes. Es de advertir que si los mulatos nunca habían sido amigos sinceros de los negros, en esta ocasión unos y otros depusieron sus antiguos odios para unirse en amistad íntima contra los blancos. La ciudad de Puerto San Luis fué tomada y saqueada; la de Puerto Príncipe sufrió horroroso saqueo. En la historia de ningún pueblo se registran hechos tan execrables.
Terminaron sucesos tan tristes en los últimos días del año 1791. La Asamblea nacional, deseando llevar la tranquilidad a los espíritus y dar paz a la colonia, encomendó tan ardua misión a los tres delegados siguientes: Mirbeck, Romme y Saint-Leger. Desde que llegaron a la ciudad de Cabo Francés, todas las miradas se fijaron en ellos, aunque debemos confesar que sólo Romme era hombre de buenas costumbres, pues Mirbeck y Saint-Leger eran disolutos y codiciosos. Los comisarios hicieron publicar la nueva constitución francesa y revocaron el decreto de 15 de mayo. Blancos, mulatos y negros se pusieron luego enfrente de los comisarios, quienes hubieron de regresar a Europa.
No se adelantaba un paso para constituir tranquilamente la colonia. Organizóse una expedición de ocho mil hombres, que por el pronto algo contuvo la rebeldía de los bandos insurgentes. Con fecha 4 de abril de 1792 se declaró que los mulatos y los negros debían gozar inmediatamente de todos los derechos políticos. Para la ejecución del citado decreto de la Asamblea nacional se nombraron a los jacobinos Ailhaud, Santhonax y Polverel. Llegaron a Santo Domingo a mediados de septiembre. El gobernador Mr. Blanchelande fué llamado a Francia, siendo nombrado en su lugar Mr. Desparves. Inmediatamente que desembarcaron (13 septiembre 1792) los citados comisionados, comenzaron a entenderse con los hombres de color. Mientras que en París el tribunal revolucionario condenaba a muerte al antiguo gobernador Blanchelande, los comisarios suprimieron la Asamblea nacional, crearon en su lugar una comisión compuesta de doce miembros, seis blancos y seis de color, colocándose, por último, decididamente al lado de los mulatos y negros. Los colonos que se atrevieron a oponerse a los planes de los comisarios, tuvieron a la fuerza que rendirse (12 abril 1793) y fueron mandados a Francia como rebeldes.
En lucha el gobernador Desparves y los comisarios, aquél fué depuesto, sucediéndole Mr. Galbaud, que llegó a Cabo Francés el 7 de mayo. Tampoco pudieron entenderse Mr. Galbaud y los comisarios; pero el gobernador, hombre de carácter y enérgico, les intimó la orden de regresar a Europa. A su vez, los comisarios mandaron al gobernador que se embarcara para Francia y nombraron para sustituirle a Mr. Delasalle, que tenía el mando de Puerto-Príncipe.
Un hermano del gobernador depuesto, joven valeroso, se puso al frente de sus parciales, resuelto a vencer a los tres representantes del gobierno republicano o a morir en la demanda. También los colonos, en su odio a los comisarios, intentaron--según de público se dijo--el restablecimiento de la Monarquía, o mejor dicho, oponerse a los planes del gobierno de Francia. En efecto, el 20 de junio unos mil doscientos hombres penetraron en la ciudad de Cabo Francés y acometieron la casa del gobierno, residencia de los comisarios, siendo rechazados no sin sangriento combate. Los comisarios, deseando vengarse de sus enemigos, se echaron en brazos de los mulatos y negros. Las gentes de color, bajo las órdenes de un tal Macaya, penetraron el 21 del citado mes en la ciudad de Cabo y degollaron a todos los blancos que cayeron en sus manos, lo mismo a hombres que a mujeres, a viejos que a niños. Después incendiaron la población, reduciendo a cenizas gran parte. En otras provincias se realizaron horrores semejantes.
Ante tales hechos, más de diez mil personas buscaron refugio en los Estados Unidos, en Jamaica y en Inglaterra. Estos últimos, con la esperanza de recuperar sus propiedades, pidieron buques y tropas al gobierno inglés para conquistar a Santo Domingo, ofreciendo que todos los blancos correrían a ponerse bajo el pabellón británico. La proposición fué del agrado de los ingleses, y de ello dieron pruebas, ordenando al general Williamson, gobernador de la isla de Jamaica, que se apoderara de Santo Domingo. Contestaron los comisarios franceses a la orden del gobierno inglés proclamando la abolición de la esclavitud é invitando a todos los negros a reunirse bajo sus banderas. Si no se reunieron a los comisarios--y en ello obraron con cordura--se retiraron a los bosques, donde formaron numeroso ejército. Poniendo manos a la obra, el general Williamson se dispuso--seguramente engañado por las promesas exageradas de los colonos--a someter la isla de Santo Domingo. La primera división, compuesta de 677 soldados a las órdenes del teniente coronel Whiteloke (el mismo que en el año 1807 dirigió una expedición contra Buenos Aires), partió de Puerto Real en la Jamaica y desembarcó en el puerto de Jeremías (septiembre de 1793), de cuya ciudad se hizo dueño. La escuadra, mandada por el comodoro Ford, zarpó para el puerto de San Nicolás, del cual se apoderó. Continuó mandando refuerzos el general Williamson, llegando en una de estas expediciones el brigadier general Whyte, a quien sucedió luego el brigadier general Horneck.
Los comisarios de la República volvieron a Francia, confiados en que la gente de color, por el interés de defender su libertad, sostendrían la guerra contra los invasores.
Cuando la isla era presa de la guerra, del hambre, de la peste y de toda clase de calamidades; cuando se sucedían sangrientos combates, crueles asesinatos y horrorosos incendios; cuando se odiaban a muerte blancos y mulatos, colonos y negros, ingleses y franceses; cuando 1.200 familias, nacidas en la opulencia, se hallaban en la miseria y reducidas a vivir de la caridad pública; cuando más de diez mil rebeldes habían muerto a manos del verdugo, en el potro o en la rueda, apareció un hombre dotado de poderosa inteligencia y de valor extraordinario, digno por todos conceptos de fama universal. Llamábase Toussaint Louverture. Esclavo poco antes de uno de los colonos, las tropas de la isla proclamaron jefe al más ilustre representante de la raza negra. Al frente de los hombres de color y ayudado de los franceses, Toussaint Louverture peleó contra los ingleses aliados de los colonos. No esperaban las tropas británicas enemigo tan formidable. Los hombres de color eran dignos de medir sus armas con las mejores tropas inglesas, hasta el punto que en tres años de guerra no lograron ventaja alguna los soldados de la metrópoli.
[Ilustración: Toussaint Louverture.]
Verificóse en el año de 1795 un acontecimiento de capital interés. En el tratado de Basilea (22 de julio del citado año) celebrado por Carlos IV y la República francesa, siendo plenipotenciario del primero D. Domingo de Iriarte y de la segunda Mr. Francisco Barthelemy, en cambio de la restitución por parte de Francia de todas las conquistas que había hecho en territorio español, su Majestad católica «por sí y sus sucesores, cede y abandona en toda propiedad á la República francesa toda la parte española de la isla de Santo Domingo en las Antillas»[355].
[355] Articulo IX del Tratado de Paz de Basilea.
El gobierno francés, que había dispensado a Toussaint Louverture algunos auxilios, acabó por confiarle el mando en jefe de todas las fuerzas de la isla, con el título de general de la República. Merecía el jefe negro distinción tan señalada. Si los dos partidos fueron alternativamente vencidos y vencedores, la fortuna se puso al fin al lado de mulatos y negros, los cuales, además de la superioridad numérica, tenían, entre otras ventajas, las que les daba el clima y el completo conocimiento del país. Por lo que respecta a la disciplina militar, la gente de color adquirió muy pronto el conocimiento de la táctica europea. El resultado definitivo de lucha tan larga y sangrienta fué que en 1798 las tropas británicas no tuvieron más remedio que abandonar la isla, llevándose consigo a los colonos franceses que habían querido seguir la suerte de los ingleses. Celebróse el tratado el 9 de mayo de 1798, siendo firmado por Toussaint Louverture, jefe del ejército republicano, y por Maitland, brigadier general de los ejércitos de la Gran Bretaña. Adquirió Toussaint Louverture desde entonces poder ilimitado en la isla de Santo Domingo. Sus acertadas disposiciones dieron paz y orden a la isla. Restituyó sus propiedades a muchos de los antiguos colonos, protegió la agricultura y dió sabias medidas en favor de la industria y del comercio. Recorrió el territorio sometido a su dominación, cortando todos los abusos. Construyó edificios públicos y puso orden en la administración. Abrió las iglesias y restableció el culto católico como la religión del Estado. No hizo distinción alguna entre blancos, mulatos y negros; declaró terminantemente que la esclavitud no sería restablecida. Tuvo mucho cuidado en tener un ejército organizado de unos sesenta mil hombres.
No dejó de inspirar recelos en las colonias españolas la conducta del gobernador de Santo Domingo, según puede verse por la exposición de Guevara, dirigida desde Caracas el 13 de julio de 1801[356]. Toussaint, dueño de Santo Domingo a últimos del año 1801, era recibido en todos los pueblos de la isla en medio de aclamaciones entusiásticas. Los españoles residentes en la isla no tuvieron motivo alguno de queja, pues en todo manifestó tanta justicia como prudencia el ilustre gobernante que con tanta rapidez había logrado elevarse a la cumbre del poder.
[356] Archivo de Indias.--América.--Estado.--Audiencia de Caracas.--Leg. número 4.--1801 a 1803.
Pero el que había gobernado la isla hasta el citado año de 1801 como representante del gobierno francés, deseaba ser algo más. Era natural que pensara en la independencia de su país y con profundo talento a ello dirigió sus miras. Convocó una Asamblea, a la cual presentó un proyecto de constitución, que fué sancionado y promulgado el l.º de julio de 1801[357]. Declarábase en la constitución que la isla de Santo Domingo formaba parte de la República francesa, si bien estaría sometida a leyes especiales, confiándose su administración a un gobernador vitalicio con la facultad de designar su sucesor. Nombrado gobernador de la isla, reconoció inmediatamente la soberanía de Francia, solicitando que la metrópoli aprobase la constitución que se había dado en Santo Domingo. Sin embargo, no pocos espíritus suspicaces afirmaban que, a pesar de las protestas del jefe negro, la isla se había erigido en estado independiente.
[357] Redactaron dicho proyecto una junta de diez diputados, siete de ellos blancos y tres mulatos.
Es de lamentar que si antes de la citada Asamblea el general mulato Rigaud se opuso con las armas a los patrióticos planes de Toussaint Louverture, después, cuando Bonaparte, primer cónsul de la República francesa, se disponía a caer sobre Santo Domingo, la insurrección del sanguinario Flavila y en seguida la del general Moisés, sobrino de Louverture, pusieran en gran peligro, no sólo el orden, sino la vida y prosperidad de la isla.
En el mes de octubre de 1801, el primer cónsul dispuso que el ejército del Rhin, de cuyas ideas republicanas recelaba, se embarcase en poderosa escuadra para castigar a los dominicanos, deseosos de su independencia. Al general Leclerc, marido de una de las hermanas de Bonaparte, se le confió el mando de la expedición. Llegó a Cabo Francés el 2 de febrero de 1802. Encontrábase Toussaint Louverture en el interior de la isla; pero su segundo en el mando, el negro Enrique Cristóbal se negó a rendirse, huyendo precipitadamente después de incendiar la ciudad por varios puntos. En los siguientes términos, y con fecha 17 de febrero de 1802, publicó Leclerc una proclama desde su cuartel general de Cabo.
«Acabo de llegar aquí, en nombre del Gobierno francés, a traeros la paz y la felicidad; temía encontrar obstáculos de parte de los jefes de la colonia, por sus miras ambiciosas, y veo que no me he engañado. Estos jefes que anunciaban su amor a Francia en todos sus escritos, nunca pensaban ser franceses; hablaban de Francia, porque no creían llegase el momento de combatirla. A la sazón han sido descubiertas sus pérfidas intenciones. El general Santos (Toussaint Louverture) me había mandado sus hijos con una carta, diciéndome que deseaba, sobre todo, la felicidad de la colonia y estaría siempre bajo mis órdenes. En efecto, le mandé venir a mi presencia, ofreciéndole que sería mi Teniente general; pero, queriendo ganar tiempo, me respondió con frases ambiguas. Me encarga mi gobierno que ponga los medios para que reinen aquí la prosperidad y la abundancia. Si yo me dejase guiar por manejos astutos y pérfidos, la colonia sería teatro de larga guerra civil. Desde ahora entro en campaña para dar a conocer a ese rebelde la fuerza del gobierno francés; rebelde que ante los ojos de los buenos franceses habitantes en Santo Domingo, será considerado como un malvado e insensato. Los habitantes de la isla gozarán de libertad, y respetadas sus personas y propiedades. Así, pues, ordeno lo siguiente:
Articulo I. El general Santos Louverture y el general Cristóbal quedan fuera de la ley; y se previene a todos los ciudadanos que les persigan, les vayan al alcance y les traten como rebeldes a la república francesa.
II. Desde el día en que la armada francesa ocupe un cuartel, todo oficial, ya civil o ya militar, que obedeciere órdenes que no sean dadas por los generales de la república francesa, que yo mando en jefe, será tratado como rebelde.
III. Los agricultores que por ignorancia o engañados por las pérfidas insinuaciones de los generales rebeldes, hubiesen tomado las armas, serán tratados como niños, haciéndoles volver al cultivo, siempre que no hayan contribuído a excitar la sublevación.
IV. Los soldados de las medias brigadas que abandonasen el ejército de Louverture, formarán parte de la armada francesa.
V. El general Agustín Clervaux, que manda en el departamento de Cibao, y ha reconocido el gobierno francés y la autoridad del Capitán general, se mantendrá conservando su grado y comandancia.
VI. El General Jefe de Estado Mayor hará imprimir y publicar la presente proclama.--Leclerc.»
Si los franceses hicieron prodigios de valor, los negros se batieron desesperadamente. Las divisiones y los diferentes cuerpos de tropas franceses, tuvieron que vencer grandes dificultades a causa de las ventajas que proporcionaba a los rebeldes el conocimiento del terreno. Cuando las tropas de Louverture eran rechazadas en alguna acción, se retiraban a los bosques, donde encontraban seguro asilo. «No hay sitio alguno en los Alpes--escribe un historiador de aquellos tiempos--que pueda compararse con la aspereza de las simas y bosques de la isla de Santo Domingo»[358].
[358] Hist. de la isla de Santo Domingo, por D. V. A. E. P., pág. 252.
Después de luchar algún tiempo con la misma tenacidad y fiereza, se consideraron vencidos los insurgentes. Los jefes negros Maurepas, Cristóbal y Dessalines se sometieron a Leclerc. El mismo Santos Louverture, al verse abandonado de los suyos, rindió sus armas (1.º mayo 1802), declarando que se sometía a la autoridad del gobierno francés.
Dícese que la obediencia de Louverture no era sincera. Aguardaba que la época de los calores, y con ella la fiebre amarilla, viniera a debilitar a los vencedores. En efecto, la terrible enfermedad comenzó haciendo muchas bajas en el ejército francés, al mismo tiempo que se notaban agitaciones entre los negros. Contóse que habiendo sorprendido Leclerc algunas cartas, en las cuales Toussaint Louverture instigaba a los suyos a un levantamiento general, dispuso el general francés celebrar una conferencia con el antiguo dictador con la excusa de pedirle consejo sobre los medios que creía procedentes para que volviesen los negros escapados de los cultivos, como también sobre la elección de los puntos más a propósito para restablecer la salud del ejército. No sospechando Toussaint la celada que se le tendía, acudió a la cita rodeado de algunos soldados negros. Apenas llegó, fué acometido, desarmado y conducido prisionero a un navío de guerra (10 de junio) que partía para Brest. Parece ser que dijo las siguientes palabras: «Al derribarme, no han derribado más que el tronco del árbol de la libertad de los negros; pero quedan las raíces, que volverán a brotar, porque son profundas y numerosas.»
Inmediatamente que llegó a Francia, se le metió en un coche cerrado y se le condujo a la fortaleza de Joux. Después de diez meses de cautiverio, una mañana (27 abril 1803) fué encontrado muerto, sentado cerca del fuego, con la cabeza inclinada y con las manos apoyadas sobre sus rodillas. Contaba sesenta años. ¿Murió envenenado? Creemos que no. Acostumbrado al clima de las Antillas y a una vida activa, acabó con su existencia el invierno crudo de los Alpes y la reducida estancia de un calabozo. «Pero, ¿qué es la obscura agonía de un pobre negro para los narradores enternecidos del martirio exagerado de Santa Elena? Es cierto--añade el historiador francés Lanfrey--que la justiciera posteridad dirá que uno de esos dos hombres fué el redentor de su raza, y que el otro fué el azote de la suya.»
CAPITULO XXI
GOBIERNO DE CUBA.--PRIMEROS GOBERNADORES.--LOS CORSARIOS.--SOTO.--DÁVILA Y CHAVES.--PÉREZ DE ANGULO Y JACQUES SORES.--MAZARIEGOS, MENÉNDEZ, MONTALVO Y CARREÑO.--EL CAPITÁN GENERAL LUJÁN.--LOS CORSARIOS.--TEJADA Y EL INGENIERO ANTONELLI.--DRAKE EN AMÉRICA.--VALDÉS: LOS CORSARIOS: DIVISIÓN DE LA ISLA POR FELIPE III.--RUIZ DE PEREDA EN LA HABANA Y VILLAVERDE EN SANTIAGO.--ALQUIZAR, VENEGAS, CABRERA Y BITRIÁN DE BIAMONTE.--LOS HERMANOS DE LA COSTA.--LA ISLA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVII Y COMIENZOS DEL XVIII.--CÓRDOBA, BENÍTEZ DE LUGO, MARQUÉS DE CASA TORRES Y RAJA: ESTANCO DEL TABACO.--GUAZO Y LOS VEGUEROS.--GUERRA ENTRE ESPAÑA É INGLATERRA.--CAIDA DE LA HABANA.--LOS GENERALES CONDE DE RICLA Y BUCARELY.--EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS.--EL MARQUÉS DE LA TORRE: POBLACIÓN DE LA ISLA.--RESEÑA DEL GOBIERNO.--LOS RESTOS DE COLÓN EN LA HABANA.--HUMBOLDT EN CUBA.--COMIENZO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.--LOS REVOLUCIONARIOS.
Manuel de Rojas, a la muerte de Velázquez, desempeñó el gobierno interinamente hasta el 1525. Vino de España con el nombramiento de teniente gobernador, Gonzalo de Guzmán (abril de 1526), en cuyo tiempo algunas partidas de indios quemaron pueblos y cometieron toda clase de desmanes. El cacique Guamá, de Baracoa, pagó en la hoguera su enemiga a los españoles. Por el año 1538, entre abril y mayo, entró en el puerto de Santiago un corsario francés y atacó a un buque cargado de mercancías y mandado por Diego Pérez, natural de Sevilla. Cuéntase que cuatro días estuvieron peleando, a estilo caballeresco, retirándose una noche y con cierto sigilo el extranjero.
Además del gobierno de Cuba se concedió a Hernando de Soto, antiguo teniente general de Pizarro, el nombramiento de Adelantado de la Florida. Llegó a Santiago el 7 de junio de 1538, donde tuvo noticia que un pirata francés había saqueado é incendiado parte de la Habana, reembarcándose antes de que las autoridades pudieran organizar la defensa. Soto, para comenzar las fortificaciones de la Habana, pidió dinero al Emperador (julio de 1538). En seguida (últimos de agosto) se trasladó a la Habana, y habiendo dejado el gobierno de la isla a su mujer D.ª Isabel de Bobadilla, Soto a mediados de mayo de 1539, con 900 hombres y 350 caballos, marchó a la Florida, y allí, después de dos años de privaciones y de contínuos combates con los salvajes (privaciones y combates tal vez más desastrosos que los sufridos en las anteriores expediciones de Ponce de León y Pánfilo de Narváez) murió de fiebre siendo sepultado en medio del Mississipí, río que él había descubierto.
Juanes Dávila sucedió a Soto el 1544 y reparó el castillo de La Fuerza. Antonio de Chaves (1546) comenzó las obras para traer a la Habana las aguas del río Almendares y en su tiempo se estableció el primer ingenio, cerca de Santiago, habiéndose traido la caña de la Isla Española. Dávila y Chaves dictaron algunas disposiciones encaminadas a hacer cumplir las nuevas Ordenanzas de Indias, suprimiendo las encomiendas; pero tan buenos propósitos se estrellaron contra la influencia de los interesados.
Bajo el gobierno de D. Gonzálo Pérez de Angulo (1550-1556) el corsario francés Jacques Sores cayó sobre Santiago de Cuba (mediados de 1554), saqueando las casas y quemando algunos edificios; hecho que repitió al año siguiente en la Habana, de cuya ciudad se apoderó como también del castillo de La Fuerza, no sin que se resistiese y peleara con bravura Juan de Lobera, acompañado de cuatro arcabuceros y 12 vecinos. Pérez de Angulo, que había abandonado la plaza desde los primeros momentos, envió a un fraile para que entablase negociaciones con el corsario; pero él, entre tanto, a la cabeza de unos 300 hombres, penetró muy de madrugada en la población, sorprendiendo a los franceses y causándoles algunas bajas. Indignado Sores con la conducta del gobernador, hizo degollar a 31 prisioneros que tenía en La Fuerza, puso en precipitada fuga a los de Angulo y como despedida volvió a saquear e incendiar a la Habana.
Uno de los primeros cuidados del gobernador Diego de Mazariegos (1556-1565) fué fijar su residencia en la Villa de la Habana, «por ser el lugar de reunión de las naves de todas las Indias y la llave de ellas.» Coincidió el comienzo del gobierno de Mazariegos con la proclamación en la isla de Felipe II como Rey de España. Bajo el gobierno de Mazariegos intentó D. Tristán de Luna la conquista de la Florida, con cuyo objeto salió de Veracruz en 1559. Si él se volvió a los dos años sin haber conseguido nada, por el contrario, los franceses, más afortunados, consiguieron establecerse. Eran estos franceses hugonotes enviados por Coligny. No pudiendo Felipe II tolerar lo que él llamaba usurpación de su territorio--y que no había tal usurpación porque España jamás logró conquistarlo--y mucho menos permitir la propagación del protestantismo en América, dispuso que D. Pedro Menéndez de Avilés (con el título de Adelantado), ya famoso por haber limpiado de corsarios y piratas los mares, mandando (1556-1564) la Armada de la guarda de la carrera de Indias, dispuso, decimos, que el citado Menéndez acabase de una vez con los herejes que infestaban el hermoso país de la Florida. En efecto, el Adelantado dió buena cuenta de ellos, pues pasó a cuchillo, según refieren las crónicas, a unos 700 (1565). Fundó a San Agustín y continuó la conquista de la Florida.
En oposición Menéndez con el gobernador García Osorio, consiguió el nombramiento de gobernador de Cuba, cargo que ejerció mediante sus lugartenientes hasta 1573, en que tuvo que volver a España para encargarse de grandes aprestos navales.
Al poco tiempo de encargarse del gobierno D. Gabriel Montalvo (1574-1577) reaparecieron los corsarios en nuestras costas, pues Felipe II sólo pensaba en la organización de la Armada Invencible. Los corsarios exigieron rescate a las villas de Trinidad, Baracoa y San Juan de los Remedios.
Rechazó D. Francisco Carreño (1577-1580) a dos corsarios franceses que intentaron saquear a Bayamo, atendió a la defensa de la capital, perfeccionó las obras de la Zanja y mandó excelentes maderas para la construcción de El Escorial[359].
[359] A Carreño sucedió interinamente D. Gaspar de Torres.
Durante el gobierno de D. Gabriel de Luján, el primero que llevó el título de capitán general, sucedieron hechos importantes. El corsario francés Richard apresó, cerca del cabo de San Antón, una fragata de un tal Casanova. Después cayó Richard en una emboscada en el lugar que a la sazón se encuentra Manzanillo, y llevado a Bayamo, fué ahorcado con varios de sus compañeros. Un hijo de Richard, que consiguió escapar con una de las embarcaciones, pidió ayuda a otros corsarios, arrojándose todos sobre Santiago, en cuya ciudad, para vengarse del suceso de Bayamo, quemaron dos templos y muchas casas. Luján, comprendiendo que la ruptura de relaciones entre España e Inglaterra traería fatales consecuencias para nuestras colonias, activó la terminación del castillo de La Fuerza y mandó hacer otras obras defensivas en la Habana. Envió armas y pertrechos a diferentes poblaciones de la isla y organizó las primeras milicias de color. Se presentó por entonces el terrible corsario inglés Drake, el mismo que en el año 1585 organizó una armada de 20 naves con 2.300 hombres para saquear las poblaciones situadas en las costas americanas; tomó por asalto a Santo Domingo, que abandonó mediante la entrega de 7.000 libras; llegó a la Habana, que no se atrevió a atacar, pues se hallaba prevenida la guarnición, y siguió al puerto de Matanzas.
La expedición de Drake hizo comprender a Felipe II la necesidad de fortificar lo antes posible los puertos de las Indias, a cuyo objeto hubo de mandar a los ingenieros Juan de Tejada, maestre de campo, y a Juan Bautista Antonelli. El 1587 estuvieron en la Habana, donde señalaron los emplazamientos de los castillos del Morro y La Punta, y ordenaron el acopio de materiales. Comenzaron las obras en marzo de 1589, tomando entonces posesión del gobierno el capitán general Juan de Tejada. Tejada y Antonelli pudieron artillar, antes de tres años, las dos fortificaciones destinadas a guardar la entrada del puerto. La Habana, residencia de los gobernadores y estación de las flotas, comenzó a la sazón a ser de hecho capital de la isla, aunque de derecho lo era Santiago de Cuba. Además, a petición del cabildo, Felipe II (20 diciembre 1592) concedió a la Habana el título de ciudad, tomando por escudo de armas tres castillos y una llave en campo azul[360].
[360] Doña Mariana de Austria, madre de Carlos II, confirmó la citada concesión.
Después de la destrucción de la Armada Invencible (1588), en que Drake jugó papel tan importante, el famoso corsario organizó una escuadra, dirigiéndose a Puerto Rico, donde fué rechazado, y luego á Río Hacha, Nombre de Dios y Santa María, cuyas poblaciones saqueó y quemó. Apercibióse a la defensa de la Habana D. Juan Maldonado Barnuevo, gobernador de la isla, al mismo tiempo que Felipe II mandaba una escuadra a las órdenes de D. Bernardino Delgadillo de Avellaneda, no siendo nada de esto necesario, porque el pirata murió de enfermedad cuando se dirigía a Portobelo.
Justa fama mereció por sus victorias sobre los corsarios el gobernador de Cuba D. Pedro de Valdés (20 junio 1602), sobrino del dicho Adelantado Menéndez de Avilés. Antes de llegar a Cuba, ya había echado a pique tres barcos holandeses en la costa de Santo Domingo. A tal punto llegaron los atrevimientos de los corsarios que, hallándose en su visita pastoral Fray Juan de las Cabezas Altamirano, obispo de Cuba, fué preso con dos que le acompañaban, en una hacienda próxima a Bayamo, por el protestante francés Gilberto Girón. Conducidos al barco de los corsarios, que estaba anclado en lugar que al presente se encuentra Manzanillo, permanecieron allí ochenta días, al cabo de los cuales se presentó Gregorio Ramos y otros bayameses a rescatarlos. Observando Ramos que los corsarios estaban desprevenidos, cayó sobre ellos y les mató a machetazos. Durante el gobierno de Valdés, se dispuso por Felipe III la división de la isla en dos jurisdicciones: Habana y Santiago de Cuba. Ambas en lo gubernativo dependían de la Corte, en lo judicial de la Audiencia de Santo Domingo, y en lo militar Santiago reconocía la autoridad del capitán general de la Habana.
Cuando Valdés dejó el gobierno de Cuba (1607), vinieron a reemplazarle, en la Habana D. Gaspar Ruiz de Pereda, y en Santiago D. Juan de Villaverde. Desde Madrid (6 noviembre 1607) dijo Felipe III al gobernador y capitán general de Cuba, que «habiéndose visto en mi Junta de Guerra de las Indias la planta del Castillo del Morro de la dicha ciudad (Habana) y lo que D. Alonso de Sotomayor del mi Consejo de Guerra, y D. Pedro de Valdés, vuestro antecesor, me han informado de aquella fuerza y de las fábricas de ella, han parecido que es mucha la altura que por la traza que dió el ingeniero Juan Bautista Antonelli está designada en los baluartes que llaman de Austria, y Texada y la Cortina que está entre ellos; y así os mando que en lugar de los 12 pies que a el dicho Antonelli pareció convenir crecerlos sobre el cordón, crezcais tan solamente ocho pies...»[361] Tiempo adelante, desde Madrid (20 diciembre 1608) dijo el Rey al gobernador y capitán general de Cuba lo siguiente: «He holgado de entender que quedase ya acabada la muralla del Fuerte de la Punta...»[362]
[361] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico, tomo XLII, núm. 20, págs. 28-30
[362] Ibidem, núm. 41, págs. 62-64 v.ª
Posteriormente también desde Madrid (11 febrero 1609), en un escrito del Rey a Ruiz de Pereda, aquél censuró la conducta del anterior gobernador D. Pedro de Valdés[363]. Enemigos Ruiz de Pereda y el obispo D. Alonso Enríquez de Armendariz, el primero fué excomulgado por el segundo. En tiempo del gobernador Sancho de Alquizar ocurrió la crecida e inundación del Cauto (septiembre de 1616), ocasionando la formación de una barra, que obstruyó la boca del río, hasta entonces navegable. En una hacienda de Alquizar se formó después un pueblo que lleva dicho nombre.
[363] Ibidem, núm. 52, pág. 73.
D. Francisco de Venegas, por muerte de Alquizar, vino de capitán general (1620), en cuyo tiempo se verificó la proclamación de Felipe IV (16 julio 1621); también por entonces ocurrió en la Habana horroroso incendio y se perdió la flota del marqués de Cadereita.
Durante el gobierno de D. Lorenzo Cabrera, capitán general de Cuba, se hicieron importantes obras de fortificación en la Habana. En las aguas de las Antillas apareció una escuadra holandesa bajo las órdenes de Pitt Hein (junio de 1628), la cual logró apoderarse de casi todos los caudales de las flotas de Honduras y Veracruz mandadas por D. Alvaro de la Cerda y por D. Juan de Benavides. En el año siguiente de 1629 otra escuadra holandesa, que dirigía Cornelio Jols, bloqueó las costas de Cuba; pero no pudiendo atacar a la Habana, defendida por Cabrera, se volvió a Holanda.
En tiempo de D. Juan Bitrián de Biamonte, los holandeses intentaron apresar las flotas antes de reunirse en la Habana. Adquirieron por aquellos tiempos no poca celebridad los Hermanos de la Costa, asociación de hombres valerosos, especialmente franceses e ingleses. Dividíanse en piratas o demonios de los mares y bucaneros, ayudados por los filibusteros y habitantes de los campos. Los piratas llegaban de improviso a las poblaciones de la costa, las que saqueaban e incendiaban; y los bucaneros cazaban o robaban reses de las haciendas, para secar los cueros y ahumar las carnes, que vendían después a los filibusteros o contrabandistas, o cambiaban por viandas o tabaco a los habitantes o cultivadores de los campos. Los Hermanos de la Costa se establecieron desde 1623 a 1625 en la isla de San Cristóbal, una de las pequeñas Antillas, siendo expulsados de allí por poderosa escuadra dirigida por D. Fadrique de Toledo (1630). Volvieron a San Cristóbal, Martinica, San Martín y a la parte N. O. de Santo Domingo, donde se les unieron algunos holandeses. Arrojados de la última isla, pasaron a la inmediata de Tortuga, en la que se hicieron fuertes y consideraron como metrópoli o centro de la asociación.
En ocasión que los piratas se hallaban ausentes, D. Carlos Ibarra, que venía de España con una flota, desembarcó en la Tortuga y arrasó los caseríos y plantaciones, pasando a cuchillo los habitantes. De vuelta de Cartagena a España, el mismo Ibarra se encontró en alta mar con el holandés Cornelio Jols (a quien los españoles llamaban Pie de Palo), y después de fiera pelea en que ambos fueron heridos, se retiró el pirata, en tanto que el general español buscaba refugio en el puerto de Cabañas. Gobernaba en aquellos tiempos la isla de Cuba D. Francisco Riaño y Gamboa.
Cada vez, sin embargo, más poderosos los piratas de la Tortuga, dirigidos por Levasseur, fortificaron la isla y se pusieron bajo la protección de Francia, que les dió por gobernador a Timoleón de Fontenay. Entre los hechos que causaron más escándalo a la sazón, fué el saqueo que realizaron los piratas de la Tortuga en San Juan de los Remedios, de cuyo lugar se llevaron mujeres, esclavos y hasta las alhajas de la iglesia (1652). En 1654 las autoridades de Santo Domingo expulsaron a los bucaneros que habían vuelto a establecerse en sus costas y a los piratas de la Tortuga, y en 1655 los ingleses se apoderaron de la Jamáica. El año 1662 fué desastroso para la isla de Cuba, pues una expedición de ingleses de Jamáica desembarcó por Aguadores y, después de batir al gobernador D. Pedro de Morales en Las Lagunas, voló el castillo del Morro o San Pedro de la Roca y entró en Santiago, donde permaneció un mes. Obligados los ingleses por el hambre, se reembarcaron, no sin incendiar los edificios públicos y llevarse los cañones del Morro y las campanas de las iglesias. Del mismo modo, piratas franceses, mandados por Pedro Legrand, cuando los vecinos de Sancti Spíritus celebraban la Pascua de Navidad del año 1665, cayeron sobre la plaza, que saquearon e incendiaron.
Pero entre todos los piratas ninguno más famoso que Francisco Nau, el Olonés, (llamado así porque era natural de Arenas de Olone, en Francia). A su llegada de Francia estuvo primero en Haití y luego en la Tortuga. Con grandes apuros logró hacerse dueño de un barco. El Olonés era el terror de las colonias españolas. Cuando se le creía muerto en Campeche, apareció (últimos de 1667) con dos barcos en los cayos de San Juan de los Remedios. Noticioso de ello el gobernador Dávila, mandó una galeota de diez cañones con 90 hombres, dándoles el encargo de que ahorcasen a todos los piratas, menos al capitán, a quien conducirían preso a la Habana; pero sucedió todo lo contrario: el Olonés tomó la embarcación española y pasó a cuchillo los tripulantes. Lo mismo hizo el valiente pirata en la costa de Puerto Príncipe con una escuadrilla que desde Santo Domingo había venido en su persecución. Repitió sus depredaciones en Batabanó, Santo Domingo, Maracaibo, Puerto Cabello y Guatemala, acabando su vida a manos de los indios de Nicaragua[364]. El pirata inglés Enrique Morgan desembarcó en la bahía de Santa María con la idea de atacar la villa interior de Puerto Príncipe (1668). Sabedores sus habitantes de la presencia de Morgan, mientras unos huyeron a sus haciendas próximas, otros, con el alcalde a su cabeza, marcharon a pelear con los piratas. Muerto el alcalde con muchos de los suyos, Morgan penetró en la ciudad, la que abandonó cuando le entregaron 50.000 pesos y 500 reses saladas. Más cruel fué todavía Morgan en Portobelo, Maracaibo y Panamá, consiguiendo inmensas riquezas, con las cuales se retiró a Jamaica, donde desempeñó tres veces el cargo de gobernador. Diego Grillo, pirata cubano, tomó al abordaje un barco mercante que iba de la Habana a Campeche, y venció cerca del puerto, que a la sazón se llama de Nuevitas (1673) a un navío y dos fragatas que le perseguían. No lograron su objeto los piratas franceses Mr. de Franquenay y Mr. de Grammont, el primero atacando a Santiago de Cuba (1678) y el segundo a Puerto Príncipe (1679)[365].
[364] Véase Dr. Vidal Morales, Nociones de Historia de Cuba, pág. 84.
[365] Por entonces andaba ocupado Carlos II en otras cosas. Desde Aranjuez el Rey, con fecha 6 de mayo de 1678, se dirigió al gobernador y capitán general de la Habana, diciéndole que «de los pájaros que hay en esa isla me envieis el número que os pareciere de los nombrados Turpianes o Tigres, Chambergos, Mariposas, Cardenales, Cinzontes, Gorriones y de otros cualesquier pajaritos de canto, entregándolos al general o almirante de la flota de Nueva España, para que los traiga á estos Reynos, como se lo ordeno por despacho de la fecha de este, y de los que me remitieredes me dareis cuenta. Yo el Rey.--Por mandado del Rey nuestro Señor. Don José de la Veitia Linage. Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XXV, pág. 113 v.ª
Por aquella época (junio 1680) era gobernador y capitán general de Cuba D. Francisco Rodríguez de Ledesma y en octubre del mismo año desempeñaba cargo tan importante D. José Fernández de Córdoba[366]. El último de la serie de los grandes piratas, fué el holandés Lorenzo Graff (llamado por nosotros Lorencillo). Graff saqueó a Veracruz (1683), incendió a Campeche (1685), apresó varios barcos en las costas de Cuba y tomó parte en el doble saqueo de Cartagena (1697)[367]. Convencidas las principales naciones colonizadoras de América que era conveniente acabar con la piratería, se aliaron para ello Inglaterra, Holanda y España, cuyas naciones destruyeron los principales establecimientos, y, últimamente, lord Nerville acabó con ellos (1697).
[366] Cedulario índico, tomo XXV, pág. 181.
[367] Obispo de la Habana fué, hasta el año 1682, el Dr. D. Juan García de Palacios, quien «para evitar los pecados que se ocasionaban de concurrir hombres y mujeres juntos a las Estaciones y Procesiones de Jueves Santo en la noche, dispuso que las Iglesias se cerraran a las oraciones del jueves, y se abrieran el viernes al amanecer...» Ced. índ., tomo XXV, págs. 169 y 169 v.ª
Pocos años antes se verificó, por orden del gobernador D. Severino de Manzaneda (1690), la traslación de la villa de San Juan de los Remedios al centro del hato de Santa Clara. También el mismo gobernador trazó (10 octubre 1693) las primeras calles y plazas de la ciudad de San Carlos de Matanzas.
Alguna vida iban adquirir las colonias españolas en los primeros años del siglo XVIII. Por una parte la destrucción de la piratería, y por otra las nuevas ideas de la dinastía de Borbón contribuyeron algo al desarrollo material y moral. En tiempo de D. Diego de Córdova Laso de la Vega, capitán general de la isla desde el 1695 a 1702, fué proclamado Felipe V rey de España. Si durante la guerra de sucesión teníamos por enemigas en América las escuadras inglesas y holandesas, en cambio nos protegían las francesas, con cuyo auxilio pudimos conservar nuestras posesiones hispano-americanas y conducir a España el oro y la plata de dichas colonias. Sin embargo, estuvo en continua alarma la villa de Trinidad, mereciendo por su comportamiento el título y honores de ciudad, y en 1702, Carlos Gant, corsario inglés de Jamáica, al frente de 300 hombres, tomó y saqueó la villa de Casilda. El gobernador don Pedro Benítez de Lugo ordenó que se armasen dos compañías de milicias y algunos barcos en corso para rechazar análogas agresiones.
Por muerte de Benítez de Lugo (1702) se encargaron interinamente del gobierno de la isla los cubanos Chirino y Chacón, el primero de los asuntos políticos y el segundo de los militares. La escuadra aliada anglo-holandesa intentó que Chirino y Chacón proclamasen al archiduque Carlos, negándose a ello los bravos defensores de la plaza. Si la paz de Utrech (1713) llevó la tranquilidad a la colonia, en cambio, la piratería no se había extinguido completamente y el marqués de Casa Torres, capitán general de Cuba (1708-1716), tenía disgustadísimos a los cultivadores y comerciantes de tabaco.
La planta del tabaco, originaria de la América tropical, llevada del Brasil a Portugal, de Virginia a Inglaterra y de Cuba a España, comenzó a usarse en el siglo XVI y se generalizó su uso durante el XVII. Conocida la bondad del tabaco cubano sobre todos los demás, su cultivo fué cada vez mayor, de modo que en los primeros años del siglo XVIII había muchas vegas en los alrededores de la Habana, en Trinidad, Sancti Spíritu, Remedios, Bayamo, Holguín, El Caney y en otros puntos, sobresaliendo por su calidad el de Vuelta Abajo. Comprendiendo el gobierno de Felipe V que el tabaco podía proporcionar buenas ganancias a la Real Hacienda, dispuso que, por cuenta del Estado, se comprase en Cuba y se vendiese en Europa la mayor cantidad posible, encargando de la compra al capitán general D. Laureano de Torres, quien cumplió su encargo con tanta solicitud, que en 1708 hubo de mandar a España tres millones de libras, bien que no sin protestas de cultivadores y comerciantes.
El brigadier D. Vicente Raja (1716-1719)[368], sucesor del marqués de Casa Torres, trajo el encargo de establecer el estanco del tabaco o la compra de todo el tabaco que produjese el país, para elaborarlo en una fábrica establecida en Sevilla por el gobierno. Aumentó, como era natural, el disgusto de los cultivadores y comerciantes, viéndose obligado el gobernador a consultar a la Corte, cuya respuesta fué un Real decreto creando en la Habana una Factoría general para la compra del tabaco, con sucursales en Santiago, Bayamo, Trinidad y Remedios. A tal punto llegó la ira de los vegueros, que se amotinaron en la Habana, y mal lo hubiera pasado el brigadier Raja, si no se hubiese ocultado en La Fuerza, embarcándose después para España.
[368] Fué nombrado con fecha 19 de diciembre de 1715.--Cedulario índico, tomo XXVII, núm. 25, páginas 35 y 36.
Llegó el 1719 el gobernador D. Gregorio Guazo Calderón, y, después de establecer la factoría, procedió contra los sediciosos. Luego, como retardase la factoría la compra de algunas partidas de tabaco, volvieron los disgustos de los vegueros y sus preparativos de insurrección, que hubieron de calmar el conde de Casa Bayona y el obispo, los cuales habían obtenido (1720) del Rey, que los propietarios, una vez cubiertos los pedidos del gobierno, pudiesen vender el tabaco sobrante a las otras colonias y a los particulares de la metrópoli. Tres años después (1723), con motivo de haberse hecho algunas compras a precios inferiores a los de tarifa, se declararon en completa insurrección los vegueros de Santiago de las Vegas, teniendo el gobernador Guazo que echar mano a la fuerza, causándoles un muerto y 12 prisioneros. Los prisioneros fueron colgados de los árboles en Jesús del Monte.
Rotas nuevamente las relaciones entre España e Inglaterra y comenzadas las hostilidades en enero de 1727, el almirante Hossier amenazó a la Habana, que no fué atacada merced a los preparativos de defensa del gobernador Martínez de la Vega y merced a la oportuna llegada de la escuadra española. Posteriormente, declarada la guerra marítima entre las dos naciones rivales, la escuadra de Vernon atacó y tomó a Portobelo (22 noviembre 1739), cuya noticia llenó de júbilo a Inglaterra, aunque bien será decir que el almirante inglés sólo cogió en aquella plaza tres pequeños barcos y tres mil pesos en dinero. Tiempo adelante Vernon intentó apoderarse de Cartagena, que defendió bizarramente D. Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, teniendo el almirante inglés que abandonar la empresa y retirarse a la Jamaica. Buscando Vernon alguna manera de reparar el desastre sufrido en Cartagena, ayudado de un cuerpo de mil negros que sacó de Jamaica, concibió la idea de apoderarse de Cuba. No pudo lograr su objeto, viéndose obligado a retirarse y regresar a Inglaterra con unas pocas naves y algunas tropas desfallecidas (1741).
Tanto era el encono de Felipe V contra los ingleses, que por Real decreto, dado en El Pardo (abril 1743) imponía--según dice a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico--pena de muerte a todos los que comerciasen con los hijos de la Gran Bretaña, á la sazón sus enemigos[369]. Corresponden también al reinado de Felipe V las dos noticias siguientes: es la primera que furioso huracán destruyó (19 octubre 1730), gran parte de la ciudad de San Carlos de Matanzas[370], y la segunda autorizaba (Real cédula del 15 de diciembre de 1735, dada en el Buen Retiro) al conde de Casa Bayona para que fundase una ciudad con el nombre de Santa María del Rosario[371].
[369] Cedulario índico, tomo XXVII, núm. 26, págs. 36 v.ª y 37.
[370] Ibidem, tomo XXXI, núm. 16, pág. 11 v.ª y siguientes.
[371] Ibidem, tomo XXXI, núm. 19, págs. 18-19 v.ª
Fernando VI, en los comienzos de su reinado, se dirigió desde el Buen Retiro (27 septiembre 1746) al Rector de la Real Universidad de San Jerónimo de la Habana, diciéndole que mantuviese con el gobernador Juan Francisco Güemes y Horcasitas, la buena correspondencia y armonía que tanto importaba al bien público y común, y al particular de los indivíduos de dicha Universidad[372]. Un año después se dió gran combate delante de la Habana (12 octubre 1747) entre la escuadra inglesa mandada por Knowles, y la española que dirigía Reggio. Unas seis horas estuvieron peleando con singular arrojo y tenacidad; pero la victoria quedó indecisa. A los pocos días llegó la noticia de haberse firmado los preliminares de la paz de Aquisgrán (1748).
[372] Cedulario índico, tomo XXIX, núm. 126, págs. 316 v.ª a 320 v.ª
Dirigiendo--antes de continuar la reseña histórica de Cuba desde mediados del siglo XVIII--una mirada retrospectiva acerca del comercio, conviene saber que la Compañía Guipuzcoana, constituída en 1668--y de la cual hablaremos al estudiar Nueva Granada y Caracas--protegió mucho el tráfico. Del mismo modo en el citado lugar registraremos los asientos celebrados con la Compañía Real de la Guinea Francesa y con la Compañía Inglesa del Mar del Sur. El asiento que aquí debemos mencionar fué el que obtuvo D. Antonio Tallapiedra, comerciante de Cádiz, de acuerdo con el capitán general de la Habana D. Juan Francisco Güemes, y por el cual dicho industrial tenía el derecho exclusivo de suministrar cada año tres millones de libras de tabaco a la fábrica de Sevilla (1734 a 1739). Por último, la Real Compañía de Comercio de la Habana, formada de comerciantes y hacendados, por iniciativa de D. Martín Aróstegui y por influencia del citado gobernador Güemes, obtuvo el asiento exclusivo del tabaco (1739) y además el privilegio de exportar a España azúcares y melazas, maderas y cueros, y de importar harinas, lozas, etcétera. Obligóse la Compañía a construir barcos para la marina mercante y de guerra, sostener diez embarcaciones armadas para perseguir el contrabando, abastecer los buques de guerra que fondeasen en la Habana y hacer el tráfico entre la Habana y Cádiz. Gozaban del fuero de marina los empleados y dependientes de la citada Compañía[373].
[373] Ibidem pág. 97.
Por lo que respecta a Beneficencia, no pasaremos en silencio que don Gerónimo de Valdés, obispo de la Habana, hizo fundar en dicha población una casa para Cuna de niños expósitos, y por ello se le dieron las gracias el 15 de abril del año 1713[374].
[374] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XXII, núm. 218, págs. 218 y 219.
Tócanos referir uno de los acontecimientos tristes de la historia de España. Como consecuencia del famoso Pacto de Familia celebrado entre Carlos III de España y Luis XV de Francia (15 agosto 1761) comenzó la guerra entre Inglaterra y España, entre Jorge III y Carlos III (comienzos del año 1762). No ocultándose a Carlos III que la isla de Cuba iba a ser uno de los objetos preferentes de la codicia británica, envió en el año 1761 como gobernador a D. Juan de Prado Portocarrero, Mariscal de Campo. Acostumbraba a decir el pedante Prado las siguientes palabras: No tendré yo la fortuna de que los ingleses vengan. En sus comunicaciones al Monarca afirmaba que los ingleses no atacarían la isla, y si la atacasen, serían escarmentados. El que tales cosas decía, cuando el 6 de junio de 1762 vió al almirante Pocock al frente de poderosa escuadra, aturdido y confuso no sabía qué camino tomar. Entre tanto los ingleses desembarcaron el día 7 por la parte del Este, entre los ríos Nao y Cojimar, casi sin resistencia alguna, y el 11 se hicieron dueños de la Cabaña. Poco después ocuparon el castillejo llamado de la Chorrera, que abandonaron los españoles; pero la ciudad, en comunicación con el resto de la isla, recibía subsistencias de Puerto Príncipe, Trinidad y otras ciudades. Como la escuadra española nada podía hacer por su inferioridad a la inglesa, su artillería fué destinada a los fuertes, y los jefes y capitanes de navío pasaron a ser comandantes y gobernadores de los dichos fuertes. Entre los comandantes o gobernadores se hallaba D. Luis Velasco, a quien se le encargó la defensa del Morro. Colocó Velasco a envidiable altura el honor de España. Aunque por mar y por tierra vomitaban bombas y balas rasas 200 bocas de bronce sobre el Morro, el héroe impávido acribillaba las naves enemigas que cruzaban frente al castillo y se defendía de las baterías que los ingleses tenían colocadas en tierra. Ya llevaba treinta y ocho días de cerco. No era posible resistir más tiempo. Dieron el asalto los ingleses. Por ambas partes se peleaba con singular coraje. «El segundo comandante González--escribe el historiador inglés William Coxe--murió en la brecha, y el valiente Velasco, después de luchar denodadamente contra fuerzas superiores, mientras pudo reunir algunos soldados a la sombra de la bandera española, recibió herida mortal en medio de los vencedores, que admiraron su valor»[375]. Entre los que más lamentaron la desgracia del valeroso Velasco se hallaba el general inglés conde de Albemarle. Muertos los bizarros y nunca bastante alabados Velasco y marqués González, la plaza no tenía más remedio que capitular. La junta de autoridades, compuesta del capitán general Prado, del teniente general Conde de Superunda, del teniente rey D. Dionisio Soler, del general de Marina Marqués del Real Transporte, del Mariscal de Campo D. Diego Tabares, del comisario D. Lorenzo Montalvo y de los capitanes de Navío, aceptó la capitulación, quedando firmada el 13 de agosto de 1762.
[375] España bajo el reinado de los Borbones, cap. 61.
Del gobierno de la Habana se encargó lord Albemarle (14 agosto 1762), retirándose el almirante Pocock con la mayor parte de su escuadra. Albemarle tomó el título de capitán general: nombró gobernador a D. Sebastián Peñalver y Angulo, y juez civil a D. Pedro Calvo de la Puerta. Continuó la administración en la misma forma que antes; pero se permitió el libre comercio. Retiróse Albemarle en enero de 1763, dejando al frente del gobierno, de la parte inglesa de la isla, a su hermano Guillermo Keppel, y de la parte española ejerció el cargo D. Lorenzo Madariaga, gobernador de Santiago de Cuba. Por la paz de París (10 febrero 1763) España recobró la isla de Cuba, cediendo en cambio la Florida. Francia cedió el Canadá y otros países a Inglaterra. Como compensación de la Florida, Francia dió la Luisiana a España, que más que recompensa fué una carga.
El general D. Ambrosio Funes Villalpando, conde de Ricla, y el segundo cabo D. Alejandro O'Reilly, llegaron a la Habana el 6 de julio de 1763, encargándose del mando con gran contento de españoles y cubanos. Procedióse a la construcción de La Cabaña y a la reparación del castillo del Morro y del Arsenal. También volvió a ponerse en vigor, con disgusto de los naturales del país, el estanco del tabaco. Reorganizóse la administración en sus diferentes ramos, y muy especialmente el servicio de correos terrestres y marítimos. El comercio adquirió mayor desarrollo, haciendo cesar, en alguna parte, el régimen del monopolio. Siendo el conde de Ricla gobernador de Cuba, por Real decreto de Carlos III, dado en Madrid el 3 de julio de 1765, se hizo constar el bizarro comportamiento de D. José Antonio Gómez defendiendo de los enemigos la plaza de Guanabacoa[376].
[376] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XXIV, núm. 1.º, págs. 1 a 3.
D. Antonio María Bucarely (1766-1771) dió impulso a las obras de La Cabaña, terminó las del Morro y Atarés, comenzando las del Príncipe. Bucarely fué el encargado de cumplir el decreto de Carlos III acerca de la expulsión de los jesuítas (1767). Otros asuntos ocuparon también la atención del gobernador, y fueron: 1.º, los terremotos que en 1766 destruyeron gran parte de las poblaciones de Bayamo y de Santiago de Cuba; 2.º, el huracán llamado de Santa Teresa, que el 15 de agosto de 1768 causó grandes pérdidas en la jurisdicción de la Habana; 3.º, cumplimiento de la Real Cédula que con fecha 7 de junio de 1770 expidió el Rey dando las instrucciones convenientes a una Junta, ya establecida y compuesta, además del gobernador, del factor, contador y tesorero, para fomentar la siembra, cultivo y beneficio del tabaco[377]; 4.º, ayuda que tuvo que prestar Bucarely al general O'Reilly, encargado de someter a la soberanía de España la Luisiana. Después de tantos asuntos como tuvo que resolver Bucarely, pasó a encargarse del virreinato de México.
[377] Cedulario índico, tomo XXX, núm. 1.º, págs. 1 y 2.
El gobernador D. Felipe Fonsdeviela (1771-1777), marqués de la Torre, atendió al embellecimiento de la capital y de otras poblaciones. En la Habana emprendió la fábrica de la Casa del Ayuntamiento, la construcción de la Alameda de Paula, del Nuevo Prado y de otras obras; fuera de la Habana se realizaron no pocas construcciones en Matanzas, Santiago, Trinidad, Sancti Spíritus, Puerto Príncipe, Remedios y Villaclara. Como si esto fuera poco, echó los cimientos de Nueva Filipina, del nombre del gobernador, y que luego se denominó Pinar del Río, del sitio de su fundación. Al año siguiente (1773) se fundó el pueblo de Jaruco; y el 1775, a orillas del Mayabeque, la villa de San Julián de los Güines. Débese al marqués de la Torre el primer Censo de población de la isla de Cuba, que se terminó en 1774: resultó la población total de 172.620 habitantes (96.440 blancos, 31.847 libres de color y 44.333 esclavos). El Arsenal, cuyo jefe era D. Juan Bautista Bonet, de la misma graduación que el marqués de la Torre, recobró su antigua importancia, y de él salieron sólidas construcciones navales, entre ellas el navío Santísima Trinidad, de 112 cañones. Por último, en tiempo del citado gobernador, se fundó el Seminario de San Carlos en el primitivo Colegio de los Jesuítas, se exportó libremente el algodón y se disminuyeron los derechos de exportación sobre los azúcares, aguardiente, etcétera.
Refieren los historiadores que D. Diego José Navarro (1777-1781), aprovechándose de la guerra entre Inglaterra y sus colonias del Norte de América, apoyó al coronel D. Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, para que invadiese la Florida y se apoderara de las plazas de Mobila (1780) y de Panzacola (1781), volviendo de este modo á poder de España aquella colonia, que, como sabemos, fué cedida á Inglaterra en cambio de la Habana. En tiempo de Navarro se puso en vigor la Ordenanza para el libre comercio con las colonias.
El cubano D. José Manuel de Cagigal sucedió a Navarro desde 1781 a 1783. Después gobernaron la isla D. Luis Unzaga, el conde de Gálvez y otros. Los inmediatos sucesores de Gálvez tuvieron el carácter de interinos.
El teniente general D. Luis de las Casas se hizo cargo del Gobierno y Capitanía general de Cuba el 9 de julio de 1790, presentando su dimisión y entregando el mando el 6 de diciembre de 1796. Le ayudaron en su obra regeneradora D. Juan Bautista Vaillant, gobernador de Santiago de Cuba; D. José Pablo Valiente, intendente de Hacienda, y los ilustres cubanos Dr. Ramay, D. Francisco de Arango y otros. Progresó la instrucción pública, las artes y la industria, se mejoraron muchas poblaciones y se crearon establecimientos benéficos. Con motivo del desbordamiento de los ríos, ocurrieron grandes inundaciones en la parte occidental de la isla, en particular en las cercanías de la Habana y Pinar del Río. Casas socorrió generosamente a los campesinos más perjudicados e hizo reconstruir los puentes arrasados por las aguas. Vió la luz, merced al apoyo de Casas, la primera publicación literaria y económica, que se intituló el Papel Periódico, y en el cual colaboraron el mismo capitán general, el presbítero Caballero, el Dr. Romay y el poeta Sequeira. Fundáronse en Santiago de Cuba y en la Habana Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, Casa de Beneficencia y Real Consulado. Como consecuencia de la insurrección de Haití (1791) y de la cesión que España había hecho del resto de la isla a Francia, en virtud del tratado de Basilea (1795), vinieron á Cuba muchos inmigrantes franceses y españoles, los cuales, con sus conocimientos y laboriosidad, enriquecieron su nueva patria. Como era natural, los restos de Cristóbal Colón, que descansaban en la iglesia catedral de Santo Domingo, se trajeron a Cuba en el navío San Lorenzo y se depositaron en la catedral de la Habana (15 enero 1796), para ser trasladados en 1898 a nuestra ciudad de Sevilla, en cuya catedral descansan.
Encargóse del gobierno D. Juan Bassecourt, conde de Santa Clara (1796-1799), cuando Carlos IV celebraba alianza ofensiva y defensiva con el Directorio francés. Tuvo España que pelear con Inglaterra, y si en Cuba pudo resistir los ataques de sus enemigos, el resultado de la enconada lucha fué la pérdida de la isla de Trinidad, de una parte de la escuadra y la casi ruina de su comercio.
Sucedió al conde de Santa Clara, D. Salvador de Muro y Salazar, marqués de Someruelos (1799-1812). D. Sebastián de Kindelán ocupó el gobierno de Santiago de Cuba y D. Luis Viguri la Intendencia de Hacienda. Habiendo terminado la dominación de España en Santo Domingo, se dispuso que la Audiencia se trasladase a Puerto Príncipe, comenzando a funcionar el 30 de junio de 1800. Justo será consignar que en los primeros días del siglo XIX llegó a Cuba el nunca bastante alabado barón de Humboldt, quien publicó el Ensayo político sobre la isla de Cuba (1826), hermosa síntesis de la geología, clima, población, industria y rentas públicas de la gran Antilla. Dicha fué también para Cuba la venida (24 febrero 1802) del obispo de la Habana, el ilustre Díaz de Espada, sucesor de Tres Palacios. Díaz de Espada embelleció la catedral; prestó eficaz auxilio a la Casa de Beneficencia, a los Hospitales y al Manicomio; contribuyó con una suma bastante considerable a la fundación del primitivo cementerio de la Habana, aboliendo la costumbre de enterrar en las iglesias. Hombre el obispo de tanta cultura como de espíritu liberal, fundó muchas escuelas en las ciudades y en los pueblos. Fué Director de la Sociedad de Amigos del País, reformó el Seminario de San Carlos y el Asilo de San Francisco de Sales. Si, como antes hemos indicado, la Audiencia de Santo Domingo se trasladó a Cuba, del mismo modo el arzobispado de aquella Antilla, con todos sus títulos, facultades y prerrogativas, pasó, por Breve pontificio de 16 de julio de 1804, a Santiago de Cuba, quedando como sufragáneos suyos los obispados de la Habana y Puerto Rico. También por entonces el insigne médico Dr. Romay dió a conocer y aplicó la vacuna como preservativo de la viruela, debiéndose de notar que cuando Carlos IV comisionó al Dr. Balmis para difundir el citado preservativo, ya había sido aplicado ventajosamente.
Además de los emigrados de Santo Domingo y de Haití, que acudían a Cuba donde se les brindaba con feraces tierras (1802), llegaron, después del fracaso de la expedición mandada por Bonaparte para recuperar aquellas colonias, unos 30.000 franceses, quienes se establecieron en Santiago de Cuba, Baracoa, Guantánamo y en otros puntos, consiguiendo hacer de terrenos incultos haciendas productivas. El tabaco, el algodón y todos los productos aumentaron considerablemente; pero ninguno como el café, hasta el punto que, si en 1804 se elevó la exportación a 12.500 quintales, en 1833 llegó a 642.000.
Los graves acontecimientos ocurridos en España con motivo de la invasión de los franceses y después por la guerra de la Independencia, repercutieron, como era natural, en las Indias. Es de lamentar que el fanatismo patriótico de muchos llegase al extremo de asaltar las casas de pacíficos y laboriosos franceses, siendo unos asesinados y otros expulsados del territorio. Aunque se intentó la formación de una Junta como las de Sevilla y otras provincias de España y América, la idea fué combatida en periódicos y folletos. Por su parte la Junta Central de España encargó (18 febrero 1809) al gobernador de Cuba, procurase cultivar las relaciones--pues era conveniente--con el negro Enrique Cristóbal, presidente y generalísimo de Haití[378].
[378] Arch. de Indias.--Estado.--Santo Domingo,--Leg.º 12. (84).
A la sazón llegó a la Habana el joven mejicano Manuel Rodríguez Alemán con pliegos para las autoridades y otras personas invitándolas a declararse por José Bonaparte; aquél pagó cara su imprudencia, pues fué preso como espía y ahorcado el 30 de julio de 1810. Pasados dos años se descubrió la conspiración que tramaba José Antonio Aponte, deseoso de la emancipación de su raza; Aponte mereció la pena de horca con 8 de sus cómplices.
En sus últimos años de gobierno reconoció el marqués de Someruelos la Junta Suprema Central y gubernativa de España y de las Indias establecida en Aranjuez y dirigió las elecciones de los primeros diputados a Cortes por Cuba (1810), los cuales fueron Jáuregui y O'Gabán, sucediendo al último Arango y Pareño.
Tuvo la satisfacción D. Juan Ruiz de Apodaca de que en su tiempo se jurase en la Habana (21 julio 1812) la Constitución de Cádiz. En dicho Código político se concedían iguales derechos a españoles y americanos. Posteriormente, habiendo vuelto a España Fernando VII y con él el gobierno absoluto, Cuba pasó pacíficamente de uno á otro régimen. Los cubanos tuvieron que agradecer al Deseado que, por decreto de 10 de febrero de 1818, se concediese a los puertos de la isla el libre comercio con todos los mercados extranjeros.
El excelente político y general D. José Cienfuegos llegó a Cuba (1816) acompañado del superintendente de Hacienda D. Alejandro Ramírez, ya conocido ventajosamente en Guatemala y Puerto Rico. Ramírez odiaba la esclavitud, combatió el contrabando, llegó a duplicar (1820) las rentas públicas, y apoyó los planes del antes citado Arango, no sólo en la concesión del libre comercio, sino en el desestanco del tabaco y otras reformas. Tomó parte activa en la fundación de Cienfuegos[379] y también influyó en el progreso de las colonias de Nuevitas, Guantánamo y El Marcial. Como Director de la Sociedad Patriótica, estableció la sección de educación primaria, la Academia de Dibujo y Pintura, que se denominó de San Alejandro, en honor del fundador; el Jardín Botánico, las cátedras de Anatomía y Botánica, y proyectó la de Química.
[379] El fundador fué el coronel Luis de Clouet, rico emigrado de Luisiana (1819.) Clouet con 40 familias estableció la colonia Fernandina de Jagua, que dió origen a la ciudad de Cienfuegos.
Un hecho importantísimo que honra a Inglaterra se verificó por entonces y fué el convenio celebrado con España el 1817, el cual consistía en el compromiso de nuestra nación de impedir el tráfico de esclavos africanos, a partir del 30 de mayo de 1820; pero sin embargo de las protestas y reclamaciones de Inglaterra, la nación española continuó haciendo expediciones más o menos clandestinas.
Bajo el débil gobierno del general D. Manuel Cagigal se juró en la Habana, bien a pesar suyo, la constitución de Cádiz, que en España, Riego, Quiroga y otros habían proclamado en las Cabezas de San Juan (1.º enero 1820).
D. Nicolás Mahy sucedió en marzo de 1821 a Cagigal. En su tiempo las logias masónicas y las sociedades secretas (La Cadena, Los Soles, Los Comuneros y Los Carbonarios) tuvieron verdadera influencia. Formaban las dos primeras cubanos partidarios de la independencia, la tercera españoles adictos al gobierno y la cuarta estaba constituída por hombres conciliadores. El general Mahy se opuso tenazmente a que se implantase la ley de Aranceles, contuvo el lenguaje violento de la prensa, reorganizó las milicias y mantuvo la disciplina militar.
Encargóse del poder el brigadier D. Sebastián Kindelán, por muerte de Mahy, en julio de 1822. En las elecciones para diputados a Cortes (legislatura de 1823) salieron triunfantes el sacerdote y filósofo Félix Varela, D. Leonardo Santos Suárez y D. Tomás Gener.
A ponerse al frente del gobierno de Cuba vino a la isla (2 mayo 1823) el general D. Francisco Dionisio Vives. Si en España reinaba la anarquía, en Cuba se entusiasmaban con los hechos realizados por Bolívar y los demás generales revolucionarios. Vives se apoderó de los documentos de la sociedad secreta Soles y Rayos de Bolívar (que aspiraba a establecer la República de Cubanacán), reduciendo a prisión al habanero Lemus, jefe de la conspiración, y a los más comprometidos, entre ellos Peoli, Junco, Silveira, el Dr. Hernández y los poetas Heredia y Teurbe. El 3 de mayo de 1823 se mandó Real orden reservada a los jefes políticos de Cuba y Puerto Rico, encargándoles cierta vigilancia para si llegase allí D. José Mariano Méndez, diputado a Cortes que fué por Sonsonate, el cual había circulado un manifiesto o proclama, impreso en la península, con el intento de separar las islas de Cuba y Puerto Rico de la dominación española[380]. De los presos citados anteriormente, el gobernador Vives se contentó con desterrar a unos y con imponer multas pecuniarias a otros. Restablecido en España el gobierno absoluto por Fernando VII, Vives siguió el ejemplo de su Rey (diciembre de 1823). Con más encono que antes volvieron las conspiraciones, teniendo Fernando VII que conferir a los capitanes generales de Cuba, con fecha 28 de mayo de 1825, las facultades extraordinarias de los gobernadores de plazas sitiadas. No se amedrentaron por ello los revolucionarios, quienes comisionaron a Iznaga, Bentancourt (El Lugareño) y otros para que se marchasen a Venezuela y pidiesen apoyo al libertador Bolívar. La entrevista no llegó a verificarse por entonces; pero Iznaga, en su segundo viaje, verificado el año 1827, logró sus deseos.
[380] Arch. de Indias.--Estante, 100.--Cajón, 6.--Leg.º 16 (53).
Es de advertir que antes de la entrevista que, después de todo, no dió resultado alguno, los emigrados cubanos constituyeron una Junta en México, que tenía por objeto trabajar por la independencia de Cuba y Puerto Rico (1825). Un año después se reunió en Panamá una Asamblea general de las naciones hispano-americanas para tratar, entre otras cosas, de la emancipación de las citadas islas; mas, ya por el poco entusiasmo con que acogió la idea Bolívar, ya por la oposición de los Estados Unidos, pensando tal vez que Cuba, siguiendo el ejemplo de las repúblicas hispano-americanas, decretaría la libertad de los esclavos, cuyo hecho podía ocasionar perturbaciones en los Estados del Sur de la gran República, lo cierto es que nada se hizo. Los separatistas no cejaban en su empeño: Francisco de Agüero y el pardo Andrés Manuel Sánchez fueron sorprendidos en un ingenio de Camagüey y condenados, como espías de los enemigos de España, a la pena de horca, en Puerto Príncipe, el 16 de marzo de 1826. Agüero y Sánchez fueron los primeros mártires de la independencia de Cuba. Desde México, los revolucionarios cubanos, expatriados en aquella República, no dejaban de avivar el fuego sagrado de la independencia. Esta vez las logias masónicas de la Legión del Águila Negra, se entendían desde México con los patriotas de Cuba para conseguir la independencia. Descubierta la conspiración (1830) y presos los principales, se les condenó a muerte por la Comisión Militar, teniendo la dicha de ser indultados con motivo del nacimiento de Isabel II; sólo sufrieron destierros y multas.
Durante el gobierno de Vives se dividió la isla en tres departamentos militares: Occidental, Central y Oriental; se formó nuevo censo de población[381] y se hizo el mapa de Cuba (1827). En su política progresiva le ayudó D. Claudio Martínez de Pinillos (después conde de Villanueva), superintendente general de Hacienda, quien aumentó las rentas públicas, ayudó a la construcción del acueducto de la Habana, habilitó algunos puertos para el comercio extranjero e influyó para la introducción de las máquinas de vapor en los ingenios. También se deben al gobierno de Vives, y por iniciativa de Pinillos, la fundación de Cárdenas (8 marzo 1827), el establecimiento de un presidio en la Isla de Pinos y la fundación de Nueva Gerona (1830). Entre otras obras de utilidad pública citaremos el puente de Marianao, la Casa de dementes de San Dionisio y el Templete, inaugurado en 1828, en la plaza de Armas, de la Habana[382].
[381] Dió un total de 704.487 habitantes: 311.051 blancos, 106.494 de color, libres, y 286.942 esclavos.
[382] Colocóse junto al obelisco que D. Francisco Cagigal erigió en 1754 para consagrar aquel sitio, donde, según la tradición, se dijo la primera misa bajo una ceiba, año 1519.
Las letras y las ciencias, como más adelante mostraremos, progresaron mucho en la primera mitad del siglo XIX, figurando á la cabeza de todos el insigne filósofo D. Félix Varela. Continuaron su obra Saco, Luz y Caballero y otros.
Hemos de lamentar lo extendido que se hallaba el vicio del juego. El país estaba lleno de vagos, de ladrones y de asesinos, siendo peligroso, aun en la misma capital de la isla, salir de noche a la calle. Parece ser que como uno dijese a Vives que no había seguridad alguna de noche, contestó: «Pues que hagan lo que yo, que me quedo de noche en casa y no salgo a la calle.»
D. Mariano Ricafort sucedió en 1833 a Vives, y en su tiempo un barco procedente de los Estados Unidos, llevó el cólera a la isla. En cambio, daremos la grata noticia de que el conde de Villanueva, superintendente de Hacienda, pudo conseguir, como presidente de la Junta de Fomento, que se construyera el ferrocarril de la Habana a Güines, mucho antes de que en la metrópoli se estableciese ese medio de comunicación. Cuando en España, muerto Fernando VII, comenzó la terrible guerra civil, y cuando el gobierno de Madrid proclamó en Cuba el Estatuto Real, vino el general Tacón a suceder a Ricafort (1.º julio 1834).
El general Tacón, decidido absolutista, no implantó en Cuba las libertades concedidas a la nación española. Espíritu suspicaz creyó ver en todas partes la tea revolucionaria para lograr la independencia de la Antilla. De opuestas ideas que el general Tacón era el gobernador de Santiago de Cuba D. Manuel Lorenzo. Jurada en Madrid la Constitución, a consecuencia del motín de la Granja (1835), Lorenzo la hizo jurar en Santiago de Cuba. Irritóse por ello Tacón, hasta el punto de mandar una expedición contra Santiago, viéndose obligado Lorenzo a embarcarse para España. También pudo conseguir Tacón que las Cortes españolas de 1837, no admitiesen como Diputados a los elegidos por Cuba, los cuales eran Saco, Acebedo, Montalvo y de Arnas, fundándose en que las islas de Cuba y de Puerto Rico se regían por leyes especiales. Sabiendo el gobernador de Cuba que Saco y Narciso López conspiraban en España para alcanzar la independencia de la isla, hizo prender a varios cubanos pensando que estaban en relaciones con aquellos, quienes no lograron su libertad hasta que, relevado Tacón, la decretó su sucesor el general Ezpeleta (1838). No seríamos justos si guardásemos silencio acerca de las buenas cualidades de Tacón: era honrado e íntegro; persiguió a los jugadores, vagos y ladrones; restableció la seguridad personal, disciplinó el ejército, reorganizó la policía, estableció los cuerpos de serenos y bomberos, y realizó obras de utilidad y ornato (los Mercados, la Pescadería, el Gran Teatro, la Alameda de Isabel II, y otras).
El teniente general D. Joaquín de Ezpeleta comenzó su gobierno el año 1838, sucediéndole D. Félix Girón, príncipe de Anglona. Después ocupó cargo tan importante el general D. Jerónimo de Valdés. Entre Valdés y el cónsul inglés David Turnbull, las relaciones fueron tan poco amistosas, que el primero consiguió del gobierno de la Gran Bretaña la separación del segundo, tal vez con alguna razón. Y decimos con alguna razón, porque Turnbull era más amigo de los separatistas que de los españoles. Volvió Turnbull a la isla con un pasaporte de un cónsul español; pero Valdés le hizo prender y le embarcó en un buque británico (1842). Tanto disgustó a la Sociedad Patriótica que uno de sus indivíduos fuese tratado de aquel modo, que D. José de la Luz y Caballero, presidente de aquella Sociedad, protestó enérgicamente, logrando con el apoyo del sabio naturalista Poey y otros, que el nombre de Turnbull no se borrase de la lista de los socios y entre ellos permaneció hasta que el nuevo capitán general D. Leopoldo O'Donnell dispuso su eliminación «porque era un enemigo declarado del país.»
O'Donnell renovó la política tiránica y bárbara de Tacón. Descubrióse--según todas las señales--vasta conspiración en Matanzas, conspiración de la escalera, porque los presos, atados a una escalera, declaraban a fuerza de látigo. Víctimas de la conspiración fueron el poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Santiago Pimienta y otros, los cuales sufrieron la pena de muerte (28 junio 1844) en Matanzas, en el paseo de Santa Cristina, frente al hospital de Santa Isabel.
D. Federico Roncali (1848-1850) tuvo que combatir fuerte insurrección. Al frente de los revolucionarios se puso el general Narciso López, natural de Venezuela. Desde muy joven se había distinguido en el ejército español, ora peleando en el Sur América, ora en la península, defendiendo los derechos de Isabel II. Ya General, vino a Cuba a las órdenes de O'Donnell, desempeñando varios cargos gubernativos, entre ellos el de teniente gobernador de Trinidad, que le quitó el mencionado O'Donnell (1843), no fiándose de su amor a España. En el primer año del gobierno de Roncali, Narciso López se puso a la cabeza de la conspiración, que, descubierta, tuvo que refugiarse en los Estados Unidos, donde, con la ayuda de Sánchez Iznaga, Villaverde y otros emigrados, trabajó por la independencia de la Isla. Tomó parte desde entonces en todas las expediciones de los separatistas e intervino en la política seguida por las Sociedades organizadas en Cuba y por el Consejo Cubano establecido en New-York. Los revolucionarios se dividieron en dos partidos: uno quería la independencia de Cuba y otro su anexión á los Estados Unidos. En aquel tiempo el gobierno de los Estados Unidos ofreció 100 millones de pesos a España por la Isla de Cuba. Decidido Narciso López a jugar el todo por el todo, a la cabeza de unos 600 hombres bien armados, salió de New Orleans y se dirigió a Cuba en el vapor Creole y dos barcos de vela. El 19 de mayo de 1850 desembarcó en Cárdenas, ondeando por primera vez en la Perla de las Antillas la bandera de la estrella solitaria. Aunque consiguió que la guarnición se le rindiese, causóle profunda pena la actitud pasiva de los cubanos, tan pasiva que sólo se le unió el portorriqueño Felipe Gotay. En la lucha que sostuvo en las calles de Cárdenas con los lanceros que acudieron de Lagunillas, mandados por el teniente D. José María Morales, murió de los nuestros el sargento Carrasco, a quien la patria, agradecida, algún tiempo después hizo levantar un monumento en La Cabaña.
Vino de gobernador y capitán general D. José Gutiérrez de la Concha (mes de noviembre del año 1850), decidido a castigar con mano de hierro a los enemigos del gobierno de la metrópoli. Porque la ciudad de Puerto Príncipe solicitó que no se suprimiera su Audiencia, Concha destituyó al Ayuntamiento, prohibiendo que en lo sucesivo hiciesen uso esas Corporaciones del derecho de petición. Nombró comandante general del Departamento central a D. José Lemery, el cual, conociendo los planes revolucionarios de la Sociedad Libertadora, constituída en el Camagüey a últimos de 1849, hizo poner presos a los hermanos Betancourt, Recio, Arango, Cisneros y a otros, mandándoles a la Habana (4 mayo 1851). No fué preso Joaquín de Agüero, porque logró huir a tiempo, ocultándose en las lomas situadas entre Nuevitas y Las Tunas, y acampando después en la Piedra de Juan Sánchez. Agüero, joven de nobles sentimientos, acérrimo antiesclavista, proclamó la independencia de Cuba, en unión de otros patriotas, en la hacienda de San Francisco del Jucaral, partido de Cascorro. Defendióse en la hacienda de San Carlos, teniendo el sentimiento de ver morir a algunos de los suyos. Huyó Agüero a Punta de Ganado, y allí cayó en poder de los realistas (22 de julio) con otros cinco compañeros. Concha mandó fusilar (12 agosto 1851) en la sábana del Arroyo Méndez a Agüero, a Betancourt (Tomás), a Zayas y a Benavides. Al mismo tiempo estalló en Trinidad otro movimiento revolucionario (24 julio 1851) dirigido por Isidoro Armenteros, teniente coronel graduado de milicias de caballería, y ayudado por Arús y Hernández Echerri. Los tres fueron fusilados en el campo conocido con el nombre de Mano del Negro, en las afueras de Trinidad (18 de agosto del citado año). El 12 de agosto, el mismo día en que fué fusilado Agüero, desembarcó en Playitas Narciso López, á bordo del Pampero. Venía de New Orleans con unos 500 hombres, y entre los más conocidos se hallaban el general húngaro Pragray, el coronel Crittenden (hijo de un senador americano) y los cubanos Arnao, Zayas y Oberto. Creyendo Narciso López que en Puerto Príncipe y Trinidad era formidable la insurrección, llegó a Vuelta Abajo y dividió sus fuerzas, dejando en El Morrillo parte de ellas, bajo el mando de Crittenden, en tanto que él se encaminaba a Las Pozas. En Las Pozas tuvo un encuentro Narciso López con el general Enna, muriendo el húngaro Pragray y el cubano Oberto, y en los palmares del Cafetal de Frías fué herido mortalmente Enna, viéndose obligado Narciso López a dispersar sus fuerzas. Crittenden y los 50 expedicionarios que estaban en El Morrillo intentaron huir, siendo sorprendidos y llevados a la capital, donde, en las faldas del Castillo de Atarés, fueron fusilados (16 de agosto). Preso también Narciso López en los Pinos del Rangel, fué conducido a la Habana, sufriendo la pena de muerte en el campo de La Punta (1.º septiembre 1851).
Bajo el gobierno del general D. Valentín Cañedo, sucesor de Concha, se publicó clandestinamente el periódico La Voz del Pueblo Cubano, redactado por Bellido e impreso por Facciolo. Tal publicación, y el descubrimiento de una caja de armas destinadas a los revolucionarios de Vuelta Abajo, pusieron de manifiesto los planes de aquéllos en la jurisdicción de Pinar del Río. Bellido pudo huir a los Estados Unidos y Facciolo fué ejecutado en La Punta (28 septiembre 1852). Otros fueron condenados a presidio.
Don Juan de la Pezuela sucedió a Cañedo en diciembre de 1853. Un gobernador tolerante y caballeroso dirigía la política y la administración de Cuba. Concedió indulto a todos los que habían tomado parte en las conspiraciones y levantamientos separatistas; persiguió el tráfico de esclavos, no haciendo caso de los ruegos primero, y de las amenazas después, de los negreros.
Vino el general Concha (21 septiembre 1854) a encargarse del poder, con verdadera satisfacción de los negreros. Al frente de poderosa conspiración se puso el catalán D. Ramón Pintó, presidente del Liceo de la Habana y presidente también de la Junta Revolucionaria. Descubierta la conspiración, Concha dispuso la prisión de los principales jefes, siendo Pintó condenado a muerte, que sufrió el 22 de marzo de 1855 en el campo de La Punta; Cadalso y Pinelo a la pena inmediata. El 31 del mismo mes y año tuvo la desgracia de ser hecho prisionero en Baracoa, a bordo de americana goleta, que conducía armas y pertrechos para promover una revolución, Francisco Estrampes, el cual corrió la misma suerte que Pintó.
Don Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre, ocupó el cargo de gobernador y capitán general de Cuba. En su tiempo murió (22 junio 1862) el sabio maestro D. José de la Luz y Caballero, rodeado de sus discípulos y admiradores. El capitán general, deseando halagar a los cubanos, presidió los funerales y manifestó las consideraciones que le merecían las virtudes del insigne hijo de la Habana. Contribuyó a cerrar por algún tiempo el período de las conspiraciones la fundación del diario cubano El Siglo, dirigido primeramente por D. José Quintín Suzarte, y después por el conde de Pozos Dulces, antiguo revolucionario y uno de los individuos de la Junta Cubana de Nueva York. Adquirieron la propiedad del periódico Morales Lemus, Aldama y otros. Acerca de las ideas políticas de El Siglo, el conde de Pozos Rubios declaró (24 marzo 1865) en notable artículo que sólo deseaba obtener para Cuba todos los derechos de una provincia española. Semejante política fué luego difundida en la Península por el general Serrano, por el periódico La América y por muchos liberales. Los defensores de dicha política constituyeron el partido reformista.
El capitán general D. Domingo Dulce fué digno continuador de la política del duque de la Torre. Mostró su poder el partido reformista cuando, en virtud del Real decreto (noviembre de 1865) convocando la Junta de información respecto a reformas en Cuba y Puerto Rico, fueron elegidos el conde de Pozos Dulces, Saco, Morales Lemus y otras notables personalidades del citado partido. Las conferencias se inauguraron en Madrid, bajo la presidencia de D. Alejandro Oliván, el 30 de octubre de 1866 y terminaron el 27 de abril de 1867. Discutiéronse asuntos sociales, políticos y económicos, llamando también la atención la abolición de la esclavitud. Dice el Dr. Morales--y sentimos no estar conformes con su opinión--que si los informes presentados por las diversas Comisiones hubiesen sido atendidos por España, no hubiera estallado, quizás, la guerra separatista de 1868[383]. Con reformas o sin reformas, poco antes o poco después, se habría realizado la independencia de Cuba.
[383] Ob. cit., pág. 179.
CAPITULO XXII
GOBIERNO DE JAMAICA.--POLÍTICA DE LA GRAN BRETAÑA.--LA ESCLAVITUD.--GOBIERNO DE PUERTO RICO.--EL REY CATÓLICO Y D. DIEGO COLÓN.--FELIPE II Y EL OBISPO DE PUERTO RICO.--LOS INGLESES INTENTAN APODERARSE DE LA ISLA.--LOS DINAMARQUESES EN LOS CAYOS DE SAN JUAN.--EL INGLÉS HARVEY.--GENEROSIDAD DE CARLOS III CON EL DUQUE DE CRILLÓN.--RÉGIMEN POLÍTICO DE PUERTO RICO.--ISLA DE LA MONA.--ISLA DE VIEQUES.--ISLAS VÍRGENES: GOBIERNO DE LOS INGLESES Y DE LOS NORTEAMERICANOS.--ISLAS LUCAYAS: GUANAHANI: LA CAPITAL NASSAU: GOBIERNO DE LAS LUCAYAS.--ISLAS BERMUDAS: HAMILTON.--ISLAS MENORES: ISLAS INGLESAS, FRANCESAS Y HOLANDESAS: GOBIERNO EN DICHAS ISLAS.
De la isla de Jamaica, situada en el mar de las Antillas, tenemos escasas noticias. Antes procede recordar que Carlos II de Inglaterra fué arrojado del trono y la Cámara hubo de publicar un decreto que decía: «La experiencia ha probado y esta Cámara declara que el oficio de Rey en este país es inútil, oneroso y peligroso para la libertad, la seguridad y el bien del pueblo; queda, de consiguiente, abolido.» Cromwell constituyó la República y se atrajo en el interior el entusiasmo del pueblo, y en el exterior las simpatías de Europa. Tirantes por entonces las relaciones entre Luis XIV y Felipe IV, el Protector se decidió al fin en favor de Francia, pensando sin duda que España tenía vastas y ricas posesiones en las Indias. A fines de diciembre del año 1654 Cromwell dispuso que la escuadra de Penn y de Venables, con sus tropas de desembarco, saliese de Portsmouth con rumbo a la América española. Felipe IV y su primer ministro, D. Luis de Haro, desconocían los propósitos del Protector, hasta el punto que alarmados por las vagas noticias que les llegaban, se quejaron a Cardeñas, nuestro embajador en Londres, no sólo de su silencio acerca de la expedición de Penn y de Venables, sino también de la incoherencia de sus noticias respecto de los asuntos de Inglaterra y de su escasa influencia cerca de un gobierno que España había sido la primera en reconocer y apoyar. Defendióse Cardeñas de tales reconvenciones, y refiriéndose a la escuadra decía: «El objeto acerca de las Indias es el único que no he podido penetrar, porque el Protector lo ha tenido cuidadosamente oculto, sobre todo a las personas por quienes yo podía prometerme saber el plan... Así, pues, respecto del particular no he podido recoger sino vagas conjeturas, y he comunicado a Vuestra Magestad todas las que se forman acerca de esta expedición en toda su diversidad...»[384]. El rey de España se decidió entonces a enviar a Londres otro embajador más, el marqués de Leyde, para que, poniéndose de acuerdo con Cardeñas, y no manifestando recelos a propósito de la escuadra de Penn y de Venables, insistiesen con el Protector en la conclusión de un tratado de paz entre España e Inglaterra contra Francia. Cromwell no hizo caso de las proposiciones de Cardeñas y del marqués de Leyde. Estaba decidido a aliarse con Francia.
[384] Véase Guizot, Hist. de la República de Inglaterra y de Cromwell, pág. 332.
En los primeros días de julio de 1655 sólo se sabía en Londres que la escuadra había llegado a la Barbada, partiendo en seguida de dicha isla. Dice nuestro historiador Lafuente que el designio de Cromwell era apoderarse de México, lo cual hubiera realizado si los españoles no hubiesen acudido oportunamente a su defensa[385]. Lo que se proponía el Protector era que la escuadra se apoderase de Santo Domingo. A mediados de julio recibió carta el Protector dándole detalles de los hechos realizados por el almirante Penn y el general Venables. Entonces supo que el 14 de abril la escuadra se halló enfrente de la costa Sud-Oeste de Santo Domingo, desembarcando poco después la tropa. El 18 del mismo mes, los españoles, ocultos en los barrancos y en los bosques, hicieron fuego sobre los ingleses, á quienes obligaron a replegarse sobre el punto de desembarque más próximo para pedir a la escuadra víveres y refuerzos. Pasados pocos días, el 25 se pusieron en marcha hacia Santo Domingo; pero cayeron en una emboscada, donde murieron muchos, retirándose fugitivos los demás. Penn echaba la culpa de todo a Venables y los marinos a los soldados; a su vez Venables y los soldados se defendían de tales cargos. No habiendo medio de intentar un tercer ataque contra Santo Domingo, convinieron todos en que era preciso hacer algo antes de volver a Inglaterra y presentarse al Protector.
[385] Véase Hist. general de España, tomo XVI, p. 421.
El 3 de mayo, ya reembarcadas las tropas en la escuadra, se alejaron de Santo Domingo, y el 9 se presentaron delante de Jamáica, isla menos importante que Santo Domingo, aunque dilatada y fértil. La fortuna les fué esta vez propicia, pues el 10 se verificó el desembarco y sin oposición alguna cayó la isla en poder de los ingleses, en tanto que los españoles se retiraron a las montañas. Parte del ejército vencedor se estableció de guarnición en la isla; doce buques de la escuadra, a las órdenes del vicealmirante Goodson, formaron una estación en la costa; y a fines de junio, uno antes y otro después, Penn y Venables regresaron a Inglaterra, llegando, el primero, el 31 de agosto, y el segundo, el 9 de septiembre[386].
[386] Guizot, ob. cit., p. 346.
La población blanca de Jamaica, que en 1655 contaba con unos 1.500 hombres, aumentó mucho al poco tiempo, porque a ella acudieron gentes de las Antillas: ingleses, escoceses, irlandeses y no pocos mercaderes israelitas. De la isla hicieron los ingleses un depósito para el comercio de contrabando con México y el Perú, y fué un gran mercado, desde el cual los esclavos importados de Africa se distribuían por las demás Antillas y por la Tierra Firme. Calcúlase que en los años de 1680 a 1786 desembarcaron en Jamaica 610.000 esclavos. A causa del trato durísimo que recibían de los ingleses, se sublevaron y buscaron refugio en las montañas, viéndose obligados aquéllos a concederles algunos derechos en el año 1739. Nuevamente se rebelaron en 1795, y los humanitarios ingleses les persiguieron como a fieras, valiéndose de perros que llevaron de Cuba.
Tiempo adelante hubo de realizarse un suceso de extraordinaria importancia en la política de la Gran Bretaña, y fué la abolición de la esclavitud. Si durante el reinado de Guillermo IV (1830-1837) acordaron las Cámaras la abolición parcial y progresiva de la esclavitud, elevada al trono la reina Victoria, cuya coronación se verificó el 28 de junio de 1838, dichas Cámaras proclamaron el 1.º de agosto de aquel año la emancipación inmediata y general. Inglaterra, una vez abolida la esclavitud en sus colonias, tuvo mercantil interés de que las demás naciones siguiesen su ejemplo. Si muchas reformas realizadas en la edad contemporánea son timbre de gloria de los gobiernos de Inglaterra, ninguna puede compararse con la abolición de la esclavitud de los negros, reclamada por la opinión pública más humanitaria o menos egoista.
De Jamaica no sería aventurado decir que en ella se verificó cambio radical desde la abolición de la esclavitud en el año 1838. «Desde la emancipación de los esclavos--escribe Reclus--ha disminuído en una cuarta parte la población blanca, mientras que ha doblado el número de negros»[387]. En el año 1890 los blancos apenas llegaban a 15.000 y los negros pasaban de 600.000. Al presente tiene 832.000.
[387] Nueva Geografía Universal.--América Central, tomo II, pág. 663.
El régimen político de la citada Antilla mayor consiste en un gobernador nombrado por la Corona y en un Consejo legislativo compuesto de 16 individuos: cinco nombrados por el Rey y nueve elegidos por el pueblo. Los electores, en cada una de las parroquias, nombran consejeros encargados en la administración de los asuntos locales. Hasta el año 1869 fué la capital Spanish-town (ciudad española) que fundó Diego Colón en 1525 con el nombre de Santiago de la Vega; pero al presente es el puerto de Kingston, donde residen las autoridades militares y navales. Casi todo el movimiento de las transacciones de Jamaica con la Gran Bretaña, el Canadá, los Estados Unidos y otros países se efectúa por intermedio del citado puerto.
Pasando a estudiar el gobierno de Puerto Rico, recordaremos que su conquistador, Juan Ponce de León, recibió señaladas muestras de cariño de Fernando el Católico. Si en 14 de agosto de 1509 le premiaba con el Gobierno interino de la isla[388], el 28 de febrero de 1510 le decía lo siguiente: «Vi vuestra letra de 18 de setiembre de 1509. Me tengo por servido de vos en lo hecho: continuad en acrecentar la población de San Juan, que yo escribo á la Española para que os provean de lo necesario.» Dos días después D. Fernando y D.ª Juana, hallándose en Madrid, le nombraban gobernador en propiedad[389]. Como el almirante D. Diego Colón se creía con derecho a la propiedad de Puerto Rico, y Ponce de León, apoyado por el Rey, no prestaba obediencia al primero, vino el rompimiento entre el gobernador de Santo Domingo y el de Puerto Rico. ¿Fué depuesto, además, Ponce de León porque era amigo de aquel Roldán que declaró cruda guerra al almirante D. Cristóbal? ¿Tendría presente D. Diego que dicho Roldán era también protegido de Ovando, enemigo este último del descubridor de las Indias? Conviene, por último, no olvidar que Ponce de León echó los cimientos de Caparra (primeros meses del año 1509); que repartió a los indios encomiendas, originando tal medida sublevación general, la cual fué combatida valerosamente por los españoles; que se reedificó a dos leguas de Guánica la villa de Sotomayor y se fundó la de San Germán, y que Julio II concedió la erección de un obispado en Puerto Rico y cuyo primer prelado se llamaba Alonso Manso, canónigo de Salamanca.
[388] Véase Abbad Lasierra, His. de Puerto Rico, pág. 32.
[389] Ibidem, pág. 33.
Ante la insistencia de don Diego Colón, quien se creía con derecho a proveer el gobierno, puesto que la isla había sido descubierta por su padre, cedió el Rey, siendo depuesto Ponce de León, no por demérito suyo, sino por ser de justicia. El Almirante, al deponer a Ponce, había nombrado a Juan Cerón, como alcalde mayor; a Miguel Díaz, como alguacil mayor, y al bachiller Diego Morales, como teniente de alcalde mayor.
Continuó el Rey honrando la isla, a la cual dió también escudo de armas, que consistía en un cordero plateado en campo verde echado sobre un libro de color rojo, atravesada una banda con una Cruz, en cuyo extremo está la banderita que ponen a San Juan por divisa, todo orlado de castillos, leones y banderas con una F y una I, coronadas por divisa con el yugo y flechas del Rey Católico[390]. En el año 1512 llegó a su obispado el Sr. Manso, cuya silla fué la primera que se estableció en América.
[390] Abbad y Lasierra, Hist. de Puerto Rico, pág. 72.
En los comienzos del siglo XVI los gobernadores de Puerto Rico tuvieron que pelear un día y otro día con los caribes de las islas vecinas que desembarcaban en aquélla.
Por los años de 1511 y 1512 el licenciado Sancho Velázquez sólo se ocupó en tomar residencia a Juan Ponce de León, así del gobierno de San Juan, que había ejercido, como de la administración de las granjerías del Rey, que tuvo a su cuidado. La carta que desde Burgos, con fecha 23 de febrero de 1512, escribió el Rey a Ponce, decía lo siguiente: «Téngoos en servicio lo que habeis trabajado en la pacificación, y lo de haber herrado con un F en la frente a los indios tomados en guerra, haciéndoles esclavos, vendiéndolos al que más dió y separando el quinto para nos: también el haber hecho casas de paja para fundición, contratación y lo de la sal. Maravillado estoy de la poca gente y poco oro de nuestras minas; el Fiscal os tomará residencia y cuentas, para que esteis desocupado para la nueva empresa de Biminí, que ya otro me había propuesto; pero prefiero a vos por vuestros servicios que deseo recompensar, y porque creo hareis lo que cumple a nuestro servicio mejor que en la granjería nuestra de San Juan, en que habeis servido con alguna negligencia»[391].
[391] Ibidem, pág. 86.
No estando contento el almirante don Diego con la administración de Cerón y Díaz, nombró en lugar de ellos al comendador Moscoso, al cual sucedió don Cristóbal de Mendoza. Por su parte el Monarca, con fecha 23 de enero de 1513, mandó hacer nuevo repartimiento en San Juan a Miguel de Pasamonte, tesorero de Santo Domingo. Comisión tan importante delegó Pasamonte en el licenciado Sancho Velázquez, todo lo cual aprobó la Corona en 19 de octubre de 1514. Tantas quejas produjo el nuevo repartimiento contra Velázquez como el anterior contra Cerón y Díaz.
Nombrado por los reyes Juan Ponce de León regidor de Puerto Rico por toda su vida, llegó a la isla el 15 de octubre de 1515. Después de varios sucesos de más o menos importancia, el almirante Colón nombró gobernador a Pedro Moreno, vecino de Caparra, sucediéndole D. Francisco Manuel de Olando. «Los frecuentes recursos y mudanzas de gobernadores que motivaron estas guerras civiles, causaron muchas desgracias que fueron selladas con otras mayores: los arroyos de sangre derramada por toda la isla desde fines del año de 1510, el espíritu de venganza, de ambición y otras pasiones habían echado tan profundas raíces, que quiso Dios castigarlas por varios modos»[392]. Dice que a una plaga de hormigas sucedió una epidemia de viruelas, acompañando a la última otra de bubas. A estas fatalidades había que añadir los ataques de los caribes a las costas de Puerto Rico y también los de los filibusteros ingleses y franceses.
[392] Abbad y Lasierra, Hist. de Puerto Rico, pág. 90.
Recordaremos en este lugar que Juan Ponce de León, que vivía retirado en su casa desde su regreso de la corte, cuando supo las hazañas que por entonces realizaba Hernán Cortés, salió (1521) con dos navíos bien tripulados, llegando a la Florida, en cuyo país encontró una resistencia que no esperaba. Derrotado por los floridianos, se retiró a Cuba, donde murió. El siguiente epitafio, como escribe Washington Irving, hace justicia a sus cualidades de guerrero:
Mole sub hac fortis requiescunt ossa Leonis, qui vicit factis nomina magna suis.
El licenciado Juan de Castellanos lo tradujo al romance del siguiente modo:
Aqueste lugar estrecho es sepulcro del varón que en el nombre fué León y mucho más en el hecho.
Se cree que sus cenizas fueron trasladadas por sus descendientes a Puerto Rico.
Verificóse la traslación del pueblo de Caparra, fundado por Juan Ponce de León, a una isleta próxima. En una comunicación que lleva la fecha de 9 de noviembre de 1511 dice el Rey a Cerón y Díaz: «Juan Ponce dice que fundó el pueblo de Caparra en lo más provechoso de esa isla, y se teme que lo queréis mudar. No haréis tal sin nuestro especial mandado, y si hubiese justa causa para lo mudar, informaréis antes.» En una información que se hizo en la ciudad de Puerto Rico, antes villa de Caparra, en 13 de julio de 1519, se acordó que convendría trasladarla a la isleta que está junto al puerto, porque el sitio de la citada población se hallaba en una hondonada sombría y malsana. Después de varias negociaciones e informes, escribió (16 noviembre 1520) Baltasar de Castro al Emperador, entre otros particulares, el siguiente: «Los oficiales de San Juan escribimos cómo la ciudad de Puerto Rico se mudaba a una isleta que está en el puerto donde surgen los navíos, muy buen asiento, creemos que por lo saludable y a propósito para la contratación, se poblará mucho más que estaba. Aquella isla es la puerta de la navegación de estotras y convendrá que en la ciudad que nuevamente se edifica, mande V. M. hacer fortaleza y una Casa de Contratación y fundición de piedra, pues la que había de paja se ha quemado algunas veces»[393].
[393] Ob. cit., pág. 103.
Por orden de D. Diego Colón fundó D. Juan Enríquez el pueblo de Daguao, nombre que tomó del río que lo riega; pero los caribes de las islas contiguas cayeron una noche sobre la dicha población y la arruinaron completamente. La decadencia de la isla era cada vez mayor, a causa de las continuas invasiones de los caribes. Además, dos terribles huracanes desolaron el país en 1530. Los desgraciados habitantes veían destruídas sus casas, arruinadas sus haciendas, perdidos sus ganados y llenas de agua sus minas por las crecientes de los ríos. Todo era desolación y miseria. Posteriormente (18 noviembre 1536) escribió Alonso de la Fuente, lo que a continuación transcribimos: «Gran merced ha sido la de sacar esta gobernación de la mano del Almirante, pues era ordinariamente Justicia Mayor un vecino que no la ejercía sino con pasión, ni miraba por la isla. Todos los más eran criados, dependientes o afectos al Almirante, lo que me hacía mal estómago, viendo los daños. Venga gobernador, no vecino, sino de fuera»[394].
[394] Ibidem, págs. 127 y 128.
Desde mediados del año 1537 hasta el 1544 existió el sistema electivo, comenzando en el último año la Corona a nombrar gobernadores. Por entonces se publicaron las Nuevas Leyes, de cuyo Código varias veces nos hemos ocupado en esta obra. Si por muerte del obispo Manso (27 septiembre 1539), fué nombrado Rodrigo de Bastidas, conforme al nuevo sistema, la Corona nombró gobernador por un año a Gerónimo Lebrón, vecino de Santo Domingo. Habiendo muerto a los quince días de su llegada, le sucedió en 1545, por nombramiento de la Audiencia de la Española, el licenciado Iñigo López Cervantes de Loaysa, oidor de la misma. Decía el 6 de julio de 1545, lo que sigue: «Por servir a V. M. vine a esta isla con mujer e hijos y halléla en increibles pasiones.» Después volvieron temporalmente a gobernar los alcaldes, según se desprende de las siguientes palabras del obispo Bastidas, quien decía al Emperador en Marzo de 1549: «Gracias por haber cesado en proveer gobernador para esta isla, pues bastan los alcaldes ordinarios, según es poca la población. Basta la visita cada tres años de un oidor de la Española, que tome residencia a los que deben darla. Pronto hubo de cesar el anterior sistema, por cuanto en mayo o junio de 1550 era gobernador el Dr. D. Luis Vallejo, quien prolongó su mando por cinco años.
Tanta fué la pobreza de Puerto Rico a causa de las incursiones y guerras de sus enemigos, que Felipe II, desde Madrid y con fecha 28 de abril de 1566, concedió a sus vecinos que no pagasen por las cosas que exportaran alcabala ni almirantazgo[395].
[395] Cedulario índico, tomo XXXIV, núm. 299, págs. 337 y 338.
Trasladaremos aquí, no por la importancia que tiene, sino porque indica el carácter de Felipe II, lo que dijo, desde Badajoz (26 mayo 1580) al obispo de Puerto Rico: «Nos somos informados--dice--que teneis por vuestro Provisor e Vicario general en ese obispado a Fray Francisco, de vuestra orden, y sabiendo vos que esto no es de las cosas que se deben remitir, no fuera razón que lo ovieredes hecho, ni que se entendiera que excedeis de lo que es justo, pues vuestro oficio es propio de dar exemplo, y porque el mal que de esto resulta no pase adelante, os ruego y encargo que luego removais del dicho cargo al dicho Fr. Francisco, proveyéndole en persona que no sea Fraile, el qual lo deba exercer conforme a lo que dispone el Derecho Canónico.--Yo el Rey.--Por mandado de S. M., Antonio de Eraso»[396]. Si Felipe II hubo de censurar la conducta del obispo de Puerto Rico, Felipe III, desde Ventosilla (24 abril 1605) se dirigió al prelado de dicha isla diciéndole que mandase a España a los religiosos que andaban sueltos dando escándalo y mal ejemplo[397]. Desde el mismo punto y con la misma fecha mandó idéntica cédula al gobernador y capitán general[398].
[396] Ibidem, tomo XXVIII, núm. 56, págs. 143 y 143, v.ª
[397] Ibidem, tomo XLI, núm. 197, págs. 252 y 252 v.ª
[398] Ibidem, núm. 199, pág. 253 v.ª
Por lo que á la guerra respecta, los ingleses intentaron apoderarse de Puerto Rico. Francisco Drake, en el año 1595, se presentó con poderosa flota en el puerto de la ciudad de San Juan, donde quemó varias embarcaciones, saqueando luego la población. A los dos años, esto es, en 1597, el conde Jorge Cumberland se apoderó de la isla con ánimo de establecerse en ella; pero terrible epidemia que se cebó en sus tropas, le obligó a retirarse, no sin muchos despojos y setenta piezas de artillería[399]. Los españoles, a fin de no sufrir tales incursiones, levantaron el fuerte del Morro para su defensa; defensa importantísima, según pudo verse en el año 1625, cuando el general holandés Boduino Enrico desembarcó en San Juan, pues si llegó a sitiar el castillo, no pudo tomarlo, teniendo que levantar el bloqueo. Continuaron las acometidas de los ingleses a Puerto Rico, señalándose especialmente la de 1702, en la cual se defendió con arrojo el capitán Correa.
[399] Ibidem, pág. 154.
Habremos de recordar que los dinamarqueses comenzaron a poblar los cayos de San Juan, contiguos a la Isla de Santo Tomás, ya ocupada por ellos y donde habían construído un fuerte de cal y canto con nueve piezas montadas, 25 soldados de guarnición y nueve familias. Pensando el virrey de Nueva Granada que la concurrencia de más pobladores pudiera causar perjuicios a España, expuso sus temores al Rey. Ordenó Felipe V al virrey--cédula de 5 de junio de 1720--que mandase a Puerto Rico dos ó tres fragatas guardacostas o piraguas armadas, para que unidas con las balandras de corso del capitán D. Miguel Enríquez, desalojasen de los mencionados cayos a los dinamarqueses. Añadía que le informara acerca de los medios más prontos y seguros para ejecutar lo mismo en la de Santo Tomás, como también si la empresa podría emprenderla la armada de barlovento auxiliada de las milicias y balandras de Puerto Rico, para lo cual pidiese las noticias conducentes a este gobernador[400].
[400] _Archivo histórico nacional.--Cedulario índico de Ayala_, letra D.
Si los ingleses, a mediados del siglo XVIII, desembarcaron cerca de Ponce, tuvieron pronto que retirarse. A fines de la centuria el almirante Harvey, al frente de fuerte escuadra y 10.000 hombres de desembarco, se presentó en San Juan, donde se encontró con la defensa del gobernador Castro. Después de reñidos combates, Harvey levantó el campo.
Conviene no olvidar que también Carlos III, hallándose en San Lorenzo (14 octubre 1779) hubo de declarar que había concedido al duque de Crillón, con ciertas condiciones, cuatro leguas cuadradas de tierra en la isla de Puerto Rico[401].
[401] Ibidem, tomo XXXV, núm. 142, págs. 146 v.ª a 151.
Si desde Aranjuez, con fecha 5 de junio de 1768, se ordenó al gobernador de Puerto Rico, que para cortar disputas, los asuntos civiles, si se apelasen, lo habían de ser a la Audiencia de Santo Domingo[402], en el siglo XIX fueron modelo los tribunales de justicia de la isla. Después, en el año 1898, pasó del poder de España al de los Estados Unidos.
[402] Ibidem, tomo XVII, núm. 23, págs. 15 y 16.
Por lo que a la isla de la Mona se refiere, la cual se halla entre las de Santo Domingo y Puerto Rico, el Rey, con fecha 16 de junio de 1511, agregó su administración al gobierno de San Juan, revocando dicha orden el 11 de julio del mismo año, cuando supo que el almirante D. Diego se la había dado por repartimiento a su tío el Adelantado. El 19 de octubre de 1514, volvió el Rey a tomar para sí la isla y en 1520 mandó el Emperador entregar los indios y la hacienda que tenía en la Mona a Francisco Barrionuevo. Gonzalo Fernández de Oviedo, en carta escrita a SS. MM. (31 mayo 1537) decía lo siguiente: «Han de mandar VV. MM. que en la isla de la Mona, que está entre aquesta isla é la de Sant Joan, se haga otra fortaleza porque está en el paso, é allí no hay sino un estanciero é pocos indios, é hay buena agua é de comer, é puesto donde reposadamente pueden estar seguros los salteadores é armados, é atender á las naos que de aquí salen para España. E de Sant Joan é de esotras islas de necesidad pasan por cerca de aquella isla é sería muy necesaria cosa é mejor grangería que la que V. M. allí ha tenido é tiene, é con esa misma se podría sostener»[403]. Visitó la isla el obispo Bastidas (año de 1548). Trece años después el licenciado Echagoain dijo a Felipe II que en la Mona no había ningún español y sólo unos 50 indios. Producía buenas batatas, excelentes melones y casabí. Son indios entendidos y en lo espiritual están a cargo del obispo de Puerto Rico[404]. Posteriormente quedó abandonada la isla, aunque sirvió siempre de refugio a corsarios y piratas.
[403] Abbad y Lasierra, Hist. de Puerto Rico, págs. 143 y 144.
[404] Ibidem, pág. 144.
En los tiempos pasados algunas naciones disputaron a España la isla de Viegues. Conquistada por los ingleses, una expedición española procedente de Puerto Rico batió aquéllos hacia el 1647, y poco después otra expedición expulsó también a los franceses. Durante los siglos XVIII y XIX estuvo la isla bajo el poder de España. «Está Viegues al este de Puerto Rico, entre los 18° 4' y 18° 10' latitud Norte, y entre los meridianos 58° 57' y 59° 16' al occidente del meridiano de Cádiz: su figura es larga y estrecha, y dista 3 leguas de Puerto Rico y 6 de Santo Tomás. Su mayor extensión de este a oeste es de 6 y media leguas y su mayor anchura 1 cuarto de legua. Las tierras de Viegues son como las de Puerto Rico, arenosas en la costa y de superior calidad en las llanuras del interior. Aunque lentamente, la isla va desarrollando sus riquezas, y según el último censo tenía una población de 2.979 almas, distribuídas en los barrios de Pueblo, Ferre, Florida, Puerto Real, Llave, Punta Arenas, Mosquitos y Mulas. Los productos de sus riquezas ascendieron en 1863 a $226.328, según declaración de los propietarios, en la forma siguiente: los de la riqueza urbana $14.346, los de la agrícola $130.596, los de la pecuaria $7.056, los de la mercantil $43.220 y los de la industrial $31.110»[405].
[405] Ibidem, pág. 230.
Aunque Viegues fué dependencia política de Puerto Rico, durante la dominación española de la Gran Antilla, formaba parte del grupo de las Vírgenes[406].
[406] Reclus, América Central, pág. 742.
Las islas Vírgenes son, unas de la Gran Bretaña (Tórtola, Virgen Gorda, etc.), y otras de Dinamarca (Santa Cruz, Santo Tomás y San Juan)[407]; tanto aquéllas como éstas gozan de ciertas libertades. Las metrópolis no abusan del poder. La mayor de las Vírgenes inglesas es la Tórtola; ella y todas las demás dependen directamente del gobierno británico. En las dinamarquesas el gobernador tiene su residencia oficial seis meses del año en Santo Tomás y otros seis meses en Santa Cruz.
[407] El gobierno de los Estados Unidos ha votado la cantidad necesaria para la compra de las tres últimas islas, y si en Dinamarca los elementos populares opusieron alguna dificultad, parece ser que un plebiscito y después el Parlamento han mostrado últimamente su conformidad con la venta.
Extiéndense las islas Lucayas o de Bahama del Noroeste al Sudeste, de los mares de la Florida a los de Santo Domingo, en un espacio de más de 1.300 kilómetros[408]. Entre ellas está Guanahani (San Salvador), la primera que descubrió Colón. Tiempo adelante los ingleses se fijaron en la isla de New Providence, que por sí sola contiene cerca del tercio de la población del archipiélago. Encuéntrase en la costa septentrional de la isla la capital Nassau, llamada también New Providence, antiguamente guarida de filibusteros. De su pequeño puerto se expiden frutos y mariscos. Confía la Corona de la Gran Bretaña el gobierno de las Lucayas a un gobernador, asistido de un Consejo ejecutivo y de otro Consejo legislativo, compuesto uno y otro de nueve individuos: la Asamblea representativa se compone de 29 diputados.
[408] Reclus, América Central, pág. 751.
El pequeño archipiélago de las Bermudas, descubierto en los comienzos del siglo XVI, lleva todavía el nombre del navegante español Bermúdez, el primero que lo encontró. Unos cien años después llegó a él el inglés Somer, designándose desde entonces las islas con el nombre de Somer's islands, si bien a la sazón han vuelto a llamarse Bermudas y Bermuda-islands. Encuéntranse a unos mil kilómetros del cabo Hatteras, el punto más cercano del continente americano. Los ingleses tienen establecido el gobierno en Hamilton, que se compone de un gobernador, Consejo legislativo de nueve individuos nombrados por la Corona y Cámara de representantes formada de 36 individuos elegidos por el voto popular.
Al hacer la reseña de las Antillas menores, comenzaremos diciendo que en ellas, lo mismo que en las islas de Jamaica y de Santo Domingo, pertenecientes al grupo de las Antillas mayores, la raza de color es más numerosa que la blanca. Entiéndese por pequeñas Antillas las islas que se extienden de Norte a Sur, comenzando por el islote del Sombrero, para terminar en Granada y en las Barbadas. Las dos islas mayores, Guadalupe y Martinica, con otras menos importantes, son colonias francesas; Saint-Barthelemy (San Bartolomé) es un municipio de la Guadalupe. Entre las Antillas británicas se encuentra la Dominica, que está entre las dos islas francesas mayores. También pertenecen a Inglaterra la Barbada y San Cristóbal, descubierta la última por Colón el 1493, y a la cual el gran navegante asoció su nombre. La isla de Montserrat, llamada así por el Almirante en honor del santuario de Cataluña, forma parte del imperio británico; su capital Plymouth, situada al Oeste de la isla, se distingue por la dulzura de su clima y la belleza de los paisajes de los alrededores. La isla Antigua, nombre que le dió Colón recordando Santa María la Antigua (iglesia que levantó en Valladolid el ilustre D. Pedro Ansúrez y su mujer D.ª Elo), es población importante. Casi todo el comercio se hace por el puerto de Saint-John, situado en la costa septentrional. Es Saint-John capital de todas las Antillas llamadas islas de Sotavento. Denominan los ingleses islas de Sotavento a las Antillas menores septentrionales, incluso las Vírgenes y la Dominica, e islas de Barlovento a las Antillas menores meridionales desde la Martinica hasta la Trinidad. Es de advertir que tales denominaciones sólo tienen valor administrativo bajo el punto de vista colonial inglés; pero carecen de todo sentido geográfico. Hállanse las de Barlovento próximas a la costa de Venezuela, y la Trinidad, que es la mayor y está situada en el golfo de Paria y bocas del Orinoco pertenece a Inglaterra. La isla inglesa Dominica separa a las dos francesas Guadalupe y Martinica. Aquélla, por su posición central entre las dos francesas, es el punto estratégico por excelencia de las Antillas menores[409].
[409] Reclus, ob. cit., págs. 780 y 781.
En suma, las Antillas menores se dividen en inglesas (3.550 kilómetros cuadrados), francesas (2.777) y holandesas (81). En Saint-John, puerto de la isla Antigua y capital de las Antillas menores meridionales (islas de Barlovento), reside un gobernador, un presidente, varias Corporaciones administrativas, consejos ejecutivos y consejos legislativos, nombrados los primeros por la Corona y los segundos en una mitad por censatarios.
La Guadalupe y las islas que de ella dependen se dividen administrativamente en tres circunscripciones, once cantones y 34 municipios. Un consejo general elige de su seno una comisión colonial de cuatro individuos por lo menos y de siete a lo sumo, que estudia los intereses de la colonia con el gobernador, asistido de un consejo privado. Los municipios se constituyen a imitación de los franceses. La isla elige un senador y un diputado que la representan en el Parlamento de Francia.
Son colonias holandesas las dos islas Saba y San Eustaquio, las más septentrionales de la cadena interior o volcánica de las Antillas menores; la isla de San Martín se divide en dos partes: la del Sur es de Holanda y la del Norte es de Francia. Suave y blando es el gobierno que los holandeses tienen establecido en las citadas islas, las cuales forman parte del gobierno de Curaçao, isla de la costa de Venezuela.
CAPITULO XXIII
VIRREINATO DEL PERÚ: BLASCO NÚÑEZ VELA: SU CARÁCTER: SU ENTRADA EN LIMA: SU POLÍTICA.--OPOSICIÓN DE GONZALO PIZARRO.--MUERTE DEL INCA MANCO.--CRÍTICA SITUACIÓN DEL VIRREY.--GOBIERNO DE GONZALO PIZARRO.--MARCHA DE VACA DE CASTRO A ESPAÑA.--BLASCO NÚÑEZ EN TUMBEZ, EN QUITO, EN SAN MIGUEL Y EN OTROS PUNTOS.--BATALLA DE AÑAQUITO.--DON PEDRO DE LA GASCA EN EL PERÚ: SU ACERTADA POLÍTICA: BATALLA DE XAQUIXAGUANA.
Blasco Núñez Vela, caballero de Avila y nombrado virrey del Perú por Carlos V, salió de Sanlúcar el 3 de noviembre de 1543 acompañado de los cuatro jueces de la Audiencia y de numeroso séquito[410]. ¿Por qué Carlos V no confirió empleo de tanta importancia a Vaca de Castro, el vencedor de Chupas y uno de los políticos más competentes e íntegros que el gobierno de España había mandado a las Indias? No acertamos a explicarlo. El sucesor de Vaca de Castro, algo entrado en años y asaz devoto, no era el hombre que necesitaba el Perú en aquella época revolucionaria. Desembarcó Núñez Vela a mediados de enero de 1544 en Nombre de Dios. Cruzó después el istmo de Panamá. Desde que pisó tierra americana se puso en oposición con la Audiencia, pues estaba decidido a que se cumpliese lo dispuesto en el Código de leyes de 1542. Como los jueces le suplicasen que no tomara medidas políticas sin tener conocimiento exacto del país y de las necesidades de la colonia, hubo de contestar que «había venido, no para interpretar las leyes ni discutir su conveniencia, sino para ejecutarlas, y que las ejecutaría a la letra, cualesquiera que fuesen las consecuencias»[411].
[410] Fué nombrado el 1.º de marzo de 1543.
[411] Fernández, Hist. del Perú, parte I, lib. I, cap. VI.
Blasco Núñez, dejando la Audiencia en Panamá, continuó su camino, y costeando las orillas del Pacífico desembarcó en Túmbez (4 de marzo). Dió libertad a muchos esclavos indios, a instancia de sus caciques. Continuó por tierra su viaje en dirección al Sur e hizo que su equipaje fuese llevado por mulas, y donde tuvo necesidad de valerse de los indios, dispuso que se les pagase bien. Indicaba todo esto que el virrey se hallaba decidido a cumplir al pie de la letra las Ordenanzas. Aumentaba el disgusto en el Cuzco y en Lima, siendo apenas escuchado Vaca de Castro, que aconsejaba la templanza.
Las miradas se dirigieron entonces a Gonzalo Pizarro. Sacáronle de su retiro y le llevaron al Cuzco, cuyos habitantes hubieron de saludarle con el título de Procurador general del Perú, título que fué confirmado por el ayuntamiento de la ciudad, el cual le invitó a presidir una diputación que iría a Lima a pedir al virrey la suspensión de las Ordenanzas. Los partidarios de Pizarro también solicitaban para su ídolo el título de capitán general y el permiso para organizar una fuerza armada. Aunque anduvo rehacio el ayuntamiento citado para conceder lo que no estaba dentro de sus atribuciones, cedió al fin. Pizarro lo aceptó «por ver que en ello hacía servicio a Dios i a S. M. i gran bien a esta tierra i generalmente a todas las Indias»[412].
[412] Carta de Gonzalo Pizarro a Valdivia, M. S.
Mientras tanto, Blasco Núñez continuaba su viaje a Lima. Entró en la ciudad el 17 de mayo de 1544 bajo un palio de paño carmesí, cuyas varas estaban guarnecidas de plata, y acompañado por el regimiento y justicia y oficiales del Rey. A la entrada de Lima había un arco triunfal con las armas de España y las de la misma ciudad. Un caballero, con una maza en la mano, emblema de autoridad, cabalgaba delante del virrey, quien, después de pronunciar el juramento de costumbre en la sala del consejo, se dirigió a la catedral, en cuya puerta le esperaban los clérigos con la cruz alzada. Dentro de la iglesia se cantó el Te Deum laudamus, retirándose en seguida Blasco Núñez a su palacio.
Anunció poco después que si no tenía facultad para suspender la ejecución de las Ordenanzas, prometía unir sus ruegos a los colonos en un memorial dirigido a Carlos V, solicitando la revocación de un código que no era conveniente a los intereses del país ni a la Corona[413]. Opina Prescott que debió suspender la ejecución, como por entonces, y en caso análogo, hizo Mendoza, virrey de México. «Pero Blasco Núñez--añade el ilustre historiador--no tenía la prudencia de Mendoza.» Sentimos no participar en este punto de la opinión de Prescott. Si es verdad, como él dice, que Mendoza salvó a México de una revolución, en el imperio de los aztecas no había un Gonzalo Pizarro. Blasco Núñez envió un mensaje a Pizarro dándole noticias de las facultades extraordinarias de que estaba investido, en virtud de las cuales le mandaba que disolviese sus fuerzas; pero no sólo se hizo el sordo a los consejos, sino que al frente de un ejército de 400 hombres, se aprestó a la lucha. Es de notar que por entonces Francisco de Carbajal, el veterano que tan bizarramente se portó en la batalla de Chupas, resolvió abandonar las Indias y volver a España. Súpolo Pizarro y le ofreció un mando en su ejército; proposición que en los primeros momentos rehusó Carbajal, diciendo que sus ochenta años ya le daban derecho a descansar, accediendo al fin a los ruegos de su amigo. ¡Qué cara pagó su debilidad o ambición!
[413] Zárate, Conq. del Perú, lib. V, cap. V.
Seanos lícito dar cuenta en este lugar de un hecho que tiene marcado relieve en la historia del Perú: la muerte del inca Manco, último representante de gloriosa dinastía. Aunque había sido colocado en el trono por Pizarro, cuando tuvo que optar entre su protector y su patria, se lanzó con toda su alma a defender la libertad de sus compatriotas y las antiguas instituciones de su país. Derrotado por su adversario, se retiró a las asperezas de sus montañas, prefiriendo salvaje independencia a la ignominia de vivir esclavo en aquella hermosa tierra donde reinaron sus antepasados. Convienen los cronistas en que después de la derrota de Almagro en los llanos de Chupas (16 septiembre 1542), algunos de los suyos, entre ellos los capitanes Diego Méndez, Francisco Barba, Gómez Pérez, Cornejo y Monroy, para no caer en poder de los vencedores, se refugiaron en el campo indio, al lado del inca Manco. Añaden aquellos escritores que habiendo levantado bandera en favor del virrey Blasco Núñez los citados capitanes, el inca mandó matarles. Entonces los castellanos pelearon con los indios, «y Gómez Pérez--dice Herrera--cerró con el inca y le mató a puñaladas»[414].
[414] Década VII, lib. VIII, cap. VI.
Después de la muerte del inca Manco, los reyes de España mostraron alguna compasión por los descendientes de la antigua y legítima dinastía. «Concedió S. M. (legitimación) a varios hijos que Don Christoval Baca Tupa Inga, hijo de Guayna Capac, Señor natural que fué del reino del Perú, havia tenido, siendo soltero, de indias del mismo estado, para que pudiessen heredarle como legítimos, con tal que no fuessen perjudicados, y alzándoles toda infamia o defecto que por razon del nacimiento pudiesse oponerseles, y habilitándolos para obtener qualquier oficio Rl. o Concegil.--Ced. de 1.º de abril de 1544.--Vid. tom. 5 de ellas, fol. 73 núm. 68»[415].
[415] Arch. hist. nacional.--Cedulario índico de Ayala, letra L, núm. 8. En el año 1545--como se dijo en el capítulo VIII de este tomo--se concedió escudo de armas a dicho Inca, ya muerto.
Si Gonzalo Pizarro no se hallaba tan dispuesto a la rebelión como antes y tal vez pensara a la sazón entrar en negociaciones con el gobierno, los consejos de Carbajal, quien nunca retrocedió una vez comenzada la contienda, le convencieron de que era necesario seguir adelante.
No dejaba de ser crítica la situación del virrey. Creía que le hacían traición todos los que le rodeaban. Sospechando--y es de creer que sin fundamento--de Vaca de Castro, dispuso que fuese conducido a un buque anclado en el puerto. Inmediatamente hizo prender a otros muchos caballeros. Por segunda vez envió una embajada que presidía el obispo del Cuzco, a Gonzalo Pizarro, haciéndole algunas ventajosas proposiciones, embajada que tuvo la misma suerte que la anterior.
Cuando se andaba en tales tratos llegaron los jueces de la Audiencia de Lima, los cuales, sin consideración de ninguna clase, desaprobaron todos los actos de aquella superior autoridad, atreviéndose a visitar la cárcel y poner en libertad a los caballeros que poco antes había hecho prender Blasco Núñez. Es de advertir que entre los jueces de la Audiencia se distinguía uno llamado Cepeda, hombre tan ambicioso como astuto, tan intrigante como conocedor de la ciencia del derecho. Declaró Cepeda guerra a muerte al virrey, a quien desacreditó completamente entre el pueblo.
Y con esto llegamos a narrar un hecho que vino a ser causa de la perdición del virrey. Cierto caballero de Lima, que se apellidaba Suárez de Carbajal, antiguo empleado público durante el mando de los gobernadores, cayó en desgracia del virrey por sospechas de haber influído sobre algunos de sus parientes para que tomasen partido entre los descontentos. Blasco Núñez le hizo llamar a su palacio a hora avanzada de la noche y le acusó de traición en los términos más duros, contestando también enérgicamente Carbajal al negar el cargo. «Luego el dicho virrei echó mano á una daga, i arremetió con él, i le dió una puñalada, i á grandes voces mandó que le matasen»[416]. Sobre el desgraciado Carbajal cayeron los dependientes del virrey y le mataron. Sospechando Blasco Núñez las consecuencias de su criminal acción, dispuso que el cadáver fuese trasladado por secreta escalera a la Catedral y enterrado en una sepultura. El secreto divulgóse en seguida, y, quieras que no quieras, se abrió la sepultura, mostrándose entonces con toda claridad el crimen. Desde aquel momento Blasco Núñez estaba perdido sin remedio, porque Carbajal era querido de todos, como también sabían todos que el infeliz había empleado toda su influencia en favor de la causa del virrey.
[416] Zárate, M. S. existente en el Archivo de Simancas.
Abandonado Blasco Núñez de sus amigos, malquistado con la Audiencia y aborrecido de todos, pensó abandonar a Lima y retirarse a Truxillo, a unas 80 leguas de distancia. Proponíase con esto ganar tiempo, ya que no tenía valor para marchar al encuentro de Gonzalo Pizarro, ni para defenderse en Lima. Seguramente que el virrey no esperaba la fuerte oposición que los jueces hicieron a su proyecto, tan fuerte que apelaron al patriotismo de los habitantes, quienes en sentido revolucionario y a los gritos de ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Audiencia! se dirigieron al palacio, y, aunque el virrey dió orden a la guardia y a sus criados que hiciesen fuego, la muchedumbre penetró hasta las mismas habitaciones de Blasco Núñez, que fué preso y encerrado en estrecha prisión. «E hízose (la revolución) sin que muriese un hombre, ni fuese herido, como obra que Dios la guiaba para bien desta tierra»[417]. La Audiencia depuso al virrey, que fué mandado a una isla inmediata y desde la cual se dirigió luego a Panamá. Suspendiéronse en seguida las odiadas Ordenanzas.
[417] Carta de Gonzalo Pizarro a Valdivia, M. S.
Gonzalo Pizarro se encontraba ya en Xauxa, a unas 90 millas de Lima. Los jueces u oidores de la Audiencia, que ya habían gustado de las dulzuras del poder, le mandaron un mensaje, dándole noticia de la revolución y de la suspensión de las Ordenanzas, no sin invitarle también a que mostrase su obediencia, disolviendo su ejército y retirándose a gozar tranquilo de sus haciendas. Si Pizarro hubiera abrigado algún temor, el veterano Francisco de Carbajal le hubiese animado, como seguramente le animó a la lucha. Por esta razón, el encargado del mensaje volvió con la siguiente respuesta: «Que la voluntad del pueblo era que Gonzalo Pizarro se encargase del gobierno del país, y que si la autoridad no le daba desde luego la investidura de gobernador, entregaría la ciudad al saqueo»[418]. En apuro tan grande, acudieron los oidores a pedir consejo a Vaca de Castro, que todavía se hallaba detenido a bordo de uno de los buques; mas el ex-gobernador guardó un silencio discreto en situación tan difícil. Razón tenían los jueces para mostrarse aturdidos, pues el viejo Carbajal llegó de noche a la ciudad, redujo a prisión a algunos caballeros de Cuzco, que habían abandonado tiempo atrás las filas de Pizarro, e hizo ahorcar de las ramas de un árbol a tres de aquellos. Cuando los oidores vieron cómo castigaba Pizarro, le enviaron un mensaje invitándole a entrar en la ciudad, y declarando que la seguridad del país y la justicia exigían que fuese nombrado gobernador. Entró Pizarro en Lima el 28 de octubre de 1544. Componíase su ejército de 1.200 españoles y de algunos miles de indios que marchaban a vanguardia conduciendo la artillería. A los indios seguían los alabarderos y arcabuceros, formando un cuerpo de infantería, y, por último, la caballería, a cuya cabeza marchaba el mismo Pizarro. Habiendo prestado el juramento de costumbre ante la Audiencia, fué proclamado gobernador y capitán general del Perú, hasta que el Rey dijese su voluntad. Alojóse en el palacio donde fué asesinado su hermano Francisco y celebráronse toda clase de fiestas (corridas de toros y torneos) que duraron algunos días. Castigó a muchos, y entre los que estuvieron próximos a ser ahorcados, se hallaba el cronista Pedro Pizarro, honrado y pundonoroso militar, que fué más fiel a su Rey que a su pariente[419].
[418] Zárate, Conquista del Perú, lib. V, cap. XIII.
[419] Véase Prescott, Ob. cit., tom. II, pág. 250.
Comenzó su gobierno Gonzalo Pizarro desterrando y confiscando los bienes de sus enemigos. Hizo suyo el ayuntamiento de Lima y absorbió las facultades de la Real Audiencia. El oidor Alvarez fué nombrado para acompañar al virrey a Castilla, Cepeda vino a ser un instrumento en manos de Gonzalo, el juez Zárate padecía mortal enfermedad[420], y Tejada debía marchar a Castilla con una relación de los últimos sucesos para justificar el gobernador su conducta ante los ojos de Carlos V. Organizó perfectamente su ejército, mandó a sus tenientes a encargarse del gobierno de las principales ciudades, y con respecto a la marina, hizo construir galeras en Arequipa.
[420] No debe confundirse el juez Zárate con el historiador Zárate.
De pronto, el buque en que Vaca de Castro estaba preso, que era el mismo donde el oidor Tejada se disponía a marchar a España, desapareció del puerto, llegó a Panamá, cruzó el istmo e hizo rumbo a la madre patria. Inmediatamente que llegó Vaca de Castro, pues estaba acusado, entre otras cosas, de haberse apropiado los caudales públicos, fué preso y conducido a la fortaleza de Arévalo (Avila), mejorando después de prisión, y siendo al fin absuelto por los tribunales de Castilla. Volvió a ocupar su puesto en el Consejo y gozó fama de honrado é íntegro.
Si no agradó a Pizarro la retirada de Vaca de Castro, le disgustó mucho más la presentación de Blasco Núñez en Tumbez. Cuando el buque que estaba destinado a conducir a España al virrey se separó de la costa, el oidor Alvarez, recordando seguramente el poco aprecio que Pizarro había hecho de la Audiencia, se presentó a Blasco Núñez y le anunció que se hallaba en libertad, pudiendo tomar el camino que quisiese. A Tumbez llegó a mediados de octubre de 1544. Al saltar en tierra publicó un manifiesto denunciando a Pizarro como traidor al Rey, y exhortando a todos para que le ayudasen a sostener la autoridad real. Acudieron muchos, aunque no los que necesitaba si quería luchar con uno de los capitanes de Pizarro que a la sazón llegó a la costa. Entonces Blasco Núñez abandonó su posición de Tumbez y cruzando un país montuoso y lleno de nieve, se dirigió a Quito. Allí recibió la grata nueva de que Belalcázar, comandante de Popayán, le ayudaría con todas sus fuerzas en la próxima campaña. Comprendiendo que Quito no era sitio favorable para la reunión de sus partidarios, hizo rápida contramarcha hacia la costa y se situó en la ciudad de San Miguel, reuniendo cerca de 500 hombres entre caballería e infantería, mal provistos de armas y municiones. Pizarro, entretanto, dejó a Lima, llegó a Truxillo y tomó la vuelta de San Miguel, deseoso de terminar la contienda. Se presentó en San Miguel, cuando Blasco Núñez, no contando con fuerzas suficientes para reñir una batalla, se retiró donde pudiese recibir el auxilio de Belalcázar. Detrás del virrey marchó Pizarro, quien dispuso que se adelantara Carbajal. Por cierto que en una escaramuza, a causa de un descuido de Carbajal, llevó el virrey la mejor parte. Sin embargo, el veterano jefe continuó de día y de noche a los alcances del enemigo. El deseo de Blasco Núñez era llegar a Pastos, jurisdicción de Belalcázar, caminando por terrenos pantanosos, donde ni hombres ni caballos encontraban alimento. Además, el virrey desconfiaba de los suyos, hasta el punto que hizo dar muerte a algunos de sus oficiales. Salió a tierra firme, y pasando por Tomebamha, volvió a penetrar en Quito y limpiando de sus zapatos el polvo--como escribe Prescott--continuó su camino hacia Pastos. Iba Pizarro picando la retaguardia al virrey, a quien estuvo a punto de alcanzar en Pastos, y continuó al alcance algunas leguas, hasta que, no queriendo atacar con desventaja al virrey y a Belalcázar unidos, y también no contando con Carbajal (el cual había tenido que marchar con algunas fuerzas a La Plata, donde Diego Centeno, haciéndole traición, levantó bandera por la Corona), dispuso la retirada y llegó a Quito con el objeto de reanimar el espíritu de sus desmayadas tropas. Blasco Núñez logró entrar en Popayán, capital de la provincia, pudiendo descansar sus tropas de las fatigas de una marcha de más de 200 leguas. Reunidas las tropas del virrey y las de Belalcázar llegaban a sumar 400 hombres. Salió en los primeros días de enero de 1546 Blasco Núñez de Popayán, acompañado de Belalcázar, camino de Quito. Cuando lo supo Pizarro, se retiró de dicha capital y tomó fuerte posición a tres leguas más al Norte, en un terreno elevado que dominaba un río, cuyas aguas tenía que atravesar el enemigo. Llegó Blasco Núñez poco después y al considerar el sitio que ocupaba Pizarro, valiéndose de la obscuridad de la noche levantó el campo, y dando gran rodeo penetró en Quito. Cuéntase que al ver la ciudad desierta y que Pizarro era el ídolo de todos, el infeliz virrey levantó las manos al cielo, exclamando: ¡Así abandonas, Señor, a tus servidores! Belalcázar, comprendiendo que era temeridad dar la batalla en aquellas circunstancias, aconsejó a Blasco Núñez que entrase en negociaciones con el enemigo.
Se negó terminantemente a ello, y después de arengar a sus tropas, salió de Quito (18 de enero del citado año de 1546) y presentó batalla a Pizarro. Pruebas de valor dieron ambos ejércitos, siendo al fin derrotado el virrey Blasco Núñez. Entre otros muertos, merecen especial mención Cabrera, el teniente de Belalcázar, y cayó mortalmente herido el oidor Alvarez. Belalcázar, cubierto de heridas, fué hecho prisionero. Blasco Núñez se dió a conocer por su bizarría; pero un golpe de hacha que le dió un soldado en la cabeza le derribó del caballo, estando ya gravemente herido. En aquella situación, el licenciado Carbajal, hermano de aquel que el virrey asesinó en el palacio de Lima--y que por esta causa se puso al lado de Pizarro--se dirigió a dicho Blasco Núñez, le echó en cara el asesinato, y cuando se disponía a darle el golpe mortal con su propia mano, se presentó Pizarro y «mandó a un negro que traía que le cortase la cabeza, i en todo esto no se conoció flaqueza en el visorrey, ni habló palabra, ni hizo más movimiento que alzar los ojos al cielo, dando muestra de mucha christiandad»[421].
[421] Herrera, Ob. cit., Déc. VIII, lib. I, pág. III.
Tal fué la batalla de Añaquito. Belalcázar, que curó de sus heridas, obtuvo perdón y fué restablecido en su gobierno. Blasco Núñez, primer virrey del Perú, aunque era hombre vano, desconfiado y antipático, tenía dos buenas cualidades: lealtad con su Rey y constancia en la desgracia.
Llegó Pizarro a la cima del poder. Hizo su entrada en Lima, llevando las riendas de su caballo dos capitanes a pie, y cabalgando a su lado el arzobispo de Lima y los obispos del Cuzco, Quito y Bogotá. Echáronse las campanas al vuelo, las calles estaban llenas de ramaje y las casas colgadas de tapices; diéronle los títulos de «Libertador y Protector del pueblo.» Para que todo fuese dicha, recibió entonces la noticia de que Carbajal, su fiel teniente, había sofocado la insurrección dirigida por Centeno, cuyos restos andaban dispersos y el jefe había encontrado refugio en una cueva de la montaña. Comenzó Pizarro a desplegar una ostentación verdaderamente regia. Se le aconsejó por muchos, entre otros por Carbajal, que se proclamara Rey, y se le dijo «que se casase con la Coya, princesa india, representante de los Incas, para que así las dos razas pudieran vivir tranquilas bajo un cetro común»[422]. Para desgracia suya--como después veremos--la roca Tarpeya no estaba lejos del Capitolio.
[422] Prescott, Ob. cit., tom. II, pág. 279.
La nueva de tales sucesos llegó a España en el verano de 1545. A la sazón Carlos I se hallaba en Alemania, ocupado en sosegar las turbulencias del imperio, y su hijo Felipe, gobernador del reino, residía en Valladolid con la corte. Como en semejantes casos acontece, se puso en cuestión por el Consejo, presidido por Felipe, y del cual formaba parte el duque de Alba, el modo de restablecer el orden en las colonias. «Ventilóse la forma del remedio de tan grave caso, en que hubo dos opiniones: la una, de enviar un gran soldado con fuerza de gente a la demostración de este castigo; la otra, que se llevase el negocio por prudentes y suaves medios, por la imposibilidad y falta de dinero para llevar gente, caballos, armas, municiones y abastecimientos, y para sustentarlos en Tierra Firme y pasarlos al Perú»[423]. De la primera opinión debieron ser, lo mismo el Príncipe que había de reinar con el nombre de Felipe II, que el futuro y severo gobernador de los Países Bajos. El Emperador, desde Colonia, se decidió por la última opinión, y nombró a D. Pedro de la Gasca para pacificar aquel inmenso territorio. A la carta de Carlos V, del 6 de agosto de 1545, contestó La Gasca, entre otras cosas, lo siguiente:
[423] M. S. de Caravantes.
«S. C. C. M.
Recibí la carta de V. M. en que me manda vaya a entender en las cosas del Perú, y aunque es jornada peligrosa para la salud y vida, mas como viendo que los hombres desde que nacemos estamos condenados a la muerte y obligados al trabajo, y cuán particular obligación tenemos a esto los vasallos de V. M., viendo la determinación que todas las veces que de ello hay necesidad, V. M., por lo que á nosotros conviene, no rehusa de poner á todo riesgo y trabajo su persona, siendo lo que es, é importando su conservación tanto al bien universal de la República Cristiana.» Y en otra cláusula añade: «Conozco mis pocas fuerzas y corta industria, que ninguna experiencia tengo de las cosas de las Indias; y conforme á esto, si me faltare la vida ó salud en el camino ó medios en los negocios, sería inútil para servir á Dios y á V. M. en ellos, y no se conseguiría el fin de la pacificación de aquella tierra. Mas considerando la determinación con que V. M. me lo manda, me pareció que sin réplica ni excusa le debía obedecer, considerando que con hacer lo que en mí suele, tratando los negocios con fe, verdad y limpieza que debo a Dios y á mi príncipe, habré cumplido. En Madrid 14 de noviembre de 1545. De vuestra S. C. C. M. humilde vasallo é indigno criado que sus Reales manos besa, El lic. Gasca Gil Fernández Dávila»[424]. Presentóse La Gasca ante el Consejo de Valladolid y pidió ir al Perú como representante del soberano y revestido de toda la real autoridad[425]. «No quiero--dijo--sueldo ni recompensa de ninguna especie; con mis hábitos y mi breviario espero llevar á cabo la empresa que se me confía»[426].
[424] Tesoro Eclesiástico, tom. I, Iglesia de Sigüenza pág. 192.
[425] Nació en Navarregadilla, lugar anejo, en lo antiguo, del Barco de Avila y hoy de Santa María de los Caballeros. Físicamente considerado, era feo y de mal gesto, de aspecto vulgar, y su pequeño cuerpo se hallaba sostenido por largas y delgadas piernas. Afirman sus biógrafos--tal vez sin fundamento alguno--que descendía de la familia de Casca, uno de los conjurados y asesinos de Julio César. «Pasando a España--dice una manuscrita historia de D. Pedro Gasca--vinieron a tierra de Avila y quedó del nombre dellos el lugar y familia de Casca, mudándose por la afinidad de la pronunciación que hay entre las dos letras consonantes c y g el nombre de Casca en Gasca.» Estudió en el Colegio Mayor de Alcalá de Henares; mostró en dicha ciudad su enemiga á los Comuneros; pasó a estudiar derecho civil y canónico a Salamanca, en cuya Universidad se distinguió por su habilidad en las disputas eclesiásticas. Fué rector de la Universidad en el curso de 1528 al 29, según consta en los libros y legajos del archivo de la famosa escuela. Tomó los hábitos en San Bartolomé (18 octubre 1531), desempeñando en dicho colegio dos veces el rectorado. Mereció que el cardenal D. Juan Tavera, arzobispo de Toledo, le confiriese importantes y delicados cargos. Nombrado del Consejo de la General Inquisición, pasó a Valencia en el año 1540. El Emperador le encargó la visita de la justicia del reino de Valencia y de todos los oficiales del patrimonio real, desempeñando su comisión con prudencia y tacto. En el año 1542, habiendo Barbarroja amenazado las costas de Valencia y las islas Baleares, D. Fernando de Aragón, por consejo de La Gasca, puso en seguridad aquellas posesiones.
[426] Fernández, Hist. del Perú, parte I, lib. II, cap. XVI.
[Ilustración: El Licenciado D. Pedro de la Gasca, según retrato existente en Valladolid.]
Parece ser que los individuos del Consejo no se creyeron autorizados para conceder los extensos poderes que solicitaba La Gasca; pero el Emperador, a una carta del antiguo colegial de San Bartolomé de Salamanca, contestó (16 febrero 1546) confiriéndole absoluta autoridad. Sería La Gasca nombrado presidente de la Real Audiencia, se le autorizaba para hacer nuevos repartimientos y confirmar los ya hechos, declarar la guerra y levantar tropas, nombrar y separar todos los empleados. Podía ejercer la regia prerrogativa de perdonar los delitos y conceder amnistía a todos los complicados en la rebelión, y se le ordenaba que revocase las odiadas Ordenanzas. En compañía del valiente capitán Alonso de Alvarado, se embarcó en Sanlúcar (26 mayo 1546), llegando a las Indias (3 julio) después de próspero viaje. Desde el puerto de Santa María, donde supo que el virrey Blasco Núñez había muerto en la batalla de Añaquito y que Gonzalo Pizarro gobernaba absolutamente el país, se dirigió a Nombre de Dios, siendo recibido por Hernán Mexía, uno de los capitanes más fieles a Pizarro, con los honores debidos a su alta dignidad. Presentóse después en Panamá, en cuyas aguas se hallaba la escuadra, mereciendo también favorable acogida del gobernador Hinojosa. Comprendiendo entonces Gonzalo Pizarro que el enviado de Carlos V, con toda su reputación de santo, era el hombre más mañoso que había en toda España é más sabio[427] determinó enviar un mensaje al Emperador, ya para justificar su conducta, ya para solicitar la confirmación de su autoridad.
[427] Carta de Pizarro a Valdivia, M. S.
Presidía la comisión Lorenzo de Aldana, quien, antes de embarcarse para España, debía entregar una carta a La Gasca, firmada por 70 de los principales vecinos de Lima y con fecha del 14 de octubre de 1546, en la cual se le manifestaba que volviese a la metrópoli, porque su presencia serviría únicamente para renovar los pasados disturbios; pero cuando Aldana se convenció de las atribuciones que traía el presidente, abandonó la causa de Pizarro, y lo mismo hizo poco después Hinojosa, poniendo la escuadra a las órdenes de La Gasca.
El presidente se decidió a obrar. Levantó empréstitos sobre el crédito del gobierno, recibió los fondos que le adelantaron los vecinos ricos de Panamá, reunió gente y almacenó provisiones. Hizo repartir proclamas y manifiestos; y últimamente, mandó copias de sus poderes a Gonzalo Pizarro y le anunció que todavía era tiempo de volver a la obediencia del Rey. No sabiendo Pizarro qué camino tomar, consultó el caso con el veterano Carbajal y el abogado Cepeda, los cuales estuvieron en desacuerdo, pues al paso que Carbajal opinó que debía aceptarse la Real gracia, el pedante Cepeda aconsejó la lucha y aun llegó a decir que el viejo soldado obraba por las sugestiones del miedo.
Noticioso Pizarro de la defección de Hinojosa y Aldana, de la entrega de la escuadra y de la toma de Cuzco por Centeno--aquel jefe realista que escondido un año en una cueva cerca de Arequipa, se presentaba a la sazón con deseos de venganza--Pizarro, repetimos, se decidió por la opinión de Cepeda y se dispuso a desesperada lucha. Dejó Cepeda su profesión de oidor por la de militar y se puso al frente de las tropas, bien que el alma de la empresa era Carbajal. No pudiendo Cepeda olvidar su profesión de abogado, formó ridículo proceso contra La Gasca, Hinojosa y Aldana. Refiere el historiador Fernández que Carbajal preguntó: «¿Qué objeto tiene vuestro proceso?--Evitar dilaciones, contestó Cepeda, y si fuesen hechos prisioneros, que se les ejecute inmediatamente.--Yo creía--añadió el veterano--que ese proceso tenía virtud para matarlos como con un rayo. Si alguno de ellos cae en mis manos, no necesitaré de la sentencia y firmas para hacerlos morir»[428].
[428] Ob. citada, cap. LV.
Aldana con la escuadra salió de Panamá (mediados de febrero de 1547) dirigiéndose a Lima. Por su parte Pizarro abandonó la ciudad y estableció su campamento a una legua de Lima y dos de la costa; mas antes Cepeda reunió a los vecinos de la ciudad y les hizo prestar juramento de mantenerse fieles a Gonzalo. «¿Cuánto tiempo--preguntó Carbajal a su compañero--pensáis que durarán esos juramentos? Luego que hayamos salido de aquí, se los llevará el primer viento que sople de la costa.» En efecto, inmediatamente que Aldana echó el ancla en el puerto, los habitantes de Lima volvieron sus ojos al nuevo astro.
Cuando vió Gonzalo que por el Norte le amenazaba La Gasca y por el Sur Centeno, se decidió pasar a Chile, llegando al lago de Titicaca, en tanto que el presidente salía de Panamá, arribaba a Túmbez, se detenía en Trujillo y entraba en el valle de Xauxa.
Pizarro y Centeno se encontraron (26 octubre 1547) en las llanuras de Huarina, al Sudoeste del lago. Carbajal y Cepeda pelearon como bravos, en particular el primero, que consiguió señalada victoria.
No arredró este contratiempo a La Gasca. Salió de Xauxa (22 diciembre 1547), y entró en la provincia de Andaguaylas, donde se le unió Centeno, como también Belalcázar, conquistador de Quito, y Valdivia, conquistador de Chile. Hallábanse, además, a su lado los obispos de Cuzco, Quito y Lima, la nueva Audiencia y muchos clérigos seculares y regulares. La Gasca, con poderoso ejército y llevando como capitanes a Hinojosa, Alvarado y Valdivia, atravesó las elevadas crestas de los Andes, cubiertas de nieve y hielos, caminó entre rocas y precipicios, barrancos y laderas, echó un puente sobre el río Apurimac y se dirigió al valle de Xaquixaguana. Si gloria merece Aníbal atravesando el pequeño San Bernardo, y Napoleón el gran San Bernardo, digno de no menor fama es La Gasca atravesando los Andes. En Xaquixaguana se encontraron Pizarro y La Gasca (9 abril 1548). Refieren los historiadores que cuando Carbajal vió las disposiciones de las tropas reales, hubo de decir: «Valdivia está en la tierra y rige el campo, o el diablo»[429]. No sabía el esforzado veterano que, en efecto, Valdivia se hallaba en el campamento real. Cepeda y Garcilaso de la Vega, padre del historiador, hicieron traición a su causa, pasándose al enemigo. Una columna de arcabuceros y un escuadrón de caballería siguieron el ejemplo. Gonzalo Pizarro, Carbajal, Juan de Acosta y algunos más intentaron la resistencia, aunque todo fué en vano. Gonzalo preguntó a Juan de Acosta: ¿Qué haremos, hermano Juan? Acosta respondió: Señor, arremetamos y muramos como los antiguos romanos. Pizarro contestó: Mejor es morir como cristianos. Pizarro recordaba seguramente la rota de los Comuneros de Castilla y las palabras de Juan de Padilla. Gonzalo fué hecho prisionero, como también Carbajal. Cuéntase que Carbajal fué insultado por la soldadesca realista. Diego Centeno se declaró su defensor. ¿Quién es vuestra merced--le preguntó Carbajal--que tanta merced me hace? Centeno respondió: Qué, ¿no conoce vuestra merced a Diego Centeno? Carbajal dijo entonces: Por Dios, señor, que como siempre ví a vuestra merced de espaldas[430], agora, teniéndole de cara no le conocía[431]. Como en Villalar, el triunfo fué de la causa de la legalidad. Pizarro, Carbajal, Acosta y otros caballeros pagaron con la vida su deslealtad, como antes Padilla, Bravo y Maldonado. Muchos sufrieron el destierro y las propiedades de todos fueron confiscadas.
[429] Ibidem, cap. LXXXIX.
[430] Se refiere a la fuga de Charcas y a la derrota de Huarina.
[431] Fernández, ob. cit., cap. XC.
Retirado La Gasca al valle de Guaynarima recompensó á sus partidarios. Marchó en seguida á Lima, mereciendo ser aclamado por el pueblo que le llamaba Padre, Restaurador y Pacificador del Perú. «No vió el mundo--dice Ruiz de Vergara--semejante transformación; en breve tiempo desde pastor de almas pasó a ejercer oficio de virrey, y el báculo fué bastón militar con que gobernó ejércitos que aseguraron a su Príncipe y a su patria las mayores riquezas que han logrado los hombres en otras monarquías. Las victorias fueron más dignas de gloria cuanto más fuertes fueron los vencidos»[432] (Apéndice G.)
[432] Ibidem, pág. 325.
Terminada la guerra, comenzó La Gasca su misión de juez y de gobernador. Como presidente de la Audiencia y rodeado de magistrados tan entendidos como justos, despachó muchos negocios que estaban atrasados durante las pasadas revueltas, en particular importantes pleitos sobre la propiedad. Introdujo excelentes reformas en el gobierno municipal de las ciudades. Mandó a expediciones lejanas a algunos caballeros más amigos de motines que del orden público. Comprendiendo la triste situación de los infelices indios, planteó sistema de impuestos más equitativo y beneficioso que el establecido por los antiguos soberanos. Dictó leyes humanitarias y rechazó frecuentemente las protestas de los colonos. Don Pedro de La Gasca, por sus rectas intenciones y por sus altas miras políticas, debe figurar entre los grandes hombres de España en aquel siglo.
Pacificado el Perú, La Gasca se embarcó para España en Nombre de Dios, llegando a Sevilla (octubre de 1550) con rico tesoro. Desde Sevilla despachó a Flandes, donde a la sazón estaba el Emperador, al capitán Lope Martín, «con aviso de lo que había pasado en Tierra Firme y de su llegada en salvo con el tesoro: nueva que del Rey fué bien recibida, por hallarse muy necesitado de dinero para las guerras extranjeras que trataba»[433]. Dice Ruiz de Vergara que añadió que él venía con el breviario y 46.000 ducados de deuda, por lo cual suplicaba al César que mandase pagar a sus acreedores. Mandó el Emperador que del tesoro que traía, los tomase en buena hora[434].
[433] Herrera, Década VIII, libro VI, cap. VII.
[434] Ibidem, pág. 325.
La Gasca no fué un genio; pero sí un carácter.[435] «Hay hombres--escribe Prescott--cuyo carácter es tan a propósito para las crisis particulares en que se presentan, que parecen especialmente designados por la Providencia para dominarlas. Tales fueron Washington en los Estados Unidos, y La Gasca en el Perú. Podemos concebir que haya hombres de cualidades más altas a lo menos en la parte intelectual; pero la maravillosa conformidad de su carácter con las exigencias de su situación, la perfecta habilidad con que supieron elegir los medios más conducentes para conseguir el fin que se proponían, son las que constituyen el secreto de sus triunfos. Ellas hicieron a La Gasca sofocar gloriosamente la revolución, y a Washington, aún más gloriosamente llevarla a cabo»[436].
[435] Recompensó sus servicios Carlos V presentándole en el año 1551 para la silla episcopal de Palencia. Como Valladolid era población de su obispado, en el auto de fe celebrado en dicha ciudad (21 mayo 1559) contra D. Agustín Cazalla y otros, La Gasca hizo la degradación de los sacerdotes herejes[395a]. Fué uno de los jueces que votaron la prisión de Fr. Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo. Durante el tiempo que estuvo La Gasca al frente de la iglesia palentina se hicieron obras de importancia en la catedral, como lo indican las armas de aquel Prelado, las cuales se ven en las bóvedas primera y segunda de la nave central, en la verja del coro, en la sala donde administraba justicia y en una ventana colocada en el lienzo exterior de la iglesia, próxima a la puerta de Los novios.
[395a] Ob cit., págs. 259 y 325.
Habiendo sido promovido a la iglesia de Sigüenza, tomó posesión de su silla el 11 de agosto de 1561. Asistió a un Concilio provincial celebrado en Toledo; pasó a Alcalá de Henares en 1565, y con el obispo de Cuenca y el de Segovia, D. Diego de Covarrubias, tomó parte en el informe sobre la canonización de Fr. Diego de Alcalá; por último, en 1566, según las disposiciones del Concilio Tridentino, celebró Sínodo en Sigüenza, acabando sus días en dicha ciudad el 10 de noviembre de 1567[395b].
[395b] Prescott dice, erradamente, que murió en Valladolid. Ob. cit., pág. 397.
Fué enterrado en la iglesia de Santa María Magdalena (Valladolid), que él hizo construir, y su sepulcro, obra del escultor Esteban Jordán, tiene mucho mérito. La estátua yacente, que representa al Prelado, colocada en el crucero del templo, es primorosa, y a sus pies hay una tarjeta con el siguiente letrero:
Accepit regnum decores et diadema pecici de manu Domini.
En el lado de la Epístola se halla una capilla, donde se admira el escudo heráldico de La Gasca. Dicho escudo está dividido en dos cuarteles por una diagonal: en el de la izquierda se ven castillos y leones, y en el de la derecha trece roeles. Léese la inscripción que copiamos a continuación:
Cesari restitutis Peru regnis tiranorum spolia.
En la cornisa que corre alrededor del templo se lee esta inscripción:
Illustrissimus, ac Reverendissimus D. D. Petrus Gasca, qui primo Santæ Generalis Inquisitionis et consilio. Post Palentinus deinde seguntinus Antistes. Peru Regna Novi-orbis Regiam invictissimi. Caroli quinti Imperatoris Hispaniarumque regis, vicem gesturus adivit unde tyranis, rebellibusque primo congressu superatis, Provinciisque illis Regis Imperio subactis, vesilla hec novellaque troplica arripuit. Quo circa decies centena millia supra trecentem millia ducatorum census cesaris militibus una die ipse solus auri contemplor erogavit. Quibus feliciter gestis, cupiens pro tantis beneficiis divinitus in eum collatis, vota solveret hanc sacsam edem ad laudem, et gloriam Omnipotentis Dei et honorem Beatæ María Magdalena a fundamentis erexit, ed munificentissime dotavit eamque sibi nomine Mausolei vindicavit. Obiit Siguntiæ anno a Nativitate Domini 1567, quarto idus Novembris ætatis sua 74.
En su testimonio, que se guarda en el Archivo de la iglesia de la Magdalena, dice el fundador que la edificaba por satisfacer en algo las faltas que había tenido en celebrar, las cuales eran debidas a las ocupaciones que le dió el emperador Carlos V en Valencia cuando le mandó visitar los tribunales de dicho reino, así de Justicia como de Hacienda, y en la defensa del mismo reino e islas Baleares, pues Barbarroja, año de 1542, con la armada del Turco y del rey de Francia, se dispuso a atacar nuestras costas y citadas islas. Dice también que la ida al Perú y reducción de aquellos reinos al real servicio y el castigo de los tiranos, le ocupó más de ocho años, en cuyo tiempo no se atrevió a decir misa, si bien debía hacerse notar por Su Santidad, a instancia y pedimento de S. M. F. le envió un Breve copiosísimo para que pudiese entender en todos los negocios de cualquiera calidad que fuesen, así civiles como criminales, de guerra y paz, no cayendo en otra irregularidad. Añade que, del mismo modo, le movió a hacer esta obra pía el que la parroquia de la Magdalena, aunque era la más antigua estaba casi derruída y era la más pobre, y porque en ella tenía la casa su hermano D. Diego de la Gasca, a quien nombraba patrono. Dotó en 400 ducados la capilla mayor de la citada iglesia e instituyó doce capellanías y una además con el nombre de mayor, un organista, un sacristán y cuatro mozos de coro. Además de varias misas que encargó a dichos sacerdotes, dispuso, que, habiendo sido el oficio muzárabe antiguamente de mucha devoción y uso en España, en tiempos de tanta persecución de infieles, él, siguiendo el ejemplo del reverendísimo Sr. Cardenal D. Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, de buena memoria,--quien fundó una misa, según aquel ritual, en la iglesia metropolitana de Toledo,--ordenaba y mandaba que se dijese en dos viernes de cada mes una misa y el dicho oficio en su capilla de la Magdalena por los trece capellanes en turno y como se dice en la del Sr. Cardenal.
En la parte exterior de la iglesia se destacan diferentes escudos con las armas de La Gasca, llamando la atención uno tan grande como poco artístico, que adorna la fachada principal. Edificó una casa para los sacerdotes, la cual está situada frente a la fachada principal de aquel templo[395c].
[395c] En la calle de Colón, señalada al presente con el número 13.
De los muchos y ricos objetos que se guardaban en la Magdalena, sólo existe a la sazón, un cáliz de plata, de estilo gótico florido, regalado por el fundador[395d].
[395d] El hermoso y artístico retrato de D. Pedro de La Gasca, que se hallaba en la sacristía, se lo llevó el general Concha, patrono de la iglesia, allá por el año 1860.
[436] Hist. del Perú, tom. II, pág. 401.
Si nos agrada que el escritor americano coloque a nuestro La Gasca al lado de Washington, la imparcialidad nos obliga a decir que el español, aunque prestigioso gobernante, se halla muy por debajo del hijo ilustre de Virginia.
CAPITULO XXIV
VIRREINATO DEL PERÚ (CONTINUACIÓN).--EL VIRREY MENDOZA.--GOBIERNO DE LA AUDIENCIA.--EL MARQUÉS DE CAÑETE: INSURRECCIÓN DE SAIRI TUPAC.--EXPEDICIONES.--EL CONDE DE NIEVA Y GARCÍA DE CASTRO.--EL VIRREY TOLEDO: SUPLICIO DE SAIRI TUPAC.--LOS CHIRINAMOS.--LOS JESUÍTAS.--CÉDULA DE FELIPE II.--ENRÍQUEZ Y EL CONDE DE VILLAR DON PARDO.--EL MARQUÉS DE CAÑETE: LOS PIRATAS.--SANTO TORIBIO.--LAS ENCOMIENDAS.--CÉDULA DE FELIPE III.--EL MARQUÉS DE MONTESCLAROS: CREACIÓN DE CATEDRALES.--EL PRÍNCIPE DE ESQUILACHE, EL CONDE DE CHINCHÓN Y EL MARQUÉS DE MANCERA.--LOS VIRREYES CONDE DE SALVATIERRA, CONDE DE ALBA DE LISTE Y CONDE DE SANTISTEBAN.--EL CONDE DE LEMOS Y OTROS VIRREYES NOMBRADOS POR CARLOS II.--TERREMOTO DE 1678.--VIRREINATO DE CASTELL DOS RÍUS: TERREMOTO DE 1707: AUTOS DE FE.--VIRREINATO DEL OBISPO DE QUITO.--EL PRÍNCIPE DE SANTO BONO Y OTROS VIRREYES.--COMISIÓN CIENTÍFICA EN EL PERÚ.--SUBLEVACIÓN DE LOS INDIOS.--CÉDULA DE 1736.--EL CONDE DE SUPERUNDA: TERREMOTO DE 1746.--EL VIRREY AMAT: EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--LOS VIRREYES GUIRIOR Y JÁUREGUI.--EL INDIO CONDORCANQUI.--LOS VIRREYES CROIX, GIL DE TABOADA, O'HIGGINS Y AVILÉS.--BOLIVIA BAJO EL VIRREINATO DEL PERÚ Y DESPUÉS DEL DE BUENOS AIRES.
D. Antonio de Mendoza, propuesto a Carlos V por La Gasca para el cargo de virrey del Perú, llegó a Lima (mes de septiembre de 1551). Mostróse en el Perú tan prudente y bondadoso como antes en México. Encargó a su hijo D. Francisco que recorriese el Perú con el objeto de conocer las necesidades públicas y dispuso que Juan de Betanzos escribiera la historia del Perú desde su descubrimiento.
«Ynformado el Rey de haverse alzado Mango Yuga Yupangui por los malos tratamientos que rescivía de los Españoles, y que por su muerte lo andaba tambien su hijo Inga, con muchos caciques e indios, malográndose el fruto de su redencion; y habiendo noticia de que quería christianarse y venir al servicio y obediencia de S. M., le avisó aversele concedido (el indulto) y perdonado todos sus delitos, encargándole se presentase al virrey D. Antonio de Mendoza, con sus caciques y secuaces, que estaba prevenido le honrrasse e hiciesse restituir las casas y chacaras que posehía su padre al tiempo que se alzó.--Céd. de 9 de marzo de 1552.--Vid. doc. 11 de ellas, fol. 406, núm. 60»[437].
[437] Archivo histórico nacional, Cedulario índico de Ayala, letra I, núm. 11.
Si el licenciado La Gasca, deseando premiar a los que habían permanecido fieles a la causa del Rey, hubo de conceder 150 encomiendas, ni la Audiencia, ni Mendoza, aunque se hallaban autorizados a ello, concedieron ninguna. El tributo que pagaban los indios sujetos a las encomiendas iba todo a parar a manos de los encomenderos, hasta que por Real Cédula de 1550, se les impuso la obligación de pagar el quinto a la Corona, disposición que comenzó a practicarse durante el gobierno de la Audiencia.
Murió Mendoza en julio de 1552, volviendo la Audiencia a encargarse del gobierno. La suspensión del servicio personal de los indios, ordenada por la Audiencia, produjo varios desórdenes, siendo el principal jefe de los descontentos Hernández Girón, el cual se dió tan buena maña que se hizo dueño del Cuzco y se aproximó a Lima. Hernández Girón logró vencer al ejército real en Chuquinga, y cuando se disponía a empresas mayores, le abandonaron los suyos. Hecho prisionero en Atunjanja, murió decapitado en la capital el 7 de diciembre de 1554; su cabeza se colocó en el rollo de la plaza, al lado de las de Gonzalo Pizarro y Carbajal.
Don Andrés Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete, recibió el gobierno que le entregó la Audiencia en julio de 1557; pero su nombramiento fué hecho el 10 de marzo de 1555. Concedió algunas encomiendas a los que más se distinguieron en servicio del Rey, y a los descontentos que se creían con derecho a ellas, los mandó a España, si bien tampoco consiguieron nada de Felipe II. Procuró el marqués de Cañete la sumisión de Chile, mandando contra los araucanos a su hijo Don García.
Un hecho de verdadera importancia se registra en el gobierno del citado virrey, y fué que tuvo la fortuna de acabar con la insurrección de Sairi Tupac, heredero de Inca Manco, el cual se puso a la cabeza de los indios quichuas. Para vencer dicha insurreccion se valió del influjo de la coya D.ª Beatriz, tía de Sairi y de Juan de Betanzos, emparentado con la dinastía de los Incas. Entró Sairi en la ciudad de los Reyes como solían entrar los antiguos monarcas, llevado en una litera. Por la renuncia de sus derechos se le dieron 20.000 ducados de renta en las encomiendas de Sacsahuana y Jucay, el título de Adelantado y otras mercedes. Dícese que en el acto de concederle estas gracias, cogiendo una hebra del fleco de terciopelo de la mesa, exclamó: Todo este paño y su guarnición eran míos, y ahora me dan este pelito para mi sustento y el de mi casa. Tiempo adelante se convirtió a la religión cristiana, recibiendo el nombre de Diego.
Dedicóse el marqués de Cañete a mejorar el estado del país, fundando en la región de los cañaris la ciudad de Cuenca, reprimiendo las demasías de los negros, enviando tres buques a explorar el Estrecho de Magallanes, y encomendando a Pedro de Ursúa el descubrimiento de los omaguas, habitantes--según se decía--de tierras abundantes de oro; esta expedición, a causa de las crueldades de Lope de Aguirre, tuvo mal resultado.
Don Diego de Acevedo y Zúñiga, conde de Nieva, se hizo cargo del gobierno el 31 de abril de 1561. Concedió algunas encomiendas. Se declaró que correspondían a la Corona las encomiendas de Lope de Mendieta, de D. Alonso de Montemayor y de D. Francisco de Mendoza. El conde de Nieva fundó el pueblo de Arnedo, en el valle de Chancay, y el de Ica, en un paraje que era guarida de ladrones. Según algunos escritores, fué asesinado por un marido ultrajado en su honra y cuando de noche subía por una escalera a un balcón de la casa del citado marido.
Encargóse D. Lope García de Castro del mando el 21 de septiembre de 1564, y lo desempeñó hasta el 26 de noviembre de 1569. Gobernó el Perú con el título de presidente de la Audiencia, conferido por Felipe II. Estableció la casa de la moneda, intentó colonizar las islas de Chilve y confió a Alvaro de Mendaña una expedición que dió por resultado el descubrimiento de las islas de Salomón, en la Oceanía. No concedió ninguna encomienda.
De la prudente y sabia administración de D. Francisco de Toledo quedan muchos e importantes recuerdos, si bien su gobierno se halla afeado con la nota de crueldad. La visita general que hizo por el virreinato y que emprendió el 23 de octubre de 1570, fué beneficiosa a los indios, porque el virrey logró corregir algunos abusos de los encomenderos y fundó muchos pueblos de indígenas, a los cuales concedió el derecho de juntarse en cabildos para tratar de los asuntos que creyesen necesario.
Consideremos otro asunto de no escaso interés. Gozaba de independencia la ciudad de Vilcabamba y en ella habían tomado la borla imperial, después de Sairi-Tupac, Titu-Cusi y Tupac-Amaru. Queriendo el virrey acabar con aquel ridículo imperio, entró en negociaciones con Tupac-Amaru, que no dieron resultado favorable. Lo que no pudo conseguir por medio del consejo, lo conseguirá por la fuerza. Encargóse de ello D. Martín de Loyola que, al frente de 200 soldados, penetró en el país, donde encontró cortados los caminos y rotos los puentes. Sin embargo, pudo llegar de improviso a Cochabamba y habiéndose apoderado del Inca, le hizo llevar prisionero al Cuzco, donde fué condenado a muerte. Cuando marchaba al cadalso, como oyese que gritaba el pregonero: A este hombre matan por tirano y traidor á su Magestad, replicó: No digas eso, pues sabes que no es verdad; yo no he hecho traición, ni pensado hacerla, como todo el mundo sabe. Dí que me matan porque el virrey lo quiere y no por mis delitos. En el momento de entrar en la plaza, sitio destinado a la ejecución, aparecieron muchas coyas e hijas de caciques clamando tristemente: Inca, ¿por qué te van á matar? ¿Qué traiciones has hecho para merecer tal muerte? Pide á quien te la da, que nos mande matar á todas, pues somos todas tuyas por la sangre y por la condición, y más dichosas seremos en tu compañía que quedando siervas de los que te matan. Tupac-Amaru recibió con resignación la muerte; pero la opinión pública acusó de cruel al virrey, y hasta el mismo Felipe II, tiempo adelante, le hechó en cara semejante hecho, diciéndole: «Idos á vuestra casa, que yo no os mandé al Perú para matar reyes.» Deseoso de quitar a los indios toda idea de insurrección, puso el virrey en el Cuzco fuerte guarnición de españoles y llevó a Lima las momias de los Incas, a cuya presencia se arrodillaba la muchedumbre en los caminos.
Intentó conquistar el país de los chiriguanos, en el cual entró y tuvo que retroceder escarmentado. Enemigo de los jesuítas, desde Los Reyes, con fecha 7 de octubre de 1578, mandó a Martín García de Loyola, corregidor del Potosí, que cerrase las puertas de la casa que allí tenían los Padres y les embargara los bienes temporales de que eran dueños. En virtud de la orden del virrey fueron arrojados de dicha casa los PP. José de Acosta, Baena, Medina y los HH. Santiago, Tomás y Domingo[438]. No escatimaremos nuestros aplausos a la gestión administrativa de D. Francisco de Toledo. Mejoró el estado de la Hacienda y publicó sabias ordenanzas.
[438] Véase Hist. de la Compañía de Jesús, etc., por el P. Pastells, tomo I, págs. 14-18.
Antes de terminar la reseña de este virreinato, hagamos un descanso para registrar dos hechos realizados por Felipe II, digno de censura uno y digno de alabanza otro. Refiérese el primero a que por Cédula de 25 de enero de 1569 estableció la Inquisición en el Perú. Vid. tom. 33 del Ced.º, fol. 357 v.º, núm. 289[439]. Consiste el segundo en que desde Badajoz (23 septiembre 1580) mandó a decir al presidente de la Audiencia de los Charcas que en la Universidad, fundada por el mismo Rey, se estudiase la lengua general de los indios «para que los sacerdotes que les han de administrar los Santos Sacramentos y enseñar la doctrina» tuviesen «el medio principal para poder hacer bien sus oficios»[440].
[439] Arch. hist. nac., Cedulario índ. de Ayala, letra I, núm. 16.
[440] Cedulario índico, tomo XXXIV, núm. 293, págs. 329-331.
El 23 de septiembre de 1581 entregó D. Francisco de Toledo el mando a su sucesor, «embarcándose para España, dejando hecha la tasación de tributos que había practicado en la visita general, en la cual se encontró haber en las 19 provincias de las Audiencias de Lima, Quito y Charcas 695 encomiendas con 325.899 indios, cuyos tributos anuales importaban un millón quinientos seis mil doscientos noventa pesos de oro, de los que trescientos un mil doscientos cincuenta y ocho pesos correspondían al Rey por el derecho de quintos, quedando de renta para los encomenderos un millón doscientos cinco mil treinta y dos pesos...»[441].
[441] Libro Primero de Cabildos de Lima, segunda parte, pág. 113.
Al breve gobierno de D. Martín Enríquez sucedió el virreinato de D. Fernando de Torres y Portugal, conde de Villar Don Pardo. Protegió a los indios y tuvo la desgracia de que en su tiempo el inglés Drake devastase las costas del Perú.
D. García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, defendió el Perú de los ataques de Hawkins y otros piratas ingleses. Introdujo la contribución de alcabalas, que fué causa de muchos tumultos. A la sazón floreció en el Perú Santo Toribio Mogrovejo, arzobispo de los Reyes (Lima), quien reunió un concilio en el año 1591 y cuyas actas remitió a Felipe II[442].
[442] Colec. de doc. inéd. para la Historia de España, tomo V, págs. 185-189.
Por lo que a las encomiendas respecta «muchas y repetidas cédulas se expidieron desde el reinado de Felipe II para que las encomiendas se convirtieran en pueblos; se dispuso que los encomenderos residiesen en sus encomiendas; que no se dieran dos de ellas a una misma persona si no podía formar un solo pueblo, en cuyo caso por la aceptación de la última se tenía por renunciada la primera, leyes que sólo tuvieron cumplimiento en parte, pues en España se proveyeron muchas a favor de personas que ni estaban ni habían estado nunca en el Perú»[443].
[443] Lib. Prim. de Cabildos de Lima, segunda parte, págs. 116 y 117.
Merece, por último, no pocas alabanzas la Real Cédula que, con fecha 29 de diciembre de 1593, se dirigió a los presidentes y oidores de las Audiencias de Lima y de las Charcas, mandándoles que castigasen con mayor rigor a los españoles que injuriasen a los indios[444].
[444] Cedulario índico de Ayala, letra D.
Poco tiempo después Felipe III, desde la ciudad de Valladolid (13 noviembre 1604) se dirigía al presidente de la Audiencia de los Charcos, diciéndole que «entendiendo el mucho distrito que tiene el Obispado de esa provincia, y lo mal que se puede visitar y administrar el pasto espiritual por un Prelado solo» acuerda erigir otras dos, una en la ciudad de La Paz de la provincia de Chuquiago, y la otra en la ciudad de la Barranca de la provincia de Santa Cruz de la Sierra, habiendo presentado a su Santidad las personas que han parecido más convenientes para ello...»[445].
[445] Cedulario índico, tomo XVII, núm. 182, págs. 145 v.º a 147.
Pasó del virreinato de México (1607) al del Perú D. Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros. Entre otras medidas de buen gobierno, estableció el Tribunal del Consulado, suprimió el Rey por consejo suyo el servicio personal de los indios e hizo construir un gran puente en Lima para comunicar con el arrabal de San Lázaro.
Por aquellos tiempos, Felipe III, desde Madrid con fecha 13 de diciembre de 1608, escribió a su embajador en Roma, haciéndole presente que el arzobispado de la ciudad de los Reyes y el obispado de la ciudad de Cuzco tenían muy grandes distritos, por lo cual había acordado que «del arzobispado de la ciudad de los Reyes se saque una iglesia catedral que tenga su asiento en la ciudad de Trujillo de las dichas provincias del Perú, y que del obispado del Cuzco se saquen otras dos iglesias catedrales, la una que tenga su asiento en la ciudad de Arequipa y la otra en la ciudad de Guamanga de las dichas provincias»[446]. Encargaba el Rey al embajador que rogase a Su Santidad la creación de las nuevas iglesias. El mismo monarca, desde San Lorenzo (20 agosto 1611) dijo al marqués de Montesclaros que habiendo vacado el arzobispado de la ciudad de los Reyes por fallecimiento de D. Toribio Alfonso de Mogrovejo, había dispuesto, contando con Su Santidad, la creación de una iglesia catedral en Trujillo[447].
[446] Ibidem, tomo XVII, núm. 185, págs. 149 v.ª a 151.
[447] Ibidem, tomo XVIII, núm. 186, pág. 151 a 153 v.ª
D. Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache (1615-1621), realizó obras importantes, entre ellas la fortificación del puerto del Callao y la fundación de la ciudad de San Francisco de Borja. Creó el Real Convictorio de San Bernardo para la educación de los hijos de los conquistadores, y el Colegio de San Francisco de Asís para los hijos de indios nobles. Bajo su mando fueron rechazados los piratas que asolaban aquellas costas, y Jacobo le Maine descubrió el Estrecho que lleva su nombre y que exploraron luego los hermanos Nodales. Dicen algunos escritores que fundó una Academia literaria en su palacio. Reuníanse allí los ingenios más distinguidos de Lima y con ellos discutía el virrey sobre materias científicas y literarias. De su inspiración poética dió señaladas pruebas el príncipe de Esquilache. Parece que el ánimo descansa cuando en el árido campo de la historia se hallan gobernadores como D. Francisco de Borja. ¿Tuvieron en su tiempo demasiada influencia los hijos de San Ignacio de Loyola? Es posible.
Poco tenemos que decir del virrey D. Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar. Defendió la colonia de las agresiones del pirata Clerck, el cual, llegando al Pacífico por el Cabo de Hornos, puso sitio al Callao. Bajo su gobierno se publicaron las Nuevas Leyes de la Recopilación de Indias.
D. Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón, comenzó su virreinato el 14 de enero de 1629, cesando el 18 de diciembre de 1639, en cuyo tiempo un terremoto destruyó la mayor parte de Lima. Desde la ciudad de los Reyes se dirigió el virrey a Su Majestad dándole cuenta del fallecimiento (5 febrero 1630) de Fray Francisco de Sotomayor, en la villa de Potosí, antes de tomar posesión del arzobispado de los Charcas; además el conde de Chinchón proponía personas para suceder a Fray Francisco.
En situación tan pobre se hallaba la monarquía (primeros años de Felipe IV) que por Real Cédula del 27 de mayo de 1631, fechada en Madrid, se autorizó al virrey para que pusiese en venta todos los oficios de Alcaldes provinciales de la Hermandad, y los de Alguaciles y «que se rematen en las personas que más por ello dieren...»[448]. También con la misma fecha mandó el Rey al conde de Chinchón que vendiese algunas hidalguías, porque era muy malo el estado de la Hacienda[449]. Por último, en igual fecha ordenó Felipe IV al virrey que vendiese la pimienta por cuenta de la Real Hacienda[450]. Sin embargo de la penuria en que se hallaba el Estado, todavía tenía gusto para pedir al citado virrey los animales fieros que hubiese en todo el distrito de su gobierno, como leones, tigres, osos y otras clases[451].
[448] Cedulario índico, tomo XXV, págs. 323, 321 y 324 v.ª
[449] Ibidem, tomo XXXVII, núm. 114, págs. 138 v.ª y siguientes.
[450] Ibidem, núm. 115, págs. 139 v.ª y 140.
[451] Ibidem, núm. 120, págs. 143 v.ª y 144.
No pasaremos adelante sin hacer notar que por reales cédulas de 1618 y 1625 se declaró que sólo el Consejo de Indias podía conceder encomiendas, revocándose así el poder que para ello tenían los virreyes. Posteriormente, o sea el 11 de febrero de 1637, por Real Cédula se autorizó a los virreyes para que continuasen concediéndolas[452].
[452] Por cédula de 24 octubre 1668 se amplió la concesión a los gobernadores propietarios y a los nombrados por los virreyes con el carácter de interinos.
Del mismo modo debió su nombramiento a Felipe IV el virrey don Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera. Llegó al Callao el 22 de noviembre de 1639 y saltó a tierra el 23. Entró en Lima con toda la pompa acostumbrada, recibiendo el poder de manos del conde de Chinchón (18 diciembre 1639). Fortificó el Callao, cuyas obras comenzaron en 1640 y tuvieron término en 1647; hizo levantar un fuerte en Arica, otro en Puná y un tercero en Guayaquil; también fortificó la plaza de Valdivia. Con verdadero empeño procuró defender el virreinato de las incursiones de los piratas, aumentó los ingresos de la Real Hacienda y mantuvo la paz pública y el prestigio de su autoridad.
Si de los indios se trata, reformó la tasa excesiva de los tributos e hizo una estadística de aquellos indígenas. En la Memoria o Relación que publicó acerca del gobierno se hallan las siguientes palabras: «Tienen por enemigos estos pobres indios la cudicia de sus corregidores, de sus curas y de sus caciques, todos atentos á enriquecer de su sudor: era menester el celo y autoridad de un virrey para cada uno; en fee de la distancia se trampea la ubediencia, y ni hay fuerza ni perseverancia para proponer segunda vez la quexa»[453]. Para reprimir la embriaguez de los naturales, dictó una provisión prohibiendo venderles vino, la cual sólo era una especie de copia de otras órdenes y provisiones publicadas sobre el mismo asunto; pero que no las hacían cumplir los corregidores, sus tenientes, caciques y curas párrocos. Teniendo necesidad de barcos, mandó construir en Guayaquil dos galeones: La Capitana Real y La Almiranta. A causa de los apuros del monarca, pudo remitirle un donativo de 500.000 $.
[453] Núm. 15.
Tanto interés inspiraba al Rey el estado de los trabajos de la mina de cinabrio de Huancavelica, que el virrey dispuso visitarla en persona, saliendo de Lima a mediados de julio de 1643, dejando encomendado el gobierno durante su ausencia a D. Andrés de Villela, decano de la Audiencia. Por último, el marqués de Mancera organizó el servicio de correos (chasques), y en su tiempo, conforme a la Real Pragmática de 28 de diciembre de 1638, se introdujo en el Perú, año de 1641, el uso del papel sellado, siendo de cuatro clases: el del sello 1.º, que valía seis reales; el del 2.º, tres; el del 3.º dos, y el del 4.º, uno. Terminó el marqués de Mancera su virreinato (20 septiembre 1648), sucediéndole el conde de Salvatierra. La memoria que dejó escrita dicho marqués, fué entregada a su sucesor el 28 de octubre de 1648, según lo indican León Pinelo, y Cerdán, oidor de la Audiencia[454].
[454] Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo XVIII, págs. 253-258.--Madrid, 1891.
También fueron nombrados virreyes por Felipe IV, Don García Sarmiento de Sotomayor Enríquez de Luna, segundo conde de Salvatierra; D. Luis Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste; y don Diego de Benavides y de la Cueva, conde de Santisteban. Llegó al Callao el conde de Salvatierra (28 agosto 1648) y se hizo cargo del gobierno el 25 de septiembre. Antes fué virrey de Nueva España, y en el Perú, como en México, se mostró demasiado amigo de los jesuitas. A los hijos de Loyola dió el encargo de convertir al catolicismo a los indios de la provincia de Mainas, y a otros religiosos les ordenó que hiciesen lo mismo con los indios parataguas, motilones, etc. En la contienda que tuvieron los jesuitas con Fr. Bernardino de Cárdenas, obispo del Paraguay, se puso el virrey al lado de aquellos. Cumpliendo una orden del Rey, él y los Tribunales del virreinato prestaron juramento, en manos del arzobispo Villagómez, de defender la creencia de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Sumamente religioso, mostró especialmente su devoción a Nuestra Señora de la Soledad, al apóstol San Pedro y a San Francisco de Asís. No pasaremos en silencio un hecho que enaltece la memoria del piadoso conde de Salvatierra y fué la multitud de células publicadas con el objeto de aliviar la suerte de los indios, a quienes todos procuraban esquilmar.
El 24 de febrero de 1655, entregó el virreinato al conde de Alba de Liste, virrey antes de Nueva España. Alba de Liste gobernó con bastante tino y prudencia.
El conde de Santisteban tuvo que apaciguar algunas sublevaciones interiores. Felipe IV, desde Madrid (6 marzo 1662) ordenó al citado virrey, que, habiendo el Papa Alejandro VII declarado el santo misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen, dispusiera él que en la ciudad de los Reyes se hiciesen solemnes fiestas religiosas[455]. Algunos meses después (7 octubre 1662) quejóse el Rey acerca del estado en que se hallaba el gobierno del Perú, lo mismo en lo político que en lo judicial y administrativo[456].
[455] Cedulario índico, tomo XXXVII, núm. 293, págs. 363 y 363 v.ª
[456] Ibidem, tomo XXXVIII, núm. 9, págs. 11 v.ª y 12.
Durante la menor edad de Carlos II, la reina gobernadora (desde Madrid el 14 de mayo de 1668), habiendo hecho saber que Su Santidad había ordenado despachar el Breve de la beatificación de la Madre Rosa de Santa María, que nació y murió en la ciudad de Lima, mandó que se celebraran fiestas en dicha población y en toda la diócesis[457].
[457] Ibidem, núm. 195, págs. 223 v.ª a 229 v.ª
Debieron su nombramiento a Carlos II los virreyes D. Pedro Fernández de Castro y Andrade, conde de Lemos; D. Baltasar de la Cueva Henrríquez y Saavedra, conde de Castellar; D. Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo de Lima; D. Melchor de Navarra y Rocafull, duque de la Palata, y D. Melchor Portocarrero Laso de la Vega, conde de la Monclova.
El conde de Lemus fundó las casas de las Recogidas de Lima, con el nombre de las Amparadas de la Purísima Concepción de Nuestra Señora, y castigó duramente a los revoltosos de Puno.
El conde de Castellar llegó a Lima el 15 de agosto de 1674 y fué exonerado el 7 de julio de 1678. Se le acusó de favorecer el contrabando, aunque el duque de la Palata afirma «que era en todo diligentísimo, y en las materias de Hacienda Real, con singular aplicación...»[458] En esta época, el Rey, desde Madrid (29 marzo 1678) se dirigió al virrey, presidente y oidores de la Audiencia, a los arzobispos y obispos de las iglesias del Perú, pidiendo un donativo voluntario, pues con ocasión de la guerra, estaba muy pobre la Real Hacienda[459].
[458] Memorias de los virreyes etc. Tomo II, pág. 134.--Lima, 1859.
[459] Ced. índico, tomo XXXIX, núm. 20, págs 31 y 32.
Mandó el virrey misioneros jesuitas y franciscanos a los confines de Cajamarquilla, Tarma, Guanuco, Carabaya y otras partes, atrayendo muchos indios a la religión católica. «Me dediqué inmediatamente al expediente de los negocios, asistiendo continuamente a los Acuerdos, Real Audiencia, Sala del Crimen y Tribunal de Cuentas, a la vista y determinación de diferentes pleitos graves de Hacienda Real y entre partes, consiguiendo tuviesen fin, después de muchos años que estaban pendientes, etc.»[460].
[460] Memorias de los virreyes que han gobernado el Perú etc., tom. I, págs. 163 y 164.
El suceso de más importancia que ocurrió durante el gobierno del conde de Castellar, fué el terremoto o temblor de tierra acaecido el 17 de junio de 1678 en la ciudad de Lima, en el Callao y en algunas leguas en contorno de dichas poblaciones. Hundiéronse muchos edificios y terminó catástrofe tan grande--según el vulgo--por los ruegos de Santa Rosa, patrona de Lima, cuyo cuerpo y reliquias se llevaron en procesión solemne, desde el convento de Santo Domingo a la Capilla de Nuestra Señora de la Soledad de San Francisco. Mandó el virrey celebrar un novenario, y confiesa con tristeza que sólo pudo asistir el primer día «por haber llegado aquella noche la noticia de mi exoneración»[461]. Justa o no justa su exoneración, no puede negarse que con toda diligencia procuró aumentar los rendimientos de las minas y, por consiguiente, la mayor recaudación de la Real Hacienda. Por último, en su tiempo fueron castigados los indios uros y uruitos, los cuales se habían retirado y hecho fuertes en los totorales y ciénagas del desagüe de la laguna de Chucuito. El virrey quiso reducirles por medios suaves, y como esto no fué posible, se dió el encargo de que los desalojasen, al corregidor de Chucuito y al corregidor de Pacajes, cuyas autoridades cumplieron su cometido, aunque con más rigor del que debían.
[461] Ibidem, pág. 195.
Convienen los cronistas en que D. Melchor de Liñán y Cisneros, arzobispo de Lima, que gobernó desde 1678 al 1681, asistía frecuentemente a los Acuerdos de la Real Audiencia «y en particular en las causas y pleitos que las partes lo piden, porque tengan este consuelo; pues aunque es de creer que los ministros obrarán con justificación, influye mucho hallarse el presidente en el Tribunal»[462]. Ocupóse detenidamente en arreglar los asuntos de la Real Hacienda y, especialmente, los de las minas, que andaban algo desordenados y castigó enérgicamente a los corsarios que infestaban aquellos mares, logrando que en un combate fuese muerto el capitán Juan Guarlen. Gloriosa victoria se consiguió (7 agosto 1680) por el gobernador de Buenos Aires, peleando contra los portugueses del Brasil, mandados por el general D. Manuel Lobo, pues éstos se atrevieron a penetrar en los términos de la Corona de Castilla. Lobo fué hecho prisionero, y entre sus papeles se encontró importante instrucción original del príncipe regente de Portugal.
[462] Memoria de los virreyes etc., tomo I, pág. 287.--Lima, 1859.
Acerca del duque de la Palata, que tomó posesión el 7 de noviembre de 1681, haremos notar que comenzó su gobierno mandando dar muerte a Carlos Clerque y a los compañeros del famoso corsario. Cuando en el año 1683 llegó al Perú la noticia de que los piratas habían entrado y saqueado a Veracruz (Nueva España), se pensó rodear de murallas la hermosa ciudad de los Reyes, obra que se llevó a feliz término mediante las acertadas disposiciones del Cabildo, Justicia y Regimiento de dicha capital. En la representación que el conde de la Palata hizo al Rey con fecha 18 de mayo de 1688 dice, entre otras cosas, lo que sigue: «que la Real Hacienda está muy empeñada...»; y más adelante añade: «Las calamidades de este Reyno son tan grandes y se pueden temer tan repetidas, que obligan á prevenir los remedios»[463]. Advierte el virrey que las Audiencias subordinadas al gobierno del Perú son cuatro: la de Panamá, la del Reino de Chile, la de Quito y la de las Charcas, y que las dos últimas se hallan más subordinadas y atentas que las dos primeras «aunque alguna vez se propassan...»[464]. No deja de tener cierta curiosidad la relación hecha por el virrey acerca de la ruina de la ciudad de Lima (desde el 20 de octubre hasta el 2 de diciembre de 1687) con la repetición de temblores de tierra[465]; pero lo que más preocupó al conde de la Palata fué la entrada de los piratas en el mar del Sur por el año de 1684 y siguientes. Cuando las sacudidas violentas de los terremotos arruinaban comarcas en la América Meridional y parecía que los elementos se encargaban de destruir lo que perdonaban los filibusteros, la madre de Carlos II se ocupaba de cosas asaz importantes. Desde su palacio del Buen Retiro, con fecha 5 de abril del año 1687, pidió a Su Santidad rótulo y remisoriales para que se hiciesen informaciones de las virtudes del P. Francisco del Castillo, de la Compañía de Jesús; fallecido en Lima, su patria, con el objeto de proceder en seguida a su beatificación[466].
[463] Ibidem, etc., tomo II, págs. 5-10.--Lima, 1859.
[464] Ibidem, etc., tomo II, págs. 77 y 78.
[465] Ibidem, págs. 113-120.
[466] Cedulario índico, tomo VII. núm. 287, fol. 210, v.º
Después de gobernar ocho años el Perú el duque de la Palata, vino a ocupar cargo tan elevado el conde de la Monclova. El último virrey, nombrado por Carlos II, se ocupó principalmente en defender la colonia contra los ingleses durante la guerra de sucesión española. Citaremos, aunque de escaso valor, otra clase de hechos. Carlos II, desde Madrid y con fecha 18 de septiembre de 1696, decía al virrey del Perú que había resuelto trasladar, contando con la aprobación de Su Santidad, la iglesia Catedral de San Lorenzo de la Barranca a la villa de Mizque[467]. A la citada villa, con la misma fecha, la hizo merced del título de Ciudad[468]. Al mes siguiente y por Real decreto dado en Madrid (15 octubre 1696) hizo presente al virrey del Perú que había dado cuenta al Papa de la traslación de la iglesia catedral que se hallaba en Santiago del Estero a la ciudad de Córdova en la misma provincia[469]. Pero sobre todo, daremos cuenta de lo que parecía interesar más a Carlos II. Por Real Cédula del 24 de julio de 1698, dirigida al virrey del Perú, se mandaba que se remitiesen a España 40 o 50 alectos (pájaros de volatería para la Real Casa), «en inteligencia--decía la Cédula--que sería de su Real desagrado cualquier omisión que tuviese en este encargo»[470].
[467] Ibidem, tomo XVIII, núm. 206, pág. 152 v.ª y siguientes.
[468] Ibidem, núm 207, págs. 154 y siguientes.
[469] Ibidem, núm. 209, págs. 155 v.ª y siguientes.
[470] Ibidem, letra A, tomo I, documento 25.
Poco después de la muerte de Carlos II, cuya afición a los pájaros era tan manifiesta, Felipe V, con fecha 17 de abril de 1703, se dirigió a los arzobispos y obispos del Perú, diciéndoles que aliados ingleses y holandeses preparaban sus navíos y 15.000 hombres para conquistar a América; pero que él no podía acudir a la defensa por la pobreza del Real Erario. En este caso les rogaba le concediesen un subsidio para defender dichos dominios de los enemigos de la religión[471]. El mismo Rey, en Real Cédula, dada en Madrid (26 enero 1706), decía que el conde de la Monclova, virrey del Perú, le había notificado, en carta del 8 de octubre de 1704, cómo por el mar del Sur entraron dos bajeles ingleses con patentes de corso de la reina de Inglaterra, y en su seguimiento tres navíos franceses, al mando del conde de Tolosa, almirante de Francia[472].
[471] Ibidem, tomo 38, fol. 291 v.º, núm. 239.
[472] Cedulario índico, tomo XXXVIII, núm. 246, págs. 297 v.ª a 299.
Felipe V de Borbón nombró en el año 1705 virrey del Perú a don Manuel de Oms y Senmenat, marqués de Castells Dos Ríus, hombre de energía, hábil cortesano y cultivador de las bellas letras. Fiel al nuevo Rey, levantó empréstitos y sin reparo alguno echó mano a obras pías y a cajas de censos, reuniendo millón y medio de pesos, para mandarlos a Felipe V, que bien los necesitaba para los gastos de la guerra de sucesión. Castells Dos Ríus castigó a los corsarios ingleses Roglos y Dampierre, quienes, con dos buques, saqueaban las costas del Perú, llegando a exigir del puerto de Guayaquil crecido rescate. Un terrible terremoto, en 1707, destruyó el pueblo de Capi y ocasionó otras desgracias en las provincias del Cuzco, siendo digno de contar que la granja de San Lorenzo fué lanzada de una a otra banda del Apurimac con casas y gente. El fanatismo católico vió en el terremoto un castigo divino por las secretas idolatrías de los indios. Además, como si el castigo de Dios fuese poco, los hombres dispusieron autos de fe contra supersticiosos indios. Aunque de dudosa moralidad el virrey--pues según de público se decía, especulaba en todos los ramos de la administración e iba a la parte en los contrabandos--continuó desempeñando su importante cargo hasta que murió en 1710.
Dicen los cronistas que don Diego Ladrón de Guevara, obispo de Quito, natural de Cifuentes (Guadalajara), fué excelente virrey. Ampliáronse los estudios universitarios, se prohibió la elaboración de aguardiente de caña por el abuso que hacían de ella los indios, castigó sin consideración alguna a un hijo natural del conde de Cartago por el robo de un copón y el sacrilegio cometido con las sagradas formas, y reprimió las insolencias de los negros cimarrones que desde los montes de Huachipa hacían frecuentes correrías. Fué reemplazado en el año 1716, y no consintió que se le dispensase del juicio de residencia.
Nombrados también por Felipe V fueron D. Nicolás Caracciolo, príncipe de Santo Bono y Fr. Diego Morcillo, arzobispo de Lima. Durante el gobierno de Caracciolo se agregó la provincia de Quito al virreinato de Santa Fe, creado en el año 1717. Protegió el virrey las misiones de Chanchamayo, descollando entre los religiosos Fray Francisco de Santa Fe. Aunque no pudo acabar con el mal, hizo mucho para reprimir el contrabando que hacían los corsarios, especialmente los holandeses. Por entonces, como llegase a oídos del gobierno de la metrópoli los excesivos gastos que hacía el cabildo de Lima al recibir los virreyes a su llegada de España, vino Real cédula (1718) fijando en doce mil pesos el gasto obligatorio para la ciudad, si bien particulares o corporaciones podían, por cuenta propia, agasajar al representante del monarca. El cabildo, pues, debía ajustarse al siguiente presupuesto:
Pesos. ------ Cama para el virrey, con colgadura de damasco, sábanas y almohadas guarnecidas de encajes y sobre cama de medio tisú. 1.400
Dos vasos de plata para uso ordinario 180
Escribanía de plata 170
Carruaje 3.000
Tiro de caballos con herrajes y arneses 1.725
Música, iluminación y limpieza de arañas 360
Las dos comidas del día en que entra el virrey y el siguiente, y refrescos para ambas noches 3.700
Para manteles, marcar y devolver la plata labrada, que se busca prestada para estas funciones, y para pagar pérdidas y daños 850
Propinas a la guardia, porteros de la Audiencia y criados de librea 88
Para fuegos artificiales y gastos menudos o imprevistos, no designados 527 ------ 12.000 ======
Fray Diego Morcillo, arzobispo de Lima, desempeñó el cargo de virrey desde el 1720 al 1724. Tuvo la satisfacción de que en su tiempo se verificase la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo. Por lo demás, sólo disgustos tuvo en su gobierno. Nada pudo hacer contra el corsario inglés Chiperton, que amenazaba las costas del Pacífico; ni contra la Gran Bretaña, que abusando de un tratado hecho con Felipe V, introducía mercancías en el Perú, ocasionando la ruina del comercio español; ni contra el Paraguay, donde ocurrían desórdenes originados por el gobernador Antequera; ni contra los araucanos de Chile, que invadían las poblaciones fronterizas.
Con aplauso de gran parte del clero y con gran contento del Rey y de la corte, ocupó el virreinato D. José Armendariz, marqués de Castel-Fuerte. Comenzó su gobierno el 1724 y terminó el 1736. Hombre de severas costumbres, quiso, con exageración manifiesta, restablecer la disciplina eclesiástica en el Perú, ocasionándole su manera de obrar varios conflictos, entre ellos el del mismo obispo de Guamanga. A la sazón recibió Real cédula (13 febrero 1727) ordenándole que llamase secretamente a los prelados de las Órdenes y les dijese que el Rey tenía noticia de los muchos sacerdotes regulares y seculares «que con escándalo mantenían familias enteras de mujeres e hijos, tolerándolo los prelados, por las utilidades que de ello percibían en visita.» Disponía el Rey que el prelado--«si resultase delincuente en descuido tan culpable--se mandara a España, encargando también que los ministros reales castigasen con todo rigor a las mujeres prostitutas»[473].
[473] Arch. hist. nac.--Cedulario índico de Ayala, letra A, tomo I, documento 36.
Decidido protector de la Inquisición, tuvo el singular placer de que en el año 1731, en la iglesia de Santo Domingo, se verificase un auto de fe, en el cual salieron varios sentenciados como hechiceros y por otros delitos. Asistió el virrey al auto citado «haciendo con esta solemnidad una nueva concordia de Magestad y Religión...»[474]. En su afán de propagar la religión católica, ayudó con todas sus fuerzas las misiones del reino de Chile y la de Chiloe, dirigidas por los PP. Jesuítas; las de las provincias de Tarma, Jauja y ciudad de Guanuco, en que está comprendida la principal del Cerro de la Sal, realizadas por los PP. Franciscanos, «héroes de Dios» como les llama el virrey. Dictó algunas disposiciones encaminadas a proteger y ayudar al Hospital de Santa Ana, fundado por la ardiente piedad de Santo Toribio, arzobispo de Lima, y entregado después a la protección de nuestros monarcas. Sin embargo de su ferviente catolicismo, hubo de decir que era conveniente «resistir el aumento de Religiones y conventos de ambos sexos en esta ciudad (Lima), cuyo número ha crecido más de lo que pedía el de los vecinos que contiene, siendo todos 34, los 19 de religiosos y 15 de monjas, fuera de algunos beaterios y casas de recogimiento y colegios de mujeres»[475].
[474] Memorias de los virreyes, etc., tomo III, pág 119.
[475] Ibidem, pág. 137.
Cuidó del fomento de las minas, publicando con tal objeto acertadas ordenanzas; en particular se fijó en las minas de azogue de Guancavélica y de la plata del Potosí. También fueron objeto de su atención las casas de moneda de Lima y Potosí. La defensa del reino fué asunto que preocupó al marqués de Castel-Fuerte, mereciendo no pocas alabanzas por las obras que dispuso lo mismo en el Callao que en Lima.
Tuvo capital importancia la alteración del orden en el Paraguay. Habiendo nombrado la Real Audiencia de la Plata, para la averiguación de ciertos hechos, a D. José de Antequera, de la orden de Alcántara y promotor fiscal de aquella misma Audiencia, llegó a la Asunción, y después de poner preso al gobernador, asumió este cargo. Don Diego de los Reyes, que este era el nombre del gobernador, logró escapar de la prisión, en tanto que el virrey Morcillo (1723) ordenaba que Antequera cesase en el gobierno de dicha provincia del Paraguay y en su comisión, sin embargo de cualesquiera despachos contrarios de la Real Audiencia de la Plata, y saliese de aquella jurisdicción dentro de veinte días, y dentro de cinco meses volviera a la ciudad de la Plata, dando cuenta de haberlo ejecutado bajo la pena de 8.000 pesos. No obedeciendo la orden ni Antequera ni tampoco el cabildo de la Asunción, los cuales pensaban del mismo modo, se dispuso que D. Baltasar García Ros, teniente de R. E. I. de Buenos Aires, acudiese con las armas reales a castigar la rebelión. Dióse la batalla entre Antequera y García Ros el 24 de agosto de 1724, consiguiendo la victoria el primero. Poco después, el virrey marqués de Castel-Fuerte despachó a D. Bruno de Zavala, gobernador de Buenos Aires, para que pasase desde luego a pacificar la provincia del Paraguay. Huyó entonces Antequera a la Plata, donde fué preso por el presidente de la Real Audiencia. Antequera y D. Juan de Mena (otro de los jefes sediciosos) fueron mandados a Lima, a cuya ciudad llegaron por abril del año 1726. Tiempo adelante, se les condenó a muerte, que sufrieron el 8 de julio de 1731. Gran disgusto ocasionó a los religiosos franciscanos la muerte de Antequera, hasta el punto que fueron causa de un alboroto. La conducta del virrey mereció la aprobación del monarca. También dispuso que fuese separado de su cargo el comisario general de la orden de San Francisco, protector decidido de Antequera.
Nombrado posteriormente gobernador propietario del Paraguay don Manuel de Ruilova, volvió a tener fuerza la rebelión. Ruilova murió de un tiro de trabuco, teniendo el marqués de Castel-Fuerte que enviar por segunda vez a D. Bruno de Zavala para poner orden en el Paraguay.
En la Memoria que el marqués de Castel-Fuerte dejó a su sucesor el marqués de Villagarcía, pudo decirle lo siguiente: «Con todo esto dejo a V. E. descubierta mayor numeración de Indios, aumentados los tributos, fomentadas las minas, corrientes ambos minerajes, bien administrados los Reales derechos, pagados los salarios, remitidos los situados, pacificadas las provincias, seguro el mar, construídos los navíos del Rey y otro nuevamente fabricado, reedificada la muralla del principal puerto, la capital por la mayor parte, no sólo moderada, sino también devota.»[476]. También en la citada Memoria hubo de decir que la extinción de las encomiendas era el origen de la decadencia de la nobleza del país, pues mientras se han ido incorporando con justicia al real patrimonio, la citada nobleza, como cuerpo a quien se quita el alimento, ha sentido, primero la debilidad y después el fallecimiento. ¿Fueron o no fueron convenientes las encomiendas? Ya sabemos que el Padre Las Casas, dejándose llevar de su entusiasmo por los indios, dijo que ni a los diablos en los infiernos se les hubiera ocurrido inventar las encomiendas. De igual manera los jesuítas las combatieron, hasta el punto que no llegaron a establecerse en Chile por la influencia de los hijos de Loyola. Por el contrario, el Dr. Juan de Solórzano, en la Política indiana, y D. Antonio de León Pinedo, en el tratado de Confirmaciones reales, intentan justificar la creación de las encomiendas.
[476] Memorias de los virreyes, etc., tomo III, págs. 61 y 62.
Grato nos es referir que durante el virreinato de D. Juan Antonio de Mendoza, marqués de Villagarcía, hicieron un viaje científico al Perú los sabios españoles D. Jorge Juan y D. Antonio Ulloa, con los franceses La Condamine, Godin y Jussieu. Declarada la guerra entre Felipe V e Inglaterra, una escuadra británica al mando del almirante Anson recorrió el Pacífico, entrando en la villa de Paita, donde recogió rico botín. Todavía fué más funesta la sublevación de los indios de Chanchamayo, quienes dieron muerte á varios misioneros, encerrándose luego en sus inaccesibles bosques, donde, ayudados o protegidos de los chunchos, se resistieron a las armas españolas. Si en el año 1687 doña Mariana de Austria solicitó del Papa la beatificación del P. Francisco del Castillo, natural de Lima, a la sazón el rey Felipe, desde San Ildefonso (22 agosto 1741) escribió al cardenal Aguaviva para que éste, a su vez, rogase al Papa la pronta beatificación del P. Francisco[477]. Pasados algunos años, por cédula dada en el Palacio del Buen Retiro el 4 de diciembre de 1762, se hicieron trabajos para la beatificación de la venerable María Ana de Jesús y Paredes[478]. Mediante Real cédula, dada en el Palacio del Buen Retiro el 20 de diciembre de 1736, se mandó al marqués de Villagarcía remitiese dos millones de pesos que había correspondido al Perú y Tierra Firme para la edificación de un real palacio en Madrid, pues el que existía se hubo de incendiar en el año 1734[479].
[477] Cedulario índico, tomo VII, núm. 288, fols. 210 v.º y 211.
[478] Ibidem, tomo VIII, núm. 120, fols. 78 y 79.
[479] Ibidem, tomo XI, núm. 185, págs. 193 y 194.
Al marqués de Villagarcía, virrey del Perú desde el año 1736 al 1745[480], le sucedió D. José Manso de Velasco, conde de Superunda, que gobernó desde el 9 de julio de 1745 hasta 31 del mismo mes en el de 1756. El distrito del virreinato del Perú comprendía las diócesis de los arzobispados de Lima y la Plata y obispados del Cuzco, Arequipa, Trujillo, Paz, Huamanga, Santa Cruz de la Sierra, Tucumán, Buenos Aires, Paraguay, Santiago y Concepción de Chile. El virrey alentó a los misioneros jesuítas y franciscanos, y reedificó los hospitales, arruinados por el terremoto de 1746. La Hacienda, que se hallaba en lamentable estado cuando el conde de Superunda se hizo cargo del virreinato, mejoró bastante, gracias a las disposiciones acertadas de dicho virrey. La justicia se compraba a cualquier precio y en su perfeccionamiento se fijó mucho el conde de Superunda. Encontróse dicha autoridad con la herencia de la enemiga de los indios chunchos y con las flotas de Inglaterra que amenazaban nuestros puertos. Creyendo Ensenada--según comunicó el 12 de enero de 1745 al virrey--que una escuadra inglesa compuesta de cuatro navíos de guerra al cargo del comandante Barnet se dirigía al mar del Sur, encargó a Superunda que tomase las providencias necesarias para combatirla. Del mismo modo, el marqués de la Ensenada--con fecha 28 de agosto de 1746--mandó Real orden, y en ella anunciaba que del puerto de Pormouth había salido una flota inglesa compuesta de 17 navíos de guerra bajo el mando del almirante Lecotok, con mucha tropa de desembarco, y que recelaba que iba dirigida contra alguna de nuestras posesiones de América[481].
[480] Terminó el virreinato de Mendoza a mediados de 1745. Murió luego en alta mar, no lejos de Patagonia, el 15 de diciembre del citado año.
[481] Véase Memorias de los virreyes, etc., tom. IV, págs. 263-267
Importante conspiración de los indios se verificó en el año 1750. Del virrey son las palabras que copiamos a continuación: «La primera noticia adquirida--dice--en el secreto inviolable de la confesión, me la comunicó el 21 de junio con misteriosa reserva un Religioso, a fin de que resguardase mi persona...»[482]. Confiado el asunto al Dr. D. Pedro José Bravo y Castilla, oidor de esta Real Audiencia de Lima, se descubrió la conspiración, siendo ajusticiados seis en el día 22 de julio. Los que se sublevaron en Huarochiri merecieron severo castigo por parte del marqués de Monterrico, pues siete sufrieron la última pena y otros fueron desterrados a la isla de Juan Fernández y al presidio de Ceuta. Premió el Rey al oidor Bravo, concediéndole honores del Supremo Consejo de las Indias, y al marqués de Monterrico lo promovió al grado de brigadier.
[482] Ibidem, tom. IV, pág. 95.
Un hecho verdaderamente aterrador registra la historia del Perú en el año de 1746. El 28 de octubre un terremoto casi destruyó a Lima y el puerto del Callao. Bastará decir que de la primera quedaron en pie 25 casas de 12.204 que tenía, y del segundo, que fué cubierto por las olas, se salvaron 100 habitantes de 5.000 de que constaba la población. Los buques se estrellaron en la playa y algunos cerros se hundieron con estrépito. No es de extrañar que los habitantes de Lima, para aplacar la cólera divina, hiciesen pública penitencia y saliesen recorriendo la arruinada ciudad descalzos y con sogas al cuello.
Don Manuel Amat y Juniet, que había ascendido del gobierno de Chile al virreinato del Perú, se ocupó mucho tiempo en los asuntos siguientes: gobierno eclesiástico, gobierno de Regulares, monasterios de Religiosas, de las misiones, de los hospitales y de la Inquisición. «Cierro--dice--el título relativo a puntos eclesiásticos con el de la expatriación de los jesuítas, mandada hacer por S. M. de todos estos sus Reales dominios, que ha sido uno de los sucesos más árduos que sobrevinieron a mi gobierno, cuyas resultas han dejado bastante materia a mi aplicación y desvelo»[483]. El 20 de agosto de 1767, a cosa de las diez de la mañana, llegó un oficial procedente de Buenos Aires y entregó al virrey un paquete, en el cual se hallaba el Real decreto y dos instrucciones relativas al modo que debía hacerse la expulsión. El Real decreto estaba firmado en El Pardo el 27 de febrero de 1767, y las instrucciones las firmaba el conde de Aranda en Madrid el 1.º de marzo del mismo año. Venía en el mismo pliego una carta escrita de la Real mano, que decía así: «Por asunto de grave importancia, y en que se interesa mi servicio y la seguridad de mis Reinos, os mando obedecer y practicar lo que en mi nombre os comunica el conde de Aranda, Presidente de mi Consejo Real, y con él sólo os corresponderéis en lo relativo a él.
[483] Ob. cit., pág. 493.
Vuestro celo, amor y fidelidad me aseguran el más exacto cumplimiento y del acierto de su ejecución.
El Pardo, a 1.º de marzo de 1767.--Yo el Rey.»
Hallábanse también en el paquete citado otra carta del marqués de Grimaldi y una tercera del conde de Aranda.
Obedeciendo el virrey las órdenes de Carlos III, hizo expulsar a los jesuítas, en número de 431.
Pasando a otro orden de cosas, haremos notar que el virrey Amat tomó sus medidas contra los ingleses, hasta el punto que apenas hicieron daño en nuestras costas. Intentó ocupar, si bien no pudo lograrlo, las islas de Otahiti, pues se proponía que los ingleses no fundaran colonias en ellas. También dieron mal resultado otras dos expediciones contra los brasileños, que se habían apoderado de Santa Rosa. Desde Madrid (4 diciembre 1771) aprobó el Rey que el virrey del Perú hubiese mandado que los alcaldes del crimen rondaran de noche para impedir los frecuentes delitos que se cometían, etc.[484].
[484] Cedulario índico, tomo XXXVIII, núm. 184, págs. 211 v.ª y 212.
Don Manuel Guirior (1776-1780) amplió y reformó los estudios universitarios; pero especialmente puso sus ojos en la propagación de la religión y en realizar piadosas obras. En armonía siempre con los obispos y sacerdotes, procuró llenar el vacío que habían dejado en el culto y en la enseñanza los jesuítas al ser expulsados, procuró restablecer las misiones del Chanchamayo y favoreció los hospitales y casas de expósitos. En la última guerra que tuvo España con Inglaterra, en el reinado de Carlos III, como consecuencia del Pacto de Familia (1779), el virrey Guirior remitió grandes cantidades de dinero.
D. Agustín Jáuregui (1780-1784) tuvo que sofocar la terrible revolución de un descendiente de los Incas. Reducidos muchos indios a la condición de siervos, ora yanaconas, ora de comunidad, despojados de sus tierras y aun de sus mujeres e hijos, ideaban planes de venganza. Dicho descendiente de los Incas, de nombre José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tungasuca (provincia de Tinta), considerando el estado general del país y resentido además porque no le habían reconocido sus derechos como sucesor de Tupac-Amaru, venía preparando hacía tiempo una sublevación, que hizo estallar a últimos del año 1780. Con una crueldad sin ejemplo hizo prisionero y ahorcó al corregidor de Tinta, y puso fuego a la iglesia de Sangarara, donde murieron abrasados 600 voluntarios que marchaban contra él.
DECRETO DE CORONACIÓN DEL INCA.
_Don José I, por la gracia de Dios, Inca, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y Continente, de los Mares del Sur, Duque de la Superlativa, Señor de los Césares y Amazonas, con Dominios en el Gran Paititi, Comisionario y Distribuidor de la Piedad Divina por el Erario sin par._
Por cuanto es acordado por mi Consejo, en junta prolija por repetidas ocasiones, ya secretas, ya públicas, que los Reyes de Castilla me han tenido usurpada la Corona y dominio de mis gentes cerca de tres siglos: pensionándome los vasallos con sus insoportables gabelas, Tributos, Lanzas, Sisas, Aduanas, Alcabalas, Catastros, Diezmos--Virreyes, Audiencias, Corregidores y demás Ministros--todos iguales en la tiranía: vendiendo la Justicia en almoneda con los Escribanos de esa fe--á quien más puja--á quien más dá: entrando en esto los Empleos Eclesiásticos, sin temor de Dios:--estropeando como á bestias á los naturales de este Reyno:--quitando las vidas á solos aquellos que no supieron robar:--todo digno del más severo reparo:--Por eso, y porque los justos clamores con generalidad han llegado al Cielo:
En el nombre de Dios Todo Poderoso ordenamos y mandamos:--que ninguna de las pensiones dichas se paguen, ni se obedezca en cosa alguna á los Ministros Europeos, intrusos y de mala fe; y sólo se deberá todo respeto al Sacerdocio, pagándoles el Dinero, Diezmos y Primicias, como que se le dá á Dios: y el Tributo y Quinto á su Rey y Señor natural: y esto con la moderación que se hará saber con las demás Leyes de observar y guardar; y para el más pronto remedio de todo lo susoespresado.
Mando se reitere y publique la Jura hecha de mi Real Corona en todas las Ciudades, Villas y Lugares de mis Dominios, dándonos parte con toda brevedad de todos los vasallos prontos y fieles para el premio igual, y de los que se rebelaren para las penas que les competa.--Que es fecho en este mi Real Asiento de Tungasuca, Cabeza de estos Reynos.--Don José I--Por mandado del Rey Inca mi Señor, Francisco Cisneros, Secretario[485].
[485] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados, con adiciones y notas por José F. Blanco, tomo I, págs. 146 y 147.
Tomó el nombre de Tupac-Amaru. Cada vez más cruel, animaba a los indios para que se ensañaran con los españoles, y en San Pedro de Bellavista fueron degollados 1.000 habitantes, y en Caracoto se hartaron de degollar aquellas fieras. Llegó un momento en que Tupac-Amaru quiso reprimir crueldades tan terribles y no pudo. Declaráronse enemigos de la religión cristiana y cometieron grandes sacrilegios. Entonces fué excomulgado Tupac-Amaru por el obispo de Cuzco, y los curas al frente de sus feligreses peleaban contra los sublevados, tomando la guerra carácter religioso. Intentaron los indios apoderarse del Cuzco; mas se convencieron de que la empresa era superior a sus fuerzas. Las tropas que llegaron de Lima y Guamanga acabaron con el poder de Tupac-Amaru, el cual fué hecho prisionero y condenado a morir descuartizado. En la sentencia, dada en el Cuzco a 15 de mayo de 1781, se lee: «Considerando pues á todo esto, y á las libertades con que convidó este vil insurgente á los Indios, y demás castas para que se le uniesen, hasta ofrecer á los esclavos la de su esclavitud; y reflexionando juntamente el infeliz y miserable estado en que quedan estas Provincias que alteró, y con dificultad subsanarán ó se restablecerán en muchos años de los perjuicios causados en ellas por el referido Josef Gabriel Tupac Amaru, con las detestables máximas esparcidas y adoptadas en los de su nación, y socios ó confesados á tan horrendo fin, y mirando también á los remedios que exige de pronto la quietud de estos territorios, el castigo de los culpables, la justa subordinación á Dios, al Rey y á los ministros; debo condenar y condeno á Josef Gabriel Tupac Amaru, á que sea sacado á la Plaza Principal y Pública de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecución de las sentencias que se dieren á su mujer Micaela Bastidas, y á algunos de los otros principales capitanes y auxiliadores de su inícua y perversa intención ó proyecto, los cuales han de morir en el propio día; y concluidas estas sentencias, se les cortará por el verdugo la lengua, y después amarrado ó atado por cada uno de los brazos y pies con cuerdas fuertes, y de modo que cada una de estas puedan atar ó prender con facilidad á otras que pendan de las sinchas de cuatro caballos, para que puesto en este modo, ó de suerte que cada uno tire de un lado, mirando á otras cuatro esquinas ó puntas de la plaza, marchen, partan y arranquen á una vez los caballos, de forma que quede dividido su cuerpo en otras tantas partes; llevándose éste luego que sea hora al serro ó altura llamada de Piccho, adonde tuvo el atrevimiento de venir á intimidar, citar y pedir que se le rindiese esta Ciudad, para que allí se queme en una hoguera que estará preparada, echando sus cenizas al aire; y en cuyo lugar se pondrá una lápida de punta que exprese sus principales delitos y muerte, para solo memoria y escarmiento de su exsecrable acción. Su cabeza se remitirá al pueblo de Tinta, para que estando tres días en la horca, se ponga después en un palo á la entrada más pública de él; uno de los brazos al de Tungasuca, en donde fué cacique, para lo mismo; y el otro para que se ponga y execute lo propio en la capital de la provincia Carabaya; embiándose igualmente para que se observe la referida demostración, una pierna al pueblo de Libitaca, en la de Chumbibilca; y la restante al de Santa Rosa, en la de Lampa, con testimonio y orden á los respectivos corregidores ó justicias territoriales, para que publiquen esta sentencia con la mayor solemnidad, por bando, luego que llegue á sus manos, y en otro igual día todos los años subsiguientes, de que darán aviso instruído á los superiores gobiernos á quienes reconozcan dichos territorios: que las casas de éste sean arrasadas ó batidas, y saladas á vista de todos los vecinos del pueblo ó pueblos, á donde las tuviere y existan: que se confisquen todos sus bienes, á cuyo fin se da la correspondiente comisión á los jueces provinciales: que todos los individuos de su familia que hasta ahora no han venido, ni vinieren al poder de nuestras armas, y de la justicia que suspira por ellos para castigarlos con iguales rigurosas y afrentosas penas, queden infames é inhábiles para adquirir, poseer y obtener de cualquier modo herencia alguna ó subseción, si en algún tiempo quisieren ó hubiesen quienes pretendan derecho á ellas...»[486]. Y basta ya de narrar tantas crueldades. Los españoles mostraron la misma fiereza que antes los indios, pues no de otro modo acabaron la rebelión.
[486] Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados etc., por José F. Blanco, tomo I, páginas 157 y 158.
D. Teodoro de Croix fué virrey del Perú desde el 4 de abril de 1784 hasta el 25 de marzo de 1790 y debió su nombramiento a Carlos III. Dividió el país en las siguientes intendencias: Lima, Trujillo, Arequipa, Tarma, Huancavélica, Huamanga y el Cuzco. Las intendencias se subdividían en partidos y al frente de ellos se nombró un subdelegado; creóse una Audiencia en el Cuzco y se proyectó la erección de obispados en Puno y Huanuco, que se realizó tiempo adelante; atendióse los legítimos intereses de los indios y se colonizó el valle de Víctor a fin de contener las invasiones de los chunchos.
Eran frecuentes los robos en el país, llegando los ladrones en su insolencia a salir al camino (cuando el reverendo obispo de la Concepción hacía su visita pastoral a Baldivia) apoderándose de su equipaje y con él de rico pontifical (28 noviembre 1788). El prelado tuvo que retroceder a Arauco, y desde allí a la Concepción.
Poco antes fué objeto de todas las conversaciones el siguiente hecho, realizado por un impostor que logró «burlar la atenta circunspección de los Superiores Gobiernos y Reales Audiencias. Tal ha sido en el tiempo de mi Gobierno--como escribe el mismo virrey en la Memoria que dejó a su sucesor--Manuel Antonio Figueroa, natural de Galicia, quien suponiéndose sobrino del Excelentísimo Señor Cardenal Patriarca de las Indias y Gobernador del Consejo de Castilla, D. Manuel Ventura de Figueroa, apoyaba sobre este distinguido parentesco las correspondencias más recomendables de la corte de España, los aprecios y confianza del Rey y sus extraordinarias gracias en los empleos del mayor honor á que lo destinaba en este reyno»[487]. Descubierta la superchería, Manuel Antonio Figueroa fué condenado a diez años de presidio en Africa, y su cooperante, Fray José de Azero, se mandó a España bajo partida de registro y a disposición de S. M.
[487] Pág. 111.
Fijóse mucho D. Teodoro de Croix en la policía urbana y muy especialmente en la limpieza de las ciudades, en el arreglo de las calles y en la dirección de las aguas que las regaban. Del mismo modo son dignas de alabanzas las disposiciones que dió acerca de los asuntos de Guerra, Marina y Hacienda. Prosperó la industria, aumentó el comercio y en el año 1788 importaron las rentas 4.664.895 pesos.
D. Francisco Gil de Taboada y Lemos (1790-1796) gobernó el Perú durante el reinado de Carlos IV en España. Sin embargo de las desmembraciones sufridas por la creación de los virreinatos de Santa Fe y de Buenos Aires, contaba el del Perú más de 1.300.000 habitantes y unas 33.500 leguas cuadradas. Lima tenía 52.627 habitantes, según el censo del año 1796. En los 19 conventos de religiosos había 1.100, y en los de monjas 572; además se contaban 84 beatas. Los hospitales eran 10, y si en unos las rentas eran pingües, en otros se necesitaba el real auxilio. La Universidad de San Marcos se hallaba en estado floreciente, como también la Audiencia, el Cabildo y el Tribunal del Santo Oficio. La policía fué muy atendida durante el virreinato de Gil Taboada. Adelantó el comercio y la industria en general, especialmente la minería. Protector incansable de la cultura, estableció un anfiteatro de Medicina y una Escuela de Marina, costeó la edición que Unanue hizo de su excelente libro intitulado Guía eclesiástica, política y militar, y autorizó la fundación de los periódicos llamados la Gaceta de Lima y el Mercurio Peruano. Mostró su amor a la religión católica procurando la conversión de los indios montaraces; y en su tiempo, el P. Girval, con el fin de propagar el Evangelio entre los panos, sipivos, campas y piros, remontó el Veayali y visitó las pampas del Sacramento.
Alabanzas merece el virrey D. Ambrosio O'Higgins. Encargóse del gobierno el 5 de julio de 1796. Era irlandés de nacimiento e hijo de pobres labradores.
Habiéndose dado a conocer por su valor combatiendo una invasión araucana, el Rey le confirió sucesivamente los grados de capitán de dragones, teniente coronel, coronel, brigadier y el 1785 le ascendió a mariscal de campo, y luego le nombró presidente de la Audiencia, gobernador y capitán general del reino de Chile. La fortaleza del Barón (Valparaíso) y otras obras importantes hacen inmortal su nombre en Chile[488]. Habiendo reconquistado la ciudad de Osorno del poder de los araucanos, el Rey le agració con el título de marqués de Osorno, le ascendió a teniente general y le nombró virrey del Perú.
[488] Véase el capítulo XXV.
Bajo el gobierno de O'Higgins se empedraron las calles y se construyeron las torres de la catedral de Lima; se hizo un camino desde el Callao a Lima. También se incorporó al Perú la intendencia de Puno, que había estado sujeta al virreinato de Buenos Aires, y fué separado Chile de la jurisdicción del virreinato del Perú. Para la guerra que España sostenía con otras naciones O'Higgins envió siete millones de pesos, los cuales se gastaron, más que en sostener ejércitos, en aumentar el lujo de los cortesanos y los placeres de Carlos IV y María Luisa. Con fecha 26 de julio de 1800 escribió el marqués de Osorno a Urquijo manifestando el estado de quietud de aquellas provincias y añadía que no por ello dejaba de vigilar a los revolucionarios[489].
[489] Ibidem.--Estado.--Perú.--Leg.º 2. (16).
Desde 1801 a 1806 gobernó el Perú D. Gabriel Avilés. Autorizado por Real orden, creó el obispado de Mainas entre los ríos Huallaga, Ucayali, Napo y Putumayo. Si el clero aplaudió la creación de dicho obispado, protestó en cambio y suscitó protestas a la desamortización eclesiástica, sin embargo de recibir los intereses del capital en que fueron enagenados los bienes. No careció de importancia una conjuración que abortó en el Cuzco (1805), promovida por D. Gabriel de Aguilar, que intentaba renovar el imperio de los Incas. A la sazón las minas producían al Estado grandes cantidades, pues se acuñaban anualmente 5.000.000 de pesos fuertes.
En los siglos XVI, XVII y XVIII, lo que hoy constituye la República de Bolivia formó parte del virreinato del Perú. El virreinato estaba dividido en dos Audiencias Reales: la de Lima, que comprendía el territorio conocido con el nombre de Nueva Castilla; y la de Charcas, que comprendía el Nuevo Toledo. En Charcas o Chuquisaca residía la Sede Episcopal, y en ella se estableció la Universidad de San Francisco Javier, famosa en toda la América española. A la citada Audiencia de Charcas se hallaban sujetos los gobiernos de Tucumán, Paraguay y Buenos Aires; también las misiones de chiquitos y mojos. Dividióse el territorio de dicha Audiencia en cuatro provincias: Chuquisaca, La Paz, Potosí y Santa Cruz, gobernadas por Intendentes nombrados por el Rey; los partidos en que se subdividían, por subdelegados nombrados por el virrey a propuesta de los intendentes, y los Concejos, compuestos de regidores y presididos por el gobernador o jefe político, ejercían las mismas funciones de los actuales municipios.
Cuando se creó el virreinato de Buenos Aires en 1776, a él obedecían los habitantes del territorio de las actuales Repúblicas de Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina.
CAPITULO XXV
GOBIERNO DE CHILE, DE VENEZUELA Y DE GUAYANA.--HURTADO DE MENDOZA EN CHILE: ORGANIZACIÓN DEL PAÍS.--FRANCISCO DE VILLAGRA: GUERRA CON ANTIGUENÚ.--PEDRO DE VILLAGRA: GUERRA; REFORMAS.--QUIROGA: LA AUDIENCIA.--LOS GOBERNADORES GAMBOA Y SARAVIA.--EL INSPECTOR CALDERÓN.--SUPRESIÓN DE LA AUDIENCIA.--QUIROGA (2.ª VEZ).--GAMBOA (2.ª VEZ).--SOTOMAYOR Y LA GUERRA.--GARCÍA DE LOYOLA: HAWKINS.--PAILLAMACHU.--VIZCARRO Y QUIÑONES.--GARCÍA RAMÓN Y LOS PIRATAS.--RIVERA Y GARCÍA RAMÓN (2.ª VEZ): HUENECURA.--MERLO DE LA FUENTE: AILLAVILLA.--JARAQUEMADA: PAZ.--RIVERA (2.ª VEZ).--OTROS GOBERNADORES.--FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y LASO DE LA VEGA.--LA GUERRA.--TERREMOTO DE 1647.--OTROS GOBERNADORES.--EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS.--O'HIGGINS.--LA REVOLUCIÓN.--GOBIERNO DE VENEZUELA.--CÉDULA DE FELIPE III.--LOS CORSARIOS FRANCESES E INGLESES.--VENEZUELA A MEDIADOS DEL SIGLO XVIII.--CREACIÓN DE LA AUDIENCIA DE CARACAS.--CONSULADO DE COMERCIO.--OBISPO DE CORO.--TRASLACIÓN DE LA CATEDRAL DE CORO A CARACAS.--CARÁCTER DEL GOBIERNO DE CARACAS.--LOS REVOLUCIONARIOS.--GOBERNACIÓN DE GUAYANA.
Don García Hurtado de Mendoza se dedicó a la organización de Chile y por eso fijó su residencia en la Concepción, pues el Centro y Norte no requerían tan exquisito cuidado. Probo y generoso, gastó gran parte de su patrimonio en las reformas que llevó a feliz término. Cuando dejó el mando repartió toda su hacienda a los hospitales, iglesias y amigos, embarcándose para el Perú (febrero de 1561) con motivo del fallecimiento de su padre. Nombró para sustituirle a Rodrigo de Quiroga. Uno de sus últimos hechos fué poner la primera piedra de la catedral de Santiago, por cuya población tuvo que pasar para embarcarse[490]. Al lado de hombres feroces, lo mismo entre los indios que entre los españoles, se destaca la noble figura de D. García Hurtado de Mendoza.
[490] Estuvo en la campaña de Portugal, y con fecha del 30 de julio de 1588, Felipe II le nombró virrey del Perú, cargo que desempeñó con su acostumbrada honradez, regresando a España el 1595, ya marqués de Cañete, por muerte de su hermano mayor; murió en Madrid el 15 de octubre de 1609.
Don Francisco de Villagra, sucesor de Hurtado de Mendoza, peleó con Antiguenú y demás jefes araucanos. Si en las huertas de Lumaco la fortuna se mostró esquiva con Antiguenú, en Mariguena le fué favorable, pues allí hizo gran mortandad de españoles, encontrándose entre ellos el mismo hijo de Villagra que los capitaneaba. Antiguenú se dirigió a Cañete, donde entró sin resistencia. Abatido Villagra con tantas desgracias, sucumbió de tristeza (1563).
Pedro de Villagra, hijo primogénito de Francisco, se encargó del mando y venció a los araucanos, muriendo Antiguenú en una de las batallas sobre las orillas de Biobio. En su tiempo el papa Pío IV erigió en obispados las ciudades de la Concepción e Imperial. También durante su gobierno descubrió el grupo de las islas de Juan Fernández un castellano de dicho nombre que pasaba del Perú a Valdivia. No sabemos el por qué, la Audiencia de Lima hizo arrestar al hijo de Villagra y dispuso que fuese conducido al Perú.
Bajo el gobierno de D. Rodrigo de Quiroga se estableció (13 agosto 1567) por Felipe II la Real Audiencia en Chile, cuya primera residencia fué La Concepción, y en 1574 se trasladó a Santiago. Lo primero que hizo la Real Audiencia fué revocar el nombramiento de D. Rodrigo de Quiroga y nombrar a Ruiz de Gamboa, al cual reemplazó al año siguiente con Melchor Bravo de Saravia, vencedor en varios encuentros de los araucanos, aunque no pudo destruir completamente al cacique Paillantarú. Vino por entonces (1575) de la metrópoli, con plenos poderes, un inspector llamado Calderón, que suprimió la Audiencia y restableció a D. Rodrigo de Quiroga en sus funciones de gobernador. La fortuna favoreció más a Quiroga que a Bravo de Saravia. Cinco años conservó el mando, logrando vencer al mestizo Alonso Díaz, a quien los araucanos llamaban Pañeñancu. Murió Quiroga el 1580, después de haber fundado una ciudad en las orillas del río Chillan. Ruiz de Gamboa, segunda vez gobernador, ejerció el mando desde 1580 al 1583, no cesando de pelear con los araucanos y los pehuencos, tribu la última menos civilizada y tan belicosa como la primera.
Dicen los antiguos cronistas que don Alonso de Sotomayor, marqués de Villa Hermosa, mereció ser nombrado gobernador el 1583. Venció a los rebeldes Cayancura, Nangoniel y Quintuguenu (1590), consiguiendo abatir la fiera enemiga de los araucanos, durante los nueve años de su administración, si bien en el 1592 cayó en una emboscada que le había preparado el toqui Paillaeco.
Sucedió a Sotomayor Don Martín García Onez de Loyola, pariente de S. Ignacio e introductor de la Compañía de Jesús en Chile, el 1593. Fundó Don Martín una ciudad junto al Biobio, y la dió por nombre Coya, en honor de su mujer Clara Beatriz Coya, hija del Inca Sairi-Tupac. En 1594 llegó a las costas de Chile el inglés Hawkins, mandado por la reina Isabel, el cual, a imitación de Francisco Drake, saqueó los pueblos de la costa y se apoderó de cinco navíos, dirigiéndose después a los puertos del Perú. Enfrente de Loyola se presentó Paillamachu, general de los araucanos, que, a la cabeza de los suyos cayó sobre el campamento del gobernador español, cuyos soldados estaban dormidos. Todos fueron asesinados, salvándose sólo algunas mujeres que se llevaron los indios.
El general Don Pedro de Viscarra llegó con un cuerpo de tropas y atacó a los araucanos, reemplazándole, al cabo de seis meses Don Francisco de Quiñones, a quien el virrey del Perú le encargó levantar el decaído espíritu español en Chile. En octubre de 1599 se dió sangrienta batalla en las llanuras de Imperial, atribuyéndose españoles y araucanos la victoria. Poco después, Paillamachu se apoderó de la ciudad de Valdivia (14 noviembre 1599), pasó a cuchillo sus habitantes y entregó la población a las llamas, quedando reducida a un montón de escombros.
Don García Ramón sucedió a Quiñones. Mientras que Chile era teatro de una guerra de exterminio, continuaban las hostilidades entre España por una parte, e Inglaterra y Holanda por otra. El almirante holandés, Olivier Van Noort, llegó en el año 1600 a las costas de Chile, donde apresó naves españolas cargadas con ricas mercancías. Siguieron los piratas infestando las costas del Perú y de Chile e hicieron lugar de descanso las islas de Juan Fernández, en las cuales encontraban cabras monteses, focas y manantiales de agua excelente.
En vano don Alonso de Rivera (1600 a 1604) intentó levantar el espíritu de los españoles en Chile; ellos emigraban poco a poco al Perú o a España, pues los araucanos habían quemado y saqueado varias ciudades, entre otras, Concepción, Valdivia, Osorno, Villa-Rica y la Imperial.
Por segunda vez D. García Ramón ocupó el gobierno de Chile, siendo batido y desbaratado por el toqui Huenecura, jefe a la sazón de los araucanos. Felipe III, en 1608, decretó «que el efectivo del ejército de observación en las fronteras de la Araucania se mantuviese bajo un pie de 2.000 hombres; que el virreinato del Perú contribuyera al sostenimiento de este cuerpo con una suma de 292.279 duros; y que se estableciese la Real Audiencia de Santiago, cuya ciudad, distando entonces del teatro de la guerra, había ya adquirido la importancia correspondiente a su rango de capital»[491].
[491] César Fámin, Historia de Chile, pág. 42.--Barcelona, 1839.
Por fallecimiento de D. García Ramón (10 agosto 1610), le sucedió D. Luis Merlo de la Fuente, que peleó con Aillavilla, uno de los mejores capitanes araucanos. Reemplazóle D. Juan Jaraquemada, bajo cuya administración se hizo la paz que tanto deseaba el Rey[492], señalándose como límite entre las posesiones de los españoles y las de los araucanos el río Biobio, con otras condiciones propuestas por los rebeldes. No fué duradera la paz. Era preciso estar siempre el arma al brazo con aquellas indómitas gentes.
[492] Aconsejaba la paz el P. Luis de Valdivia.
Durante el gobierno de Alonso de Rivera, que había sido repuesto en el poder pasados algunos años, el almirante holandés Joris Spilbergen desembarcó (1615) en las costas de Chile, llevándose ganados, trigo, cebada y otras provisiones. Rivera introdujo en Chile a los Hospitalarios de San Juan de Dios.
Por muerte de Rivera en 1617, llegó a ocupar el gobierno Hernando Talaverano, y diez meses después López de Ulloa, vencido varias veces por el indígena Lientur. Habiendo fallecido Ulloa el 20 de noviembre de 1620, le sucedieron sucesivamente D. Cristóbal de la Cerda Sotomayor, D. Pedro Sorez de Ulloa y Lerma y D. Francisco de Alava y Noruena. Ulloa y Alava, además de la guerra con los indios, tuvieron que vigilar los movimientos de escuadra holandesa, mandada por Jaime el Ermitaño, que causó grandes perjuicios al gobierno español. D. Luis Fernández de Córdoba, sobrino del virrey del Perú, conservó la autoridad hasta 1630. Fué el primero que permitió a los criollos, descendientes de españoles, ejercer cargos públicos. Con el toqui Putapichún continuó la guerra.
Don Francisco Laso de la Vega no cesó un momento de luchar con sus valerosos enemigos. Hasta el año 1640 los sucesos belicosos no ofrecen interés alguno, porque se hallan reducidos a una serie de sitios, sorpresas, emboscadas y asesinatos, en los cuales la fortuna, unas veces se ponía al lado de los españoles y otras de los araucanos.
Terrible terremoto destruyó la ciudad de Santiago (diez y media de la noche del 13 de mayo de 1647). «A muchos--escribe un testigo del suceso--cogió ya dormidos, los cuales fueron a despertar a la otra vida, y a otros, que al susto despertaron, al querer salir, les cerraba la puerta más la turbación que la llave, o por no dar con ella, quedaban sepultados de las paredes o ahogados del polvo.» Refiere luego que, por gracia de Dios, algunos conventos quedaron en pie, añadiendo: «No fué así en otras casas, que no merecieron esta singular protección que estos santos conventos, porque cayendo las paredes hacia adentro, a unos mataban y a otros quebraban las piernas y a otros los brazos, y con la obscuridad de la noche, el espanto del temblor, el asombro del repentino ruido de terribles ruinas, la ceguedad del polvo y la confusión del inopinado suceso, los unos atropellaban a los otros y perecían muchos atropellados, encontrando la muerte donde huían presurosos a buscar la vida. Era lamentable espectáculo ver tantos cuerpos muertos, tantos destrozados, tantos que debajo de las ruinas daban lamentables voces, y a los que escapaban, andar ciegamente tropezando, y con gemidos del alma, pidiendo a voces misericordia y llorando la madre al hijo, la esposa al marido y el padre a la familia.» Murieron--según cálculos aproximados--más de mil. Sucedió al terremoto fuerte lluvia y después terrible epidemia. El gobernador Mugica, que se hallaba en Concepción al tiempo de ocurrir la catástrofe, se trasladó a Santiago, solicitó recursos del virrey del Perú y logró que por el término de seis años se eximiera de impuestos a la ciudad arruinada. Digno de toda alabanza fué el obispo fray Gaspar de Villarroel, agustino, varón de singular piedad, que en aquellos días tristísimos, prestó toda clase de auxilios a los pobres. Poco tiempo después comenzó la reconstrucción de la ciudad.
Al prudente gobernador Martín de Mugica sucedió D. Francisco López de Zúñiga, marqués de Baides, que concluyó un tratado de paz con Lincopichún, en virtud del cual se señalaba el río Biobio límite divisorio entre los araucanos y los españoles, reconociendo a los primeros su independencia, y ellos, por su parte, la soberanía del rey de España, permitiendo a los misioneros el libre ejercicio de su ministerio y obligándose también a oponerse al desembarco de súbditos de aquellas naciones europeas que a la sazón estaban en guerra con España.
Refieren los historiadores que don Antonio de Acuña y Cabrera (1650-1656) estuvo dominado por dos oficiales, cuñados suyos, de apellido Salazar. Celebró Acuña un armisticio con los indios en Boroa y mandó una expedición contra los cuncos, que fué completamente destruída (1655). El pueblo de la Concepción se sublevó a los gritos de ¡Viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno! viéndose obligado el virrey de Lima a destituir al débil gobernador.
Sucediéronse otros gobernadores; pero adquirió fama por sus desaciertos D. Francisco de Meneses (1664-1668), conocido por sus subalternos con el apodo de Barrabás. Convirtió en granjería todos los destinos civiles y militares, castigó severamente a los araucanos y cometió toda clase de tropelías. Sostuvo ruidosas polémicas con fray Diego de Humanzoro, obispo de Santiago, siendo al fin depuesto por el virrey del Perú.
Por el contrario, D. Juan Henríquez (1670-1682) vivió siempre en cordiales relaciones con el prelado y con los hijos de Loyola. Realizó algunas obras de utilidad pública. Fortificó a Valparaíso y La Concepción y formó en Santiago pequeño parque militar. Dictó algunas ordenanzas de policía y de comercio. Sus buenas obras fueron afeadas por la venalidad, norma de todas sus acciones. En sus relaciones exteriores haremos notar que en el año 1680 el pirata Bartolomé Sharp se apoderó de la ciudad de Coquimbo y la entregó al saqueo. Por su enemiga a la Real Audiencia, tribunal fiscalizador de los gobernadores, se originaron no pocos conflictos. Después de doce años de gobierno, fué relevado del mando.
Los gobernadores que inmediatamente le sucedieron, como D. Tomás Marín de Poveda, sólo pensaron en la guerra con los araucanos.
Tiempo adelante, D. Juan Andrés Ustáriz (1709-1717), según de público se dijo, hubo de comprar el gobierno de Chile por la suma de 24.000 pesos. Como era de esperar, Ustáriz no se distinguió por su probidad administrativa. Habiéndose probado la inmoralidad que reinaba en todos los ramos de la administración, fué destituído por el virrey del Perú y condenado a pagar 54.000 pesos de multa. D. Gabriel Cano de Aponte (1717-1733) hizo la paz con los naturales del país, siendo aquélla ratificada en Negrete, ciudad situada entre los ríos Duqueco y Culabi, afluentes del Biobio. Dicha paz, como otras anteriores que se llevaron a cabo, no dió resultado alguno. Sucedió a Cano D. Manuel Salamanca, sobrino del virrey del Perú; esta elección no fué confirmada por el Rey, que nombró a D. José Antonio Manso de Velasco (1737-1745). Pocos gobernadores tan buenos como Manso de Velasco ha tenido Chile. En una conferencia que tuvo con los indígenas y a la que asistieron unos 400 caciques y 6.000 ciudadanos, se adoptaron acuerdos pacíficos de mucha importancia. Receloso el virrey del carácter voluble de los indígenas y teniendo poca confianza en las promesas de paz, organizó fuerte ejército, recorrió el país, fundó varias poblaciones (San Felipe, Los Angeles, Rancagua, Melipilla, San Fernando y Copiapó y otras) y construyó el canal de Maipo. También durante su gobierno se fundó la Universidad de Santiago y la Casa de Moneda. D. Domingo Ortíz de Rozas siguió las huellas de su predecesor, fundó varias poblaciones y mandó una colonia a la isla desierta de Juan Fernández. Regresó a España el gobernador Ortíz de Rozas el año 1754. De D. Manuel Amat y Juniet (1755-1761) sólo diremos que fundó la población de Santa Bárbara cerca del nacimiento de Biobio, fomentó los trabajos de las minas y reunió, como otros varios gobernadores, una asamblea en Santiago, y como siempre, los indios prometieron vivir sumisos. Porque los presos de la cárcel de Santiago intentaron evadirse, Amat se puso al frente de la tropa que debía contenerlos, lo cual logró, haciendo castigar a once de ellos con la pena de horca. A él se debe la creación del primer Cuerpo de policía, que acuarteló detrás de su palacio y pagó con fondos del Erario real: le dió el nombre de Dragones de la Reina (1758).
El gobernador y presidente D. Antonio Guill y Gonzaga (1762-1768) repobló la ciudad de Angot[493], hizo conducir a Santiago aguas potables y mandó construir mesones en los caminos de la cordillera. En los comienzos de agosto de 1767 recibió un pliego cerrado con una carta del Rey y otros papeles. Se le mandaba arrojar de Chile á los jesuítas. Aunque con profundo sentimiento--pues los hijos de Loyola eran sus amigos y consejeros--expulsó en la mañana del 26 de agosto del año citado a los jesuítas de Chile, en número de 300, figurando entre ellos el P. Manuel Lacunza, profundo teólogo, y el nunca bastante alabado P. Juan Ignacio Molina (historiador y naturalista). Los araucanos, bajo el pretexto de que Gonzaga les quería obligar a residir en poblaciones, se declararon en completa insurrección, durando la guerra diez y siete años. Murió Gonzaga en 1768, sucediéndole D. Francisco Javier de Morales (Apéndice H).
[493] Fundada por Pedro de Valdivia.
Por tercera vez fué nombrado gobernador por la Real Audiencia D. Mateo de Toro Zambrano, que con el carácter de interino había desempeñado dos veces el cargo, antes de la elección de Gonzaga y después de su muerte, reemplazándole casi inmediatamente D. Agustín de Jáuregui. Es de justicia consignar que Jáuregui restableció en Santiago el colegio fundado por D. Martín de Poveda para que se educasen los hijos de los caciques, hizo un censo de población y organizó las milicias. D. Ambrosio de Benavides (1780-1787) fomentó las obras públicas, trasladó á Chillan el colegio de indígenas de Santiago y celebró el parlamento de Lonquiemo, que presidió el coronel O'Higgins (1786), en el cual se hizo un concierto confirmando los anteriores, con la condición de que los fieros y tenaces araucanos nombrarían un representante que había de residir en la capital de Chile y cuya única misión sería velar por los intereses de sus conciudadanos y por el cumplimiento de los tratados. Refieren autorizados cronistas que por entonces los franceses Antonio Gramusset y A. Berney trataron de proclamar la independencia de Chile; pero descubierta la conjuración, los citados jefes fueron enviados a España. Lugar preferente entre los gobernadores y capitanes generales de Chile ocupa D. Ambrosio O'Higgins, a quien ya dimos a conocer en el capítulo anterior. Suprimió las encomiendas y el servicio personal de los indios; repobló la ciudad de Osorno y fundó las poblaciones de Combarbalá, Santa Rosa de los Andes, Illapel y Vallenar; mejoró los caminos y fomentó el cultivo del azúcar, del algodón y del tabaco; y dispuso que los cadáveres fuesen enterrados en los cementerios y no en las iglesias.
El brigadier D. Luis Muñoz de Guzmán (1802-1808) celebró con los indios un parlamento en Negrete, terminó varios edificios públicos (Casa de Moneda, la Aduana y el Consulado) e hizo diferentes exploraciones por varios sitios de los Andes para hallar caminos para el Río de la Plata. Murió repentinamente (11 de febrero). En virtud de Real disposición del año 1806, el militar de mayor graduación tomaría el mando, ya por muerte o ya por ausencia del propietario. En una junta que celebraron en Concepción los jefes militares, fué proclamado capitán general D. Francisco García Carrasco, brigadier de ingenieros.
Consideremos el gobierno de García Carrasco. Rodeóse de favoritos, los cuales hubieron de contribuir a las graves disensiones que tuvo el capitán general con la Universidad, el Cabildo eclesiástico, el ayuntamiento y el tribunal de minería. Vino a echar leña al fuego de las discordias la noticia de que España había sido invadida por los franceses y que el rey de España no era Fernando VII, sino José Bonaparte. Los hombres de ideas más avanzadas de la colonia, casi dirigidos por el cabildo de Santiago, se dispusieron a la revolución, divulgando la noticia de que España estaba sometida a un gobierno extranjero. El capitán general preparó un golpe de Estado, creyendo de este modo poner término a la agitación: en la tarde del 25 de mayo de 1810, fueron reducidos a prisión el doctor Don Bernardo Vera, el procurador de la ciudad Don Juan Antonio Ovalle y Don Antonio Rojas, siendo conducidos aquella misma noche a Valparaiso. Uno de los oidores de la Audiencia marchó a Valparaiso a instruirles proceso por el delito de conspiración. Medida tan violenta enardeció más los ánimos, llegando el citado cabildo a pedir la libertad de los presos; mas Carrasco, lejos de acceder, dispuso que los tres reos fuesen trasladados a Lima. Cuando en la mañana del 11 de julio se supo que los presos habían sido embarcados en Valparaiso para Lima, el pueblo se presentó en la plaza en actitud amenazadora, en tanto que el cabildo y la Audiencia se reunían separadamente, buscando remedio a tantos males. Creyeron encontrar el remedio aconsejando a Carrasco que los presos volviesen a Santiago, que los empleados que hubiesen tenido más participación en el golpe de Estado fuesen separados, y, por último, que no se tomara medida alguna sin oir a la autorizada opinión de Don José de Santiago Concha, oidor decano de la Audiencia. Todo esto era muy poco, porque la revolución marchaba muy a prisa, disponiendo entonces la Audiencia que Carrasco renunciase el mando. Una reunión de jefes militares y de los empleados más importantes aceptó la renuncia del capitán general, nombrando en su lugar a Don Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista (16 julio 1810).
«La dependencia en que estuvo Chile del virreinato del Perú distó mucho de ser favorable a ninguna de ambas regiones. Esa dependencia era causa de que se olvidasen los intereses locales, de que no se contase con fuerzas suficientes para la defensa de la Capitanía General y de que jamás se viese el fin de la guerra con los araucanos. Mucho después de Ercilla y de Pedro de Oña, para quien Arauco ya estaba domada, los colonos no podían gozar de paz ni seguridad con aquel enemigo interior, y en la costa asomaban los corsarios ingleses, para quienes apoderarse de los tesoros de América era siempre fácil empresa»[494].
[494] Balbín de Unquera, Revista intitulada Cultura hispano-americana, núm. 8, enero y febrero de 1813, pág. 28.
Pasando del estudio de la historia de Chile a la de Venezuela, con verdadera satisfacción habremos de referir que Felipe III, desde Martín Muñoz (27 septiembre 1608) se dirigió al gobernador y capitán general de Venezuela, diciéndole la conducta que había de observar con los indios y censurando a los encomenderos y al obispo[495]. Por su parte, los indígenas permanecieron tranquilos gozando de larga paz; «a lo cual contribuía--como dice Baralt--el ser pobre y no excitar la codicia de los enemigos de España, cuyos ojos y manos no se movían con fuerza sino tras las ricas flotas del Perú y de México»[496].
[495] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, tomo XLII, núm. 32, págs. 56 y 56 v.ª
[496] Ibidem, pág. 268.
Recordaremos que Juan de Urpín terminó la conquista de Cumaná (1634), fundando en 1637 la Nueva Barcelona.
Aunque Venezuela vivió en paz durante el siglo XVII, a veces fué atacada por los franceses. Intentaron nuestros enemigos apoderarse de Cumaná en los años 1654 y 1657, siendo rechazados; mas en 1679 saquearon la ciudad de Caracas, retirándose con un gran botín a sus bajeles. En el siglo XVIII Venezuela sufrió los ataques de los ingleses, quienes intentaron un asalto a la Guaira y a Puerto Cabello por los años 1739 y 1745, siendo rechazados de ambas partes, del mismo modo que lo fueron en Angostura el año 1740.
A mediados de la centuria, esto es, el 12 de febrero de 1742, se resolvió «relevar y eximir al gobierno y capitanía general de la provincia de Venezuela de toda dependencia del virreinato» del Nuevo reino de Granada. También se dispuso que los gobernadores de la provincia de Venezuela reasumiesen las facultades concedidas anteriormente, lo mismo en lo tocante a gobierno, guerra y hacienda como al ejercicio del Real Patronato, y que nombrasen los tenientes justicia-mayores de las ciudades, villas y lugares donde ellos lo tuviesen por conveniente, sin necesidad de que los nombrados necesitasen acudir para su confirmación a la Audiencia de Santo Domingo, que seguía siendo la del distrito de Venezuela, según cédulas de 7 de noviembre de 1738 y 3 de Mayo de 1741. Por último, en 8 de septiembre de 1777 acordó el Rey separar del Nuevo Reino de Granada las provincias de Cumaná, Guayana, Maracaibo é islas de Trinidad y Margarita, agregándolas «en lo gubernativo y militar a la capitanía general de Venezuela, del mismo modo que lo estaban ya, en cuanto a los asuntos de hacienda, a la nueva Intendencia erigida en Caracas»[497]. Dispuso, por lo que respecta a lo jurídico, que las citadas provincias se separasen de la Audiencia de Santa Fe y se agregasen a la primitiva de Santo Domingo. Nueve años después, esto es, el 13 de junio de 1786, se creó la Audiencia de Caracas. Resolvíanse por entonces de igual manera los asuntos mercantiles y civiles, hasta que para los primeros se estableció el Consulado de Comercio, por real cédula de 3 de junio de 1793, para «la más breve y fácil administración de justicia en los pleitos mercantiles, y la protección y fomento del comercio en todos los ramos»[498].
[497] Gil Fortoul, Hist. Constitucional de Venezuela, tomo I, págs. 63 y 64.
[498] Archivo de Indias en Sevilla.
Conviene no olvidar que por una bula de Clemente VII se erigió el primer obispado de Venezuela en Cero (21 julio 1531), siendo nombrado obispo D. Rodrigo de las Bastidas (4 junio 1522) y la iglesia de Coro quedó erigida en Catedral (24 junio 1533). También el 1531 el mismo papa Clemente mandó erigir la iglesia de Santa Marta en Catedral, expidiendo las respectivas bulas a favor de Fray Tomás Ortiz[499]. Luego, por Real Cédula de 20 de junio de 1637 la Catedral de Coro se trasladó a Caracas[500]. Al obispado de Puerto Rico se agregaron las provincias de Margarita y Cumaná en 1588, la ciudad de Santo Thomé de Guayana en el año de 1624 y toda la provincia de Guayana en 1625. Si el obispado de Mérida se creó en 1777, y el de Guayana en 1790, cuando la Catedral de Caracas se erigió en metropolitana en 1803, aquellas iglesias fueron sufragáneas de dicho arzobispado[501].
[499] Véase Guzmán Blanco, Documentos para la Historia de Bolívar, tomo I, págs. 37 y 38.
[500] Ibidem, pág. 44.
[501] Gil Fortoul, Ob. cit., tomo I, pág. 66.
«Venezuela--Gil Fortoul--fué más infeliz que otras colonias. Regiones de América muy ricas y pobladas, como México y el Perú, tuvieron en ocasiones mejor fortuna bajo la dirección de algunos virreyes eminentes; mas en Venezuela, pobre y casi desierta, apenas hubo gobernadores que se distinguiesen en la turba de funcionarios o indolentes o incapaces...»[502].
[502] Oc. cit., pág. 25.
En los últimos años de la centuria décimo octava las ideas revolucionarias iban poco a poco penetrando en el país, no bastando el cuidado que tenían para que así no sucediese las autoridades. Aunque vigilaban mucho, no pudieron impedir la entrada de toda clase de periódicos y libros extranjeros, especialmente si trataban de asuntos filosóficos y políticos. D. Pedro Carbonell, capitán general de Venezuela, desde Caracas, con fecha de 1.º de noviembre de 1794, dirigió una circular a los prelados y gobernadores de provincia, manifestándoles que por oficio del virrey de Santa Fe del 6 de septiembre último, tenía noticia de haber aparecido en dicho Reino un papel impreso intitulado Los derechos del hombre y en el cual se hallaban doctrinas contra la Religión y la Monarquía. «Los especiales encargos de S. M. y nuestro honor y fidelidad nos obligan estrechísimamente a impedir se propaguen tan detestables máximas, y por lo mismo no me detengo en encarecer a V. S. el gran servicio que hará a Dios y al Rey poniendo todos sus desvelos en averiguar y descubrir, si por desgracia se ha introducido el tal papel u otro de su especie en el distrito de su mando, valiéndose de todos los medios que dictan la prudencia y sagacidad»[503].
[503] Véase Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo I, página 257.
Al año siguiente y con fecha 12 de junio el mismo presidente Carbonell escribió una carta a D. Eugenio Llaguno, dándole noticia de que en Coro se habían amotinado los negros esclavos y algunos libres, deseosos unos y otros de formar gobierno republicano[504]. Luego (26 agosto 1795) volvió Carbonell a escribir a Llaguno, insertando la carta que con igual fecha dirigía al ministro de la Guerra, en la cual comunicaba nuevas noticias de los sucesos de Coro, justicia que se hizo en muchos de los sublevados, captura del caudillo zambo Leonardo, y providencias tomadas por el Real Acuerdo[505].
[504] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón I, Leg.º 7. (16).
[505] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón I.--Legajo 7. (4).
Por entonces Juan Bautista Picornell, Manuel Cortés Campomanes, Sebastián Andrés y José Lax--que en los comienzos de febrero de 1796 tramaron una conspiración en Madrid que se llamó de San Blas y que tenía por objeto destruir la monarquía y establecer una república a semejanza de la francesa, por lo cual fueron desterrados a América--intentaron evadirse de la cárcel de La Guaira y hacer la revolución en las colonias. También por la misma época llegó a Santa Fe el revolucionario Antonio Nariño, que, con ayuda de Pedro Fermín de Vargas, se disponían a la insurrección. Los primeros, esto es, Picornell, Lax, Andrés y Cortés lograron evadirse de la cárcel de La Guaira, según la comunicación del capitán general Carbonell de 19 de julio de 1797 al Príncipe de la Paz. A su vez, Nariño desde Santa Fe y con fecha 30 de julio del mismo año, se dirigió al virrey para que interpusiera «su mediación y piadosos oficios para mover e inclinar más la piedad del Monarca a mi favor.»
Por lo que respecta a las publicaciones revolucionarias, es de importancia referir que la Audiencia de Caracas declaró (11 diciembre 1797) que los que recibiesen tales libros o papeles «y no los entregaren inmediatamente a las justicias, los que tuviesen noticias de ellos y no lo comunicaren a las mismas justicias, los que los pasaren a otras manos, o de cualquiera forma divulgaren sus doctrinas, o no impidieren su extensión, cuanto esté de su parte», incurrirán «en las penas de azotes, presidio y en la de muerte, según las circunstancias del caso.» A pesar del sistema político español reaccionario, a pesar del aislamiento en que vivían los Estados americanos y a pesar de las tendencias contrarias al progreso, las ideas revolucionarias, primero de los Estados Unidos y después de Francia, penetraron en Venezuela y en todas las colonias, dando al traste con el dominio español algunos años después.
El descubrimiento y colonización de La Guayana, las frecuentes incursiones de los piratas y las conquistas de los holandeses, ya se dieron a conocer en el capítulo X de este tomo. Añadiremos ahora que el terreno, pantanoso e inculto en su mayor parte, regado por el Orinoco, Surinán y otros, tiene clima cálido y malsano. Durante los siglos XVII y XVIII fueron Las Guayanas campo de lucha entre holandeses, franceses, españoles y brasileños[506]. La última nación colonizadora en La Guayana fué Inglaterra, la cual despojó a Holanda de parte de su territorio y después siguió igual conducta con Venezuela, y seguramente sus usurpaciones hubiesen sido mayores, si la República de los Estados Unidos no hubiera intervenido, para que, mediante sentencia arbitral, se decidiesen las cuestiones suscitadas entre Inglaterra y Venezuela. Con fecha 25 de mayo de 1812, D. José de Chastre, gobernador interino de La Guayana, en carta dirigida al Rey, se quejaba del gobernador de Puerto Rico que no le había socorrido, por cuya causa estuvo en peligro de caer en manos de los insurgentes. Decía también que los ingleses fomentaban bajo cuerda la insurrección; pedía la segregación de aquella provincia de las de Caracas y Santa Fe, y por último, quería que se declarasen reos de lesa nación a los jefes nacionales que no auxiliasen a los fieles españoles que luchasen por la integridad de la Monarquía española[507]. Posteriormente, Simón Bolívar comunicó (17 agosto 1817) desde Baja Guayana, que Las Guayanas habían sido tomadas por tropas republicanas[508]. Al presente las tres Guayanas, colonias europeas, son: la inglesa al O., cuya extensión es de 305.000 h. y tiene como capital a Georgetown; la holandesa en el centro, con 90.000 h. y su capital Paramaribo o Nueva Amsterdam, y la francesa al E. con 40.000 h. y su capital Cayena, lugar de relegación para los condenados a trabajos forzados. La antigua Guayana española, al O., en los confines de Venezuela y de La Guayana holandesa, es a la sazón de Venezuela, y La Guayana portuguesa, al S., en la cuenca superior de Oyapok, pertenece al Brasil.
[506] La gobernación de Guayana, que se separó de la de Cumaná en 1762, se puso bajo la inmediata subordinación del virrey de Santa Fe de Bogotá. Su primer gobernador, según el nuevo régimen, fué D. Joaquín Moreno de Mendoza, que llegó en 1762 y que en seguida trasladó la capital a donde hoy se encuentra, recibiendo el nombre de Angostura. Los sucesores de Mendoza, gobernadores de poderosas iniciativas, fueron D. Manuel Centurión, D. Felipe de Inciarte y don Miguel Marmión (1766-1791).
La Guayana, en guerra continua con los holandeses, logró al fin (segunda mitad del siglo XVIII) rechazar a sus enemigos, tierra adentro al Esequibo, dejándoles sólo el establecimiento que, en las cercanías del Orinoco, fundaron sobre el Moroco: pero los españoles, mal aconsejados y peor gobernados, no supieron aprovecharse del triunfo.
[507] Arch. de Indias.--Estante 131.--Cajón 2.--Leg.º 17. (4.)
[508] Documentos para la historia de la vida política de Bolívar, etc., tomo VI, pág. 8.
CAPITULO XXVI
GOBIERNO DE NUEVA GRANADA, DE PANAMÁ Y DE EL ECUADOR.--GOBERNADORES QUE EN COLOMBIA SUCEDIERON A JIMÉNEZ DE QUESADA.--LA AUDIENCIA.--EL ARZOBISPADO.--EL PRESIDENTE VENERO DE LEIVA.--OTROS PRESIDENTES.--FUNDACIÓN Y EXTENSIÓN DEL VIRREINATO.--EL VIRREY ESLAVA.--VERNON EN CARTAGENA DE INDIAS: LEZO.--POLÍTICA DE ESLAVA.--PRINCIPALES VIRREYES.--INTERVENCIÓN DE NUEVA GRANADA EN VENEZUELA.--GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.--GOBIERNO DE PANAMÁ.--ORIGEN, SITUACIÓN, TÍTULO DE CIUDAD Y BLASÓN HERÁLDICO.--OBISPADO Y AUDIENCIA.--PANAMÁ BAJO LA DEPENDENCIA DE GUATEMALA Y DESPUÉS DEL PERÚ.--LA AUDIENCIA.--EL AÑO 1644.--NUEVA CIUDAD.--EL FUEGO GRANDE.--PANAMÁ BAJO EL VIRREINATO DE SANTA FÉ.--UNIVERSIDAD DE SAN JAVIER.--LOS JESUÍTAS.--EL GOBERNADOR PÉREZ.--GOBIERNO DE QUITO.--LA AUDIENCIA: EL PRESIDENTE SANTILLÁN Y SUS SUCESORES.--EL ECUADOR EN LOS SIGLOS XVI Y XVII.--GUAYAQUIL EN PODER DE LOS CORSARIOS.--SÍNTOMAS REVOLUCIONARIOS.
Consideremos los gobernadores que sucedieron en Nueva Granada al valeroso Gonzalo Jiménez de Quesada[509]. El primero fué Hernán Pérez de Quesada, al cual sucedió Luis Alonso de Lugo (1542), Lope Montalvo de Lugo (1544), Pedro de Ursúa (1545), Miguel Diaz de Almendáriz (1544) y Juan de Montalvo (1551). De Almendáriz se cuenta que contribuyó a la fundación de la Audiencia con la esperanza de conseguir la presidencia; pero destituído de su cargo tuvo que retirarse a la Española. Dejó en Santa Marta su pequeña fortuna, que le arrebató un falso amigo. Volvió a Bogotá con el juez encargado de residenciarle y fué condenado al pago de costas, que no pudo satisfacer. De Bogotá marchó a Cartagena y de Cartagena a España, donde se hizo sacerdote y murió de canónigo de Sigüenza.
[509] Habremos de repetir en este lugar que desde 1819 hasta 1831 se llamó República de Colombia, desde 1831 hasta 1848 República de Nueva Granada, desde 1848 hasta 1863 Confederación Granadina y desde 1863 hasta 1886 Estados Unidos de Colombia. Desde 1886 se denomina República de Colombia.
Desde que se estableció la Audiencia hasta la creación del virreinato, los presidentes de aquélla tuvieron el supremo poder[510]. El primer presidente--como se dijo en el capítulo XI de este tomo--fué el doctor Gutiérrez de Mercado, quien, según cuentan, murió de resultas de un veneno que le dieron en Mompós. Francisco Briceño, después de fundar las ciudades de La Plata y Almaguer, ocupó su importante puesto en la Audiencia, siendo residenciado el 1558 y enviado a España.
[510] Carlos V creó la Audiencia de Santa Fe por decreto de 17 de julio de 1549.
Encargado por la Audiencia el capitán Orzúa de sujetar a los muzos, consiguió su objeto; en seguida marchó al Norte contra los chitareros y en el valle del Espíritu Santo fundó la ciudad de Pamplona (1554), donde encontró muchas pepitas de oro, y, cuando se disponía a emprender una expedición en busca de nuevas riquezas, la Audiencia le desautorizó y tuvo que retirarse a Santa Marta[511].
[511] Por entonces el capitán Jorge Robledo echó los cimientos de las ciudades de Cartago y de Antioquía, Aldana fundó las de Villaviciosa y San Juan de Pasto (Valle de Yacuanquer), el capitán Pedro de Añasco la villa de Tinaná, el capitán Martín Galiano la ciudad de Velez, Gonzalo Suárez Rondón la de Tunja, y otros fundaron a Río Hacha y algunas más.
Antes de continuar la relación de los hechos más importantes de los presidentes, haremos notar que Su Santidad Pío IV erigió el obispado del Nuevo Reino de Granada en arzobispado, siendo presentado para tan elevado cargo D. Fr. Juan de los Barrios, como por Real Cédula de 30 de enero de 1568 el Rey lo notificó a los obispos de Lima y de Santo Domingo[512].
[512] _Archivo historico nacional.--Cedulario índico de Ayala_, letra A, tomo II, documento 12.
Andrés Díaz Venero de Leiva (1564-1574) inauguró su presidencia mejorando la suerte de los indios[513]. Fundó escuelas para los indígenas, a quienes obligó a que viviesen en poblaciones fijas, hizo construir templos y cárceles y fomentó la industria. Inauguró los estudios filosóficos en el claustro de Santo Domingo, dió impulso a las misiones e hizo el padrón del territorio (1570). Recordaremos--y es su mayor timbre de gloria--que él fué el primero que mandó patatas a España. En 1578 tomó posesión de la presidencia de la Audiencia Real de Santa Fe D. Lope Díaz de Armendariz, que fué destituído en 1580 por el visitador Juan Bautista Monzón, muriendo en la cárcel (1584). Quedó de gobernador el oidor decano D. Guillén Chaparro, en cuya época el pirata inglés Drake entró a saco en las ciudades de Río Hacha, Santa Marta y Cartagena.
[513] Serrano y Sanz en su Compendio de Historia de América, pág. 197, considera como primer presidente a Venero de Leiva.
Llegó (1589) el nuevo presidente Antonio González con orden de promulgar otra vez las reales cédulas en favor de los indios y mandó hacer algunas obras importantes. Durante la administración de González no cesaron en sus depredaciones los piratas ingleses. También reedificó a Ibagué, destruída por los pijaos, que anteriormente habían arruinado La Plata. Según cédula Real del 15 de Enero de 1591, dada en Madrid, Felipe II, habiéndose quejado los vecinos y moradores de Santa Marta de la conducta del obispo de la provincia, encargó al presidente y oidores de la Audiencia de Santa Fe que pidieran y estudiaran el proceso que se formó a causa de las quejas de los dichos vecinos contra el obispo[514].
[514] Cedulario índico, tomo XXXVIII, núm. 178, págs. 208 v.ª y 209.
Después de D. Antonio González ocupó (1597) D. Francisco de Sande, a quien el pueblo designaba por sus crueldades con el nombre de Doctor Sangre; fortificó a Portobelo y peleó con la valerosa tribu de los pijaos[515]. Encargóse del gobierno, en 1605, D. Juan de Borja, nieto del duque de Gandía, quien venció completamente a los pijaos y cuyo jefe Calarcá murió en el combate. Borja mereció el dictado de Padre de la Patria por haber mejorado la suerte de los indios, por haber fundado las misiones de los Llanos y por haber asegurado la navegación del Magdalena y la comunicación con el Sur por el camino de Guanacas. Gobernador tan excelente falleció repentinamente en 1628. Dos años permaneció sin gobernador la colonia, ocupando luego cargo tan importante D. Sancho de Girón, marqués de Sofraga (1630-1637), quien fué aborrecido lo mismo por el clero que por el pueblo, siendo depuesto y multado en 80.000 pesos.
[515] A últimos del siglo XVI--según la Descripción universal de las Indias, manuscrito publicado por la Sociedad Geográfica de Madrid--los territorios de la actual Colombia formaban la Audiencia de Panamá, con las provincias de Panamá, Nombre de Dios, Natán, La Concepción, La Trinidad, Santa Fe y Carlos: la Audiencia del Nuevo Reino de Granada, con las gobernaciones de Santa Marta y Cartagena, buena parte de la de Popayán, las provincias del Nuevo Reino (Bogotá, Musos, Colimas y Tunja) y las poblaciones siguientes (Santa Fe de Bogotá, San Miguel Tocayena, San Sebastián de la Plata, La Trinidad, La Palma, Tunja, Pamplona, San Cristóbal, Mérida, Vélez, Mariquita ó San Sebastián del Oro, Ibagué, La Victoria, Nuestra Señora de los Remedios, Santa Marta, Tenerife, Tamalameque ó villa de las Palmas, Ciudad de los Reyes, del Valle de Upan, La Ramada, Cartagena, Santiago de Tolú, María y Santa Cruz de Mompox.)
D. Martín de Saavedra y Guzmán, barón de Prado (1637-1645), desempeñó el gobierno con honradez y tuvo algunas diferencias con el arzobispo Fray Cristóbal de Torres; y D. Juan Fernández de Córdoba, marqués de Miranda de Asta (1645-1654) hizo fundar la ciudad de Cravo en Casanare, siendo reemplazado con sentimiento general por don Dionisio Pérez de Manrique. Pudo Manrique rechazar las acometidas de los piratas Cordello y Gauzón, sucediéndole en el año 1666 D. Diego del Corro y Carrascal, y últimamente, D. Melchor Liñán, obispo de Popayán. Los últimos gobernadores tuvieron que luchar con el famoso pirata Morgán, terror de las costas colombianas.
Promovido Liñán al obispado de Charcas en el año 1674, el gobierno de la colonia cayó en manos de los oidores, hasta que en 1678 llegó el nuevo presidente, gobernador y capitán general D. Francisco del Castillo y Concha, en cuya época se originaron grandes luchas entre la autoridad civil y los conventos, pues--como decía Castillo--en Nueva Granada había mucha iglesia y poco rey. El arzobispo don Antonio Sanz Lozano, por demás exigente, excomulgó á Castillo. Don Gil de Cabrera y Dávalos (1687-1703) tuvo la desgracia de que en su tiempo los piratas Pointis y Ducaze se apoderasen de Cartagena (1697) y de que a causa de conmociones volcánicas se sintieran grandes ruidos subterráneos. D. Diego Córdoba Laso de la Vega (1703-1711) fué buen presidente. Desde 1711 á 1713 gobernaron los oidores, viniendo a ocupar el cargo de presidente en el citado año de 1713 D. Francisco Meneses de Bravo, a quien redujeron a prisión los oidores y le mandaron a España. Volvió absuelto de los cargos que le imputaron, siendo envenenado, tal vez por los mismos oidores.
A D. Nicolás Infante de Venegas (1715-1717) sucedió D. Francisco Rincón, arzobispo de Santa Fe y presidente interino. En tiempo de don Antonio Pedrosa y Guerrero (1718-1724) se acordó elevar a virreinato la presidencia de Nueva Granada. El 29 de Abril de 1517 se decretó poner virrey en la entonces Audiencia de Santa Fe de Bogotá. Algunos historiadores consideran a Pedrosa como el primer virrey de Nueva Granada o de Santa Fe. Sucedióle don Jorge de Villalonga, conde de la Cueva (31 noviembre 1719), quien, no teniendo recursos para sostener tan alta dignidad, abandonó el país, volviendo todo a permanecer como antes de 1517.
D. Antonio Manso Maldonado, gobernador del Nuevo Reino de Granada y presidente de la Audiencia de Santa Fe, tomó posesión el 17 de mayo de 1724. En la Relación que hizo de su mando, firmada en Santa Fe el 20 de julio de 1727, comienza reseñando la riqueza de las muchas minas del país y explica luego «cómo se compadece tanta riqueza y abundancia en la tierra donde casi todos sus habitadores y vecinos son mendigos»[516]. Varias son las causas de esto. Cada vez, dice, es menor el número de los indios, los cuales huyen del rudo y peligroso trabajo de las minas. Para obviar este inconveniente proponía el gobernador Manso que se sustituyesen los indios por negros, pues los últimos siendo «gente más trabajadora y fuerte, y como verdaderos esclavos, no tienen el riesgo de irse, darían más utilidad en un año 100 de ellos que 500 naturales del país»[517]. Con el acabamiento de los indios, la agricultura, añade, también sufre grandes perjuicios, porque ellos siembran, siegan y guardan los ganados. Es otra de las causas de pobreza lo escasa que anda la moneda usual, lo cual podría corregirse fácilmente mandando al tesorero de la Casa de Moneda que fabricase mayor cantidad. Por último, sería convenientísimo que el presidente de la Audiencia «tuviese alguna más mano para contener a los oidores, o que los que hubiesen de venir a estas partes, donde la distancia les hace más animosos, fuesen hombres provectos y que hubiesen pasado el trienio en otra Audiencia, ó se eligiesen de los abogados más expertos que hubiese en la monarquía, porque si vienen acabados de dejar el colegio, ni las letras son las que bastan para la práctica, ni la edad les concilia la madurez»[518].
[516] Relaciones de mando, publicadas por los Sres. Posada e Ibáñez, pág. 5.--Bogotá, Imprenta Nacional, 1910.
[517] Ibidem, pág. 8.
[518] Ob. cit., pág. 10.
Por lo que respecta a las causas particulares de la decadencia del reino, es una de ellas la poca instrucción del estado eclesiástico. Si las vacantes de las prebendas se diesen por oposición, los sacerdotes se dedicarían a los estudios y frecuentarían los actos literarios. Acerca del estado secular, el premio mayor a que puede aspirar un indio es ser nombrado individuo de un Corregimiento por dos años, y aun para ello necesita dar fianza crecida. Por esta razón sucede con frecuencia que nadie quiere tales cargos. Una de las causas que señala Manso Maldonado como de las más universales, consiste en la excesiva piedad de los fieles que con sus limosnas han enriquecido a los monasterios, con las obras pías que fundan en sus iglesias y con las capellanías que dotan para que las sirvan los religiosos. «Apenas--escribe--se contará casa o hacienda que no sea tributaria de eclesiástico, pues la que no lo es a algún convento lo es a un clérigo secular, por tener allí fundada su capellanía»[519]. Con otras observaciones de menor interés termina su informe Manso Maldonado.
[519] Ibidem, pág. 13.
Felipe V, mediante Real Cédula dada el 20 de agosto de 1739, estableció definitivamente el virreinato con el nombre de Nuevo Reino de Granada. Hacía constar que en el 29 de abril del año 1717 se creó el virreinato de Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada, suprimiéndolo el 1723 y dejando las cosas en el estado que antes estaban. Añadía que lo volvía a crear, nombrando virrey a D. Sebastián de Eslaba[520]. Comprendía el virreinato las provincias siguientes enumeradas en la Real Cédula: la de Portobello, Veragua y el Darién, las del Choco, reino de Quito, Popayán, Cumaná, y la de Guayaquil, provincias de Cartagena, Santa Marta, Río de la Hacha, Maracaibo, Caracas, Antioquía, Guayana y Río Orinoco, y las islas de la Trinidad y Margarita, con todas las ciudades, villas y lugares, puertos, bahías, surgideros, caletas y demás pertenecientes a ellas, en uno y otro mar y Tierra Firme. Formaban, pues, el virreinato el Nuevo Reino de Granada y la Presidencia de Quito, quedando independiente la Capitanía general de Venezuela o Costa Firme. Los presidentes de la Audiencia de Quito gozaban de independencia como tales presidentes, hallándose en lo demás sujetos a la autoridad de los virreyes[521].
[520] Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XI, núm. 179, pág. 157 v.ª y siguientes.
[521] En Real Cédula dada en el palacio del Nuevo Retiro el 12 de febrero de 1742 se dice que la provincia de Venezuela fué agregada al virreinato del Nuevo Reino de Granada, declarándose por entonces su independencia.--Archivo histórico nacional.--Cedulario índico, tomo XII, número 28, págs. 32 v.ª y siguientes.
Tan apurado de dinero se hallaba Felipe V a causa de la guerra de sucesión, que, desde Madrid (19 octubre 1706), se dirigió a don Francisco Dávila Bravo de Laguna, gobernador y capitán general de la provincia de Tierra Firme, llamada también Castilla del Oro, para que le remitiesen a España todos los caudales que tuviese en aquellos países[522]. De la provincia de Tierra Firme, a la sazón formando parte del virreinato de Nueva Granada, recordaremos los siguientes hechos. Felipe IV, desde Madrid, con fecha 22 de septiembre de 1657, decía a D. Fernando de la Riva Agüero, gobernador y capitán general de la provincia de Tierra Firme, que D. Pedro Carrillo de Guzmán, su antecesor en el gobierno, le había dado cuenta--según cartas del 13 y 21 de julio de 1656--de que a 9 de marzo del mismo año, los enemigos (ingleses y holandeses) se atrevieron a invadir el Puerto de la Boca del río de Chagre, añadiendo luego que Gaspar de los Reyes, capitán de la compañía de los negros de la ciudad de Portobelo, consiguió hacer a los enemigos 7 prisioneros, arrojándoles también a ellos a la mar[523]. Posteriormente, Carlos II, desde Aranjuez (17 mayo 1678), hubo de decir al gobernador y capitán general de la provincia de Tierra Firme, lo que a continuación copiamos: «Por ser necesario para el mayor adorno de mi Palacio y Casas Reales que haya en ellos Pájaros que llaman Cardenales, Zinzontes, Gorriones, Mariposas, Chambergos, Turpianes y otros qualesquiera Pájaros de canto de esas Provincias: He parecido encargaros los hagáis buscar y remitir a estos Reinos con todo cuidado, etc.»[524].
[522] Cedulario índico, tomo XL, núm. 203, págs. 203 v.ª a 204 v.ª
[523] Ibidem, tomo XIX, núm. 98, págs. 70 y 71.
[524] Ibidem, tomo XIX, núm. 155, págs. 123 y 123 v.ª Debió ser Carlos II aficionado a los pájaros, pues también al gobernador de Cuba, en el año 1678, y al virrey del Perú, en el año 1698, les hizo el mismo encargo.
Citaremos los hechos principales de los virreyes de Nueva Granada. Su primer virrey, el general Don Sebastián de Eslava, nombrado el 20 de agosto de 1739, llegó a Cartagena de Indias a mediados de abril de 1740. En su nombre ya había tomado posesión el presidente don Francisco González Manrique. Entre otros ataques de los ingleses a nuestras plazas--que fueron muchos y frecuentes--recordaremos que el vicealmirante Vernon, después de ser rechazado en el puerto de Guaira, se dirigió a Portovelo, en cuya ciudad estaba el 2 de diciembre de 1740, se apoderó de los castillos de la plaza (Todofierro, San Jerónimo y La Gloria). No encontrando en Portovelo las riquezas que esperaba, habiéndose hecho dueño de algunos cañones y clavado los demás, se dirigió a Jamaica, ya pensando donde había de dirigir sus miras[525]. Apenas hubo llegado a Jamaica, recibió el refuerzo de otra flota que mandaba el vicealmirante Chaloner-Ogle.
[525] Arch. hist. nac.--Cedulario índico, núm. 248, págs. 255 y siguientes.
A la cabeza de ambas escuadras se presentó por tercera vez Vernon delante de Cartagena de Indias el 15 de marzo de 1741[526]. Las fuerzas que a la sazón se hallaban en Cartagena consistían en los batallones de España, Aragón, compañías de marina y una compañía de artillería del pie fijo de la plaza, que componían 1.100 hombres; además 600 milicianos y 600 indios del monte; por último, los navíos que bajo el mando de Don Blas de Lezo estaban defendiendo el acceso a la bahía, cuya guarnición consistía en 400 hombres y 600 marineros. La escuadra inglesa no bajaba de 170 naves con 9.000 hombres de desembarco. El 20 de marzo comenzaron el fuego los ingleses contra los fuertes Santiago y San Felipe y el castillo de Bocachica. Logró Vernon desembarcar gran parte de su gente con una batería de 16 cañones, la cual se dispuso a atacar la citada fortaleza. Los fuegos combinados de la batería y de los navíos causaron sensibles bajas a los defensores del castillo mandados por Desnaux. El marino Lezo y el virrey Eslava ayudaron en su empresa a Desnaux, quien con algunos de los suyos, después de pelear valerosamente, hubo de retirarse al sitio donde estaba el virrey, siendo todos transportados en lanchas y canoas a la capital[527].
[526] La primera vez fué el 13 de marzo de 1740 y la segunda el 3 de mayo del mismo año.
[527] El castillo de San Luis de Bocachica se hallaba distante de la capital del virreinato unos 14 kilómetros.
Quiso Lezo echar a pique sus cuatro navíos antes que cayesen en poder del enemigo; pero no tuvo tiempo para ello, dada la rápida acometida de Vernon. Los ingleses desde el 8 de abril pudieron introducir en la bahía bombardas y fragatas, comenzando el 13 a hacer fuego sobre la plaza y aproximándose a ella poco a poco. El 15 verificaron el desembarco por diferentes sitios, y encaminándose hacia la plaza protegidos por el fuego de los barcos, se hicieron dueños del cerro de la Popa. Aunque el 20 de abril, entre dos y tres de la mañana, los ingleses intentaron un asalto general, la resistencia heroica de los españoles no pudo ser mayor. Los enemigos se retiraron a sus embarcaciones en la noche del 27, marchando Vernon con los suyos a Jamaica, no sin grandes pérdidas. Poco después España hubo de llorar la pérdida de uno de los héroes de la jornada: Lezo, a causa de las heridas recibidas durante el sitio, falleció en Cartagena de Indias el 7 de septiembre de 1741.
Comprendiendo Eslava el peligro en que se hallaban nuestras colonias, procuró, con actividad extraordinaria, que se fortificasen las plazas más expuestas a los ataques de los corsarios o no corsarios de Inglaterra. También mostró ferviente celo religioso, edificando iglesias y desterrando la idolatría del país, fomentó las misiones y construyó hospitales. Consiguió aumentar la hacienda pública y disminuir los impuestos. Protegió mucho la agricultura y arregló puentes y caminos. Protegió el comercio lícito y persiguió el ilícito. Por lo que toca al tratamiento, doctrina y reducción de indios, no omitió la menor diligencia. Observador celoso de las ideas y prácticas religiosas, no por eso consintió que se vulnerasen las regalías del Real Patronato. En cuanto a la Administración de justicia habremos de decir que pocos virreyes la atendieron como él. Por Reales Cédulas de 30 de marzo y 22 de abril (1749), el Rey hubo de ceder a las instancias de Eslava, relevándole de sus empleos, nombrando sucesor en ellos y confiriéndole la capitanía general de Andalucía.
José Alonso Pizarro (1749) hizo algunas obras públicas y estancó las bebidas alcohólicas.
José de Solís Folch de Cardona (1753) fundó la Casa de la Moneda, mejoró la administración pública y abrió caminos[528]. Desempeñó el virreinato con la exactitud, desinterés, vigilancia y celo que correspondían, como declara la sentencia absolutoria, dada por los señores del Consejo de Indias, a 29 de agosto de 1764, de los cargos y condenaciones que se le habían hecho por el comisionado. Luego repartió sus bienes a los pobres y se retiró al convento de San Francisco de Santa Fe de Bogotá, donde fué recibido de fraile lego en 28 de febrero de 1761, profesando en 29 de marzo de 1762. Posteriormente fué guardián, falleciendo el 17 de abril de 1770, con general sentimiento de cuantos le conocían[529].
[528] Era hijo del marqués de Castel Novo, y nació el 4 de febrero de 1716.
[529] Véase Arch. de la Excma. Sra. Duquesa de Montellano.--Servicios y Honores, de la Casa de Solís, ducado de Montellano, leg. 615.
Pedro Messía de la Cerda, marqués de la Vega de Armijo (1761), en los casi doce años que estuvo al frente del virreinato realizó hechos de no escasa importancia, lo mismo por lo que respecta a asuntos religiosos y estado eclesiástico que a los de Hacienda, Administración de justicia y Guerra. Expulsó a los jesuítas obedeciendo órdenes del gobierno español. Habiéndose determinado erigir en la capital Universidad pública y estudios generales, se opusieron a ello los frailes del convento de Santo Domingo, quienes tenían facultad de dar grados. Les apoyaba «el Reverendo Arzobispo, que como del mismo orden antepone su beneficio particular al común y universal del Reino»[530].
[530] Ob. cit., pág. 119.
Manuel de Guirior (1773) intentó corregir algunos abusos del clero; dictó medidas para aumentar el comercio; dispuso un plan y método de estudios universitarios, continuando el pensamiento de su antecesor; fundó en Bogotá una Biblioteca pública con los libros de la extinguida Compañía de Jesús y también creó una Casa de Expósitos.
Manuel Antonio Flores (1776), hombre de clara inteligencia y de carácter débil, vió que las provincias de Maracaibo, Caracas, Cumaná y Guayana fueron separadas del Nuevo Reino de Granada para formar la capitanía general de Venezuela (1777); también en su tiempo estalló (1781) la insurrección de los comuneros. A causa de nuevos impuestos, aumentaron los rebeldes, transigiendo con ellos la Audiencia; pero habiendo acudido fuerzas leales, se dominó y castigó con alguna severidad a los comuneros.
Nada hizo de particular Don Juan de Torrezal Díaz Pimienta (1782); y Don Antonio Caballero y Góngora, arzobispo de Santa Fe de Bogotá, desempeñó el virreinato seis años y medio. Ocupáronle mucho tiempo las reformas que introdujo en el estado eclesiástico y más todavía las reducciones de varias clases de indios. Afirma que los indios mosquitos son enemigos implacables del nombre español, y que por ello debía verificarse la remisión de misioneros para que reconociesen los citados indígenas nuestra soberanía. Fijóse también el virrey en los Tribunales de justicia. Capítulo importante es el intitulado de la población y policía. Manifiesta el virrey lo difícil que era hacer un padrón general, dado el número considerable de rancherías ocultas; mas en el año pasado--dice--de 1770 tenía el distrito de la Audiencia de Santa Fe 507.209 habitantes. Posteriormente--añade--se empeñó nuestro antecesor Don Manuel Flores reunir todos los padrones particulares para la formación de uno general, no logrando su objeto. Entonces «dispuse que de todos los padrones particulares que había en la Secretaría, se formara uno general..., resultando que en el año 78 había en todo el Reino 1.279.440 habitantes, de los cuales 747.641 pertenecían al distrito de la Audiencia de Santa Fe, cuyo número, comparado con el del año 70, ofrece el aumento de 240.432 habitantes; y aunque después sobrevino la epidemia de viruelas, es notable el aumento en los diez años que han corrido desde entonces, si puede servir de regla el padrón de la provincia de Antioquía, formado con exactitud el año próximo pasado por el Oidor Visitador Don Juan Antonio Mon, en que manifiesta existir en dicha provincia 56.052 habitantes, en lugar de 46.466 que había en el año de 78, con que resultan de aumento 9.586, que viene a ser muy cerca de una quinta parte, y no habiendo razón particular para contar con menor aumento en las otras provincias, debemos suponerlas con el mismo. Sin embargo, sujetándonos a una sexta parte solamente, puede decirse que en el decenio de 78 a 88 se ha aumentado la población con 213.240, que agregados a 1.279.440, nos da de actual población 1.492.680»[531]. Refiere en seguida los medios para combatir la epidemia de las viruelas y la de la lepra lazarina (elephanthiam). Por lo que a instrucción pública atañe, después de consignar que en Santa Fe se había fundado un colegio para niñas, existiendo ya dos para niños intitulados de Nuestra Señora del Rosario y de San Bartolomé. A este último se hallaba incorporado el Seminario. Por falta de fondos no se creó la Universidad, contentándose el virrey-arzobispo con la fundación de una cátedra de Matemáticas en el Colegio del Rosario. Suyas son las siguientes palabras: «Todo el objeto del plan (de estudios) se dirige a substituir las útiles ciencias exactas en lugar de las meramente especulativas, en que hasta ahora lastimosamente se ha perdido el tiempo; porque un Reino lleno de preciosísimas producciones que utilizar, de montes que allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que desecar, de aguas que dirigir, de metales que depurar, ciertamente necesita más de sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la regla, que de quienes entiendan y discutan el ente de razón, la primera materia y la forma substancial. Bajo este pie propuse a la Corte la erección de Universidad pública en Santa Fe...»[532].
[531] Ob. cit., pág. 242.
[532] Relaciones de mando etc., pág. 252.
Dispuso el virrey-arzobispo que una expedición compuesta de un director--cuyo nombramiento recayó en el presbítero D. Celestino Mutis--, un segundo y un delineador, recorriese gran parte del reino estudiando las producciones de la naturaleza. El Rey honró a Mutis con el título de Botánico y Astrónomo de Su Majestad, y al viaje con el de Expedición Botánica de la América Meridional. De gran utilidad fueron los trabajos realizados en las Ciencias naturales por Mutis y por D. Pedro de Vargas, ayudados por D. Casimiro Gómez Ortega, catedrático de Botánica en Madrid. No descuidó el virrey Caballero los asuntos de Hacienda, Guerra y Marina, mostrando en todos tanta competencia como buena fe.
Después de D. Francisco Gil de Lemos (1789), que desempeñó el cargo sólo siete meses por haber sido promovido al virreinato del Perú, en cuyo tiempo procuró disminuir las atenciones del gobierno y las de la Real Hacienda, ocupó el virreinato D. José de Ezpeleta (1789-1797), quien no descuidó en los ocho años que dirigió los negocios del virreinato, los cuales eran muchos y difíciles. En su tiempo se sintieron los primeros importantes síntomas de revolución. El 19 de septiembre de 1794 escribió al Rey acompañándole carta reservada que con igual fecha dirigió al duque de la Alcudia, y en ella refería lo ocurrido en aquella capital con motivo de haberse encontrado pasquines sediciosos fijados en los parajes públicos, como también el efecto causado por la noticia de la impresión y publicación de un papel intitulado Los derechos del hombre[533]. Diremos, para terminar, que durante este virreinato se fundó el primer periódico y el primer teatro en Bogotá.
[533] Archivo de Indias.--Estado.--Santa Fe.--Legajo 4 (131).
Don Pedro Mendinueta y Muzquiz (1797-1803) gobernó siete años con el mismo acierto que su antecesor Ezpeleta. Fijóse en las reformas de policía y en obras de beneficencia, en la limpieza y composición de las calles, en todo lo que se relacionase con la salud pública. La instrucción pública fué atendida por el ilustre virrey Mendinueta. La industria minera, el comercio y la agricultura merecieron detenido estudio, siendo también objeto de atención profunda los Consulados, las Audiencias y los Tribunales y oficinas de la Real Hacienda. No olvidó el virrey ni el ejército, ni las milicias, ni la marina; su inteligencia y actividad se manifestó en todo. Hizo el censo del virreinato, llegando a dos millones el número de habitantes.
Don Antonio Amar (1803), fué el último de los verdaderos virreyes, pues D. Benito Pérez y D. Francisco Montalvo vinieron en los días de la independencia y apenas lograron prolongar la agonía del virreinato, y respecto a Don Juan de Sámano, si tuvo la satisfacción de sentarse en el sillón de sus predecesores, también vió extinguirse en sus manos las últimas pavesas del virreinato. En general--aunque otra cosa digan algunos escritores--los virreyes de Nueva Granada fueron hombres rectos y buenos. Si castigaron a veces con más rigor que prudencia, cúlpese, no a ellos, sino a las leyes españolas.
En la relación que D. Francisco Montalvo, virrey de Nueva Granada, dejó a D. Juan de Sámano, consigna que su antecesor D. Benito Pérez no le entregó el pliego de instrucción acostumbrado, añadiendo que el citado Pérez falleció lleno de disgustos en Panamá, cuando él llegaba a Santa Marta. «El istmo era--dice Montalvo--el único punto verdaderamente libre de enemigos. Santa Marta, el teatro de la guerra, estaba reducida a la ciudad y pueblo de San Juan de la Ciénaga y a la pequeña provincia del Hacha, ambas amenazadas de próxima invasión. Esto fué lo que recibí por todo el territorio del Nuevo Reino de Granada...»[534]. Añade que «el aspecto de las Américas era tristísimo y deplorable para las armas del Rey», y que se perdieron las provincias de Venezuela «por la poca energía de los jefes realistas que mandaban las divisiones en Cúcuta y Barinas», influyendo también «en mucha parte las desavenencias entre la Audiencia y el capitán general Monteverde»[535]. Embarcóse Montalvo en la Habana el 28 de abril de 1813, llegando a Santa Marta el 1.º de junio siguiente. El 13 de agosto fué rechazada la expedición francesa que mandaba Pedro Labatut cuando intentó sorprender el Morro, y en los días 14 y 15 del mismo mes halló vigorosa resistencia en la Ciénaga, retirándose escarmentado. A fines de diciembre recibió la Real orden del 23 de julio, nombrándole Capitán General en comisión de Venezuela, con retención del virreinato que tenía en propiedad, y poniendo a sus órdenes a D. Manuel Cajigal, mariscal de Campo, para que le destinase a una u otra parte, según lo tuviese por conveniente. Grave fué la situación del virrey en los comienzos del año 1814. «Nada más duro en los peligros--escribe el virrey--que carecer de los medios de defenderse y arrostrarlos. Yo prefiero en el día cualquiera otra suerte, la más amarga, a la de volverme a ver en la situación en que estuve en Santa Marta durante tres años, expuesto a perder hasta lo más sensible para un militar, la reputación»[536]. Sucedíanse los combates lo mismo en la tierra que en el mar, unos adversos y otros favorables, mas siempre luchando. Tanta gravedad adquirieron los sucesos de Venezuela, que el virrey Montalvo destinó a su segundo, a D. Manuel de Cajigal, para que se pusiese al frente de la Capitanía general de Venezuela, ya «que la idea de la Regencia era manifiestamente que no lo fuese más Monteverde»[537]. Añade que Boves logró completo triunfo en la batalla de La Puerta, y del mismo modo Aymerich consiguió laureles peleando y cogiendo prisionero a D. Antonio Nariño.
[534] Relaciones de mando etc., pág. 590.--Bogotá (Colombia).--Imprenta Nacional, 1910.
[535] Ibidem, págs. 590 y 591.
[536] Ibidem, pág. 600.
[537] Ibidem, pág. 614.
Quiso Montalvo atraerse con dulces palabras a los revolucionarios de Cartagena, a quienes mandó una carta. El gobierno de dicha ciudad «me dijo en contestación que por la gravedad de su contenido la remitía al Congreso, que era quien podía resolver acerca de ello»[538]. Después contestó el Congreso lo que era de esperar, esto es, que deseaban cada día con más entusiasmo la independencia. Relata luego el virrey los hechos de Bolívar, fijándose especialmente en su conquista de Santa Fe (12 diciembre 1814). Pronto iba a recibir Montalvo importantes auxilios, porque el Rey, con fecha 25 de noviembre de 1814, le había comunicado que mandaba una expedición compuesta de 10.000 hombres al mando del mariscal de campo Don Pablo Morillo. «El primer objeto de esta expedición--decía la Real orden reservada--es mantener la tranquilidad en la capitanía general de Venezuela, tomar a Cartagena de Indias y auxiliar poderosamente a la pacificación del Nuevo Reino de Granada»[539]. Montalvo pudo ayudar a Morillo en la conquista de la ciudad de Cartagena (6 diciembre 1815). Trabajó sin descanso en la pacificación interior del virreinato, y con fecha 21 de junio de 1817 previno a los gobernadores que «procurasen con todo cuidado contener las animosidades, manifestando a sus súbditos, en ocasiones oportunas, que todos son españoles, vasallos de un mismo monarca, a cuyos ojos son iguales los que se portan con la fidelidad debida a su Rey, sean españoles europeos o españoles americanos»[540]. Terminó Montalvo su Relación de mando el 30 de enero de 1810, y con esta fecha la hubo de mandar al nuevo virrey D. Juan de Sámano.
[538] Ibidem, pág. 619.
[539] Ob. cit., pág. 724.
[540] Ibidem, pág. 723.
Acerca del origen del nombre Panamá, según la opinión de muchos autores, significa en lengua nueva, la más extendida entre los indígenas en aquellos tiempos, sitio abundante en peces; lo cual se conforma con lo que escribía (1516) Pedro Arias de Avila al rey Fernando y a su hija la princesa Doña Juana. Decía así: «Vuestras Altezas sabrán que Panamá es una pesquería en la costa del mar del Sur y por pescadores dicen los indios panamá.» Pedro de Arias Dávila, gobernador de Castilla del Oro, y el licenciado Gaspar de Espinosa, fundaron a Panamá (15 agosto 1519). Poco después Pedrarias ordenó al capitán Diego de Albites que poblara a Nombre de Dios. Mereció Panamá (15 septiembre 1521) el título de ciudad y el honor de un blasón heráldico que consistía en un escudo en campo de oro, partido verticalmente, con un yugo y un haz de flechas en la mitad derecha, y en dos carabelas navegando y una estrella en la parte superior en la mitad izquierda. Por orla castillos y leones. Por lo que toca a la sede de Larién, después de la muerte, a fines de 1519, del obispo Quevedo, el nuevamente elegido Fr. Vicente Pedraza trajo las instrucciones de trasladar el gobierno eclesiástico a Panamá. Tampoco debemos pasar en silencio que la Audiencia de Panamá, la tercera que se fundó en América, fué instituída por Real cédula de 26 de febrero de 1538 por el emperador Carlos V, abarcando su jurisdicción, no sólo el reino de Tierra Firme, compuesto de las dos provincias de Castilla del Oro y Veraguas, sino también desde el Estrecho de Magallanes hasta el golfo de Fonseca (provincias del Río de la Plata, Chile, Perú y Nicaragua). Creada en 1543 la Audiencia de los confines de Guatemala, se ordenó suprimir la de Panamá.
El gobierno de Panamá pasó de la autoridad de Guatemala, a la dependencia del virreinato del Perú después de la victoria que D. Pedro de La Gasca consiguió sobre Pizarro en la batalla de Xaquixaguana (1548).
Restablecida la Audiencia de Panamá por Real Cédula de 1563, se dispuso la extinción de la de Guatemala. Panamá tuvo que sufrir rudos ataques de los corsarios ingleses; pero la desgracia mayor de la ciudad fué el terrible incendio del 21 de febrero de 1644 que destruyó 83 casas, el Seminario y la casa episcopal. Posteriormente el pirata Morgan tomó e incendió a Panamá (1671). Nombrado presidente y capitán general de Tierra Firme D. Antonio Fernández de Córdoba y Mendoza, llegó a últimos de 1671 con la comisión de trasladar la ciudad de Panamá a sitio mejor, verificándose (21 enero 1673) el acto de fundación en la pequeña península inmediata al cerro y puerto de Ancón. Poco después se hicieron importantes fortificaciones para defender la plaza. A pesar de todo, los piratas no dejaron tiempo adelante en paz a los gobernadores de la ciudad. Creyéndose que las cosas marcharían mejor, la Corona destituyó al gobernador Hurtado y suprimió la Audiencia, agregando el territorio de su jurisdicción a la autoridad del virrey y de la Audiencia del Perú (1718). Como fuesen mayores las dificultades para el buen gobierno, a causa de la distancia entre la colonia y las autoridades del Perú, por Real Cédula de 21 de julio de 1722 se restableció la Audiencia, cuyo presidente tenía además el cargo de comandante general de Tierra Firme.
El 2 de febrero de 1737 ocurrió formidable incendio--que se llamó el Fuego Grande--en la nueva ciudad de Panamá. Se quemaron dos terceras partes de la población, salvándose casi únicamente el arrabal de Santa Ana, y por ello se repitió el siguiente estribillo:
Día de la Candelaria vísperas de San Blás, a las muchachas de adentro se les quemó la ciudad.
En el año 1739 se realizó cambio radical, pues con fecha 20 de agosto se expidió Real Cédula restableciendo el virreinato de Santa Fe, incluyendo en él los territorios de Nueva Granada, Venezuela, Quito y las provincias de Panamá y Veraguas. La provincia de Panamá, quedó, sin embargo, con su gobernador y Audiencia, aunque subordinados al virreinato.
Por Real Cédula del 3 de junio de 1749 se fundó la Universidad de San Javier, en Panamá, estableciéndose en el edificio de la Compañía de Jesús; y también por Real Cédula de 20 de junio de 1751 se suprimió definitivamente la Audiencia, acordándose que el gobierno de dicha ciudad dependiese del virrey de Nueva Granada, el obispado fuera sufragáneo del arzobispado de Lima y los tribunales de justicia estuvieran bajo la Audiencia de Santa Fe.
Establecida la Compañía de Jesús en Panamá, se dirigió, a mediados del siglo XVI, al Perú. El superior de los Padres se llamaba Baltasar de Piñas, y con aquel carácter marchó al Perú. Algunos de sus religiosos permanecieron en Panamá para establecer la comunidad en Tierra Firme. Allí edificaron sólido y magnífico edificio, terminado en 1751, en el que establecieron la Universidad de San Javier. Habiéndose dispuesto la expulsión de los jesuítas de todos los dominios españoles, lo fueron de Panamá en la madrugada del 2 de agosto de 1767, encargándose del edificio el gobernador Cabrejo. El 28 de agosto, con una fuerte escolta, fueron los hijos de San Ignacio conducidos a Portobelo, allí embarcados para Cartagena, de donde salieron para Europa en compañía de otros expulsados también de Nueva Granada.
Los gobernadores que sucedieron a Cabrejo cumplieron con su deber; pero, en los comienzos del siglo XIX, el brigadier D. Benito Pérez, virrey de Nueva Granada, resolvió establecer su autoridad en Panamá, dado el estado de rebeldía de Santa Fe. El mismo día en que tomó posesión del cargo (21 marzo 1812), quedó establecido el Tribunal de la Real Audiencia.
Consideremos el gobierno o presidencia de Quito (vulgarmente Reino de Quito) y actualmente denominado República del Ecuador[541]. Constituyóse en el año 1564, en cuyo tiempo se estableció la Real Audiencia, que comprendía extenso territorio. La ciudad de Santiago de Quito fué fundada el 15 de agosto de 1534, y la Audiencia se creó por Real Cédula dada en Guadalajara el 25 de agosto de 1563, siendo su primer presidente Hernando de Santillán, a quien sucedió D. Lope Díez Aux de Armendáriz y a éste otros presidentes. Nada de particular ofrece la historia del Ecuador durante la centuria décimasexta, ni aun en las dos siguientes, reducida a disensiones interiores y exteriormente a las tentativas que los piratas hicieron en las costas. Recuérdese que a fines de 1621 y en 1709 los filibusteros recorrían las costas, saqueando a Guayaquil y otros puertos. Aunque en los comienzos del siglo XVII se fortificó a Guayaquil para defenderlo de los corsarios, cayó al fin en poder de ellos el año 1687. No pasaremos en silencio el motín popular acaecido en Quito en 1592, que fué enérgica protesta contra la Real Cédula de Felipe II estableciendo el impuesto de alcabalas. Ni el presidente Barros, ni los oidores de la Audiencia, ni los jesuítas, ni otros religiosos de diferentes Ordenes, pudieron contener el movimiento. Los revoltosos proclamaron rey de Quito a un ciudadano llamado Carrera, quien no aceptó la Corona, siendo por ello azotado públicamente. El virrey Mendoza dispuso que Arana con 300 hombres marchase a Quito para castigar a los revoltosos, lo que consiguió con poco trabajo. Carrera mereció el nombramiento de alférez real, hereditario para su familia, y los jesuítas disfrutaron desde entonces algunas rentas por su patriotismo. Que el virrey Mendoza y otros virreyes interviniesen en los asuntos de Quito se explica porque este país en lo político y militar estaba sujeto al virrey del Perú, y en lo eclesiástico al metropolitano de Lima.
[541] Quito fué erigida en obispado en 1545, y su primer prelado se llamaba Garci Díaz.
Tiempo adelante el Ecuador, siguiendo el ejemplo de otras colonias americanas, manifestó sus deseos de independencia, que proclamó en Quito el 10 de agosto de 1809.
CAPITULO XXVII
GOBIERNO DEL RÍO DE LA PLATA O DE BUENOS AIRES.--D. PEDRO DE MENDOZA HASTA ARIAS DE SAAVEDRA (4.ª VEZ).--SAAVEDRA DERROTADO POR LOS URUGUAYOS.--INTRODUCCIÓN DE NEGROS--FUNCIONES RELIGIOSAS.--ENEMIGA DEL CABILDO A LOS ABOGADOS.--GOBIERNO DE GÓNGORA.--LA UNIVERSIDAD EN BUENOS AIRES.--EL OIDOR PÉREZ DE SALAZAR.--EL GOBERNADOR CÉSPEDES.--LA AUDIENCIA.--GOBIERNO DE DÁVILA.--EL GOBERNADOR LA CUEVA ES EXCOMULGADO.--CANONIZACIÓN DE SAN FERNANDO.--DESGRACIAS EN EL PAÍS.--GOBIERNO DE ABENDAÑO, DE MÚXICA, DE CABRERA, DE LAXIS, DE RUIZ DE BAIGORRI, DE MERCADO Y DE MARTÍNEZ SALAZAR.--LA AUDIENCIA.--GOBIERNO DE GARRO, HERRERA Y PRADO.--LA COLONIA DEL SACRAMENTO.--EL GOBERNADOR ZABALA: SUS HECHOS MÁS NOTABLES.--CAMBIO DE POSESIONES ENTRE PORTUGAL Y ESPAÑA.--CONDUCTA DE LOS JESUÍTAS.--LOS GOBERNADORES SALCEDO, ORTIZ DE ROSAS Y ANDONAEGUI--EL GOBERNADOR CEBALLOS.--VIRREINATO DE BUENOS AIRES.--LOS VIRREYES CEBALLOS, ORTIZ, MARQUÉS DE LORETO Y OTROS.--LOS VIRREYES MALO DE PORTUGAL, AVILÉS Y DEL PINO.--DERROTA DE NUESTRA FLOTA.--LOS INGLESES TOMAN A BUENOS AIRES.--LINIERS.--GOBIERNO DE TUCUMÁN.
Conviene no olvidar que después de la fundación de Buenos Aires por D. Pedro de Mendoza en la orilla derecha del Río de la Plata (2 febrero 1536) y de su gobierno; después de Juan de Ayolas, fundador de la Asunción, muerto por los salvajes, y después de otros gobernadores, fué nombrado Juan de Garay, quien echó los cimientos de Buenos Aires (11 junio 1580), pues la que fundara Mendoza había sido despoblada. Habremos de recordar también que si en el último cuarto del siglo XVI se sucedieron en el Plata siete gobernadores españoles que nada hicieron para conquistar el Uruguay, en los albores del XVII apareció Arias de Saavedra, que comenzó a gobernar en agosto de 1600; pero la Cédula confiriéndole el mando en propiedad es del 18 de septiembre de 1601. Antes se había distinguido como protector de los indios pacíficos y fué severo con los enemigos de España. Como hijo de la Asunción (hoy capital del Paraguay) amaba a su tierra, y como gobernante español era fiel a la metrópoli. A la cabeza de unos 500 soldados partió de la Asunción hacia las tierras uruguayas. Los indios se prepararon a la lucha y se dirigieron a encontrar al enemigo, decididos a no consentir la entrada en territorio patrio. Siguieron su camino los españoles, importándoles poco los preparativos de los indígenas. Halláronse en frente unos de otros. Murieron--según relación de los historiadores--los 500 soldados, pudiendo sólo escapar Saavedra para ser portador de la derrota. En un cuarto de siglo los indígenas uruguayos se habían preparado para resarcirse de las desgracias que les habían ocasionado Zárate y Garay. El gobernador, con ruda franqueza, escribió a la corte declarando su impotencia para dominar el Uruguay, y aconsejando que las armas espirituales, la predicación y las dulzuras de la fe harían efecto en la condición áspera de aquellos indios. Examinó el Consejo de Indias la indicación de Saavedra, y Felipe III, en 5 de julio de 1608, aprobó la conquista pacífica.
Consta oficialmente que unos dos años antes, siendo gobernador y capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata el Sr. Hernandarias de Saavedra, solicitó el cabildo de Buenos Aires al Rey se sirviera «darle licençia para meter trescientos negros para el sustento desta tierra...»[542].
[542] Actas del cabildo de Buenos Aires.--Sesión del 13 de marzo de 1606.--Tomo I, pág. 190.--Buenos Aires. 1907.
Pasados algunos días, habiendo fallecido el conde de Monterrey, virrey del Perú, la Audiencia de la Plata asumió el gobierno[543].
[543] Ibidem, págs. 216-218.
El cabildo de Buenos Aires, en agradecimiento a las once mil vírgenes, por cuya intercesión Dios había librado de la plaga de la langosta a la ciudad y sus términos, acordó que desde el día de San Lucas (18 octubre 1607) hasta el de las once mil vírgenes (21 del mismo mes y año), se hiciesen procesiones solemnes con la asistencia de todos los conventos[544].
[544] Ibidem, págs. 422 y 423.
Asunto de capital interés debió ser la introducción de negros en Buenos Aires, por cuanto algún tiempo después el cabildo comisionó al padre Juan Romero, Rector del Colegio de Jesuítas, que marchó a España para que insistiera con el Rey sobre dicho asunto[545] y sobre otros. Tiempo adelante, esto es, el 21 de julio de 1610, volvió el cabildo á suplicar a Su Majestad que permitiese importar negros para emplearlos en los trabajos agrícolas, por cuanto era grande la escasez de indios[546]. Acordóse en la sesión del 7 de febrero de 1611 que se fundase un Hospital y una Ermita dedicados a San Martín, patrón de la ciudad, en el lugar elegido por Juan de Garay, fundador de Buenos Aires[547]. Al mes siguiente, mejor pensado el asunto, se dispuso que se hicieran dichos edificios «en el camino que va al Riachuelo desta ciudad, donde esté más cerca del comercio, etc.»[548].
[545] Ibidem, tomo II, págs. 58-61.
[546] Ibidem, págs. 265-267.
[547] Ob. cit., págs. 326-328.
[548] Ibidem, págs. 342-345.
Escribió D. Diego Martín Negrón al Rey (30 junio 1610), haciéndole saber que en aquellas provincias había a la sazón 300.000 naturales y 12.000 reducidos a la fe, y que habiendo consultado con los religiosos más graves del país acerca de la persona más apta para desempeñar el cargo de protector general de los indios, contestaron que se confiriese dicho título a su antecesor Hernando Arias de Saavedra, quien lo aceptó de muy buena gana. Posteriormente, en la sesión celebrada por el cabildo el 21 de diciembre de 1611, se trató de asunto asaz importante. Hacía veinte años largos que para acabar con las hormigas y ratones, tan abundantes en la ciudad, se echaron suertes con el objeto de elegir un Santo que fuese abogado contra aquella plaga, prometiendo celebrar la fiesta de aquel hijo de Dios. Pero ¿qué Santo era éste? Unas personas decían que cupo la suerte a San Bonifacio y San Sabino, otras que a San Saturnino. En esta duda, y como la plaga iba siempre en aumento, se acordó por el cabildo echar de nuevo suertes. En efecto, se metieron varias cédulas o papeletas en un sombrero, conteniendo una el nombre de San Saturnino, otra los de San Bonifacio y San Sabino, doce con los respectivos de los doce Apóstoles, y algunas más con otros Santos. Un niño, que se llamó para el caso, extrajo una de las cédulas, donde estaban los nombres de San Simón y San Judas, acordándose entonces que fuese «voto a Dios Nuestro Señor de guardar la fiesta del dicho día todos los años desde el que viene, que será la primera, y de hacer decir en la Iglesia Mayor una misa cantada con su proçesion, la qual se pague la limosna de los propios de cabildo ó de limosna que para ello se sacare»[549]. ¿Acabaron los Santos Simón y Judas con las hormigas y ratones? Las actas del cabildo de Buenos Aires guardan silencio sobre el particular.
[549] Ibidem, págs. 406 y 407.
Por carta del Rey fechada en San Ildefonso el 15 de octubre de 1611, y por otra del virrey D. Juan de Mendoza, marqués de Montesclaros, tuvo noticia el cabildo del fallecimiento de la Reina D.ª Margarita, mujer de Felipe III, el 3 del citado mes, celebrándose con este motivo honras en la Iglesia mayor[550].
[550] Ibidem, págs. 455-457.
No habremos de pasar en silencio un hecho que prueba la ignorancia de aquellos tiempos. Corrió la noticia de que pensaban venir a Buenos Aires y ejercer su profesión de abogados D. Diego Fernández de Andrada, vecino de Santiago del Estero; José de Fuensalida, morador en Córdoba, y Gabriel Sánchez de Ojeda, residente últimamente en Chile. Reunido el cabildo el 22 de octubre de 1613, el regidor Miguel del Corro, teniendo en cuenta que donde había abogados no faltaban pleitos, trampas y marañas, propuso, porque así convenía al bien común, que no se admitiesen ni recibiesen en la ciudad. La proposición de Miguel del Corro fué aceptada por el cabildo, dándose «aviso a los dichos tres letrados, donde quiera que se les alcanzase, que no vengan a esta ciudad sin orden de S. M., señor virrey o Real Audiencia»[551].
[551] Ob. cit., págs. 469-472.
Por entonces (25 marzo 1614), el arzobispo de la Plata se quejó al Rey de la conducta del presidente de la Real Audiencia, «quien se entrometía a querer gobernar espiritual y temporal so color de buen celo, alabando como se merece su persona en lo demás...»[552].
[552] Pastells, Historia de la Compañía de Jesús de la provincia del Paraguay, etc., tomo I, página 256.
Desde el Real sitio de San Lorenzo (7 septiembre 1614), fué nombrado por cuarta vez gobernador de Buenos Aires D. Hernando Arias de Saavedra. Era digno de ocupar cargo tan elevado y se atrajo generales simpatías, aunque--como después veremos--tuvo también enemigos que le persiguieron con saña. En esta época de su mando, como en las anteriores, pudo contener a los indios fronterizos que, sin respeto alguno, penetraban en el gobierno de Buenos Aires. Acordóse en el cabildo celebrado el 10 de junio de 1615, escribir al virrey del Perú dándole noticia de haber tomado posesión del gobierno de las provincias de la Plata Hernando Arias de Saavedra[553]. Desde que Negrón dejó el gobierno hasta el nombramiento de Hernandarias, carecen de interés los hechos que se sucedieron.
[553] Actas del cabildo de Buenos Aires, tomo III, pág. 217.
Veinte días después de la citada comunicación al virrey del Perú, volvió a tratarse del asunto de la esclavitud, asunto que tenía preocupados al cabildo y al pueblo de Buenos Aires. Se acordó escribir al Rey y al Real Consejo de las Indias para que se les conceda «algunas liçençias de esclavos para sustentar nuestras haciendas de labranças y estançias porque de otra suerte será la total destruçión deste puerto y ciudad»[554].
[554] Cabildo del 30 de Junio de 1615, pág. 237.
Temeroso el gobernador Hernando Arias de un ataque al puerto por la escuadra holandesa, dispuso que se tomasen algunas medidas para la defensa, despachándose también «una chalupa a la isla de Maldonado y puertos a tomar lengua de lo que oviere»[555].
[555] Cabildo del 30 de agosto de 1615, pág. 271.
Preocupó de igual modo al cabildo que la peste que a la sazón diezmaba al Perú se propagase a las provincias de la Plata. En su virtud, y, para librarse de ella, se tomó el acuerdo de hacer dos procesiones, una a Santo Domingo y otra a San Francisco[556]. Ya en el camino de las procesiones, no había de faltar la que en el día de San Simón y San Judas se mandó hacer a los patronos de la plaga de ratones y de hormigas, como también, además de las funciones religiosas, se acordó correr toros y jugar cañas en el día de San Martín, patrón de la ciudad[557].
[556] Cabildo del 22 de septiembre de 1615, pág. 275.
[557] Cabildo del 12 de octubre de 1615, pág. 277.
Las alteraciones y levantamientos de los indios, los cuales llegaron al extremo de hacer cautivos a varios españoles, obligaron al gobernador Arias a salir de Buenos Aires con algunas fuerzas para dirigirse hacia el Norte de la provincia[558]. Volvió el gobernador después de castigar a los revoltosos, renunciando luego el cargo (8 julio 1617)[559].
[558] Cabildo del 31 de julio de 1617, págs. 458 y 459.
[559] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el Paraguay_, etc., tomo I pág. 275.
Noticia importante llegó de Madrid. El Rey, con fecha 16 de diciembre de 1617, dispuso dividir en dos el gobierno del Río de la Plata: el del Río de la Plata (Buenos Aires), y el de Guayra ó Paraguay (Asunción)[560]. Del primero nombró gobernador a D. Diego de Góngora, caballero del hábito de Santiago[561], y del segundo á Don Manuel Frías.
[560] La provincia de Tucumán gozaba de completa independencia.
[561] Actas del Cabildo de Buenos Aires, tomo III, págs. 88-95.
Dos días después de tomar posesión del cargo, el cabildo dió la noticia al virrey y Real Audiencia del Perú[562]. Poca benevolencia manifestó el cabildo con el ex-gobernador Arias de Saavedra, por cuanto al tener noticia que se disponía marchar a la ciudad de Santa Fe, se trató de exigirle fianza por el tiempo de su residencia, no sin afirmar que había hecho agravios y daños a la ciudad[563]. Hasta tal punto llegó la enemiga al ex-gobernador, que el cabildo escribió al Rey, al Consejo Real de las Indias, al virrey Príncipe de Esquilache y a la Real Audiencia de la Plata, para que lo antes posible se mandase la persona encargada de tomar la residencia a D. Hernando Arias[564]. En el mismo cabildo se dispuso rogar al Rey que procurase la pronta llegada de un obispo para la provincia de Buenos Aires, siendo tiempo adelante nombrado D. Pedro Carranza. Cada vez era mayor el enojo entre el cabildo y Hernando Arias, indicándolo así lo acordado en la sesión del 1.º de julio de 1620[565].
[562] Cabildo del 19 de noviembre de 1618, págs. 99-102.
[563] Cabildo del 14 de enero de 1619, tomo IV, págs. 139-141.
[564] Cabildo del 27 de enero de 1620, tomo IV, págs. 353 y 354.
[565] Actas del Cabildo, tomo IV, págs. 401-404.
En el cabildo del 9 de marzo de 1621, el gobernador D. Diego de Góngora dió la grata noticia de que el Rey había despachado cédula y carta al obispo Carranza, haciéndole saber que Su Santidad había beatificado á San Isidro de Madrid, con cuyo motivo se dispuso que se celebrasen procesiones y otras fiestas en señal de regocijo[566].
[566] Actas del Cabildo, tomo V, págs. 52 y 53.
Conviene no olvidar que con fecha 4 de mayo de 1621 Fray Pedro de Carranza, obispo del Río de la Plata, escribió al Rey dándole cuenta de su llegada al puerto de Buenos Aires (9 de enero), del estado indecente en que halló el edificio de la Catedral, de la poca paz que reinaba en el país, de la rectitud del gobernador Góngora y de la necesidad de poner Audiencia, no sin olvidar la conveniencia de que los gobernadores fuesen personas de experiencia y temerosos de Dios[567].
[567] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el Paraguay_, etc., tomo I, pág. 329.
Suceso interesante registraremos en este lugar: el papa Gregorio XV, con fecha 8 de agosto de 1621, dió un Breve fundando la Universidad y Academia de la ciudad de la Plata en el Colegio de la Compañía de Jesús, noticia que se recibió con mucha alegría en todo el país argentino, y que--como era de esperar--contribuyó mucho a la mayor cultura de aquella parte de América. La alegría del mes de marzo se convirtió en tristeza en el mes de junio. La peste tenía afligida a la ciudad; pero se halló un medio para evitarla, cual era, como otras veces, tomar por intercesor y abogado a algún santo. Este santo debía ser San Roque[568]. Tratóse de hacer una ermita; pero como la cofradía de los bienaventurados San Sebastián y San Fabián tenía acordado construir otra para los citados últimos santos, dispusieron los de San Roque pedir que la imagen de este santo se colocase en la ermita de aquéllos, si bien las cofradías debían ser dos, una de San Sebastián y San Fabián, y otra de San Roque[569]. A tal punto llegó a amedrentar la peste a la población de Buenos Aires, que el cabildo, recordando que en los dos últimos meses habían fallecido más de 1.000 personas, requirió al gobernador para que no abandonase a Buenos Aires con la excusa de hacer una visita a las provincias; mas, si a pesar de ello «quisiere salir a la dicha bisita, este cabildo lo contradise una y dos y tres besses y protesta que, si en este puerto sucediere algún daño, sea por quenta, costa y riesgo de su merced...»[570]. Aproximábase el 16 de agosto, día de San Roque, y en el cabildo del 9 de agosto de 1621, se tomó el acuerdo de hacer en aquel día «prossesion y fiesta con bisperas y misa cantada y sermon en la Iglesia Catedral»[571]. Tratóse en el cabildo del 15 de septiembre de 1621, del recibimiento que debía hacerse al obispo Fray Pedro de Carranza[572], y en el del 15 de noviembre de dicho año se acordó, ya que en aquella fecha nada se hizo «por estar la tierra enferma», celebrar fiestas de toros y cañas[573].
[568] Cabildo del 14 de junio de 1621, tomo V, págs. 79 y 80.
[569] Cabildo del 21 de junio de 1621, tomo V, págs. 81 y 82.
[570] Acuerdo del 20 de julio de 1621, tomo V, págs. 85-87.
[571] Actas, etc., tomo V, págs. 90 y 91.
[572] Pág. 125.
[573] Pág. 138.
Recibióse la noticia de la muerte de Felipe III en Buenos Aires (comienzos de febrero de 1622)[574], celebrándose con tal motivo suntuosas exequias, como también juegos de cañas, corridas de toros y luminarias con ocasión de la jura de Felipe IV. A los pocos días se dirigió el Rey al cabildo, diciéndole que todos los enemigos de la Corona de España estaban armados contra ella en Italia, Flandes y Alemania, mientras los corsarios holandeses, turcos y de otras naciones, con gran número de bajeles, realizaban muchos y continuos robos en las costas de estos reinos y carrera de las Indias, «y asimismo como por estar mi patrimonio Real tan exausto y consumido que por nengun caso se puede sacar del sustancia conque acudir a el remedio de tan grandes y peligrosos daños, a sido forzoso valerme de mis buenos y leales basallos, pidiéndoles un donativo y empréstito tan cuantioso como lo requiere la nesesidad y ocasión presente...»[575].
[574] Págs. 182 y siguientes.
[575] Cabildo del 7 de octubre de 1622, tomo V, págs. 250-256. D. Diego de Góngora falleció en Buenos Aires el 21 de mayo de 1623.
Llegó a últimos de 1623 D. Alonso Pérez de Salazar, oidor de la Audiencia de la Plata, con el propósito de tomar la residencia a los gobernadores D. Diego Marín Negrón y D. Hernán Arias de Saavedra[576].
[576] Saavedra escribió con fecha 3 de enero de 1625, desde Buenos Aires a su amigo D. Antonio de la Cueva, notificándole haber sido declarado libre por sus propios émulos, saliendo su honor con la aprobación que siempre tuvo y no teniendo que restituir a la hacienda un maravedí. El juez dió sentencia en su favor en todas las demandas.
Después de sucesos poco importantes, ocupó el gobierno (septiembre de 1624)[577], D. Francisco de Céspedes, natural de Sevilla. En su tiempo se realizaron grandes y necesarias fortificaciones en el puerto de la ciudad de Buenos Aires. Luego (12 febrero 1625) recibió Céspedes carta del Adelantado del Río de la Plata, gobernador de la provincia de Tucumán, ofreciéndose y poniéndose gustoso a sus órdenes[578]; también tuvo aviso de que una escuadra holandesa, compuesta de 40 velas, se hallaba sobre Pernambuco, aviso que también se comunicó al virrey de Chile a fin de que estuviesen preparados a la defensa[579]. No fueron cordiales las relaciones entre el gobernador Céspedes y la Audiencia de la ciudad de la Plata, dándose el caso de que D. Diego Martínez de Prado, juez comisario de dicha Audiencia, se presentó en Buenos Aires, disponiendo que el gobernador saliese de la ciudad hasta averiguar si eran verdaderas o falsas las denuncias[580]. Céspedes, durante su ausencia, nombró como su teniente y justicia mayor a Pedro Gutiérrez, diciendo entonces el citado señor juez, que si Céspedes no podía usar de los oficios de gobernador y capitán general, menos podría nombrar teniente[581]. El cabildo tampoco se puso al lado de Céspedes. La Audiencia de la ciudad de la Plata nombró a Diego Martínez de Prado «para conoser de los essesos y delitos que se an cometido contra la Real hacienda por el Sr. D. Francisco de Céspedes, gobernador, y sus ijos y contra otras personas de esta ciudad...»[582]. Es de advertir que ya (13 enero 1628) Martínez de Prado había dado orden de poner en prisión a Céspedes[583], y pocos días después, en el cabildo de 21 de febrero del citado año se leyó una carta de Hernán Arias de Saavedra, anunciando que la Real Audiencia le había nombrado para continuar las comisiones de que estaba encargado Martínez de Prado[584]. Inmediatamente publicó Arias de Saavedra que fuese repuesto en su cargo Francisco de Céspedes, siendo de creer que en la visita de aquél a Buenos Aires nada encontró censurable en la conducta del gobernador. Así debió ser, por cuanto en el cabildo del 24 de octubre de 1629, el procurador general de la ciudad, D. Diego Ruiz de Ocaña, hizo notar que Céspedes consiguió pacificar las provincias del Uruguay y demás convecinas, como también los despoblados que hay hasta Córdova, Tucumán y Santa Fe. Del mismo modo «en las cosas tocantes al servicio de S. M. y buen cobro de su hacienda Real he procedido con el celo, cuidado y diligencia de fiel y legal ministro», señalándose por las acertadas disposiciones que dió «para la defensa de la tierra y ofensa del enemigo.» Por todo ello se acordó pedir al Rey la continuación de Céspedes en su importante cargo[585]. Sin embargo, las opiniones acerca de la conducta del mencionado gobernador no estaban conformes, pues, desde Buenos Aires (8 octubre 1630), escribieron al Rey una carta los Padres Fray Francisco Barreto, Fray Luis de Herrera, Fray Gabriel Arias y Fray Tomás de Solorines--carta ratificada por Gabriel de Peralta, gobernador, provisor y vicario general del obispado del Río de la Plata--en la cual afirmaban que perseguía al obispo, prelado, religiosos y seglares que le decían verdades y volvían por el aumento de la Real hacienda, que tenía destruída dicha Real hacienda, que tanto él como sus dos hijos se habían hecho ricos y poderosos, y que puso preso y quiso quitar la vida al capitán Juan de Vergara, regidor perpetuo[586].
[577] Fué nombrado en Madrid el 16 de abril de 1623.
[578] Actas, etc., tomo VI, págs. 159 y 160.
[579] Cabildo del 8 de octubre de 1627, tomo VI, págs. 335-337.
[580] Cabildo del 15 de enero de 1628, tomo VI, págs. 351 y siguientes.
[581] Ibidem, págs. 361 y 362.
[582] Ibidem, pág. 392.
[583] Ibidem, pág. 401.
[584] Ibidem, pág. 426.
[585] Actas, etc., tomo VII, págs. 88-91.
[586] Conviene recordar que en el Cabildo celebrado en Buenos Aires el 5 de octubre de 1630 se presentó por Juan Gutiérrez de Humanes una proposición contra Juan de Vergara, proposición que apoyaron D. Francisco de Céspedes, D. Enrique Enríquez, D. Diego Ruiz de Ocaña, Juan Barragán y otros[546a].
[546a] _Revista general del Archivo general de Buenos Aires_ por Trelles, págs. 196-199.
Pasado algún tiempo, queriendo dicha autoridad dar muestras de consideración y cariño al señor obispo de Paraguay, quien por entonces visitaba a Buenos Aires, dispuso que a su costa se hiciesen fiestas de toros y juegos de cañas[587].
[587] Cabildo del 27 de enero de 1631, tomo VII, págs. 187 y 188.
El gobernador Céspedes, al tener noticia de que los holandeses, enemigos de España, se habían apoderado de la ciudad y puerto de la bahía en la costa del Brasil, ordenó que se fortificase la ciudad y puerto de Buenos Aires[588]. Con razón, en carta que por entonces escribió al Rey, le hubo de decir que no le cogerían de improviso los 40 navíos holandeses que se disponían a subir tierra adentro por algunos ríos[589].
[588] Cabildo del 30 de julio de 1631, tomo VII, págs. 215 y siguientes.
[589] Pastells, _Hist. de la Compañía de Jesús en el Paraguay_, etc., tomo I, págs. 439 y 440.
Fijóse Céspedes en atraerse con medios pacíficos a los uruguayos. Estableció comercio con ellos, mandó misiones franciscanas y jesuíticas y consiguió que los charrúas cediesen en su hostilidad a los españoles. Más feliz fué todavía con los chanás, pues abandonaron sus guaridas del río Negro, bajando a tierra firme, donde comenzaron la edificación del pueblo de Santo Domingo de Soriano (1624). Del Uruguay se sacó carbón y leña, y ganados (vacas y caballos). A la cría de ganados se dedicaron aquellas tierras, como si no fuesen también a propósito para la agricultura. Según Bauzá, los campos uruguayos «no merecieron del conquistador y del vecindario de Buenos Aires otro destino que el de ser dedicados a la cría de animales»[590]. Tuvo el sentimiento de que bajo su gobernación, los indios del Chaco, arrostrando el poder español, destruyeron completamente la Reducción de la Concepción del Bermejo.
[590] Ob. cit., tomo I, p. 339.
Comenzó el gobierno de D. Pedro Esteban Dávila. Aunque fué nombrado el 11 de octubre de 1629, tardó más de dos años en tomar posesión[591]. Su primera idea, que fué salir al frente de algunas fuerzas para castigar a los indios del Chaco, más imprudentes cada día y más amenazadores, encontró oposición de parte del cabildo, el cual hizo presente al gobernador los perjuicios que podían seguirse «quedando esta ciudad y provincias sin cabeza ni quien gobierne las armas...»[592]. No sólo preocuparon al gobernador las rebeliones de los indios, sino los enemigos de España, ya apoderados de Pernambuco en la costa de Brasil[593]. Que D. Pedro Esteban Dávila no desistió de su viaje, era buena prueba la petición que el cabildo le hizo, de que suspendiese la marcha a las Reducciones del Uruguay, en razón del levantamiento de indios y de la amenaza de los holandeses que se hallaban en las costas brasileñas[594]. Volvió el cabildo a rogarle que no abandonase la ciudad[595]. Un año después, cuando el gobernador estaba decidido a salir de Buenos Aires «a la pacificación y allanamiento de los indios alçados y reedificación de la ciudad del río Bermejo...», insistió el cabildo para que suspendiese el viaje por la causa y razones ya dichas[596]. Marchó, sin embargo, volviendo pronto después de castigar a los indios.
[591] Cabildo del 26 de diciembre de 1631, tomo VII, p. 289 y siguientes.
[592] Ibidem, p. 376 y siguientes.
[593] Ibidem, p. 381 y siguientes.
[594] Sesión del 28 de mayo de 1635, tomo VII, p. 469 y siguientes.
[595] Cabildo del 24 de julio de 1635, tomo VII, p. 473 y siguientes.
[596] Cabildo del 3 de abril de 1636, tomo VIII, p. 33 y siguientes.
Importa recordar que en el cabildo del 29 de noviembre de 1637 se presentó D. Mendo de la Cueva y Benavides con el nombramiento de gobernador, capitán general y justicia mayor de las provincias del Río de la Plata, nombramiento que tenía la fecha del 24 de diciembre de 1636. Apenas el gobernador La Cueva había tomado posesión del cargo, cuando ocurrió un suceso que tuvo grande resonancia en Buenos Aires y en general en toda América. Es el caso que Fray Cristóbal de Aresti, obispo de Buenos Aires, se atrevió, por motivos fútiles y sin importancia, excomulgar al gobernador (24 diciembre 1637). Si poco antes (15 abril 1636) el Rey encargó a D. Luis Jerónimo Fernández de Cabrera, conde de Chinchón y virrey del Perú, tomase residencia a D. Pedro Esteban Dávila, gobernador que había sido de Buenos Aires[597], lo que preocupaba a todos era el asunto de la excomunión que en un momento de mal humor lanzara el obispo Aresti sobre el gobernador. El cabildo, en nombre de la ciudad, pidió al prelado que levantara la excomunión[598], insistiendo en su petición pocos días después[599]. No cedió el prelado, sino antes, por el contrario, se dispuso a marchar a la ciudad de la Plata, no queriendo oir las súplicas de los individuos del cabildo[600]. Así lo hizo. El cabildo se dirigió entonces al provisor del obispado con el mismo ruego[601]. A tal punto llegaron las cosas que vino a poner paz D. Juan de Palacios, visitador de la Real Audiencia de la Plata[602].
[597] Ibidem, tomo VIII, págs. 274 y siguientes.
[598] Ibidem, tomo VIII, pág. 286.
[599] Ibidem, tomo VIII, pág. 305.
[600] Ob. cit., tomo VIII. pág. 310.
[601] Ibidem, tomo VIII, págs. 350 y siguientes.
[602] Ibidem, tomo VIII, pág. 370.