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Los consuelos

Esteban Echeverría · 1834 · Free in the US

15,038 words · about 1 h 3 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Esteban Echeverría
Language
Spanish
Published
1834
Length
15,038 words · about 1 h 3 min
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37 reader sections
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Contents (37)

Continue:

I - El pensamiento

Qui no es trist de mes dictats no cur,

o en algun temps que sia trist estat.

Ausias March

No vea mis escritos quien no es triste,

o quien no ha estado triste en tiempo alguno.

Al señor Don Felipe Piñeyro Testimonio de gratitud y aprecio E. Echeverría

I

El pensamiento

¡Oh flor de alta fortuna!

Rioja

Yo soy una flor oscura de fragancia y hermosura despojada; flor sin ningún atractivo que sólo un instante vivo, acongojada.

Nací bajo mala estrella; pero me miró una bella enamorada, y me llamó pensamiento y fui desde aquel momento flor preciada.

No descuello en los jardines como los albos jazmines o las rosas; pero me buscan y admiran me contemplan y suspiran las hermosas.

Si me mira algún ausente que de amor la pena siente, cobra vida; y es feliz imaginando que en él estará pensando, su querida.

Yo soy grata mensajera, que bajo forma hechicera voy volando, a llevar nuevas de dicha, al que vive en la desdicha suspirando.

Emblema del pensamiento, del amor y el sentimiento, mi destino es deleitar al que adora, y consolar al que llora peregrino.

Notas del autor

II - Lara o la partida

II

Lara o la partida

A D. Y. P.

Fare thee well! and if for ever

still for ever, far thee well;

- I -

Tendido el lino la veloz barquilla mueve en el Plata su ligera quilla, al rayo matutino, y por la faz undosa engalanada se desliza del céfiro halagada llevando al peregrino.

Al bajel llega, que arrogante oprime del río el seno, que a su lado gime, y airoso se pompea, pronto a surcar por el cerúleo llano ostenta al aire su vigor ufano, y sus alas ondea

En el soberbio alcázar ya domina del cómitre la voz y a la marina gente imperiosa llama, que con mustios acentos velozmente da los linos al aire, o tristemente en los mástiles clama.

Los hinche en globo el bonancible viento y divide las aguas al momento, en círculo espumoso, la prora murmurando resonante, y el alcázar del piélago nadante levantando vistoso.

Reclinado en el borde, con mejillas enjutas pero tristes, las orillas de su patria contempla Lara perderse, cual coposo monte, en el lejano y diáfano horizonte y su laúd dulce templa.

Dolor siente en el alma, mas sereno brilla su rostro, que apuró el veneno de congojas mortales, y temprano aprendió del sentimiento a sofocar las ansias o el contento, al corazón fatales.

Preludió al fin la melodiosa lira, y recordando de la suerte agravios, el adiós tierno que la ausencia inspira modularon sus labios.

- II -

El halagüeño júbilo del mundo volver no puede al corazón burlado la bella imagen de ilusión querida, que voló fementida.

Pierde la flor su púrpura y su nieve, su aroma grato y su verdosa pompa; así se agosta el esplendor lozano del corazón temprano.

Se rompe el velo mágico que al alma pintaba glorias, esperanzas dulces, cuando aun risueños los floridos años brindan amor y engaños.

Fuese el encanto de mis bellos días, fuese la lumbre de mi albor lúcido y sólo es dado a mi enojosa vida sentir gloria perdida.

Mas ¿qué es sentir cuando el prestigio grato, que embellecía la existencia ha muerto, e inexorable, aterrador destino del bien cierra el camino?

Dulce esperanza, celestial imagen vuelve a mi mente su divino fuego, disipa un tanto la tiniebla umbría que cerca el alma mía.

Tú me alentaste cuando el crudo anhelo de la congoja marchitó mis días, tú del regazo de mis tristes lares me llevas a los mares.

Por ti mi patria y mis amores dejo y en las regiones de la tierra extrañas voy a buscar a mi ansiedad consuelo, llena el alma de duelo.

Grata fue un tiempo a mi vivir la suerte, brindome un tiempo deliciosas horas, que sueños fueron de ilusión falaces, sombras de bien fugaces.

En flor marchitas contemplé mis glorias y sumergido el corazón de entonces en triste noche, solitario abismo, se consume a sí mismo.

¿Qué vale al pecho el palpitar de gozo en el regazo de su dueño amado, qué al alma vale el halagüeño encanto que idolatraba tanto?

Si el placer vuela, el inefable hechizo se desvanece, cual la lumbre fatua, cuando al deleite la pasión apura; y el sentimiento dura.

Vanos placeres, deliciosos lazos, que al albedrío encadenáis tan dulces, adiós por siempre, ya de vuestro halago huyo libre el estrago.

Adiós amores, de la vida rosas, que exhaláis grato vuestro aroma, un día y perdéis luego el poderoso hechizo que delirar nos hizo.

Y tú también angelical criatura, guarda celeste de mi triste vida que yo vi en sueño y en feliz instante pude llamar mi amante.

Tú que supiste embelesar mi mente, tú que las ansias de mi amor pagaste, que el dulce néctar del amor me diste y dichoso me viste.

Tú que sentías como yo sentía, que a un solo acento de mi voz gozabas, que en lo secreto de mi pecho vías y conmigo sufrías.

Tú, en cuyos brazos sin contar las horas pasé la flor de mis lozanos días embebecido en éxtasis glorioso de deleite amoroso.

Adiós por siempre, el inhumano tiempo nuestras delicias devoró enemigo, segó mis dichas, sin cesar me aqueja y de ti al fin me aleja.

- III -

Brotaron una lágrima los ojos de Lara enternecido, al despertar de nuevo las memorias de tan cumplidas glorias, del tiempo avaro míseros despojos; cayó su mano de la dulce lira. espiró el canto y su ánimo abatido quedó en tristes ideas sumergido. desde la orilla, acaso, alguna bella, con inquieto mirar, siguió la huella del bajel que volando se alejaba y su esperanza y corazón llevaba.

III - Estancias

III

Estancias

Heureux ceux qui n'ont point vu la fumée des fêtes de l'étranger, et qui ne se sont assis qu'aux festins de leurs pères!

Chateaubriand

Feliz aquel que de su patrio suelo contempló sólo el halagüeño cielo y libre de pesares, vivió seguro del cariño amante de la beldad que idolatró constante en sus paternos lares.

Nacen sus días sin cesar serenos de gozo puro y de esperanza llenos, dulcemente halagados, y, como en valle arroyo cristalino, corren sin agitarse a su destino por entre bellos prados.

El borrascoso mar de las pasiones su corazón no mueve, ni ilusiones de bien frágil y vano brindan a su serena fantasía de fugaces deleites la ambrosía con fementida mano.

De la ambición se ríe prepotente que se engolfa contino en la corriente de la varia fortuna; ni acibaran funestos desengaños la dulcífera copa de sus años con su hiel importuna.

¡Quién me diera los días venturosos que a mi anhelo ofrecían deliciosos placeres sin mudanza, cuando todo a mi vista era risueño y mi existencia grata un largo sueño. de gloriosa esperanza!

¡Quién diera a mi agitado pensamiento la dulce calma y el feliz contento que disfrutaba un día! ¡Quién por lo bello el entusiasmo ciego, la pasión noble y el divino fuego, en que mi pecho ardía!

¡Quién sentir cual sentí, o el llanto largo que embalsamaba el sentimiento amargo del corazón herido! Quién a mi juventud su lozanía. ¡Marchita en flor sin esperanza y fría! ¡Quién el ser lo que he sido!

¡Si al menos a piedad movido el cielo con la angustia voraz diese el consuelo del olvido a la mente! Mas por siempre la imagen ilusoria vaga del bien perdido en la memoria, cual si fuera presente.

El astro de mi vida se ha eclipsado y muerto a la esperanza, desolado, el porvenir oscuro aparece a mi vista, cual desierto, o borrascoso piélago sin puerto donde arribar seguro.

Mi corazón un tiempo palpitaba al mirar la hermosura y adoraba su irresistible encanto, amó también y en amorosos lazos se gozó insano y apuró en sus brazos deleite sacrosanto.

Mas disipose todo y la amargura, el recuerdo fatal tan solo dura y aviva el sentimiento del triste corazón que aún inflamado de amar, sentir o aborrecer privado no halla, no halla alimento.

Todo he perdido; en mi insensata mano las flores de la vida (soplo vano) todas se han deshojado Y confusos y atónitos mis ojos sólo contemplan míseros despojos del huracán pasado.

Ven a mis votos silenciosa muerte y en reposo feliz la ansia convierte con que me aqueja el tiempo y el destino, ven me arrebata donde no se siente: así cantaba de su patria ausente por consolarse un triste peregrino.

IV - Luna naciente en el mar

IV

Luna naciente en el mar

Subir veo lentamente

la nítida y blanca luna.

Velado el horizonte de un capuz nebuloso, purpúreos resplandores nacen de entre su cerco tenebroso.

Con lentitud se avanzan el espacio ocupando, y los cielos y tierra de luminosos rayos inundando.

Disípanse las nubes del vasto firmamento, que de nuevo se cubre de variado y magnífico ornamento.

Y las estrellas mustias, trémulas centellean, y parece abandonan el lobregoso alcázar que hermosean.

Coronada de luces la luna se aparece; cual reina de la noche en su cerúleo trono resplandece.

Contémplase gozosa en el mar transparente, que mueve sus cristales con majestad serena e imponente.

En calma la natura, parece adormecida, y su faz macilenta a meditar al pensador convida.

Renacerá la Luna, y tras ellas los días circularán veloces, llevándose las esperanzas mías.

V - Simpatía

V

Simpatía

Si lloras, lloro contigo;

alégrame tu contento;

lo mismo que sientes, siento.

Cuando inciertos giras esos ojos bellos y que tus cabellos flotan sin disfraz, cuando mustia miras, mi rostro se viste con el velo triste del pesar voraz.

Mas cuando halagüeña contento respiras y el aroma espiras de lozana flor, entonces risueña se goza mi mente y en pasión ardiente me abraza el amor.

Así en tu alegría mi seno palpita y también se agita, si sufres pesar; así en armonía vibran las pasiones de los corazones que saben amar.

VI - Recuerdo

VI

Recuerdo

In vain, alas! in vain. Campbell

En vano busco la mujer hermosa, imán de mi alma, que llenó mis días de tiernas ansias, deliciosos sueños, de amor y dichas.

La busco en vano, que doliente siempre voz ominosa de la negra tumba burla mi anhelo y me responde triste: «Aquí se oculta».

Se oculta sí... ¿mas sempiterna noche cubrirá el lecho do mi amor descansa? ¿No verá un ángel que moró en la tierra la luz de otra alba?

Pero qué importa, si su imagen bella mientras yo aliente vivirá en mi pecho, do el aura aspira que a los serafines destina el cielo:

hasta que airada la insaciable muerte corte la trama de mi frágil vida, una mis restos a los suyos caros y todo extinga.

VII - Profecía del Plata

VII

Profecía del Plata

Se conmueven del Inca las tumbas. López

Cuando con garra impía, audaz el león de Iberia y arrogante, el nuevo mundo asía y su fuerza pujante dominaba en los piélagos de Atlante.

Cuando sus naos, preñadas de avaricia y furor, lanzaba España a las tierras domadas y a las playas que baña el raudo Plata a vomitar su saña.

El portentoso Río, enfurecido al ver tanta osadía, terrífico y sombrío su ceño mostró al día por revelar aquesta profecía.

«Tiranos alevosos gozaos, gozaos en la obra pasajera de designios odiosos, que ya se acerca la era a vuestro orgullo y suerte lastimera.

Gozaos sí, que esta tierra, de vuestro cetro inicuo fatigada, acudirá a la guerra, y será quebrantada vuestra arrogancia y a su vez domada.

Ya la lumbre fulgente veo de mayo alzarse por la esfera y la turba insolente, que vuestra ley venera, se aturde al verla cual si rayo fuera.

El Argentino entonces tremola el estandarte victorioso, y los tremendos bronces, y el acero filoso anima con su aliento rencoroso.

Las cadenas quebranta que oprimen a la Patria moribunda y su cerviz levanta airada y tremebunda, que conturba la hueste furibunda.

Su voz truena potente y a los pueblos concita a la venganza de todo el continente, que acorren sin tardanza a las furiosas lides y matanza.

Del Sud en las regiones la libertad arbola su estandarte y divinos blasones a sus hijos reparte; marcial aliento les infunde y arte.

¿No miráis cómo el trueno que se enciende en mis márgenes de plata, de muerte y rencor lleno, por el Sud se dilata y vuestros solios rompe y desbarata?

¿No escucháis cuál retumba en los Andes con hórrido estampido, y conmueve la tumba del Inca que ofendido del polvo se alza de furor ceñido;

y a sus hijos convoca y a su progenie toda a la venganza con su acento provoca, que ardida se abalanz al campo y vuela con espada y lanza?

¿No veis cuál se encamina por el indiano suelo desprendiendo mil rayos que fulmina, a polvo reduciendo, y a cenizas vuestro León tremendo?

Temblad, temblad tiranos que oprimís a la América inocente, con aceradas manos, temblad, que ya el torrente de asolación desata mi corriente.

Cual rayo amenazante que de la parda nube se desprende y ardiendo fulminante, con ímpetu desciende, deslumbra, aterra, despedaza,

así con saña airada desplomará su furia y vehemencia y será desquiciada vuestra vana insolencia caduco poderío, omnipotencia.

Y el vasto continente, de vuestro vil dominio libertado, gozará independiente el venturoso hado a su heroísmo y gloria reservado».

De mayo el sol brillante, se mostró al Argentino y confundido huyeron al instante los bandos atrevidos, por sus valientes haces perseguidos.

Y como astutos lobos, que bravos cazadores acecharon devorando sus robos, al verlas se pasmaron y la sangrienta presa abandonaron.

Notas del autor

VIII - Imitación del inglés

VIII

Imitación del inglés

Y con eterno eclipse cubrió sus bellos ojos.

Salid, salid del pecho sollozos y gemidos. Del fatídico bronce los lúgubres sonidos, acompañen tan solo el llanto y los suspiros. Marchitose temprano el rozagante lirio, la cándida azucena, del argentino río. De sus hermosos ojos el espléndido brillo, la noche del sepulcro por siempre ha oscurecido. De su belleza rara, de su candor divino, de tantas perfecciones no quedan ni aún vestigios. ¡Oh muerte inexorable! ¿Cómo, cómo has podido destruir en un instante este tierno arbolillo? Él era de sus padres la delicia y cariño, la vida y la esperanza de un corazón cautivo; y cuando prometía tantos frutos opimos, te gozas inhumana de un golpe en abatirlo. Lloremos, pues, lloremos el mísero destino, de la flor malograda del Argentino río. Salid, salid del pecho sollozos, y gemidos. Y tú ángel que habitas el estrellado Empíreo, si nuestras ansias oyes, contémplanos benigno y ayúdanos un tanto, con tu influjo divino, a soportar tu pérdida y el dolor que sufrimos. Salid, salid del pecho sollozos y gemidos.

IX - El poeta enfermo

IX

El poeta enfermo

A mi hermano D. J. M. E.

¡Oh juicio divinal! Cuando más ardía el fuego echaste el agua.

El sol fulgente de mis bellos días, se ha oscurecido en su primer aurora, y el cáliz de oro de mi frágil vida se ha roto lleno.

Como la planta en infecundo yermo mi vida yace moribunda y triste, y el sacro fuego, inspiración divina devora mi alma.

¡Don ominoso! En juventud temprana yo me consumo, sin que el canto excelso, eco sublime de mi dulce Lira, admire el mundo.

Gloriosos lauros las divinas musas me prometieron, y guirnalda bella a la sien tierna de la Patria mía yo preparaba.

Mas el destino inexorable corta, con mano impía, los frondosos ramos; que el frío soplo de dolencia infausta hiela mi vida.

Un foco inmenso de divinos ecos mi alma era un tiempo, que al activo soplo de las pasiones, exhalaba ardiente voces sublimes.

Cuanto tocaba en su celeste fuego la enardecía; el universo todo armonizando resonaba en ella cual laúd inmenso.

Mas negra sombra su esplendor eclipsa; ángel de muerte de mi Lira en torno mueve sus alas y suspira solo fúnebre canto.

Como la lumbre de meteoro errante, como el son dulce de armoniosa Lira, así la llama que mi vida alienta veo extinguirse.

Adiós por siempre aspiraciones vanas, vanas, mas nobles, que abrigó mi mente; adiós del mundo lisonjeras glorias, deleites vanos.

Adiós, morada de tiniebla y llanto, tierra infeliz que la virtud repeles, y desconoces insensata al genio que te ilumina.

Mi mente siempre en tu región impura se halló oprimida; peregrino ignoto por ti he pasado y sin pesar ninguno de ti me alejo.

Lira enlutada, melodiosa entona funeral canto, acompañadla gratas musas divinas, mi postrer suspiro un himno sea.

X - Deseo

X

Deseo

Sub umbra alarum tuarum Protege me. Ps. XVI

Silencio, nada más, y no gemido lágrimas o suspiros yo demando, en el instante lastimero cuando descienda helado a la mansión de olvido.

Jamás estéril llanto a la ternura debió mi pecho en sus acerbos males, sólo apuré los tragos más fatales que me brindó la impía desventura.

Dormir, sin ser al mundo tributario, quiero en la noche tenebrosa y fría, sin que nadie interrumpa su alegría; morir, como he vivido, solitario.

Tú, numen de infelices, Dios de olvido que a la nada presides misterioso, encumbre con tus alas silencioso el sepulcro de un ser desconocido.

XI - Éxtasis

XI

Éxtasis

Et audivi vocem magnam Apocalipsis

Cuando el sol reina en el cenit fulgente, a la sombra sentado de un álamo frondoso, tristemente, por el cielo esmaltado de diamante oro y plata, mi pensamiento raudo se dilata.

Ante los ojos míos se anonada el mísero planeta, de llanto eterno y de dolor morada, donde el mortal vegeta en el piélago inmundo de la ignorancia y del error profundo.

Más lejos que do estalla horrisonante el trueno, se remonta, más lejos que la esfera rutilante que el águila transmonta, y que la etérea cumbre do no alcanza la necia muchedumbre.

Y en la eterna mansión de la armonía y las esencias puras, do reina inalterable la alegría que anhelan las criaturas, en éxtasis glorioso, oye un coro de espíritus grandioso;

Y con ruido que al cántico supera resonar, como trueno, un ronco acento, que repite, vagando por la esfera; «ven do reina el contento y la gloria que anhelas ¡oh Poeta! deja ese triste y mísero planeta».

XII - Ruego

XII

Ruego

Inclina aurem tuam ad precem meam. Ps. 87.

En ti Señor confío, a ti mi Dios me entrego; mi humilde y triste ruego. Implora tu piedad; no mires con desvío mi llanto y amargura, que aunque mi alma está impura no abriga la impiedad.

Mi espíritu se humilla a tu divina planta, y su dolor levanta esperanzado a ti; acoge la sencilla plegaria que te envía Señor, y tu faz pía vuelve un instante a mí.

Henchido de pasiones mi corazón demente, se abandonó al torrente del mundo seductor; mas ya, sus ilusiones falaces desdeñando, se vuelve a ti implorando consuelo en su dolor.

Si algún tiempo embriagado de deleites mundanos los tuyos soberanos insensato olvidé, perdona a un descarriado, que buscando hoy ansioso tu bálsamo precioso va en alas de la fe.

Soy pecador indigno; pero mi alma sincera arrepentida espera en tu inmensa bondad; contempla, pues, benigno Señor y no indignado a quien atribulado se acoge a tu piedad.

De dolor consumido, de angustias y dolencia tu divina asistencia necesito Señor; levanta mi abatido corazón, vuelve a mi alma, vuelve la dulce calma que le roba el dolor.

Atiende a tu criatura que mísera fenece, sus penas adormece, escucha su clamor; pues en mar de amargura se anega mi existencia, Mírame con clemencia Aunque soy pecador.

XIII - Contestación

XIII

Contestación

A D. J. T.

¡Ah! ya agostada siento mi juventud, mi faz marchita, y la profunda pena que me agita ruga mi frente de dolor nublada. Heredia

Feliz tú que de bellas ilusiones sin cesar halagado, a las visiones inefables del alma, Librar puedes tu ardiente fantasía, y de éxtasi embriagar y de armonía tu corazón en calma.

Feliz tú que aspirando el aura pura del majestuoso Plata, la hermosura contemplas de la luna, que asoma melancólica su frente, como gentil beldad que de amor siente, la congoja importuna.

Mecido allí por sueño delicioso, oyes sólo el susurro misterioso de las olas serenas, que al rayo de la luna resplandecen, y en cadencia armoniosa se adormecen sobre muelles arenas.

Allí tu alma inflamada en su desvelo hasta el trono de Dios levanta el vuelo, y olvidada del mundo escucha la armonía soberana que de su eterna gloria eterna mana cual venere fecundo.

Allí anhela calmar su sed ardiente en esa viva, inagotable fuente, que al universo anima, y con alas de fuego divagando el infinito abarca y remontando más y más se sublima.

¡Quién como tu pudiera, el pecho lleno de esperanza y de fe, por el ameno camino de la vida espaciar sus miradas halagüeñas, y ver por todo imágenes risueñas, como en la edad florida!

¡Quién en su lira modular sonora dulce amor y amistad consoladora, tesoros celestiales; y al son de la hechicera melodía derramar esperanza y alegría en los pechos mortales!

¡Quién fuese como tú que atrás dejando un pasado feliz y contemplando el porvenir brillante, un mundo de esperanzas y delicias ante tus ojos ves y no codicias nada al vulgo anhelante!

Mi juventud también tuvo visiones de ambición y de gloria y mil pasiones terribles la agitaron; amor fue su delirio y su ventura, y en brazos apuró de la hermosura delicias que volaron.

Mas cual roble soberbio que derriba el feroz huracán de cumbre altiva, al impulso violento de las fieras pasiones, abatida cayó mi juventud que sólo vida tiene para el tormento.

¡Oh si en himnos de excelsa poesía yo pudiera el torrente de armonía exhalar de mi pecho, o en tristes tonos modular y suaves, de mi fiero dolor las ansias graves, las dudas y el despecho!

El canto entonces de la musa mía al eco de la tuya se uniría en soberano coro, y esos pechos de bronce casi yertos se animaran acaso a los conciertos de nuestra lira de oro.

Pero vano delirio, mi destino es batallar con el dolor contino hasta que suene la hora; y consumirme en agonía lenta, como el ave inmortal que sí alimenta fuego que la devora.

XIV - La historia

XIV

La historia

Fragmento

A D. J. M. G.

There is no hope for nations! -Search the page of many thousand years-the daily scene, the flow and ebb of each recurring age, the everlasting to be which hath been, hath taught us nought or little:

No hay ya esperanza para la naciones. Recorred las páginas de los siglos ¿qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y reflujo de las edades, y esa eterna repetición de acontecimientos? Nada o muy poco.

Encantada y atónita mi mente registra los anales de los siglos, que pregona la fama más gloriosos, y del pasado tiempo y del futuro el tenebroso velo Quiere rasgar en su impaciente anhelo.

Monumentos, pirámides alzadas por el humano orgullo en su demencia, fatídicos emblemas esculpidos por manos mercenarias y serviles, que adulación respiran y vergüenza y oprobio sólo inspiran.

Todo interroga, y a la vez responden, con dolorosos gritos que estremecen, los mármoles, los pueblos y los tiempos: que ignorancia y miseria sempiterna, inevitables males son la herencia fatal de los mortales.

Con lívido semblante y torvo ceño sus pasos gira en rededor del orbe el tiempo inexorable, como fiera famélica, sedienta, enfurecida, que sus hierros quebranta y mueve libre su sañuda planta.

Sin cesar marcha y donde quier imprime su gigantesta mole el pie tremendo, monumentos humildes y arrogantes tiemblan y caen y desparecen luego; lo fértil y lozano se seca y muere entre su yerta mano.

Allí donde se muestra portentosa la vanidad del hombre y la pujanza, apresurado acorre sepultando, con baldón de su orgullo, en el abismo profundo de la nada, dioses y templos y soberbia airada.

De asolación y llanto se alimenta: ni la acerba agonía, ni los ayes, del que cansado de esperar fenece: ni los férvidos ruegos que a herir suben los dombos celestiales, nos libran de sus garras infernales.

Las ciencias y las artes más sublimes, los héroes y los genios que lograron legar vano renombre a un mundo vano, nuestros desvelos todos, nuestra vida ¿Qué son?... Tristes despojos consagrados en ara a sus enojos.

Míseras ruinas que otro tiempo alzasteis vuestra soberbia frente hasta las nubes, en hombros del orgullo y la demencia, al cielo y a la tierra amenazando, arbitras de memoria, respondedme ¿qué fue de vuestra gloria?

Lisonjeros relámpagos de fama, prosperidad voluble y pasajera gozaron las naciones un momento mas voraces de bien las negras furias del averno salieron, y en el olvido eterno lo sumieron.

¿Dónde está Egipto y el saber y nombre, que fueron maravilla a las edades, y con eco monótono la historia trasmite sin cesar de siglo a siglo? Un instante brillaron y en el caos de los siglos se engolfaron.

¿Qué importa que pirámides tuviese con el sudor de esclavos fabricadas? Que derramando el Nilo sus corrientes, del limo fecundante enriquecidas, sus comarcas bañase y próvida la tierra se mostrase?

Si el mísero habitante embrutecido por astutos hipócritas, ya sabios, de religiosa máscara encubiertos, yace sumido en fanatismo astroso, y se humilla postrado ante el ídolo torpe encadenado.

Los altos muros de Pelusa vieron las pérsicas falanges extenderse de inmundos animales precedidas; el Egipcio los ve, se hinca a adorarlos, y sus armas entrega, y su cerviz al opresor doblega.

En días de esplendor el Asia tuvo imperios que a la tierra conturbaron, y allí encontró la adulación rastrera en coronados asesinos héroes, y allí tembló el Romano al renombre de un solo soberano.

¿Mas qué fue de la fuerza y poderío que al universo atónito asombraron? Todo entre pompa feneció y deleites, y aún el vigor del alma -allí ora esclavos y molicie contemplo entre las ruinas para grande ejemplo.

La Grecia libre fue de los tiranos el inclemente azote justiciero, y el foco de las luces y la gloria; mas también a su vez la devoraron la monstruosa anarquía y la nefanda inicua tiranía.

Platea, Maratón y Salamina, fueron vanos y estériles trofeos a un ídolo sin culto consagrados por un pueblo ambicioso y corrompido que al oro de un protervo se vendió con baldón y se hizo siervo.

Al ostracismo fulminó la envidia. Y los brazos tremendos que en mil lides las pérsicas falanges deshicieron, sin patria, sin asilo, fugitivos, inermes mancillaron la gloria de la patria que salvaron.

Como huracán violento que repente, se desata furioso en negra noche de la sirte volcánica rugiendo, y por el ancho espacio se dilata, do quier despedazando y estrago y ruinas y terror sembrando;

así el Águila audaz de los Romanos, henchida de ambición y de pujanza, con alas de terror cubre la tierra, desolando, aterrando las naciones, que doblan la rodilla ante el fatal poder que las humilla.

Y altiva sobre ruinas asentando en Asia, África, Europa los cimientos de un imperio que eterno juzgaría, con escarnio y baldón del universo, ve desde el capitolio medio mundo rendido ante su solio.

Pero a la vez los pueblos, fatigados de la inicua opresión e indigno yugo, sacuden la cerviz con fiero brío, y se derroca al suelo que abrumaba el inmenso coloso, con estallido horrendo y espantoso.

Sobre su informe cuerpo los enjambres de bárbaros se ceban, vengativos como plagas de Dios que impele el soplo de la muerte; lo escarnian, lo despojan, y dan para escarmiento hecha cenizas su corona al viento.

Ya víctores no suenan en el foro, ni poderosos reyes, ni caudillos en la sangrienta lid avasallados, o con perfidia negra seducidos, el triunfador bizarro arrastra en pos de su vistoso carro.

Do en otro tiempo el Águila soberbia desplegaba sus alas sobre el mundo, do asentaba sus bases el Olimpo, do triunfó Manlio del impío Galo, ya la tiara se ostenta y al universo oprime y amedrenta.

El fanatismo entonces, cual si averno lo forjara gigante en sus furores, más terrible, más cruel, más sanguinario, que cuanta plaga el mundo en sí encerrara, encendió las naciones que tremolan de Cristo los pendones.

Y su férvida lava derramando, como un Etna, de Europa en las comarcas, en tropel despertaron de los hombres por religioso celo aguijoneadas, las inmundas pasiones, y al crimen arrastraron las naciones.

En Oriente desatan furibundas, su saña, su ambición y fanatismo, las cristianas legiones por enjambres, el blasón de la cruz y omnipotencia aleves proclamando, y el inclemente acero fulminando.

De sangre se atosigan, sobre montes de ruinas y cadáveres caminan. Sembrando, como el Ángel de la muerte, do quier desolación, y recogiendo, para homenaje santo del Dios que vilipendian, sangre y llanto.

Los fieles del Islam vuelan, henchidos de fanático ardor, a poner dique al torrente impetuoso que amenaza asolar de Mahoma el templo augusto; y anhelando venganza provocan al cristiano a la matanza.

Huye por fin el temerario bando, que arrastró el fanatismo a mil maldades, como fatal meteoro de la saña huye del huracán, dejando sólo, en su huella sangrienta, padrones indelebles de su afrenta.

En tremendo luchar, por largos siglos, procuraron su ruina mutuamente fascinados los pueblos, las naciones, y barbarie ominosa, sangre, muerte y despotismo inmundo inundaron los ámbitos del mundo.

Por largos siglos fanatismo y creencia la tierra avasallaron, cual dos furias, y entre fango de males sumergida se encontró la razón, de donde fuera el hombre descarriado en el volver del tiempo arrebatado.

En las fojas fatídicas del tiempo, con sanguinosas letras está escrito, este fallo terrible del destino: «Inacabable mal, mal sempiterno pesará sobre el mundo y la precita raza del profundo».

Sin que pueda valerle la soberbia, ni el doloroso llanto, ni los ayes para acallar su pálida conciencia, al hombre que azorado, del vil lodo la cabeza levanta, y el inapeable abismo ve a su planta.

Notas del autor

XV - Adiós

XV

Adiós

a D...

Ton souvenir sera, dans mon âme attendrie, comme un son triste et doux qu'on écoute longtemps.

No quiere tierna amiga la fortuna enemiga puerto a mi vela dar, y en frágil barca nueva peregrino me lleva por borrascoso mar.

De nuevo separado me voy acongojado lejos de ti a vivir; sin verte, sin hablarte, sin poder consolarte; que es fuerza hoy el partir.

Cuando fatal desdicha el astro de tu dicha en su oriente eclipsó, con la eterna lazada de la amistad sagrada mi alma a la tuya unió.

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