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La guerra al malón

Manuel Prado · 1907 · Free in the US

31,621 words · about 2 h 13 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1907 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=La_guerra_al_malón&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Manuel Prado
Language
Spanish
Published
1907
Length
31,621 words · about 2 h 13 min
Sections
26 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (26)
  1. Al que leyere about 1 min
  2. Capítulo 1 about 1 min
  3. Capítulo 2 about 6 min
  4. Capítulo 3 about 3 min
  5. Capítulo 4 about 6 min
  6. Capítulo 5 about 2 min
  7. Capítulo 6 about 9 min
  8. Capítulo 7 about 11 min
  9. Capítulo 8 about 6 min
  10. Capítulo 9 about 3 min
  11. Capítulo 10 about 4 min
  12. Capítulo 11 about 11 min
  13. Capítulo 12 about 3 min
  14. Capítulo 13 about 6 min
  15. Capítulo 14 about 4 min
  16. Capítulo 15 about 8 min
  17. Capítulo 16 about 8 min
  18. Capítulo 17 about 9 min
  19. Capítulo 18 about 9 min
  20. Capítulo 19 about 3 min
  21. Capítulo 20 about 3 min
  22. Capítulo 21 about 1 min
  23. Capítulo 22 about 6 min
  24. Capítulo 23 about 1 min
  25. Capítulo 24 about 5 min
  26. Capítulo 25 about 2 min

Continue:

Al que leyere

Necesito explicar el origen de este libro —y digo libro porque así se llama toda "reunión de varias hojas de papel cosidas o encuadernadas juntas". Si no lo explicase podría acusárseme de audaz o presuntuoso y bien sabe mi Dios que no cojeo por ese lado.

Roberto Payró tiene la culpa... Payró y Malharro.

Estos amigos me han estimulado; me han mareado, si se quiere, y, en un momento de flaqueza, cedí. Pero téngase en cuenta que este volumen no es más que un índice, un borrador de apuntes que he ido acumulando con la intención, es cierto no realizada, de ordenarlos, pulirlos y dejárselos a mi hijo por si alguna vez se hallaba en el trance aquel del bohemio que, para alimentar la estufa, echó al fuego una tragedia de que era autor.

Y para el caso entiendo que la calidad vale menos que la cantidad. Hecho el barro, no me vuelvo atrás; y si lo que me trae es un manteo, me convenceré, ya casi viejo, de que es siempre verdadero aquello de que consejos no ayudan a vivir.

Capítulo 1

Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877, el tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación del Parque y del mismo lugar en donde ahora se levanta, soberbio e imponente, el teatro Colón.

Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de partida en el centro de la ciudad, si se considera que el desierto empezaba ahí nomás, a cuarenta leguas de la casa de gobierno.

Entonces los indios, señores soberanos de la pampa, se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.

Aquellas épocas —y no pertenecen a la edad de piedra, ni siquiera a la de bronce— han sido ya olvidadas, y con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos blanquean, acaso confundidos con las osamentas del ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los médanos.

Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas y vengamos al Parque.

Mi padre, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en marcha.

Capítulo 2

Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer alto en la estación del Once. Estaba perfecta y absolutamente atolondrado.

Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.

Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:

—¿Como dice que se llama usted?

—Fulano de Tal.

—¿Que edad tiene?

—Catorce años.

—¿Cumplidos?

—No, señor; cumplo en julio.

—¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...

—¿A mí? Nadie.

—¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...

—No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.

—Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.

Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:

—La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...

—¿De que voy? —contesté—. ¡Qué se yo de qué voy!

Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.

El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:

—Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.

¡Ah! —exclamó cuando hube leído—. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?

—Un poco, señor.

—Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?

—Es de día —repuse mirando con asombro al alférez Requejo.

—Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?

—Sostendría que está usted equivocado.

El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:

—Lo pondría de plantón.

—Repetiría que no es de noche.

—Le acomodaría una paliza.

—Pero no sería de noche.

—Una estaqueadura.

—No anochecería por eso.

—¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.

La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.

El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:

—¡Óiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?

—Si, señor —repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"

En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.

Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.

—Vamos amigo —dijo—, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?

Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciendolas "calientes y sabrosas por un peso".

El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.

En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:

—¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.

Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:

—Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha —así lo disponían entonces los reglamentos—, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Íbamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.

Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.

Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.

No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy —cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste— a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajeria, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco.

Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera.

Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.

—Y a todo esto —preguntó el mayoral dirigiéndose al alférez—, ¿son muchos ustedes?

—Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino —contestó sonriendo mi oficial—, y demasiados para las fuerzas de sus matungos... Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas.

—¿Hay muchos pasajeros más?

—Dos solamente —respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

—Entonces, en marcha —repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino.

Capítulo 3

La mensajería —uno de esos viejos armatostes de los cuales apenas queda el recuerdo en nuestra campaña— se hallaba prodigiosamente atalajada en cuanto al número de las bestias que debían arrastrarla: cuatro yeguas en el tronco — dos en la lanza y los laderos— y tres yeguas en las cuartas dirigidas cada una por un postillón.

Íbamos todos armados hasta los dientes; y digo todos armados porque a mí se me entregó una carabina de la policía y ochenta tiros.

El capataz de don Ataliva Roca llevaba un magnífico wínchester, el galleguito fondero un trabuco y los demás —oficial, postillones, mayoral y milicos— carabinas, facones, boleadoras, revólveres y... hasta una lanza, que debíamos entregarle en Junín al teniente Maza, viejo cautivo que revistaba como oficial de baquianos en el célebre y valeroso escuadrón de indios junineros.

A una orden del alférez Requejo —quien por pronta maniobra había dispuesto que se le pusiera al alcance de la mano un frasco de ginebra—, subimos a la mensajería. El mayoral en el pescante, en la berlina el alférez con el capataz de Roca y adentro del vehículo los soldados, el galleguito y yo.

Sintióse un toque prolongado de corneta, dado por el mayoral, y en marcha. Los tiros, estimulados por el látigo y los gritos de los conductores, salieron a toda furia y pocos minutos después corríamos en pleno desierto.

Entonces empezó la charla; el alférez Requejo y el capataz de Roca, se le dormían al chascarrillo y al frasco; nosotros... tiene la palabra el sargento Acevedo. Pero antes de que hable el sargento, permítaseme presentar a él y a su camarada, el cabo Rivas.

Acevedo era un hombre de estatura mediana; pero robusto, eso sí, achinado, de ojos pequeños y penetrantes; bigote ralo y cerdoso; pelo duro y cortado al rape; cincuenta y siete años de edad y cuarenta de servicios.

Estaba en el regimiento desde la época del coronel Granada. Lo destinaron porque un día —era un muchachón encelado y travieso—, alegando en Las Flores con un policiano, éste, al verlo chico, le dio un rebencazo. Entonces él —vean ustedes lo que es la desgracia— sacó el cuchillo para hacer la parada no más, pero el milico se resbaló y quiso su mala suerte que se ensartara. El pobre murió porque descuidaron la curación —no porque el tajo fuese malo—, y a él lo metieron en la cárcel y luego lo echaron a la frontera. La condena fue por tres años: pero cuando la cumplió lo llamó el capitán de su compañía y le dijo: —Vos has cumplido, ¿no? Pero cumplir no es tener la baja. Te conviene tomar enganche, quedarte cuatro años en el cuerpo y salir de cabo. Si no te gusta, peor para vos. El gobierno necesita gente guapa y hacés falta aquí. Ahora elegí. Si te enganchás te asciendo y te entrego la cuota; de lo contrario, si te vas, ni te asciendo, ni tenés cuota, pero puede que ligués una marimba de palos como para vos solo.

Y Acevedo no vaciló. Se enganchó y lo hicieron cabo. Después vino la de Caseros, y —ya se sabe— en tiempo de guerra no hay más baja que para el otro mundo...

Detrás de Caseros vinieron cien mil barullos, y cuando el hombre pudo reclamar su licencia estaba aquerenciado.

El regimiento era su familia, su oficio era pelear; su destino, sufrir. Por otra parte, ¿adonde iba a ir... que más valiese?

En Cepeda —y eso que fue de los primeros en apretarse el gorro— lo hicieron sargento. Vino Pavón, no disparó y no le hicieron nada. De aquí dedujo un principio que suele ser exacto en la mayoría de estos casos: "Si se quiere ascender y ser notable, lo mejor es hacer punta en las derrotas, pero a condición de correr revoleando el sable y gritando de manera que todos lo oigan:"¡No disparen, maulas!, ¡hagan frente!"

Después de Pavón, las guerras del interior, y luego la campaña del Paraguay, la de Entre Ríos... la mar de revueltas y de bochinches.

Ahora era sargento primero en la escolta del coronel, y cuando concluyese la expedición recibiría la baja, para entrar de vigilante en Buenos Aires y obtener su jubilación.

El coronel se lo tenía prometido y no había qué hacer.

El cabo Rivas —también de la escolta— era un hombre joven, simpático, entrerriano, destinado al regimiento como prisionero de guerra en el año 73 y acreditado por las pruebas de arrojo que diera en diversas ocasiones.

Encargado de los caballos del coronel, debía esperar en Junín la vuelta de su jefe para acompañarlo a Trenque Lauquen.

El galleguito, nuestro compañero, era cualquier cosa. lba de fondero como podía ir de sacristán a cualquier iglesia de campaña. Llegó a Chacabuco sin despegar los labios. Jamás volví a saber nada de su persona.

Capítulo 4

—Con su permiso, mi alférez —había dicho el sargento Acevedo apenas dejamos atrás las últimas chacras de Chivilcoy, y, subiendo la ventanilla que separaba la berlina del interior, agregó con voz apenas perceptible, dirigiéndose a nosotros:

—Así podremos humear a nuestro gusto.

Sacó en seguida del bolsillo del pantalón una chuspa de cogote de avestruz, armó un cigarrillo, lo encendió raspando el fósforo en la manga del saco y, cuando hubo saboreado con verdadero deleite las primeras humaredas de su tagarnina, exclamó dirigiéndose al cabo Rivas:

—¿Que le habrá pasado al coronel que demoró el viaje?

—¡Quien sabe! Para mí, por lo que he podido maliciar, el coronel no vuelve más. Creo que tuvo una de a pie con el ministro de Guerra, a causa de lo que pasó con los indios cuando venía para Buenos Aires, entre Salinas y Desobedientes, y que, según parece, ha sido una barbaridad.

—¿Barbaridad?

—Así dicen.

—¿Como?... ¿y que no se acuerda? —interrumpió el sargento.

—¡Que voy a acordarme, sargento!... si yo no estuve... ¿No sabe que me había quedado en Trenque Lauquen para traer los guanacos que el coronel esperaba de la comandancia Mansilla?

—Es cierto. ¿ Pero que nos pueden echar en cara por esa patriada?

—Yo no sé. Supongo no más que algo habrá porque ayer, de mañana cuando le estaba dando mate al coronel, fue a verlo un enviado del ministro, don Octavio Massini, y, queriendo el hombre quedarse a solas, me despacharon. Yo salí, pero como estaba cerca de la puerta oí de pronto que el coronel alzaba el gallo y decía:

—No, señor. Si el ministro quiere que viaje con un regimiento de escolta cada vez que salga del campamento, que nombre otro jefe. Yo no he de hacer papelones andando de un lado para otro con un ejército.

—No se caliente, coronel —le decía el enviado—. El ministro piensa que usted hace mal en no cuidarse y que en nada le ofende aconsejándole que cambie el armamento de su escolta...

—¡No cambio nada! —le gritaba el coronel—. Mi escolta es de lanceros y de lanceros ha de ser, a lo menos mientras yo la mande. ¿Qué se ha creído el doctor Alsina? ¿Que solamente él tiene agallas para pasearse por la frontera con cuatro gatos de escolta?

—¡No, señor!

Y después de un rato largo de parlamento; oí al coronel que decía:

—No, me iré mañana, ya que hoy es imposible hablar con el ministro. Aguardaré a que se mejore, y entonces le diré lo que tengo que decirle. O me conduzco en la frontera con absoluta libertad o renuncio.

—¡Qué va a renunciar! —interrumpió el sargento—: si renuncia, ¿cuando lo van a dejar que se vaya?...

Mire, cabo, si el coronel deja la frontera el primer malón que venga no sujeta la rienda hasta la plaza de la Victoria. ¿No le han contado cómo fue esa patriada que por lo visto, ha hecho enojar al ministro?

—Algo he oído cuando venía con los guanacos; pero... se miente tanto.

—Entonces escuche... y dígame si tiene razón el ministro para enojarse.

"Salimos —prosiguió el sargento Acevedo, después de estimular la memoria con un trago que solo hizo, caso por distracción, extensivo a Rivas— el día de San José, el 19 de marzo, del campamento.

"Eramos, como usted sabe, veinte hombres incluso el coronel, todos lanceros, menos el trompeta Sánchez.

A eso de las diez de la mañana llegamos al fortín Farías. Mudamos caballos y seguimos viaje hasta Salinas, sin encontrar novedad.

"En Salinas el sargento Urquiza le dio cuenta al coronel que las descubiertas no habían hallado rastros de ninguna clase.

"Tomamos unos mates y en marcha. Habríamos galopado tal vez dos leguas cuando de pronto descubrimos, del lado de Gainza, un polvo que se venía sobre nosotros.

—¡Avestruces! —gritó el ñato Galván.

"Pero al repechar los médanos que cruzan el camino del "Guanaco Quemado" observamos que los avestruces se habían vuelto pampas. Estaban casi encima y nos parecieron más de cien.

"Irnos sobre la indiada era locura, toda vez que no la podríamos sorprender... Disparar... eran palabras mayores. No teníamos caballos para ganarle a los indios y además, si no hacía punta el coronel, ¿Quién se animaría a hacerla?

—¡Alto! —mandó el coronel—. ¡A la izquierda en batalla!

"Y quedamos clavados semejando estacones de cerco, dando frente al grupo de pampas, que también se habían parado y tendido en línea, como a diez cuadras de nosotros.

"Entonces el coronel le pidió su lanza al cabo Giles, llamó al trompa Sánchez y solitos se dirigieron sobre los indios, al galope.

"¡La gran perra!... Usted sabe amigo Rivas, que no sufrimos del chucho, y, sin embargo, la carne nos tiritaba como si fuera de gallina.

"Quise escupir... pero ¡de dónde saliva!

"Cuando los indios vieron que solamente tenían que vérselas con un hombre y un chico, se les hizo sustancia y se adelantaron como para tragarlos.

"Encima de ellos el coronel sujetó el caballo, clavó la lanza en el suelo, se requintó el chambergo —¡Pucha si lo estoy viendo!— y gritó:

—¿Quien habla en cristiano?

—Yo —contestó, saliéndose de la fila, un chino grandote, que montaba un overo negro lindísimo.

—Bueno —replicó el coronel—. Decile a esos trompetas que se preparen porque les voy a dar una sableada como no han llevado en su vida.

"El lenguaraz hizo viborear al overo, lo dio vuelta y empezó a soplarles en la lengua lo que había oído

"¡Viera entonces la que se armó!

"Se golpearon en la boca y embistieron al coronel, quien, después de decirle al trompa que disparase, recién dio vuelta el caballo y lo puso al galope. Lo atropellaron como veinte indios; le hicieron unos tiros de bola, que atajo con la lanza, y a menos de dos cuadras de nuestra fila se pararon.

"Para mí tuvieron desconfianza al ver tanto coraje y no se animaron a cargarnos.

"Cuando menos, supusieron que detrás de los médanos había más gente y que la parada nuestra era para cebarlos, haciéndoles pisar el palito.

"Entretanto el coronel llegaba adonde estábamos nosotros. Nos gritó un rato y en seguida, riéndose, dijo:

¿Han visto, muchachos?, apenas alcanzan para el vermouth. ¡ Saquen los sables y a la carga!

"Ya no sé lo que pasó. Recuerdo que tiré la lanza y que pelé el corvo viejo; le cerré las espuelas al matungo y cuando recordé corríamos como huracán detrás de los indios, que disparaban como alma que lleva el diablo.

"De repente oímos tocar atención y trote, y luego alto. El coronel mandó envainar y, sin decir una palabra, se puso al frente de nosotros, al galope, cortando campo con rumbo a Desobedientes.

"Al entrarse el sol estábamos en el fortín, y, mientras cambiábamos caballos, el coronel habló un momento con el sargento, comandante del puesto, escribió un papel que debía llevarse por chasqui a Trenque Lauquen, y en marcha. Al amanecer estábamos en Lavalle, después de haber dormido unas dos horas en Timote.

"Esto es lo que pasó en el camino... ¿Digamos ahora si hay motivo para que el ministro se caliente?

—¿Sabe lo que ha de haber sargento? —dijo Rivas, soltando una infernal bocanada de humo apestoso y tupido—. ¿Sabe lo que ha de haber? —y que me caiga muerto si no adivino—. Es un poco de envidia al coronel.

—¡Claro! Si entran indios ¿quién los pelea al salir con el arreo? ¡El coronel Villegas! ¿Cual es la división mejor montada? ¡La del coronel Villegas! ¿Qué cuerpo es el más guapo y el mejor tenido? El del Coronel Villegas. Y de ahí vienen la inquina, los cuentos, las macanas, las calenturas al cuete, porque no hay gobierno capaz de sacar a este hombre de la frontera. Y si llegan a sacarlo, lo que es yo me doy de baja sobre el pucho, y rumbeo para Entre Ríos... demasiado he servido a nuestra patria.

—Vengan esos cinco, mi cabo —exclamó Acevedo, y apretando en la suya la diestra de su bravo compañero, quedaron —quedamos todos pensativos y mudos.

Capítulo 5

La galera seguía entretanto corriendo a través del desierto solitario e imponente, sin oírse otro rumor que el grito de los postillones animando a las yeguas, o el resuello agitado de estas al galopar desenfrenadas tirando de las cuartas.

De pronto oyóse un silbido prolongado y poco después hacíamos alto en la primera posta.

Abrimos la portezuela y, mientras se cambiaban los tiros, descendimos a desentumir las piernas. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, podría reproducir ahora mismo, sin perder un detalle —de tal manera conservo viva la impresión—, aquella posta famosa. Era un rancho largo, sucio, revocado con estiércol, especie de fonda, prisión, de pulpería y de fuerte. Al lado del rancho un mangrullo que el viento cimbraba como si quisiera arrancarlo del suelo, y más allá un corral de palo a pique donde se apretaban asustadas unas cuantas yeguas y unos pocos caballos.

El todo protegido por un foso enorme, lleno de agua verdosa y nauseabunda, criadero repugnante de sapos y de saguaipés. Eran dueños u ocupantes del rancho un antiguo sargento del 2º de Infantería y su mujer —madre de tres mulatillos desgreñados y harapientos, cuya misión en la vida consistía en vivir, relevándose de vigías sobre el mangrullo—. El ex sargento tenía lo que él llamaba "posada para los viajeros cuando la galera no podía seguir adelante", y despachaba además ginebra, caña, cigarrillos negros y yerba argentina de lo peor que se puede imaginar: Al mismo tiempo; criaba una pequeña majada, cuyos productos le daban para ir tirando hasta que los tiempos cambiasen. El tropillero, un perdulario cualquiera, vivía con el antiguo milico y le servía de ayudante.

El dueño de la posta se acercó al alférez Requejo, apenas hubo echado este pie a tierra, y cuadrándose militarmente, como si aún estuviera en las filas, le dio cuenta de las novedades.

—Dicen, mi alférez, que andan indios por aquí cerca. En la semana pasada entraron algunos grupos hasta cerca del Salto, robaron una punta de animales y desaparecieron. Las fuerzas de Junín los andan campeando; y a juzgar por las quemazones que se han visto estos días, deben haberse inclinado al lado del norte.

—¿De Trenque Lauquen no ha pasado nadie hace poco? —preguntó el alférez Requejo.

—No, señor. En el camino se han de encontrar ustedes con el comisario pagador, que viene de regreso.

Es la única noticia que tenemos.

Apenas habríamos tomado un mate por barba, gentil obsequio de la dueña del pago, cuando el mayoral avisó que estaba pronto para seguir viaje.

A la galera todo el mundo y en marcha— Declinaba la tarde y había que llegar a Chacabuco temprano.

A las ocho de la noche, después de una cruzada penosa, a través de bañados y pantanos, entramos a la anhelada población, yendo a hospedarnos en el mejor hotel de la localidad. Allí encontramos comida abundante, cama limpia y sueño apacible.

Cuando estaba aclarando, el mayoral vino a despertarnos.

Lo mismo que el día anterior, salimos, cambiamos tiro en dos postas del trayecto, y a la oración llegamos a Junín. Aquí empezaba el misterio, y se abría ante mis ojos, inmensa y enigmática, la puerta sombría del desierto.

Dormí tranquilamente; y al amanecer oí los gritos del alférez Requejo, que me llamaba.

Salté de la cama, vestíme apresuradamente y fui en busca de mi superior, que me esperaba en el café del hotel para invitarme con el más sabroso e inolvidable desayuno de toda mi vida.

Capítulo 6

Después del desayuno teníamos que presentarnos a la autoridad superior del punto, la cual nos proporcionaría cabalgaduras para seguir adelante.

El alférez Requejo pidió cuatro caballos para todos y una montura para mí.

—Los caballos —le dijo un sujeto que dragoneaba, en ausencia del titular, de juez de paz o de comandante militar— los tendrá usted en seguida, aunque no hay muy buenos, puesto que la gente que ha salido a campaña se llevó, como era natural, lo mejor. En cuanto a montura —agregó, echándome una mirada entre burlona y compasiva— se me ocurre que este mocito tendrá que jinetear en la carona de sus propios muslos.

—¿Como? —interrumpió el alférez—. ¿Que no hay monturas aquí?

—Ni con que armar una sola para remedio.

—Pero este joven, que va de alta como cadete, no puede marchar en pelo hasta Lavalle...

—¿Y a mí qué? —dijo encogiéndose de hombros el individuo aquél que hacía de autoridad, y que más tarde supe, por experiencia, que hacía también de compra—sueldos.

Y a usted mucho —contestó el alférez—. Dentro de una hora me entrega una montura o lo llevo a usted de bajera, ¿entiende?

Quiso el hombre alegar gastos de viaje y tal vez insolentarse con mi oficial; pero este llamó al sargento Acevedo y le dijo:

—Dentro de una hora saldremos para Lavalle. Y dentro de una hora este individuo le entrega un caballo ensillado o lo agarra usted a el mismo, lo dobla por la cintura y me lo pone de cojinillo en un matungo, apretado como un cinchón.

Y tomándome del brazo se alejó conmigo en dirección al hotel.

Mientras andábamos, el alférez Requejo iba diciéndome :

—Estos tipos son así. Puras dificultades para servir al gobierno, y después todo se vuelven cuentas. Si nos prestan un caballo, la cuenta; si nos dan un vaso de agua, la cuenta por el servicio; si nos contestan un saludo, la cuenta por la atención. Y luego: "Coronel, si V. E. me prestara unos soldaditos para que me cuiden la majada; si me facilitase unos carritos para acarrear un ladrillo; si me facilitase el carpintero del cuerpo, el herrero, el albañil...". Si usted precisa un peso, ahí están para complacerlo, le dan uno por dos, y el uno ha de ser todavía en artículos de sus boliches.

¡Ahijuna! Si yo fuese gobierno ya vería cómo arreglaba a estos patriotas. ¡ Patriotas! Dentro de algunos años, cuando seamos viejos y hayamos dejado en estas pampas la salud, cuando nos manden a la basura por inútiles, iremos todos ladrando de pobres, sin pan para los cachorros, mientras ellos serán ricos y panzones, cebados con sangre de milicos, ueños, sin que les cueste un medio, de todas estas tierras que dejaremos jalonadas con huesos de nuestra propia osamenta. ¡Una gran perra! ¡No poder hacerlos míos por un rato!

—¿Y a quién ha de hacer suyo, mi alférez? —gritó de pronto un gaucho viejo, que tropezó con nosotros al llegar a una esquina.

—¡Amigo Maza! —exclamó Requejo, abrazando al aparecido. Y volviéndose a mí—: El teniente Maza, el primer baquiano de la pampa y el gaucho más corajudo que nació en tierra argentina.

Mientras Maza y Requejo se saludan y se preguntan mil cosas a la vez, yo observo al individuo aquél.

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