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Buenos Aires desde setenta años atrás

José Antonio Wilde · 1908 · Free in the US

70,020 words · about 4 h 54 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1908 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Buenos_Aires_desde_setenta_años_atrás&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
José Antonio Wilde
Language
Spanish
Published
1908
Length
70,020 words · about 4 h 54 min
Sections
48 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (48)
  1. Una palabra de introducción about 2 min
  2. Capítulo I about 8 min
  3. Capítulo II about 8 min
  4. Capítulo III about 6 min
  5. Capítulo IV about 8 min
  6. Capítulo V about 3 min
  7. Capítulo VI about 13 min
  8. Capítulo VII about 15 min
  9. Capítulo VIII about 7 min
  10. Capítulo IX about 6 min
  11. Capítulo X about 13 min
  12. Capítulo XI about 9 min
  13. Capítulo XII about 5 min
  14. Capítulo XIII about 7 min
  15. Capítulo XIV about 4 min
  16. Capítulo XV about 6 min
  17. Capítulo XVI about 7 min
  18. Capítulo XVII about 7 min
  19. Capítulo XVIII about 10 min
  20. Capítulo XIX about 5 min
  21. Capítulo XX about 3 min
  22. Capítulo XXI about 3 min
  23. Capítulo XXII about 5 min
  24. Capítulo XXIII about 2 min
  25. Capítulo XXIV about 8 min
  26. Capítulo XXV about 5 min
  27. Capítulo XXVI about 8 min
  28. Capítulo XXVII about 5 min
  29. Capítulo XXVIII about 8 min
  30. Capítulo XXIX about 5 min
  31. Capítulo XXX about 3 min
  32. Capítulo XXXI about 4 min
  33. Capítulo XXXII about 8 min
  34. Capítulo XXXIII about 9 min
  35. Capítulo XXXIV about 7 min
  36. Capítulo XXXV about 9 min
  37. Capítulo XXXVI about 2 min
  38. Capítulo XXXVII about 7 min
  39. Capítulo XXXVIII about 7 min
  40. Capítulo XXXIX about 2 min
  41. Capítulo XL about 5 min
  42. Capítulo XLI about 5 min
  43. Capítulo XLII about 5 min
  44. Capítulo XLIII about 5 min
  45. Capítulo XLIV about 4 min
  46. Capítulo XLV about 8 min
  47. Capítulo XLVI about 5 min
  48. Epílogo about 2 min

Continue:

Una palabra de introducción

A Colón cupo la gloria de descubrir esta parte del mundo en 1492.

Descubiertas las márgenes del Río de la Plata por Solís, en 1515, las repetidas expediciones enviadas por España, lograron someter los territorios comprendidos entre el Brasil y la Cordillera de los Andes, fundando a fines del siglo XVI dos grandes Gobiernos independientes del Perú, hasta la creación en 1776 del Virreinato del Río de la Plata.

Los Virreyes de España gobernaron por tres siglos, los más vastos y ricos territorios, hasta que, habiéndose declarado independientes las colonias inglesas en 1783, siguieron su ejemplo las de España en 1810, logrando todas su autonomía, excepto las islas de Cuba y Puerto Rico.

Desde esta época, próximamente, pretendemos hacer partir nuestros Recuerdos, por hallarse lo que se refiere a la época anterior, desde la conquista, hábilmente consignado en gran número de obras.

Pudiéramos dividir nuestro trabajo en tres períodos bien marcados:

1.º Desde 1810 hasta la elevación de Rosas al poder,

2.º El de su gobierno,

3.º Desde su caída hasta la fecha;

pero preferimos hacer el bosquejo a grandes rasgos de la fisonomía de la época que recordamos, sin orden escrupuloso de fechas, cosa que nos daría muchísimo trabajo, sin producir gran ventaja para el fin que hemos tenido en vista -salvar del olvido algunos de los hábitos, usos y costumbres de los tiempos ya pasados.

No nos proponemos, pues, trazar en este libro la historia propiamente dicha, ni seguir los pasos de la política en nuestro país. Sólo tocaremos incidentalmente algunos acontecimientos que vienen encadenándose con estas reminiscencias ocupándonos menos de los más recientes, por ser más generalmente conocidos.

Nos concretamos casi exclusivamente a la vida social; punto que no hemos visto tratado por nuestros bibliófilos: a lo que fuimos desde hace setenta años; a lo que fue nuestra ciudad y campaña. Queremos persuadirnos que aquellos que han sido testigos oculares, y muchas veces actores en algunos de los acontecimientos, colaboradores en las innumerables mejoras que se han venido operando, leerán sin desagrado estos renglones que despertarán recuerdos de tiempos que pasaron, hallando, acaso, placer en esta mirada retrospectiva; y que que pertenecen a una época más reciente, comparando la ya pasada con la actual, apreciarán en su verdadero valor (por lo que, hoy ven), el grado de progreso e ilustración a que hemos alcanzado; no olvidando, sin embargo, a aquellos que, con sacrificio de todo género, prepararon el camino que debía conducir a tan prósperos resultados.

Capítulo I

Primeras impresiones - Los españoles - El empedrado - Nuestras calles - Pantanos - Limpieza de las calles - Barrido por los mozos de tienda - Empedrado moderno - Construcciones antiguas - La estufa - Rejas voladas; perjuicios que causaban - Robos con caña - Construcciones modernas

El que después de muchos años de ausencia se encontrase repentinamente en las calles de esta ciudad de la Santísima Trinidad de Buenos Aires, quedaría, sin duda, admirado de los cambios y transformaciones que en ella se habían operado en el transcurso, por ejemplo, de 50 años; aun cuando su admiración se modificase un tanto ante la sencilla reflexión de que el fenómeno que observaba era el efecto natural y lógico de la marcha del tiempo y de los progresos que la civilización paso a paso imprime a los pueblos.

Sin embargo, llevado de su primera impresión, oiría el bullicio en nuestras calles, se asombraría de ver los grupos de vascos, italianos y gallegos que reemplazan en el día a nuestros antiguos negros changadores; observaría el ir y venir de tranways, de carruajes, y se abismaría de los diversos medios de transporte de que hoy disponemos; contemplaría absorto los regios edificios particulares, los suntuosos palacios y la magnificencia y austera belleza del inmenso número de nuestros edificios públicos.

Pero mayor sorpresa experimentaría cuando, llamando en su auxilio sus recuerdos, contemplase tal cual los dejó en aquella ya remota época, en diversos puntos de la hoy vasta ciudad, y cual si protestasen contra la transformación completa que se pretendía operar, por ejemplo, la casa de la Virreina Vieja; en la calle del Perú, hoy convertida en Monte-Pío; el edificio entonces denominado el Consulado (hoy Tribunal de Comercio), en la misma calle; la casa de Del Sar, calle San Martín; la casa calle Belgrano, donde en el día se encuentra la Comisaria General de Guerra, que fue construida en 1778; y tantos otros edificios diseminados por la ciudad, que conservan la fisonomía especial de las construcciones de aquella época, con sus espaciosas piezas, sus grandes patios 1.º, 2.º y 3.º, o huerta; edificadas en terreno de 17 ½ varas de frente y fondo completo (75 varas); y evocando siempre esos mismos recuerdos, se encontrase repentinamente en una calle central, en medio de soberbios edificios, tal vez de tres o cuatro altos, con un antiquísimo cuarto o casucho amenazando ruina y que conoció con el mismo aspecto derruido, allá por los años 15 o 16, o aún antes; y por fin, los mismos altos y bajos en algunas de sus veredas, la misma mezquina y ruin estrechez de sus calles, con que los fundadores de esta magnífica ciudad contribuyeron, sin pensarlo, a su futura insalubridad.

Constituía la ciudad un vasto paralelogramo, dividido en cuadras, cada una de 150 varas.

Nuestras calles permanecieron por muchos años sin empedrado. Para aproximarnos al origen de éste, penetremos por un momento a la época colonial, aun cuando nuestro propósito sea que estos recuerdos daten del año 10 adelante.

Acúsase a los españoles, y creemos que con mucha razón, de haber mantenido por ignorancia o por una economía mal entendida, las calles de un pueblo de tanta importancia comercial, en tan pésimo estado, que algunas eran completamente intransitables, sin embargo de tener tan a mano el mejor material, la piedra, y los medios de conducirla a poca costa. -Cuéntase que se hacía creer al pueblo que el empedrado era obra de romanos.

Citaremos, sin embargo, como excepción honrosa al Virrey don Juan José Vértiz y Salcedo.

Algo más que a mediados del siglo pasado, por los años 1770 y tantos, a consecuencia de una lluvia, que continuó por muchos días, formáronse tan profundos pantanos, que se hizo necesario colocar centinelas en las cuadras de la calle de las Torres, (hoy Rivadavia), en las cercanías de la plaza principal, para evitar que se hundieran y se ahogaran los transeúntes, particularmente los de a caballo.

Tal debió ser todavía el estado de nuestras vías urbanas, cuando por medio del intendente don Francisco de Paula Sanz, se propuso el Virrey «limpiar esta ciudad de las inmundicias e incomodidades en que la había tenido hasta entonces «constituida el abandono y ninguna policía en sus calles, para que se respire un aire más puro y se remuevan de un todo las causas que casi anualmente hacen padecer varias epidemias que destruyen y aniquilan parte de su vecindario.»

Después de haber provisto al mejoramiento de las calles y veredas, quiso también el buen Virrey que los transeúntes que no podían hacerse acompañar con un negro y un farol, o cargar linterna, se librasen de malhechores y de malos pasos, estableciendo lo que se llamaba la iluminación, por medio de velas de sebo.

Dícese también que el Marqués de Loreto, siendo Virrey, cuando se inició el primer pensamiento respecto a empedrado, manifestó, entra otras razones, en contra del proyecto el peligro que corrían los edificios de desplomarse, por cuanto se moverían sus cimientos al pasar vehículos pesados sobre el empedrado y aun daba otra razón, de mucho peso, en su opinión, y era que se tendría que gastar en poner llantas a las carretas y herraduras a los caballos, que valdrían más, decía, que los mismos caballos.

Parece que su sucesor Arredondo no participó de esos temores, y que, auxiliado por una suscripción voluntaria, emprendió con asiduidad los trabajos en 1795. El sucesor de Arredondo continuó la obra. Poco o nada se hizo después hasta la época de Rivadavia, 1822-24; pero los empedrados siempre fueron malos.

Aun en la última fecha citada, antes de ella y por mucho tiempo después, la ciudad (confiados, sin duda, sus habitantes en la buena salud que en ella reinaba), era sucia; en invierno, por el barro, en verano, por el polvo. Sus calles jamás se barrían, salvo el barrido impuesto en cierto radio a los tenderos, que lo efectuaban los sábados, por medio de sus dependientes, y sólo se limpiaban de tiempo en tiempo por los copiosos aguaceros que las convertían en vastos mares, rebalsando las aguas los terceros, derramándose luego por las calles en raudal hacia el río de la Plata, arrastrando la corriente cuanto hallaba en su curso.

En los primeros días de mayo de 1823 se celebró remate por la policía para la limpieza, de las casas y calles, entregándose a don Manuel Irigoyen 80 carros nuevos y 60 mulas. La limpieza de las casas comprendía desde las Monjas Catalinas, por la Fábrica de Armas, plaza Lorea, Concepción y Residencia.

Desde aquella época hasta la fecha, nuestros lectores saben que se han hecho varias tentativas en sentido de mejorar las vías públicas; que se ha ensayado el asfalto, el macadam, el adoquinado, etc., y saben también, muy a su pesar, que el que actualmente existe, destructor de toda clase de vehículos, es el más vergonzoso, visto nuestro adelanto, en todo sentido, y que no se toleraría en parte alguna del mundo, en un país en iguales condiciones.

Volviendo a las calles de aquellos tiempos, ya fuera de la época colonial y hasta hace no muchos años, se veían aún en los puntos más centrales de la ciudad, inmensos pantanos: a veces ocupaban cuadras enteras. Ne era raro, pues, ver a un médico dejar su caballo (entonces no andaban los médicos en carruaje) en una bocacalle y caminar una cuadra o más, hasta la casa de su cliente, por no lanzarse a caballo en ese mar de lodo; y al pedestre obligado a rodear una o más manzanas para llegar a un punto dado, aprovechando el paso que algún vecino caritativo o algún pulpero interesado había improvisado, con el auxilio de unos cuantos ladrillos, pedazos de tabla, etc.

Los pantanos se tapaban, hasta hace muy pocos años, con las basuras que conducían los carros de la policía, que eran pequeños y tirados por una sola mula.

Estos depósitos de inmundicias, estos verdaderos focos de infección, producían, particularmente en verano, un olor insoportable, y atraían millares de moscas que invadían a todas horas las casas inmediatas.

Muchas veces se veían en los pantanos animales muertos, aun en nuestras calles más centrales, aumentando la corrupción. De los pantanos, desgraciadamente no nos vemos libres hasta la fecha; sólo sí, ya no se ven en el centro, pero no faltan, aunque no tan profundos y extensos, en los suburbios.

Las casas, aunque en general sólidamente construidas, estaban muy lejos de ser confortables. Por muchos años se edificó en barro, siendo relativamente moderno el uso de la mezcla de cal; muchos revoques se hacían también con barro. En las paredes sólo se empleaba el blanqueo, tanto al exterior como interiormente; la pintura al óleo y el empapelado casi no se conocían, y menos el cielo-raso; los pisos eran generalmente de ladrillo, denominados de piso.

El uso de la estufa fuese introduciendo muy lentamente, pues parece que se miraba con terror; sin embargo, muchos buscaban refugio contra el frío en el brasero, mil veces más perjudicial que aquélla. Poco a poco se fue comprendiendo que la estufa es un medio excelente para producir una temperatura agradable en nuestras piezas, comúnmente húmedas, sin los incontestables inconvenientes del brasero.

Una cosa que afeaba mucho el exterior de las casas, era las inmensas rejas voladas en las ventanas a la calle. Algunas sobresalían más de una cuarta de vara, lo que, agregado a la extremada estrechez de las veredas, que apenas tenían una vara de ancho, ponían en constante peligro al transeúnte, especialmente en las noches obscuras.

A propósito de estas rejas, un periódico de aquellos tiempos, decía:

«Un artesano honrado que tiene estropeado el brazo, derecho por una de las innumerables rejas de ventana que usurpan el paso en nuestras veredas; y una señorita bonita, que acaba de perder un ojo por la misma causa, van a presentarse, dicen, a la H. Junta para que, a más de obligar a sus dueños a pagar una multa fuerte por cada desgracia que originen, se imponga a cada una de estas ventanas una contribución anual, mientras subsistan en el estado presente.

»Es muy bien pensado; y no dudamos que la señorita, cuyos ojos eran muy capaces de hacerse justicia por sí solos, la conseguirá ciertamente de nuestros representantes.» Esto sucedía allá por el año 22.

Estas rejas de hierro deben chocar al extranjero recién llegado, que las reputará, sin duda, más adecuadas para una Penitenciaría, que para la residencia de hombres libres; no obstante, la construcción elegante de las rejas modernas, de formas y molduras caprichosas, bien pintadas y a nivel con la pared, ofrecen una vista que, hasta cierto punto, embellece los edificios.

Por otra parte, por feas que ellas fuesen, prestaron aquellas rejas, en más de un sentido, buenos servicios; entre otros, el de poder dormir, como era muy común en aquellos años, con las ventanas abiertas en tiempo de verano; si bien es cierto que ni aun con rejas podían los amantes del aire fresco, verse libres de la astucia de los cacos. Entonces no había serenos ni vigilantes apostados en las esquinas, y aunque los robos eran infinitamente menos que en la actualidad, no dejaba de haber algunos.

Uno de los medios de efectuarlo era el siguiente: Armábanse de una larga caña, con un gancho o anzuelo en un extremo, que introducían por la reja, y con la mayor destreza, sustraían las ropas sin ser sentidos. No pocas veces, sin embargo, se han despertado los pacíficos habitantes a tiempo para ver salir balanceándose su reloj con cadena o su pantalón, en la punta de una caña.

Excusamos detenernos a hablar del prodigioso adelanto que se observa, no sólo en la elegancia, sino en el gran número de construcciones modernas; no obstante, nuestras casas, aun en el día, y a pesar del magnífico aspecto de muchas de ellas, fuerza es confesarlo, están, en general, lejos de ofrecer el confort de la gran mayoría de las europeas.

Capítulo II

La ciudad desde la rada. -El bajo. -Desaseo. -El muelle antiguo. -Carretillas. -Los ingenieros Bevans y Cattelin. -Alameda; quiénes concurrían a ella. -Paquetes a Montevideo. -Navegación a vapor. -Visita de sanidad. -Don Pedro Martínez. -Rada natural. -Nuestro río. -Bajantes y avenidas. -El murallón. -Pampero en 1810. -Casi captura del Mercurio. -Pérdida del pontón. -Embarco y desembarco. -Enorme incomodidad. -Empréstito de 1821.

Contemplada en aquellos tiempos la ciudad de Buenos Aires desde la rada, ofrecía al que llegaba a sus playas el aspecto más desconsolador; no se veía, como en el día, acordonada la ciudad de espléndidos edificios altos y bajos; la gran Estación Central de ferrocarriles, edificios públicos, bellos jardines y paseos.

Lo que se dominaba el bajo era un trayecto desaseado, cubierto de cascajo, arena y cuanto dejaba el río en su receso: viéndose, con frecuencia, gran cantidad de pescados que los pescadores abandonaban por inútiles, muchas veces en estado de putrefacción; siendo también el depósito de basuras y caballos muertos, que a la cincha arrastraban de las calles de la ciudad.

Veíase desde el río un cordón de casas de pobre apariencia, bajas, casi todas iguales en su construcción y que daban al pueblo un aspecto lóbrego y poco agradable; monotonía interrumpida sólo por la belleza y arrogancia de las torres de sus iglesias y lo pintoresco de las barrancas del Retiro, la Recoleta, etc.

Aún existen al sud de la antigua Fortaleza, en dirección al Riachuelo, edificios en ruina, casuchos inmundos, que no dicen, ciertamente, con la elegancia de las construcciones de la ciudad.

Próximamente en el sitio en que se ha construido el actual muelle, existió, por mucho tiempo, uno hecho de piedra bruta como de 180 a 200 varas de extensión por 12 o 13 de ancho y de 6 más o menos de elevación; fue hecho en 1805. Es evidente que esta corta proyección era insuficiente o inadecuada para que los botes pudiesen atracar, de donde resultaba la inevitable necesidad de emplear carretillas, únicos vehículos que por entonces había para la conducción de pasajeros.

En octubre de 1822 llegó a Buenos Aires (creemos que llamado, como otros extranjeros, por el señor Rivadavia), el ingeniero hidráulico mister Bevans. En esa época se pensó en la construcción de un muelle, puerto, etc., en cuyos trabajos debía tomar parte monsieur Cattelin, ingeniero militar: pero por falta de recursos, nada se hizo.

La Alameda que ocupaba una parte de lo que hoy se denomina Paseo de Julio, tendría escasamente 200 varas de extensión. Una fila de ombúes, que jamás prosperaron, y unos pocos bancos o asientos de ladrillo completaban el paseo público, al que concurría un limitado número de familias en los días de fiesta. Más constantes eran algunos señores ancianos, como los señores Jaime Llavallol, Domingo Navarro, su inseparable amigo Miguel Villodas, Vicente Casares, Miguel Martínez Nieto y otros que se reunían allí las más de las tardes.

Tal vez no sería muy frecuentado este paseo, debido a que, muy a menudo, ocurrían peleas entre la plebe y los marineros extranjeros, que no faltaban en el bajo y en las pulperías inmediatas al muelle, y entre quienes existía un marcado antagonismo.

El murallón que actualmente existe en el Paseo de Julio, fue construido cuando el río bañaba casi constantemente el local que hoy ocupa este paseo hasta las puertas de la Capitanía, y otro tanto sucedía con la Aduana.

No será de más recordar aquí que el primer ensayo de navegación a vapor que se hizo en el Río de la Plata fue el 13 de noviembre de 1825. El buque se había traído de Europa. Salió de nuestro puerto a las 11 y 20 minutos de la mañana con 40 pasajeros; estuvo en San Isidro 4 horas y fondeó de regreso a las 9 de la noche.

Por aquellos tiempos había 3 paquetes, buquecitos de vela, que hacían la carrera entre Buenos Aires y Montevideo; goletas Pepa, Dolores y Mosca; más tarde la Flor del Río, Ninfa y otros. El pasaje costaba 16 pesos; algunas veces con vientos favorables se hacía el viaje en 14 o 16 horas; pero otras duraba muchos días. Por supuesto que las comodidades y el menú estaban muy lejos de lo que nos proporcionan los vapores que hoy hacen la carrera.

Recién en 1821 puede decirse que se estableció de un modo regular entre nosotros la visita de sanidad a los buques de ultramar. Por muchos años fue médico del puerto el señor don Pedro Martínez, muy generalmente conocido por Don Pedro el Físico.

Este señor era partidario decidido de «Le Roy». Administraba este medicamento y fue, creemos, el primero que estableció un laboratorio donde se expendía con profusión: publicó también una obra en que encomiaba sus virtudes.

Podemos jactarnos de poseer la mejor rada natural del mundo y a la vez debemos confesar ingenuamente que hemos tenido la especial habilidad de conservarla hasta la fecha casi en el mismo estado en que la Providencia nos la concedió.

La ciudad debía extenderse al Este ganando gradualmente sobre el río, y desalojándolo hasta cierto punto.

Los Gobiernos que se han sucedido, o no han podido o no han querido hacerlo, y una mezquindad incomprensible en nuestra proverbial liberalidad, un apego ridículo y altamente perjudicial que se ha tenido siempre a los terrenos de propiedad pública, por improductivos que hayan sido, a más de cierta desidia que nos es peculiar, fueron sin duda la causa de no ceder a empresas particulares, que se ofrecían a construir terraplenes y levantar sobre ellos edificios y especialmente grandes almacenes. Esto por sí solo, habría venido a constituir nuestro puerto, pues que entonces, como sucede en otros países, los buques de alto bordo podrían atracar para cargar y descargar.

Hay, pues, a este respecto, como en otras muchas cosas, la misma falta de iniciativa, la misma falta de protección que existía hace más de 50 años.

Andando el tiempo se ha venido a hacer evidente que nuestro verdadero puerto, el que ofrece abrigo y toda clase de conveniencia es el de la Ensenada, reconocido como tal muchísimos años ha, por inteligentes en la materia y plenamente confirmada esta opinión por Wheelwright poco antes de su muerte. Allí hemos visto entrar con toda comodidad y seguridad una corbeta de 500 toneladas, mientras que aquí se han gastado millones casi inútilmente en canalizaciones, reconocimientos, etc. El problema del Riachuelo, por mucho que se diga, no se ha resuelto todavía, a pesar de haber gastado tres veces más de la suma presupuestada. Parece abrigarse la esperanza de un éxito feliz; sin embargo, la opinión se encuentra muy dividida entre los tres puntos indicados.

Dos causas han obrado muy poderosamente para que la rada natural se perpetuase frente a la ciudad de Buenos Aires. Por una parte, los intereses particulares que, desgraciadamente, encuentran facilidad entre nosotros para sobreponerse a los generales; los trabajos y la influencia de ricos propietarios que se oponían por los perjuicios que sufrirían; y por otra, la manía fatal de la centralización.

Nuestro río está sujeto a variaciones remarcables. Bajantes han habido en que personas a caballo y aun a pie, han penetrado por la arena o playa hasta más de una legua. Otras veces las crecientes han sido alarmantes y aun destructoras.

En julio de 1810 faltó poco para ser capturada por los patriotas la fragata española Mercurio, que bloqueaba nuestro puerto, debido a una bajante. Se inició un pampero tan continuado y violento, que en las primeras 48 horas era un verdadero huracán, aumentando por momentos la fuerza del viento.

La bajante fue tan grande en esta ocasión, que al día siguiente se veían venir caminando por la playa tripulantes de buques que se encontraban en la rada exterior.

Viendo al Mercurio en seco se resolvió atacarlo con infantería y artillería, y sólo fracasó el plan por demoras y recelos por parte de Saavedra, quien con órdenes y contraórdenes perdió la oportunidad. Al tercer día el río, que en esta ocasión se había retirado más de tres leguas, había vuelto a llenar.

En agosto de 1820 acaeció una gran avenida y creciente que trajo a la costa muchísimos buques de cabotaje y aun algunos de alto bordo. El temporal duró tres días, destruyó más de 40 buques mercantes y varios edificios de una de las calles que da frente al río.

En 1828 hubo una bajante que dejó en seco la escuadra brasilera, y que nos costó la célebre fragata en que tantas proezas llevó a cabo nuestro bravo almirante Brown: sólo nos servía en aquella época de pontón; quedó tumbada y en vez de apuntalarla y dejarla en condiciones de poderse poner a flote, se dejó y la creciente, encontrándola de costado, la cubrió de agua y se perdió.

A pesar del vasto movimiento comercial que existía ya en aquella época, y del que tendremos ocasión de ocuparnos más adelante, los medios de embarco y desembarco eran pésimos.

Mucho sentimos tener que decir que, a pesar del gran número de años que han transcurrido, muy poco se ha adelantado en ese sentido, especialmente en cuanto a mercaderías; se han cambiado, es verdad, las carretillas de entonces por carros de cajón, más altos, más anchos y tirados al pecho, pero que no siempre sirven para salvar los efectos de mojadura, y que nos cuestan un buen número anual de caballos que se ahogan en el largo y penoso trayecto que tienen que recorrer; agréguese a esto el tiempo precioso que esta dilatada operación hace perder.

Estas detestables carretillas servían a los pasajeros como único recurso de transporte para ir a bordo o bajar a tierra; el arancel por mucho tiempo fue de 10 centavos por persona, fuese corta o larga la distancia que hubiese que andar, siendo a veces de pocas varas y otras de muchas cuadras para llegar al bote. Este inconveniente se ha salvado con el muelle.

Sin embargo, el embarcar o desembarcar de pasajeros es todavía en el día asunto serio; lo más incómodo y a veces peligroso imaginable, aun efectuándolo (que es lo mejor), por los pequeños vapores para los paquetes que se estacionan más allá de Quilmes, durando el transporte con tiempo favorable, hora y media y aun más.

Personas que han ido a Europa nos aseguran que lo más penoso del viaje es llegar del muelle o aun del riachuelo al vapor. En la Ensenada, conducidos desde la ciudad por el tren, inmediatamente estarían a bordo, o bien con un muelle en Quilmes, como ya lo propuso una empresa particular, sólo habría que andar por el río 3 o 4 millas en vez de 16 o 18 como actualmente sucede, haciéndose el resto del viaje por el tren.

Recordaremos para terminar este capítulo, que ya en aquellos años el ingeniero hidráulico señor Bevans, propuso la realización de una Aduana y muelles. Este gigantesco pensamiento motivó el empréstito de 1821.

Capítulo III

El antiguo Fuerte o Fortaleza. -El foso. -La guarnición. -El primer horno de ladrillo. -Plaza 25 de Mayo. -Ejecuciones. -Primera ejecución por falsificación. -Valdivia. -Recoba vieja. -Casa de Gobierno Nacional. -Antiguo mercado. -Aventuras de un mono. -Fonda de la Catalana. -Hotel de Faunch. -Altos de Escalada. -Congreso Nacional.

Nos hemos ocupado del aspecto que ofrecía la ciudad desde la rada deteniéndonos luego en la ribera y sus inmediaciones; tenga ahora el lector la complacencia de penetrar con nosotros a la ciudad de aquellos tiempos.

En el local en que se encuentra en el día la Casa o Palacio del Gobierno Nacional, se hallaba entonces el antiguo Fuerte o Fortaleza, donde existían también las Oficinas de la Casa de Gobierno. En ella residieron por varios años los gobernadores en tiempo de la Patria, como lo habían hecho anteriormente los Virreyes.

Este edificio siniestro y sombrío, sobre cuyos muros se destacaban varias bocas de cañón, tenía por entrada un enorme portón de hierro con un puente levadizo a través de un ancho foso que circundaba todo el edificio.

En este foso, depósito eterno de inmundicias, se veían jugando a la baraja o tirando la taba, o echados al sol en invierno, algunos soldados de los que formaban la guarnición, bastante mal vestidos, muchas veces descalzos, con el pelo largo y desgreñado. Por añadidura, nunca faltaba un buen número de muchachos holgazanes, de los que en todas épocas abundan y que hacían una rabona muy cómoda en el zanjón.

Nos encontramos, pues, en la plaza del 25 de Mayo, llamada por espacio de algunos años después de 1810, plazoleta de la Fortaleza, completamente destituida de todo adorno, con sólo unos pocos asientos de ladrillo (poyitos) inmediatos al foso, semejantes a los de la Alameda, sin empedrado y sucia como el resto de la ciudad.

En esta plazoleta tenían lugar las ejecuciones de criminales o de los sentenciados por causas políticas; allí, inmediato al foso, se colocaban los banquillos; en algunos casos era suspendido en la horca después de la ejecución el cuerpo del criminal.

Más tarde las ejecuciones se efectuaban en la localidad en que se había cometido el crimen, o en donde la autoridad designase.

La primera ejecución que tuvo lugar en nuestro país por falsificación fue en febrero de 1825 en la plaza del Retiro. El falsificador era el joven Marcelo Valdivia. Ya anteriormente había sido condenado a la misma pena por igual delito, pero se le conmutó, debiendo ponerse en expectación en la plaza, prisión por 8 años y destierro por el resto de su vida. En julio de 1824 ejecutó la primera parte de su condena, sentándolo por 4 horas en la plaza pública, con los billetes que había falsificado, colgados sobre el pecho.

Estando preso emprendió una nueva falsificación, en la que comprendía la orden de su libertad. Pero dejemos tan tristes recuerdos y volvamos a la plaza 25 de Mayo.

En cuanto al frente que separa esta plaza de la de la Victoria, (Recoba vieja), no hay alteración substancial que notar.

En el frente opuesto acabamos de citar el Fuerte, muestra de la época colonial, y que hoy se encuentra convertido parte en Palacio del Gobierno Nacional o Casa Rosada, como suele llamarse, con sus lindos jardines, sus departamentos y sus espaciosas oficinas, y parte en el monumental edificio o Casa de Correos y Telégrafos, de la que nos ocuparemos más adelante.

La plaza hoy adornada con jardines, calles de árboles y ostentando en su centro la magnífica estatua ecuestre del general Belgrano, era allá por el año 1815 mercado. La carne se vendía donde hoy es el Congreso, las perdices y mulitas (de las que entonces se traían muchas), en el costado del foso; la verdura bajo los altos de Escalada. Como no estaba preparada la plaza para este objeto, careciendo de edificios aparentes, compradores y vendedores tenían que refugiarse en tiempo de lluvia bajo la Recoba.

Nos refieren un suceso que no dejó de producir excitación. Sería por el año 16 o 18 que concurría un gran número de negras que se estacionaban reunidas en el mercado, vendiendo esta patas de vaca cocidas, aquella huevos, la de más allá chicha, tortas, etc., siendo negras también las sirvientas que con sus tipas de cuero acudían a mercar.

Sucede que la familia de Morel, que vivía allí inmediato, poseía un enorme mono, y escapándose cierto día atropelló el campamento de las negras esparciendo en él el terror; al fin agarró una de ellas y la tuvo a mal traer, salvando gracias al pronto y eficaz socorro que recibió. Fácil es concebir la batahola que este suceso produjo.

El costado izquierdo, partiendo de la plaza de la Victoria en dirección al río, ha variado considerablemente de aspecto, debido principalmente al gran edificio que constituye el Teatro de Colón, y los almacenes en la parte baja, en los que hoy hay varias agencias marítimas y más adelante mercerías y no pocos cuartos de remate, desde cuyo mostrador el rematador aturde al transeúnte con los golpes de su martillo y sus repetidos alaridos atrapando de vez en cuando algún incauto.

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