Advertencia del editor
Advertencia del traductor
He procurado en esta traducción acomodar lo mejor que me ha sido posible a nuestro lenguaje usual los términos técninos de la ciencia, apartándome alguna vez de las locuciones tomadas del francés, demasiado servilmente, en mi concepto, por nuestros economistas modernos. El lenguaje técnico de la Economía política se ha formado en Inglaterra y en Francia, es cierto, y de esta última le hemos tomado nosotros; pero no me parece esto razón bastante para que al trasladar las voces a nuestra lengua las dejemos en francés teniendo voces castellanas, corrientes y expresivas, con que traducirlas exactamente. Por más admitido que esté decir «la oferta y la demanda» (l'offre et la demande), creo muy preferible decir, como digo yo, «la oferta y el pedido», Porque demanda en castellano no significa lo que aquí se quiere expresar. Ninguno de nuestros comerciantes ha dicho jamás: «Voy a hacer una demanda de lienzos a la Coruña, de harinas a Santander», etc., sino: «Voy a hacer un pedido de lienzos», etc. Hacer un pedido es locución corriente; la voz demanda no es aplicable a esa idea en ninguna de sus numerosas acepciones. Lo mismo diré de la excesiva extensión que se ha dado a la voz salario (salaire), porque en francés la tiene efectivamente: entre nosotros, en el lenguaje usual, sólo reciben salario los criados de servicio; para los demás estados y profesiones tenemos distintos términos, y sobre todo el genérico y muy significativo de retribución, propuesto por M. Rossi. Llamar concurrencia en comercio y en industria a lo que los franceses llaman concurrence, en la acepción de pugna entre dos o más productores, es olvidarse de que tenemos el hermoso y expresivo vocablo de competencia, que es el competition de los ingleses.
Basta con lo dicho: el lector advertirá en esta obrita algunas otras ligeras innovaciones que me he atrevido a adaptar en nuestro naciente lenguaje económico. La claridad en los términos es el primer elemento de la claridad en las ideas, y una condición esencial para que éstas lleguen a popularizarse.
Prefacio de la primera edición
De quince a veinte años hace que se han dado a luz los tratados de Economía política más justamente apreciados que poseemos, desde entonces, aunque las preocupaciones de la escuela proteccionista y las vagas esperanzas del socialismo han adquirido más dominio sobre las cabezas que los sólidos argumentos de la ciencia, como se han publicado trabajos de un mérito eminente , como se han sucedido acontecimientos políticos e industriales totalmente imprevistos, se han ventilado numerosas cuestiones, se han efectuado nuevos fenómenos económicos y se han hecho grandes experimentos, hanse podido verificar en mayor escala las leyes inmutables de la producción y del consumo de las riquezas. Tal vez después de haber rendido tanto culto a los añejos errores de la balanza del comercio; después de haber desconocido tanto el principio de población, y de haber contado tanto con las virtudes de no sé cuántas panaceas diferentes, se experimentará, en fin, la necesidad de hacer estudiar a la juventud los principios de una ciencia que utiliza los trechos de la ESTADÍSTICA, se aprovecha de las observaciones de la HISTORIA y de la GEOGRAFÍA, guía más que otra alguna a la ADMINISTRACIÓN de los Estados, indica las verdaderas teorías del COMERCIO y de la INDUSTRIA de la naciones, de una ciencia indispensable a la edad madura, encargada de pedir o de hacer leyes sobre los intereses públicos y privados, y cuya primera obligación debería ser no desconocer las de la naturaleza y la razón.
Estudiando la Economía política, y más adelante, profesándola, me ha parecido que algunos de los autores que se han propuesto vulgarizar los elementos o los principios de esta ciencia se han dejado llevar más de lo justo del deseo de publicar, con harto exclusivismo, los elementos y los principios de su economía política. Yo he procurado evitar este grave inconveniente y no ofrecer a mis lectores más que la exposición y la demostración de las doctrinas más generalmente admitidas, he querido escribir, si me es lícito explicarme así, la gramática de la ciencia, apoyándome en la opinión de los mejores autores, a quienes he hallado concordes más frecuentemente de lo que creen los que los critican sin haberlos leído.
He puesto todo mi conato en que este Compendio se distinga de los demás por definiciones escogidas, por el buen orden en las materias, por el enlace de las proposiciones aceptadas y de los problemas no resueltos, por la claridad y exactitud de las demostraciones y la sobriedad en los hechos y en las cifras; en fin, me he esforzado por conservarme en la ortodoxia científica. Sin embargo, el tratadito elemental, que presento al público tiene únicamente por objeto enseñar a los jóvenes a leer los libros de los maestros y a escuchar con aprovechamiento sus lecciones. No tiene más pretensión que la que indica su título; está destinado a servir de primera lectura a los que han oído hablar de la ciencia en bien o en mal, y quieren formarse una idea clara de las cuestiones que forman parte de su patrimonio, a fin de leer luego con fruto las obras para cuya inteligencia se necesita tener una preparación, sin la cual es muy expuesto dejarse extraviar.
Como he procurado más bien esclarecer que innovar, unas veces he tomado en mis modelos frases textuales, y otras he analizado, comparado o concertado numerosos pasajes de escritos diversos para adaptarlos a las proporciones de mi obra.
Algunos capítulos están tomados de un solo autor, en otros he combinado dos o más autoridades; en todos he introducido el método, la forma y los complementos que me han parecido convenientes para un tratado elemental, y de los que, por consiguiente, soy único responsable.
Los escritos que principalmente me han servido de norma son las de QUESNAY, TURGOT, ADAM SMITH, MALTHUS, RICARDO, J. B. SAY y M. ROSSI. También advertirá el lector en mi obra señales del uso que alguna vez he hecho, además, de los libros publicados por otros economistas franceses y extranjeros.
Capítulo I - I
Parte primera : Producción de la riqueza.
Sección I : Nociones elementales y análisis de la producción.
Capítulo I : Nociones preliminares.
I. Definición de la Economía política y de la riqueza.
II. Nociones elementales sobre la utilidad y el valor.
III. Nociones elementales sobre los cambios y la moneda.
§. I. Definición de la Economía política y de la riqueza.
1. LA ECONOMÍA SOCIAL O CIENCIA SOCIAL considera las leyes que presiden al desarrollo de las sociedades humanas e investiga los medios de hacer a éstas felices y poderosas; comprendo sobre todo, entre otras ciencias morales y políticas, la ECONOMÍA POLÍTICA o simplemente la ECONOMÍA, es decir, la ciencia de la riqueza, cuyo objeto es determinar de qué modo se produce y debe producirse la riqueza, y cómo se reparte y consume en el interés de la sociedad entera.
2. Que entiendo por riqueza, riquezas o bienes, todo lo que sirve para satisfacer nuestras necesidades y nuestros placeres materiales o morales.
Hay dos clases de riquezas: las riquezas naturales y las riquezas artificiales o sociales. (J. B. Say.)
3. La naturaleza da gratuitamente y con profusión las riquezas naturales: el aire, la luz, el agua, la fuerza expansiva del vapor, etc.
4. Las riquezas artificiales o sociales son el fruto de una reunión de medios que no son gratuitos, y se obtienen con trabajos, economías y sacrificios; tales son, por ejemplo, los alimentos, los vestidos, las casas, etc. Para disfrutar de estas cosas, necesitamos haberlas creado u obtenido cambiándolas por otros bienes.
Aunque la riqueza producida no debe ocupar exclusivamente la atención del economista, constituye, no obstante, el objeto principal de la ciencia.
5. El goce y la posesión exclusivos de estas riquezas artificiales o producidas constituyen el derecho de propiedad reconocido y garantido por la sociedad.
Las tierras cultivables, que son riquezas naturales, se comprenden en las riquezas sociales, porque ciertos hombres se las han apropiado con exclusión de todos los demás; lo mismo sucede con un manantial, un salto o una corriente de agua, que pueden servir para algo. Parece, a primera vista, que el derecho del propietario es una injusticia; pero la experiencia de los pueblos demuestra que un terreno, por ejemplo, convertido en propiedad, suministra, aun a los mismos a quienes no pertenece, más medios de subsistencia que los que proporcionaría si careciese de dueño, o a lo menos de poseedor.
Capítulo I - II
Capítulo I : Nociones preliminares.
I. Definición de la Economía política y de la riqueza.
II. Nociones elementales sobre la utilidad y el valor.
III. Nociones elementales sobre los cambios y la moneda.
§. II. Nociones elementales de la utilidad y del valor.
6. Las riquezas se aprecian, se miden, por medio de su valor.
7. Lo que constituye ante todo el valor de las cosas es su utilidad; y las cosas son útiles cuando sirven para satisfacer nuestras necesidades o nuestros placeres.
8. La utilidad, fuente primera del valor, puede ser directa e indirecta. Es directa cuando estriba en la posibilidad de una aplicación inmediata de las cosas a la satisfacción de nuestras necesidades; tal es el valor de un pan para el hombre que tiene necesidad de comer. La utilidad es indirecta en las cosas que no son más que un medio de proporcionarnos lo que sirve para satisfacer necesidades que ellas por sí mismas no pueden satisfacer. Un hombre posee dos pedazos de pan; con el uno sacia su hambre, y ésta es la utilidad directa; con el otro adquiere en cambio un líquido para apagar su sed, y ésta es la utilidad indirecta.
9. Adam Smith ha denominado valor en uso o valor usual al que procede de la utilidad directa, al que satisface inmediatamente nuestras necesidades; y valor en cambio al que procede de la segunda, o sea al que nos proporciona, por medio del trueque, las cosas que satisfacen inmediatamente nuestras necesidades.
10. El valor no es, pues, más que la expresión de una relación entre nuestras necesidades y las cosas que constituyen la riqueza; así, valor y riqueza, sin ser sinónimos, son dos expresiones necesariamente correlativas.
11. En todas las riquezas naturales o productos que satisfacen nuestras necesidades, M. Rossi distingue: 1.º, las cosas que no tienen más que el valor en uso: el aire, por ejemplo, es útil, pero no se vende; 2.º, las cosas que tienen el valor en uso y el valor en cambio, como la mayor parte de los productos; 3.º, las que, después de haber estado dotadas de valor en uso y de valor en cambio, pierden de nuevo la calidad de cosas cambiables para conservar exclusivamente su valor en uso; tales son, en general, los objetos de nuestro consumo.
12. Una circunstancia que da más valor en cambio a una cosa que lo tiene también en uso, es la de producirse de un modo limitado, o lo que es lo mismo, la de no estar a disposición de todo el mundo. El aire es útil, pero no tiene valor en cambio o cambiable, porque cada cual lo respira en general según sus necesidades. El agua del Sena, en París, está también a la disposición de todo el mundo; pero como es preciso ir a buscarla, y hacer para esto un sacrificio o tomarse un trabajo, la mayor parte de los vecinos consienten en pagarla: el agua tiene, pues, en París, un valor en cambio. Tenía un valor natural, como el aire; el aguador le ha dado una utilidad, o más bien, un valor nuevo, el valor en cambio. Por esto J. B. Say reconoce dos utilidades, la utilidad natural y la utilidad dada.
13. De lo dicho se deduce que el valor tiene dos orígenes: 1.º, la utilidad de las cosas; 2.º, la dificultad mayor o menor de obtenerlas; y podemos decir con Genovesi: «Las únicas cosas que no tienen valor son aquéllas que no satisfacen nuestras necesidades, o las que, aunque las satisfagan, abundan tanto que nadie absolutamente carece de ellas.»
Capítulo I - III
Capítulo I : Nociones preliminares.
I. Definición de la Economía política y de la riqueza.
II. Nociones elementales sobre la utilidad y el valor.
III. Nociones elementales sobre los cambios y la moneda.
§. III. Nociones elementales de los cambios y la moneda.
III. En una sociedad industrialmente constituida, como la que existe en todos los países que están más o menos civilizados, nadie crea todos los productos de que tiene necesidad; de aquí la precisión de comerciar o de cambiar lo que cada cual produce en un solo género o en algunos, después de satisfechas sus propias necesidades, por todos los demás objetos necesarios.
Pero este cambio directo es casi siempre imposible; un librero, por ejemplo, que no tiene más que libros, no puede pagar a su panadero, a su zapatero, etc., con libros. Por fortuna, hay en la sociedad actual una mercancía excepcional, privilegiada, llamada la moneda, que los compradores de libros dan al librero, y que éste a su vez da a los que le venden a él los géneros que necesita.
15. De la naturaleza de esta mercancía intermedia, que todo el mundo acepta por los motivos que más adelante expondremos, resulta que no vendemos más que para comprar. Cuando vendemos, es decir, cuando cambiamos un objeto por una cantidad de numerario, es para comprar con él alguna otra cosa; si trasmitirnos aquella suma a otra persona, esa persona la empleará en una compra cualquiera; si la fundimos, podemos decir que hemos comprado una barra de metal, etc. Una venta, no es, pues, más que la mitad de un cambio, lo mismo que una compra: de modo que para que exista realmente un cambio es preciso vender y comprar.
16. Lo que importa a nuestros intereses es el valor de un producto representado en otros productos, y no solamente la relación que éstos pueden tener con el dinero. Veremos, en efecto, y a mayor abundamiento es fácil comprender que, si el dinero abunda, está barato, y el labrador recibe mayor cantidad de él en cambio de su trigo; pero también al mismo tiempo tiene que dar mayor cantidad de dinero en pago de los géneros que compra para su consumo; al paso que si el trigo llega a valer más o menos relativamente a los otros productos, el labrador con su trigo obtiene mayor o menor cantidad de éstos.
Lo que interesa, pues, al labrador es el valor del trigo y no el del dinero. Si la América no hubiese contenido numerosas minas de plata y oro, estos dos metales serían mucho más raros, pero las riquezas del mundo serían las mismas. Si, por ejemplo, hubiese la mitad menos de numerario, el labrador no sacaría de la venta de su trigo más que la mitad menos de metálico; todos los demás productos valdrían igualmente una mitad menos de lo que valen ahora. Los valores, en general, serían los mismos, aunque representados por menos números; el caudal de un hombre que tiene un millar de pesos de renta, no es menor que el de otro que tiene de renta veinte mil reales.
17. Muchas veces se han desconocido en el mundo estos principios tan obvios y tan sencillos. Mucha sangre se ha derramado por acumular en un país, con preferencia a otro, los metales preciosos; y sin embargo, ¿qué se ha conseguido, aglomerándolos, más que engrosar las cifras de todos los inventarios? Lo repetimos, el oro, la plata y las monedas no se codician por sí mismos, sino en proporción de lo que con ellos se puede comprar.
18. Si las riquezas se evalúan siempre en dinero y no en otros valores, es porque las monedas disfrutan, como instrumentos intermedios en los cambios, de ciertas propiedades que las hacen más cómodas al efecto que cualquiera otra mercancía.
La moneda no es más que un denominador común de muchos valores. Supongamos que poseemos una casa, dos caballos y un rollo de veinte y cinco monedas de oro; seguramente que nos formaríamos una idea muy confusa del valor de estos objetos si los evaluamos en consideración a las muchas cosas que podríamos obtener en cambio de ellos; pero convirtiendo su valor en una misma mercancía, convirtiéndolo al mismo denominador, es decir, a moneda, y diciendo que una casa vale dos mil pesos, los dos caballos mil, y las veinte y cinco monedas de oro, ciento: total, tres mil cien pesos; nos formamos una idea la más clara posible el valor absoluto de todos aquellos objetos y de su valor relativo.
19. Obsérvese también que lo que constituye la riqueza es absolutamente independiente de la naturaleza de la mercancía que sirve para evaluarla: en otros términos, un valor es una riqueza, no porque puede proporcionar dinero a su adquiridor, sino todo lo que se puede comprar con dinero. Lo que motiva que las cosas sean riquezas es la facultad que nos dan de comprar algo con ellas, y esta facultad es lo que se llama valor.
20. Bastan por ahora estas consideraciones; más adelante examinaremos a fondo la naturaleza íntima de la moneda, que es una de las cuestiones más importantes de la Economía política. (Véase el cap. IX.)
Capítulo II - I
Capítulo II : Del valor.
I. Propiedades del valor.
II. De la medida del valor.
III. Del valor de las cosas en moneda y del precio corriente. -Cómo se regula el precio por la oferta y el pedido. -Cómo se regula el precio por los gastos de producción.
IV. Del precio original.
§. I. Propiedades del valor.
21. Aunque algo árida, la noción del valor debe estudiarse antes de pasar adelante, pues es la noción fundamental de la Economía política. Después de haber manifestado las propiedades del valor diremos de qué manera, a falta de una medida absoluta de él, se llega no obstante a determinarle con la mayor aproximación posible.
22. Todos los valores iguales son igualmente preciosos, y se engañaría mucho quien creyese que el valor que reside en el oro o la plata de las minas es un valor más precioso que el que reside en cualquier otro objeto; uno y otro no equivalen más que a lo que con ellos se puede comprar. En efecto: si ocho pesos en plata o en oro valiesen más que ocho pesos en mercancías, ¿se hallarían por ventura compradores que quisiesen dar ocho pesos en metal para obtener ocho pesos en mercancías? La reflexión destruye, por consiguiente, la preocupación de los que se imaginan que un valor en metales es superior a otro valor, siempre que este valor esté bien reconocido y sea fácilmente cambiable, principio que aparecerá fuera de toda duda cuando lleguemos a hablar de las monedas.
23. El siguiente cálculo, al paso que nos hace comprender la importancia de los valores creados por una sola profesión, comparativamente a la de los valores creados por las minas de América, puede completar las ideas qua acabamos de emitir. De este modo aprecia J. B. Say los valores creados por los zapateros en Francia. Sobre 32 millones de hombres (en el día son más de 34) sólo las tres cuartas partes, o sean 24 millones, usan zapatos y consumen cuatro pares al año; este cálculo da 96 millones de pares de zapatos, que con las exportaciones, las botas y otros calzados de todas clases pueden sin temor elevarse a 100 millones. El zapatero aumenta el valor del cuero que emplea, lo menos en 3 francos (sobre 12 rs.), pues un jornalero necesita dos días para hacer un par, y el más modesto jornalero gana por lo menos un franco 50 céntimos (sobre 6 rs.) al día; resultado: 100 millones de pares a 3 francos, valen 300 millones de francos solamente por el trabajo de los zapateros, sin contar los valores producidos por los curtidores, los fabricantes de telas, cintas, etc., que han suministrado las materias primeras. Ahora bien: sabemos por el barón de Humboldt, el autor mejor informado hasta ahora, que las minas todas del Perú, del Brasil y de México no producen arriba de 234 millones de francos (936 millones de rs., a peseta por franco); de modo que los zapateros de Francia producen ellos solos más valores que las minas del Perú.
24.Pero para que un valor sea una riqueza es preciso que sea un valor reconocido, no solamente por el posesor, sino por cualquier otro individuo. Si por adquirir una casa nadie ofrece arriba de 6,000 piezas de a un peso, es prueba de que no vale realmente más que 6,000 pesos, sea cual fuere el valor que yo quiera darle. No es inútil insistir sobre unas observaciones tan triviales; por no comprender las verdades más sencillas dejamos casi siempre de entendernos, dice J. B. Say.
25. Las necesidades cambian con las costumbres y los usos de las naciones, y también con la edad y los gustos y las pasiones de los individuos. La razón puede reprobarlas, debe contenerlas en justos límites; pero es preciso tomarlas en cuenta en los cálculos económicos, tan luego como los hombres se manifiestan dispuestos a hacer sacrificios por satisfacerlas. A los ojos del moralista, una flor artificial, una sortija, pueden pasar por objetos inútiles; pero a los ojos del economista tienen valor desde el momento en que los hombres sacan de su posesión bastantes goces para dar por ellos un precio cualquiera. La satisfacción de la vanidad, dice J. B. Say, es a veces para el hombre una necesidad tan imperiosa como el hambre.
26. La principal propiedad del valor es ser esencialmente variable. En efecto, la fuente del valor es la utilidad; la utilidad se deriva de nuestras necesidades y de los medios de satisfacerlas; estos medios y aquellas necesidades varían hasta lo infinito, de donde forzosamente se deduce que la relación que hemos denominado valor debe también ser variable hasta lo infinito. El valor es sin duda una cantidad positiva, fija, determinada; pero no lo es más que por un momento dado, y es propio, de su naturaleza ser perpetuamente variable, cambiar notablemente de un lugar a otro, de una época a otra.
27. Esta variabilidad complica las cuestiones de la Economía política, y es causa de que muchas veces sean los fenómenos dificilísimos de observar, y sea igualmente dificilísimo resolver los problemas.
Capítulo II - II
Capítulo II : Del valor.
I. Propiedades del valor.
II. De la medida del valor.
III. Del valor de las cosas en moneda y del precio corriente. -Cómo se regula el precio por la oferta y el pedido. -Cómo se regula el precio por los gastos de producción.
IV. Del precio original.
§. II. De la medida del valor.
28. Como las cantidades no pueden medirse más que con otra cantidad, tomada arbitrariamente para servir de término de comparación, es claro que los valores no pueden medirse sino con un valor esencialmente variable, y por consiguiente, que no existe marco, medida del valor; y en fin, que no puede apreciarse la grandeza absoluta del valor de las cosas, sino solamente su grandeza relativa y comparativa. Cuando decimos que una casa vale 10,000 pesos, lo único que aseguramos es que el valor de aquella casa es igual al de una suma de 10,000 pesos; pero el valor de esta suma no es un valor existente por sí mismo, prescindiendo de toda comparación, y no podemos formarnos una idea de él, sino comparándole con todas las cosas que pueden obtenerse en cambio; con el de la casa, por ejemplo.
29. Y ésta es una nueva dificultad para la Economía política; pero no es esta ciencia la única en que hay puntos que es imposible resolver; acaso las propiedades del valor no son más fugitivas que las de la electricidad. ¿Tenemos, por ventura, para apreciar el calórico una medida absoluta? No; el termómetro no señala la cantidad absoluta de calor, sino solamente relaciones o resultados de comparación.
30. Puesto que toda riqueza es variable y relativa según los lugares y los tiempos, no pueden compararse dos porciones de riqueza sino cuando ambas se hallan en el mismo lugar y en el mismo tiempo. Salvo un caso de excepción, 1,000 pesos de este año valen más o menos que 1,000 pesos del año pasado; 1,000 pesos en Madrid no son lo mismo que 1,000 pesos en París o en Londres. Cambiando de país, el clima, las contribuciones, las costumbres, etc., influyen sobre el valor de las cosas; es, pues, de toda imposibilidad comparar exactamente las riquezas de dos naciones, porque si existen en la misma época, no pueden existir en el mismo lugar; por consiguiente, cuando se evalúan los capitales y las rentas de Inglaterra y de Francia, por ejemplo, en kilogramos de oro para comprarlos, se comparan dos cosas que tienen un nombre común y las mismas propiedades físicas, pero que no tienen en igual grado el mismo valor, es decir, la única calidad que las hace ser riquezas cambiables. Así, empeñarse en comparar las riquezas de dos épocas o de dos países diferentes más que de un modo aproximativo es empeñarse en hacer una cosa imposible.
31. Varios economistas han procurado de terminar la ley general que regula la variación del valor en cambio. Unos han creído hallarla en la fórmula de la oferta y el pedido; otros en la de los gastos de producción. Más adelante explicaremos estos dos teoremas, después de haber estudiado la naturaleza del precio corriente, esto es, del precio de las cosas en moneda.
32. De lo que dejamos dicho sobre la naturaleza íntima del valor resulta que la investigación de un marco o medida fija del valor debe ser cosa muy difícil por lo menos; y en efecto, los esfuerzos hechos hasta ahora han demostrado la imposibilidad de llegar a un resultado satisfactorio, pudiendo decirse, con J. B. Say, que ésta es la cuadratura del círculo de la Economía política. No entraremos aquí en la demostración completa de este aserto, demasiado larga y abstracta para hallar cabida en estos Elementos, y nos limitaremos a asegurar sobre la fe de los maestros de la ciencia:
33. 1.º Que no hay medida segura e inmutable del valor.
2.º Que la moneda no ofrece una medida segura, un marco del valor.
3.º Que lo mismo puede decirse del trigo y del trabajo humano.
M. Rossi ha demostrado con singular talento estas tres proposiciones , a las que también J. B. Say ha consagrado tres capítulos excelentes . Nosotros no volveremos a ocuparnos más que en la segunda proposición al hablar de las monedas. (Véase el cap. IX.)
Capítulo II - III
Capítulo II : Del valor.
I. Propiedades del valor.
II. De la medida del valor.
III. Del valor de las cosas en moneda y del precio corriente. -Cómo se regula el precio por la oferta y el pedido. -Cómo se regula el precio por los gastos de producción.
IV. Del precio original.
§. III. Del valor de las cosas en moneda o del precio corriente. -Cómo se regula ese precio por la oferta y el pedido. -Cómo se regula por los gastos de producción.
34. Desde ahora admitimos que el dinero no puede, como tampoco ningún otro producto, servir de marco, de medida del valor; pero que las propiedades de que gozan los metales preciosos son causa de que en los negocios casi siempre se convierte el valor de los productos más o menos aproximativamente en el de un número dado de piezas de oro o de plata, o bien en el de signos de cobre o de papel, que representan una determinada cantidad de aquellas piezas . Esto supuesto, diremos que el valor de una cosa en dinero es lo que se llama su precio corriente, que también puede definirse así: la cantidad de moneda por la cual se puede corrientemente comprar o vender un producto.
35. En la práctica, el precio corriente oscila siempre hasta el momento en que se ponen de acuerdo el comprador y el vendedor, por la razón de que el primero ofrece siempre un poco menos, y el segundo pide siempre un poco más del precio que al fin ambos acaban por aceptar.
36. Hemos visto que no basta que una cosa sea útil para que tenga valor, y que, si esa cosa útil está al alcance de todo el mundo, nadie quiere dar nada por ella. Por otra parte, se observa que si las cosas raras son, en general, las más buscadas, es preciso, sin embargo, que satisfagan necesidades más o menos razonables, más o menos imperiosas, pues de otra suerte nadie quiere lo que para nada sirve.
Siendo así que el valor en cambio reconoce dos orígenes: 1.º, la propiedad que tienen las cosas de satisfacer nuestros deseos y nuestras necesidades, o de ser útiles; y 2.º, sus desproporciones con estas mismas necesidades; y supuesto que este valor es por su naturaleza variable Y móvil, tiempo es ya de que indiquemos las leyes de estas variaciones.
Dos han discurrido los economistas: la ley de la oferta y del pedido, y la de los gastos de producción.
37. El precio de las cosas se regula por la oferta y el pedido.
De que la misma suma de dinero, 20 pesos, por ejemplo, puede comprar cantidades desiguales de dos mercancías, verbi gracia, un kilogramo de azafrán y 500 kilogramos de trigo, es decir, 500 veces más de una que de otra, 500 veces más trigo que azafrán, se ha sacado por consecuencia:
Que una cosa es tanto más cara cuanto se ofrece menos, y tanto más barata cuanto se ofrece más.
O recíprocamente, que una cosa es tanto más cara cuanto más se pide, o tanto más barata cuanto se pide menos.
38. O en otros términos, que el valor de una cosa está en razón DIRECTA del PEDIDO que de ella se hace, y en razón INVERSA de la OFERTA que se hace de ella.
Réstanos explicar las palabras oferta y pedido. La oferta no es solamente lo que hay en el mercado, sino también todo lo que la producción puede llevar a él fácilmente. Hay un millón de medias almacenado; pero dentro de pocos días las fábricas pueden producir otro millón; ésta es la oferta. Del mismo modo el pedido no es todo lo que puede desearse, sino todo lo que razonablemente puede desearse y comprarse. Yo, posesor de un mediano caudal, pido una magnífica alfombra de Persia; si la alfombra vale algunas decenas de pesos, mi pedido es real y positivo; si vale millares de pesos, mi pedido no figura en el mercado; soy un loco, que deseo lo que no puedo comprar ni por soñación, a menos, sin embargo, de que la energía de esa necesidad me domine totalmente, de suerte que el pedido lleve en sí la idea de la necesidad modificada según las circunstancias.
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