Read here

Del amor, del dolor y del vicio

Enrique Gómez Carrillo · 1898 · Free in the US

31,685 words · about 2 h 13 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

Free in the US: this text is in the public domain in the United States; it may still be in copyright elsewhere.

Licence: PD-US · Published in 1898 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=Del_amor,_del_dolor_y_del_vicio&action=history). · Wikisource contributors

Text from Wikisource and set out for reading on screen; no words of the book are rewritten or summarized. How RedLectern is built

About this book

Author
Enrique Gómez Carrillo
Language
Spanish
Published
1898
Length
31,685 words · about 2 h 13 min
Sections
31 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (31)
  1. Front matter under 1 min
  2. Dedicatoria about 2 min
  3. I about 4 min
  4. II about 4 min
  5. III about 4 min
  6. IV about 5 min
  7. V about 7 min
  8. VI about 6 min
  9. VII about 5 min
  10. VIII about 5 min
  11. IX about 5 min
  12. X about 4 min
  13. XI about 6 min
  14. XII about 5 min
  15. XIII about 4 min
  16. XIV about 5 min
  17. XV about 4 min
  18. XVI about 6 min
  19. XVII about 4 min
  20. XVIII about 5 min
  21. XIX about 5 min
  22. XX about 6 min
  23. XXI about 5 min
  24. XXII about 6 min
  25. XXIII about 3 min
  26. XXIV about 5 min
  27. XXV about 5 min
  28. XXVI about 2 min
  29. XXVII about 4 min
  30. XXVIII about 2 min
  31. XXIX about 1 min

Continue:

Front matter

DEL AMOR,

DEL DOLOR

Y DEL VICIO

Dedicatoria

Dedicatoria á Luis Bonafoux.

Mi muy querido amigo: Aquí tiene Ud., al fin, esa novela mía de la cual tanto hemos hablado durante estos últimos dos meses.

Es una novela muy corta y que parecerá muy inmoral al público. Pero ¿que es lo que el público llama inmoralidad? ¿La descripción de un acto criminal ó vicioso? No, puesto que todos tienen derecho á describir asesinatos, robos ó borracheras. ¿El relato de las acciones contrarias á la naturaleza? No; tampoco. La inmoralidad reside sencillamente en la pintura de uno de los actos más naturales, del más natural quizás, de ese acto que muchos millones de seres humanos ejecutan en este mismo instante, y que yo, sin embargo, no me atrevo á designar sino con la frase consagrada de «comunión de los sexos». Dos personas se sientan ante una mesa, y el novelista puede decir: «comieron»; dos enemigos se encuentran en una esquina, y el novelista puede decir: «se acuchillaron»; dos obreros entran en una taberna, y el novelista puede decir: «se emborracharon»; pero dos enamorados se acuestan juntos en una misma cama, y el novelista no puede decir lo que hicieron... ¿Por qué? Porque es inmoral. Pero ¿y por qué razón es inmoral? Sin razón alguna, porque sí...

Si fuésemos á razonar, veríamos, al contrario, que lo inmoral es que dos enamorados se acuesten juntos para estarse quieros. Mas en esto no caben razonamientos. Es inmoral, y se acabó.

... Tan inmmoral es, en efecto, que aun los autores antiguos, los Longo, los Rojas, los Brantome, se guardaron siempre de describir el acto mismo, contentándose con sugerirlo ó con indicar su principio, sin analizar sus varias fases. Y es lástima, porque nada sería tan apasionante, tan vivo, tan lleno de interés, como la confesión sincera y sutil de un ser humano en esos breves minutos que van del Deseo al Espasmo.

«El arte puede expresarlo todo», dicen los artistas.

Es cierto.

Rodin, el más genial escultor de nuestra época, ha representado en su Puerta del Infierno las mil formas de la pasión humana, y sus grandes bajos relieves son el Deseo, y la Posesión y el Espasmo; y son, también, la Caricia que vive, que dura, que palpita...

Nada, en la novela moderna, es tan intenso como esa síntesis divinamente carnal del maestro escultor. La literatura nos ha dado mil y mil croquis fragmentarios de la vida de los sentidos, pero nunca un cuadro que evoque la visión completa. «Por las cerraduras —dice Emilio Zola— se ven extremos de desnudeces y de blancuras de piel; nada más.»

... Nada más en efecto. Una antología compuesta de páginas de Zola, de Barbey, de Catulle Mendés, de Goncourt, de Paul Adam, de Silvestre, de Peladán, de Maupassant, de Prevost, de Mauzeroy, de todos los grandes inmorales, en fin, sería tal vez el más admirable cinematográfo para hacernos ver los gestos aislados de la Lujuria; mas no nos ofrecería una sola escena completa del sacrificio á Venus.

Mi novela tampoco la ofrece, ni mucho menos. Comparada con obras francesas de la misma índole, es novela tímida, lo cual no obstará para que los periódicos de España y América me llamen de nuevo licencioso y para que el Gobernador de Sevilla me declare otra vez inmoral por medio de un decreto...

Le quiere tanto como le admira, su muy suyo

I

I

Al volver del cementerio, Liliana se encerró en su alcoba con la firme intención de no recibir á nadie, ni aun á sus más íntimos amigos. Sin estar precisamente triste, sentíase poseída por una vaga melancolía y experimentaba un temor supersticioso de desgracias futuras. Todo lo que iba á suceder al día siguiente, inspirábala inquietudes angustiosas; y su imaginación, exaltada por las vigilias y por las emociones, hacíala sentirse rodeada de mortales enemigos dispuestos á luchar contra ella, á calumniarla, á lanzar acusaciones terribles sobre su vida anterior... Y teniendo muchos amigos y algunos parientes, sentíase aislada en medio de perseguidores desconocidos.

Para descansar y, sobre todo, para escapar á sus crueles ideas, tomó una fuerte dosis de cloral y se echó sobre un sofá, rogando mentalmente á la Virgen que la permitiera dormir durante algunas horas.

Al cabo de breves instantes una inmensa pesadez —una modorra nunca sentida— apoderóse de sus miembros, sumiéndola en un estado casi letárgico que, sin suprimir en su ser el conocimiento y la sensación, la hacía ver la existencia pasada como á través de un velo fantasmagórico. Toda su niñez, toda su adolescencia, toda su juventud, los dolores y los goces muertos, la trama completa de su vida, en fin, desarrollábase, lenta y metódicamente ante ella, en teorías de imágenes pálidas y de pálidas visiones...

Su madre había muerto cuando ella era ún muy pequeñita, muy pequeñita, sin dejarle más recuerdo preciso que el de los grandes trajes de seda entre cuyos pliegues solía ella esconderse para que «papá» no la viese. Su nodriza había sido muy tierna para con ella, y su padre la había querido apasionadamente. Una mañana, á la hora del almuerzo, su padre no fué á darle el beso de costumbre. «Está en el campo», la dijeron. Antes de acostarse tampoco vió á su padre. «Está en el campo», le dijeron de nuevo. Sin tener una idea exacta de la muerte, echóse á llorar y durante toda la noche no pudo pegar los ojos. Al día siguiente, cuando «papá» entró en su aposento para anunciarla su regreso, la emoción de la chiquilla fué tan grande, que tuvo un ataque nervioso: «Creí que habías ido con mamá», dijo al volver en sí... ¿Y luego?... Luego siete años que no la habían dejado recuerdo ninguno, siete años dulcemente inconscientes, de cuya evocación sólo surgía un perfume vaporoso de flores sin nombre, y un paisaje tranquilo compuesto de campanarios de iglesia, de músicas militares, de inmensos parque luminosos. A los catorce años, la primera pena, la separación lamentable, el capullo de su alma envenenado, el principio de las lágrimas verdaderas: ¡el convento!; ¡oh el convento y sus camas frías! Pero también, algunos meses más tarde, los primeros goces verdaderos, las primeras amistades, los primeros odios, los primeros amores... Una sonrisa algo triste plegó sus labios al recordar esos amores y al pensar de nuevo en Lucrecia, la gran Lucrecia, «su marido», «su novio», la que más la quería en el convento, la única que no la besaba con indiferencia en los carrillos, sino en los labios y en la boca. «¿Qué había sido de su Lucrecia? Quizás había muerto ya... ¡Pobrecita!»... Y en el cerebro amodorrado de Liliana, la nostalgia de sus caricias iniciales acentuóse... ¿Su padre? Sí; ella le había amado con todo el corazón, y durante muchos años no hubiera podido dormirse sin rogar antes á Dios por su descanso eterno. La primera vez que se acostó sin encomendar el alma del muerto á Nuestro Señor, fué la noche de sus bodas... «¿Rezar al lado de un hombre desnudo? ¡Qué sacrilegio!» Pero casi no había conocido á ese padre cariñoso que vivía en París, y que sólo iba á visitarla el último domingo de cada mes... De pronto surgía de las brumas de la memoria una figura horrible, la figura de Sor Estela, «la lechuza», cuyos dedos secos y epilépticos le habían más de una ocasión arrancado la piel y los cabellos; pero al mismo tiempo aparecían las imágenes de la madre Lea y de la madre Teresa, ambas jóvenes, ambas benévolas y casi fraternales... Una época terrible para ella, había sido la pubertad, el florecimiento de sus senos vírgenes en la atmósfera helada del conventio, aquellas primeras noches de insomnios, durante las cuales su cuerpo inmaculado palpitaba con palpitaciones misteriosas al roce tibio de las sábanas... ¡Oh esas noches!... Y más tarde, para calmar su curiosidad casi física, las lecturas á hurtadillas que iban revelándola todo un universo nunca antes soñado, las caricias iniciadoras de Lucrecia, las adivinaciones precoces, los deseos que tomaban forma, la eclosión del alma de mujer en su cuerpo de doncella, en fin, y la carne, siempre la carne, que la hacía ver por todos lados, en la mesa, en clase, en la iglesia misma, formas provocativas y ruborizadoras. «Cierra los ojos», habíale dicho su confesor... Pero cuando cerraba los ojos en vez de no ver nada, veía más y veía mejor... Al salir del convento, ya formada, ya «señorita», sintióse como convaleciente, y todos los deseos que la Soledad había hecho germinar en su cerebro evaporáronse al contacto de la vida social. Al fin vino el casamiento con un hombre viejo, noble y rico, por el cual tuvo, en los cinco primeros meses de vida común, una repugnancia puramente física, y á quien, sin embargo, llegó más tarde á estimar con un sentimiento resignado de simpática gratitud. ¿Qué había hecho durante los cinco años de matrimonio? Vivir, nada más que vivir; leer mucho, mucho, «demasiado», decía su médico; abandonarse á una existencia de lujo artístico, de placeres frívolos, esperar... Porque Liliana había esperado siempre, sin atreverse á desearlo, la muerte de su marido, con objeto de recobrar su libertad, embellecida con un título, con una fortuna, con un nombre... Y ese momento acababa de llegar... y ella tenía miedo, al ver su ensueño convertido en realidad. «¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?»... El temor supersticioso de lo que había de suceder al día siguiente, seguía llenando de angustia el alma de Liliana.

Al fin se quedó profundamente dormida.

II

II

Al despertarse, Liliana sintió un vacío completo en el cerebro. No recordaba nada. Durante algunos minutos sus pupilas permanecieron fijas en la obscuridad de la alcoba, como buscando, en el horizonte reducido que la rodeaba, una imagen que la hiciese volver á la realidad.

Poco á poco sus ideas fueron acudiendo. Pensó en el entierro de su marido; pensó en lo que tenía necesidad de hacer al día siguiente; pensó también en las preocupaciones que la habían atormentado durante la mañana. Luego recordó su último ensueño y no pudo menos de sonreir: había soñado que una mujer joven y hermosa, disfrazada de paje, arrodillábase ante ella y la besaba apasionadamente las manos. «Es curioso, díjose á sí misma, que después de haber sufrido tanto, en vez de soñar en cosas reales, en las dificultades presentes de mi vida, ó al menos en algo que se relacione con la existencia anterior ó con el porvenir, mi imaginación se entretenga en forjar cuentos azules.»

«¿Qué hora podrá ser?» Llamó á su camarera.

— ¿Qué hora es, Alina?

— Son las nueve y media, señora.

«¿Las nueve y media?» Luego había dormido cerca de ocho horas.

— ¿No ha venido nadie?

— Sí, señora, mucha gente; casi todos los amigos de la señora.

— ¿Y el notario?

— El notario no ha venido. La señora querrá comer, sin duda...

— No, Alina, no tengo apetito. Enciende las velas.

Una vez que los candelabros estuvie- ron encendidos, Liliana notó que los ojos de la doncella estaban llenos de lágrimas, y tuvo vergüenza de su propia frialdad de alma el día del entierro de uno de los seres que más apasionadamente la habían querido en la tierra.

— ¿Has llorado? —preguntó con solicitud cariñosa—; ¿le querías mucho? ¿estás triste?

Alina bajó la cabeza sin responder.

Liliana continuó:

— Yo también estoy triste... Él era para mí el más bueno de los padres y el mejor de los amigos. Sin él, la vida se parecerá siempre vacía, y de hoy más, algo faltará á mis dichas para ser completas.

No pudiendo contener sus lágrimas, la doncella echóse á llorar ruidosamente. Liliana la preguntó:

— ¿Y á mí no me quieres?

¡Oh, sí, sí la quería, más que á nadie, y su tristeza venía del temor de tener que separarse de ella. — ¿Quieres quedarte á mi lado para siempre?

— ¡Con toda mi alma!

La emoción de la doncella era tan profunda, que Liliana, cuyos ojos habían permanecido secos hasta entonces, sintió que sus párpados se humedecían.

Su enternecimiento, empero, fué rápido como un relámpago.

Al encontrarse sola de nuevo, convencida de que le sería imposible dormir durante la noche, decidióse á poner en orden los papeles del muerto.— Abrió un mueble y comenzó á sacar todas las cartas que antes habían sido sagradas para ella, y que ahora la pertenecían. Al principio no vió sino tarjetas de ministros, sobres con membretes de Bancos ó de oficinas públicas, grandes hojas de papel sellado llenas de firmas incomprensibles. Leyó algunos de esos papeles. «Si continuó, pensó, me quedo dormida.» De pronto un paquete de fotografías, atado con una cinta azul, llamó su atención. Eran retratos de mujer. «Tal vez una antigua amiga ó una hermana muerta.» Pero no... Cada retrato representaba á una mujer diferente; algunas de ellas descotadas, otras vestidas con trajes extravagantes, todas peinadas con ese gusto especial á las horizontales de profesión. Encarnada de cólera, Liliana rompió los retratos sin leer las líneas escritas en algunos de ellos. Luego pensó en que podían ser recuerdos antiguos de una juventud lejana. Recogió uno de los fragmentos para fijarse en la fecha: «Enero de 1897.» «¡No podía ser más reciente!» «¡Y ella, en cambio, se había pasado la vida huyendo de las ocasiones de engañar á su marido, á pesar de su naturaleza juvenil, á pesar de sus deseos imperiosos, á pesar de los consejos de su propio médico!... Porque su médico era el primero en decirla á cada instante, con sonrisas maliciosas, que lo más indispensable para gozar de buena salud era un marido verdadero... Y ese «ma- rido verdadero», ese hombre que no fuese avaro de caricias ardienrtes, habíase presentado á cada instante ante ella bajo mil formas seductoras, vestido á veces de militar, á veces con una abundosa melena de poeta, á veces en traje soirée, siempre joven, siempre insinuante, siempre provocativo... Y ella le había rechazado enérgicamente por un sentimiento de fidelidad inquebrantable en su alma... ¡Pobre inocente, pobre tonta, que á pesar de su profunda cultura intelectual, veíase engañada por un viejo estúpido!... ¡Ah! Si pudiera comenzar de nuevo su vida, no desperdiciaría ningún minuto de placer.

Carlos de Llorede, secreatario de su marido, la había hecho la corte con una delicadeza y con una constancia extraordinarias. Una noche, hablando á solas en un extremo del salón, mientras ella contestaba con sonrisas vagas á las zalamerías de su galán, un antiguo amigo se aproximó á ellos y la dijo en voz muy baja, señalando á Carlos: «Me parece que Ud. tiene mejor gusto que su esposo.»— Este recuerdo la hizo comprender que todo el mundo estaba al corriente de las aventuras del marido libertino por quien ella había sacrificado sus más violentos deseos carnales y sus más sinceros impulsos sensitivos. En menos de una hora, toda su ternura trocóse en un deseo nervioso de venganza.

Llamó á Alina por segunda vez, y la preguntó si conocía las señas de Carlos, el antiguo secretario del marqués.

— El Sr. Llorede —continuó— está al corriente de nuestros asuntos y necesito verle en seguida para que me dé algunos datos importantes.

— Si la señora quiere —repuso la doncella— iré á buscarle ahora mismo, pues vive aquí muy cerca.

— Sí —terminó Liliana—; ve en el acto, pero antes da orden en la cocina para que sirvan la comida... No tardes, Alina...

III

III

Liliana había conservado siempre, en un rincón misterioso de su alma, en el jardín secreto de su ser sensitivo, una simpatía muy especial y muy tierna por el antiguo secretario del marqués. Entre todos los buenos mozos que se disputaban sus sonrisas, ninguno la había parecido tan sincero, tan respetuoso, tan ardiente, tan ingenuo como él. Carlos era, por otra parte, el más hermoso de sus adoradores, y su belleza tenía la ventaja de no parecerse á la de todo el mundo, de ser una belleza rara y casi fatal, lo que, para una mujer de gustos artísticos, es á veces una cualidad más precia- da que la belleza misma. Lo que seducía en ese gran chico moreno, no eran los ojos, ni la nariz, ni la boca, sino la mirada profunda y acariciadora, la sonrisa maliciosa, la expresión, en fin, y mil menudencias delicadas ó admirables, como el brillo de los dientes, como las ondulaciones caprichosas del cabello, como la palidez mate y dorada de la piel, como el reflejo casi azul del bigote... Además hablaba de un modo encantador, y la entonación velada y doliente de su voz al decir al oído galanteos poéticos, tenía un atractivo especial.

Liliana pensó con tristeza en aquellas noches ya lejanas, durante las cuales las pupilas de Carlos la buscaban y la seguían, en los salones amigos, á través de mil hombros desnudos; pensó también en las únicas frases de amor que él se atrevió nunca á dirigirla y ella á escuchar, y su memoria se entretuvo complacientemente durante algunos instantes en acariciar ese recuerdo nostálgico. Había sido en el teatro, en el Palacio Real, durante la representación de una de las farsas monumentales de Feydeau. Ella reía como una niña, abandonándose por completo á la sensación de vida grotesca que todo exhalaba en la escena. Al fin del tercer acto, mientras el marqués iba en busca de un amigo, Carlos se aproximó á ella, y, estrechándole la mano de un modo casi brutal, «Señora, la dijo, perdóneme Ud.; sé que hago mal, muy mal; sé que hablar á Ud. así es ofenderla; sé que de hoy más no querrá Ud. ni aun llamarme amigo; pero no puedo resistir, es imposible... y necesito decirla que la adoro con toda el alma, que la adoro sin esperanza ninguna, tristemente, locamente, como un enfermo que está seguro de morir de su mal y que muere dichoso... ¿Me perdona Ud. esta confidencia, señora?» Sin poder articular una sola palabra, ella había permanecido inmóvil, dejando que las manos febriles de Carlos acariciasen brus- camente sus manos temblorosas, hasta que, viendo á su marido dirigirse de nuevo hacia el palco, se puso de pie, pálida como una muerta, pidiendo su abrigo, diciendo que estaba cansada, que estaba nerviosa, que necesitaba reposarse. Y ese había sido su único idilio, porque más tarde, temerosa de su propia debilidad sentimental, no quiso nunca dar á Carlos la ocasión de hablarla á solas.

... Ahora no podía tardar en venir y la diría lo que quisera...

Para arreglarse el cabello ante un espejo, pasó á la habitación contigua. Al abrir la puerta de su alcoba sintió un olor acre de ácidos desinfectantes, que venía de la sala en donde el cuerpo de su marido había sido embalsamado. La idea de la muerte apoderóse de nuevo de su cerebro, pero no ya para llenarla de melancolía, sino para hacerla sentir con más fuerza la realidad de su porvenir libre.

En esa mujer toda nervios, las impre- siones no duraban sino el espacio de una lágrima ó de una sonrisa, y después de acariciar ó de sacudir sus fibras más íntimas con una violencia casi morbosa, desaparecían en absoluto para dejar libre el campo de su alma á otras impresiones más vivas aún.

Su sensibilidad no lograba nunca conservar durante largo tiempo una simpatía ó un rencor en ese estado de perfecta cristalización que constituye, por lo general, la firmeza de sentimientos. Sólo los recuerdos vivían en ella una vida invariable. Lo demás cambiaba eternamente ante su vista, pareciéndola á veces adorable y á veces aborrecible, según el estado de su ánimo y las circunstancias exteriores del momento. Leer dos veces un libro, era, para ella, como leer dos libros diferentes. Los deseos mismos cambiaban en su ser hasta tal punto, antes de realizarse, que muy á menudo, al lograr algo, «ya no era eso» lo que quería, sino otra cosa cuya imagen había ido germinando poco á poco en su mente por las metamorfosis consecutivas del primer deseo.

Liliana conocía perfectamente las particularidades enfermizas de su temperamento; mas en vez de hacer esfuerzos por desarraigarlas, cultivábalas con verdadera complacencia, creyendo poseer en ellas una fuente de actividad vital indispensable á su organismo. Analizando su existencia pasada, creía descubrir en ese vaivén eterno de su alma y en esa perpetua ondulación de su intelecto, la causa de su tranquilidad, pues no habiendo sentido ninguna pasión completa, pudo resguardarse siempre de un capricho con otro capricho, de un anhelo con otro anhelo.

Después de arreglarse el peinado con una meticulosidad minuciosa, dando á cada rizo suelto una inclinación especial, dividiendo las partes flotantes del cabello en mil flecos diminutos, aprentando en un haz compacto la parte superior, com- poniendo, en fin, lo que ella llamaba su «peluca de arte», contemplóse en el espejo, no con ese deseo frívolo de corrección que guía á las mujeres en general cuando se detienen ante sus tocadores, sino para admirarse, para acariciar su propia belleza con la vista, para dirigirse á sí misma, mentalmente, piropos amorosos. «Esto que yo hago con tanta frecuencia —pensó— se llama narcisismo, y, según parece, es un pecado contra la naturaleza... pero ¿por qué ha de ser un pecado?... A mí me gustan mis ojos, me gusta mi boca, me gusta mi garganta... me quiero, me quiero mucho»... Y para probarse á sí misma que, en efecto, «se quería» y «se gustaba», desabrochóse completamente el talle y dejó que su imagen se ahogara, medio desnuda, en el agua lilial del espejo. De pronto echóse á reir, dióse un beso en el brazo y salió corriendo, como una niña, hacia el comedor, en donde los manjares se enfriaban desde hacía media hora.

IV

IV

Cuando Carlos entró en el salón, vestido de negro, con el sombrero en la mano, muy pálido y muy grave, Liliana no pudo menos de sonreir con una malicia visible.

— Señor de Llorede —le dijo,— siéntese Ud. aquí, á mi lado.

En seguida, sin darle tiempo para recitar el discurso de condolencias que su buena educación iba sin duda á dictarle, continuó:

— Seguramente le habrá parecido á Ud. extraño que le haya hecho llamar hoy mismo; pero estoy tan aturdida y tengo tan pocos amigos verdaderos, capa- ces de servirme en estas circunstancias, que no pude menos de recurrir desde luego á Ud. Hay instantes en los cuales las mujeres tenemos derecho á molestar á los que nos han demostrado siempre alguna simpatía, y hasta ahora, la única persona que me ha dado pruebas de amistad sincera es Ud.... Sin embargo, si tiene Ud. algún compromiso, no quiero detenerle...

Carlos se apresuró á decir que «de ningún modo», que «estaba á sus órdenes», que su «amistad era inquebrantable». Sus frases entrecortadas y balbucientes, denotaban en él una emoción profunda.

— Mi marido —prosiguió Liliana— era un hombre metódico, que lo preveía todo y que todo lo arreglaba de antemano, como un reloj. Su testamento debe de estar hecho desde hace tiempo, y aunque yo ignoro sus últimas voluntades, supongo que una parte de su fortuna me pertenece desde ahora; ¿no le parece á Ud.? — Toda su fortuna, estoy seguro de ello —respondió el antiguo secretario.

— Está bien; supongamos que todos, ó parte de sus bienes, sean míos; ¿cree Ud. que puedo yo misma ser capaz de manejarlos? No; yo no entiendo de negocios, y apenas sé lo que significa un título al portador. Para no tener miedo que alguien me arruine en pocos años, necesito, pues, que una persona verdaderamente honrada se encargue de ser mi administrador general, de decirme á menudo lo que tengo, lo que puedo gastar, que me guíe, en fin, y que me aconseje.

Carlos creyó que la viuda del marqués iba á ofrecerle á él ese puesto, y se apresuró á decirla:

— En efecto; los que no hemos nacido con el don particular de saber hacer cálculos, necesitamos de alguien que nos ayude cuando tenemos una gran fortuna. Por mi parte, si yo fuese rico, creo que me encontraría en el mismo caso de Ud. Pero ese «hombre de negocios» no es difícil de encontrarse... un notario antiguo, el notario del marqués, por ejemplo...

— Eso era lo que yo quería que Ud. me dijese: si le parecía que nuestro notario es capaz, y, en ese caso, hablar con él en mi nombre... ¿me hará Ud. ese favor, Carlos?

Al oirse llamar por su nombre, Llorede sintióse contento y humillado á la par. Esa mujer, cuyo marido acababa de morir y que le hablaba fríamente de negocios, á él, que sólo la había hablado de amor en su vida, parecíale un ser incomprensible, hecho de gracia malsana, de frialdad inquebrantable y de ligereza frívola. «Es un monstruo adorable», se dijo á sí mismo.

Liliana sintió el insulto en la mirada de Carlos. Lo sintió sin enojo, con esa resignación orgullosa de la mujer que está segura de su triunfo definitivo y que goza viéndose despreciada, por estar seguro de que, aun despreciada, aun odiada, hará un esclavo del hombre que la odia, que la desprecia y que al mismo tiempo la adora.

Cambiando el tono de la conversación, Liliana comenzó á hablar de lo que ella llamaba el fondo de su vida.

— ... Yo me he sacrificado durante algunos años —decía— y hubiera continuado sacrificándome, porque era mi deber... Ud. sabe que mi marido no fué nunca para mí sino un amigo... Y Ud. sabe que ni siquiera fué un modelo de esposos, puesto que, de vez en cuando, alquilaba bailarinas... sí, «alquilaba»; no se espante Ud. de mi manera de hablar; yo soy muy franca, muy franca... Pero sus faltas no me hacían ningún daño, ni me inspiraban celos ningunos. Yo cumplía con mi deber, renunciando á mis deseos más íntimos, resistiendo á mis vehementes inclinaciones, y haciéndolo siempre con confianza... Créame Ud., Carlos: yo no tengo nada de que arrepentirme... Ud. mismo es testigo de que mi conducta fué lo que debía ser, ni más ni menos... Ahora me creo libre, completamente libre; libre de todo lazo social, de toda convención hipócrita, y estoy dispuesta á no vivir sino guiada por mi corazón y por mi instinto... Tal vez no hago bien, pero, en verdad, me siento incapaz de obrar de otro modo... Por otra parte, necesito vivir, necesito dar libertad á mi alma y dejarla que respire el ambiente ideal que hasta hoy le ha faltado... ¿No me aprueba Ud.?

— ¡Oh! sí, señora, sí.

— ¿Por qué me llama Ud. señora? En otro tiempo...

— En otro tiempo —dijo Carlos con energía melancólica— yo estaba loco y llegué á figurarme que un hombre sincero podía decir á una mujer lo que siente... Luego he comprendido que un artista, un hombre que tuvo necesidad, como yo, de ser secretario de un magnate cualquiera, no puede entrar en ciertos salones sin exponerse á que se rían de él... No me diga Ud. que me equivoco. Estoy seguro, enteramente seguro de lo que digo... Mire Ud., por ejemplo, á ese pobre Maupassant, que no murió de locura, sino de decepciones, de sonrisas irónicas, de burlas de grandes damas!... Nosotros, cuando tenemos la desgracia de enamorarnos de una gran dama... como... como... sí, como yo, señora! debemos sacrificarnos desde luego, para que nuestro amor no envenene toda nuestra vida.

— ¿Quiere Ud. ser mi mejor amigo? —le preguntó Liliana, con una entereza llena de discreción y de ternura.

— El más humilde y el más sincero...

— No; el mejor...

— El mejor...

— ¿De veras?

— ¿Es necesario jurar?

— Deme Ud. la mano...

Al sentir su mano acariciada por la de Liliana, Carlos se estremeció ligeramente y tuvo la visión neta y clara de su futuro.

— Liliana —dijo en un supremo es- fuerzo de habilidad y de altanería—, yo haré lo posible por ser únicamente un amigo fiel; pero estoy seguro de que no lo conseguiré, y de que á veces mi pasión desbordante me hará decir á Ud. muchas locuras iguales á las que un día, hace ya mucho tiempo, le fueron á Ud. desagradables.

— Ahora —concluyó sonriendo Liliana— ya puedo oírlo todo.

V

V

— ¿Qué clase de gente es la que va á esas fiestas? —preguntó Liliana.

— De todo un poco —repuso Carlos—, pero siempre domina el elemento «artista», pues, aun los que nunca han tocado una pluma ó un pincel, tratan de parecer «diletantes apasionados» al encontrarse entre pintores y escultores. Son fiestas muy curiosas, muy alegres, en las cuales se bebe mucho y se come poco: el menu mismo es ya una cosa rara, y en vez de indicar los nombres de los platos, indica los nombres de los vinos: «Primer servicio: Campaña Roederez. Segundo servicio: Medoc de 1870. Tercer ser- vicio: Vouvray seco. Cuarto servicio: Borgoña... y luego vienen los vinos del Rhin, y los vinos de España, y los vinos griegos de Samos y de Corinto, y los vinos del Perú y de la China»... ya verás... En cuanto á los manjares, no hay que ser muy exigente: gallinas asadas, riñones fritos, ensaladas, y hasta humildes tajadas de jamón crudo... Robert ha hecho poner un anuncio en la puerta, suplicando á los comensales que almuercen bien antes de venir al banquete... Ya tú conoces á Robert... es uno de los satíricos más geniales de nuestra época, pero nunca ha logrado hacer nada de provecho, y á los cincuenta años sigue siendo un «joven escritor» y un «bohemio». Y en cuanto á las mujeres, no son ni monjas, ni duquesas... Tampoco son cocotas... Son mujeres raras, de esas que sólo se encuentran en París, que comienzan ganando su vida como «modelos» en la Escuela de Bellas Artes, que son luego queridas de algunos artistas, y que, después de seducir á un «viejo rico» como ellas dicen, siguen viniendo á dormir, de vez en cuando, con sus antiguos amantes... Ya las verás: todas tienen algún ingenio y muchas pretensiones, pero son excelentes chicas que creen en el Arte, que se peinan á la Boticelli y que odian á los burgueses...

— ¿Son bonitas? —preguntó Liliana.

The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.

Loading the full text…