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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III (part 4 of 4)

Part 4 of 4 · Manuel Fernández y González · Public domain text

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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III (part 4 of 4)

--Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veáis en mí más que una mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os castiga.

--Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú, Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor, viéndome obligado á huir de ti.

--Os aseguro que no huiréis.

--Entonces seremos los dos felices.

--No os entiendo.

--Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se muriera el conde de Lemos!

--Me estáis destrozando el corazón.

--Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia--dijo para sí Quevedo--. ¿Lloras, alma mía?

--¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!

--¡Catalina de mi alma!

--¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!--dijo la condesa.

--No os amo yo menos.

--Eso es mentira.

--Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú; que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo sabe!

Y Quevedo no mentía.

Amaba con toda su alma á la condesa.

--Pero amaba más á su ambición.

Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía al duque en cuerpo y alma.

Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente había ido á la corte.

Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó lastimándose á sí mismo.

Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía cómo escapar de sus manos.

Apeló, pues, á la fascinación del amor.

Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba haciéndose negro para Quevedo.

Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.

--Sí, sí, mentid cuanto queráis--le dijo doña Catalina--; pero esta vez me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme, haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo.

--Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo, sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo no os amara tanto, no me acontecería esto.

--Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad; vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no haremos más que ofendernos.

--Os voy á dar un consejo.

--¿Cuál?

--Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro.

--No os comprendo.

--Han levantado el destierro á vuestro marido.

Guardó la condesa un silencio de espanto.

--¡Cómo!--dijo--; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis venido!

--Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto; por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán...

--Que se sepa.

--¿Pero estáis loca?

--Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.

--Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con vos.

--Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis.

--Temí por vos.

--Y hoy por vos tenéis miedo.

--Os ruego que lo penséis.

--Lo tengo pensado.

--¿Conque soy vuestro prisionero?

--Prisionero por amor.

--Sois, pues, mi Carlos V.

--Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.

--¡Entendida sois en historia!

--Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.

--Me dais miedo.

--¡Ah! ¡por fin!

--Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y casi ríe...

--Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable.

--Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia locura, antes de algunas horas.

--¿Y cómo?

--Escapándome.

--Os juro que no os escaparéis.

--Lo veremos.

--¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos.

--Me escaparé.

--Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y resuelto, yo no lo soy menos.

--Ello dirá.

--Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.

--¿Y á dónde hemos llegado?

--No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.

--Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló para vuestras bodas.

--Así es.

--¿Y aquí queréis tenerme?

--¿Y por qué no?

--Ocurrencia del diablo es.

--Dejadme bajar, que abren la portezuela.

--¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?--dijo Quevedo.

--Sí por cierto; dadme la mano para bajar.

--Os la diera mejor para subir.

--Ya subiremos.

--Y aún llueve--dijo Quevedo.

--Y hace obscuro; por lo mismo os guío.

--¿Y las gentes que os acompañan?

--Se han ido.

--Misteriosa aventura.

--Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.

--Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.

--Entrad--dijo.

Quevedo entró.

La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo.

--Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de este lance á medio mundo.

--¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar al mundo.

--Ya no llueve--dijo Quevedo.

--Como que estamos bajo techado--contestó doña Catalina--; ahora vamos á subir... y yo os doy la mano.

--No hablaba yo de esta subida.

--Pues mirad, yo estoy muy contenta.

--No veo el motivo.

--Os tengo.

--¡Pero si decís que no os amo!

--No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto...

--¿Qué seréis para mí?

--El camino de los honores, del mando, del trono.

--¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?--dijo Quevedo con un acento tan singular como nadie hasta entonces había oído en él.

--Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está en el trono...

--¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo Quevedo.

--Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad.

Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón completamente iluminado, y con una mesa servida.

Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.

--He aquí--dijo Quevedo--, que el sol sale á la media noche.

--Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo traje de mis bodas.

Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:

--¡Cenemos!

--¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!--murmuró Quevedo.

Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada ardiente y fija en los ojos de doña Catalina:

--Cenemos.

CAPÍTULO LXXII

DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTRÓ Á TIEMPO UN AMIGO

Amaneció el día siguiente.

Y seguía lloviendo, y nublado y sin señales de mejor tiempo. Estaba en su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escribía á más y mejor lo que el duque le dictaba.

Se notaban en el semblante del duque señales de insomnio.

Lo que demostraba que había pasado muy mala noche.

Como que volvían á la corte todos sus enemigos, y podían hacerle la guerra y derrocarle, sin que él pudiera defenderse, atado como estaba por los terribles secretos suyos que poseía el bufón.

En lo que se ocupaba el duque, era en escribir á sus parciales de las provincias, á fin de que le hiciesen un partido entre la gente que alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de gobierno, á fin de que escribieran cartas honrosas para él, esto es, una especie de opinión pública ficticia, que debía figurar ante los ojos del rey como la opinión pública del reino.

Para esto se ofrecía á comunidades de frailes, cosas que el duque había resistido; á los ayuntamientos, arbitrios; á los labradores, tolerancia en el pago de los tributos; á las corporaciones de todo género, nuevos privilegios; á éste y al otro señor, amenazado por desafueros, hacer la vista gorda, como suele decirse, y á las audiencias, desestimar las numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendían por ante el rey.

Claro es que todo esto venía á gravar en último punto sobre la gran masa del reino, sobre el pobre, sobre el débil, sobre el querelloso; pero importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes plácemes por el buen gobierno del duque de Lerma.

Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario.

Santos, á pesar de que hacía frío, sudaba la gota gorda.

El duque estaba fatigado.

--No puedo más, señor--dijo Santos--; de tanto escribir, se me ha puesto el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo.

--Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio; además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á herirme de rechazo.

--Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente, que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que vienen de todas partes--dijo Santos estirándose el brazo derecho y frotándoselo con la mano izquierda.

--¿Y qué partido es ese, Pelegrín?

--¡Hum! vuecencia está muy comprometido.

--Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia del rey.

--Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio.

--¡Crees tú!...

--Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.

--¿Peor?

--Podéis ser procesado.

--¡Procesado!--exclamó con orgullo el duque.

--Porque podéis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme, sabe que el rey está acostumbrado á vos, y como en el rey no hay nada más poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y de mudanzas y sobre todo irresoluto y débil, usarán contra vuecencia de armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro secretario don Rodrigo Calderón ha usado y abusado de vuestro nombre y no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar á la reina, después envenenarla...

--¡Cómo!

--Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo, será mañana un estruendo, y un estruendo tal, que no podrá menos de oírlo el rey... ¡si para entonces estáis desprevenido!...

--Pero yo no he pensado... yo no he hecho...

--En la corte es muy fácil hacer caer sobre una persona los delitos de otra; Calderón ha sido vuestro favorito y aún lo es, al menos para todo el mundo, que ve que en vuestra casa le tenéis, que en vuestra casa le curáis. Calderón es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrirá paso, obligándoos á que vos le facilitéis el camino, porque os tiene sujeto...

--¡Pelegrín!

--Enojáos cuanto queráis conmigo, señor; pero no oiga vuecencia á Pelegrín Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino á la voz severa de la verdad; sucédame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por más tiempo. Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se puede perder un minuto.

--Sigue, sigue, Pelegrín.

--Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él.

--¿Pero qué puede suceder?...

--Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, confundiéndole con el trono.

--¡Ah!

--Dejad que suba solo al cadalso... cubríos...

--¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...!

--Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una muerte cierta; no podéis retroceder.

--Y entonces... ¿qué hago?

--Roma insiste sobre el asunto de las preces...

--Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey.

--Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra complacencia del papa.

--Explícate mejor.

--Pedid á Roma el capelo.

--¡Ah!--exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á abrazar á Santos--; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! ¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, Santos...

--¿A Roma?

--¡A Roma!

--No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda la confianza de vuecencia.

--¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable de tu amor y de tu lealtad hacia mí!

--¡Partiré!

--Al momento.

--Esperemos...

--¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...

--Esperemos á mañana.

--Preconíceme Roma y nada temo.

--Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero no lo digáis á nadie... no mostréis miedo...

--¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía!

--Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á conocer.

--¡El capelo! ¡el capelo!--exclamaba el duque de Lerma paseándose á largos pasos por su despacho--. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! ¡qué quieres, Pelegrín!

--Seguir siendo vuestro secretario.

--¿Y nada más?

--Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario que no me deis muchos días como hoy.

--Vete, vete á descansar, y... está dispuesto.

Santos se inclinó y salió.

El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque de Lerma.

Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta y dijo respetuosamente:

--Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.

Lerma mandó entrar á Montiño.

Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande misterio:

--¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia?

--Nadie, Montiño, nadie--contestó el duque--. ¿Pero qué sucede?

--Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía.

--¿Y qué quiere la Dorotea?--preguntó el duque estremeciéndose, porque veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á convertirse para él en un espectro.

--La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado llamar para eso solo... está enferma... muy enferma...

--Iré, iré... Id á decírselo.

--Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos.

--¿De asuntos vuestros?

--Creo, señor--dijo Montiño, á quien la desesperación daba atrevimiento--, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por vuecencia...

--Lo bastante para que os ampare; lo sé.

--¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra aventura.

--¿Y qué fué ello?

--El diablo me echó delante al sargento mayor don Juan de Guzmán.

--¡Que os encontrásteis anoche á don Juan de Guzmán!--dijo con asombro el duque--. ¡Bah! ¡imposible! ¡no puede ser! ¡vísteis visiones!

--No vi, tropecé; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le maté.

--¡Ah!, ¡matásteis... al sargento mayor!...

--Y me encontró sobre él la justicia.

--¡Ah!--dijo el duque de Lerma comprendiéndolo todo, porque como saben nuestros lectores estaba en el secreto--; ¿y os prendió el alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento?

--¡Cómo, señor, sabéis!...

--Sí, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisión. Pero si os prendieron, ¿cómo estáis en libertad?

--Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo...

--¿Y qué queréis?

--¡Señor! ¡señor!--exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y con los brazos abiertos--; puesto que lo sois todo en España, y que yo soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor, salvadme.

--Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al muerto, se romperá el proceso...

--¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!...

--Merecéis que se os ampare.

--Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle otra gracia.

--Hablad, hablad.

--Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia.

--Acabando pronto, Montiño.

--Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el paje Cristóbal Cuero están presos.

--Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis.

--Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo hecho.

--¡Cómo!

--Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje.

--¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer?

--¡No señor!

--¿No os ha robado?

--¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia...

--Sentáos y escribid vos mismo.

El cocinero se sentó.

El duque le dictó una orden de soltura para el alcaide de la cárcel de villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y destruyese todo lo que se había escrito é intentado contra los presos.

Después de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el cocinero salió.

Poco después, Montiño entraba triunfante en palacio con su mujer y su hija.

Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea.

CAPÍTULO LXXIII

EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINÚA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO

Encontró el duque á la joven en el lecho.

Pero no la encontró sola.

A su lado estaba el tío Manolillo.

El duque se estremeció como si en el bufón hubiese visto personificada su conciencia.

--Gracias, muchas gracias, señor, porque habéis venido--dijo la joven sacando un magnífico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano del duque--. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mío; hacedme el favor del dejarme sola con su excelencia.

El bufón se levantó y salió en silencio, pero no sin haber dicho antes con una profunda mirada al duque:

--Os mando hacer todo lo que ella quiera.

El duque se sentó en un sillón junto al lecho, y por la primera vez se descubrió delante de Dorotea.

--Cubríos, cubríos, don Francisco--dijo la joven--; yo os lo ruego. Os habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubríos, si no queréis lastimarme.

El duque se puso la gorra.

--¿Qué queréis, pues?

--Don Juan Téllez Girón ha sido preso; preso como causante de la herida de don Rodrigo.

--Es cierto; todas las pruebas están contra él.

--Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas.

--No es eso fácil.

--Ya lo sé: sé que doña Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado á los pies de su majestad el rey; sé que su majestad la reina ha intercedido por la petición de su amiga, porque doña Clara, más que dama, es amiga de la reina, y sé que el rey se ha mantenido severo; que ha respondido á la reina y á doña Clara, que no puede hacer nada estando de por medio la justicia.

--Ya veis, Dorotea, que cuando el rey...

--Pero vos podéis más que el rey.

--¡Yo!

--Sí, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para que la puerta de la prisión se abra, y yo quiero que don Juan salga libre y seguro... porque le amo, ¿lo entendéis?... porque es mi vida, y el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo misma á abrirle su prisión; quiero ser para él la libertad, la vida; quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme nunca... y tanto haré, que no me olvidará... ¡Oh, no! y con eso sólo seré feliz.

--¡Pardiez, y lo que amáis á ese mozo!--dijo contrariado el duque.

--No os enfadéis señor, vos me tenéis por lujo... ya os lo he dicho... pues bien: vuestra querida pública seré, ya que esto os halaga, hasta la muerte, hasta la muerte, señor; pero... tened compasión de mí; concededme lo que os pido.

El duque miró á la cortina de la puerta tras la cual había desaparecido el bufón.

Aquella cortina estaba inmóvil.

Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo impenetrable de la fatalidad.

--No puedo...--dijo al fin.

--Sí, sí podéis--dijo Dorotea--, vos lo podéis todo.

--No me atrevo--dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina.

--Necesito la libertad y la seguridad de don Juan--dijo con acento voluntarioso Dorotea.

--Yo no puedo sobreponerme á las leyes.

--Sobreponéos--dijo la voz ronca del bufón detrás de la cortina.

Tembló el duque al sonido terrible, fatídico de aquella voz.

--Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza á veces...

--¿No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagáis cuanto ella quiera? ¿ó es que sois tan torpe que no comprendéis lo que se os manda?--dijo el bufón abriendo la cortina y apareciendo.

Sonrojóse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufón en presencia de una tercera persona, y balbuceó algunas palabras.

El bufón adelantó lento y sombrío.

--No te agites, Dorotea--dijo--; no llores; no supliques: el señor duque hará lo que sea necesario hacer; el señor duque no puede negarte nada: excelentísimo señor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo sé dónde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos, que Dorotea está impaciente.

--Esto es ya demasiado--dijo el duque colérico.

--Ya lo creo que es demasiada obstinación la vuestra.

--No os irritéis, señor--dijo Dorotea--; yo os lo ruego, yo os lo suplico.

--No hay que suplicar; tú no tienes que suplicar á nadie, hija mía; yo soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mío. Ayer quisiste la prisión de don Juan, y fué preso; hoy quieres su libertad y hoy se verá libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos.

--¿No teméis que llegue un día en que os pese de lo que hacéis?

--Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todavía no me ha pesado; servidnos ahora, y después, cuando podáis, no tengáis compasión de mí... pero ahora... haced lo que ella quiere.

Y señaló á Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un señor despótico, la puerta que conducía á la sala.

El duque se levantó maquinalmente y salió de la alcoba.

Maquinalmente se encaminó á una mesa donde había recado de escribir y escribió.

Luego cerró la carta y la entregó al bufón.

Aquella carta estaba concebida en estos términos:

«Mi buen Ruy Pérez Sarmiento: En el punto en que recibáis ésta, rasgad todas las diligencias que hayáis practicado en averiguación del delito cometido en la persona de don Rodrigo Calderón; proveed auto de libertad en favor de don Juan Téllez Girón y de don Francisco de Quevedo Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisión de oidor en la Real Audiencia de México. A cualquier hora, mañana, me encontraréis en la secretaría de Estado ó en mi casa. Guárdeos Dios.--El duque de Lerma.»

Apenas entregada esta carta, el duque salió de casa de Dorotea, sin despedirse de ella, trémulo, irritado.

El bufón salió también, llevando consigo la carta del duque de Lerma.

Dorotea quedó en un estado horrible de ansiedad.

Una hora después, el tío Manolillo volvió con unos pliegos en la mano.

--¿Tenéis ya la orden de libertad?--dijo la joven con anhelo.

--Sí--respondió con voz ronca el bufón--. Este pliego es el auto de libertad de tu amadísimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que esté preso; y este otro pliego, es una orden para que tú puedas entrar en la torre de los Lujanes, donde está encerrado don Juan.

Dorotea, á pesar de la fiebre que la devoraba, llamó á Casilda, saltó de la cama, se hizo vestir, pidió una litera, y salió de su casa.

CAPÍTULO LXXIV

LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN

Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes.

La opaca luz de aquel día nublado y lluvioso, penetrando en el encierro por dos estrechísimas saeteras, apenas bastaba para determinar los objetos que en el aposento había.

Podía juzgarse, sin embargo, que no se había tratado mal á don Juan; algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una alfombra usada, pero aceptable aún, y un brasero con fuego, hacían cómodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser cómodo para un preso.

Comprendíase claro que aquel encierro estaba destinado á personas á quienes, por su clase, era necesario tratar bien.

Don Juan no sabía por qué estaba preso, pero se lo figuraba; no podía ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Calderón.

Lo que más inquietaba al joven era que suponía que Quevedo habría sido también preso, porque ¿cómo explicarse que estando libre Quevedo no hubiese hecho en su favor maravillas?

Y dolíale, además, el estado aflictivo que suponía en doña Clara Soldevilla.

Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso pálida y se desmayó.

Don Juan no vivía, agonizaba en aquel calabozo, había pasado una noche horrible, de cavilaciones, de temores; se había acordado de todo, había dado vueltas á todo, y sin embargo, no se había acordado de Dorotea.

Cuando el carcelero la noche antes le entró la luz, don Juan le dió dinero y le preguntó por la causa de su prisión.

El carcelero le respondió con sumo respeto, pero encogiéndose de hombros, que nada sabía.

Encargóle don Juan que procurara informarse, que avisase á su esposa del lugar donde se encontraba, y que procurase ver á don Francisco de Quevedo ó saber de él.

El carcelero volvió á la hora de la cena, trayendo una escogida y abundante.

Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad.

Empezó por asegurarle que, por más que había hecho, no había podido averiguar la causa de su prisión; pero que él creía que cuando lo habían traído á la torre de los Lujanes, y con tal misterio, debía tratarse de un grave asunto de Estado.

Añadió que había ido al alcázar y que no había podido hablar á Doña Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto á don Francisco de Quevedo, ninguna de las personas á quienes por él había preguntado le habían dado razón de tal persona.

Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no pudo dormir en toda la noche.

Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto:

--Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré.

Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que antes.

Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan.

Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna.

Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido de los candados y cerrojos de la puerta.

Entró el carcelero.

No traía la comida.

Esto dió alguna esperanza á don Juan.

--¿A qué venís?--dijo al carcelero.

--Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere hablaros--contestó aquél.

--¿De una dama? ¿qué señas tiene?

--Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y hermosa.

--¡Ah, es ella!--dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse, ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea.

--Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro proceso.

--¡Oh, pues que entre! ¡que entre!--exclamó con afán el joven.

--Entrad, señora--dijo el carcelero llegando á la puerta.

Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un ademán enérgico al carcelero que saliese.

La puerta se cerró.

Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada por sus ojos.

--¡Ah! ¡Dorotea!--exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan.

--¿La esperábais á ella?--dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre un dolor agudo.

--Os confieso que... señora... me sorprende...--dijo trastornado don Juan.

--¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo vuestra libertad!

--¡Mi libertad! ¡vos!--exclamó dejando ver la expresión de una profunda sorpresa don Juan.

--Sí, yo... aquí está--dijo Dorotea mostrando al joven un pliego cerrado.

--¿De modo que ya puedo salir de aquí?

--Aún no--contestó dolorosamente Dorotea.

Esta respuesta de la joven irritó á don Juan.

--¡Ah! ¡venís á imponerme condiciones!

--¡Condiciones! ¡condiciones yo á vos! ¡qué condiciones puede dictar el esclavo á su señor! ¡cuán poco me conocéis, por mi desdicha!

--Entonces, ¿por qué no me dais esa orden?

--¡Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el amor que os tiene ante Dios y los hombres! ¡una mujer que por vos sufre, que por vos está enferma, que por vos muere! ¡una mujer que por vos se ha arrojado á las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni aun saber el lugar donde estáis preso! ¡Vuestra esposa! ¡Doña Clara Soldevilla, que es vuestra vida!

--¡Ah!--exclamó don Juan.

--Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer á quien únicamente debéis amar, esa será la que reciba, sin saber de quién lo recibe, este pliego cerrado; esa mujer será la que venga á abriros la puerta de vuestra prisión; esa mujer será, porque debe serlo, quien goce toda la alegría de recobraros, cuando os creía perdido, cuando se creía casi viuda.

--¡Viuda!

--¿Pues no sabéis de lo que os acusan?

--No.

--De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo Calderón.

--Mentira: como hidalgo y frente á frente, reñí con él por un grave asunto, y sirviendo á la reina: vos lo sabéis.

--Pero vos no podéis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar á juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para que no podáis olvidarme.

--Me estáis desgarrando el alma, Dorotea.

--¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un hombre terrible, que es á su vez esclavo mío.

--¿Y quién es ese hombre?

--El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia, ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale; hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi memoria?

Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder.

Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara.

Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella, hubiera sido amante de Dorotea.

Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón.

Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella otra fuese la esposa del hombre de su amor.

La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida, sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible.

--¿Cómo podré yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonéis la desgracia de no haberos conocido antes?

--No blasfeméis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla, alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz.

Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó y se puso sumamente pálida.

--Estáis mala, Dorotea--dijo el joven acercándose rápidamente á ella--. ¿Qué tenéis?

--¡Me muero!

--Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado.

Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa cabeza de Dorotea y la besó en la boca.

--¡Oh! ¡qué horror!--exclamó la joven poniéndose en pie de un salto--; ¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible!

Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó.

--¿A dónde vais, Dorotea?--dijo don Juan.

--Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.

Sonaron entonces las llaves del carcelero.

--Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que estaba vuelta hacia la puerta.

--¿Qué más queréis de mí?--contestó la joven.

--Quiero... quiero volveros á ver.

--¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien: estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.

--Estaré.

En aquel momento se abrió la puerta.

--Adiós--dijo Dorotea, y salió precipitadamente.

--Adiós--dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla.

El carcelero cerró la puerta.

--No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. ¡Yo estoy loca! ¡yo me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!... ¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga! ¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío!

Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar en nadie, salió.

En la puerta de la torre había una litera.

Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela.

Dentro de la litera había un hombre.

Era el tío Manolillo.

Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea.

Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón.

--Ese miserable no te comprende--dijo.

--Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar!

La litera se puso en movimiento.

--¿A qué vas al alcázar, hija mía?

--No voy yo, sino vos. Tomad.

--¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien! ¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea de la otra!

--Vais á entrar en el alcázar y á hacer de modo que doña Clara Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dónde viene.

--¡Cómo!

--¡Lo quiero!

--Haces mal.

--Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios sospechar!

--¡Haces mal!--repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando.

Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á las puertas del alcázar.

--Entrad--dijo Dorotea al bufón--; haced que esa orden llegue, como os he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y hacedle que vaya á verme.

El bufón salió de la litera.

--¡A casa!--dijo la Dorotea.

La litera se puso de nuevo en marcha.

--El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró resueltamente en la secretaría de Estado.

--Decid á su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufón, le mando que me reciba y me oiga.

Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas palabras, y uno de los oficiales contestó:

--No está su excelencia de humor para recibiros, tío.

--¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente el bufón--; diga al duque que Felipito mi amigo me envía.

--¡Ah! ¡si traéis orden del rey!...

--¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se te mande?

--Vamos, no os incomodéis, tío--dijo el oficial--; decid á su excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle.

El enviado entró.

--Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufón paseándose con gran prosopopeya por la secretaría.

En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara y dijo:

--Su excelencia espera al bufón de su majestad.

Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey.

Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy noble y leal villa de Eibar.

--¡Eh! vienes á tiempo--dijo el rey al ver al duque--; tú que eres aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma: una invención, una verdadera invención.

--En efecto, señor--dijo el duque--, los vizcaínos son muy hábiles y muy industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy importante.

--¿Tan importante que no admite demora?

--De ningún modo, señor.

--No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma, vamos: y tú espera aquí--dijo el rey al montero mayor.

Felipe III y su secretario universal se encerraron.

--Veamos de qué se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban todos los negocios.

--Del asunto de doña Clara Soldevilla.

--¡Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doña Clara me pidió ayer una audiencia, se la dí, me rogó por su esposo, se arrojó á los pies, lloró... y como tú me habías dicho que se trataba de un negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmayó doña Clara, y la llevaron á su cuarto sin sentido. Después he tenido una verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la obligase á hablar... y yo no sé qué tenga que hablar la reina en este asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes, eminentes servicios á ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo á don Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. ¿Qué dices tú á eso?

--Digo, señor, que su majestad la reina tiene mucha razón.

--¿Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte á ese don Juan y á don Francisco de Quevedo, su cómplice?

--Ayer estaba mal informado, señor; por las primeras diligencias del proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario, don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo más que ayudar como hidalgo á su amigo, y que don Juan se vió en la necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo.

--Pues entonces es necesario formar proceso á Calderón.

--Aconsejo á vuestra majestad que me permita echar tierra á este negocio.

--Pues bien, échasela; pon en libertad á don Juan y á Quevedo y que se vayan benditos de Dios á Napóles.

--Ya, contando con el beneplácito de vuestra majestad, he mandado al alcalde Ruy Pérez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de libertad para Quevedo y Girón; el auto de libertad de don Juan está aquí, señor.

--¡Ah! ¿Conque está todo hecho?

--Aún falta algo que hacer.

--¿Y qué hace falta?

--Tan activo ha andado el alcalde Ruy Pérez en este proceso y tan leal, que merece un premio.

--¡Ah, merece un premio! Pues dásele.

--Aquí está extendida ya la provisión para él, de oidor de la real audiencia de Méjico, con las costas del viaje, y sólo falta la firma de vuestra majestad.

El rey firmó la provisión, y la recogió el duque.

--Por aquí--dijo para sí Lerma, guardando la provisión del licenciado Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso.

--¿Queda algo más que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipatía por los negocios deseaba verse libre.

--Sí, señor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasión de complacer á su majestad la reina.

--¿Y cómo?

--Dándola este auto, que pone á cubierto de todo proceso al marido de su dama favorita.

--Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina. Voy... voy... adiós, Lerma, adiós.

Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta y se encontró en la recámara de Margarita de Austria.

La reina leía.

Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza.

Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey con severidad.

--Veo que aún estás enojada, Margarita--dijo el rey.

--En efecto, señor--contestó la reina--; tengo un profundo disgusto.

--¡Por tu queridísima doña Clara!

--Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este asunto.

--¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos! ¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces.

La reina se sentó al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante nublado y sin mirar á Felipe III.

--¡Lo que yo digo! ¡eso, eso es!--exclamó con impaciencia el rey--; ¡yo soy lo último de todo!

--¡Señor!--dijo la reina con dignidad.

--Se me respeta, pero no se me ama; basta el más ligero motivo para que no se me oculte el desvío que causo. ¡Como ha de ser! ¡Y yo, á pesar de todo, me afano por complacerte, Margarita!

La reina comprendió que debía bajar del empinado lugar á que se había subido; que debía ser mujer, y combatir al hombre, no al rey.

--Sí--dijo, hiriendo con su pequeño pie la alfombra y mordiéndose impaciente su grueso labio austriaco--; sí se conoce que mi esposo... me ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa á ellos; ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; ¿qué puedo yo desear? ¿Qué reina ha tenido más influencia sobre su esposo?

--Puedo hacerte que llores de alegría, y que me abraces como una loca, Margarita--dijo el rey.

--¿De veras?--preguntó disimulando mal su ansiedad la reina, porque en las palabras y el aspecto del rey conoció que podía prometerse algo satisfactorio.

--Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondrá buena de repente á tu amiga doña Clara, que creo que anda enferma.

--¿Cómo queréis que esté una recién casada que adora á su marido, y que ni aun sabe dónde para?

--¡Es verdad! ¡es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado romper el proceso de don Juan Téllez Girón, y aquí está la orden de libertad.

El rey dió á Margarita de Austria el pliego cerrado que contenía el auto.

Pasó una alegría infinita por los ojos de la reina.

Rompió el sobre y leyó ávidamente la orden de soltura.

--¡En la torre de los Lujanes! ¡y allí está mi libertador preso, dudando, temiendo...!

--¡Tu libertador!--dijo el rey con asombro.

--¡Sí, mi generoso y valiente libertador!

--No te comprendo.

--¿Por qué he de callar más? Yo estaba resuelta á revelároslo todo, cuando no me quedase otro medio de salvar á ese caballero. ¿Por qué no he de ser franca y leal con vos, cuando está salvado?

--¡Qué! ¿tú me ocultabas algo, Margarita?

--¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar de mí, ¿no es verdad?

--¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!--dijo el rey en uno de los arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer--. ¡Cómo! ¿por qué había yo de dudar de vos, señora?

--Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi vida he obrado con ligereza.

--Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves.

--No, no; me habéis de oír: os lo suplico--dijo la reina--, necesito librar mi conciencia de este peso.

Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó.

--¡Tú conciencia, dices!

--Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no debía haberos callado.

--¿Tendremos alguna otra conspiración?--dijo todo asustado el rey.

--Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.

--¿Conspiraciones vuestras?

--Por recobrar vuestra dignidad y la mía.

--Pues lo de siempre. ¿Y quién os ayudaba á conspirar? porque nadie conspira solo.

--Don Rodrigo Calderón.

--¡Ah! ¡ah!

--Se me mostró leal... cuando era traidor; le concedí algunas audiencias secretas.

--¿Contra el duque de Lerma?

--Contra el duque de Lerma.

--¡Ah! ¡don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre á quien todo lo debe! ¡No sabía yo que ese tal era tan malvado!

--Lo es más aún: ese hombre se ha atrevido á dictarme condiciones.

--¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable atreverse á dictarte condiciones?

--Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y verme.

--¡Y esas cartas! ¡esas cartas!

--Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón, que se las arrancó á estocadas.

--¡Ah!--dijo respirando el rey--; ¿y de resultas de esas estocadas está herido don Rodrigo?

--Sí, señor.

--¿Pero don Juan sabrá...?

--Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara.

--¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las cartas...

--Sí; sí, señor--dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita.

--Pues es necesario premiar á ese caballero.

--Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una cosa, señor.

--¡Qué!

--Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía, pude ser una vez imprudente.

Y la reina se arrojó á los pies del rey.

--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres!

Y besó á la reina en la frente.

--¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!--dijo la reina llorando de placer y estrechando al rey entre sus brazos.

--No me dices eso siempre--contestó el rey con el acento y la expresión de un niño voluntarioso.

--Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno, Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo!

--¡Oh, Dios mío!--dijo el rey--¡si esto durara mucho!...

--Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y cuyas lágrimas es necesario enjugar.

--¡Doña Clara!

--Doña Clara... y voy... sin perder un momento.

--¡Ir tú!... ¡la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.

--Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo, esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós.

Y la reina escapó.

--¡Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena acción se le queda á uno el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva á ponernos tristes.

Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía aún entre las manos su montero mayor.

CAPÍTULO LXXV

EL SOL TRAS LA TORMENTA

Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la almohada, en una bellísima alcoba, había una mujer.

Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo desesperado hacía desgarrador su llanto.

En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los Dolores, había una lamparilla encendida.

Fuera de la alcoba, junto á la puerta, estaban sentadas dos dueñas silenciosas é inmóviles.

Pasó algún tiempo así.

Abrióse al cabo una puerta, y asomó por ella la cabeza de una doncella.

--La camarera mayor de la reina quiere ver á la señora--dijo la joven en voz baja.

--¿Qué hacemos, doña Inés?--dijo también en voz baja la una dueña á la otra.

--¿Qué os parece que hagamos, doña María?--preguntó la preguntada.

--La señora no duerme, que solloza--dijo doña María.

--Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés.

--Pues, avisémosla.

--Avisémosla.

--Id vos.

--No, vos.

--Cualquiera.

Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al lecho, y dijo casi al oído de su señora:

--La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros, señora.

--¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!--dijo doña Clara, apartándose de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué la habéis detenido?

La dueña salió como un relámpago.

Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en ella la duquesa de Gandía.

--¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco.

La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas, exclamó llorando:

--¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío!

--Me habíais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doña Clara.

--Su majestad está en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugándose las lágrimas--; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma.

--¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme.

La reina viene alegre, impaciente.

--¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara.

Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la había salido al encuentro.

--Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consuélate, enjuga tus lágrimas; te traigo buenas noticias.

--¿Dónde está, señora?

--En la torre de los Lujanes.

--¿Y puedo verle?

--Sí.

--¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames... y... ¡le amo tanto!

--Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te amenazase una desgracia?

--¡No corre peligro su vida!

--No, ni mucho menos...

--Y entonces, ¿qué hay que temer?

--Nada.

--¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso?

--Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate...

--¿Para qué?

--Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir la noticia inesperada de una dicha.

--¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo.

--Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su prisión.

Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad.

La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente ansiedad á la reina.

--Sí, sí; ve amiga mía--dijo la reina--; pero no te olvides de decir á doña Juana que la espero para volverme á mi cámara.

Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de besos y lágrimas.

Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones.

--¡Libre! ¡libre, madre mía!--exclamó arrojándose en los brazos de la duquesa y riendo y llorando á un tiempo--¡libre! y ¡libre de todo cargo!

--¡Ah! ¡gracias á Dios!

--Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una litera!--añadió dirigiéndose á una puerta--. Después, venid, madre mía; él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos!

--Adiós, hija mía, adiós--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente, y salió.

--Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento--repitió con impaciencia doña Clara.

Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la joven.

Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al alcaide.

--Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el alcaide leyendo la orden.

Afortunadamente no le oyó doña Clara.

--No hay que oponer nada á esto--dijo el alcaide dando vueltas á la orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los muebles...

--Bien, bien, pero llevadme á donde está--dijo doña Clara.

--¿Y quién le diré que le busca?

--Su esposa.

--¡Ah! perdonad, señora--dijo el carcelero quitándose su caperuza, que hasta entonces había tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos...

--¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido?

--Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete, dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos.

El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura.

Doña Clara le seguía sin pensar en donde ponía los pies, acertando con los escalones y con las revueltas por instinto.

Al fin se vió alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, á cuyo fin había una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados.

Doña Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir.

Golpeó con su pequeña mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus pulmones y toda la alegría de su alma:

--¡Juan! ¡Juan!

--¡Clara de mi alma!--gritó desde adentro el joven.

--Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan así delante de gentes--dijo el alcaide acabando de abrir.

Y cuando la puerta estuvo franca, como nada había ya que guardar allí, se volvió dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras:

--¡Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le dé la gana. ¡Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa.

Entre tanto doña Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados, mudos, en el primer momento de alegría. Parecíales á entrambos que habían resucitado el uno para el otro.

Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña Clara.

Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de fantástico, de divino.

--¡Juan de mi alma!--le dijo doña Clara--; vámonos de aquí: me parece que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie, como no sea Dios, me volverá á separar de ti.

--¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?--dijo don Juan acordándose á pesar de todo de la pobre Dorotea.

--¡La reina!--contestó doña Clara--; no sé por qué medio: anoche yo me arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso.

--¡La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de las manos de Dorotea á las de la reina.

--Sí, sí--repuso impaciente doña Clara--; ¿pero qué importa eso? Lo que importa es salir de aquí.

Y tiró de su marido, que se dejó conducir.

Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro respetuosamente y gorra en mano.

En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero.

--El señor alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, acaba de enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocupó cuando le prendió--dijo el alcaide.

El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y dió las gracias al alcaide.

--Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos seguían hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir miráseis esta cuentecita.

Y presentó un papel á don Juan.

Aquel papel decía:

«Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Téllez Girón, en las veinte y cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes.

»Por alquiler de la habitación alta donde estuvo preso en otro tiempo el rey Francisco, y donde sólo se encierran personas principales, diez ducados.

»Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sábanas de holanda y repostero de damasco, mantas y demás, cinco ducados.

»Por ídem de doce sillas, un sillón, una mesa, un candelero de plata y una alfombra, seis ducados.

»Por una comida traída de la hostería de los Tudescos, ocho ducados.

»Por una cena de ídem, cuatro ducados.

»Por un almuerzo de ídem, cuatro ducados.

»Por una vela de cera, cuatro reales de vellón.

»Por asistencia, dos ducados.

»Por derechos de carcelaje, ocho ducados.

»Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales de vellón.--Ginés Piedrahita.»

Debemos advertir, que de esta cuenta sólo leyó don Juan la suma total.

--¿Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan.

--Sí, por acaso; ¿qué se necesita?

--Da á este hombre, dos doblones de á ocho.

Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones.

--Aquí sobra dinero, señor--dijo con un acento particular el alcaide, al recibir las dos monedas de oro.

--Guardadlo--dijo don Juan.

--Viváis mil años, señor--dijo el alcaide apresurándose á abrir la puerta.

Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y se metió con su marido en la litera.

--¡Ah!--dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar--, ¡gracias á Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!

Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre las suyas.

Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo.

Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche con ella en Puerta de Moros.

CAPÍTULO LXXVI

DE CÓMO EL COCINERO MAYOR CONOCIÓ CON DESPECHO QUE NO HABÍAN ACABADO PARA ÉL LAS ANGUSTIAS

Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tenía en su casa Francisco Martínez Montiño, se ocupaba en contar una gran cantidad de dinero que tenía sobre la mesa.

Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y á otro lado los escudos y los ducados de plata.

--Cabal, cabal--decía--, nada he perdido; ni un maravedí; mi mujer no me ha engañado; había puesto á cubierto mi dinero, y el señor Gabriel Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados están aquí... completos, justos. Sólo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y más que hubiera sido. El arca de hierro donde está el dinero de don Juan la tiene el mayordomo mayor del rey, y me será entregada, según me han dicho, para que yo responda de ella á su dueño. Además, ese bribón de sargento mayor que había llegado á inquietarme, ha muerto. Casaré á mi hija con ese Cristóbal Cuero, y allá se arreglen; haré lo posible para que el duque de Lerma dé un empleo al galopín Cosme Aldaba, y cuando todo esté hecho, me iré con Luisa y con lo que haya nacido á Asturias, compraré una tierra y viviré en paz.

El cocinero empezó á poner en sacos su dinero, y á colocar aquellos sacos en una arca.

--Sólo me inquieta una cosa--decía entre dientes y compungido...--la muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y á quien no me atrevo á delatar porque sería necesario delatar á mi mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo no he tenido la culpa; y luego, ¿quién sabe si aquellos polvos que me dió en la cárcel Cristóbal son un hechizo ó un veneno? los tengo aquí; me los metí sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevaré al señor Gabriel Cornejo que entiende de esto y él me lo dirá. Vamos... por último... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha sucedido.

Acabó de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y cerrándole cuidadosamente, se fué á una habitación donde su mujer y su hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden.

--¡Eh! ¿qué tal? ¿se te ha pasado ya el susto, mujercita mía?--dijo Montiño, en quien la debilidad era un defecto incurable.

--No ha sido tan pequeño que pase tan pronto, marido mío; si vos hubiérais sido mejor de lo que sois y no hubiérais pensado mal de vuestra mujer, y no la hubiérais hecho meter en la cárcel, estaríamos mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habéis hecho contra mí; yo no puedo perdonaros tan fácilmente.

Esto lo decía Luisa, subida en una silla, de espaldas á Montiño, clavando clavos en la pared y dejándole ver el pie más pequeño y el principio de unas piernas lo más bonito que podía darse.

--Vamos, no hablemos más de esto, mujercita mía; yo he estado loco y á los locos se les perdona todo; yo te compraré un justillo y una saya de terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te daré aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto.

--Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocéis que habéis sido malvado, y queréis contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse el alma.

Y Luisa se echó á llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la muerte del sargento mayor á quien amaba, y con quien había pensado gozar fuera de España el dinero robado á su marido.

Pero Montiño era de esos ciegos que no ven ó no quieren ver, y exclamó:

--¡Válgame Dios y qué llanto tan inútil! ya no tienes nada que temer, y yo te amo más que nunca.

--No queréis que llore, ¡y me habéis llamado adúltera y miserable!--dijo Luisa buscando un pretexto á su llanto.

--Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba loco. ¿No estás bastante vengada de mí?

--No, no y no; necesito vengarme más.

--Pues bien, haz de mí lo que quieras, pero no me atormentes más con tus lágrimas. Tendrás todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas...

--¡Ah!--exclamó desconsoladamente Luisa.

--Y á mí, padre, ¿qué me daréis á mí?--dijo la Inesilla.

--A ti, hija mía, te daré un hermoso ajuar, un buen dote y te casaré con Cristóbal.

--¡Ay, padre! y ¡qué bueno es vuesa merced!

--No lo cree así tu madre, que dice que se ha de vengar de mí.

--¡Bah! madre Luisa está irritadilla... pero eso se le pasará: ¿no es verdad, madre?

--¡Eh! ¡no!--dijo Luisa.

--¡Todo sea por Dios!--dijo Montiño--; voy á las cocinas, que ya es tiempo de que yo vuelva de nuevo á mi obligación; quiera Dios que cuando vuelva te encuentre de mejor humor, mujer.

Y Montiño salió y se trasladó á las cocinas.

--Señor Gómez Puente--dijo al oficial mayor, que adelantó cuchilla y tenedor en mano--, ¿qué hacéis?

--Salpimento unos lechones, señor Francisco--contestó el oficial mayor.

--Muchas gracias, señor Gómez--dijo Montiño.

--¿De qué, señor Francisco?--dijo el oficial mayor.

--Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he faltado yo de las cocinas.

--Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien.

--Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad.

--Aquí está la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.

Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió.

--Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos, seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez?

--Hela aquí--dijo el oficial sacando otra lista.

Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor propio.

--Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta--repitió--. Todo esto está muy bien.

--Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gómez--; hemos podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más, no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar.

--En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo: prepárame unos filetes de ternera.

--Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco--dijo una voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo que una mano pesada se apoyaba en su hombro.

Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo que le presentaba una escudilla de madera.

Estremecióse el triste del cocinero.

El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión que era un misterio para el cocinero mayor.

--¿Qué queréis?--dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo.

--Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son de águilas; apropiadme una.

Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del bufón.

--Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa, señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.

El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo.

--Ahora, echadme aquí--dijo quitándose la caperuza--algunos pastelillos y confituras con que acabar mi almuerzo.

Montiño le llenó la caperuza.

--Muchas gracias, hermano--dijo el bufón.

--¿Y qué más queréis?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño, viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una mano y la caperuza en otra, no se movía.

--Quiero que me acompañéis.

--Yo he almorzado ya.

--Que me acompañéis mientras almuerzo yo.

--No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera sobreasados por mi propia mano...

--Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado yo y que quiero que hagáis--dijo con voz ronca el bufón.

--¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tenía graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón--. Pues esto es distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención.

Y salió con el tío Manolillo.

--¡Pobre señor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada día me convenzo más de que está loco.

--Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales.

--Y se sonríe de una manera que mete miedo--observó otro.

--¡Pobre señor Francisco!--dijeron todos.

Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había encerrado con él.

Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer con ansia.

--Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo cuando hay que obrar.

--Decidme, tío Manolillo, ¿para qué me habéis traído aquí?

--Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al momento.

--Yo no puedo ir... y no iré...--dijo el cocinero.

--¿Cómo que no iréis? ¿Ignoráis que sobre vuestra cabeza pende un proceso de asesinato?

--El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso.

--¡Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandará prender de nuevo cuando se lo mande yo.

--¡En cuanto vos se lo mandéis! ¡Bah! vos sois algo fanfarrón, tío Manolillo.

--Oye, Montiño: si te vuelves á permitir burlas conmigo, te doy una paliza, ¿me entiendes?

El cocinero mayor se acobardó.

--Y si te niegas á servir á Dorotea te llevo á la horca.

Entróle pavor á Montiño.

--¿Pero en qué hay que servir á Dorotea?

--Puede suceder que Dorotea quiera matar á alguien.

--¿Y se valdrá de mí?

--Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno.

--Os digo que no, que no y que no--exclamó Montiño poniéndose lívido de miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo seré.

--Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy á revelar lo que sólo sabemos Lerma y yo; voy á convencerte de que Lerma es mi esclavo. Mira.

El bufón sacó de su pecho un legajo de papeles, le desató y, desdoblando uno de aquellos papeles, le dijo:

--Lee.

--¡Dios mío!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella carta.

--Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque. ¿No es verdad? Pues lee estotra.

--¡Señor, señor!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella segunda carta.

--Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad?

--Sí, sí.

--¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra Lerma no te tiene en sus manos?

--¡Dios mío!--exclamó medio muerto de terror el cocinero.

--¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso?

--Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que ningún mal os ha hecho.

--Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de tu mujer?

--¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios!

--Pues bien, seguirás siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que Dorotea te mandará, habrás matado á ese infame.

--Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien.

--Lo tengo pensado.

--¿Y decís que...?

--Que si no obedeces á Dorotea vas á la horca.

--Dejadme tiempo para pensar.

--Si no te decides te dejo encerrado aquí, voy á ver á Lerma, le arranco la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia.

--Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, iré á casa de Dorotea.

--Vendrás conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con más fuerzas que nunca. Vamos.

Y llevándose tras sí á Montiño, que estaba adherido á él por el terror, salió de su aposento y poco después del alcázar.

Encamináronse á casa de la Dorotea.

Cuando llegaron á la puerta, el bufón dijo al cocinero:

--Llamad y entrad, aquí os aguardo.

Montiño llamó temblando.

Abrióse la puerta y apareció Pedro.

--Decid á vuestra señora--dijo Montiño con voz apenas inteligible--que aquí está el cocinero mayor del rey.

--No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en cuanto vengáis, entréis.

El cocinero entró, y poco después estaba á solas con Dorotea.

CAPÍTULO LXXVII

EN QUE SE ENNEGRECE Á SU VEZ EL CARÁCTER DE DOROTEA

La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño.

A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en oro.

--Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos personas--dijo Dorotea.

Montiño, que iba resignado, contestó:

--¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora?

--Como pudiera serlo para el rey.

--¿Con vinos y licores?

--Sí... sí... con vinos y licores.

--Pues bien, tomo diez doblones.

--Tomad lo que queráis.

--¿Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda?

--Para esta noche á las ocho.

--Es muy pronto.

--Tomad por vuestro trabajo lo que queráis.

--No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios.

--Cocina tendréis; utensilios, compradlos.

--Entonces se necesitan otros cuatro doblones.

--Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ahí está, os daré más.

--¡Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en palacio.

--Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda esté dispuesta para las ocho de la noche.

--Lo estará.

--El tío Manolillo os llevará á la casa donde habéis de guisar y servir esa merienda.

--¿Será necesario buscar vajilla?

--No, se llevará de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para lo cual no dudo que necesitáreis mucho dinero.

--¿Qué cosa, señora?

--Un veneno que mate como un rayo.

Y al decir estas palabras Dorotea, se cubrió el rostro con las manos y rompio á llorar.

--¡Un veneno, señora!--exclamó aterrado el cocinero--; ¡un veneno! ¿y para qué le queréis?

--Buscad un veneno; cuando habéis venido aquí, ¿no habéis venido resuelto á obedecerme?

--Sí.

--Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante?

--Sí; sí, señora.

--Pues tomadlos.

El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó.

--Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa pera la pondréis un lazo rojo y negro.

--¡Señora! ¡señora!

--Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar, con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros.

Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el papel.

Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño.

--Tomad, idos--le dijo--; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo entendéis?

--¡Adiós, señora, adiós!--dijo Montiño, y salió apresurado, porque le parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en que se veía metido.

Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo.

Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no verse colgado de aquel patíbulo horrible.

La fatalidad arrastraba á Montiño.

--¿Estáis dispuesto?--le dijo el bufón.

--Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo.

--Pues vamos á donde sea necesario ir.

--Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para preparar la vianda que quiere Dorotea.

--Vamos, pues.

No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo, en la cocina de una casa deshabitada.

Eran las dos de la tarde.

A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar á toda prisa un inmenso salón en aquella misma casa.

CAPÍTULO LXXVIII

EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA VERÍDICA HISTORIA

Era ya cerca del obscurecer.

En dos bufetes (así se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas aparadoras) se veían puestos en tres filas como hasta dos docenas de platos, conteniendo una riquísima variedad de manjares.

Sentado á un lado de la cocina, limpiándose el sudor que corría en abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable á pesar de la situación, su magnífica merienda, perfectamente arreglada, estaba el cocinero mayor.

Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnífica vajilla de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el tío Manolillo, ceñudo y taciturno.

Ninguno de los dos hablaba una palabra.

Pero como obscureció hasta el punto de que ya no se veía en la cocina, el bufón dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho á un criado:

--Encended una luz.

--Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo--contestó humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día, Señor!

--Después descansaréis--dijo el bufón--; pero antes, concluyamos; encended, encended la luz.

--¿Pues qué? ¿no hemos concluído?--dijo el cocinero levantándose.

--Yo creo que no.

--Pues yo creo que sí--dijo el cocinero mientras encendía una tras otra seis bujías que puso sobre los bufetes.

--¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa, señalada con un lazo de seda negro y rojo?

Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos, espantados, sin fijarse en ningún objeto.

--El lazo está aquí--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el tío Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es verdad que es muy bello?

Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda.

Montiño miró y apartó instintivamente los ojos del terrible lazo.

--Además--dijo el tío Manolillo tomando otro papel más abultado--, aquí hay una porción de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese plato de confituras, Montiño, que esté vistoso; vamos, que se pasa el tiempo.

Montiño se acercó á uno de los bufetes, tomó un plato de frutas confitadas, y lentamente, pálido, convulso, fué poniendo á cada dulce un lazo, un adorno, una flor, que también las había.

Quedaba únicamente por poner el lazo negro y rojo.

Montiño le tomó con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que si hubiera sido un reptil ponzoñoso.

--Esperad, esperad--dijo el tío Manolillo--; voy á daros la confitura que debéis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa pera; tomad.

Y desenvolvió de un papel que tomó de sobre una mesa una magnífica pera confitada.

Montiño tomó la pera con la misma repugnancia que había tomado el lazo, y fué á adornarla con él.

--Esperad, esperad, Montiño--dijo el tío Manolillo--; aún falta algo á esa pera.

--¡Por Dios! ¡Por su Santísima Madre! ¡Por todos los santos y santas del cielo! ¡No me obliguéis á ser asesino!--exclamó el cocinero juntando las manos y llorando.

--Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo á la cárcel.

--Pues bien--dijo Montiño desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos, vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á Dios...

--Acabad, que lugar tendréis de jurar después.

--Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos--: que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir.

Y sacó un papel ajado y le desenvolvió.

--¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en algún otro plato--dijo el bufón dando la confitura al cocinero y apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos--. Hacedlo aquí.

--Ni veo, ni sé lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los polvos rojizos que contenía el papel.

--Pues ved de ver--dijo el bufón.

--¿Y cómo pongo yo esto en la pera?--dijo Montiño, cuya voz aterrada por el miedo, apenas se oía.

--Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.

Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando, estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le hizo repetir esta operación tres veces consecutivas.

Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera.

--Ahora podéis ponerla ese lazo--dijo el tío Manolillo.

Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro.

Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.

--Ahora podéis descansar cuanto queráis--dijo el bufón.

--No; no, señor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y se echó estrepitosamente á llorar.

El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de arreglar la vajilla, una canción picaresca.

Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón.

--¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montiño, que buscaba por todos los rincones.

--¿Cómo, os empeñáis en iros?

--Os juro que no me quedo aquí si no me matáis.

--Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa abandonada.

--Es que si he de quedarme solo, no me quedo.

--Y bien mirado--dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo--, ¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia? Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas.

Y tomando una bujía salió de la cocina.

En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y sus armas.

Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había detenido.

Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio, entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta.

Montiño escapó con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa un pájaro á quien abren la jaula.

Y sin detenerse, sin volver la cara atrás, temeroso de ser cogido de nuevo, no paró de correr hasta que dobló tres esquinas.

Entonces se detuvo y escuchó con atención.

Nada se oía más que el rumor monótono y sostenido de la lluvia, porque seguía lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte á lo largo de las estrechas calles.

Miró y tampoco vió nada, porque la noche era obscura.

Montiño no podía apreciar en dónde estaba precisamente, porque había salido de la casa tan azorado, que no sabía si había tomado hacia la derecha ó hacia la izquierda.

Y tal era el miedo, tal la preocupación del menguado cocinero, que no se le ocurrió orientarse, ni otra cosa más que seguir adelante, y aun esto no se le ocurrió, sino que lo hizo maquinalmente.

Y siguió, siguió torciendo esquinas á la ventura, empapándose en agua, tropezando aquí, resbalando allá, sin encontrar ningún transeunte, sino de tiempo en tiempo y aun así sin reparar en él.

No se había atrevido á desenvainar la daga, porque temía no le aconteciese otra negra aventura como la que creía haberle acontecido la noche anterior; esto es: matar á un hombre entre lo obscuro, sin voluntad alguna de matarle.

Y siguió, siguió andando con paso tan rápido, que se cansó al fin y se sentó en el escalón de una puerta.

Y allí, encogido, temblando á un mismo tiempo de frío y de miedo, se puso á llorar sin saber por qué lloraba, porque el pobre cocinero mayor en aquellos momentos había perdido la conciencia de todo.

Pero pasó algún tiempo, y con el frío de la noche, con la lluvia, con el viento, afectado de una manera externa, fué volviendo al uso de sus facultades, recordando, apreciando su situación.

Entonces, no estando sujeto á la influencia próxima del tío Manolillo, la conciencia del cocinero se rebeló contra lo que había hecho, operóse en su alma una reacción poderosa, y se levantó como al impulso de un sacudimiento galvánico.

--¡Ah, Dios mío, Dios mío!--exclamó--; ¡no ha sido un sueño, no! ¡no ha sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo; de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee ese miserable, ¡ese infame Manolillo! ¡y por mi miedo va á morir una criatura humana y yo me condenaré! No, no; es necesario evitar... es necesario correr... avisar... ¿y á quién? á la justicia... porqué... ¿qué sé yo á quién quieren matar?...

El cocinero adelantó algunos pasos.

--Pero Dios mío--dijo al fin--, ¿dónde estoy yo? he venido hasta aquí sin saber por dónde he venido, y no pasa nadie, y la noche está obscura como boca de lobo.

En aquel momento y como contestando á la pregunta del cocinero, traído por el viento, llegó hasta él el sonido de un reloj cercano.

--¡Dios mío!--exclamó Montiño--; es el reloj de Nuestra Señora de Atocha. Me he perdido; estoy de extremo á extremo de palacio y son las nueve de la noche. Cuando yo salí de aquella maldita casa debían ser, cuando más, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa el crimen. Pero ¡ah! Dios sin duda me ha traído aquí cerca del padre Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelaré bajo secreto de confesión, y que tiene mucho ingenio y sabrá sacarme del paso sin comprometerme; y no hay que perder tiempo: ¡no, Dios mío, no!

Y siguió adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y casi á la carrera.

Cinco minutos después tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del convento y pedía al portero ver al padre Aliaga de orden del rey.

Inmediatamente fué introducido.

El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba más que leía sobre un libro.

Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza.

Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver el presagio de una desgracia.

--¿Qué sucede?--dijo cerrando el libro y levantándose.

--Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.

--¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á mi?

--Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de confesión.

--¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el impedirlo.

--Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi confesión.

--Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo sin avisar á nadie, de su celda con Montiño.

Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque aquello era verdaderamente extraordinario.

--Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos á dónde me lleváis.

--A la calle de Don Pedro.

--Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y proveámonos de luz.

--No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados.

--Pues bien, vamos y apresurémonos--dijo el padre Aliaga recogiéndose con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño--; empezad, pues, os escucho--añadió el religioso.

--Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de confesión.

--Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, in verbo sacerdotis.

--¡Cómo!

--Bajo palabra de sacerdote.

Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó apresuradamente la confesión general.

Después dijo:

--Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una merienda.

Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar.

El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño, hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:

--¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura de Dios!

Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre el suelo encharcado, murmurando:

--¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--; me aterraron... el tío Manolillo...

--¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!--exclamó aumentando en severidad el padre Aliaga--. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos, corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura va á morir, donde está muriendo acaso!

El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo.

El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño, corría también.

--¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?--dijo el padre Aliaga.

--¡No lo sé, no lo sé!--contestó todo gemibundo y miedoso Montiño.

--¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?...

--No, ni la Dorotea tampoco.

--¿Qué decís de la Dorotea?

--La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar una merienda.

--¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa persona!...

--No; no, señor.

--Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón...

--¿Mi supuesto sobrino?

--Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le ama... le ama con toda su alma...

--Sí; sí, señor.

--Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla...

--¡Dios mío!

--¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y retrasan nuestra marcha.

Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero.

Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento, llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro.

Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á oír el choque del acero.

Montiño se detuvo, pero el padre Aliaga tiró violentamente de él y le arrastró hacia un lugar donde resonaban grandes golpes á la puerta de una casa.

CAPÍTULO LXXIX

DEL MEDIO EXTRAÑO DE QUE SE VALIÓ QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIÓN EN QUE LE HABÍA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS

Dejamos al final del capítulo LXXI á Quevedo y á la condesa de Lemos en un magnífico salón de una quinta, y sentados á una mesa admirablemente servida.

El moreno y hermosísimo semblante de la condesa estaba embellecido por el color febril de una excitación extraña; el amor, pero un amor lastimado, ofendido, receloso, entumecía sus ojos fijos en Quevedo.

Su mórbida garganta se hinchaba hasta el punto de que parecía no poderla contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qué la ceñía, y la magnífica cruz que pendía de esta gargantilla, se levantaba y descendía á impulsos de la continua dilatación y compresión del casi desnudo seno de doña Catalina; sus hermosas manos cuajadas de cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado blanco, temblaban al hacer el plato á Quevedo.

Este, por su parte, tenía fija una mirada atónita, ardiente, asombrada en la condesa.

Nunca la había visto, ni aun la había soñado tan hermosa.

Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar su hermosura.

El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cómo pensando en seducirle, en deslumbrarle, se había ataviado, todo lo cual la hacía resplandeciente, y luego el carácter particular de aquella aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban á la condesa un poderío terrible, tratándose de un hombre tan sensual y tan espiritual á un tiempo como Quevedo, que se sentía halagado por completo en los sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura, toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para él y sólo por él.

Y además, hasta la vanidad de Quevedo, que también tenía vanidad, estaba halagada, y su buen gusto, que le tenía exquisito, estaba satisfecho.

Todo lo que le rodeaba era magnífico, rico y bello; desde el techo, de madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una alfombra de terciopelo, las tapicerías, los cuadros, los cortinajes, los muebles, las arañas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de plata cincelada, las mesas cargadas de bujerías preciosas, aquella otra mesa con riquísimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y límpidos vinos generosos en costosas y raras cristalerías; el fausto, el brillo, la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para él solo, hermosa para él solo, enamorada para él solo, una mujer engalanada con un tesoro de joyas y del alhajas, semejante á un sueño, noble por su cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva, sensible, poética, valiente, obstinada, en lucha con él, todo esto mareaba á Quevedo, le aturdía, le adormecía, le fascinaba.

Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de Quevedo á un bello pórtico dorado y misterioso, á cuyo interior servía de telón una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse, por decirlo así, en los estribos y acordarse de su porvenir; sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, á aquel su bellísimo presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la condesa.

Se encontraba en el alcázar mágico de una encantadora.

--Cuando hayamos dado un enorme escándalo--dijo la condesa sirviendo un plato á Quevedo y haciéndole la copa--; cuando sin temor á nadie ni á nada, seamos yo tuya y tú mío; cuando nuestro nido de amor sea más hermoso y más rico que éste; cuando nos rodee una familia tuya y mía...

--Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando á dos carrillos y tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa de que nos suceda lo que no debía sucedernos.

--¡Qué! ¿te pesa... don Francisco?...

--Pesaríame por ti... ¿pero qué digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de mis ojos, bebe... embriaguémonos... olvidémonos de todo... pidamos á Dios que disponga como nos conviene de mi señor el conde de Lemos.

--¡Qué! ¿serías tú capaz?...

--Yo... ¡eh! ¡de qué he de ser yo capaz!... abriría yo de buena gana, que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte...

--¡Ah! sí... sí... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si tú fueras otro hombre, no sé á dónde me llevaría mi locura; pero si tú fueras capaz de una infamia... yo no te amaría...

--Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra conciencia. Pero... ¡no bebes, luz de mis ojos!

--No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el corazón no quiero perder la cabeza. Resígnate á ser mío, y no esperes escapar por ningún medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto.

--Hablemos con juicio, Catalina mía.

--¡Juicio! no sé si lo he tenido alguna vez; pero ahora sólo tengo amor y miedo de que te me vayas.

--No puedo irme; aunque estuviésemos separados, aunque tú, lo que Dios no permita, murieses, yo no me vería libre; tu memoria... la memoria de mi felicidad perdida, de mi corazón muerto...

--¡Ah! ¡don Francisco! ¡por qué antes no nos comprendimos!

--El hombre es necio é insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro para conocer que era suyo lo que le han robado... ¡oh! ¡si yo hubiera sido menos necio! ¡si no hubiera mirado en ti á tu padre!... porque en fin, ¿qué tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma, la has heredado de él; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros años he vivido soñando, y aún sueño... aún sueño...

Las dos últimas palabras de Quevedo fueron sombrías.

Después de pronunciarlas, inclinó la cabeza sobre el pecho, é instantáneamente la levantó, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos negros una expresión de soberbia y de blasfemia tales que aterraron á doña Catalina.

--¡Oh! ¡qué soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de Quevedo.

--Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo amor.

--¡Oh! ¡y qué palabras!

--Creo que he nacido maldito, Catalina--continuó Quevedo.

--Tú quieres asustarme.

--No...--respondió Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo, se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo, porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á ofenderte?

Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le miraba también.

Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.

El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido.

Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su influencia, le llevaba por el camino de la verdad.

--Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.

--Ahora de mucho, de todo, Catalina mía--dijo Quevedo, rodeando la cintura de la condesa, que se estremeció.

--Cuenta conmigo.

--Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo.

--Todo cuanto yo pueda es tuyo.

--¿La ambición de tu padre?...

--Sí...

--¿La vida de tu esposo?...

--Sí, y cien veces sí.

Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es, por sus ojos.

La condesa no vió aquella mirada breve y rápida, pero sombría, que pasó como un relámpago.

Si la hubiera visto se hubiera asustado.

Quevedo empezaba á cobrar miedo á la condesa.

Era demasiado enérgica, demasiado terrible.

Quevedo vió de un golpe que doña Catalina podía ser el obstáculo perenne de su vida.

Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio como doña Catalina, era respetable; más que respetable, terrible.

Quevedo llegó á temer si había más que amor en doña Catalina hacia él.

Si la ambición la impulsaba á recurrir á él por una poderosa simpatía.

Serenó su semblante, y atrayendo á sí con ambas manos la cabeza de la joven, la dijo:

--¡Oh, y cuan bien que brillaría sobre esta serena y noble frente una corona!

--Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas--dijo doña Catalina sonriendo--; una corona de amor.

Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor.

Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera tenido esperanzas de dominarla.

Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba escarmentada, recelosa.

--Dime, don Francisco--dijo doña Catalina sentándose sobre sus rodillas--: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?...

--¿Yo?...

--¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del duque Osuna?

--El duque de Osuna es mi amigo.

--No; es tu criado.

--¡Catalina!

--¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles?

Quevedo miró profundamente á la joven.

La joven sonreía de una manera singular.

--¡Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. ¿Y qué es ser rey?

--Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?...

--El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para equivocarse.

--¿Y qué tiene que ver mi padre?...

--Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones... lo has oído al duque de Lerma.

--Es que te he adivinado, don Francisco.

--¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?...

--Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España, que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá... aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa mujer?

--Sí.

--¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?

--Lo creo.

-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina?

--Sí.

--Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome?

--Es que yo no te abandono, me ausento.

--Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco?

--No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no me has dejado alma para otra mujer.

--Pues bien; no nos separaremos.

--Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.

--Yo lo sabré.

--Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie.

--¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí?

--Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al auxilio de don Juan.

--Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás.

--Te aborreceré.

--Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la mujer de su amor.

Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo.

--¿Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco.

--Aún hay un medio de entendernos.

--¿Cuál?

--Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Nápoles.

--¡Oh! pues entonces...

--Si me pruebas que me amas, abandono á España, y con el pretexto de la salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mías, me voy contigo.

--No puedes dudar de mi amor.

--Necesito una prueba.

--¿Cuál?

--Permanece aquí, deja á mi cuidado el salvar á ese don Juan, y cuando esté en salvo, partiremos juntos.

--A don Juan no puede salvarle nadie más que yo.

La condesa se irritó.

--Y bien--dijo--, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada.

--Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir mujeres--exclamó perdida ya la paciencia Quevedo.

--Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan desventuradas.

--Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí--dijo Quevedo, acabando de perder completamente la paciencia.

--Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no saldrás.

--No me obliguéis á cometer una villanía.

--Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho que estoy desesperada?

--Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo.

--Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.

Quevedo se puso á pasear á lo largo de la cámara; la condesa se sentó en un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa.

Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola palabra.

De improviso se detuvo Quevedo.

--Paréceme que se acerca alguien--dijo.

La condesa se puso sobresaltada de pie.

--Y bien, ¿qué me importa?--dijo dominándose y sentándose de nuevo--; sea quien quiera, nada me importa.

--Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman.

La condesa volvió á ponerse de pie.

Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta:

--¡Señora! ¡señora! ¡por amor de Dios! ¡oíd, si no queréis que suceda una desdicha!

La condesa se acercó á la puerta.

--¿Qué sucede, Josefina?--dijo.

--El señor conde de Lemos acaba de llegar á la quinta y pregunta por vuecencia.

--¡Ah! ¡mi marido!--dijo la condesa.

--¡Tu marido! ve, Catalina, evítame un desastre; el conde es orgulloso y yo estoy desarmado.

--¡Desarmado! ¡desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases, blancas, de fuego... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Espera, Josefina, espera... y tú espera también... Yo te juro que, á pesar de todos los condes y de todos los maridos del mundo, no te me escaparás, no huirás de mi.

Doña Catalina abrió violentamente la puerta y salió.

Quevedo la oyó cruzar por fuera una barra y echar llaves.

--Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engañar á ese imbécil de don Fernando de Castro, ó lo que es peor, de hacerle consentir en un convenio vergonzoso, como si lo viera; después de una hora de conversación con su marido, volverá para tenerme al lado y no separarse de mí en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ¡ah! ¡no! ¡Quevedo! ¡muy poco valdrás y merecerás todo cuanto te suceda si no logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel retrete hay armas, armémonos.

Quevedo tomó una bujía de sobre la mesa y se dirigió á una puerta situada á un extremo de la cámara, la abrió y entró.

En los ángulos había algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una especie de espeteras de madera rica y tallada, gran número de espadas y dagas; algunos preciosos pistoletes se veían acá y allá.

Quevedo tomó una espada, una daga y dos pistoletes, después de cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; á seguida salió de la cámara y abrió una de las puertas que suponía de balcón; pero se había engañado, aquella puerta tenía detrás una fuerte reja.

Quevedo era un hombre de imaginación pronta; recordó que en el estante, entre las armas de caza, había algunos frascos de pólvora, y entró, se apoderó de aquellos frascos y los puso junto á la reja; luego, con la daga, abrió algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellenó de pólvora aquellos huecos, puso en comunicación con ellos un reguero que llevó hasta un lugar desde donde podía ponerle fuego á cubierto de la explosión de las cargas de pólvora de la reja, y á continuación se puso á apilar las mesas, las sillas y los muebles junto á la puerta de entrada.

Luego se dirigió á aquel misterioso apartamiento, cubierto por una cortina, en el que tantas veces se había fijado la vista de la condesa, y se encontró en un precioso dormitorio. Quevedo suspiró, pero suspirando cargó con un colchón y le llevó á la cámara; volvió y cargó con otro, y así sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el montón que cubría la puerta de entrada de la cámara; y cortinas, tapices, cuadros, ropas, todo fué á parar allí, y todo esto en pocos momentos.

Entonces Quevedo aplicó la luz de una bujía á aquella especie de pira que casi tocaba al techo, y luego otra bujía y luego otra; una llama viva y brillante apareció á los pocos momentos, y un humo denso y blanco inundó la cámara.

Era inevitable un incendio.

La cámara debía convertirse en pocos minutos en una hoguera.

Quevedo aprovecho el tiempo, se fué al ángulo donde empezaba el reguero de pólvora que iba á terminar en los depósitos de pólvora de la reja y le puso fuego; instantáneamente retumbó una detonación y á seguida un golpe, como de un objeto desprendido y que había parado á poca profundidad.

Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies, corrió al vano cubierto antes por la reja, y la encontró franca.

Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja.

Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer.

Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa imposibilidad de salir por sí solo.

Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de Lemos.

Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no se hiciese sospechoso á su marido.

Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional.

Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á esposos que habían estado separados largo tiempo.

La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina.

--Paréceme, señora--dijo el conde--, que habíais tomado la resolución de haceros ermitaña.

--Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando mi voluntad.

--Siempre nos hemos llevado mal, señora, desde el momento en que nos casamos, y en que tuvísteis la franqueza de decirme que, casada conmigo contra vuestra voluntad, nada podía esperar de vos, sino vuestra sumisión á vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisión; yo no he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habéis respetado mi honor.

--Bien; concluid.

--¡Tenéis un amante!

--Fuerza era que yo amara á alguien.

--¡Lo confesáis!

--Había pretendido que no lo supiérais; había tomado mis medidas para ocultároslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningún derecho tenéis sobre mí, sino delante del mundo, y aquí estamos solos, os lo confieso: amo á un hombre y soy suya... es más... lo seré.

--¿Y quién es ese hombre?

--Don Francisco de Quevedo.

--¿Y está aquí?

--Aquí está.

--Bien: esto me da ocasión para encerraros en un convento y matar á ese hombre.

--Al separaros de mí... ruidosamente, perderéis la administración de mis bienes.

Púsose pálido el conde.

--Si me servís--continuó la condesa--os pagaré bien.

--¿Meditáis bien lo que decís?--dijo aturdido el conde, porque la amenaza de perder la administración de los bienes de su mujer le había aterrado.

--Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo había querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera querido más bien que hubiérais meditado mejor lo que os convenía y que nos hubiéramos entendido tácitamente. Pero ya que me habéis amenazado, yo, que si estoy obligada á ser vuestra ante los hombres, no lo he estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que tengo un esposo del corazón; que digna y honrada he sido de ese esposo, por más que yo no se lo haya confesado; que suya seré únicamente, y no vuestra ni de ningún otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro nombre, que podrá suceder se necesite, tomad de mí lo que queráis y contad con mi apoyo en la corte.

--Lo que me decís--dijo balbuceando el conde--es horrible.

--Haced lo que mejor os plazca; en ocasión estáis de consentir ó de rehusar.

--Pero el escándalo...

--Evitaréle yo por mí misma.

--Lo pensaré.

--Pensadlo en buen hora.

En aquel momento sonó una detonación, y poco después se oyeron las voces de los criados que gritaban:

--¡Fuego! ¡fuego en la cámara de su excelencia la señora condesa!

--¡Eso es que Quevedo se me escapa!--exclamó doña Catalina.

Y corrió desolada al lugar del incendio.

Entre tanto el conde sacó del bolsillo una carta, la retorció y la puso á la luz.

Aquella carta ardió.

Aquella carta antes de quemarse decía:

«Excelentísimo señor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que habéis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro lugar un amante, y se solaza con él en vuestra hacienda del río.»

Esta carta no tenía fecha y era anónima.

CAPÍTULO LXXX

DE CÓMO EL INTERÉS AJENO INFLUYÓ EN LA SITUACIÓN DE QUEVEDO

No sabemos cuánto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso hubiera perecido, á no ser por un incidente imprevisto para él.

Y decimos si acaso hubiera perecido, porque el incendio había progresado con una voracidad tal, que las llamas salían en turbiones rugidores por las rejas de la cámara de la condesa de Lemos, al poco tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no debían tardar en caer, debían caer sobre él inflamados.

Al resplandor de estas llamas, Quevedo vió un hombre embozado que se deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no habían podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros.

--¿Quién será éste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? ¿estaría cercada la casa? pues si es así, á lo menos con éste me quedo.

Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le armó y apuntó.

--¡Eh! ¡vive Dios! ¡don Francisco!--dijo deteniéndose de repente el embozado que adelantaba--; ¿así queréis tratar á quien viene á salvaros?

--¡Ah! ¡por mis pecados! ¿conque eres tú, Francisco de Juara?--dijo todo admirado Quevedo--. ¡Milagro patente que tú hagas una buena acción!

--Me conviene. Os tengo cogida una palabra.

--Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo.

--A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno.

--Paréceme bien la idea y agárrome á ella--dijo Quevedo agarrándose á la punta de la capa que le había echado el matón.

Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo, logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en cada pierna y perdidos los zapatos.

--Descalzádome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo; agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda. ¿Y á dónde vamos en esta guisa?--añadió Quevedo.

--Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un caballo.

--¿Está muy lejos ese ventorrillo?

--Como un tiro de arcabuz.

--¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara?

--Hacéis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me confieso vuestro.

--Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que tú me veas las espaldas.

--No me quejo, y delante echo.

--Vóime fiando de ti, porque te tengo fiado.

--Dentro de poco fiaréis más.

--Paréceme que suena gritería en la quinta.

--Sin duda vienen á apagar el fuego.

--Pues andemos de prisa, si es que yo puedo.

--Ya no dan con nosotros; está muy lejos y por aquí hace obscuro.

--Pues silencio, no nos sientan.

Siguieron caminando en silencio.

Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un ventorrillo.

--Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de medias y se ponga zapatos.

--¿Y con qué, voto á Baco?--dijo Quevedo.

--Con mis zapatos y con mis medias.

--Paréceme bien--dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas--, pues digo que el enclavamiento fué donoso.

--A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis.

--¿Y tú qué vas á ponerte?

--Las medias y los zapatos del ventero.

--¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.

--Como gustéis.

--Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo.

--Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.

Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos que le había dado el ventero.

--Saca los caballos--dijo á este último Juara--, y toma un ducado.

El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.

Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.

--¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!--dijo Juara--no entráis en parte donde no hagáis daño.

En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.

--Oblíganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldición me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos trae el viento.

--¡Las nueve!--dijo Juara.

--Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas; enderecemos á la de Segovia.

--Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos.

--A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto.

--Como queráis.

--Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías cogida una palabra.

--Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en la quinta que tiene el señor junto al río.

--Bueno--dije para mí--; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé. El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.--Ya veis que si no es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles.

--Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti tal capitán he de darles.

--Tendrán en mí una cabeza valiente.

--No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar.

Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo, echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole las bridas:

--Desde ahora estás á mi servicio.

--Muy bien, don Francisco, y me alegro.

--Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta misma noche marchamos á Nápoles.

--Todos los cuidados los llevo conmigo.

--Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo al mesón del Bizco.

--Muy bien.

--Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir desprevenidos.

--¿Y dinero para todo eso?

--Ya se te dará.

--¿Y para cuándo ha de estar todo preparado?

--Para las doce de la noche.

--Estará.

--Pues adiós, que me importa no perder tiempo.

--Quede vuesa merced con Dios.

Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO LXXXI

DE CÓMO QUEVEDO SE ASUSTA MÁS DE SABER QUE DON JUAN ESTÁ EN LIBERTAD, QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO

Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto Quevedo.

La joven le recibió con alegría.

--Pláceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida...

--Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.

--Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de peligros; ¿conque nos vamos?

--Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os ha buscado.

--Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.

--¿Qué os ha pasado?

--Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.

--Don Juan también ha estado preso.

--Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.

--No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada; pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.

--¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina, os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!

--Sí; él y vos habéis sido declarados libres.

--¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?

--Indudablemente ha sido el duque de Lerma.

--¡El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose pálido--; el duque de Lerma no hace nada de balde.

Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:

--Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, ¿dónde anda que junto á vos no le veo?

--Ha salido--dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en Quevedo--; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...

--¿Y no le habéis preguntado?

--Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.

--Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...

--Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero pensar en ello.

--Ni hay para qué--dijo Quevedo--; amores de un día han sido, ó por mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.

--Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.

--¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...

--Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?

--¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa mujer.

--Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.

--¿Pero no sabéis nada de cierto?

--No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto: con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie.

--Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de media hora á don Juan.

Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación, salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.

--Y es muy posible--decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea, bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan para nada las súplicas de la reina. Después y de motu proprio, el rey nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en mucho tiempo!

Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la Dorotea.

Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera llamado.

Pedro contestó desde arriba.

Quevedo intimó que le abriesen.

Pedro replicó que su señora no estaba en casa.

Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.

--Entrad y os convenceréis--le dijo--: si queréis esperar á la señora, esperadla.

--Dejadme, sin embargo, subir, hija.

--Subid enhorabuena.

Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la alcoba.

--Pues es verdad--dijo.

--¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?--dijo Casilda.

--Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.

--Veamos--dijo Casilda.

--¿Dónde está tu señora?

--No lo sé.

--¿Cómo que no lo sabes?

--Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de manos.

--Tú sabes dónde está tu señora--dijo Quevedo encarándose de repente á Pedro.

--¡Yo!

--Sí, tú: te estás rascando una oreja.

--Porque me pica.

--No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está mi señora.

--No; no, señor, yo no lo sé.

--¿A dónde has ido con un recado de tu señora?--dijo á bulto Quevedo, pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan dominadora, que Pedro se turbó.

--¡Pero don Francisco!...--dijo Casilda.

Quevedo no la dejó continuar.

--Vendrá la justicia, y se sabrá todo--dijo--, y os llevarán á la cárcel y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata.

--¿Pues de qué se trata?

--¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?--dijeron á un mismo tiempo los dos domésticos.

--Por encubridores.

--Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda.

--Yo no sé nada--añadió Pedro.

--Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque todavía sería tiempo de impedir un gran crimen.

Quevedo, sin saberlo, decía la verdad.

Los criados de Dorotea se aterraron.

--Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda.

--Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal á una casa de la calle de Don Pedro.

--¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de Don Pedro está esa casa?

--Hace esquina á la calle de la Flor.

Quevedo no esperó á saber más.

Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas de plata y de cristal.

Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan.

Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á Quevedo.

Por la primera vez de su vida procuró correr.

No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.

La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.

CAPÍTULO LXXXII

EN QUE EL TÍO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA Á DOROTEA

Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla.

En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío Manolillo.

Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.

Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte, instantánea.

Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, terrible, que estremeció á doña Clara:

--¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!... ¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?

Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles, incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de horrible alegría.

--¿Qué decís?--dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.

--Digo que sois viuda.

--¡Viuda!--gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!

--Sí, viuda--contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis daros por viuda porque os lo roban.

--¡Que me le roban!

--¡Sí, no volverá!

--Explicáos, ó por mi alma, llamo...

--Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por última vez á su hermoso don Juan?

--¡Está con ella!

--Sí, con Dorotea.

--¡Mentira!

--Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.

--¿Dónde están ellos?

--Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la amo... la amo... y quiero... quiero venganza.

Doña Clara no le escuchaba.

Buscaba apresuradamente un objeto.

Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en él.

--¿Decís, Manuel--exclamó con voz concentrada y breve--, que sabéis dónde están juntos ese hombre y esa mujer?

--Sí--dijo el bufón.

--Venid.

Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de caracol.

El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.

Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos guarnecidos de clavos.

Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura; salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.

A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.

El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón volvió á su paseo.

--Llevadme donde están--dijo doña Clara.

--Seguidme--contestó el bufón.

Y tiró adelante.

Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres cuando andan de prisa.

Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la ponía al otro lado del arroyo.

Luego él y ella seguían su rápida marcha.

En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.

De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío Manolillo y doña Clara:

--¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.

El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.

--¡Quevedo!--exclamó doña Clara.

Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del cual al parecer había salido la voz.

--¡Doña Clara!--exclamó Quevedo--, ¿con quién venís?

--Con el tío Manolillo.

--A mis espaldas, á mis espaldas, señora--exclamó Quevedo poniéndose rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.

--¡Ah! ¡ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufón--; ¿conque habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por medio?

Y acometió hierro en mano á Quevedo.

--Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara--dijo Quevedo parando los primeros golpes del tío Manolillo--; las habemos con un gato garduño, tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.

El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza de su rabia.

--Ved que me canso, tío--repitió Quevedo.

El tío Manolillo redobló su ataque.

--¡Ah!--dijo Quevedo--; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, descansemos.

Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies.

Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba jadeante.

Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y se preparó.

Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á la carrera.

--¿Quién va?--dijo Quevedo.

--El cocinero de su majestad--contestó una voz angustiosa.

--¿Y quién más?--repitió Quevedo.

--Fray Luis de Aliaga--contestó otra voz.

--¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía amigos.

Pero doña Clara no contestó.

Helósele la sangre á Quevedo.

Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.

--¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo--. ¿No traéis con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido á doña Clara?

--¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?--dijo el padre Aliaga.

--La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.

--¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!--exclamó el padre Aliaga--. Pero socorrámosla; ¿dónde está?

--Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.

--¿A dónde vais?

--A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montiño.

--Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.

--Os ayudaremos los dos y es más breve--dijo el padre Aliaga.

Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.

Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre Aliaga.

A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en España.

Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor general.

Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.

En efecto, sólo estaba desmayada.

Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era valiente, su valor era el valor de la mujer.

El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.

Pero antes dijo á Quevedo:

--Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato envenenado.

--¡Ah!--exclamó Quevedo, y escapó.

Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.

Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.

El bufón no se movía.

Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le había seguido:

--Entremos, fray Luis, entremos.

Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta volvió á cerrarse.

CAPÍTULO LXXXIII

EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO

Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón magníficamente engalanado.

Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de cera encendidas.

Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y adornada con un lazo rojo y negro.

A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.

A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente contrahechas, salían las bujías.

Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices, y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.

Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.

Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por lo que habían pedido.

Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de ducados.

¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su amante en una habitación rica y bella.

Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer envuelta en un manto.

Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.

La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado abajo su embozo.

Eran Dorotea y el bufón.

Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid; la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público, aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en hermosura.

La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.

Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada, sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como una sombra al ser tocadas.

Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón de brillantes y encendidos rubíes.

Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no había visto nadie.

Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.

Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.

Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.

--Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al bufón--; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.

--Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el tío Manolillo con la voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.

--¿Qué hora es?--dijo la joven.

--Ya es hora de ir en su busca.

--Pues id; tengo grandes deseos de acabar.

--¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?

--Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.

--Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.

--¿Qué?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--¡vengarme!

--¡No, tú no le matarás!--dijo el bufón--; ¡le amas demasiado! ¡no te atreverás!

--¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar á la observación del tío Manolillo.

--Aquí, en este plato del centro--dijo el bufón estremeciéndose--; esa pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?

--Para un último caso.

--¿Pero qué último caso es ese?

--Que don Juan no quiera seguirme.

--Mientes; no hay nada preparado para una marcha.

--Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.

--Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.

--Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá nada; don Juan me debe la vida también.

--Don Juan no te ama.

--Peor para él.

--Doña Clara le tiene loco.

--¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á esa mujer.

--Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...

Y el bufón tendió su mano hacia el plato.

--Dejadla, dejadla ahí--dijo Dorotea--; en cuanto á doña Clara, mirad, Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...

--¡Oh!--dijo con alegría el bufón--, la traeré.

--Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel, caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo, se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella... quiero...

--¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón, tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!

Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.

Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo rojo y negro.

Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.

Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.

--Don Juan estará esperando--dijo al bufón.

--¡Oh! ¡no piensas más que en él!--dijo el tío Manolillo sin detenerse en su paseo.

--Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por él.

--¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.

--Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?

--Nadie te escuchará, hija mía--dijo dolorosamente el bufón.

--Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.

--¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?

--El.

--¡El!

--Sí, él.

--¡Pero entonces ese veneno!

--No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.

--Lo haré; pero no te comprendo.

--Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.

--Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?

--No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad á doña Clara en paz.

--¿Pero no habías pensado vengarte?...

--Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.

--¿Pero qué es lo que ha de saber él?--exclamó el tenaz bufón.

Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.

--¿Sois mi señor ó mi amigo?--exclamó--¿pretenderéis que os diga lo que cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no puedo deciros?

--Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.

Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.

--Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago. Voy por don Juan.

Y el bufón salió.

Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de Moros.

Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.

Se acercó á él y le dijo:

--¿Esperáis á una persona?

--Sí.

--¿Os llamáis don Juan?

--Sí.

--Seguidme, os esperan.

--Guiad.

El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien aborrecía, porque no amaba á la comedianta.

Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco espacio á la calle de Don Pedro.

Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.

--No receléis en entrar--dijo el tío Manolillo procurando dar á su acento el tono más amistoso posible--; venturas os esperan, que no desgracias; el amor os llama, no la traición.

--Adelante--dijo don Juan.

--Seguid mis pasos--dijo el bufón entrando y cerrando la puerta--; cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufón deteniéndose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. Adiós.

El bufón se volvió.

Don Juan entró.

Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.

--No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella está fuera de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré, comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?

Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso en acecho.

CAPÍTULO LXXXIV

EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN

Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.

Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso.

Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.

Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.

A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.

Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.

Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, tembló, se deslumbró.

Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.

De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.

Pero Dorotea la retiró.

--Perdonad, señor mío--le dijo sonriendo--; pero me hacéis mucho daño, y no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse á ver.

--¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?

--Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.

Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de Dorotea, y se sentó.

Dorotea retiró su sillón.

Don Juan dijo para sí:

--Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.

Entrambos guardaron por un momento silencio.

Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.

-¿Cuándo os vais?--le dijo Dorotea.

--Nunca--respondió el joven--; me quedo con vos.

--¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?

--¡Oh, vos me amáis!

--Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.

--¿No más que el alma?

--No más.

--¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?

--¡Desesperada! ¿y por qué?

--Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un volcán comprimido...

--¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.

--Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.

--Pertenecéis á doña Clara.

--Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...

--Yo no os diré eso jamás.

--Harélo yo... os seguiré.

--No me seguiréis... os lo juro.

--¿Y por qué?

--Porque no debéis seguirme.

--No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la vida?

--Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha tenido doña Clara.

--Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.

--Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.

--¡Vuestro aprecio!

--Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya que nosotros no podamos ser felices.

--Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad, Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que ponga á prueba vuestro amor.

--¿Y cómo le pondríais á prueba?

--Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles tentaciones.

--No... no moriréis...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano y dejándosela besar.

Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de que don Juan cubrió su mano.

--Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre.

--¡Separarnos! pero eso no puede ser.

--¿No veis que estoy vestida de una manera particular?

--Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.

--No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.

--¡Ah! ¡para casaros conmigo!

--No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.

--¿Es decir, que me olvidaréis?

--Sí.

--No os creo.

--Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.

--¿Habláis formalmente, Dorotea?

--¡Oh! ¡sí!

--¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.

--Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.

--¿Vais á meteros á monja?

--¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No, don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido, don Juan!

--No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.

--Sí, el resultado de una decisión irrevocable.

--Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?

--Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.

--Si vos cenáis--dijo sonriendo don Juan--, cenaré yo.

--Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada respiro más que el amor que siento por vos.

--¿Y á qué entonces esa extraña mentira?

--¿Qué mentira?

--La de vuestro casamiento.

--Quisiera que no fuese una horrible verdad.

--Os repito que no os comprendo.

--Dentro de poco me comprenderéis.

--¿Y me amáis?

--Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca, sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar, y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía, mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la locura, y yo estoy loca.

Dorotea se levantó y llenó dos copas.

Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.

--Por mi amor--dijo don Juan bebiendo.

--Por mi vida--dijo bebiendo también Dorotea.

Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á sentarse en el sillón.

Don Juan acercó el suyo.

Por aquella vez Dorotea no se retiró.

Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.

Dorotea se alzó radiante de dignidad.

--La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que vendía sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.

Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.

Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.

--Dorotea--dijo al fin don Juan--, ¿queréis que hablemos seriamente?

--¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?

--Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en que estamos colocados.

--Hablemos.

--¿No hay un medio de unirnos?

--Ninguno.

--¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?

--Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.

--Vivamos como amantes.

--¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?

--Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.

--Y bien; suponiendo que yo consienta...

Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.

--Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella, apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...

--¡Sin celos!...

--¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!

--¡Ay de mí!--exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.

--¡Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levantó y llenó las copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que Dorotea tomase la suya.

Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.

Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de amor y de deseo del joven.

Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble beso.

Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las escaleras:

--¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose, acariciándose, embriagados de amor.

Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña Clara.

Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho de nuevo.

--Sentáos, don Juan--le dijo--, y hablemos por último con seriedad; hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis propuesto es imposible.

--¡Imposible!

--Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened mucho valor si me amáis.

--¿Qué queréis decirme con esas palabras?

--Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me olvidaréis jamás.

--¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...

--Mi amor.

--Extraño amor que se complace en despedazarme.

--Amor desdichado, muerto apenas nacido.

--Dorotea, no me obliguéis á ser villano.

--Conmigo no podéis ser más que lo que sois.

--Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.

--¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay ninguno que comprenda el alma de una mujer.

Don Juan calló confundido.

--Oye, don Juan--dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y con los ojos arrasados de lágrimas--: yo no comprendo el amor como tú le comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más; tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria, y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..

--¡Una carga!

--Sí, una carga enojosa.

--¿Crees tú que yo reparé jamás en...?

Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.

Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había pronunciado; las oyó dentro de su corazón.

--No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después un remordimiento, porque me abandonaríais...

--Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo no te amo!

--Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás loco...

--No vivo más que para ti.

--Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.

--¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, ¿por qué me amas?

--¡Don Juan!--exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; ¡don Juan! ¡mira no mientas involuntariamente!

--No, no; te amo--dijo don Juan estrechándola contra su seno.

Dorotea pugnó por desasirse.

--Sólo á ti amo--murmuró el joven en su oído.

Dorotea rompió á llorar.

--Por ti y para ti viviré--continuó el joven--, y escucha: mi vida es tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid, pero saldré contigo, todo por ti y para ti.

--¡Separarte de doña Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa--. ¡Ser mío, únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!

--¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!

--¿Y partiremos?

--Sí.

--¿Desde esta casa?

--Sí.

--¿Y no volverás á ver á doña Clara?

--No amo á nadie más que á ti.

Y don Juan la atrajo á sus brazos.

Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.

En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una mujer vivamente deseada.

Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos.

Su palidez había crecido.

Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.

Luego volvió á sonreir.

Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía completa.

--La hora de la partida se acerca--dijo apoyándose dulcemente en el hombro de don Juan.

--Partamos--dijo don Juan levantándose.

--Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.

Don Juan exhaló una exclamación de asombro.

Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.

Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.

--Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor.

--¡Cómo! ¿aún dudas?

--No, no dudo ya--dijo la joven.

Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.

--¿Qué haces?--dijo don Juan.

--¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!--contestó Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se veía en medio de la mesa.

Y tomó una botella y llenó de vino una copa.

--Yo también tengo sed--dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.

Dorotea llenó otra copa.

Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo.

Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus mejillas.

Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un frío agudo.

--Estos confites son muy buenos--dijo--; probémoslos antes de beber.

Y tomó la pera envenenada.

Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.

--Toma--le dijo, y le mostró la confitura.

Don Juan extendió la mano.

Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió exclamando:

--No, no; esta es para mí, para mí sola.

Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de aquel confite mortal, le devoró.

A seguida cayó de rodillas.

--¿Qué haces, Dorotea?--dijo don Juan.

--¡Dejadme! ¡dejadme orar!--exclamó la joven.

--¡Orar!--exclamó asombrado don Juan.

--Sí; orar por mi alma--respondió Dorotea.

Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.

En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas.

Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en sus brazos.

La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera embriagadora.

--¡Oh! ¡no me olvidarás!--exclamó.

--¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!

Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.

--¡Adiós!--exclamó Dorotea entre un beso ardiente.

--¿Por qué me dices adiós, alma mía?

--Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea.

--¡Tu esposo!

--Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo eternamente con él.

--Sí, sí--exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea--; no nos separaremos jamás.

--Sí--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--; vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.

--¡Con la muerte!--gritó don Juan.

--Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.

--¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!--gritó don Juan, llamando.

--¡No hay nadie! ¡estamos solos!--exclamó Dorotea.

Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.

--¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!--exclamó don Juan reteniendo entre sus brazos á Dorotea.

Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un dolor más agudo.

Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.

Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á Dorotea.

--¡No me abandones! ¡no me dejes!--exclamó--; quiero morir en tus brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh Dios mío!

Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó sobre la alfombra.

Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.

Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan; luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos pasos desatentados, y cayó desplomada.

Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de horror.

Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.

Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.

Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se hiela.

Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.

Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer comprender:

--¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!

Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca helada de Dorotea.

Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando violentamente su daga, exclamó:

--¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!

Y volvió la punta de su daga al pecho.

Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos, retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena de hierro.

--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!--dijo una voz.

Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.

Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de la situación los sintiera don Juan.

--¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro y se me escapa!--gritó Quevedo luchando con don Juan.

El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.

--Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura--dijo Quevedo.

El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don Juan y le quitó dos pistoletes.

--¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!--dijo Quevedo soltando al joven.

Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.

--Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos salvar á esta infeliz.

--¡Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente.

Y se arrodilló junto al cadáver y oró.

Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.

Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó:

«Don Juan--decía--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá como yo muero. Adiós, recibid mi alma.--Dorotea.»

Y por bajo se leía:

«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.»

Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.

[imagen:...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.]

Luego le dobló en silencio, y le guardó.

--Padre Aliaga--dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio--, vos os quedaréis, ¿no es verdad?

--Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.

--Y yo necesito apartar de aquí á don Juan.

--Sí, sí; lleváoslo.

--Esperad, esperad--dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos hacia Dorotea.

--¡Que hacéis!--dijo dulcemente el padre Aliaga.

--¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!

--Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver--dijo el padre Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.

--¡Oh! ¡para qué quiero vivir!

--¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente Quevedo--; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra desgracia mayor!

--¡Clara! ¡mi esposa!--exclamó don Juan.

Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y lloró.

--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo--; la vida es un sueño de Satanás!

--¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que ya no hay peligro en que las toméis, y vamos.

Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero antes de salir se volvió hacia Dorotea.

--¡Doña Clara os espera!--dijo Quevedo.

Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa.

El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea.

CAPÍTULO LXXXV

EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO QUEDEN SUELTOS

El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á Santo Domingo el Real, una noticia horrible.

Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las siguientes palabras:

--Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha muerto de repente.

Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.

Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:

--Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha trastornado.

--¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real! Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero. ¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida, vamos, que ya es tarde.

El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.

Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición, pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara y don Juan.

En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.

Por la mañana se durmió y despertó á las diez.

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...

(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro, y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una casualidad, pero una casualidad reparable.)

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio, decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente, y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la noticia de la muerte de su víctima.

Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto de repente, luego Dorotea se había envenenado.

Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.

Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para informarse.

Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.

Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado el paso.

La calle estaba llena.

Y nada tenía esto de extraño.

La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante limosna á la puerta de su casa.

Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar.

Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:

--¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!

Y redoblaba sus gritos.

Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron paso.

Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.

En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á los pobres que se presentaban.

Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno se colaba.

Colábase también Montiño.

--¡Eh! ¿á dónde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del brazo.

--¿Que á dónde voy?--dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é insensata al alguacil--. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se la lleven?

A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió la cabeza y le reconoció.

--¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?--dijo también lloroso Pedro--. ¡Oh, qué desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos jamás!

--¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!--exclamó Montiño--; pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?

--Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño. Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la casa--dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.

El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras, atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.

--¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?--dijo Montiño dirigiendo bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.

--¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!

Y siguieron las lágrimas y los sollozos.

--¿Pero cómo se ha muerto la señora?--dijo Montiño, cuya voz tenía á cada momento una acentuación más extraña y más punzante.

--¿Y qué se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir.

--¿Pero no ha muerto en la casa?

--Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde.

--¿Que la trajeron?

--Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado al tío Manolillo.

--Eso dicen, eso dicen--exclamó el cocinero mayor--; pero seguid, seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron á la señora.

--Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando; luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo; á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor general, ni escribano que autorizase su última voluntad.

--¿Y no vino ningún médico?

--Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo; allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de Quevedo.

--¿Y no dijo de qué había muerto?

--Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural.

--¡Eso dijo!

--Sí; sí, señor, eso dijo.

--¿Y eso ha escrito la justicia?

--Sí, señor; eso ha escrito.

Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de Montiño, ó más bien un instinto de conservación.

Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.

Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le arrastró todavía.

Se despidió de Casilda, y se entró en la sala.

Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo cubierto con un paño negro.

En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver, humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.

A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea, inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.

Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.

Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín.

El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico, rezaban.

Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.

Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de Madrid.

Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves, había algunos hidalgos.

Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de fuego.

Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle, estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.

Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso, lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido, estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba á entonar el terrible salmo: Dies iræ, dies illæ.

Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba, y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con un acento espantoso:

--¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!

Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió con su cuerpo en tierra.

--Este hombre está loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él.

Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por seguro, que allí había gato encerrado.

El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por el duque de Lerma.

El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él don Francisco de Quevedo.

Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que sólo contenía estos tres renglones:

«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para hablaros.--Francisco de Quevedo.»

Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno.

Quevedo entró con unos papeles en la mano.

Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre.

Pero digamos antes de dónde venía Quevedo.

Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas vueltas por las tenebrosas calles.

Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.

Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en los nervios.

No se engañó don Francisco.

La excitación nerviosa del joven se modificó.

Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.

Luego exclamó:

--¡Qué sueño tan horrible!

--Ya que de sueños habláis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueño y escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres son terribles. Olvidad.

--No puedo.

--Domináos.

--Tengo el corazón despedazado.

--Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra esposa.

--¡Clara!

--¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!

--¡Dorotea!

--Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.

Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la llaga y la estrujaba.

La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.

Calumniaba á Dorotea.

--¿Qué decís, don Francisco?--exclamó el joven.

--Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.

--¿Perderme y ha muerto por mí?

--Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?

--No... eso es inconcebible.

--Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la mujer que le ha desdeñado.

--¡Oh, no! ¡no puede ser!

--Y sin embargo, es.

--Yo... me había entregado enteramente á Dorotea.

--Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser para vos más que un entretenimiento.

Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas palabras á Dorotea.

--¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo.

--No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado.

Don Juan no contestó.

Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de la hoja de un puñal.

El implacable Quevedo continuó:

--Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey.

--¡Cómo! ¿aquel hombre era...?

--Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era su puñal.

--Me estáis revelando cosas horribles.

--Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en que se la quita la camisa.

--¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?

Quevedo notó con alegría, con una alegría sui generis, que don Juan llamaba esa mujer á la desdichada Dorotea.

--Habían querido matar á un ángel.

--¿A Clara?

--Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos, porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.

--¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!

--El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la aflige, es otro.

--¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!

--Y sufre y llora.

--Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?

--¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después de lo que habéis sufrido?

--Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.

--Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.

--Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha cerciorado.

--Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa fácil hacerla ver lo negro blanco.

--No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el cielo después de haber salido del infierno.

--Es necesario que la mintáis.

--La diré que he ido á ver á mi madre.

--No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.

--¿Y para qué?

--¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey para partiros esta misma noche de Madrid?

--¡Ah, sí! ¡Es cierto!

--Pues vamos.

--Vamos.

--Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.

Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para que compusiese su semblante.

Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el rostro.

--No importa que os mojéis la cabeza--dijo--; cuanto más agua cae sobre el fuego, mejor.

--Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado.

--Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor.

Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila.

--¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!--dijo Quevedo conmovido--; tenéis un hermoso corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras fuerzas, preparáos y no hablemos más.

Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara Soldevilla.

Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa y le miró con ansiedad.

Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría no era fingida.

Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella, estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se estremecía aterrada.

Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara.

Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y la besó en la boca.

Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.

--¡El alma de los jóvenes!--dijo--; ¡humo que agita el viento en el cielo de la esperanza! Helos curados á los dos.

--¿Dónde has estado?--dijo doña Clara.

--Casa del duque de Lerma.

--¡Oh! sí--dijo doña Clara con toda la fe de su alma--, no podía ser otra cosa; me habían engañado horriblemente.

Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos.

Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan entraron y se dirigieron al alcázar.

Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.

Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla, cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos.

Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga.

Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el cadáver del tío Manolillo.

Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan, estaba el testamento de la comedianta.

Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había sido otorgado aquel mismo día.

Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma.

Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al cocinero mayor, por un gran beneficio que le había hecho, mil doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin losa ni letrero, y para sufragios por su alma.

Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.

Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba.

Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió con mano firme al fin del testamento:

«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro señor, que conmigo firma aceptando.--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago.»

Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el testamento.

Oyólo en silencio el confesor del rey.

Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó:

--¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?

--Antes de irme yo os abriré camino fray Luis.

--¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la gobernación del reino?

--Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos; y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta.

--Os debemos, sin embargo, demasiado.

--Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo; que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera de Madrid antes de que acabe la noche.

--Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro.

--A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que él lo puede todo.

--¿Y no volveremos á veros por aquí?

--Acaso.

--Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no nos olvidaréis.

--Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.

--¿Y no os despedís de esa desdichada?

Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se descubrió.

Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de una virgen de los Dolores.

La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso.

--Te he calumniado--dijo--en el corazón del hombre por quien has muerto; pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de ti quede algún tiempo sobre la tierra.

Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.

--Adiós, fray Luis, adiós--dijo abrazándole--. Hasta que la desdicha nos vuelva á juntar.

--Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir vuestras amarguras.

Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho del duque.

Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.

--Explicadme esto, don Francisco--le dijo.

--La explicación está en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo entregando al duque los que llevaba en la mano.

El duque los examinó rápidamente.

Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían sujeto.

--¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?

--Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.

El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.

--Nada habéis hecho--dijo Quevedo--, si no quemáis también vuestra ambición y vuestra soberbia.

--¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?

--Porque no quiero.

--¡Breve estáis!

--Tengo prisa.

--¿Y á qué habéis venido?

--A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.

--Veamos.

--Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.

--¿Habéis muerto ó herido?...

--He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa. Allá está en la calle de Don Pedro.

--Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.

--Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido justa.

--Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.

--Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa deshabitada, de cuya puerta es esta llave.

Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.

--En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que á Dorotea.

--¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea!

--Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada, os ha librado de apuros y de gastos.

Púsose densamente pálido el duque de Lerma.

--¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea?

--Su despecho.

--Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del público.

--Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento en el escándalo que iba á dar matándose.

--Pero explicadme...

--Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre con la infeliz, como el otro con el bufón.

--Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea?

--En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del inquisidor general.

--¿Y qué más queréis, don Francisco?

--Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.

--Pediré la licencia á su majestad.

--Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han dado sin que lo sepa su majestad.

El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa, escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.

--Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando el pliego.

Y se encaminó á la puerta.

--No me atrevo á deciros más--dijo el duque--, porque estoy seguro de no reteneros.

--Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular Quevedo--; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su majestad.

Y Quevedo salió.

Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento.

--Tomad--dijo el duque dándole una orden firmada por el rey--; presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.

--¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!--dijo doblegándose todo el alcalde.

--Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último servicio.

--Mandad, señor.

--En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.

--¿Y quiere vuecencia que se descubra?...

--Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda, ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.

--Lo haré, señor.

--Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.

--A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.

--Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os necesitaré aún.

Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su semblante.

Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.

En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.

Pero el corazón humano es un abismo.

Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.

Le sacrificaba.

Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la magnificencia del duque de Lerma?

No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.

Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.

Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.

Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de consuelo.

Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era hombre que lo entendía.

El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su entierro se terminó el proceso.

Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin piedra ni letrero.

Había cesado de llover y hacía sol.

Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una larga carta del duque de Osuna.

El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.

A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.

Aquellas cartas respiraban felicidad.

El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus celos.

Atemos los últimos cabos.

Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don Rodrigo.

El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.

En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus posesiones de Nápoles.

En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos que acabamos de relatar?

La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un razonable odio.

Doña Clara tenía á su don Juan.

La condesa de Lemos á su don Francisco.

Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no sufren.

Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias.

El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes.

Unos personajes habían ganado.

Otros se habían quedado como estaban.

¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos.

Su locura se había determinado.

Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba.

No le encerraron porque su locura era tranquila.

Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas, iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba, Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama.

Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de palacio, era una verdad para el infeliz.

Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba consigo, porque su locura había dado una forma real á sus remordimientos.

El infeliz se había quedado solo.

Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su envenenamiento.

Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas, comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria, le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de Cascabel, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado el señor Juan Montiño en Madrid.

Así pasaron algunos años.

El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin nombrar jamás la palabra envenenamiento.

Cascabel, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas del duque de Osuna.

Un día encontraron á Cascabel muerto.

Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama, mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.

--¡Dónde estoy!--dijo--; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!

El asistente le creyó más loco que nunca.

Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.

Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo mortal.

Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron que le creyeron salvado.

Había dejado el lecho.

Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron en vano.

Llegó la noche y tampoco vino.

Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura de Dorotea.

Aquella sepultura no tenía losa ni nombre.

Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de Dorotea.

¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima?

--¿Quién sabe? una casualidad tal vez.

Tal vez la mano de Dios.

Madrid, 1.º de Mayo de 1858.

FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD

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