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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III (part 2 of 4)

Part 2 of 4 · Manuel Fernández y González · Public domain text

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El cocinero de su majestad: Memorias del tiempo de Felipe III (part 2 of 4)

--Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente.

--Podéis estar seguro de ello; pero hablad.

--Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios.

--¡Ah!

--Es galeote huído.

--Más, más que eso; con eso sólo tiene que ver la justicia ordinaria, y de la justicia ordinaria no podemos valernos. ¿No decís que esa comedianta pidió un bebedizo á ese hombre?

--Sí, señora.

--Ese hombre tendrá, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo...

--Sí; sí, señora; no tiene por donde el diablo le deseche.

--Bien; ¿y creéis que puedan encontrarse pruebas en su casa?

--Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he visto, pero lo supongo...

--¡Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Católico, os tratáis con esa clase de gentes!...

--¡Ah, señora! ¡si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... ¡si no estuviese á punto de tener otro hijo!...

--Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar la honra... y sobre todo... ¡el alma!--exclamó con repugnancia, y aun podremos decir con horror, doña Clara.

--Estoy arrepentido...

--Bien, bien--dijo doña Clara, consultando el papel en que había escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; está enlazada, no se sabe cómo, con el bufón del rey; es manceba secreta de don Rodrigo Calderón, y pública del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es usurero, galeote huído y brujo; ¿dónde vive ese hombre?

--Tiene una ropavejería en el Rastro.

--Además se trata con una María Suárez... ¿dónde vive esa mujer?...

--Creo, señora, que sabéis demasiado dónde vive, y quién es la señora María.

--¡Yo!

--Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la señora María.

--¡Yo! tenéis la mala cualidad de suponer absurdos. ¿Qué tenía yo que hacer en casa de tales gentes?

--Esa mujer--dijo desalentado Montiño--vive en la calle de la Priora.

--Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para?

--Preguntádselo al tío Manolillo.

--¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce?

--El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de Quevedo es amigo... de mi sobrino.

--Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño--dijo doña Clara ya con semblante más benévolo--, y nada tenéis que temer: seguid ayudándonos y nada temáis.

--¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil!

--Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero estáis inquieto, impaciente...

--Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal servido...

--Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios.

Al llegar á la puerta exterior de las habitaciones de doña Clara, oyó la fresca y sonora voz de la joven, que dijo:

--Que me vayan á buscar al bufón del rey.

--¿Para qué querrá doña Clara al bufón del rey?--dijo Montiño alejándose rápidamente á lo largo de una galería, en dirección á unas escaleras que conducían á las cocinas--. Sería chistoso que fuese doña Clara la dama de quien está enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es mi sobrino, á fin de que ni por descuido pueda írseme una palabra en contrario). ¿Si será, repito, esta doña Clara la mujer de quien mi sobrino está enamorado? ¿si será doña Clara la confidenta de sus amores con?... pero señor, ¿por dónde ha venido este enredo? ¿y ese afán de todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no pensar en esto: ¿pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la Dorotea, Cornejo, y la Inquisición á punto de tomar cartas en el negocio. Con esto y con que me hayan echado á perder la vianda de su majestad, no nos falta más. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! y quién me ha metido á mi en estas cosas. ¿Para qué diablos ha venido mi sobrino á Madrid?

Y Montiño subía de dos en dos los peldaños de la estrecha escalera de caracol.

Cuando llegó jadeando á lo alto, atravesó, á la carrera casi, una crujía, se entró en la cocina, y sin hablar una palabra se precipitó á las hornillas, y levantó la tapa de una cacerola de una manera nerviosa.

Los ojos de Montiño brillaron de una manera particular.

--¿Quién ha rellenado este capón?--dijo con voz estentórea y amenazadora.

A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero las miradas de todos se fijaron en un mozangón que miraba entre turbado é insolente á Montiño.

--¿Has sido tú, Aldaba del infierno, has sido tú?--exclamó Montiño arrojando con cólera la tapadera, y echando mano á la espada que desenvainó.

Cosme Aldaba, que era el delincuente, cayó de rodillas en la situación más cómicamente melodramática que puede verse.

--¿Quién te ha dicho, infame--exclamó todo irritado el cocinero--que á un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno.

Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter casi las narices en la cacerola.

Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos.

Aldaba huyó dando gritos.

--¿Y quién ha sido--añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á saltar de sus órbitas--, quién ha sido el que ha dejado que un galopín haga un plato que es difícil para más de un oficial?

Todos se callaron.

--Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo que hiciera ese capón--exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el galopín Aldaba.

--¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados, ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad?

--Del señor duque de Lerma--dijo una voz detrás de Montiño.

Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una carta.

Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía:

«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--El duque de Lerma.

--Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la cocina--dijo al lacayo.

--Tengo orden de no irme sin vos.

--Pues no quiero ir.

--Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta.

El cocinero la tomó y la abrió.

«De orden del rey--decía--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de traición, seguiréis al portador.--El duque de Lerma.»

--Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada, arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una mirada desesperada á la hornilla.

Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma.

CAPÍTULO XIX

EL TÍO MANOLILLO

Llena estaba la antecámara de audiencias de palacio de pretendientes, cuando el tío Manolillo llegó al alcázar.

Su semblante, que hasta allí había ido sombrío, pálido, contraído, se dilató; su boca estereotipó su maliciosa é insolente sonrisa de bufón, sus ojos bizcos empezaron á moverse y á lanzar miradas picarescas, y su andar, sus ademanés, todo se trocó.

Sacó del bolsillo un cinturón de cascabeles y se le ciñó.

Luego atravesó dando cabriolas las galerías de palacio.

El pobre cómico había relegado su corazón á lo profundo de su pecho, y había empezado á desempeñar su eterno papel de loco á sueldo.

Cuando llegó á la antecámara de audiencias, cesó en sus cabriolas, se detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar la atención de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la cabeza alta y la mirada desdeñosa, que parecía no querer ver á nadie, atravesó con paso lento, marcado y pretencioso, la antecámara.

Todos los que le conocían en la corte se echaron á reir.

El tío Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la misma altivez de la cámara del rey.

Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo.

--No se puede pasar--le dijo.

--¡Eh! ¿Qué sabéis vos?--dijo el tío Manolillo--; yo no paso, me quedo.

--El rey...

--¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se dice... déjame entrar ó te entro.

Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina y se entró con él en la cámara real.

--Hermano Felipe--dijo al rey--, aquí te traigo á éste para que le castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la locura no entre en la cámara del rey!

--Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven acá, Manolillo. El señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.

Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente á la mesa donde almorzaba el rey.

--Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me perezco de hambre.

Él rey empujó un plato hacia el bufón.

Este le tomó, se sentó sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, á comer.

--Están buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en la cocina tu buen cocinero mayor.

--Calumnias al pobre Montiño. Es el cocinero más famoso de estos tiempos.

--Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado.

--¿Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga.

--No, señor; la mujer con quien pude casarme no tenía alma, y yo quiero las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de España.

--¡Oh! ¡oh!--dijo el rey.

--Sí, sí por cierto, porque la corona de España no tiene cabeza.

--Parece que os ha escuchado la conversación, padre--dijo el rey.

--Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo.

--¿Me queréis explicar eso, tío Manolillo?--dijo el fraile.

--Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que cuando tengo la boca llena.

El rey empujó otro plato hacia el bufón.

Este le tomó y dijo:

--Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por mí, hermano, porque los embuchados te gustan mucho, razón porque te los sirven todos los días tus dos cocineros Montiño y Lerma.

--¡Ah!¡ah!--¡acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de seguro.

--Sucede, que no sucede nada.

--Pero decidme, ya que tenéis la boca llena, tío--dijo el padre Aliaga--: ¿por qué soy yo tan loco como vos?

--Porque vos, como yo, os habéis empeñado en que un loco tenga juicio.

Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey.

--Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo.

--Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero.

--Os ruego, señor--dijo el padre Aliaga--, que mandéis al tío Manolillo avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni aun al mismo duque de Lerma.

--Ya lo oyes, obedece--dijo el rey.

--¿Qué será esto?--dijo el tío Manolillo yendo hacia la puerta--¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo conmigo!--¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos!

Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados.

--Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejéis vuestro oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente.

--Entonces reclamo mi sueldo de consejero.

El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón.

--¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!... ¡pobre Felipe!...--exclamó el bufón.

--Os pregunté--dijo el padre Aliaga--si habíais sido casado, y me respondísteis:

--Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo que no quise casarme con ella.

--Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea?

¡Ah!--exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer--¡Dorotea! ¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre?

Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza.

--Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de esa mujer.

--Soy su perro.

--Os he suplicado que me contestéis con lisura.

--Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo por ella, siempre dispuesto á defenderla.

--¿Pero no es vuestra hija?

--No--contestó con voz ronca el bufón--. ¡Oh! ¡si fuera mi hija!

--¿Ni vuestra... querida?

--¡Oh! ¡si fuera mi querida!

--¿Pero la amáis?

--Ya os he dicho que soy su perro.

--Más claro.

--Soy su protector. Ella dice: amo á este hombre, y yo la digo: ámale; ella me pregunta: ¿me vengaréis si me ultrajaren? yo contesto: el que te ultraje, muere.

--¿Habéis querido matar por tanto á don Rodrigo Calderón?

--Sí.

El rey miraba con espanto al tío Manolillo.

--No te conozco--le dijo.

--Tienes razón, hermano Felipe--dijo el bufón--, porque ahora estoy loco.

--Decidme--dijo el padre Aliaga--, ¿de quién es hija esa desgraciada?

--Un día--dijo el tío Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados, arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de invocaciones á la Madre de Dios.

El rey había dejado de comer y escuchaba con atención.

El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente al tío Manolillo.

El bufón estaba pálido y conmovido.

--Aquellos gritos--continuó el bufón--cesaron, y tras ellos oí el llanto de una criatura recién nacida.

--¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey.

--Sí, era ella, señor--dijo el bufón tratando por la primera vez al rey con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne de aquel recuerdo--; era ella, que nació, la desventurada, en las primeras horas del día de santa Dorotea.

El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento.

Luego la alzó y continuó:

--A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida, llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal.

--Es una niña--dijo el hombre.

--¡Oh!--exclamó la mujer llorando--, ¿y no tener quien me ayude? ¡no tener un mal trapo en que envolver á este ángel!

--¿Y para qué?--dijo el hombre--; voy á envolverla en mi capa y á llevarla á la puerta de un convento.

--¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis padres!--dijo la mujer sollozando.

Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la mujer que gritaba:

--¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija!

Y sentí pasos que se alejaban y una puerta que se abría y se cerraba de golpe, y la voz de la mujer que gritaba:

--¡Maldito! ¡maldito! ¡maldito seas!

Después un golpe, sordo como de un cuerpo que caía en tierra, y luego nada.

Yo así á mi manceba por la mano (ella lo había oído todo como yo; era una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqué de la habitación al corredor, abrí la puerta de la habitación vecina.--Socorre á esa infeliz--la dije, empujándola dentro, y yo me lancé á la calle, y seguí á un bulto que se alejaba.

Una criatura recién nacida que lloraba bajo su capa, me indicó que era él.

De tres saltos me puse junto á su lado.

--Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclamé.

Y le di de puñaladas.

--¡De puñaladas!--dijo el rey.

--Sí, sí por cierto, de puñaladas; el hombre que roba á una madre su hija, el hombre á quien una madre desventurada maldice, debe morir.

--¿Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III.

--En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella?

--¿Pero aquel hombre murió?--dijo profundamente el padre Aliaga.

--No lo sé--contestó el bufón--; yo no me detuve más que á recoger la criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad.

Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca, pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre?

--No.

--¿Pues por qué me preguntáis por ella?

--Continuad.

--Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita.

--¡Margarita!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido.

--¡Se llamaba Margarita!--observó maquinalmente el rey.

--Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último, la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir.

El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.

--Algunas veces--continuó el bufón--, cuando yo la preguntaba el nombre de sus padres, me decía:

--No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido.

--¿Y quién es Luis?--le preguntaba yo.

--¡Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; él me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis!

--¿Y qué ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubriéndose los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la revelación de aquel llanto que aparecía en su voz.

--Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir, porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al infame asesino de Margarita?

--¡No! ¡no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.

--Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de Austria, rey de las Españas.

--¡Y yo--dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo!

--¡Amén!--dijo con una profunda unción religiosa Felipe III.

[imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.]

--¡Ah!--dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular--: vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre Aliaga.

Hubo un momento de silencio.

El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una copa.

El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.

El rey oraba.

El bufón se bebió de un trago la copa.

--Ahora bien--dijo--, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella?

--Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia de vuestra majestad me retiro.

--Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey.

--Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al bufón.

--Iré--dijo el tío Manolillo.

El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey.

Después salió.

--¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el rey.

--Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte.

--¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces otro hombre?--dijo el rey.

--¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza. ¡Peor para ti!

--Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.

--¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú tienes corazón.

--¡Que me herirán en el corazón!

--¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!...

--¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!--exclamó el rey con una llamarada de firmeza.

--¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo--; no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que te metas con mi Dorotea, porque...

--¿Por qué?

--Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su excelencia te divertiría muy poco: adiós.

Y el tío Manolillo salió, dejando sólo en su cámara á Felipe III.

CAPÍTULO XX

DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO HIZO QUE DOÑA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y ACABASE POR TENER CELOS

Al salir por una puerta de servicio, el tío Manolillo se vió detenido por el rodrigón de doña Clara Soldevilla.

--Os buscaba, maese--le dijo--, y me habéis tenido cerca de una hora esperándoos en la antecámara de audiencia. Conque daos prisa y venid, que os espera la dama más hermosa que se tapa con guardainfante.

--¡Ah, mal engendro! ¡injerto de dueña en cuerpo de sapo!... ¿qué me querrás tú que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doña Clara Soldevilla tiene el malísimo gusto de hacerse servir por ti: si es ella quien me llama, huélgome, porque si ella no me llamara iría yo á buscarla.

--Pues ved ahí, que mi señora es quien os ruega que vayáis á su aposento.

--Pues tirad adelante, don rodrigón, consuelo de contrahechos.

--¡Bah! tengamos la fiesta en paz, tío, que no sois vos ciertamente quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi señora espera.

--Pues adelantemos.

Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor.

El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro.

--¿Conque al fin?--dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á doña Clara.

--¿Qué queréis decir?--contestó la joven.

--Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una piedra durísima todo el invierno.

--Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me habláseis con formalidad.

--Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo.

-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba.

--En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío.

--Si volvéis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doña Clara.

--Es verdad--repuso el bufón interrumpiéndola--que, olvidándome de quien soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey mi señor, una gargantilla y un billete.

--Por lo mal parado que entonces salísteis...

--Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...

--¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?

--Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.

--Acabaréis por impacientarme, Manuel.

--Yo creo que estáis ya bastante impacientada.

--Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto.

--Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores.

Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.

--Antes, si érais fría como la nieve, teníais el alma blanca y pura como cuando érais piedra. No hay, pues, por qué avergonzarnos, porque yo amo, tú amas, aquél ama y todos, en fin, amamos.

--¿Pero qué estáis diciendo, Manuel?

--Digo que sois la mujer más dichosa y más desdichada que conozco.

--No os entiendo.

--Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojéis, no voy á hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girón y Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco.

--¡Juan Girón y Velasco, habéis dicho!--exclamó doña Clara, á quien había hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido, añadido al nombre del joven.

--Ya se ve; vos creéis que vuestro amante, el hombre con quien anoche anduvísteis de aventuras por esas calles de Dios, y á quien metísteis después en vuestro aposento...

--¡Tío Manolillo!--exclamó con indignación doña Clara.

--Sí, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto mucho, sé que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero mayor, sino hijo de duques.

--Nada me importa.

--Y os está el corazón reventando por saber...

--Si no dejamos esta conversación...

--Si la dejáramos, ¿cómo habíais de saber que ese mancebo, tan hermoso, tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de Osuna y de la duquesa de Gandía?

Doña Clara se puso muy pálida, pero se dominó. Manolillo la veía sufrir con cierta feroz complacencia.

--Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de eso--dijo doña Clara.

--Sabéis que os he visto así, doña Clara, tamañita, cuando érais de la cámara de la infanta doña Catalina. Que os he seguido paso á paso, cuando os hicísteis mozuela, y después cuando fuísteis moza, hasta ahora que sois la dama de las damas. A propósito, se murmura que os nombran dama de honor.

--Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante.

--Lo sé todo; sé que lo más importante para vos es mi amigo Juan Girón y Velasco.

--Si os envía ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que le he dicho ya cuanto tenía que decirle, y que más allá de lo que le he dicho no daré un paso.

-Sin embargo, le diré también que vos, que sois la dama de alma más tranquila que conozco, que dormís bien, que coméis bien, estáis un tanto ojerosa y pálida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habéis adelgazado algo, y si seguís así tragándoos vuestro amor...

--¡Qué pesadez y qué insolencia!--exclamó irritada doña Clara--. ¿Será cosa de que os mande echar?

--Si continuáis así, señora, os vais á poner flaca y fea.

--¿Os he hecho yo algún daño, Manuel?--dijo la joven, á quien no se ocultaba lo que había de agresivo é intencionado en las palabras del bufón.

--¡Daño! ¡á mí! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me hiciérais daño me vengaría.

--¿Y á qué ese empeño de hacerme oír lo que no me agrada?

--Cumplo con un encargo.

--¿Con un encargo de don Juan...?

--Sí, ciertamente.

--¿Y un encargo para mí?

--Como que sois para él toda una ambición.

--Yo creí más noble y más reservado á ese hombre.

--¿Qué queréis, señora? es joven, recién venido á la corte: conoce que vos le amáis...

--¿Qué lo conoce...?

--Y como os ha hecho un gran servicio...

--¿A mí?

--Lo mismo da, puesto que lo ha hecho á la reina...

--¿A la reina...?

--Por supuesto... las cartas de don Rodrigo...

--Ese hombre es un miserable, un calumniador...

--Es joven, é inexperto.

--Pues decidle... decídselo, que si me ha podido interesar... algo... por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le desprecio.

--Pero le vais á matar...

--Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar.

--Pero ved que lloráis.

--De rabia.

--¡Ah! ¡ah! y ello al cabo, á nadie lo ha dicho más que á mí.

--Que sois el escándalo del alcázar.

--Estimo vuestro favor: no creía yo ciertamente que cuando venía á hablaros del único hombre que ha podido conmoveros...

--No hablemos más de ese hombre.

--Como gustéis, porque os veo muy irritada.

--Vengamos al asunto que me ha obligado á llamaros.

--Vengamos en buen hora.

--¿Qué sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo, amante, marido?...

--Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada, la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca á esa mujer.

--¡Sois, pues, su padre!

--No, pero es lo mismo.

--¡Esa mujer es amante del duque de Lerma!

--Sí; sí, señora.

--¿Y de don Rodrigo Calderón?...

--Lo fué; ahora creo que lo sea de otro.

--¿Y quién es esa mujer?

--Una huérfana.

--Esa mujer se ha atrevido á sospechar de su majestad.

--Ha tenido celos, como vos podéis tenerlos.

--Resulta, pues--dijo doña Clara terriblemente contrariada--, que os he llamado en balde.

--Creo que no.

--Os veo tan decidido por esa mujer...

--Yo os veo más por un hombre.

--Debéis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufón os saque á salvo de todo--dijo con una cólera mal reprimida doña Clara.

--Me habéis tomado ojeriza sin razón.

--No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en vuestros labios.

--No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco?

--¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.

--Quedad con Dios, señora.

Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus últimas palabras.

--¿Por qué me trata así ese miserable?--se quedó murmurando doña Clara.

Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala:

--Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh, oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida que Dorotea.

La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría.

Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón.

Porque amaba á Juan.

Las circunstancias en que le había conocido y las cualidades del joven, justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el alma.

Todo la había agradado en el joven.

Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discreción, el mismo efecto violento que su hermosura había causado en él...

Doña Clara, dentro de su pensamiento había acariciado á aquel amor.

Se había encariñado con él, es decir, se había sentido halagada, enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba á su amor.

Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen.

Un amor completo.

Un amor hermoso.

Una sola cosa podía haber contrariado á doña Clara, y entonces no la contrariaba aún.

La dificultad de su enlace con Juan Montiño.

Pero el amor de doña Clara era su primer amor.

Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el deseo de la posesión material del ser amado.

Doña Clara no había pensado todavía que podía pertenecer á un hombre.

Su alma dormía envuelta en un velo de pureza.

Por lo mismo, no la había contrariado en gran manera la dificultad de su enlace con Juan Montiño.

Y sin embargo, á pesar de la pureza de su amor, no había dormido aquella noche, había sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa.

Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, había bebido en sus ojos, en su semblante, en su expresión, en su alma, no sabemos qué lascivia interna, misteriosa, incomprensible para doña Clara, pero ardiente, profunda, llena de voluptuosidad.

Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado á otro, de una forma á otra; es que todas las modificaciones, todas las transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una palabra.

Doña Clara, mujer en la razón, niña en el alma, para ser una mujer completa, necesitaba pasar por una gradación necesaria, más ó menos rápida, más ó menos violenta, según fuese la fuerza de impulsión que presidiese á aquella gradación.

En una palabra, doña Clara estaba enamorada de Juan Montiño, todo lo que podía y de la manera que debía estarlo.

Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser ó no ser.

Doña Clara había considerado á Juan Montiño á primera vista y casi por intuición tal cual debía considerarle.

Le halló profundamente simpático, y su alma se extendió hacia él.

Renunciar á su juicio, lastimarse el corazón renunciando á él, era cosa que doña Clara no podía hacer sin discutir su resolución consigo misma.

Así es que si al principio se irritó con las confidencias del bufón, que suponía á Montiño un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los que abundan en la corte, después, más serena, se dijo:

--Cuando una persona se refiere á otra debemos, antes de decidir, ver si hay en la persona que refiere algún interés en favor ó en contra de quien se ocupa. Ahora bien; que el tío Manolillo ama á esa comedianta es indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora bien; esa miserable tenía celos de la reina... celos de Calderón... el tío Manolillo quiso matar á don Rodrigo, y para ello pidió á la reina los mil y quinientos doblones; cierto es que prometió rescatar las cartas, pero acaso si hubiera muerto ó herido á don Rodrigo, hubiera ido á llevar esas cartas á la Dorotea en vez de llevarlas á la reina. Se cruzó ese joven de una manera providencial, rescató las cartas... esto puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufón. Además, lo que me ha dicho podía saberlo, y lo sabía sin duda, sin necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de ligero... ¿Pero y si ese empeño de que yo desprecie á don Juan, fuese porque le haya visto la Dorotea y le ame?

Esta era la verdad, y al suponerla doña Clara, sintio lo que nunca había sentido: la dolorosa é insoportable sensación de los celos.

Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tomó una pluma y escribió una larga carta en que acusaba ante el inquisidor general á Dorotea y á Gabriel Cornejo.

Poco después aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXI

EN QUE CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

--¿Me da vuecencia venia para entrar?--decía una voz poco firme y contrariada á la puerta de la cámara del duque de Lerma.

--Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma á un secretario que trabajaba con él--y enviad á buscar á mi sobrino el conde de Olivares.

Levantóse el secretario, arregló los papeles, los puso en una carpeta y luego aquella carpeta en un armario.

Después salió.

Entonces el ministro-duque se volvió con afectación á la puerta por donde había entrado la voz que pidió permiso, y dijo con cierta hueca benevolencia:

--Entrad, Montiño, entrad.

Entró el cocinero mayor del rey, se inclinó profundamente tres veces, y luego, haciendo una mueca que parecía una sonrisa, dijo:

--¿Quedó vuecencia contento del banquete de ayer, señor?

--Por el dinero que os dará mi mayordomo, podréis sacar la consecuencia, buen Montiño.

--¡Ah señor, excelentísimo señor!--dijo Montiño poniéndose en arco y haciendo otra mueca--no lo decía por tanto.

--Sí, sí; ya sé que mil ducados más ó menos son para vos muy poco.

--No tanto, no tanto como eso, señor.

--Sin embargo, hacéis muy buenos negocios; debéis estar rico, Montiño; además de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias, siempre me estáis pidiendo oficios.

--Y yo os agradezco á vuecencia...

--No hago más que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo; y luego... vos me servís bien... es decir, servís bien á su majestad.

Volvió á inclinarse Montiño.

--¿Cómo anda el cuarto del príncipe?

--Don Baltasar de Zúñiga no perdona medio de captarse la voluntad de su alteza; como que dicen que hace versos con él.

--Y aun poesías eróticas...

--No comprendo bien, señor.

--Composiciones amorosas.

--No; no, señor; eso se queda para el duque de...

Montiño se detuvo afectando la confusión de quien ha pronunciado una palabra inconveniente y peligrosa.

--¿El duque de qué?--dijo Lerma--; vamos, concluyamos: ¿queréis sin duda decir mi hijo el duque de Uceda?

--Efectivamente, señor; yo creía haber sido indiscreto...

--No, no, de ningún modo; cuando se trata del servicio de su majestad, yo no tengo hijo; y á propósito de hijos... recordadme más adelante que tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos.

--Muy bien, señor.

--Decíamos, que de las composiciones amorosas del príncipe está encargado el duque de Uceda.

--Sí, señor; eso dicen los de la cámara de su alteza.

--¿Y quién es la persona destinada á juzgar del mérito de esas composiciones?

--Una dama muy matronaza, muy hermosaza, á quien suele ver su alteza en la comedia y en el Buen Retiro; que recoge á su alteza entero en la mirada de sus grandes ojazos negros.

--¿Y quién es esa mujer?

--No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de Amaniel con una dueña y un escudero, y la visita mucho el duque de Uceda.

--¿Y no la visita nadie más?

--Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre.

--¿Y quién es ese hombre? Me hacéis preguntar demasiado, Montiño; si no bastan los maravedises que os doy para que estéis bien servido, pedidme más. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien á su majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera de palacio pueda también convenir.

--Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán.

--¡Don Juan de Guzmán! Don Rodrigo Calderón me habló por él; me ponderó lo útiles que podían ser servicios, y en dos años le hemos hecho capitán, y después sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo, ya maduro...

--Sí; sí, señor; es un hombre de cuarenta y cuatro á cuarenta y seis años, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasión me mandó vuecencia que me informara, y yo acudí á mi compadre Diego de Auñón, que es un escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro horas me dijo:

--El tal por quien me preguntáis, ha vivido honradamente matando á obscuras por poco precio. Hanle puesto á la sombra más de tres veces; pero se da ó se daba tal maña para su oficio, que nada se le ha podido probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la cárcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de él.

--¡De modo que si esa dama con quien entretienen al príncipe don Felipe tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona!

--No sé, no sé, excelentísimo señor; porque también hay damas y muy damas que se pierden por estos tunos.

--Tomad--dijo el duque abriendo un cajón y sacando de él un estuche.

--¿Y qué es esto, señor?

--Una gargantilla.

--¡Ah! ¿Debo visitar á esa dama?

--Sí.

--¿Y qué la he de decir?

--Que un personaje, un altísimo personaje, la conoce y la ama.

--Puede creer que ese personaje es su majestad.

--No importa: si ella lo supusiese...

--Niego...

--No, no negáis... Será bien que vayáis vos en persona: en vez de negar, afectaréis como que la hacéis una gran confianza, y la diréis: su majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere que nadie, ni vos misma, sepáis que os ama... que os visita... Su majestad vendrá á veros, y le recibiréis sin luz: debéis ser muy prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por asomo que le conocéis.

--¿Pero y si esa dama se negase á recibirme?

--¿No decís que tiene dueña?

--Sí, señor.

--Pues bien; tomad para la dueña.

El duque abrió otro cajón, sacó de él algunas monedas de oro, y las puso formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado de Montiño.

El cocinero miró con codicia el oro; pero no le tocó.

--Guardad eso--le dijo el duque--, y además... me olvidaba... tomad.

Y el duque sacó una cajita de terciopelo, la abrió, y dejó ver dentro una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro.

--¡Ah, señor!--exclamó trémulo de alegría el cocinero--; ¿me da vuecencia el hábito de Santiago?

--¿Y para qué le queréis vos? ¿para que no os atreváis á entrar en la cocina, por temor de que se os manche la cruz?

Cayó dolorosamente despeñado de lo alto de su vanidad Montiño.

--¿Pues para quién, señor, es ese hábito?--dijo con un sarcasmo mal encubierto--; ¿acaso para la aventurera con quien entretiene al príncipe el duque de Uceda?

--Para esa el collar de perlas, y más que fuere menester; esta cruz es para otra persona. ¿No conocéis á alguien que se haya hecho recientemente merecedor del hábito?

--Confieso á vuecencia que no.

--Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse público, no le pagaría tan barato; sería cosa de titular á quien le ha hecho: ha salvado á su majestad.

--Pues qué, ¿su majestad ha estado en peligro?

--Su majestad la reina ha estado á punto de ser deshonrada--contestó el duque.

Montiño supo contenerse en el momento en que vió claro que se trataba de su sobrino postizo.

--Pues confieso á vuecencia, que no sabía yo que su majestad la reina...

--Vamos, señor Francisco. ¿A dónde llevásteis anoche á un vuestro sobrino?

--¿Yo?... á ninguna parte--dijo Montiño temiendo que lo de la cruz fuera un lazo.

--Será necesario probaros que obro de buena fe--dijo el duque--y por lo tanto insisto; tomad esta cruz, llevádsela á vuestro sobrino Juan Montiño, y decidle que venga mañana á recibir la real cédula de mi mano.

--Muchas mercedes, señor--dijo Montiño tomando la cruz.

--Pero esto no basta; vuestro sobrino será pobre.

--Lo es en efecto, señor.

--¿Y qué puede hacérsele?

--Es valiente...

--¿No más que valiente?...

--Es licenciado.

--¿En qué?

--En teología y en derecho.

--¿Está ordenado?

--No, señor.

--No conviene que sea clérigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no debe llevar un roquete; le está mejor un oficio de alcalde; los alcaldes bravos, que tienen letras y puños, valen más que los que sólo tienen letras; le haremos alcalde de casa y corte.

Montiño estaba espantado con lo que veía, y sobre todo de la buena suerte de su sobrino.

--Conque--dijo Lerma--, ¿sabéis todo lo que debéis hacer?

--Sí, señor. Seguir averiguando cuanto pudiere.

--Eso es.

--Procurar introducirme en la casa de esa dama.

--Eso es.

--Dar á mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga á dar á vuecencia las gracias.

--Eso es.

--Además, vuecencia me dijo le recordase que tenía que decirme algo acerca de la señora condesa de Lemos.

--En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doña Catalina.

--Puedo deciros, señor, que cuando yo venía para acá, entraba vuestra hija en las Descalzas Reales.

--Nada tiene eso de extraño.

--Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno será también que vuecencia sepa, que poco después entraba en el convento don Francisco de Quevedo.

--¡Ah! ¡ah! ¿y en el convento, no en la iglesia?

--La señora condesa entró por la puerta de los locutorios, y por aquella misma puerta poco después don Francisco.

El duque de Lerma escribió rápidamente una carta, la cerró, y escribió sobre la nema.

«A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales--. Del duque de Lerma--. En propia mano.»

--Id, id, Montiño--dijo el duque--; id, llevad esa carta al momento á su destino, y traedme la contestación.

Montiño salió casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su excelencia se quedó murmurando:

--¿Qué habrán ido á hacer mi hija y Quevedo á las Descalzas reales?

CAPÍTULO XXII

DE CÓMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE MONJAS

La madre Misericordia, á pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales, no era una vieja.

Esto no tenía nada de extraño, porque á falta de edad tenía caudal.

Gastaba generosamente gran parte de él en regalos á las monjas.

Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos habían tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia.

Serlo.

Después de ser abadesa, los regalos servían para que todas las monjas la llevasen á su celda y misteriosamente los chismes del convento.

En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba.

Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas.

La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos.

Cada uno de estos bandos quería influir en el ánimo de la abadesa, en aquella especie de presidenta de república.

Porque un convento de monjas es una república en que todos los cargos se obtienen por elección.

Y una república más difícil de gobernar que lo que á primera vista parece.

A más de la lucha de influencia, había otras luchas secundarias que acababan de envenenar á la comunidad.

Llegaba un día clásico.

Era necesario un sermón.

Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento.

Cada madre quería que su confesor fuese el encargado de la oración sagrada.

Y como había muchas madres y muchos confesores, de aquí la lucha.

Cada confesor influía sobre su monja.

Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tenía ni podía tener más que una hija de confesión en el convento, y aun en los conventos de la población en que se encontraba.

¿Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile ó un clérigo se hubiese atrevido á tener á su cargo más de una conciencia en la comunidad?

Esto hubiera sido una especie de adulterio sui generis.

No ha existido, ni existe, ni existirá, monja que pueda tolerar tal cosa.

Lo más, lo más que sucede es lo siguiente:

Se pone malo un confesor, y en un día de confesión se encuentra huérfana una monja.

Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialísima, cede su confesor á la monja huérfana.

Y la rivalidad llega hasta á los regalos que las buenas madres hacen á sus confesores.

Que sor Fulana envió el día de su santo una bizcochada magnífica á su director espiritual.

Que sor Fulana pretende sobreponerse, y envía al jefe de su conciencia otra bizcochada mejor.

Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho más: la otra, porque la primera ha murmurado de ella.

Entonces tercian chismes más peligrosos.

Si sor Fulana estuvo asomada á la celosía y dejó caer un billete, y si recogió el billete un estudiante.

Si sor Fulana soltó por su celosía un rosario bendito, que fué á caer en la halda de la capa de un soldado.

Porque en aquellos tiempos había enamorados y galanes de monjas.

Quevedo lo dice, y hace su aserción verdadera el que la Inquisición revisó los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso á lo que decía respecto á los enamorados de las monjas, ni lo tachó ni lo encontró inmoral.

Esto estaba en las costumbres de entonces; lo sabía todo el mundo, y no había por qué prohibir un libro que no decía más que lo que todo el mundo sabía.

Además, que estos eran unos amores simples.

Hoy es otra cosa.

De modo que la que en aquellos tiempos se metía en un convento para huir del mundo y de las tentaciones del demonio, se metía en otro mundo más agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones.

Y no era solo esto lo que constituía el carácter, el modo de ver y de obrar de los conventos de monjas del siglo XVII.

El clero los utilizaba para otros negocios.

Las monjas venían á ser los intermediarios de otras conspiraciones de carácter más trascendental, puesto que tenían relación con el Estado.

¿Quién había de creer que en una carta dirigida á la abadesa de un convento, iba otra que debía entregarse por la abadesa á tal ó cual alta persona?

¿Quién podía sospechar que en aquellas cartas se agitasen las parcialidades de la corte?

En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venían á ser para los conspiradores lo que un arroyo ó un río para el que quiere hacer perder las huellas de su paso á quien le sigue.

De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un personaje importantísimo.

Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.

Primero, porque su convento era el más aristocrático.

Había sido fundado en 1550 por la señora infanta de Portugal, doña Juana.

Le protegían directamente sus majestades.

Le visitaban mucho é iban con suma frecuencia á comer en él conservas.

Las monjas eran todas señoras pertenecientes á la alta nobleza.

Por lo importante de su categoría, que hacía importante su influencia, llovían sobre el convento magníficos donativos.

En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas y piadosas.

Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro establecimientos piadosos, de los cuales sólo eran de beneficencia doce.

Esto sin contar un número igual de fundaciones anteriores.

De modo que en Madrid no podía darse un paso sin tropezar con una iglesia ó un oratorio.

Un número inmenso de los habitantes de la población pertenecía á la clase monástica.

Solamente el duque de Lerma fundó dos conventos de frailes y uno de monjas.

Esta manía de las fundaciones religiosas, á más de la piedad, tenía un objeto más egoísta: el de hacerse una ostentosa sepultura para sí y para su familia en una fundación.

Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no podía tanto, una iglesia; el que podía menos, una ermita; por último, el que no podía fundar nada, hacía donaciones á los conventos y á las iglesias, á fin de asegurar á su alma sufragios perpetuos.

De ahí la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades.

De ahí esa costra de frailes y de monjas que se extendió sobre España, cuya influencia fué incontrastable, que hizo decir á los extranjeros que España era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos aún completamente de encima.

En la Edad Media España era un castillo.

Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron conventos.

No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas con su guión y su cruz.

Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y oprimían al pueblo en la Edad Media.

En el siglo XVII sofocaban al trono rodeándole de frailes, y con esos mismos frailes embrutecían al pueblo.

Duraba el privilegio, crecía, se desbordaba.

La clase monástica, pues, pesaba en la balanza de los negocios públicos de una manera incontrastable.

Tenía también una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba.

Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisición.

El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer á España los vergonzosos tiempos de Carlos II.

En una época tal, el convento de las Descalzas Reales tenía una gran influencia.

La abadesa era un gran personaje.

Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica.

Había aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento.

En el mundo se había llamado doña Angela de Rojas.

Era rica.

Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan.

Pero se había enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan rica como ella y además hermosa y señora de título, con la que se casó al cabo.

Doña Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su cólera, se metió en las Descalzas Reales.

Duróle la rabia un año, y tuvo tiempo de profesar.

No sabemos si después de haber profesado se la pasó el despecho, y se arrepintió de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro.

Ella no lo dijo á nadie.

Al profesar, por una antítesis violenta con su carácter, tomó el nombre de María de la Misericordia.

Desde que fué monja, empezó á conspirar por su cuenta y á sostener sus conspiraciones con su dinero.

A los seis años de su profesión, sor Misericordia se llamaba la madre abadesa.

Su competidora vencida enfermó de rabia, y murió desesperada bajo la presión de su vencedora.

Hay entre las armas antiguas una que se llama puñal de misericordia.

Con este puñal remataban los vencedores á los vencidos.

A esta madre, en fin, fué á visitar la joven y hermosa doña Catalina de Sandoval, condesa de Lemos.

A más de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tenía la condesa mucha familia, era parienta suya.

Cuando la condesa llegó al locutorio, la dijo la tornera:

--Será necesario que vuecencia espere; la madre abadesa está confesando en estos momentos.

La condesa se mordió los labios, porque aquella detención la contrariaba.

--¿Quién es el confesor de mi prima, madre Ignacia?--dijo á la tornera.

--¡Oh! es un justo varón, un padre grave y docto de la orden del seráfico San Francisco: fray José de la Visitación.

--¡Ah! ¡Fray José de la Visitación! le conozco mucho y ha sido mi confesor algún tiempo; tomé otro porque nunca acababa de confesarme; era eternizarse aquello.

--Es confesor muy celoso.

--Demasiado; ¿y hace mucho tiempo que mi prima está confesando?

--Ya hace más de una hora.

--¡Ah! pues tenemos para otra hora larga.

--Tal vez--dijo la tornera.

--Decidme, madre Ignacia--preguntó la condesa--, ¿está vacía la celda aquella tan hermosa que está sobre el huerto?

--Sí, sí, señora condesa; está vacía porque las tapias son bajas, y una educanda que vivió en ella se escapó descolgándose por el balcón y saltando las tapias. Esto fué un escándalo que nadie sabe, que hemos guardado todas... pero yo lo digo á vuecencia en confianza.

--Gracias, amiga mía. ¿Conque las tapias son bajas y el balcón bajo?

--Sí, señora; era necesario tener una gran confianza en la persona que viviese en aquella celda.

--Y... ¿no hay otra desocupada?

--No; no, señora: apenas tenemos convento: será necesario ensancharlo: no cabemos.

--¡Bendito sea Dios!

--¿Piensa vuecencia traernos alguna novicia ó alguna educanda?

--No, no por cierto.

La condesa, que estaba profundamente preocupada, calló.

La tornera calló también por respeto.

--Madre Ignacia--dijo doña Catalina--, no me hagáis visita; de seguro estáis haciendo falta fuera.

--En verdad, señora, que ese torno no para en todo el día; pero no importa: allí he dejado á sor Asunción.

--Id, id, y por mí no faltéis á vuestra obligación, ni molestéis á nadie. Tengo además mucho en qué pensar, y no me pesaría estar sola.

La tornera se inclinó profundamente y salió.

Doña Catalina quedó sola.

Su bello semblante moreno estaba pálido; por bajo de sus ojos se veía una señal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba fija, impregnada de no sabemos qué expresión vaga, incomprensible.

Había en su semblante un tinte de tristeza, una expresión de malestar interior.

Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento.

Parecía, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble abadesa.

De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio.

Se volvió y vió á Quevedo.

Doña Catalina se puso de pie.

--¿Conque hasta aquí?--dijo.

--Hasta donde vos vayáis, mi cielo. No quiero quedarme á obscuras, y como sois mi sol, os sigo.

--¡Ah, don Francisco... don Francisco!..., ¿no me prometísteis anoche que me dejaríais venir á encastillarme contra vos?

--Sí, es cierto; pero no lo prometí yo.

--¿Pues quién fué?

--Mi amor impaciente.

--¿Pero en tan poco me estimáis, que viendo que huyo de vos queréis aún comprometerme?

--Recuerdo que en la galería obscura me ofrecísteis vuestra casa.

--Tenía á obscuras la razón; no sabía lo que me acontecía.

--¿Pero no me amáis?

--¡Ay!... ¡sí!...--exclamó doña Catalina tendiendo lánguidamente su mano y de una manera instintiva á Quevedo.

--¡Ah!--exclamó Quevedo, apoderándose de aquella mano--; ¡y cómo me da la vida vuestro amor!

--Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre están en acecho.

--Decís bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les acercan como el gato alrededor de las sardinas.

--Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi decoro, sed respetuoso conmigo.

--¿Y cuando, señora, no os he respetado?

--Dadme una prueba saliendo de aquí.

--Prometedme que vos no pasaréis más adelante.

--Aseguradme que seréis dócil á lo que yo quiera.

--Os lo juro, siempre que no me pidáis lo que no puedo concederos.

--Pues bien, no entraré.

--¿Y podré yo entrar hasta vos?

--¡Qué adelantáis, don Francisco, con sacrificar una mujer más!

--Seríais vos la primera.

--Ved por qué no puedo fiarme de vos; negáis lo que todo el mundo sabe: vuestros ruidosos galanteos.

--Helos tenido con muchas hembras, pero tratándose de mujeres vos sois mi primera mujer.

--Tal vez os engañáis... tal vez yo no sea más que... como vos decís, una hembra, y harto débil y desdichada.

--Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto á lo desdichada, estando ausente de vos mi señor el duque de Lemos, no os podéis quejar.

--Quéjome de que siempre no haya estado lejos.

--¡Oh! ¡si no hubiérais sido hija de Lerma!

--Ni aun delante de mí, perdonáis á mi padre.

--Eso os probará que para vos, mi lengua es lengua de Dios.

--No os entiendo.

--Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para mejor probároslo, no sólo aborrezco, sino que desprecio á vuestro padre.

--¡Ah! ¡qué desgraciada soy!

--Sóislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergüenza: no se eligen padres.

--Si yo fuese una cualquiera no me hubiérais amado.

--Soy hombre que visto negro y liso.

--¡Cómo!

--Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en riqueza; siendo vos lo que sois, además de ser hija de un duque y mujer de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os hubiera conocido.

--De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo...

--Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas.

--Desconfío todavía de vos.

--¿Todavía?...

--Sois un abismo. Acaso no me enamoráis sino porque soy hija del favorito del rey.

--Mal haya la fama, que más que bienes da males.

--Sois gran conspirador.

--¿Conspirador habéis dicho? pues conspiremos.

--¿Y contra quién?

--Contra la abadesa vuestra prima.

--Conspirar, ¿y para qué?

--Para salir del atolladero.

--¿De qué atolladero?

--De haberos metido vos aquí, y de haberme metido yo tras vos.

--Con que vos os vayáis hemos salido del paso.

--Os engañáis, porque ya me han visto.

--¿Y por qué habéis dado lugar á que os vean?

--Se me os escapábais.

--No creo que puedan suponer...

--Las monjas no suponen nada bueno...

--Pero mi prima sabe...

--Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal.

--Es virtuosa...

--Con la virtud de las feas.

--¡Pero Dios mío, vos no perdonáis á nadie!

--A nadie sentencio que él mismo no se haya ya sentenciado.

--Y ya que decís que estamos en un atolladero, ¿cómo os parece que podamos salir de él?

--Conspirando.

--¿Pero contra quién?

--¿Contra quién?... contra cualquiera... la abadesa, á trueque de conspirar, creerá todo lo que queramos que crea. ¿Quién es el confesor de nuestra noble prima?...

--¿De nuestra prima?...

--He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros parientes son mis parientes.

--¿Os habéis propuesto mortificarme?

--No quisiera. Pero volvamos á nuestra conspiración. ¿Quién es el confesor de nuestra prima?

--Esperad; no sé por qué se me ocurrió preguntar eso mismo á la tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray José de la Visitación.

--¿Aquel que se atrevió á decirnos un día que el infierno era negro como vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno? Pues si es ese santo varón, ya sé contra quién tenemos que conspirar.

--¿Contra quién?

--Contra el conde de Olivares.

--¡Ah! el pobre conde nos va á servir de mucho.

--Pienso valerme de él para otras muchas cosas.

--¡Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de mi prima.

--¡Oh! pues dejadme hacer, fingíos muy turbada.

Quevedo no pudo decir más.

Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis á veintiocho años muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con los ojos pequeños, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca, los pómulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antipático; añádase á esto el hábito, la toca cerrada, el velo y la expresión monjuna, bajo la cual se encubría mal la soberbia, y se comprenderá que la madre Misericordia tenía un nombre enteramente contrario á su aspecto, eminentemente antitético con ella misma.

Sin embargo, se comprendía lo elevado de su cuna en la distinción de sus maneras.

Adelantó gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado del lado allá de la doble reja, y comprendió en una reverencia su saludo para doña Catalina y Quevedo.

--Ya nos une esa víbora--dijo para sí don Francisco--, yo haré que nos desuna.

Y contestando con otra no menor reverencia á la abadesa, mientras la de Lemos callaba verdaderamente turbada por la situación, dijo:

--¡Mi señora doña Angela!...

--Hace mucho tiempo que sólo me llamo sor Misericordia, caballero--, dijo la religiosa con acento severo y agresivo.

--Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy á hablaros del mundo, cuando voy á sacar vuestro pensamiento del claustro.

--En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no comprendo cómo acompañáis á mi parienta doña Catalina.

--Sentémonos--dijo Quevedo con gran calma.

Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia de Quevedo.

--Vos no me conocéis--dijo--, no lo extraño; vos habéis vivido siempre muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en él, aun cuando he estado preso.

Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de disgusto y de contrariedad.

--Y digo preso--continuó Quevedo como contestando á aquella expresión--, porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé qué torre, y autor de no sé qué libros.

--¡Ah!--exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa--: ¿y para qué me buscáis, caballero?

--Primero he buscado á vuestra noble prima.

--¿Y para qué?

--Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad.

-¡Ah!

--Pues he buscado á doña Catalina, cuya bondad conozco, á fin de que me sirviese para con vos de recomendación y ayuda.

--Bastaba vuestro nombre.

--No había necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; conócese mi nombre más que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones...

--¡De conspiraciones!

--¡Se conspira!

--¿Pero contra quién, caballero?

--¿Contra quién se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar.

--¡Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no sé que haya nadie que conspire en España contra su majestad.

--Sí; sí, señora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra el duque de Lerma.

--Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente habláis, os ha tenido preso.

--Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de Lemos.

--Es verdad--dijo doña Catalina ya más repuesta.

--Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad de mis palabras. ¿No es verdad, señora?

--Sí, sí, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, poniéndose ligeramente encarnada.

--¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble prima?

--No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo.

--Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en mí, vos también debéis confiar.

--¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?--dijo la abadesa.

--El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su enemigo.

--Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder.

--Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de mí.

--Vuestros hechos le hubieran convencido.

--Pues ved ahí, señora: de tal modo hablé con el duque, que hoy me cree más enemigo suyo que ayer.

--¿Y para qué eso?

--Créame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me equivoco porque soy hombre, pero jamás lo confieso... al menos á la persona respecto á la cual he caído en error. Pero tratándose de vos, señora, de la señora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra discreción, es distinto; á vosotras vengo para ayudar á ese grande hombre en cuyas manos está la gobernación del reino. Vosotras seréis el medio por donde llegarán á él los beneficios de mi leal y oculta amistad.

--¡Ah! caballero... cuánto os agradezco... ¿y sabéis? ¿habéis descubierto...?

--Una conspiración horrible.

--¿Pero cómo...?

--Anoche un amigo mío, un noble joven que acababa de llegar á la corte, tuvo un desagradable encuentro á causa de una dama, con don Rodrigo Calderón.

--Don Rodrigo, según me ha dicho mi confesor, está herido, y esto es una desgracia.

--No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.

--Don Rodrigo es un miserable--dijo doña Catalina, que se acordaba de la insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la que hablamos al principio de este libro.

--Mi tío confiaba ciegamente en él.

--El duque de Lerma es muy confiado.

--Es, sin embargo, muy prudente.

--Pero don Rodrigo más falso.

--¿Qué decís?

--Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

--¿Pero de quién se ayudaba ese hombre?

--¿De quién? del conde de Olivares.

--¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios; todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del rey.

--Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe.

--¿Qué queréis decir con eso?

--Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está próximo á ser rey.

Palideció la abadesa.

--¿Y serían capaces...?--dijo.

--Yo no he dicho tanto.

--Pero tendréis algunas pruebas...

--No las tengo, pero las he visto.

--Seguid, don Francisco; pero explicadme.

--Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, á causa de una dama, de don Rodrigo Calderón. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasión de dar de estocadas á don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido tenía sobre sí alguna prueba de amores, le encontró...

--¿Y qué encontró?

--Unas cartas... la prueba de la conspiración más pérfida...

--¿Cartas de quién?

--De varias personas...

--¿Había alguna del conde de Olivares?

--Sí... ciertamente--contestó Quevedo á bulto.

--¿Pero qué se han hecho esas cartas?

--Llevólas á palacio mi amigo.

--A palacio... ¿y para qué?

--¿Para qué? para entregarlas al rey.

--No habrá podido... esas cartas estarán en poder de vuestro amigo: es necesario rescatarlas...

--Las tiene...

--¿Quién?

--La reina.

--¡La reina!

--Que durmió anoche con el rey.

--¿Qué decís, caballero?

--El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte de la noche.

--¿Pero cómo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas á la reina?

--Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de la reina.

--Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos todo...

--Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis.

--Madre abadesa--dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una monja--, aquí han traído una carta para vos.

--Dadme, dadme.

La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia.

Luego salió.

--Permitidme, prima mía; permitidme, caballero--dijo la abadesa.

Doña Catalina y Quevedo se inclinaron.

La abadesa abrió con precipitación la carta.

--¿De quién será?--dijo para sí Quevedo.

La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:

--Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá.

--¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora--dijo con suma precipitación Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa, no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á él.

--¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré vuestro deseo.

--Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para retirarme.

--Supongo que nos volveremos á ver.

--Nos volveremos á ver... ¡de seguro!

--Pues adiós, don Francisco.

--Que os guarde Dios, señora.

Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió.

--¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa.

--Le conozco desde que era muy joven--contestó con desdén doña Catalina.

--Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él.

--Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo.

--En lo cual haríais muy bien.

--Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que pensárais mal de mí.

--Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al convento.

--Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se interesan por mí.

--Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos peligrosos.

--¡Pasos peligrosos!...

--¡Quien os haya visto acompañada por Quevedo... por ese hombre de tan mala fama!

--Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme.

--Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre.

--¿Y qué es lo que sabe?

--Leed, prima.

Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta que acababa de recibir, y dió la vuelta al torno.

La de Lemos tomó la carta y leyó.

Era de su padre.

En ella decía á la abadesa que habían visto meterse en el convento y en uno de los locutorios á su hija, y tras ella á Quevedo. Que procurase comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase.

--Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en el torno y dándole vuelta--que á veces mi padre está bien servido.

--¿Seréis franca conmigo, prima?--dijo la abadesa después de haber tomado la carta y de haberla guardado.

--¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto?

--¡Creo que amáis á don Francisco!

--¡Y qué!--dijo fríamente la de Lemos, que era violenta.

--¡Lo confesáis!

--Ahorro una disputa vergonzosa.

--¿De modo que el amor...?

--¿Y qué entendéis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos.

La abadesa se mordió los labios.

--Yo creía que os justificaríais.

--Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas--dijo levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la abadesa.

--Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa.

--¡Adiós!--exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo.

--Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo justo...--murmuró la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo, tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino, montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho! ¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría, sabrá lo que debe hacer.

La abadesa salió del locutorio.

--¿Quién ha traído esta carta?--dijo á la tornera.

--El señor Francisco Martínez Montiño.

--¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera?

--Sí, señora, espera la contestación.

--Hacedle entrar, madre Ignacia.

Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había en él y se puso á escribir.

Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.

Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.

Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.

--Quien huye, teme--dijo Quevedo.

--Pues no, no sé--dijo saliendo Montiño--por qué deba yo temeros.

--Vos debéis haber venido aquí para algo malo.

--¿Yo?

--Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta del duque de Lerma á la abadesa.

--¡Cómo! ¡qué!

--¡Una carta en que se habla mal de mí!

--¡Pero don Francisco!

--Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de Lerma.

--Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado...

--Vos acabaréis muy mal, señor Montiño.

--Mi sobrino tiene la culpa.

--¿Vuestro sobrino?...

--Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo bueno, para mí todo lo malo.

--Y será peor si no os confiáis completamente á mí.

--Pero don Francisco...

--¡Se conspira!

--¿Que se conspira?

--Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.

--Mi sobrino...

--¡Escondéos!

--¡Cómo!

Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.

Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.

--Habéis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado todo.

--¡Todo! pues mejor.

--Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa? cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué avergonzarse de amarle.

--Dios bendiga vuestra boca.

--Os espero.

--¿Cuándo?

--Esta noche.

--¿Por dónde?

--Por el huerto.

--Larguísimo va á ser para mí el día.

--Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.

--Ahora las noches son largas.

--Pues hasta la noche; ¿á qué hora?

--A las ánimas.

--Pues hasta las ánimas.

--¡Hola!--dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta--; que acerquen la litera.

La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.

Quevedo estaba incómodo.

No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había hablado bajo.

--Salid--dijo á Montiño.

Montiño salió.

--Venid conmigo.

Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.

--Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.

--Señor Francisco Montiño--dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.

--¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy, señora mía.

Y se acercó al torno.

--La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.

--Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.

Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.

--Andad, que aquí os ospero--dijo Quevedo.

Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.

Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.

Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.

Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos, crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:

--¡Como la otra!

Y se lanzó en la calle.

Quevedo partió tras él y le asió por la capa.

--¡Ea, dejadme!--exclamó el cocinero mayor.

--¿Os olvidáis de que yo os esperaba?

--¡Como la otra!--repitió en acento ronco y cada vez más desencajado Montiño.

--¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela; embozáos y componéos, y venid conmigo.

Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su extraño estribillo:

--¡Como la otra!

--¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería!

Montiño se dejó conducir.

Hostería del Ciervo Azul, leyó Quevedo en una muestra sobre una puerta.

--Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón, y no me vendrá mal una empanada de perdiz.

Y empujó adentro á Montiño.

Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata clavadas de trecho en trecho en la pared.

Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.

CAPÍTULO XXIII

EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE

Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban encendidas.

Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.

Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.

Montiño había guardado un profundo silencio.

Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.

Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor no estaba en el completo uso de sus facultades.

--¡Había de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certificó del estado mental de Francisco Montiño.

Un mozo entretanto trajo la empanada.

Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.

Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.

Bastó esto para que volviese de su fascinación.

--¿Qué es esto?--dijo--. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?

Y escupió el bocado.

--¡Ah, ah!--dijo Quevedo--, me había olvidado de que sois el rey de los cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el apetito que yo tengo para tragar este engrudo.

--¿Dónde me habéis traído?

--A la Hostería del Ciervo Azul.

--¡A la hostería del Ciervo!--exclamó con espanto Montiño--. ¿Qué habéis querido darme á entender con eso?

--¡Yo!

--Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer...

-¡Yo!

--Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso.

--¡También el tío Manolillo!

--Y el duque de Lerma.

--¡Cómo!

--Y doña Clara Soldevilla.

--¡Ah!

--Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡como la otra! ¡como la otra!

--¿Como qué otra?

--Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?

--¡Ah!

--Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á Verónica.

--¿Pero estáis loco, Montiño?

--Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.

--Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán--dijo Quevedo.

--¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.

Y el cocinero se levantó.

--Sentáos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentáos y no espantéis la caza: yo os vengaré.

--¿Pero es cierto?--dijo con angustia Montiño, que se sentó.

--Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis nada; estáis almorzando alegremente. Comed.

--¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel...

--¡Mozo! ¡un real de olla podrida!--dijo una voz estentórea al fondo del salón.

--Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque aquí mismo os vengo.

--¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco?

--Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo. Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre.

--Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama!

--Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán.

--¡Pero qué galán!

--Cosas de las mujeres.

--¿Y qué debo hacer?

Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó:

--¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa.

--Decís bien.

--No os faltarán mujeres.

--Decís bien.

Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó:

--¡Y lo que nazca!

--Podéis contar que no es vuestro.

--La separaré de mí.

--Haréis bien.

--La enviaré á Navalcarnero.

--Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país.

--¿A Asturias?

--Eso es.

--No hablemos más de esto.

--Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa?

--¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi sobrino.

--¿Y vos qué le habéis dicho?

--Yo... nada.

--¿Y qué ha replicado la abadesa?

--Me ha llamado ciego.

--¿Y qué más?

--Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia!

--Pero supongo que habréis tenido prudencia.

--Prudencia ¿acerca de qué?...

--Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino.

--Para prudencia estaba yo.

--¿Pero qué habéis hecho?

--Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije: pues dama hay en palacio mucho más alta...

--¡Diablo!

--Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer...

--La abadesa os preguntaría quién era esa dama.

--Cierto que sí.

--¿Y vos?

--Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de decir las verdades.

--Diríais que doña Clara Soldevilla...

--¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina...

--¡Desdichado!

--Era querida de mi sobrino.

--Pues habéis mentido como un bellaco--exclamó Quevedo--; y ya que no tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de volver á pronunciar esa calumnia.

--¡Ah, don Francisco!--exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo, bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.

--De seguro la abadesa os ha dado una carta.

--Es verdad.

--Una carta para el duque de Lerma.

--Es verdad.

--Dadme esa carta.

--Pero tengo que llevarla á su excelencia.

--Dadme esa carta.

Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á Quevedo.

Quevedo rompió la nema.

--¿Pero qué hacéis?--dijo Montiño.

--Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.

Y la leyó.

--Ya lo sabía yo--dijo.

Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.

Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.

Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie, calzado con un chapín dorado.

--Confúndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco á esa. Detengámonos, que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.

Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se asió á su brazo.

--¿Tendremos buscona?--dijo para sí Quevedo.

--Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco--dijo una voz irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á la Dorotea.

--¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí?

--No lo sé.

--¿Que no lo sabéis?

--No. Llevo la cabeza hecha un horno.

--Más bien creo la lleváis hecha una olla de grillos.

--He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría.

--¿Pero qué os ha sucedido?

--Se me ha subido el almuerzo á la cabeza.

--¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de pies?

--No; no, señor: me he ido al alcázar.

--¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar?

--¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad.

--¿Y le habéis habido?

--Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido.

--Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.

--¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido!

--¿Pero qué granizada es esa, amiga mía?

--Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...

--No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais, Dorotea!

--¿Qué, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta.

--No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más mujer.

--Entrémonos aquí--dijo la Dorotea--; empieza á llover.

Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y negro.

--Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.

--¿Y qué se me da?

--¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de Santiago. Nos echamos á rodar.

--Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.

--Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede entrar en este aposento?--añadió Quevedo, parándose en el fondo de la taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.

--Sí; sí, señor, con mil amores--dijo aquel hombre--. ¡Nicolasa! ¡la llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas mercedes.

--¿Qué hora es?--dijo Dorotea.

--Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que estos señores esperan.

Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo puesta en una palmatoria de barro cocido.

Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa.

--Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre.

La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino.

--¿Qué quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se había quitado la gorra.

--Vino, mucho vino--dijo la Dorotea.

--Sólo tengo blanquillo de Yepes.

--Sea el que quiera.

El hombre salió.

--No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo.

--Tampoco yo me conozco á mí misma.

--Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.

--No importa.

--Que tenéis que ser esta tarde estrella.

--Me nublo.

--El autor de la compañía os obligará.

--No puede.

--Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.

--Si me encuentra.

--¡Ah! ¡os perdéis!

--Me he perdido ya.

--¡Mirad no perdáis á alguien!

--Una vez perdida yo, que se pierda el universo.

--Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme jarro vidriado y dos vasos.

--¡Fuego de Dios!--exclamó Quevedo.

--Idos--dijo con impaciencia Dorotea.

El tabernero se encaminó á la puerta.

--Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo.

El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera y la puso por el lado de adentro.

Quevedo se levantó y echó la llave.

Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada desde afuera, y miró si había alguna rendija.

La puerta era nueva y encajaba bien.

--Henos aquí metidos en un paréntesis--dijo don Francisco.

--Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.

--Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.

Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.

Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño relicario cubierto de brillantes.

--Deslumbráis, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y poniéndole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo á la cabeza.

--Sentáos y ponedme vino.

--No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal un negocio se emborrachan.

--Ponedme vino.

--Beberéis vos sola.

--¡Queréis tener sobre mí ventaja!

--Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.

--Decís bien... pero yo necesito hacer algo.

--¿Y os embriagáis?

--Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me quita otra.

Y levantó el vaso.

Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.

Luego tomó el jarro y lo arrojó:

--Soy vuestra madre--dijo--; dejémonos de locuras, y ya que os tengo aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente, hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?

--¿Quién sabe lo que vos sois?

--Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.

--¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!

--No vengo por mi gusto.

--Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?

--Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.

--¡Malhayan los tales secretos!

--¿Por qué decís eso?

--Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.

--Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis que os sacrifico?

--No es dios, es diosa.

--¿Diosa?

--Sí, la diosa ambición.

--Conócese que tratáis con el duque de Lerma.

--Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois secretario del duque de Osuna.

--Confiésome torpe; no os entiendo.

--Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia me abra las puertas de un convento.

--¿Magdalena os tenemos?

--Si me dais medios de que lo sea, os perdono.

--Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en qué os he ofendido yo?

--¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!

Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un movimiento sublime.

Su mirada resplandecía.

Quevedo la miraba con asombro.

--No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicísima. Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi agradecimiento.

--¡Qué lástima!--dijo Quevedo.

--¿Y de qué?

--¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?

--¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de ojo?

--Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta mañana.

--Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis visto esta mañana y cómo me véis ahora.

--Son las doce--dijo Quevedo--; á las dos empieza la comedia y necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?

--Sí; ¿pero eso qué importa?

--Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho, porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.

--Creo que empezáis á engañarme.

--Suponed que no me llamo Quevedo.

--Eso no es posible.

--Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca y que deseo curarla.

--Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas situaciones en que os he visto.

--Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó hijo de palacio, como mejor queráis.

--Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?

--Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.

--¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!

--Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?

--No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre; á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.

--¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó; pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.

--Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo os muestre, y decirme qué habéis visto en ella?

--¿Y de qué cosa se trata, tío?--le pregunté.

--De una mujer.

--Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me quedo á obscuras.

--No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo, naturalmente, una venda sobre los ojos.

--¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!--exclamó Dorotea.

--Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo:

--Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo con otro caballero.

Entramos en el locutorio.

Vos tardásteis.

Entonces me dije, yo no sé si con fundamento:

--Esa mujer se está componiendo para parecer mejor.

--¡Ah, y qué mal pensador sois!--dijo la Dorotea.

--En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais estarlo en el convento.

--Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello, una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.»

Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra, sonora; vuestro discurso, apasionado.

Yo me enamoré de vos.

Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo:

--Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no me pesará que esa mano sea la mía.

--Si ella os ama--dijo el tío Manolillo--, por mi parte nada tengo que oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.

--Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?--le pregunté.

--Es una historia--me dijo.

Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de vos, y no volví á preguntarle.

Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos; ardía por vos, Dorotea.

--Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no podíais ser para mí más que el primer amante...

--¡Oh!--exclamó Quevedo.

--Me reí de vos.

--Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os riérais.

--Ya sé que sois altivo.

--No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.

Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma de ángel en cuerpo de hombre.

--Pero tan burlador como vos.

--¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero, se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he recordado más de una vez...

--En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo...

--Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento.

--Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas.

--¿Comediante fué?

--Galán.

--¿Se llama?

--Gutiérrez.

--¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante...

--Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre... perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus... sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no! en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían. Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro. Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero hoy me he desengañado.

--¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro!

--Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella. Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo me habló por sí mismo.

--Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que él, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el pilón. Vuestra historia es muy conocida.

--He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.

--Os leí, pues, en el convento.

--¿Y qué habéis leído hoy en mí?

--Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada, cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré.

--Y como éramos antiguos conocidos...

--Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la buscona más perfecta en su época peligrosa.

--¡La buscona!

--Ese es el nombre.

--Es decir, la mujer...

--Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes, envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y pregonándose á voces.

--¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza!

--Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.

Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación.

--¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento sonoro, seco, vibrante, solemne.

--¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!--exclamó Dorotea.

--¡Misterios del espíritu!--murmuró Quevedo--; ¡no nos comprendemos! ¡la ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo presiento... porque veo... observo... y me asombro!

--¿De qué os asombráis?

--De mí mismo.

--Sois un pozo obscuro.

--Porque me hundo en mi alma.

--¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?

--¿Y qué es lo terrible?

--Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...

--Sí, sí; mi amigo Juan.

--Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer doloroso... debí ponerme pálida.

--Y seria como una difunta.

--Yo creo que él también vaciló.

--Pues ya lo creo.

--¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa? yo creo que iba provisto de un hechizo.

--Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina.

--¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole en el lugar de Calderón!

--¿Qué estáis diciendo?

--He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo... ahora... ¡ahora le aborrezco!

--Hacéis mal.

--¿Que hago mal?

--¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas?

Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las conocía.

--¿Para qué llama una mujer á un hombre?

--Margarita de Austria, más que mujer es reina.

--Las reinas tienen corazón y caprichos.

--La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar.

--¡Para conspirar!

--Sí, contra el duque de Lerma.

--¡Ah!--exclamó Dorotea como quien recibe una revelación--. Acaso... aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad?

--Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que seguía hablando á bulto.

--Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un miserable.

--¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro? Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el caso de volver en vos.

--¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento?

--No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis.

--¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore?

--No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado, me alegro.

--No os alegréis mucho, porque me ha empeñado.

--Mi amigo Juan os ama.

--¡Jurádmelo!

--Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos!

--Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que supe que habíais herido á don Rodrigo.

--¿Por amor á don Rodrigo?

--No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar...

--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo.

--Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí, bajé, y seguí á pie.

--¿Y á dónde íbais cuando os encontré?

--A la ventura, á tomar el aire.

--Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo Quevedo.

--Aún no del todo.

--Mi amigo os espera en vuestra casa.

--¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!

--El amor se venga.

--Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy buenas.

--Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.

--¡Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez.

--¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... esa diosa, no viva más que para mí.

--Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento... vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el duque de Lerma, odioso Calderón.

--Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca del ánimo de Lerma.

--¡Cómo!

--¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha alcanzado gracia á vuestros ojos.

--Me pedís un martirio.

--Sed mártir, si queréis la gloria.

--¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!--exclamó profundamente la Dorotea.

--Necesitáis reparar el daño que habéis hecho.

--¡Yo!

--Sí, vos; habéis calumniado á una santa...

--¿Creéis que la reina?...

--Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de odiarla.

--¿Y qué puedo yo hacer?

--Sed más que la querida pagada de Lerma.

--¡Ah!

--Enloquecedle; hacedle creer que le amáis.

--Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro amigo.

--¿Y qué importa?

--Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma.

--Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...

--¡Deshonrarle yo!...

--Cuando median altos intereses, por todo se atropella.

--¿Puedo fiarme de vos, don Francisco?

--¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros?

--A vos me entrego.

--¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él acompañada á la comedia.

--¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y mostrarme serena y reir!

--Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?

--Sí.

--¡Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta.

Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.

--Cobrad y guardáos lo que os sobre--dijo.

Y salió con Dorotea.

--Ahora--añadió cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos. Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.

--¿Y hasta cuándo?

--Yo pareceré.

--Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.

Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.

Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera, pisando lodos.

Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un vago temor.

Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.

Su irresolución duró un momento.

Llamó, la abrieron y entró.

--¡Señora!--la dijo Casilda--; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!

--¿Qué?

--Aquel caballero que almorzó con vos...

--¿Qué ha sucedido á ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea.

--¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...

--Y bien...

--Me pidió sangría...

--¿Y qué?

--Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en vuestro sillón.

--¿Y qué hay de malo en eso?...

--Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.

--¿Que no estaba?

--No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.

--¡Ah! ¡Dios mío!--dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la sala, y llegando á la alcoba--; ¡conoce que le amo... y se apodera de mí!

Montiño dormía á pierna suelta.

Dorotea levantaba el pabellón del lecho.

--¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido! ¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!--dijo oyendo á lo lejos un reloj.

Dejó caer la cortina y salió á la sala.

--Vísteme--dijo á Casilda--: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.

--¿Y le dejáis así?--dijo Casilda señalando á la alcoba.

--Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.

--Pero señora...

--Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío--dijo Dorotea.

La negra se calló y vistió á su señora.

Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos de anillos y derramó sobre sí agua de olor.

--Vete, y que Pedro ponga la litera--dijo cuando estuvo vestida.

Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la cortina.

--Siento despertarle--dijo--; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud insoportable!

Estuvo un momento contemplando al joven.

Al fin se resolvió.

--¡Caballero!--dijo dulcemente--¡caballero!

Montiño abrió los ojos.

--¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!--dijo después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño.

--¿Y no se os ocurre disculparos?

--¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de lástima!... no os enojéis, pues.

--¿Estáis muy cansado?

--¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me dije--: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy corriente.

--¿Y os vais?

--Sí, pero contando con que vos...

--¿Qué?...

--¿Me volveréis á recibir?

--¿Pero no estáis ya recibido?--dijo la Dorotea.

--¡Cómo, señora!

--Sí; ¿no estáis en vuestra casa?

--¡En mi casa!

--Vais á juzgar. ¡Casilda!

Apareció la negra.

--¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero?

--Que era vuestro...

--Dí lo que yo te dije.

--Que era vuestro amo y el mío.

--Vete.

--¡Ah, señora!--dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el acento de Dorotea.

--Yo no os conozco--dijo la joven--, pero me siento unida á vos por un poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería; no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi amor?

--¡Vuestro amor!--exclamó asustado Montiño.

--¡Qué! ¿le desprecias?

--¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria.

Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño.

--¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!--exclamó después de algún tiempo--. ¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero es preciso! ¡vamos, acompáñame!

--¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan resplandeciente, reina de mi vida?

--¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.

Y Dorotea se llevó de su casa á Juan Montiño como robado.

CAPÍTULO XXIV

DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE LO QUE HIZO AL FIN

Montiño se había quedado aturdido en la hostería de Ciervo Azul, después de la salida de Quevedo.

Tenía tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza estaba hecha una devanadera.

Iba y venía con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba más que una cosa en claro: lo referente á los amores de su mujer con el sargento mayor don Juan de Guzmán.

Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montiño pronunciaba con los nervios crispados:

--¡Como la otra!

Montiño era, pues, un hombre predestinado.

Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinación.

Y luego decía--: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se hayan engañado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna imprudencia... ¡y ese sargento mayor ó ese demonio, está allí detrás de mí, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandíbulas de lobo las cortezas de pan, ¡si yo me atreviera!... si yo me presentara á él de improviso... ¡si le preguntara!...

Pero acordábase Montiño del semblante de bandido del sargento mayor, de su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable tizona, se desplomaba y renunciaba á su resolución.

Y era el caso que tampoco se atrevía á levantarse y á salir, por temor de ser visto por don Juan de Guzmán.

Permanecía, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento mayor, y haciendo como que comía; pero en realidad, aterrado, reducido á la menor expresión, anonadado.

Pero de repente, sacóle de su anonadamiento una voz que conocía demasiado.

Aquella voz había saludado al sargento mayor.

Aquella voz era la del galopín Cosme Aldaba.

--¡Maldígate Dios, racimo de horca!--dijo el sargento mayor á Aldaba--; hace una hora que me tienes esperando.

--Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; después que vi á vuesa merced y me dió el recado, he tenido que comprar el pañuelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises.

--No hay que hablar de ello. ¿Y le has hallado como convenía?

--Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color.

--¿Y lo has llevado á la señora Luisa?

Volvióse todo oídos el cocinero.

--He tenido que esperar á que saliera el señor Montiño, porque si después de haberme despedido me hubiera encontrado, no sé lo que hubiera sido de mí.

--¡Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escándalos, ya le hubiera yo acostumbrado á que se saliese humildemente de su casa cuando yo entrase, sólo con haberle hecho huir á puntapiés la primera vez. ¿Pero qué te ha dicho la señora Luisa?

--Nada; ha tomado el pañuelo, se ha puesto muy pálida y ha exclamado: ¡me quiere perder!

--Si fuera viuda, no temblaría así.

Estremecióse Montiño.

--¡Viuda!--dijo Aldaba--; el cocinero mayor está tan apergaminado y enjuto, que me parece que tiene vida para muchos años.

--El día menos pensado... es rico, ¿no es verdad?

--¡Vaya!... ¡si dicen que revende empleos!

--Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcón que debe estar lleno de talegos.

--Es muy avaro.

--Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que ésta.

--Ya se ve; y que le gustaban los pajes.

--Y que Inés no es su hija.

--No, pues la Inés, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad.

--¿Y cuál es el paje de ahora?

--Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa de valiente, y á quien tengo ojeriza.

--¿Y cómo se llama ese paje?

--Valentín Pedraja.

--¡Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor!

--Eso es.

--Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo.

--Si la Inés me quisiera, sería bastante; pero no queriéndome, á qué buscar ruidos.

--Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; tú me guisarás, y me excusaré de venir á este figón del infierno. Conque, vámonos, hijo, y te enseñaré mi casa, que tengo mucho que hacer.

El sargento mayor pagó y salió con Aldaba sin reparar en Montiño.

--¿Conque es decir--exclamó Montiño levantándose con la fuerza de un muelle--, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un lado sino por los dos? ¡mi mujer y mi hija! ¡y que no sepa yo lo que pasa en mi casa! ¡y que temiera yo llevar á ella á mi sobrino! ¡mi sobrino! ¡será necesario decírselo todo! ¡mi sobrino que es tan valiente! ¿pero cómo decirle: tu tía y tu prima son dos mujeres perdidas? ¡y yo que había pensado en ver el medio de casarle con mi hija!

El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle.

[imagen: Permanecía, pues, acurrucado en su silla.]

Y póngase cualquiera en su situación, en aquella situación anormal, aflictiva, deshonrosa, interesados el corazón y la vanidad, todo herido, todo magullado en su alma; encontrábase de repente solo en el mundo, porque todo lo que constituía su familia era ficticio: su mujer no era su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino.

Hacía casi veinticuatro horas que estaba sonando para él la trompeta del juicio final.

Su hermano muerto, su corazón amargado; su cocina, que constituía para él la mitad de su alma, abandonada.

Y además de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no sabía cómo salir; amenazado casi con la Inquisición...

La cabeza de Francisco Martínez Montiño era un hervidero.

Y en este hervidero se le olvidó una cosa importantísima: esto es, la carta que la madre Misericordia le había dado para el duque de Lerma, y que se había llevado Quevedo.

Pero necesariamente, ó permanecía de una manera indefinida en la hostería del Ciervo Azul, ó tomaba un partido.

Montiño tomó el de acudir á donde le llamaba su pensamiento dominante.

A su casa.

Por el camino fué pensando que lo que debía hacer era encerrarse con su mujer, hablarla decididamente como hombre que lo sabía todo, presentarla como prueba lo del pañuelo encarnado, y después hacerla abrir los cofres, apoderarse del pañuelo, apoyarse en él como en una prueba concluyente, y después de esto, confesado el crimen, como no podía menos de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con un mozo de mulas enviarla á su país natal.

Luego metería á su hija en un convento.

Una vez libre, haría dejación de la cocina del rey, se retiraría de intrigas y de enredos, y se iría pacíficamente á comerse sus doblones á Navalcarnero, llevándose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba indudablemente el destino del bastardo de Osuna.

Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya conseguidos, pero que al quererlos poner en práctica se desvanecen como humo.

Habíase atravesado además una circunstancia puramente casual, un suceso que debía embrollar más al cocinero mayor.

Poco después de la desaparición de Montiño, una litera llevada por dos ganapanes, y seguida á paso lento por un criado, se detuvo á poca distancia del alcázar, se abrió la portezuela y salió de una manera violenta una mujer.

Era Dorotea.

Hemos retrocedido algún tiempo.

Al punto en que Dorotea, antes de encontrar á Quevedo, había ido al alcázar en busca del cocinero mayor.

Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado:

--Vete.

--¿Con la litera, señora?

--Sí, con la litera.

--Pero llueve y hace lodos.

--No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vuélvete con la litera á casa.

Y se entró violentamente en el alcázar.

--Llevadme al cuarto del cocinero mayor--dijo á un lacayo de palacio dándole un ducado.

El lacayo tiró el patio adelante y llevó á la comedianta á las altas regiones donde vivía el cocinero mayor.

--Allí es, señora--dijo señalando una puerta á Dorotea.

--Bien, idos; gracias.

El lacayo se fué.

Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y delante de una puerta.

Llamó á ella con impaciencia.

Abrióla una mujer joven y bella.

Era Luisa.

--¿Sois la hija del cocinero mayor?--dijo Dorotea.

--Soy su mujer--contestó con cierta mortificación Luisa--. ¿Para qué queréis á mi marido?

--Para hablarle.

--Acaba de salir.

--No importa--dijo Dorotea entrándose en el cuarto--. Le esperaré.

--Pero yo, señora, no os conozco.

--No le hace; vengo á preguntarle una cosa importante.

--Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en su misma casa á su marido... piense...

--Pensad lo que queráis.

Y Dorotea se sentó sin ceremonia.

--Y bien, mejor...--dijo Luisa sentándose á coser--ya sé lo que debo decir á mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con él.

Ninguna de las dos mujeres habló más.

Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia.

--¿Dónde estará ese hombre?--exclamó.

--Si lo deseáis--dijo Luisa--le enviaré á buscar.

--¡Para largas esperas estoy yo!...--dijo la Dorotea--. Me ahogo aquí en este chiribitil... y me voy... decid cuando venga á vuestro marido que le espera en su casa la querida del duque de Lerma.

--¡Ah!

--Sí, del duque de Lerma, á quien sirve de correo vuestro buen marido, como le sirve de otras muchas cosas. Conque adiós.

Y la Dorotea salió primero del cuarto de Montiño y luego del alcázar, tomó por la calle del Arenal, y en ella fué donde encontró á Quevedo.

Cuando llegó Montiño á su casa, se encontró á su mujer y su hija cantando y cosiendo.

--Están juntas--se dijo--, y esto me contraría.

Montiño debía haber supuesto que las encontraría de aquel modo, porque siempre las había encontrado así.

Dió dos ó tres vueltas por la sala.

Vió dos ó tres veces á su mujer.

Cada vez le pareció más hermosa y más inocente.

--Pero, señor, ¿y lo que yo mismo he oído?--se dijo.

Y volvió á dar otras dos ó tres vueltas.

--¡Luisa!--dijo al fin.

--¿Qué queréis?--respondió tranquilamente su mujer.

--¿Ha estado alguien aquí?

--Ha estado Cosme Aldaba.

--¡Ah! ha estado ese bribón de Aldaba. ¿Y qué quería?

--Quería hablarme á solas.

--¿Y le hablaste?

--Sí.

--¿Y qué te dijo?

--Que le habías despedido.

--Me ha echado á perder un capón relleno. Es un infame.

--En tratándose de la cocina, ciegas.

--No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad.

--La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor.

--Sí, sí, la muerte de mi hermano, eso es. ¿Y no te dijo más Aldaba?

--Sí, que me empeñase por él contigo.

--¡Pues hombre, no faltaba más! ¡habrá insolencia!

--Yo le he dicho...

--¡Qué!

--Que ya se te pasará; que tú al principio, tomas las cosas muy á lo vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se te pasa.

--¡Conque soy yo muy buen hombre!

--Ya lo creo.

--¡Pues no señor! ¡soy un hombre muy malo!

--Como quieras, Francisco; cuando estás así, es necesario dejarte en paz y luego tienes razón.

--¡Que si la tengo! ¡que si tengo razón! ¡tanta tengo, que se me sale por la tapa de los sesos!

--Pues mira, primero eres tú.

--Ya lo creo que primero soy yo.

--Ello pasará; los primeros momentos son crueles; pero cuando te acostumbres...

--¿Y á qué me he de acostumbrar?

--A pasarte sin tu hermano...

--Pues qué, ¿no me pasaba sin él?

--Sí, pero no es lo mismo decir tenía un hermano, á decir ya no le tengo.

--Tienes razón, es muy doloroso perder una cosa que se ama.

Montiño se calló, y Luisa, por no irritarle más, se calló también.

--Está delante Inesita--dijo para sí Montiño--, y no me atrevo... será necesario quedarme solo con ella.

Y siguió paseándose en silencio durante ocho ó diez minutos.

Su mujer y su hija no cantaban, pero cosían.

--Pues señor--dijo para sí el cocinero mayor, deteniéndose de repente--, ello es preciso.

Y luego dijo alto:

--¡Luisa!

--¿Qué quieres?--contestó la joven.

--Tengo que hablarte á solas de un asunto muy importante.

Púsose levemente pálida Luisa.

--Vete Inés, hija mía--dijo á la niña.

Inesita se levantó, miró con cuidado á su padre, y dijo para sí saliendo:

--Me quedaré tras de la puerta, y escucharé lo que hablen.

Montiño fué á sentarse en la silla que había dejado desocupada su hija.

--Vamos, Francisco--dijo Luisa, viendo que su marido guardaba silencio--, ya estamos solos.

--¡Es que!... ¡sí!... ¡yo!... ¡tú!--tartamudeó Montiño, á quien faltó de todo punto el valor.

Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de su mujer.

--¿Pero qué es ello?--dijo Luisa.

--Me encuentro en un gran compromiso--dijo Montiño renunciando de todo punto á hacer cargos á su mujer, y rompiendo para salir de la situación por donde primero se le ocurrió.

--¡Un compromiso!

--Sí, por cierto, tengo un sobrino.

--Pues no comprendo...

--Ese sobrino ha venido á Madrid.

--¿Y bien?

--Necesito traerle á vivir aquí.

--¡Aquí, como quieras!

--Pero hay un obstáculo.

--¿Cuál?

--Inesita.

--¡Ah!

--Sí, Inesita está ya alta y hermosa, y mi sobrino...

--Es su primo.

--No, no; no estaría bien. Es necesario que Inés salga de casa--replicó Montiño.

--¿Y á dónde ha de ir esa pobre niña?

--¿Dónde? A un convento.

--¡A un convento! ¡Pero si ella no tiene vocación de monja!

--A un convento mientras esté aquí su primo.

--De modo que si lo haces porque Inés es joven, yo soy también joven, pocos años mayor que ella.

--También he pensado en eso.

--¡Cómo! ¿Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino?

--Escucha, Luisa, hija mía; tu embarazo está muy adelantado, las montañas de Asturias son muy sanas...

--Declaro que no me muevo de aquí--dijo Luisa levantándose y arrojando su costura--. Yo no te dejo solo. Tú quieres echarnos de la casa, no para meter á tu sobrino, sino á una perdida.

--¡Cómo á una perdida!--exclamó Montiño, que se estremeció, porque veía una nueva complicación.

--Sí... yo no había querido decirte nada, pero además del galopín Cosme Aldaba ha estado aquí una mujer.

--¡Una mujer!

--¡Buscándote!

--¡Eso es mentira!

--¡La querida del duque de Lerma!

Montiño puso asustado su mano sobre la boca de su mujer.

--Yo me he callado--dijo Luisa...--y tú te alborotas, yo tengo evidencias y sufro... y me resigno... ¡Qué desgraciada soy!

--Yo no quiero ir á un convento, padre--exclamó Inesita entrándose de repente y colgándose al cuello de Montiño.

--Yo me moriré si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y señor...

--Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre.

Y las dos jóvenes lloraban desconsoladas, y se comían á besos al pobre hombre.

A Montiño se le partía el corazón.

--¡Pues señor!--exclamó--¡no puedo! ¡yo me acostumbraré!

--Yo no me voy sino hecha pedazos--dijo Luisa.

--Ni yo saldré si no me llevan atada--exclamó Inés.

--Bien, bien--dijo el cocinero mayor rindiéndose á discreción--; mi sobrino no vendrá aquí, le buscaré una posada... esto me costará el dinero...

--Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento--dijo Inés.

--Dinero te hubiera costado, Francisco mío, el enviarme á Asturias y el mantenerme allí--dijo Luisa.

A estas palabras, dictadas por una lógica rigurosa, no había nada que contestar.

Además, las dos jóvenes lloraban que era un desconsuelo.

Sucedióle á Montiño lo que á muchos que se creen invencibles antes del combate: huyó á la vista del enemigo.

Y huyó, literalmente hablando.

Luisa, al verle huir, sintió una especie de perverso consuelo.

Había adivinado algo aterrador en Montiño.

Se había visto descubierta.

Había temblado.

Pero al huir Montiño se tranquilizó.

Había comprendido, con la perspicacia peculiar á todas las mujeres, que su marido estaba domesticado.

Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido, no se hubiera tranquilizado tan completamente.

Montiño era uno de esos hombres cobardes para obrar por sí mismos, pero capaces de todo de una manera indirecta.

No podía tener duda de que su mujer le engañaba.

De que amaba á otro.

No tenía duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que jamás se atrevería á hacer nada contra su mujer.

Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto al amante de su mujer.

Esto ya era distinto.

Montiño necesitaba vengarse de aquel hombre.

Cierto es que el cocinero mayor carecía de todo punto del valor suficiente para ponerse delante de Guzmán y decirle:

--Os voy á matar porque me habéis herido el alma.

Montiño se estremecía de miedo al pensar solamente que podía verse en un lance singular con el sargento mayor.

Pero Montiño tenía medios indirectos.

El primer medio que se le ocurrió, fué el señor Gabriel Cornejo.

Esto es, una puñalada dada por detrás.

Pero aquella puñalada debía costarle dinero.

Además, podía envolverle en un proceso.

Montiño desechó aquella idea, dos veces peligrosa.

Ocurriósele valerse de su sobrino.

Valiente, audaz, generoso, no vacilaría ni un punto en ponerse delante del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla.

--¿Pero cómo decir á su sobrino que su tía?...

Montiño desechó este pensamiento como había desechado el anterior.

Pero se puso en busca de otro medio de vengarse.

Quevedo se presentó á su imaginación; Quevedo, capaz de plantar una estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Calderón no muy amigo, según las palabras que el mismo Montiño recordaba haberle oído en la hostería del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de Guzmán.

Pero al acordarse de Quevedo, se acordó del duque de Lerma; al acordarse del duque de Lerma, recordó que para él le había dado una carta la abadesa de las Descalzas Reales, y que se la había dado de una manera urgente.

Entonces hizo un paréntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando:

--Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir á quien vengarnos puede. Vamos á llevar esta carta á su excelencia.

Y la buscó en el bolsillo interior de su ropilla.

Sólo encontró dos estuches.

Aquellos dos estuches le recordaron que debía entregar á su sobrino, de parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al duque, debía entregar una gargantilla á la dama con quien pretendía entretener al príncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se entretenía particularmente con don Juan de Guzmán.

El amante de su mujer se le ponía otra vez delante.

--¡Dios mío!--exclamó el desdichado--¡me van á matar! ¡Pero señor! ¡la carta que me dió la abadesa de las Descalzas Reales! ¿qué he hecho yo de esa carta?... ¡tengo la cabeza hecha una grillera! ¡todo me anda alrededor! ¡todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! ¡pero esta carta!... ¡esta carta!

Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregüescos, hasta la gorra.

Y la carta no parecía.

Empezó á sentir ese escalofrío, ese entorpecimiento que acompaña al pánico.

Aquello era muy grave.

Porque sin duda la madre Misericordia decía cosas gravísimas en su carta al duque de Lerma.

¿Y cómo decir al duque que he perdido esa carta? ¿Cómo atreverse ni siquiera á presentarse sin ella ante él?

Y volvió á la rebusca; se palpó, y volvió á buscar.

Y la carta no parecía, y su terror crecía.

Por la primera vez de su vida blasfemó.

Por la primera vez de su vida se creyó el más desgraciado de los hombres.

Y por la primera vez se olvidó de su cocina.

Esto era lo más grave que podía acontecer á un hombre como el cocinero mayor.

Volvió de nuevo á su inútil pesquisa.

Y todo esto le acontecía parado, siendo objeto de la curiosidad de los que pasaban y cruzaban, que no podían menos de decirse:

--¿Qué acontecerá al cocinero mayor?

Y Montiño no se acordaba de que había dado á Quevedo la carta y de que Quevedo no se la había devuelto.

Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, salió del patio del alcázar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta de las Meninas, tiró hacia el laberinto de callejas del cuartel situado frente al alcázar, y se perdió en él.

CAPÍTULO XXV

DE CÓMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL INQUISIDOR GENERAL

Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda.

A juzgar por el semblante sombrío, pálido, inmóvil del confesor del rey, debía suponerse que gravísimos pensamientos le ocupaban.

De tiempo en tiempo se detenía, leía una carta arrugada que tenía en la mano, crecía su palidez al leerla, temblaba, y volvía á arrugar la carta en un movimiento de despecho.

Aquella carta era la que le había escrito doña Clara Soldevilla, acusando ante la Inquisición á Dorotea y á Gabriel Cornejo.

Aquella acusación era gravísima.

La carta contenía lo siguiente:

«Respetable padre y señor fray Luis de Aliaga: El celo por la religión de Jesucristo, y mi amor á la reina nuestra señora, me obligan á revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un hombre y una mujer: el hombre es un galeote huído, un hereje hechicero que vende untos, y hace ensalmos y presta á usura. Se llama Gabriel Cornejo y tiene una ropavejería en el Rastro. La mujer es comedianta, hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos hechos, y tiene entretenidos á un tiempo al duque de Lerma y á don Rodrigo Calderón. Es hija de padres desconocidos, según he podido averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un misterio que interesa sobre manera á la honra y acaso á la vida de su majestad la reina. Yo sé cuánto os interesáis por su majestad, fray Luis; lo sé tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun cuando no lo fuérais, haríais cuanto fuese necesario hacer para sellar los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer gravemente á su majestad. Si queréis informaros mejor, decidme dónde podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego, á esas dos personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, doña Clara Soldevilla.»

Esta carta había sido dictada á doña Clara, por su lealtad, por su amor á Margarita de Austria, que más que su señora era su amiga; pero además de esto, había en doña Clara otro empeño íntimo de que no podía darse cuenta, pero que la impulsaba á hablar de una manera hostil contra Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que le amase, de que el bufón tuviese empeño de favorecer los amores de Dorotea.

Doña Clara, en fin, no había escrito aquella carta sin un secreto placer, el placer de la venganza; porque una intuición misteriosa, una conciencia íntima, la decía que Dorotea amaba á aquel joven que era tan hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente.

La carta de doña Clara había aturdido al padre Aliaga.

Aquella carta era para él gravísima.

En el momento que la leyó, la arrugó con cólera entre sus manos.

Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del que conocían las gentes.

Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad glacial que el mundo veía en él.

Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceñuda, pálida, como cargada de tempestades.

Sus negros ojos brillaban, relucían, chispeaban, parecía que llevaban en sí una expresión de reto continua, persistente, indomable.

Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo, maquinal, nervioso, por decirlo así.

Estaba abandonado á sí mismo, y se reflejaban en su semblante, en su ademán, en sus movimientos, pasiones enérgicas, tanto más violentas cuanto estaban de continuo más dominadas, más subordinadas á la conveniencia delante del mundo.

--¿Conque comprenden--decía con voz ronca, consultando un pasaje de la carta--, cuánto me intereso por su majestad la reina? ¿Conque es decir, que en vano he pasado días y noches de afán y de delirio, luchando conmigo mismo? ¿veinticuatro años de esfuerzos inútiles, puesto que esa mujer comprende?... sí, sí; lo dice con seguridad, lo afirma: con esas palabras se dirige á mi conciencia. ¿Lo habrá notado también la reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. ¿La habrá dicho doña Clara?... ¿La habrá avisado? No, no; esa mujer no se habrá atrevido... Yo lo sabré, yo lo comprenderé, y doña Clara no volverá á leer en mi alma, porque me ha avisado. ¡Y Dorotea!... ¡Dorotea! ¡la hija de aquella otra Margarita, infeliz!... ¡la acusan aquí!... ¡en esta carta! ¡ella y ese Gabriel Cornejo pueden comprometer á la reina!... ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y esta última exclamación del inquisidor general, más que una humilde invocación á Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada.

Los ojos del padre Aliaga resplandecían con un fuego febril.

Su cuerpo temblaba de una manera poderosa.

--¡El mundo! ¡la tentación! ¡siempre combatiéndome, siempre poniéndome á punto de ser vencido!--exclamó con acento desesperado--; ¡siempre fijo en mí el recuerdo doloroso de la una, la aspiración desesperada, oculta, comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque sólo Dios podría levantar de la tumba á la Margarita humilde; sólo Dios podría llenar el abismo que me separa de la Margarita altiva; ¡y esa coincidencia en el nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga, ó yo no sé qué de la otra! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y esta segunda invocación del padre Aliaga fué más rugiente, más desesperada, en una palabra, más blasfema que la primera.

Y volvió á leer la carta palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra; la devoró con una mirada hambrienta, como pretendiendo traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolvía, grave, misterioso, aterrador, y volvió á arrugar con cólera la carta entre sus manos.

De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme reloj de pared.

--Ya es la tarde--dijo--; el bufón vendrá... vendrá... de seguro... no puede tardar... el tío Manolillo tiene un gran interés por Dorotea; acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por él... él puede mostrar al mundo su desesperación; él no está adherido al claustro; él no está ligado por ningún voto, por ningún juramento; él puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; ¡yo!... yo me veo obligado á hacer creer que soy un cadáver vivo, un cuerpo sin corazón, un alma sin pasiones... ¡Mentira! ¡mentira repugnante!... Hay momentos en que lo intenso de nuestra desesperación, que se concentra en un ser que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazón ha muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos vida, todo aquello que habla más al alma, entonces nos arrojamos al pie de un altar, pronunciamos un voto; después... ¡oh! después, cuando el tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa más ó menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma, nuestros dolores... ¡oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser... una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperación los ojos en derredor de la prisión que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro ó tu infierno.

El padre Aliaga calló y siguió paseándose lento y solemne por la celda con la carta de doña Clara arrugada entre las manos...

Pasó algún tiempo.

Oyéronse al fin pasos en el corredor.

Pasos tardos y acompasados.

Se abrió la puerta de la celda y apareció el hermano Pedro.

Aquel lego en quien el padre Aliaga tenía tanta confianza.

Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se había dirigido á uno de los balcones y permanecido de espaldas á la puerta como si se ocupase en mirar algo en la huerta del convento.

El lego no podía ver su semblante.

--Nuestro padre--dijo--, un hombre pide hablaros con urgencia.

--¡Que entre, que entre!--dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel hombre era el tío Manolillo.

Poco después el padre Aliaga sintió pasos en la celda.

Aún estaba de espaldas; aún no estaba seguro de que hubiesen desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quería evitar que nadie lo adivinase.

El hombre que había entrado se había detenido y no hablaba.

El confesor del rey se volvió. Su semblante estaba completamente sereno. Al volverse vió que quien había entrado en su celda no era el bufón, sino el cocinero del rey.

Francisco Martínez Montiño venía mojado completamente.

Su capa goteaba, ó por mejor decir, chorreaba la lluvia que había empapado sobre la estera de la celda.

Era una de esas tardes lóbregas, en que parece que la Naturaleza, sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora.

Una tarde de luz fría y débil, melancólica y opaca, en que al gotear continuo y múltiple de la lluvia se unía de tiempo en tiempo el silbido seco y sonoro del viento del Norte.

Nada, pues, tenía de extraño el estado en que se encontraban la gorra, la capa y los zapatos de Francisco Martínez Montiño.

Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, á juzgar por el estado de su fisonomía, se encontraba el cocinero mayor.

Había algo de insensatez en su mirada, en la contracción de su boca, en la actitud de su cabeza, y la chispa de razón que en aquel semblante se revelaba aún era una razón desesperada.

Temblaba además el mísero, y de una manera tal, que se comprendía harto claro que no era el frío lo que le hacía temblar.

--¿Para qué me querrá este hombre y en este estado?--dijo para sí el padre Aliaga al ver á Montiño.

A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor del rey, y además recientemente inquisidor general, era un hombre de costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tenía acceso.

En cuanto se comunicó á la Inquisición su nombramiento, el Consejo de la Suprema le invitó á que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor general tenía en Madrid.

El padre Aliaga lo agradeció mucho; pero á pretexto de que tenía amor á su celda, declaró que permanecería en ella.

Enviáronle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no quería ser espiado, y temía que para sólo eso se le hubiese nombrado inquisidor general, despidió aquella servidumbre.

Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portería del convento estuvieran á la disposición de su señoría el señor inquisidor general, y se deshizo también de los alguaciles.

Mandáronle una magnífica carroza, y el padre Aliaga lo agradeció mucho, y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra.

Pusiéronle por delante el decoro inquisitorial, y contestó que cuando con la Inquisición fuese á alguna ceremonia, iría como al decoro de la Inquisición conviniera.

Todas estas contestaciones pasaron en dos horas después de que el padre Aliaga volvió aquella mañana de palacio.

El Consejo de la Suprema le dejó en paz esperando á ver por dónde saldría el fraile dominico, á quien todos, exceptuándose muy pocos, creían un pobre hombre.

Así es que á Montiño no le costó el ver á aquel personaje, terrible por su posición, más trabajo que el de ir al convento de Atocha.

El padre Aliaga le conocía personalmente y le habló con suma afabilidad.

--Sentáos, sentáos, señor Francisco Montiño--le dijo--y sobre todo quitáos esa capa que debe helaros.

--¡Ah, señor! no es la capa la que me hiela--dijo el cocinero mayor.

--Pues hace frío--repuso con su impasibilidad delante de las gentes el padre Aliaga--; el invierno es muy crudo...

Y avivaba los tizones de la chimenea.

--Pero más cruda mi fortuna--dijo Montiño.

--¿Pues qué desgracia os ha sucedido?--dijo el confesor del rey, dejando de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito á Montiño.

--¡Oh! ¡si sólo fuese una desgracia!

--¡Qué! ¿es más que una desgracia?

--Sí; sí, señor, porque son muchas desgracias.

--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; la vida es una prueba...

--Sí; sí, señor, una prueba muy amarga.

--Pedid fuerzas á Dios, y Dios os las dará.

--¡Dios me castiga!--exclamó Montiño en una tremenda salida de tono, chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo á llorar.

--¡Vamos!--dijo el padre Aliaga--; confiad en que Dios es infinitamente misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonará mañana.

--Soy muy pecador... y lo que á mí me sucede...

--Me parecéis muy desesperado...

--¡Sí; sí, señor! ¡terriblemente desesperado!

Montiño se calló esperando á que el padre Aliaga le preguntase, pero el padre Aliaga se redujo á dejarle oír una de esas frases generales de consuelo, que toda persona buena dirige á un semejante suyo á quien ve atribulado.

Después el padre Aliaga se calló también.

Hubo algunos momentos de silencio.

--¡Perdonadme, señor!--dijo tartamudeando Montiño.

--¿Y de qué os he de perdonar?--contestó con dulzura el padre Aliaga.

--Vos, señor, sois un gran personaje.

--No lo creáis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro hermano.

--Sois confesor del rey.

--Lo que no me hace ni más ni menos sacerdote que otro.

--Sois inquisidor general...

--El rey me lo manda.

--Y yo soy un cocinero, no más que un cocinero, que aunque lo es del rey...

--No dejáis por eso de ser cristiano y hermano mío.

--¡Ah, señor! ¡qué bondadoso sois!

--No tal; pero dejáos de señorías y llamadme padre.

--Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy á deciros... me atrevo á deciros...

Montiño se detuvo.

Fray Luis siguió arreglando sus tizones.

--Pues... me atrevo á deciros, aunque os parezca impertinencia, que vengo á confesarme con vos.

--Vos no sois impertinente por eso; todos los días abro el tribunal de la penitencia á desdichados que son tan pobres que me veo obligado á recomendarlos al limosnero de su majestad.

--Nadie hay tan pobre como yo...--dijo Montiño saliéndose de nuevo de tono.

--¿Venís preparado?--dijo el padre Aliaga.

--¿Preparado para qué...?--dijo el cocinero, que se alarmaba por todo.

--Para hacer una buena confesión--repuso el padre Aliaga--; he querido preguntaros si habéis hecho examen de conciencia.

--Os diré, padre Aliaga: yo no había pensado hasta hace algunos momentos en hacer confesión general.

--Resulta, pues, que no venís preparado y no puedo confesaros hoy.

El padre Aliaga esperaba con impaciencia al tío Manolillo, y quería quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor.

--Tenéis razón, señor--dijo Montiño--, pero como se trata de hacer una confesión general, yo me atrevería á suplicaros...

Montiño se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra.

--Pues... yo me atrevería á suplicaros... que... me dirigiéseis... me ayudáseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesión general... y ¡como yo he sido muy malo!

Y para pronunciar esta última frase, salió de nuevo de tono y más ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor.

El padre Aliaga sintió un poderoso impulso de impaciencia, casi de despecho.

Su pensamiento estaba fijo en el bufón del rey, que según él, debía llegar de un momento á otro.

Montiño había llegado á ponerse en la situación de uno de esos grandes estorbos que contrarían al más paciente.

Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alteró.

Montiño se le había venido encima con una petición á que no podía negarse como sacerdote.

Además, no quiso alegar ninguna ocupación.

Y, por último, á pesar de la contrariedad que le causaba aquel incidente, tenía un interés vago en conocer la conciencia del cocinero mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresión, por otros mil indicios patentes, daba á conocer claro que se hallaba en una situación grave.

Y todo el mundo sabía, y en particular el padre Aliaga, que Francisco Martínez Montiño era en la corte algo más que cocinero del rey.

--¡Tratáis de hacer una confesión general!--dijo el padre Aliaga--; esto es grave.

--¡Oh! sí; lo que me sucede es muy grave--dijo Montiño--; desde ayer han pasado por mí tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y por grande que fuese no sobraría mucho. ¡Ayer era yo tan feliz!

--¡Erais feliz y os confesáis malo!

--¡Ah, padre! todo me venía bien y tenía dormida la conciencia.

--El que aduerme su conciencia puede despertar condenado.

--Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para mí: esto es que Dios me avisa. Había salido del alcázar loco y desesperado sin saber qué hacer, sin saber dónde ir, y me acordé de vos, padre.

--Hicísteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal.

--Sí, ciertamente; de mi examen de conciencia.

--Veamos: recorramos el decálogo. ¿Habéis amado á Dios sobre todas las cosas?

Quedóse Montiño mirando de una manera perpleja á fray Luis.

Luego suspiró profundamente y dijo:

--Lo que yo he amado más sobre todas las cosas ha sido...

Y se detuvo.

--Ved que estáis hablando con vuestra conciencia--observó el padre Aliaga.

Montiño hizo un poderoso esfuerzo y contestó:

--Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero.

--Me dais cuidado por vuestra alma, Montiño--dijo fray Luis--; el amor al dinero trae consigo muchos y grandes pecados.

--En efecto, he pecado mucho.

--¿Y os habéis hecho rico...?

Vaciló Montiño entre su codicia, que le impulsaba á ocultar su riqueza, y su temor á un terrible castigo de Dios, que creía ya empezado en las desgracias que una tras otra se le habían venido encima y seguían viniéndosele desde la noche anterior.

Al fin triunfó el miedo.

--Sí; sí, señor--dijo--soy... muy rico.

--¿Qué medios habéis empleado para adquirir esa riqueza?

Púsose notablemente encarnado Francisco Montiño y guardó silencio.

--¿A qué queréis, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente á una confesión general?--dijo con dulzura el padre Aliaga.

--A los quince años me huí de la casa de mis padres, robándolos.

--¿Considerablemente?

--Les hurté veinticinco ducados y una mula, que vendí en llegando á Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viví ocioso algún tiempo. Cuando se me acabó el dinero, cuando sentí el hambre, quise buscarme la vida, y logré entrar de galopín en la cocina de la señora infanta doña Juana. Allí me apliqué al oficio...

--En el que habéis adelantado. Sois un cocinero famoso... según dicen.

--Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os haré una merienda que os convencerá de que sé cumplir con mi obligación.

--Gracias, seguid; hablábamos de vuestros pecados por el desordenado amor que tenéis al dinero.

--Padre fray Luis, yo creía que con el dinero se conseguía todo.

--Sí, en la tierra; pero no en el cielo.

--Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede librarse de que se la pegue su mujer... y á mí me han engañado dos. Soy muy desgraciado.

--Acaso seáis, más que desgraciado, mal pensador.

--¡Tan buena la una como la otra!

--Ya llegaremos á eso, ya llegaremos. Estamos en que entrásteis de galopín en la cocina de la infanta doña Juana.

--Sí; sí, señor; y como el salario era corto, hurté.

--¡Hurtásteis!

--Cuanto pude; hasta las especias.

--Hicísteis muy mal.

--¡El amor al dinero!...

El padre Aliaga iba ya fastidiándose.

--Reduzcámonos, reduzcámonos, porque no es necesario que me contéis vuestra vida. ¿De cuántas maneras habéis pecado por el dinero?

--Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese sobre mí.

--Eso es ya un grave delito. ¿Y de qué otro modo más?

--Cuando fuí cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto del gasto.

--¿Y de qué otro modo?

--¡Ah, sirviendo á todo el que me ha pagado bien!

--Entendámonos; más claro: ¿qué clases de servicios han sido esos?

--Siendo espía de los unos y de los otros.

--¿De qué unos y de qué otros?

--Del padre y del hijo, del tío y del sobrino.

--Más claro.

--Se comprende fácilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de Uceda; el otro, don Baltasar de Zúñiga, y el sobrino, el conde de Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros...

--¿De modo que habéis vivido engañando á todo el mundo?

--El amor al dinero... Porque sin el dinero...

--¿Habéis llegado al punto de matar por el dinero?

--¡Ah, no, señor; no, señor!--exclamó todo horrorizado Montiño.

--¿Y si os pagaran por envenenar á una persona que hubiese de comer de vuestros manjares?

--He sido y soy codicioso--exclamó, levantándose el cocinero mayor--, lo confieso; pero matar... ¡eso no, no, no!

Y había verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la mirada, en el acento de Montiño.

El padre Aliaga se tranquilizó.

No podía dudarse de aquella situación del cocinero mayor.

Sin embargo, dijo:

--Es pública voz y fama que se han dado bebedizos al rey.

--Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha frecuencia en las Descalzas Reales.

--¡Religiosas!

--Religiosas, sí; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de Lerma.

--¿Y bien?...

--¡Si yo tuviera una carta que me dió para el duque la madre Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesión general.

--Pero ¿tan importante creéis que era esa carta?

--¿Y qué sé yo?

--¿Y no recordáis cómo la habéis perdido?

--¡Que si lo recuerdo!... Cuando la eché de menos no lo recordaba... pero cuando salí de palacio... el frío, la lluvia me refrescaron de tal modo, que me acordé de que se me ha quedado con esa carta don Francisco de Quevedo.

--Veo con disgusto que andáis en muy malos pasos, señor Francisco.

--Sí; sí, señor; el amor al dinero.

--Veo, además, que habéis pecado tanto por el dinero, que desde ahora, sin que os confeséis, puedo deciros...

--¡Qué! ¡señor!

--Que si no reparáis el mal que habéis hecho, os condenáis.

Estremecióse todo Montiño.

--¡Que me condeno!--exclamó.

--Irremisiblemente.

--¿Y qué he de hacer, qué he de hacer, padre?

Fray Luis miró profundamente al cocinero mayor.

Había creído que le echaban aquel hombre para explorarle, y le había tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenció de que el cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tenía miedo.

Comprendió, además, que siendo como era avaro y de una manera exagerada Montiño, no había que pensar en imponerle reparaciones respecto á su dinero.

Consideró también que por esa misma avaricia, además de darle buenos consejos, se le debía dar dinero para que sirviese mejor.

En una palabra, el padre Aliaga determinó utilizar al cocinero mayor.

--La manera de reparar en cierto modo el mal que habéis hecho--le dijo--, es decidiros á servir fielmente á una sola persona.

--¿A quién, señor?

--Al rey.

--¡Al rey! ¿pues qué, acaso no le sirvo?

--No por cierto: servís á sus enemigos.

--Yo creía que esos caballeros podían muy bien ser enemigos entre sí, pero al mismo tiempo leales servidores del rey.

--Os engañáis; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan antes en su provecho que en lo que conviene á su majestad. Y ciertamente que no podéis decir vos que no sabéis las traiciones de esos hombres, cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasión de prestar un eminente servicio á la reina.

--He ahí un muchacho que tiene muy buena suerte--dijo Montiño con envidia--; todos me hablan bien de él, todos le protejen: hasta el duque de Lerma.

--¡El duque de Lerma!

--¿Qué creéis que me ha dado para él el duque de Lerma?

--¡Oro!

--No por cierto: una encomienda. Mirad, padre.

Y Montiño sacó un estuche y le abrió.

--Pero eso es un collar de perlas--dijo el padre Aliaga.

Montiño, que no se había repuesto de su turbación, había tomado un estuche por otro, y había mostrado al fraile la alhaja que el duque de Lerma le había dado para seducir á la aventurera con quien se pensaba entretener al príncipe don Felipe.

--Esto es otra cosa--dijo precipitadamente Montiño.

El padre Aliaga no contestó.

Montiño se encontraba terriblemente predispuesto á la confesión y continuó:

--Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama.

Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga.

--Se trata de una dama á quien conoce el duque de Uceda.

--¡Qué vergüenza! ¡qué corrupción! ¡qué escándalos!--exclamó el padre Aliaga.

--Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficionó el príncipe de Asturias.

--¡Ah!

--Una perdida, aunque no lo parece.

--Importa al servicio del rey que averigüéis quién es esa mujer.

--Esa mujer se ha presentado en la corte hace un año.

--¿De dónde ha venido?

--No sé más.

--¿Cómo se llama?

--Doña Ana.

--¿Doña Ana de qué?

--Doña Ana de Acuña.

--El apellido es noble.

--Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaña.

--¡Ah! todas estas son viudas ó tienen su marido ausente.

--Y presente el amante.

--¿Y quién es el amante de esa mujer?

--El amante de esa dama es el amante de mi mujer.

--¡El amante... de vuestra mujer!...

--Sí, señor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos veces: mi primera mujer era muy aficionada á los pajes; llevósela Dios y quedéme en la gloria; pero como me había quedado una hija, necesité casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada á los soldados, y como es soldado el amante de doña Ana de Acuña...

--Mirad, no levantéis un falso testimonio á vuestra esposa.

--¡Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es amante del sargento mayor don Juan de Guzmán ¿por qué había de estar desesperado?

--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose pálido--; yo conocí á un Juan de Guzmán, soldado de á caballo; ¿qué edad tiene ese hombre?

--Más de cuarenta años, pero aparenta menos.

Quedóse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga.

Guardó por un largo espacio silencio.

--¡Juan de Guzmán--dijo al fin--, es amante de una aventurera de quien se valen ellos! ¡y además es amante de vuestra mujer!

--Sí, señor.

--¿Habéis dado algún escándalo en vuestra casa?

--¡No; no, señor! intenciones de más que eso he tenido... ¡pero quiero tanto á mi mujer!... á la pobre han debido darla algún bebedizo.

--¿Ha podido sospechar vuestra mujer que conocéis su falta?

--No; no, señor.

--Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supiérais.

--Sí; sí, señor.

--¿Qué pretende el duque de Lerma de esa doña Ana?

Montiño contó al padre Aliaga lo que respecto á aquella mujer le había encargado el duque de Lerma.

--Es hasta donde puede llegar la degradación--dijo el inquisidor general--; de todo se echa mano. Oíd, Montiño: estáis hablando al mismo tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor general.

Estremecióse Montiño.

El padre Aliaga había cambiado de expresión y de acento.

--Yo, señor--dijo balbuceando--, he venido á buscar en vos amparo y consuelo.

--Y yo no os lo niego; pero habéis pecado mucho, y es necesario que reparéis el mal que habéis hecho sirviendo de medio para que el crimen no triunfe de la virtud.

--Os serviré, señor.

--Hablábamos de vuestro sobrino. ¿Quién es ese joven?

--Ese joven, señor, no es mi sobrino--dijo Montiño, que temblaba como un azogado.

--¿Que no es vuestro sobrino?

--No, señor.

--¿Pues por qué se nombra vuestro sobrino?

--El cree que lo es.

--Decidme lo que sabéis acerca de ese joven.

--Os voy á confesar un terrible secreto de familia--dijo Montiño sacando con miedo la carta de su hermano Pedro, que había traído para él la noche anterior el joven.

--Yo guardaré ese secreto bajo confesión--dijo el fraile.

Montiño entregó la carta al padre Aliaga, que se levantó y fué á leerla junto á la vidriera de un balcón.

El padre Aliaga leyó y releyó aquella carta.

Luego volvió junto al cocinero mayor.

--¿Sabe esto alguien?--dijo guardando la carta del difunto Pedro Montiño, con gran cuidado el cocinero.

--Sí, señor--exclamó Montiño--; lo sabe una mujer.

--¿Qué mujer es esa?

--Doña Clara Soldevilla.

--¿Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte?

--No, señor.

--¿Y entonces cómo conoce á doña Clara?

--Yo no lo sé, pero en palacio le conocen y mucho.

--Hablad, hablad.

--Yo creo, señor, y casi tengo pruebas, que doña Clara sólo es la cortina de ciertos amores.

--Explicáos.

--La reina...

--¡Qué decís de la reina!...

--La reina ama á mi sobrino.

Pasó algo siniestro por el semblante del fraile.

--¿Decís--exclamó--que su majestad ama á ese joven?

--Estoy casi cierto de ello.

--¡La prueba! ¡la prueba!

--No puedo dárosla ahora, pero os la daré.

--Si me la dais, os hago doblemente rico.

Montiño miró de una manera extraviada al fraile. Su corazón se embrolló más y más, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; había en ella inquietud, ansiedad, cólera... un mundo entero de pasiones.

--¡Habéis dicho--exclamó roncamente--que la reina ama á ese caballero!

--Sí; sí, señor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo... averiguaré...

--Sí... sí... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo punto--añadió como hablando consigo mismo el confesor del rey--; y sin embargo, las mujeres...

--Son muy caprichosas, señor; ya veis, mi mujer...

--¡Vuestra mujer!... ¡vuestra mujer!... ¿decís que es querida del sargento mayor don Juan de Guzmán?

--¡Sí, señor!

--¿Cómo ha llegado ese hombre al empleo que tiene?

--Le favorece don Rodrigo Calderón.

--¿Y favoreciéndole don Rodrigo Calderón, ese hombre ha enamorado á vuestra mujer?...

--¿Qué pensáis de eso?

--Vigilad á vuestra mujer.

--¿Y no sería mejor que vos, señor, que sois inquisidor general, encerráseis á ese hombre?...

--Haced lo que os mando.

--Lo haré, señor.

--Además, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habéis dado, se dice que existe un cofre sellado.

--Sí; sí, señor.

--¿Dónde está ese cofre?

--Le tengo yo.

--Traedme ese cofre esta misma noche.

--¡Ese cofre, señor! ¿pero no sabéis que es un secreto?

--Para la Inquisición no hay secretos.

--¡La Inquisición!--exclamó aterrado Montiño.

--Lo que me habéis revelado es muy grave, para que la Inquisición deje de ocuparse de ello.

--Pero yo os lo he revelado en confesión.

--No importa. Si no queréis exponeros vos mismo, obedeced.

--Obedeceré, señor.

--Esta noche, tarde... á las doce, por ejemplo...

--El cofre es muy pesado, señor.

--Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios.

--¡Ah!

--Ahora oíd. No escandalicéis en vuestra casa.

--¡Si no me atrevo á ello, señor!

--¿Habéis dado ocasión para que vuestra mujer vea en vos desconfianza?

--No; no, señor.

--Pues bien, no la deis. Seguid tratando á vuestra mujer como de costumbre.

--Es, señor... que... no sé en lo que consiste, pero ahora la quiero más que antes.

--Seguid, seguid sin novedad alguna.

--Muy bien, señor.

--Respecto al duque de Lerma, seguid sirviéndole de la misma manera que le habéis servido hasta aquí.

--¿Pero no me habéis dicho que peco sirviéndole de ese modo?

--Si antes pecásteis obrando así, ahora que persistiendo en esas obras serviréis al rey, hacéis una obra meritoria.

--¡Ah!

--Para que lo entendáis más claro: antes obrábais por codicia, por interés vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al Santo Oficio, para servir al rey.

--¡Ah! ¡es decir, yo!...

--Vos me daréis parte de cuanto sepáis, de cuanto veáis, de cuanto oigáis...

--Pero yo acaso no sirva para eso.

--Servís demasiado para servir al duque de Lerma.

--¿Y es preciso absolutamente que yo?...

--Si os negáis á ello, será prudente prenderos: sabéis secretos demasiado graves.

--Contad enteramente conmigo, señor.

--No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisición, siempre justa, siempre previsora. Por ejemplo: habéis descubierto que su majestad la reina ama á... vuestro sobrino postizo... observad... observad... vos por vuestro empleo en palacio, podéis...

--No sé si puedo mucho.

--Procuradlo... y no dejéis de avisarme... de lo más mínimo que descubráis acerca de esos amores.

--¡Oh, Dios mio!

--¡Quién pudiera creerlo!... ¡quién pudiera siquiera sospecharlo!... ¡la reina!...

--Es en verdad muy extraño... pero ello en fin... y yo he podido equivocarme.

--¡Oh! ¡si os hubiérais equivocado!

Montiño no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamación del padre Aliaga: si era una amenaza para él, ó un deseo íntimo del fraile.

--¿Conque decís--dijo al fin--que yo debo seguir en mi oficio de espía y de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma?

--Sí.

--¿Debo, pues, llevar este collar á doña Ana de Acuña?

--Indudablemente.

--¿Y después debo deciros lo que me haya dicho esa dama?

--Sí.

--Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer.

--¿Cuál?

--Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la abadesa de las Descalzas Reales... porque... ¡como don Francisco de Quevedo me ha quitado esa carta!

--No se la llevéis.

--Es que todo está entonces echado á perder... porque... de seguro... al no recibir contestación de su excelencia la madre abadesa... le escribirá de nuevo... se descubrirá... ó se creerá descubrir que yo he hecho mal uso de su carta... desconfiará de mí el duque...

--Esperad--dijo el padre Aliaga.

Y se fué á la mesa, se sentó y escribió lentamente una carta que cerró y selló, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una especie de lacre verde.

--Tomad--dijo--: llevad esta carta á la madre Misericordia y os dará otra, que llevaréis al duque de Lerma.

--¡Ah! Dios os lo pague, señor; porque la pérdida de esa carta era una de las cosas que me tenían desesperado--exclamó con alegría el cocinero mayor.

--Ahora, idos--dijo el padre Aliaga--, y no os olvidéis de volver esta noche á la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que hayáis podido adquirir.

Francisco Martínez Montiño saludó profundamente al inquisidor general, salió de la celda, y se alejó aturdido, con el pensamiento embrollado y en paso vacilante como el de un ebrio.

En tanto el padre Aliaga había quedado inmóvil, pálido, sombrío, con los brazos fuertemente apoyados en la mesa.

--¡Dios me castiga!--exclamó--; no he sabido dominar mis pasiones: mi cuerpo está en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable hipócrita. Amo... á una mujer casada... á la esposa de mi rey... de mi hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos deseos, sus debilidades, no sé acallar el grito de los míos, no sé ser fuerte... y al saber... al oír que ella ama á otro, por más que esto pueda ser una equivocación, una calumnia, me estremezco de celos, y siento odio... un odio terrible á ese hombre... que dicen ama ella... y le haría pedazos entre mis manos...

El padre Aliaga echó violentamente hacia atrás su pesado sillón, se levantó y se puso á pasear irritado á lo largo de su celda.

--¿Y si no es una calumnia?--dijo con voz cavernosa, después de algunos minutos de meditación--¿si en efecto ella... olvidada de todo, le amase?... ella me escribió anoche... él trajo su carta... anduvo muy reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa figura, esa expresión... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto agrada á las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba eficazmente... veamos otra vez esa carta...

Y se fué á su mesa, abrió los cajones y los revolvió inútilmente.

La carta no parecía.

--¡Oh!--exclamó recordando--; ¡la quemé!... pero... yo la recordaré entera... la recordaré porque quiero recordarla... la memoria obedece á la voluntad.

Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procuró recordar el contenido de la carta de la reina.

Y le recordó, pero de una manera truncada, á trozos.

--¡Oh!--dijo--; la reina me decía que importaba mucho que ese joven estuviese en palacio... en la guardia española... me mandaba comprarle una provisión de capitán... y me hablaba con calor de él...

El alma del padre Aliaga se ennegreció más.

--¡Oh!--exclamó--; ¡la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve al amor... ¡si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vió ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... aún hay tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energía podrá evitarse... pero si todo esto no fuese más que una locura de Montiño... una exageración de mi recelo...

El padre Aliaga detuvo su paseo y miró á las vidrieras.

--Ya obscurece--dijo--y el bufón no ha venido... ¡el tío Manolillo! acaso el tío Manolillo pudiera darme alguna luz.

--¿Se puede hablar con vuestra señoría?--dijo á la puerta el bufón, como si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga.

--Entrad, entrad--dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga--; ¡cuánto habéis tardado!

--Decid más bien, que habéis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no conviene que las oiga nadie.

--Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido.

--Y decidme, ¿hay por aquí algún lugar donde yo me obscurezca, de modo que no me vea el que traiga la luz?

--¿Y qué os importa que os vean ó no?

--Tanto me importa, como que esperando á que concluyéseis vuestra larga audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo mirando los cuadros uno detrás de otro, y volviéndolos á mirar esperando á que saliese el bueno de Montiño, y luego me he paseado otro gran rato en el claustro alto, á fin de encontrar un momento en que nadie me viese para colarme en vuestra celda.

--No comprendo la razón de este recelo; pero puesto que no queréis ser visto, escondéos aquí, en mi alcoba.

Escondióse el bufón, y el padre Aliaga pidió luz.

Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta.

Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la llave, su capotillo.

--¿A qué es eso?--dijo el padre Aliaga.

--A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan reconocerme por la voz.

--Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.

--¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á su cabeza?

--¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía!

--¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma?

--Tío Manolillo--dijo con reserva el padre Aliaga--, nada tengo que temer; sirvo á Dios y al rey...

--Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres.

--Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del reino de Sicilia.

--Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general.

--No sé por qué se han empeñado en engrandecerme.

--Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan.

--Vano temor: yo me limito á dirigir la conciencia del rey.

--Vos conspiráis, padre.

--¡Cómo!

--Como conspiro yo y como conspiramos todos: ¿acaso no conspira también el cocinero de su majestad?

Movióse impaciente en su silla el padre Aliaga.

--Henos aquí juntos--dijo el bufón--: vos fuerte en la apariencia, y yo en la apariencia débil; ¡sabe Dios cuál de entrambos es el fuerte!

--Tío Manolillo, no os entiendo--dijo con gran indiferencia el padre Aliaga--. ¿Qué habláis de fuertes ni de débiles? Si no recuerdo mal, yo os he llamado.

--Es verdad; esta mañana en la recámara del rey, me dijísteis: os espero esta tarde en el convento de Atocha.

--Necesitaba preguntaros...

--Sí, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y á propósito de esa mujer, ¿tendréis que hablarme también de algún hombre?

--Y de algunos.

--Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.

Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga.

--En efecto--dijo--; Margarita...

--Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese nombre.

--¡Para mí!

--¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que amáis!...

--¡Que yo amo!

--¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el corazón.

--Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas.

--Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenéis el corazón hecho pedazos, yo también; vos amáis, yo también amo; pero amo con más heroísmo que vos, y lo sacrifico todo á mi amor... todo... hasta los celos.

--Venís muy donosamente loco, tío; yo creí que os habríais dejado á la puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufón.

--En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni más ni menos un pobre enfermo del corazón que viene á buscar á otro enfermo y á decirle: busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador, confesor del rey, inquisidor general, y qué sé yo qué más, ni yo soy el loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os empeñáis en manteneros puesta la carátula, nada tengo que hacer aquí... me habéis llamado en vano. Adiós.

Y el tío Manolillo se levantó y se dirigió á la puerta.

--Esperad--dijo el padre Aliaga.

El bufón volvió atrás, se sentó de nuevo y miró audazmente al padre Aliaga.

--¿Nos quitamos al fin el antifaz?--dijo.

El padre Aliaga no contestó directamente á esta pregunta.

--Esta mañana--dijo--me contásteis una historia muy triste.

--Margarita, cuando estaba más loca, llamaba á su hermano Luis... vos os llamáis Luis, padre Aliaga; hace muchos años que pasó esto, y entonces debíais ser muy joven; ¿sois vos, acaso, el Luis que recordaba Margarita?

--Me habéis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho á su madre; cuando la vea podré deciros...

--¿Queréis verla?

--¿Y cómo puede ser eso?

--De una manera muy sencilla; id ahora mismo á palacio.

--¡A palacio!

--Sí por cierto. Nadie extrañará que el confesor del rey entre á estas horas en palacio. Yo estaré esperándoos en la escalerilla por donde se sube al cuarto del rey.

--Lo que no alcanzo es cómo pueda ir á palacio esa comedianta.

--La llevaré yo.

--En verdad, en verdad, tengo una obligación grave de averiguar quién es esa mujer. ¿No se llama Dorotea?

--¿Quién os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?--exclamó con acento amenazador el bufón.

--Cuando se trata de esa mujer--dijo sonriendo tristemente el padre Aliaga--, todo os espanta.

--Como os espanta á vos todo, cuando se trata de la otra.

El padre Aliaga pareció no haber oído la contestación del tío Manolillo.

--Sólo quiero ver á esa joven--dijo--para salir de una duda; y puesto que vos podéis mostrármela en palacio, á palacio voy.

Y el padre Aliaga se levantó.

En aquel momento sonaron pasos en el corredor.

Al oírlos el bufón se levantó, y escuchó con atención.

Luego se escondió precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre Aliaga.

CAPÍTULO XXVI

DE LO QUE OYÓ EL TÍO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL REY

Abrióse la puerta y asomó el hermano Pedro.

--Nuestro padre--dijo--; tras mí viene el señor Alonso del Camino.

--¡A qué hora!--murmuró para sí el padre Aliaga.

Y fué á la puerta con la visible intención de salir de la celda, pero Alonso del Camino no le dió tiempo.

Se entró de rondón en la celda.

--Aquí tenéis--dijo como quien se apresura á dar una noticia agradable--la provisión de capitán para el señor Juan Montiño.

No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra parte, el padre Aliaga no se atrevía á dar ninguna señal de desconfianza al bufón del rey, que estaba en posición de verlo y oír todo desde detrás de la cortina de la alcoba.

Tomó la provisión y la miró.

Aquella provisión había sido vendida á un soldado viejo llamado Juan Fernández, y éste la había revendido al señor Juan Montiño.

--Ya veis si he sido eficaz; esta mañana cobré los ochocientos ducados de la casa del señor Pedro Caballero, y en seguida me fuí á buscar á un tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le hablé, tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuése él á casa del duque, y al medio día me dió la provisión firmada por su majestad. He invertido lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo para el dicho capitán, y la reina queda completamente servida.

--¡La reina!--murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón.

--¡La reina!--dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella cortina.

--Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el rey, he visto algo bueno.

El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.

El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no se atrevía á imponerle silencio ni con una seña.

Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón.

Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.

Alonso del Camino continuó:

--Se murmuraban en la antecámara muchas cosas.

--Allí siempre se murmura.

--Decían que don Francisco de Quevedo había venido á la corte y que había dado de estocadas á don Rodrigo Calderón.

--¡Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones... ya sabéis que no ha sido Quevedo... ¿pero está en efecto en Madrid?

--Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo, todos se preguntan: ¿quién le ha visto? ¿quién le ha hablado?

--¿Y hay alguien que le haya hablado ó visto?

--No; no, señor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben en un momento en toda una ciudad.

--Estaba preso.

--Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al verse suelto se ha venido á la corte, son hablillas y la admiración de todos.

--¡Bah!--dijo el padre Aliaga.

--Se asegura que va á haber variación en el consejo y en la alta servidumbre.

--¿Porque ha venido don Francisco?

--Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio.

--Bien, ¿y qué?

--Añaden que la duquesa de Gandía se fué á su casa mala, porque el rey pasó la noche en el cuarto de la reina.

--¡Que pasó el rey la noche en el cuarto de la reina!--dijo con la voz ligeramente afectada el padre Aliaga--. No me ha dicho nada su majestad.

--Pues preguntádselo al duque de Lerma, que dicen pasó la noche rabiando en el despacho del rey--dijo alegremente Alonso del Camino.

--Tened en cuenta, amigo mío, que en palacio se miente mucho.

--Don Baltasar de Zúñiga va de embajador á Inglaterra.

--Nada tiene de extraño; don Baltasar ha nacido para embajador.

--Y entra en su lugar en el cuarto del príncipe el obispo de Osma.

--Así aprenderá su alteza mucho latín.

--No parece sino que nos escuchan--dijo bruscamente Alonso del Camino--, según andáis de reservado.

--Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con indiferencia las hablillas de antecámara.

--Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto...

--¡Ah! vos habéis visto...

--Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado pasar.

--Pero eso no prueba nada.

--Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo: ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor enemigo Lerma.

--Nada de lo que habéis dicho prueba nada.

--Se dice...

--¿Se dice más?

--Sí por cierto, que se arma un ejército contra la Liga.

--Ejército que será vencido.

--Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere contentar de algún modo á España; para eso... ya sé lo que vais á decirme, lo mejor era que empezase por irse á una de sus villas y dejar el gobierno.

--Perdonadme, señor Alonso, si no os he escuchado como debiera--dijo el padre Aliaga que se impacientaba--, pero estoy enfermo.

--¡Enfermo!

--Sí; sí por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, frío en los pies... la celda me anda alrededor.

--¡Ah! perdonad... yo no sabía... llamaré...

--No, no... me voy á acostar... con vuestra licencia...

--¡Oh! lo siento mucho, no os descuidéis...

--Esto pasará.

--Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado.

--Bien.

--Perdonad... pero... mañana vendré á informarme...

--Muchas gracias... esto pasará...

--Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.

--Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso.

El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al claustro, dijo:

--¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy bueno! ¿qué habrá aquí?

Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la alcoba el tío Manolillo.

--¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?--dijo--; pero nada importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais: ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y es un buen hombre ese Alonso del Camino.

--Me habéis dicho--contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese hablado el bufón--que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea.

--Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una hora.

--¿Y por qué?

--Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han hablado y cantado amores y se está enamorado...

--¿Y de quién está enamorada Dorotea?--dijo con interés el padre Aliaga.

--De una persona á quien vos conocéis.

--¿Que yo conozco?

--Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos.

--¡Celos!

--Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros á vos mismo.

--¡Os equivocáis!--exclamó con precipitación el padre Aliaga--, yo no puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el mundo.

--¡Bah! allá lo veremos.

--Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta.

--¿No lo adivináis por lo que os he dicho?

--No ciertamente.

--Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada con locura...

El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad del padre Aliaga.

--¿De quién?--dijo el fraile con impaciencia.

--De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro dinero.

El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció.

--¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea?

--Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor para él.

Repúsose el padre Aliaga.

--¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?--dijo.

--No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar...

--Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes.

--Esperaré...

--Cuando yo llegue, os avisarán.

--Muy bien.

--Y para que los encontréis más pronto, id al momento.

--Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.

El bufón salió.

Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y se presentó el lego Pedro.

--Que pongan al instante la silla de manos.

Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre Aliaga.

Había cerrado la noche y seguía lloviendo.

CAPÍTULO XXVII

EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL DÍA

En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor.

[imagen: El padre Aliaga.]

Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la presión despótica de la madre Misericordia.

El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.

Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un tormento para el cocinero mayor.

Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.

Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.

Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.

Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo compromiso.

Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...

Esto no podía ser.

Estaba comprometido con el duque.

Estaba comprometido con la Inquisición.

Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un círculo de fuego.

Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.

Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido: por la Inquisición.

Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la Inquisición, pidió hablar con la abadesa.

Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.

Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el locutorio era muy lóbrego.

Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.

Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una puerta y los pasos de una mujer.

No traía luz.

Luego oyó la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeció.

--¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?--había dicho la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

--Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies, Francisco Martínez Montiño.

--¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?

--Sí; sí, señora.

--Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía el Santo Oficio de la general Inquisición.

--Ni yo lo entiendo tampoco, señora.

--¿Pero á qué os envían?

--Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con el inquisidor general.

--¿Es el inquisidor general quien os envía?

--Sí, señora.

--¿Pero sois ó érais de la Inquisición?

--No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.

--Pero explicáos.

--Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he aquí que me tropiezo...

--¿Con quién?

--Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos me habíais dado para don Francisco de Quevedo.

--Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.

--Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me habíais dado para el señor duque de Lerma.

--¿Qué, os la quitó?...

--Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se quedó con ella.

--¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa carta?--exclamó con cólera la abadesa.

--Ya os he dicho que me la ha quitado...

--¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?

Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

--El hombre que... me quitó vuestra carta, señora--dijo con acento misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

--¡Un alguacil!

--Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la portería.

--¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila la casa de mi tío?

--Yo no lo sé, señora--dijo Montiño asustado por las proporciones que iba tomando su mentira--. Yo sólo sé que el alguacil me dijo:--Seguidme.--Y le seguí.

--¿Y á dónde os llevó?

--Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.

--¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?

--Nada.

--¿Nada?

--Sí; sí, señora, me dijo algo:--Desde ahora servís al Santo Oficio. Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay más que callar y obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una carta y me dijo:--Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas Reales.

--¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?

--Aquí, señora.

--Dádmela.

--No veo... no veo dónde está, señora.

La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento.

Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja, había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa, semejante á un fantasma siniestro.

No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por delante en una sombra densa.

Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la parte interior del locutorio.

El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil.

Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido, desencajado, trémulo.

--Dadme esa carta--repitió la abadesa.

Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y dió á la madre Misericordia la carta.

La abadesa se fué á leerla á la luz.

Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la contestación de éste.

La carta del duque decía:

«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia: primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde Dios.--El duque de Lerma.»

La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente:

«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada, y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo, me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más, cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia, quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.--Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales.»

Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase atónito y trastornado al cocinero mayor.

Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y que ésta leía á la sazón:

«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender. Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á nadie. Recibid mi bendición--El inquisidor general.»

Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía.

La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni pueden saber á qué atenerse.

Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.

Pasó un nuevo intervalo de vacilación.

--¿Y qué digo yo á mi tío--exclamó con despecho--que le satisfaga y no le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un recurso.

Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano, meditando sobre el papel.

--¿Qué iría á decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado Montiño--. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto iba á pasar por mí!

Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre Misericordia.

He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres iniciales de Jesús, María y José:

«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia, porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á Dios por su vida.--Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa de Madrid.»

--¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja cerrándola--; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la Inquisición?

Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y sacó otro papel y escribió otra carta.

Aquella carta era para el padre Aliaga.

Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la sacra familia:

«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo, cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos, porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me escribió el señor duque de Lerma.»

Detúvose al llegar aquí la abadesa.

--Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí--murmuró--debo enviarle copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...

La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había quemado viva á más de una monja.

Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta manera:

«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia ilustrísima.--Misericordia, abadesa de la comunidad de las Descalzas Reales de la villa y corte de Madrid.»

Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó á Montiño.

--Dadle un pliego--le dijo--al señor duque de Lerma, y el otro al señor inquisidor general.

--¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?

--Al momento.

--¿Y si me detuviere el duque de Lerma?

--En cuanto os veáis libre.

--¿Tenéis algo que mandarme, señora?

--Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.

--Que Dios os guarde, señora.

El cocinero mayor salió murmurando:

--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un nuevo atolladero!

Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba el torno, á una monja que dormitaba junto á él:

--Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.

CAPÍTULO XXVIII

DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA

Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.

Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.

La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del diestro la parte delantera.

Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.

Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea.

La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los cristales y una rica piel de oso en el fondo.

Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan lujoso vehículo.

Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden tener los trenes que usaban las comediantas.

Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está explicado todo.

Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.

Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica falda, hasta los pies.

Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.

Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la descripción de su atavío.

Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo también del duque de Lerma.

Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público de otro modo sin desdoro del duque.

Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto.

Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello.

No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él.

Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le había embriagado.

Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color, de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía, le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.

Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro.

Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías, y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.

Por eso estaba embriagado don Juan Montiño.

Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara Soldevilla.

En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez.

Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti.

A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su cuerpo.

Dorotea era entonces feliz.

Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y con la involuntaria y expresiva presión de las manos.

Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de Dorotea.

Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad.

--Perdonad--dijo Juan Montiño--, estoy loco.

--Perdonad vos más bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una mujer nueva.

No hablaron más durante algunos segundos.

La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del sol.

--Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?

--Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?

--En que me expongo llevándoos al teatro.

--¡Que os exponéis!

--Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.

--¡Bah!--dijo con desprecio el joven.

--No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.

--Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado.

--Quiéralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las manos de Juan Montiño.

--Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa.

--¿En qué?

--En que antes de salir de vuestra casa...

--De nuestra casa, caballero...

--Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú.

--Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo.

--Y qué, ¿no lo sois para mí?

--Y tanto como lo soy; ya veréis.

--¿Os habéis propuesto desesperarme?

--Me he propuesto que me améis.

--¡Qué! ¿no os amo ya?

--No, ni yo os amo tampoco.

--¡Cómo!--exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la burla de una cortesana.

Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:

--Antes de pensar mal de mí, escuchadme.

--Habéis dicho una herejía.

--No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...

--Pero eso no puede ser.

--Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí; ni siquiera que estaba presa.

--¡Ah, no digáis eso!

--Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que creo existe entre vuestra alma y la mía.

--¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...

--No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.

--Yo no sé lo que me inspiráis, señora.

--Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré más cada día.

--¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?

--No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce, inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.

--Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?--dijo con acento de queja Juan Montiño.

--No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición, mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo que yo soy para vos.

--¿Y podéis dudarlo?

--Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.

--Confieso que no os comprendo, señora.

--No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro, oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para exigirme igual conducta cuando estemos solos.

--¿Y eso por qué?

--Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.

En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un portalón feo que se veía en una fachada irregular.

Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y ganó la parte seca del interior.

--¡Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto aristocrático por sus maneras y por su traje--; dignáos tomar mi brazo para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.

--Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey.

Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su brazo.

--¡Ah, perdonad, señora!...--dijo don Bernardino siguiendo á los jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón...

--Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?--dijo Dorotea.

Subían por las escaleras.

--Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís.

--Como que estoy de boda.

--¿Os casáis?

--Con Sancho Ortiz de Rodas.

Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de protagonista Dorotea.

--¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa!

--Sí, por cierto.

--Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que tienen disgustado al público.

Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á cuyos dos costados había puertas.

--¿Y qué noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor delante de Juan Montiño.

Detrás de los dos iba Don Bernardino.

--Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don Rodrigo, estábais desesperada y no representábais.

--Ya veis que no.

--Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El público está enamorado de vos.

--Pues no se conoce, porque me paga poco.

--Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de oro.

--¿No queréis entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del corredor, y entrando en un pequeño aposento.

A pesar de que como había sido pronunciado aquel ¿no queréis entrar? suponía lo mismo que esta otra frase: haréis bien en iros, porque estorbáis, don Bernardino se hizo el desentendido y entró.

El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de seda.

En medio se veía un brasero de plata con fuego.

--Petra--dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su cuarto--, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la función.

La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su encargo.

Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el canapé, se sentó en un sillón y se descubrió.

Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra.

Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á amostazarse.

Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir desprecio ó cólera.

Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad andaba siempre perdonando vidas.

Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los demás acabaron por creerlo y por respetarle.

Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino.

--¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo sentado, y con cierto espíritu de protección.

--Algo más que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo, y el amigo á quien más quiero.

Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre.

--Debéis ser forastero--dijo don Bernardino.

Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza.

--¿Es paisano vuestro, Dorotea?

--No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.

--¡Ah! vos sois del cielo.

--Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montiño con mal talante--, porque yo soy de la tierra.

--¿Habéis estado alguna vez en la corte?

--Ayer vine por vez primera.

--Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.

--Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don Bernardino--, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo menos de ofreceros mi amistad.

Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.

En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:

--¡Dorotea!

--La escena me llama, señores--dijo la joven--; venid, venid conmigo, Juan, y me veréis trabajar desde adentro.

Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño.

Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se encontraron en la parte interior del escenario.

En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.

El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente, toda alegre y toda non sancta: comediantes y comediantas, poetas, galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole reparar con una indicación en Juan Montiño:

--Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía.

Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida.

El escándalo estaba dado.

Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan Montiño, había dicho á todos:

--Ese joven es mi amante.

Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un verdadero escándalo.

--¿Qué decís á esto, Mari Díaz?--dijo un comediante rechoncho á la joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

--Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, cuando la Dorotea se atreve á tanto.

--¿Qué es eso?--dijo otro de los del corro--. ¿A quién aplauden de ese modo?

--¿A quién ha de ser sino á Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho la Mari Díaz--; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en cuanto abre los labios ó se mueve la señora duquesa? La Dorotea tiene mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.

--No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--; ó si lo son, es mosquetero todo el público.

--¿Qué sabéis vos?--repuso Mari Díaz--; hay tardes en que están de humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como borregos.

--Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea--dijo don Bernardino de Cáceres.

--Soberbio modrego--dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.

--Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro.

--Pero es muy hermoso--replicó la Mari Díaz.

--¿Os habéis ya enamorado de él?

--¡Yo!...

--Dicen que sois muy enamoradiza.

--Por eso los llevo detrás haciendo cola.

--Es que dicen que los lleváis delante.

--Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo amante de la Dorotea?

--Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes--dijo un comediante.

--Ni yo--repuso otro.

--Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo que está en la corte--dijo la Mari Díaz.

--¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina mía!--dijo un poeta.

--Eso quiere decir que no es un cualquiera--recargó la comedianta.

--¿De qué se trata?--dijo un alférez de la guardia española que se había acercado al grupo.

--¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un acontecimiento extraordinario?--contestó un comediante.

--¡De un escándalo!--añadió un poeta.

--¡De una enormidad!--recargó un tercero.

--¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?

--Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Díaz--que don Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.

--Pero eso no es un milagro.

--Escuchad: sabréis además que está muy mal herido.

--Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro, el escándalo y la enormidad.

--El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un pobre--dijo la Mari Díaz.

--¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al escándalo.

--El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.

--En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alférez--. Pero la enormidad... veamos la enormidad.

--¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado á todos su nuevo amante?

--Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio... perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos.

--Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su mortificación.

--¿Y quién es él?

--No le conoce nadie.

--¿Es forastero?

--Y altivo.

--¡Aunque pobre!

--Pobre soy yo--dijo el alférez--, y en punto á orgullo no me trueco por un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?

--No tanto como vos--dijo la Mari Díaz--, pero aun así puede presentarse sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.

--Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho vuestra opinión.

--¿Y por qué no?

--Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises. Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso, porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal, quisiera conocer á ese portento.

--Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.

--Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con otras no menores.

--¡Qué! ¿Qué sucede?--exclamaron todos.

El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo misterio:

--¡Hay novedades!

--Novedades, ¿y en dónde?

--Novedades en palacio.

-¡Ah!

-¡Oh!

--¡Eh!--exclamaron todos.

--Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no se puede uno fiar de su camisa.

--Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene su intríngulis.

--¿Su qué?...

--Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido de lo alto.

--¿De que alto?

--De palacio.

-¡Ah!

--Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.

--Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.

--Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el camino más corto para no perder tiempo.

--¿Conque acusan á su excelencia...?

--Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche sin más compañía que las ratas.

--Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis--dijo uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se han tomado gran interés por los negocios públicos.

--Se dice--añadió el narrador--, que el duque... pues... su excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al herido.

--¡En su casa!

--Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

--¿Y no se sabe quién le hirió?

--Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... ¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?

--Esto es grave--dijo uno.

--Gravísimo--añadió otro.

--Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo--dijo Mari Díaz--; ¿qué nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

--Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alférez--; si no fuera por dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.

--Muchas gracias--dijo la Mari Díaz alejándose.

--Allá va al primer bastidor--dijo uno.

--A ponerse en guerra con la Dorotea.

--Esas chicas acabarán por arañarse.

--No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!

--Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa--dijo el alférez, que reventaba por soltar sus noticias.

--Sí, sí; seguid.

--Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.

--¡El rasero!...

--Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.

--¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!

--¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el duque?

--Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

--¡Gravísimo!--dijo el alférez--. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa más grave aún.

-¿Qué?

-¿Qué?

--No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del rey.

--¡Ah! Pues esto es tres veces grave.

--Se cree--dijo el alférez--que Lerma se haya puesto del lado de la reina.

--¡Bah! eso no puede ser--dijo uno.

--La reina odia al duque--añadió otro.

--Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa--dijo un tercero.

--Prueba al canto--contestó el alférez.

--Veamos.

--El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido de la reina.

--Indudablemente.

--Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.

--¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?

--Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

--¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

--El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis; lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!

--¿Pero qué interés tiene el duque...?

--¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á acusar de traición, de estar vendido á la Liga.

--¡Oh!

--Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

--¡Su hijo!

--Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda llegar á la privanza y no perdona medio.

--Todo esto es grave, gravísimo--dijo el que todo lo veía por el lado serio.

--Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.

--¡Qué!

--¡Qué!

--Se cree...--dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.

--¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!

--Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque de Osuna.

--Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de Napóles--dijo un autor de entremeses.

--Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.

--¡Que está don Francisco en Madrid!--exclamó el autor de la compañía, ó como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía--; ¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado un entremés.

--En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido--dijo el alférez.

--Pues si está escondido, ¿quién le ha visto?

--Le vieron anoche en palacio.

--Creerían verle.

--Allá lo veremos; ¿pero qué esto?

Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular, un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del escenario.

Todos corrieron allá.

Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXIX

DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER ENTRE LOS CÓMICOS.

La Mari Díaz, dejando en su chismografía política al alférez, á los comediantes, á los poetas é tutti cuanti, se fué decididamente, pero como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del escenario.

En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don Bernardino de Cáceres.

--¿Me permitís, caballero?--dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.

El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa inclinación de cabeza y una sonrisa.

--Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para sí--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...

Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.

Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.

--Permitidme, caballero--dijo don Bernardino.

Juan Montiño no se movió.

Don Bernardino guardó silencio.

Pasó así algún tiempo.

Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada, sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la Dorotea.

Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.

--¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?--dijo la comedianta entablando ya decididamente una conversación.

--Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tenía el vicio de introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le importasen.

--Este caballero--dijo secamente Juan Montiño--, se ha tomado el trabajo de responder por mí.

--Pero es que yo os he preguntado á vos.

--Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.

--¡Oh! yo sé siempre lo que me digo--contestó con fatuidad don Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.

--Menos cuando no--dijo la comedianta.

--Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.

En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.

Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con Juan Montiño, forzó la situación.

--¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?

--Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais un prodigio.

--Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.

--¡Vive Dios, doña perdida--exclamó don Bernardino todo fuera de sí--, que me la habéis de pagar!

--¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?--dijo Juan Montiño volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y decirle:

--¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!

--Idos--repitió Juan Montiño con una calma inalterable.

--¡Que me vaya!--exclamó todo cólera don Bernardino.

--Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más peso. ¡Idos, ó vive Dios!

--Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclamó el hidalgo, que echaba fuego por los ojos.

--¡A mí! ¡echarme vos á mí!...--exclamó Montiño poniéndose pálido.

Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por una máquina, del lado de adentro de los bastidores.

Juan Montiño había dado aquella bofetada.

Don Bernardino la había recibido.

Juan Montiño era el que había arrojado.

Don Bernardino el que había caído.

Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.

Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.

Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.

Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se había ido hacia Juan Montiño.

El alférez y sus acompañantes se interpusieron.

--Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino.

Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de improperios.

--Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos--dijo Juan Montiño acercándose al grupo--; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta, decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no están fácil desagraviarse de mí.

--Ahora mismo... fuera...

--No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.

[imagen:...cayó, como lanzado por una máquina.]

--Dice bien ese caballero--dijo el alférez, que se perecía por este género de lances--; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las doce de la noche...

--Acepto por mi parte--dijo Juan Montiño--, y como soy nuevo en Madrid y no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara, señores.

--Yo--dijo el alférez.

--Y yo acompañaré á don Bernardino--dijo un poeta.

--En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San Martín--dijo don Bernardino, y salió.

--¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?--dijo Juan Montiño á Ginés Saltillo.

--¿Sabéis á las gradas de San Felipe?

-Sí.

--Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.

Montiño saludó y se volvió al bastidor.

Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.

--Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que no sabré cómo demostraros...

--No hay por qué, señora--contestó brevemente Montiño.

--Vivo en la calle Mayor.

--Muchas gracias.

--Número sesenta...

--Gracias, señora.

--Me encontraréis allí todo el día...

En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas palabras de la Mari Díaz.

La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más leve indicio de haberlas escuchado.

Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.

Entonces se aterró.

El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.

--¿Qué ha sucedido?--exclamó--; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto obligado acaso?...

--Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alférez Saltillo... y de una manera brava... estos señores pueden testificar.

--Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta.

--Eneas haciendo rodar á Aquiles--añadió otro.

--Un lance por una... hermosa--dijo otro.

--De cuyo lance resultarán estocadas.

--¿Queréis hacerme un favor, señores?--dijo Juan Montiño.

Miraron todos con atención al joven.

--No hablemos más de esto--dijo.

--¡Pero!...--exclamó Dorotea...

--En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...

--¡Ah!

--Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el alférez--, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que hablar más de ello.

Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las murmuraciones del corro, que crecieron.

--¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?--dijo Dorotea--; ¿por mí ó por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.

--He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no tenéis motivos para enojaros conmigo.

--¿Y qué pensáis hacer?

--¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino á esa mujer?

--¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino?

--Un impertinente.

--Todos le temen.

--Hacen muy mal.

--Os matará ú os estropeará.

--Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo--dijo con desprecio Montiño.

--¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan.

--Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es cuando menos debe temérsele.

--Vos no iréis.

--¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza?

--Os quiero vivo.

--Y vivo me tendréis.

--Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don Bernardino...

--Anoche vencí dos veces á Calderón.

--¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os pierdo: si le matáis tendréis que huir.

--No le mataré.

--¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma que destierren á ese hombre.

--¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré... ¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á probarme la paciencia!

--¡Malhaya la hora en que os traje al teatro!

--¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores, y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.

--¡Dorotea! ¡Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos.

--¡Otra vez á la escena!--exclamó la joven--; ¡oh, malditas sean las comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.

--Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.

Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.

--Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto á Juan Montiño--, y no me extraña que la améis.

Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.

--¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre todo, ¿os importa á vos?--dijo el joven, que estaba resuelto á sostener la cuerda tirante hasta que saltase.

--Tenéis una manera de contestar...--dijo contrariado el alférez.

--Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo que no os va ni os viene.

--Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de testigo...

--¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?

--¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.

--Os suplico que me dejéis en paz.

--Señor mío--dijo el alférez, retorciéndose su mostacho--, yo soy un hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...

--Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montiño.

--Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo, porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alférez se retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz--si encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.

--Perdonad--dijo Juan Montiño--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había visto hasta hoy.

Y tendió su mano al alférez.

--Hubiera sentido reñir con vos--dijo éste apretando con fuerza la mano del joven--; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro favor. ¿Sois soldado?

--Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.

--¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.

--¿Por qué?

--A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las lleváis hechas.

--Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan Montiño.

--¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y buena espada.

--¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?

--Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...

--¡Eh! Del dicho al hecho...

--Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.

--Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su casa, esperadme en las gradas de San Felipe.

--Pues hasta la noche.

--Hasta la noche.

Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario.

CAPÍTULO XXX

DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO

Eran las doce de la noche.

Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San Martín.

Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á aquellos bultos.

Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.

Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo una voz que les dijo:

--¿Quién va?

--El alférez Saltillo--dijo uno de los que llegaban.

--¿Viene con vos el difunto?--dijo otro.

--No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un olor á muerto que vuelca.

--Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.

--Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros. ¿Está don Bernardino?

--Impaciente.

--Pues aún no han dado las doce.

--Es que el reloj de la honra adelanta siempre.

--Pues adelante.

--Adelante.

--Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez--dijo Juan Montiño.

--Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los padrinos siempre riñen.

--Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado, porque llueve muy bien.

--Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?

--Aquí estoy.

--¿Habéis traído linterna?

--Sí. ¿Y vos?

--También.

--Pues hagamos luz.

En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los padrinos.

A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada, ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en boquerones.

Al fondo de la habitación había dos hombres.

Don Bernardino de Cáceres y su padrino.

--Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.

--Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alférez, dando su linterna á Juan Montiño--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo Velludo.

--¿Qué?

--Nosotros no reñiremos.

--La costumbre es que los padrinos riñan.

--Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo, que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.

--¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don Bernardino.

--Se ha propuesto--dijo el alférez--daros á los dos una vuelta.

--¡Una vuelta! ¡vive Dios--exclamó don Bernardino--, que este hidalgo debe de ser de Andalucía!

--Una vuelta de cintarazos--añadió el alférez.

--Pues á verlo--exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia Juan Montiño.

Al primer testarazo de éste--y decimos testarazo, porque no encontramos otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se rompió y se apagó.

Montiño y Saltillo se echaron á reir.

--¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?--dijo Montiño, parando un tajo de don Bernardino--; pues ya os habéis reído, y ahora veréis. ¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?--añadió, dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.

Y tras estas palabras le metió un cintarazo.

Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.

El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor; pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no les dejaba avanzar.

El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.

Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como sobre el otro de sus enemigos.

De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.

El alférez soltaba una carcajada.

Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.

Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.

Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les sacudía que era una compasión.

Aquello había pasado á ser una burla feroz.

Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.

Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su destreza era maravillosa.

El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.

De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.

Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y había hecho fuego.

Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate; no podía valerse del brazo derecho.

Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.

--Basta de lección--dijo Juan Montiño--; idos, don Bernardino, á curar, y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante, mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.

--Lo que habéis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino.

--¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!--exclamó Juan Montiño--; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un hombre con quien reñíais con ventaja!

--Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayáis de Madrid.

--¡Me vengaré!...

--Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la calle.

--Os prevaléis de que tengo herido un brazo.

--Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe--dijo el alférez--. Ea, idos, si no queréis que os eche á puntapiés...

--Nos veremos, señor alférez--dijo don Bernardino, y salió.

Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.

--¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?

--Me voy avergonzado.

--No lo extraño, porque sois valiente.

--Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...

--Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, amigo--dijo Juan Montiño--; yo lo he hecho sin intención.

--Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?

--¡Bah! ya lo creo--dijo el alférez cruzando con su palabra la contestación de Juan Montiño--, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis que yo meneo bien los hierros.

--Sí por cierto.

--Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el maestro Tirante:

--Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le acercarán.

--Gracias á mi pobre tío--dijo Juan Montiño.

--Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo, sentiríais mucho que esto se supiera?

--Yo me voy de Madrid.

--No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha dado.

--Pero don Bernardino se irá.

--Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él.

--Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabrá todo el mundo.

--No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montiño--; si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado. Por ahora me parece mejor otra cosa.

--¿Qué?

--Que nos vayamos á una hostería.

--¿Y Dorotea, que estará con cuidado?

--Se la avisará.

--Pues á la hostería.

--¿Y á dónde que no nos molesten?--dijo Juan Montiño.

--A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.

--Pues á la Cava Baja.

Los tres jóvenes se pusieron en marcha.

El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los otros dos.

Los tres se burlaban de don Bernardino.

Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, delante de una puerta.

--Ante todo, señores, nadie paga más que yo--dijo Montiño.

--Concedido--dijo el alférez.

--Muy bien--añadió Velludo--, pero á condición que yo he de pagar otra vez.

--Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.

--Enhorabuena.

Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.

Nadie contestó de adentro.

--No nos abrirán--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora fijada de las ordenanzas.

--Va veréis--dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta--: ¡abrid al alférez Saltillo!

Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.

--Entrad--dijo una voz recatada--y no arméis ruido, no os oigan los vecinos y den parte á una ronda.

--¡Vaya unos vecinos!

--Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de Lerma!...

Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado la puerta y estaba bien adentro de su casa.

--Mira--le dijo el alférez--, llévanos arriba, á aquella sala azul pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los ojos verdes; aquella Inés...

--Está durmiendo...

--Que despierte.

--Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí--dijo Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.

Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.

El alférez y Velludo se miraron con asombro.

Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.

En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:

--Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya veréis, caballeros, ya veréis.

El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:

¡Ladrones! ¡Ladrones!

La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos puestas en las espadas.

--Juraría--dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las escaleras--que esa era la voz de mi tío.

--¡De vuestro tío!

--Sí; abrid, abrid la puerta--gritó Montiño al hostelero.

--¿Y quién es vuestro tío?--dijo el alférez, que le seguía.

--Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.

--Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero--; nadie se mueve de noche aunque oiga lo que oiga.

--¡Abrid, vive Dios!--exclamó Juan Montiño--, ú os abro la cabeza.

El hostelero abrió sin replicar.

Los tres jóvenes se lanzaron en la calle.

Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.

Otros dos hombres se llevaban un bulto.

--Seguid á aquellos y detenedlos--dijo Juan Montiño--, yo me quedo con éstos.

Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes, que empezarán en el capítulo que sigue.

CAPÍTULO XXXI

DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO

Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro.

Eran ya bien las ocho de la noche.

La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.

--¿Qué necesidad tenía yo--dijo--de haberle llevado al teatro?

Ninguna.

Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.

Bien empleado me está.

He querido lucirle.

Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.

--¡Casilda!

--Señora.

--Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.

--Muy bien.

--Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede hablárseme.

--Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño?

--Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de tapicería.

--Muy bien.

--Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.

--Muy bien. ¿No os desnudáis?

--No... mira... si viene el tío Manolillo...

--¿Le digo que no puede entrar?

--De ningún modo... si viene...

--Ha venido ya, y dijo que volvería.

--Pues cuando vuelva, que entre.

--Me parece que es ese que llama á la puerta.

--Pues ábrele... ábrele.

Casilda salió.

Dorotea se quedó esperando con impaciencia.

Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la gorra, que venían empapadas de agua.

Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en hito á Dorotea.

--¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!--la dijo--; de seguro no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.

--Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo he quitado todavía.

--No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.

--¡Ah! puede ser.

--¿Estás enamorada, Dorotea?

--No lo sé.

--Esa contestación me asusta.

--Y ¿por qué?

--Cuando una mujer no ve claro en su corazón...

--Prueba que está ni dentro ni fuera.

--Te creo demasiado dentro.

--Puede ser.

--¿Me hablarás la verdad si te pregunto?

--Nunca os he engañado, me servís de padre.

--Padre que ahora hace bien poco por ti.

--Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...

--No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.

--Sí que le tiene, y en eso estaba pensando.

--¿En eso?

--Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.

--¡Ah!

--Y dar ocasión al duque para que se despida de mí...

--¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte?

--Con él, si me ama.

--¿Con el señor Juan Montiño?

--Sí.

--Yo te daría un consejo.

--¿Cuál?

--Que olvidaras á ese joven.

--No puedo.

--¿Tan enamorada estás da él?

--Si no estoy enamorada, estoy empeñada.

--Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti.

--¡Pero si yo no quiero que se case conmigo!

--Puede suceder que él se case con otra mujer.

--¿Qué habéis dicho?--exclamó levantándose Dorotea.

--¡Oh! ¡le ama!--exclamó el bufón.

--¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por ahora...

--Puede ser que ame á otra.

--¡Que ame! ¡es que me avisáis!--dijo Dorotea conteniéndose pero temblando--; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la reina?

--No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en palacio.

--¿Y con quién?

--Con doña Clara Soldevilla.

--¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de los hombres...

--Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve.

--Y aunque él la ame...

--Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.

--¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan?

--Anoche... en la calle.

--¡Oh! ¿y se ha enamorado de él?

--Como tú.

--Pero él... él no la ama.

--Doña Clara es muy hermosa.

Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un mohín desdeñoso.

--Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te falta una cosa que á ella le sobra.

--¿Y qué es lo que me falta?

--Ser fruto prohibido.

Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.

--¡Oh! ¡sí, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah! ¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi alma entera.

--¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!

--Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor... hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y será.

--¡Estás loca!--repitió tristemente el tío Manolillo.

--Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña Clara... ama á Juan?

--¿Quieres tú saberlo también?

--¿Que si quiero? ¡Sí!

--Pues bien, ven conmigo.

--¿A dónde?

--A palacio.

--¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdén la Dorotea.

--Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña Clara.

--Esta noche no irá Juan á palacio--dijo con acento profundamente triste la joven.

--¿Y por qué?

--Porque tiene que hacer en otra parte.

--¿A qué hora?

--Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama... irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va á ver á la mujer de su amor.

--¡Morir!--exclamó el bufón.

--Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le ha metido en un lance.

--¡Bah! pues don Bernardino no le matará--exclamó con gran confianza el tío Manolillo.

--¿Y decís que irá al alcázar Juan?

--De seguro.

--¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...--añadió con ansiedad la joven.

--Desde donde veas y oigas.

--¡Casilda, mi manto y mi litera!--gritó la Dorotea poniéndose violentamente de pie.

--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--murmuró para sí el bufón--¡si al menos ella no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la amase!...

Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz temblorosa:

--Vamos, llevadme al alcázar.

--Una palabra no más: ¿serás prudente?

--Sí.

--¿Me obedecerás?

--Sí.

--¿Vieres lo que vieres?

--Sí.

--Pues bien, hija mía, vamos.

El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada se encaminaba á palacio.

CAPÍTULO XXXII

CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES

El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las meninas.

No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea.

Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el contenido de la carta.

Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga: hablar con doña Clara.

Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara, que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo.

Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en palacio.

De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su amor á la reina.

Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á Margarita de Austria.

Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo que podía ligarle en el mundo había concluído.

El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado; necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el claustro.

Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y la practicaba.

Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó.

No dió el escándalo de rebelarse contra ella.

Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen siquiera á su semblante, ni á sus palabras.

Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no consiguió la paz de su espíritu.

Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto.

Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito, atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la Universidad, acompañado de un lego, todos decían:

--¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga!

Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un buen hombre.

Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros, el nombramiento del confesor del rey.

Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.

Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que aventajaba al del rey.

Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús.

Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía hacia ellos una repugnancia invencible.

A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina.

Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos.

Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos.

Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma.

Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya, sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina.

Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció. Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos, miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre Aliaga.

Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más desesperado, más reñido con su terrible posición.

Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos devoraban al religioso, al oír decir al rey:

--Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su majestad me ha revelado que está encinta.

Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío Manolillo.

Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos; que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción, había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante.

El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.

Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un secreto importante.

Le importaba por Dorotea.

Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa.

El padre Aliaga obedecía á sus deberes.

Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura.

Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros.

El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón gravísima para todo corazón de sentimientos elevados.

Dorotea no podía amarle.

Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos los días desde su infancia, por la protección especial que la dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes.

Más que repugnantes, monstruosos.

El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor.

El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas, estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres que amaban.

Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo impuro.

Idealizaron su amor.

Pero al idealizarle le hicieron más grande.

Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.

Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.

Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar atraérselo á fuerza de honores y distinciones.

El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía firme como una roca.

El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa influencia para sacarla de un terrible compromiso.

Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella.

El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la Inquisición.

Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que los presentimientos del bufón no habían sido exagerados.

Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga el nombre de Dorotea.

El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia su madre.

Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio.

El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio también.

El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una puerta.

Al primer llamamiento nadie contestó.

Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo:

--¿Quién llama por aquí á estas horas?

--Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga.

--¡Ah!--contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una persona respetable--; voy, voy á abrir al instante.

En efecto, la puerta se abrió.

--Perdóneme vuestra señoría--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz: estaba en acecho.

Y se cerró la puerta.

--¡En acecho!--dijo el padre Aliaga--; ¿en acecho de qué?

--De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á cerrar la ventana, y luego á traer luz.

Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.

Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los jefes de la baja servidumbre.

En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre.

--¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su majestad?--dijo Ruy Soto.

--Esperad un momento; decíais que estábais acechando...

--Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha.

--¿Y qué trazas tienen esos hombres?

--Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con que se pasean...

--Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.

Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que escribió rápidamente una carta y la cerró.

En el sobre se leía:

«Al tribunal de la Santa inquisición».

--Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo de palacio que creáis más á propósito.

--Muy bien, señor.

--Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de su majestad, de que yo la pido licencia para verla.

--Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha dicho su dueña, no está de servicio.

--Vamos, pues--dijo el padre Aliaga.

Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por una escalera de caracol.

El padre Aliaga le siguió.

Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y daba el recado del padre Aliaga.

El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña Clara.

La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban su hermosura.

--¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantándose y poniendo un sillón junto al brasero al padre Aliaga.

--Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray Luis.

--En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma hubiera ido á veros.

--¿Tan importante es el asunto?

--¡Oh! sí; importantísimo.

--Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

--Que su majestad está amenazada.

--¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!

--La traición nos rodea por todas partes.

--Habéis acusado á dos personas.

--¿Y no las habéis preso?

--No; no tenía bastantes razones.

--Sois otro misterio para mí, fray Luis.

--¿Otro misterio?...

--Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.

--Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara--dijo el padre Aliaga--; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más; ¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una comedianta?

--Ellos pueden difamar á su majestad.

--Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.

--No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de todo, se corta para que no se propague.

--¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?

--Dios, de seguro, nos ayudará.

--Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...

--Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.

--¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!

--¡Oh! ¡juro á Dios--dijo doña Clara, que no había olvidado la entrevista de aquella mañana con el bufón--que yo conoceré á ese hombre!

--Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.

--¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?

--Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas comunicaciones secretas...

--En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.

--Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la reina haya influído sobre el rey.

--En esto han andado otras dos personas.

--Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la reina--dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara.

--La reina no conoce á ese caballero--dijo la joven.

--¿Que no le conoce?...

--No; ni siquiera le ha visto.

--Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor.

--Es lo más natural del mundo; ha hecho un gran servicio á su majestad, rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad á don Rodrigo Calderón, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometían. Es muy natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la calle un corazón y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los amigos... á propósito, ¿habéis conseguido ya la compañía para ese caballero?

--Sí, sí por cierto--dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en el interior de su hábito, y sacando un papel doblado--: he aquí su provisión de capitán de la tercera compañía de la guardia española, al servicio de su majestad... tomad.

--¿Y para qué quiero yo eso?

--Me han dicho que ese joven os ama.

Púsose vivamente encarnada doña Clara.

--¿Y quién dice eso?--exclamó con precipitación.

--El tío Manolillo, y aún añade más: dice que vos le amáis...

--¡Yo! ¡á un hombre que he visto dos veces!

--Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... ¿qué digo? hasta cierto punto grandemente extraordinario.

--Lo extraordinario de ese joven...--dijo tartamudeando doña Clara.

--Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazón, en su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasión envidiable de darse á conocer apenas llegado á Madrid.

--¿No hay ninguna intención debajo de vuestras palabras, padre Aliaga?--dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey.

--¿Y qué intención puede haber?

--¿No habéis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase á ese joven?

A su despecho, el padre Aliaga se conmovió ligeramente.

--¿Qué motivos tengo yo--dijo--para sospechar nada de ese caballero?

--Habéis hablado con el tío Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo que á mí.

--El tío Manolillo sólo me ha hablado de vuestros mutuos amores...

--¿Y del nacimiento de ese joven?

--No por cierto; lo que sé acerca de ese joven, lo he encontrado en esta carta que me ha dado el cocinero mayor del rey--dijo el padre Aliaga, sacando de debajo de su hábito la carta de Pedro Martínez Montiño.

--También el cocinero mayor me ha dado á leer esa carta--dijo doña Clara.

--Sabéis, pues, entonces--dijo el padre Aliaga guardándola de nuevo--que ese caballero...

--Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Gandía.

--¡Cómo!--exclamó el padre Aliaga--; ¡el duque de Osuna y la duquesa!... esta carta no dice nada de eso... cuenta sólo, que ese joven es hijo ilegítimo de padres nobles...

--¡Ah! ¡no sabíais los nombres de los padres de ese caballero!

--No... pero vos, ¿cómo lo sabéis?

--El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el bufón del rey.

--¿Y no tenéis más pruebas que el dicho de esos dos hombres?

--No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto á ese joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de él.

--¿Las circunstancias especiales en que os halláis, os han impedido?

--De todo punto... hubiera sido inconveniente.

--Yo lo sabré, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese secreto, os lo revelaré.

--¿Y para qué revelármelo?--dijo con un acento singular doña Clara.

--Decís que os encontráis en circunstancias especiales respecto á ese joven; mostráis repugnancia en entregarle vos misma esa provisión de capitán de infantería... ¿qué media entre vos y ese caballero?... ¿creéis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta?

--Más que derecho, tenéis un gran interés en saber á qué ateneros respecto á ese caballero.

--Conozco á vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho á vos, y me intereso como me interesaría por mi hermano y por mi hija.

--No lo dudo; pero creo que hay en vos otro móvil. Francisco Montiño, pero no sé qué singular error, ha creído que la reina ama á ese joven... me lo ha dicho á mí... Francisco Montiño es un ente muy singular, y puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser, tratándose de una señora tal como la reina doña Margarita de Austria, que por su nacimiento, por su virtud, y digámoslo todo, por su orgullo, está muy lejos hasta del pensamiento de una acción vergonzosa. El que se haya atrevido á levantar sus miradas hasta su majestad, ó es muy loco ó tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy desfavorable; su majestad no podría apercibirse de los deseos de un insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto; sería necesario que, olvidado de todo, el que amara á la reina, se atreviese á declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun así creería que estaba soñando: solamente el cocinero del rey podía concebir tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de la reina.

--¡Yo!...--dijo confundido y descompuesto á pesar de su serenidad el padre Aliaga.

--Vuestro celo os ha engañado, fray Luis--repitió la joven con su acento siempre igual, siempre reposado; pero siempre frío y hasta cierto punto severo.

--Yo no he dudado jamás de su majestad--dijo el padre Aliaga, puesto por doña Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados--, pero he temido que ese caballero...

--Sí, ese hombre--dijo doña Clara--ha tenido la avilantez de decir, de indicar, aunque de la manera más envuelta, que su majestad ha sentido por él lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por él... ni por ninguno... ha mentido como un villano.

--No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que era portador, ha estado lo más prudente...

--¡Que ha estado prudente!

--Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qué clase de servicio había prestado á su majestad, á pesar de que yo lo sabía, porque la reina me había hablado acerca de las cartas que tenía suyas don Rodrigo Calderón y pedídome consejo... no... ese caballero, valiente para librar á su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado, noble; ha dado harto claro á conocer en su conducta la influencia de la generosa sangre que corre por sus venas.

--Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechéis... para que temáis en la reina un escándalo, un increíble olvido de sí misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda quien...

--Sí, él ha sido... dice que... su sobrino... él llama su sobrino á ese joven... entró anoche en el cuarto de su majestad.

--Es cierto, entró; pero no pasó de la saleta que corresponde á la galería; allí estaba yo, su majestad le vió, pero desde detrás del tapiz de la puerta de la cámara; ese caballero no conoce á su majestad; yo misma le dí la carta que os llevó, yo misma le eché fuera de palacio; ese caballero no ha vuelto á pisar á palacio desde anoche; dicen que anda mal entretenido... lo que importa poco...--añadió disimulando mal su despecho doña Clara.

--Confieso que me he engañado torpemente--dijo el padre Aliaga--; es cierto que no había creído llegasen á un extremo criminal los favores de su majestad á ese joven; pero temía que él hubiese interpretado mal algún favor de la reina.

--Para que acabéis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que á quien ese caballero enamoró fué á mí. Y me enamoró de un modo que... llegó á engañarme, creí que no mentía.

--Valéis mucho, doña Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en vuestro semblante, y nada tiene de extraño...

--No hablemos más de esto.

--Quisiera veros más propicia á un casamiento con ese mancebo.

--No puede ser.

--¿Por su bastardía? ¿Ignoráis que el nombre de Girón es tal que hace ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendrá reparo...

--Es que yo no quiero, y mi padre no me violentará.

--¿Queréis ser franca conmigo, hija mía?

--No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga.

--¿Merezco yo vuestra confianza?

--¡Oh, sí!--dijo doña Clara cambiando de tono y haciéndole sumamente dulce y afectuoso.

--Pues bien; no me ocultéis nada. Vos amáis á ese caballero...

--¡Yo! ¡no lo quiera Dios!--exclamó con un verdadero terror doña Clara.

--¿No os habéis sentido interesada por él?...

--Sí...

--¿No lo recordáis?

--Sí...

--¿No sufrís por él?...

--Sufro, sí... sufro una humillación que no he buscado, á la que no le he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningún género.

--Os sentís humillada... luego amáis.

--Y bien... sí, le amo... le he visto galán, apasionado, respetuoso, valiente; me ha acompañado anoche por calles obscuras, lloviendo, teniéndome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha obedecido... después, cuando ha venido á palacio á traer esas cartas que había arrancado á don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante conmovido adiviné un parecido vago con una ilustre persona... de que no podía darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no sé... yo me he visto asediada, acaso más que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo más ilustre, por lo más noble, por lo más hermoso de la corte... el mismo rey... os lo digo, porque lo sabéis... me ha solicitado... ni á los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el más ligero motivo de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado... hasta ahora... porque yo, para disponer de mí, no miraré jamás mi conveniencia, sino mi voluntad, mi corazón. Pero él... ¡Dios mío! lo digo al sacerdote y al desgraciado... él, fray Luis, me ha hecho espantarme de mí misma... porque... anoche... no dormí... su recuerdo tenaz, continuo, embriagador... acompañado de no sé qué esperanzas, de no sé qué temores, me desvelaba... todavía no he dormido... me pesa la cabeza, me duelen los ojos... no sé, no sé por qué le amo tanto... porque le amo, no os lo quiero negar.

--Pues bien, seréis su esposa, doña Clara.

--No... imposible... de ningún modo... ¿no os digo que me ha humillado?

--No os comprendo.

--¿No creéis que es una humillación para mi, que yo tan altiva, tan severa, tan desdeñosa con todos, hasta el punto de que creyéndome incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de mí se enamore de una mujer perdida, y se vaya á vivir con ella y la acompañe al teatro?

--¿Pero quién os ha dicho eso?

--El bufón del rey, padre ó amante, ó qué sé yo, según dicen, de esa Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pública del duque de Lerma; ¡esa miserable!

--Tal vez desgraciada.

--Nunca he creído desgraciada, sino infame, á una mujer tal; ¿una perdida que se ha atrevido á poner la lengua impura en la honra de la reina?

--Estáis irritada... irritada acaso sin razón. El tío Manolillo puede ser que, por un interés que aún no podemos conocer, haya querido haceros creer que ese caballero ama á esa comedianta. No es posible habiéndoos visto á vos. A no ser que de tal modo le hayáis descorazonado...

--Yo no podía obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominaré este amor que se me ha metido por el alma; le dominaré, os lo juro.

--Si tuviérais necesidad de dominarle, le dominaríais. Pero no será necesario. Yo desenredaré todo esto; yo pondré á cada uno en su lugar. ¿Conque queréis encargaros de dar vos misma esta provisión de capitán al señor Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro enamorado?

--Se la daré y aprovecharé la ocasión para darle un desengaño--dijo doña Clara, como obedeciendo á un pensamiento repentino.

--Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me han dicho se ha efectuado en palacio.

--Ha pasado tanto en mis asuntos propios--dijo doña Clara--, he estado tan poco desocupada en todo el día, que no he tenido tiempo para pensar en nada...

--¿En nada más que en escribirme que prendiese á esa comedianta?

--Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor--dijo doña Clara con vehemencia--, que al aconsejaros que prendiéseis á esa mujer, no he pensado en mí misma, sino en lo que convenía á su majestad.

--Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello; hay veces en que nuestra alma obra por sí misma, sin participación de la razón. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado á mirar las cosas á sangre fría, y no me he apresurado. Y no dejará por eso de hacerse todo cuanto se deba y se pueda hacer. ¿Conque no me podéis dar noticias acerca de lo que sucede en palacio? A mí sólo me han llegado noticias vagas... y venía ansioso.

--Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos, asustada de los míos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy á llevar donde os informen de una manera completa: á la cámara de su majestad la reina.

--¿Creéis que su majestad no se enojará...?

--La reina sabe con cuánto celo la servís, cuánto os interesáis por ella, os tiene en opinión de santo y se alegra siempre de veros. Podrá suceder que también veáis á su majestad el rey, porque lo único que puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche anda enferma la duquesa de Gandía. Conque seguidme, padre Aliaga.

Doña Clara se levantó y tomó una bujía.

El padre Aliaga se levantó también y siguió á doña Clara, que se dirigió á una puerta, la abrió y atravesó algunas habitaciones.

Al fin abrió una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:--Esperad.

Y entró.

Poco después volvió, y dijo al fraile:

--Su majestad os espera.

El padre Aliaga hizo una poderosa reacción sobre sí mismo, se preparó, como siempre que la reina le recibía en audiencia, y entró.

Doña Clara cerró la puerta y desandó el mismo camino que había traído, murmurando:

--¡Infeliz! ¡Cuánto debe sufrir! ¡Yo no sabía lo que hacen padecer los celos!

CAPÍTULO XXXIII

EL SUPLICIO DE TÁNTALO

Entró el padre Aliaga en una extensa y magnífica cámara, en la misma en que presentamos al principio de este libro á la duquesa de Gandía.

Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el corazón de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de él hubiera podido escuchar sus latidos.

Margarita de Austria estaba sentada junto á la misma mesa donde su camarera mayor leía la noche anterior los Miedos y tentaciones de San Antón.

Un candelabro de plata, cargado de bujías perfumadas, iluminaba de lleno el bello y pálido semblante de Margarita de Austria.

Vestía la reina un magnífico traje de brocado de oro sobre azul, tenía cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un prendido de plumas y diamantes.

--Espera al rey--dijo para sí el padre Aliaga.

Y adelantó hacia la reina.

Margarita de Austria dejó sobre la mesa un devocionario ricamente encuadernado que tenía en la mano á la llegada del padre Aliaga.

Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodilló.

--¿Qué hacéis, padre mío?--dijo dulcemente Margarita--. ¡Un sacerdote, tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo!

--¡Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...--dijo el padre Aliaga levantándose.

--Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia...

--Vuestra majestad es una mártir.

--No, porque no acepto mi martirio. Además, hay momentos en que me bañaría en sangre.

--En sangre de traidores.

--Indudablemente... ¡pero soy tan desgraciada!...

--Demasiado, señora.

--Hoy no... hoy soy casi feliz.

--Quiera Dios, señora, completar esa felicidad y aumentarla.

--Sentáos, fray Luis, sentáos, quiero hablaros mucho y no quiero fatigaros.

--Las bondades de vuestra majestad no tienen límite para conmigo--dijo el padre Aliaga, tomando un sillón y sentándose á una respetuosa distancia.

--¡Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga--dijo con acento dulce reina--, os debo mucho; después de Dios, sois la protección que tengo sobre la tierra.

--La protección mía, señora, es muy débil.

--¿Y vuestros consejos? ¿A quién debo la resignación con que sufro mis desventuras de mujer y de reina, más que á vos?

--Lo debe principalmente vuestra majestad á su gran corazón.

--Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he creído inútil la resistencia, en que he estado á punto de abandonarlo todo, de rendirme á mi desdicha. Y entonces vos me habéis aconsejado valor y fortaleza; habéis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habéis salvado. Y á esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado á un gran día, á un día de triunfo.

--¡Un día de triunfo!--dijo tristemente el padre Aliaga.

-Creo que no habéis reparado en mí, padre mío; miradme bien.

El padre Aliaga levantó la vista de sobre la alfombra y la fijó en la reina.

Margarita de Austria sonreía; su sonrisa era la expresión de un contento íntimo, y aumentaba su dulce belleza.

La mirada que el padre Aliaga fijó en la reina, era la perpetua mirada que el mundo conocía en él: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos á decirlo: ascética.

Pero las manos, que fray Luis tenía escondidas en las mangas de su hábito, estaban crispadas, y sus uñas se ensangrentaban en sus brazos.

Y no contestó á la reina, porque estaba retando con su espíritu; porque estaba pidiendo á Dios alejase de él la tentación.

--Ya podéis ver--dijo la reina después de que el inquisidor general la estuvo mirando frente á frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar á su esposo... porque espero á su majestad; ya no hay traidores que impidan al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cámara están francas para su majestad; anoche empezó ese milagro; anoche el rey fué mi esposo.

Fray Luis contuvo una violenta conmoción y se puso de nuevo á rezar apresuradamente.

La reina continuó:

--Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegría, que ha abierto mi alma á la esperanza y á la felicidad: el rey me ama. ¡Oh, sí, me ama con toda su alma! y yo... ¡oh, Dios mío! para vos, padre Aliaga, que tenéis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor, pero sois más que mi confesor, mi padre; yo os había dicho que no amaba al rey, á mi Felipe, al padre de mis hijos... ¡oh! y os lo decía como lo sentía... yo estaba irritada, humillada, abandonada; habían pasado días y semanas y meses sin que yo viera á su majestad más que en los días de ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para escuchar mis palabras; yo no era allí más que la mitad de la monarquía; la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido á los hombros, con la corona en la cabeza; una mujer vestida de máscara presentada á la burla de la corte; después de la ceremonia, el rey se iba por un lado con su servidumbre, y la mía me traía como presa á mi cuarto... esto me irritaba.. me indisponía con todo... hasta conmigo misma...; pero anoche... cuando vi al rey delante de mí... ¡oh Dios mío! comprendí que le amaba más que nunca, que mi amor no se había borrado, sino que había dormido, que había estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que el rey no quiso oírme una sola palabra de política, á pesar de que esto me entristeció, porque ya sabéis cuánta falta nos hace el que su majestad tome sobre sí el peso del gobierno, fuí feliz, concebí esperanzas; el rey se mostró transformado...

--Su majestad medita demasiado las cosas...

--Por el contrario--dijo con arranque la reina--, el rey no medita nada.

--Quiero decir--dijo el padre Aliaga--que el rey en ciertos negocios anda con pies de plomo.

--Decid más bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve.

--Su majestad cree que no encontrará otro mejor que el duque; le fatiga la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa...

--¡Pero si el rey continúa así, la monarquía queda reducida á una sombra que sólo sirve para autorizar á magnates miserables capaces de todo!--dijo la reina con violencia.

--¿Vuestra majestad dice que las cosas han variado?

--Sí, fray Luis, sí--dijo la reina inclinándose hacia el padre Aliaga, con las muestras de la mayor confianza--; escuchad: yo no sé cómo, pero la variación es completa; ya sabéis... aquellas cartas tan imprudentemente escritas por mí á ese vil Calderón, cartas que me tenían reducida á mi, á Margarita de Austria, á una posición de esclava, que han estado á punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato, aunque la causa sea justa, siempre es un crimen...

--Sólo Dios puede juzgar las acciones de los reyes.

--Y algo que está más bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la conciencia de sus vasallos, y después la historia... pero Dios, á quien adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una buena y valiente espada y un corazón de oro... á propósito... ¿cómo estamos, en cuanto á la recompensa de ese valiente joven?

--Ya he dado la provisión de capitán de la tercera compañía de la guarda española á doña Clara de Soldevilla para que se la entregue.

--¡Oh! y habéis hecho muy bien, porque... se aman: él á ella como un loco: ella á él... no sé cuánto, pero esta mañana tenía señales en los ojos de no haber dormido...

--Pero según creo, no se habían visto hasta anoche.

--No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; él la hablaba con el corazón... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba, porque doña Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido por ella... ella me procuró á ese valiente defensor, á quien yo ennobleceré de tal modo, á quien levantaré tan alto, que el orgulloso Ignacio Soldevilla no se atreverá á negar á la reina la mano de su hija para ese hidalgo.

Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montiño, que el padre Aliaga volvió á sentir en su alma la amarga desesperación que le había causado la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven.

Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montiño la había salvado de un compromiso horrible.

--Y no es extraño--continuó la reina--que doña Clara le ame de ese modo; se amparó de él en la calle, á bulto, como se hubiera amparado de otro cualquiera hidalgo, porque la seguía de cerca don Rodrigo; estuvieron largo rato juntos; nuestro joven la enamoró, la salvó, en fin, de don Rodrigo; fué una aventura completa; después, cuando le presentó las cartas que yo buscaba á costa de cualquier sacrificio, manchadas con la sangre de don Rodrigo... doña Clara me ama... como la amo yo, y ama á mi salvador... y si á esto se añade que ese joven, considerado como hombre, es casi tan hermoso como doña Clara, que es la mujer más hermosa que conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casaré. ¿Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio?

Fray Luis ahogó en su garganta un rugido que se revolvió sordo, poderoso en su pecho.

La última pregunta de la reina le había aterrado.

Sin embargo, conservó su aspecto sereno, su semblante impasible é inalterable su acento, cuando respondió á la reina:

--Sólo falta que doña Clara le entregue su provisión de capitán de la guardia española.

--Se le entregará... mañana... Ahora bien: ¿cuánto ha costado esa provisión, porque supongo que Lerma la habrá vendido?

--Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeñez--dijo fray Luis--. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio honroso de vivir y ya le tiene. Lo demás importa muy poco.

--No, no; cuando os escribí no era reina, y necesitaba de vuestros buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto á ser reina; Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os mando, pues, que me digáis cuánto ha costado esa provisión. Os lo mando, ¿lo entendéis?

--Ha costado trescientos ducados.

--¿Y los demás gastos?...

--No lo sé á punto fijo, señora.

--Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy haciéndome partidaria de Lerma. ¿Si habrá tocado Dios el corazón de ese hombre?

--El duque ha tenido miedo.

--Y le ha tenido con razón--dijo con acento lleno y majestuoso la reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido á sus reyes y se atreve; Lerma caerá... caerá... y yo pisaré su soberbia, yo que me he visto indignamente pisada por él. ¿Y sabéis, sabéis á quién se debe todo este cambio?...

--¡A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga.

--Sí, indudablemente á Dios; pero Dios, para obrar respecto á nosotros, se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido de ese joven... del sobrino del cocinero del rey.

--Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los méritos de ese mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma había acabado de ennegrecerse.

--Hiriendo á don Rodrigo Calderón, ese joven ha producido todo ese cambio.

--Lo dudo.

--El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Calderón, que es su pensamiento, no se ha atrevido á seguir en una senda en que Calderón le ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Calderón, al verse herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al duque lo que se tramaba contra él... y esto es lo más probable, por la conducta del duque. ¿Sabéis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe á todo el que ha querido oírle?--Mi señor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra contra la Liga, y ha enviado de embajador á Inglaterra á don Baltasar de Zúñiga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado á los mismos á quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido á otros á quienes miraba como enemigos. Sin ir más lejos ¿no os ha nombrado á vos inquisidor general?

--Lo que me ha hecho tener más cuidado ahora que nunca, señora; cuando el lobo lame la mano que odia...

--¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.

--¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que había entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio.

La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo.

--Sentáos, sentáos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi amada Margarita--dijo el rey tomando á la reina una mano, y besándosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga; nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.

Todos se sentaron.

El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero.

--¡Qué invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los pueblos; ¡pobres gentes!

Y volvió á revolver con delicia el brasero.

--Cuando llegué conspirábais--dijo el rey.

--Es verdad--contestó la reina--; conspirábamos contra Lerma, y es necesario que vuestra majestad conspire también.

--Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el día que quiera, Lerma caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón.

--¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba?

--Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle; señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos respetar.

El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma.

La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el contrariar á Felipe III.

En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un gran rey.

--No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo.

--Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.

--¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío?

--Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las cacerolas--, contestó la reina procurando serenarse, porque la había turbado la imprevista pregunta del rey.

--¡Ah! ¡ah! ¿es buen espada?

--Tan bueno, como que es quien ha herido á don Rodrigo Calderón.

--¿El que ha herido á don Rodrigo?

--Sí por cierto.

--¿Y por qué le ha herido?

--Defendiendo la honra de una mujer.

--¡Ah! ¡ah! y... ¿quién es ella?

--Una dama á quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho.

--Pues no... no acierto.

--Doña Clara...

--¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor... porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla.

--Y además, está ya en buena edad para casarse--dijo la reina.

--Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha querido á ninguno.

--Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy del agrado de doña Clara.

--¿Y quién? ¿quién es él?

--El vencedor de don Rodrigo Calderón.

--¡El sobrino de mi cocinero!--exclamó con desprecio el rey--. Esa es una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no será...

--Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina.

El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria.

--Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor.

--¿Pero en qué quedamos? ¿qué es ese mancebo?

--El se cree hijo de Jerónimo Martínez Montiño, hermano de Francisco Martínez Montiño, cocinero de vuestra majestad; pero no es así... es... hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre Aliaga, presentando al rey la tan traída y llevada carta de Pedro Martínez Montiño á su hermano.

--Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia.

El padre Aliaga leyó la carta de la cruz á la fecha.

--Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso.

--Los padres, señor, son, según dice Francisco Montiño, el duque de Osuna.

--¡Oh! ¡mi altivo Girón! ¿y ella?

--Ella, según dice el tío Manolillo, es la duquesa de Gandía.

--¡Ah! ¡la duquesa de Gandía! ¡ah! ¡ah! ¡el duque de Osuna... y la duquesa de Gandía!... ¡por San Lorenzo nuestro patrón! eso es ya distinto... ¿y lo sabe eso doña Clara?

--Lo ignoro, señor.

--Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabáis de leerme, padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si llegó anoche, ¿cómo conoció á doña Clara? y aun dada la ocasión de conocerla, ¿cómo se enamoró ella de él? Esto es extraordinario; esto no puede creerse; por otra dama debió reñir con don Rodrigo ese Joven... precisamente, ó yo no lo entiendo.

Afortunadamente el rey se había extendido en sus consideraciones, y había dado tiempo á la reina de improvisar una respuesta.

--Fué una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro joven á Madrid con esa triste carta de su tío, que acaba de leernos el padre Aliaga, vino naturalmente al alcázar á buscar á su otro tío; por un descuido de los maestresalas, perdido en el alcázar, se encontró en la galería obscura á donde corresponde la puerta del cuarto de doña Clara, y oyó voces de dos personas.

--¡ Ah! ¡una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el rey--. ¿Y esas dos voces eran de una dama y de un galán?

--Eran las de don Rodrigo Calderón y doña Clara Soldevilla.

--¡Ah! ¿conque al fin la rigurosísima doña Clara...?

--Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan malvado, había corrompido á una criada de doña Clara, y ésta había robado á su señora una prenda muy conocida y la había entregado á Calderón. Este, prevalido de la prenda con que había querido obligar á doña Clara, se había introducido en su aposento.

--¡Ah! ¡ah! esto es grave, gravísimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es demasiado voluntarioso y bien poco mirado... ¡atreverse á una dama tal como doña Clara, á quien sabe que tienen sus reyes en gran estimación y poco menos que como á una hija! ¡Una dama á quien ha dejado en nuestra servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro servicio, seguro de que la reina será para ella una madre... seguro de que bajo el amparo de la reina estará á cubierto de asechanzas!

La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular.

--A pesar de mi protección, señor--dijo sonriendo la reina--, se han puesto grandes tentaciones delante de doña Clara, y á no ser ella tan honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habría podido salvarla...

--Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras, según se le enredaban las letras y aun las sílabas--; doña Clara, en efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable... porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?--añadió el rey, saliendo bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba la conciencia.

--Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no recuerdo...--dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como quien medita...--¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el cual estaban esmaltadas nuestras armas.

--¡Nuestras armas!

--Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de sobreherretes, me había regalado vuestra majestad.

--¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo.

--Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara.

--Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara--dijo el rey--, cuando así los da á sus enamorados.

--¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo!

--¿Pero cómo le tenía don Rodrigo?

La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por insinuación de éste, á su señora.

--Pero, ¿cómo sabía don Rodrigo que doña Clara tenía el tal lazo?...

El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este diálogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del atolladero en que se había metido; la reina, sin embargo, no demostraba la menor turbación.

--Don Rodrigo--dijo--sabía que doña Clara poseía aquel lazo, porque le ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy conocida de doña Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda, ¿para qué la quería don Rodrigo?

--Me parece, señora--dijo el rey--, que creéis demasiado á doña Clara, que doña Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don Rodrigo...

--¡Oh, no; estoy segura de ella!

--¿Pero creéis fácil que se corten cabellos á una mujer sin que lo sienta? ¿Os habéis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso lazo?

--Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan abundantes cabellos como doña Clara, queda una maraña; con pocas marañas como las que produce cada peinado de doña Clara, basta para hacer un hermoso rizo.

--¡Ah! efectivamente, no había pensado en ello...--dijo el rey--pero me agradaría ver ese rizo... si fuera posible.....

--No sé si doña Clara le habrá destruído--dijo con la mayor serenidad la reina, mientras el padre Aliaga se estremecía, porque veía llegado de una manera fatal el momento de las pruebas.

--¿Cómo recobró doña Clara ese rizo?--dijo el rey.

--Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien hablamos á doña Clara.

--¿Pero cómo supo ese mancebo?...

--De una manera muy sencilla: decía, señor, que por descuido de los maestresalas, sin duda, ese joven, habiéndose perdido en el alcázar, como quien nunca había por él andado, había venido á parar, entrando por la portería de Damas, á la galería obscura á donde corresponde la puerta del aposento de doña Clara. Al entrar en la galería, según dijo después á doña Clara ese hidalgo, oyó las voces de un hombre y de una mujer. El hombre, sin pasar de la puerta, se negaba á devolver una prenda á la mujer, y la mujer decía: «No faltará quien os arranque esa prenda que me habéis robado con el corazón».

--Desengañáos, doña Clara--contestó el hombre--; vuestro padre, el buen Ignacio Soldevilla, está muy lejos, y aunque le llaméis, y aun cuando venga, vendrá tarde; toda la corte sabrá ya que la ingrata hermosura á quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para mí.

--¡Ah!--dijo el rey, dándose una palmada en la frente--; pues ya lo comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quitó á estocadas á don Rodrigo la prenda, y como sabía, por haberlo oído, el nombre y el empleo en palacio de la dama, vino ó presentarla la prenda... se vieron y se enamoraron el uno del otro ¡ah, ah, véase lo que son los acasos!... y si... si... ¡por mi ánima que quisiera ver!... ¿Habrá algún inconveniente en pedir á doña Clara esa prenda?

[imagen: Felipe III.]

La reina se estremeció.

El padre Aliaga se cubrió de sudor frío.

Pero la reina no se detuvo; dió dos palmadas, y se abrió la puerta de la cámara.

Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor, como primera dama de honor.

--Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su semblante la agonía de su alma.

El padre Aliaga se puso literalmente malo.

La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara.

Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.

--Es extraño... es extraño todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo, siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario, pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira.

--Yo creo--dijo la reina con intención--que cuando se miente para salvar grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que es muy teólogo, puede decirnos...

--Señora--se apresuró á decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el no mentir sería un crimen.

--¿De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, según las circunstancias?

--Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males. Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como medicina.

--Pero, ¿qué grandes males amenazan?

--Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no pudiendo lograr su amor por buenos medios...

--Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación mentir en ciertas ocasiones.

--Además--dijo la reina--de que para honrar á ese joven no es necesario mentir.

--¿Nos ha prestado algún servicio?--dijo el rey.

--¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di á leer anoche?

--¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma.

--Y que han causado la variación que se nota en el duque.

--Indudablemente.

--Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la fuerza en el rey.

--Sí; sí, todo eso es cierto.

--¿Y creéis, señor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa?

--Si por cierto; merece un título y una renta.

--Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado á vuestra majestad ese servicio.

--¡Cómo!

--Al quitar á don Rodrigo Calderón, después de haberle vencido, el rizo y el lazo que había robado Calderón á doña Clara, le quitó también esas dos cartas que Calderón, por ser tan importantes, llevaba sobre sí, y entregó con la prenda las cartas á doña Clara.

--Pues ya no extraño que doña Clara ame á un tal hombre; doña Clara aborrece á Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doña Clara es vuestro consejo, y al ver á Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han producido un resultado saludable... los casaremos; se hará cuanto haya que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la antecámara, acaso sea doña Clara.

La reina se estremeció; el padre Aliaga se heló; se levantó el tapiz, y la condesa de Lemos dijo desde él:

--Señora: doña Clara está enferma, pero me ha dicho que si vuestra majestad lo desea, se hará conducir.

La reina respiró; al padre Aliaga se le quitó de sobre el corazón una montaña.

--No... no...--se apresuró á decir el rey--de ningún modo. ¿Y está... en mucho peligro nuestra buena doña Clara?

--Está recogida al lecho, señor--contestó la de Lemos--. Además, permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante.

--Pero pasad, pasad, doña Catalina--dijo el rey--; vos sois algo más que un ujier.

--Gracias, señor--dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes.

--¿Y qué mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey.

--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.

--No me dejarán parar--dijo el rey con disgusto--. ¿Y quién ha dicho á don Francisco que yo estoy aquí?

--Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad; me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es don Francisco, he creído de mi obligación...

--Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los de mi cámara; yo daré orden... le recibiré...

La condesa de Lemos se inclinó y salió.

--Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo don Felipe--; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós...

Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta.

--¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclamó la reina.

--Un milagro de Dios, señora--dijo el padre Aliaga.

--Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis, tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de Lemos que entre.

El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió.

El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el tiempo que había pasado en la cámara de la reina.

FIN DEL TOMO PRIMERO

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* * * * *

EL COCINERO DE SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

TOMO SEGUNDO

CAPÍTULO XXXIV

EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES

Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando entró la condesa de Lemos.

--¿Qué enfermedad padece doña Clara?--dijo la reina.

--Ninguna, señora--contestó doña Catalina--; doña Clara está sana y buena esperando en la saleta.

--¿Qué significa, pues, vuestra mentira?

--He creído que debía mentir.

--¿Por qué?

--Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y fuí.

--Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.

--Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre honrándome--contestó inclinándose la de Lemos.

Y luego continuó:

--Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.--Decid á doña Clara Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me ha dicho.

--Habéis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que está ahí doña Clara, que entre al momento.

Salió doña Catalina y doña Clara entró.

La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.

--¿Qué sucede, señora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo á pesar de decir al rey que estoy enferma?

--¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios mío!

--¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha aparecido alguna más?

--No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... tráete también unas tijeras.

Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.

--¡Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y siéntate á mis pies.

La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo.

--¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus cabellos me van á salvar, Clara.

Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña Clara.

--¡Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocerá la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso de un dedo del centro.

--Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...

--Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya está.

Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.

--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de marañas; el pelo de maraña es más corto.

--¿Pero qué maraña es esa, señora?

--Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.

--¡Yo!

--Tú, sí, y de una manera muy dulce.

--No comprendo á vuestra majestad.

--Casándote con tu caballero de anoche.

--¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.

--Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?

--¿Un rizo, señora?

--Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.

--¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.

--Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar este rizo.

--Permítame vuestra majestad--dijo con seriedad doña Clara--; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no haré eso.

--Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; tú le guardarás y no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.

Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una ancha sortija, y la presentó á la reina.

--Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujétale con este lazo.

Doña Clara obedeció.

He aquí una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, siéntate y escucha, y recógete el cabello entre tanto.

Doña Clara se sentó.

La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había acontecido con el rey.

Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa ni una súplica.

Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneció largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

--Me casaré con ese hombre--dijo al fin doña Clara.

--¡Ah! ¡hermana mía!--exclamó la reina arrojándose al cuello de doña Clara y besándola en la boca.

--Yo le amo...--dijo doña Clara con voz conmovida--, pero no sé si es digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.

--El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.

--¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! ¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!

--¿Pero quién te ha dicho eso?

--El bufón del rey.

--¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le has desesperado acaso, Clara?

--Sí, señora.

--Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...

--Su esposa... lo seré y pronto.

--¡Ah, Clara mía!

--En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle.

--Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?--dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara.

--El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme.

Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.

--Señora condesa--dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi aposento. ¿Me lo prometéis?

--Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.

--Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.

--¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?--dijo para sí sumamente pensativa y contrariada doña Catalina--; pero ¡bah!--añadió--; él me ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho con su majestad.

Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una galería obscura.

CAPÍTULO XXXV

DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO MUCHO

Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en comunicación su cuarto con el de la reina.

Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.

El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su ministro-duque, á un hombre tan peligroso como Quevedo, parecíale un acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.

Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras costumbres y de nuestras inclinaciones.

Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito; tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.

Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.

Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y se encaminó con paso majestuoso á su cámara.

Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, etc., le introdujeran.

En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.

No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:

--Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la Torre de Juan Abad.

--Y pobre--dijo entrando en la real cámara Quevedo.

Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.

El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.

Este llegó junto al rey, y se arrodilló.

--Sacra, católica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante.

Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó la mano.

Quevedo la besó respetuosamente.

--Alzad, don Francisco--dijo el rey.

Quevedo se puso de pie.

El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.

El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.

--¿En qué pensáis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo.

--Estoy contemplando á la monarquía, señor--contestó Quevedo--; contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en ropilla.

Frunció el rey el entrecejo.

--¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?

--Sí, señor.

--Pues si ya me lo habéis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey.

--Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.

--Decid.

--Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.

--¡Ah!--dijo el rey--¿y por qué os espanta eso?

--Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.

--¡Oh!--repitió el rey.

--Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra majestad...

--Explicáos...

--He estado preso en San Marcos.

--¡Ah! ¿habéis estado preso?

--Sí, señor.

--¿Qué delito cometísteis?

--El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las narices.

--Dicen que sois hombre de ingenio.

--Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado.

--Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.

--Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia.

--Pues os digo que no os entiendo.

--No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.

--Paréceme que habéis venido para algo.

--Indudablemente, señor, he venido para irme.

--Pero... ¿por qué habéis venido?

--Por venirme á cuento.

--¿Pero qué cuento es el vuestro?

--Es, señor, un cuento de cuentos.

--Pues empezad.

--Ya he concluído.

--¡Pero si no me habéis contado nada!

--Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.

--¡Don Francisco!--exclamó con irritación el rey.

--¡Señor!--contestó Quevedo inclinándose profundamente.

--¿No tenéis nada de qué quejaros?

--Quéjome de mi fortuna.

--¿Ni nada tenéis que pedir?

--Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.

El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.

Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.

Esta situación duró algún tiempo.

--Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para sí--, no sé ya qué decir á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.

--¡Aún estáis ahí!--dijo el rey levantando del libro los ojos.

--Esperaba, señor, que me mandárais irme.

--Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvió á su lectura.

--Aún es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce á que este imbécil se acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.

Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil delante de él.

Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.

Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:

--¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?

--Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había vuelto á sus devociones...

--Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el volver á pedirme audiencia.

--Beso las reales manos de vuestra majestad--contestó Quevedo, y salió.

--¿Qué habrá querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se quedó solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!... ¡ese algo!...

El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido entender.

Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del alcázar.

--Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me obligó á pedir al tío Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria. Enredo, enredo y siempre enredo.

Y el buen ingenio seguía adelante.

--Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, ¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué rey... señor! ¡qué rey!

De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.

Había oído un siseo.

El siseo volvió á repetirse.

--De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: acudo. ¿Es á mí?

--Sí por cierto--contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.

--¡Ah, lucero de mi obscura noche!--exclamó Quevedo--; creo que mi pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de encontraros.

--No podíais pasar por otra parte.

--¿Me esperábais?

--Con ansias del corazón.

--No digáis eso, si no queréis verme loco.

--Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis ansias, que de él estoy segura, sino por ella.

--¿Por la ella del enredo?

--Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.

--Y allá se queda él confuso.

--¿Tanto le habéis dicho?

--Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?

--Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.

--¿A tan hermosa dama me enviáis?

--Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.

--Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?

--Sí.

--Correo soy de seguro.

--Para correo habéis nacido.

--Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena voluntad se perdonen.

--Sois hombre afortunado.

--Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?

--¿Pues qué, no os amo yo?

--¡Si se muriera uno!

--Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más de lo que pensamos.

--Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me dejo con vos el alma y allá me emboco.

--Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.

--¿En la de anoche?...

--Sí, frente á aquellas escaleras.

--¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos se queda.

--¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.

La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la besó suspirando.

--Adiós--dijo, y se alejó.

La reja se cerró silenciosamente.

Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.

Aquella puerta se abrió al momento.

Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.

--Vos lo sabéis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo.

--Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.

--No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre mí vienen...

--Las culpas ajenas os premian.

--¿Qué decís?

--¡Si le amáis!

--¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...

--¿Y á qué vencerla?

--¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?

--¿A Juan?

--Sí--contestó con esfuerzo doña Clara.

--Lo veré, si vos queréis.

--¿Sabéis dónde está?

--Está donde le han arrojado vuestros desdenes.

--¿Y le sacarán de allí mis favores?

--¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.

--Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

--O no os conocéis, ó no me conocéis, señora--dijo gravemente Quevedo.

--No os entiendo, don Francisco.

--Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.

--Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en mi sacrificio!

--Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es sólo para vos.

--Explicadme mejor...

--Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha querido que sea inevitable vuestro casamiento.

--Pero mi padre...

--Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que para envidiosa.

--¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; esta carta es para vuestro amigo.

--Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una cosa.

--¡Qué!

--Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.

--¿Y por qué?

--Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.

--En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes á cualquier hora que llegue.

--La señal.

--El capitán Juan Montiño.

--¡El capitán!

--Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.

--¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la licencia del rey!

--No paséis pena por eso.

--El rey os ama.

--El rey está ya bien curado.

--¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?

--Si él consiente... pronto... muy pronto.

--¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?

--¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.

--¿Cuál?

--¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?

--Dóiosla y ciento, mil.

--No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro amigo.

--Otorgo.

--Y quisiera que...

--Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.

--No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.

--Vendré; y adiós, señora.

--Adiós.

Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:

--¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!

Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina y dijo á la condesa de Lemos:

--Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla al momento.

CAPÍTULO XXXVI

DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA

Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.

Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra huérfano y desesperado en el mundo.

Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.

Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo de su flaqueza, y las encontró.

--Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado de combatir un solo momento.

Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba el tío Manolillo.

El bufón le salió al encuentro.

--¿Ha venido?--dijo el padre Aliaga.

--He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.

--¡Engañando!

--Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.

--¿Y por qué la engañáis?

--Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.

--¡Su amante! ¿y quién es su amante?

--El señor capitán don Juan Girón y Velasco.

--¡Ah, ese joven!--exclamó con un acento singular el religioso.

--Aquí hay una escalera--dijo el bufón--, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... asíos á las faldas de mi ropilla.

Empezaron á subir.

--¿Sabéis--dijo el bufón--que hay esta noche gente sospechosa en palacio?

--Lo sé, y la Inquisición vigila.

--¿Dónde creéis que estén esas gentes?

--En el patio.

--Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...

--¡Ese miserable!

--Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos oído hablar en voz baja á lo último del corredor.

-¿Y qué pensáis de eso?

--Temo mucho malo.

--¿Contra quién?

--Contra la reina.

--¡Ah!

--No os asustéis, yo estoy alerta.

--Será preciso prender á esos miserables.

--Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las escaleras, callemos.

Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.

Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del religioso y del tío Manolillo.

En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.

Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.

La puerta se abrió.

El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y dulce voz de mujer que dijo:

--¿Ha venido ya?

--No, hija mía--dijo el bufón--, y según noticias mías, no vendrá esta noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.

--¿Quién viene con vos, tío?

--El confesor de su majestad el rey.

--¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!

--¿Me conocéis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.

--Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque de Lerma y don Rodrigo Calderón.

Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la comedianta; al verla, dió un grito.

--¡Ah!--exclamó--; ¡es ella! ¡Margarita!

--Os habéis engañado, señor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo Margarita.

--Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamáis Margarita, pero ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan extraordinaria!

--Miren qué casualidad--dijo el bufón--, que tú, hija mía, hayas querido venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

--¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!--dijo la Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.

El bufón se anticipó al padre Aliaga.

--No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de nombre.

--Me estáis engañando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

--No, hija mía, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraña ver en el aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.

--¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?

--Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.

--¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?

--No, señor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»

--¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré--dijo el bufón.

--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; ¿pero en qué os ejercitáis, que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?

--¿Quién habla aquí de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se había nublado completamente--. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.

--¡Oh, Dios mío!--exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus manos.

Pero esto duró un solo momento.

El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y sereno.

--¡Vos me conocéis!...--exclamó la Dorotea--más que eso... Vos conocéis á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.

--Es verdad.

--¿Y dónde está mi madre?--preguntó juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea.

--¡En el cielo!--contestó con voz ronca el bufón.

--¡Ah!--exclamó la Dorotea.

Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

--¡Pero mi padre!...

--¡Tu padre!...--dijo el bufón--¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?

--Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme--dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.

--No os habéis equivocado, hija mía--dijo el confesor de Felipe III--; se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa.

--El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.

--Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.

--¡Dios mío!--exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.

--Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más que el hermano adoptivo de vuestra madre.

--¡Dios mío!--repitió Dorotea juntando las manos.

--Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.

--Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.

--De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.

--¡Acusada á la Inquisición!--exclamó el tío Manolillo poniéndose delante de la joven como para defenderla--; ¡acusada á la Inquisición! ¿y por qué?

El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:

--Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con un tal Gabriel Cornejo...

--¡Con ese miserable!--exclamó el bufón--; ¿tienes tú conocimiento con ese miserable, Dorotea?

--Sí--contestó la joven--; le he buscado... porque creía amar á un hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclamó llorando la Dorotea.

--Os he asegurado que nada tenéis que temer--dijo el padre Aliaga--; pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo el teatro, sino el mundo.

--El teatro, sí--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejárais estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...

--Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede amaros.

--¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!

--¡Oh, Dios mío!--exclamó á su vez el padre Aliaga.

--¿Pero qué te ha dado ese hombre?--exclamó con irritación el tío Manolillo--; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?

--Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he oído.

--¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!--dijo el bufón.

--No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.

--¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores ilícitos?--dijo el padre Aliaga--; ¿por qué ligar á vos á un joven noble y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?

--Me estáis desgarrando el corazón--exclamó con una angustia infinita la Dorotea--; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.

--Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid á una pobre niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.

--¡Manuel! ¡estáis loco!--exclamó el padre Aliaga.

--No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.

--¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea, pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del religioso.

--Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!

--Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios, porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme, matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres veces el martirio.

--La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre, que la Inquisición no se atreverá á ella?

Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.

--¡Dejadme!--exclamó el padre Aliaga--¡dejadme, y que Dios tenga piedad de los tres!

Y salió desalentado.

--Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará, nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre Aliaga.

El bufón salió y cerró la puerta exterior.

Después de cerrarla se detuvo.

--Juraría--dijo--que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para que os guíe, fray Luis.

El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.

--Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un muerto--dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.

El padre Aliaga no contestó.

El bufón le llevó por donde le había traído.

Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.

--Desde aquí--dijo--sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos mismo, tenedla, por Dios, de mí.

El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.

--Acaso he sido imprudente--dijo el bufón estremeciéndose--, acaso he sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.

El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.

Antes de llegar á su puerta se detuvo.

--Es necesario que yo vea--dijo--qué gentes andan por aquí esta noche.

Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.

El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de aquel departamento.

A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.

--Vamos--dijo--, sería el viento.

Y siguió adelante hacia su vivienda.

Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:

--Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de buenos mozos de la guardia española.

--Descuide vuesa merced, señor Francisco--dijo una voz franca y ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de robar.

A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.

Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus coletos rojos.

El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.

Él y los cuatro hombres se alejaron.

Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca distancia.

Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.

--Cosme, hijo, síguelos--dijo una voz muy conocida del tío Manolillo--; yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados.

Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos corredores.

--¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!--dijo el tío Manolillo--. Van por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo volveré.

Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.

Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á pasar por la puerta de su aposento.

Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de él.

Aquel bulto era el sargento mayor.

Escuchaba.

--Está sola y llora--dijo--; ¿dónde estará el bufón?

Y volvió á escuchar.

--Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre; pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á ella. Ea, adelante.

Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió correrse el fiador.

La puerta se abrió.

Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se encontraba Dorotea.

CAPÍTULO XXXVII

DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS

La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío Manolillo, y continuaba llorando.

--¿Quién había de decirme--murmuró roncamente el sargento mayor--, la noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á la joven, y al cabo dijo:

--Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del primero que llega?

Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio:

--¿Quién os ha llamado? Idos.

--No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado sola, sino que habéis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.

--¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?

--Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla.

--¿Y cómo he podido yo estorbar?...

--Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis descosido del ajusticiado.

--¡Ah! ¿se trata?...

--Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo Calderón, sino también á vos.

--Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.

--Ese caballero se ha burlado de vos.

--¿De mi?

--Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.

--¿De quién?--exclamó todo afán Dorotea.

--De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía de la reina don Rodrigo.

--¿El nombre de esa dama?

--No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba... desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.

--¿Doña Clara?

--Eso es... doña Clara Soldevilla.

--¿Pero es cierto que él la ama?

--Podréis juzgar de ello dentro de poco.

--¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...

--Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos, lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo... lo que ha hecho...

--Tenía un duelo concertado...

--Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando salga solo...

--¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?

--Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó. Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de Juan Montiño.

--¿Y decís que él vendrá?

--Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...

--¿Y si no sale?

--Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.

--Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero, contad conmigo.

--Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.

--Al fin del mundo os seguiré.

--Pues venid.

--Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.

--¿No os tengo aquí sola?

--Es verdad.

--Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos.

--¿Y le podré ver sin ser vista?

--En esta parte, decuidad.

Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.

Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la puerta del aposento de doña Clara.

--Aquí es--dijo el sargento mayor.

--¿Y la puerta por donde ha de entrar?

--Esta.

--No se oye nada.

--Esperan, sin duda.

--¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?

--Pero ¿estáis loca?

--Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.

--Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos.

CAPÍTULO XXXVIII

DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR

Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.

Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los dos soldados de la guardia española que le escoltaban.

El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.

Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.

Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio.

El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de espadas.

El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:

--¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos mismo!

--¿Qué dice ese imbécil?--exclamó el bufón--; indudablemente los buenos mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos.

--¿Qué habláis de señor, mi querido tío?--dijo Juan Montiño riendo--; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.

--Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco Montiño--; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.

--¡Ta! ¡ta! ¡ta!--dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes--; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.

Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.

--¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro.

--Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contestó el otro lacayo.

--Indudablemente--dijo un soldado--, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.

--Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería--dijo el otro soldado--, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.

--No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.

--¡Qué miedo ni qué berenjenas!--dijo el otro picado--; consistirá en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichón--, dijo el soldado quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.

--Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo á quien después del lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; ¿qué será eso?

--Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo--dijo el otro soldado.

--Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostería que traía sobre las dos manos una enorme cazuela--; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.

--¿Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias á que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino.

Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa.

--Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.

Pero pasemos adelante.

En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.

Inesilla les servía.

El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.

--¿Y qué decís de esto?--dijo entre un bocado, un guiño y una galantería soldadesca á la muchacha el alférez.

--¿De qué queréis que diga?--contestó Velludo--; ¿de esta buena moza, de estas perdices, ó de vos?

--No por cierto; de lo que acaba de suceder.

--Ello dirá.

--Por lo pronto--exclamó el alférez--, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, vive Dios! ¡paradas de valiente!

--Es mucho mozo.

--Pero esta chica es mejor moza.

--¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.

La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto género.

Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.

--¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?

--Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte--dijo el alférez--; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?

--Ninguno--dijo la muchacha.

--¡Ah! pues entonces jugaremos.

--¿Y qué vamos á jugar?

--El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.

--Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos--dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.

--¡Ah!--dijo el alférez--, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.

--¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?

--Nada más.

--Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.

Y la muchacha salió.

--Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alférez.

--¿Por qué?

--Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.

--Bendígala Dios, y paso.

--Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.

--Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.

A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.

Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.

Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.

Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.

--¿Pero qué os sucede, tío?

--En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.

--¿Qué estáis diciendo?

--La verdad.

--Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.

--Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!

--Pero entonces vos no sois Montiño.

--Al contrario, vos sois el que no lo sois.

--¿Yo?

--Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, después del rey, el más grande de España.

Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no cabal el juicio, y dijo:

--¿Y quién es esa noble persona?

--Aquí en este cofre debe decirlo.

--¿Pero vos no lo sabéis?

--El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.

Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:

«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»

Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.

--Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven.

--Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.

--¡Ah!

Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.

Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.

--¡Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos.

--A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan.

El cocinero abrió con mano trémula el cofre.

Apareció primero un paño de seda azul.

Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.

Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.

Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones de á ocho.

Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.

Contados los rollos, eran cuarenta.

Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.

Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.

Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.

Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.

A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.

--¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!--exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.

Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.

Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.

--Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.

--Sí, veámoslo, señor, veámoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor.

Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.

Tomó uno á la ventura y leyó:

Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.

La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama.

Juan apartó aquel papel y tomó otro.

En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas.

Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su hijo don Juan Girón.

Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia podía gozar desde su nacimiento.

El último papel era una carta del duque para su hijo.

El contexto de aquella carta era solemne.

Decía así:

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo natural, don Juan Girón.

»Hijo mío:

»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis llevar sin mancharle mi apellido.

»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento.

»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.

»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para abrazaros.

»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.

»Creo que baste con lo que os digo.

»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendición de vuestro padre,

»EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREÑA.»

--¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?--dijo todo trémulo Francisco Martínez Montiño.

Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.

En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.

Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.

Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:

--Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.

--¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!

--Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.

--¿Y si me lo roban, señor?

--¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!

--Pero...

--Adiós, ya os veré.

Y don Juan salió.

--¡Pero está loco, Dios mío!--dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes--. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.

Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.

--¡Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareció éste añadió--: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.

Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.

Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:

--¿Y el gasto, señor?

--¡Cómo! ¿No han pagado?--dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.

--Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...

--¿Y cuánto es la cuenta?--dijo todo turbado el señor Francisco.

--Quince ducados, señor.

--¡Quince ducados!--exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilísimo carácter del cocinero--; ¿pues cuántas gentes han comido y bebido?

--Dos hidalgos, señor, cuatro criados...

--Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregüescos--; tomad y adiós. Con muchas cuentas como ésta os ponéis rico.

--Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor.

--¡A palacio!--dijo Montiño á los suyos.

Y se puso en marcha delante de ellos.

CAPÍTULO XXXIX

DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE ESPERA DESESPERA

Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró á mano.

El joven estaba aturdido.

No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.

El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.

Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.

Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres.

Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen judíos convertidos, apadrinados por algún grande.

Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de otro modo.

No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.

Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su hijo.

Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.

Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma.

Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.

Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor violento que el joven había concebido por doña Clara.

Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.

Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven.

Don Juan, pues, tenía fiebre.

Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para sí:

--El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.

Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:

--Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi mujer, la otra será mi querida.

Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.

Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y á la casa de la Dorotea.

Al llegar á la puerta retrocedió.

Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.

--¡Quién va!--dijo don Juan poniendo mano á su espada.

--Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la mañana!

--¡Don Francisco!--exclamó admirado el joven--; ¿qué hacéis aquí?

--Esperar para deshacer.

--¿Para deshacer qué?

--Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.

--¡Vos!

--Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dónde pararse.

--¡Ah, esperábais!

--Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.

--No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace daño.

--¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?--dijo Quevedo con intención.

--El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos con un cofre, y en ese cofre...

--Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, ¿qué es lo que sabéis?

--Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.

--Pero, ¿quién es vuestro padre?

--El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los ejércitos de su majestad--dijo con amargura el joven.

--¿Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono.

--Pésame por mi madre.

--¿Sabéis quién es vuestra madre?

--No; ¿y vos?

--Tampoco--contestó prudentemente Quevedo.

--Pero, ¿sabíais que el señor duque?...

--Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la carátula.

--¿Y qué hacer?

--Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.

--¿Acaso una carta de mi padre?

--De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.

--Pero, ¿de quién es?

--Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.

--¡De doña Clara!--exclamó alentando apenas el joven.

--¡Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor, á pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.

--¡Celos!

--Como que ama.

--¿Y os ha dado esta carta para mí?

--Mirad á lo que por vos me reduzco.

--¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.

--¿Por leer? Pues leamos.

--¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!

--Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.

Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.

--De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva--dijo--no conozco otra como la mujer.

Y siguió á paso lento.

Entretanto don Juan había doblado la esquina.

Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.

Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara:

«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.--Doña Clara Soldevilla.»

El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una revolución poderosa en quien las experimenta.

Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen.

Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.

--¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!--dijo--. ¡Como su padre! ¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y hace frío y llueve. ¡Don Juan!

El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.

--Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.

--Vamos--dijo el joven.

Y tiró adelante.

--No es por ahí--dijo Quevedo.

--Pues guiadme vos.

--Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.

Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.

Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.

Al primer llamamiento nadie contestó.

--¿Qué es esto?--dijo don Juan--, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?

--No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!

Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.

--¿Quién llama?--dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.

--¿No os lo dije? dormían--contestó Quevedo--; ¿pero qué hacéis que no contestáis?

--¿Quién es?--dijo la voz de adentro más despierta.

--El capitán Juan Montiño--contestó don Juan.

Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.

--Entrad--dijo la mujer.

Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.

--Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.

--¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?

--Créolo así.

--Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer--dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.

--¿Os han dado algún mandato para mí?--dijo Quevedo.

--Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.

--De las dos majestades, ¿cuál me espera?

--Su majestad el rey.

--¡Ah! pues corro--dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.

--¿Sabéis el camino?

--Aprendíle ha rato.

--Pues id con Dios.

--Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.

--¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.

--No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.

--Y vos debéis iros por la izquierda--dijo la mujer.

--Bien me lo sé.

--Adiós.

--Adiós.

Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.

--¿Dónde estáis, caballero?--dijo la joven que había abierto el postigo.

--Junto á vos, á lo que parece--contestó don Juan.

--Dadme la mano que os guíe.

Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.

Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven:

--Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.

Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la luz.

CAPÍTULO XL.

DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO

De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un velón de cuatro mecheros.

Don Juan no pasó de la puerta.

Al verla se quedó tan inmóvil como ella.

Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.

Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.

Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.

Estaba maravillosamente vestida.

Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.

Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de plata y seda.

Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente hermoso.

--Acercáos--dijo con acento dulce doña Clara.

--¿Para qué me habéis llamado?--exclamó el joven con afán acercándose.

--Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he enviado con don Francisco.

--He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. ¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?

--Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?

--Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de hallaros en un grande compromiso.

--Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.

--¡Que os casáis!

--Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.

Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.

Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.

El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnífico lazo de brillantes.

--He aquí lo que me casa con vos--dijo doña Clara con la voz firme y lenta, aunque grave.

--¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!--exclamó el joven con una explosión de alegría--; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!

Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se dejó caer.

Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á doña Clara.

De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su corazón y exclamó:

--Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.

--Cuando seáis mi esposo.

--Pero eso será pronto...

--¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.

--Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado vuestros desdenes de anoche.

--Los ha cambiado este rizo.

--Pero ese rizo...

--Es mío.

--¿Y no me diréis más?

--Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.

--Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?

--Sí por cierto, me obliga mi corazón.

--¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...

--¿Quién sabe?

--Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.

--¿Y qué no asoma?

--Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.

--¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?

--He querido y quiero... pero según os veo... me niego...

--¡Ah, os negáis!

--No quiero ayudar á que os sacrifiquen.

--¡Don Juan!...

--¿Por qué me llamáis don Juan?

--Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?

--Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...

--Eso no importa nada...

--¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...

--¡Cómo! ¿sabéis?...

--¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...

--Del gran duque de Osuna, y...

--¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis el de mi padre?

--¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...

--No, ¿y vos?

--Tampoco...

--Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.

--Lo he sabido por una casualidad esta noche...

--Yo lo supe ayer...

--¿Quién os lo dijo?...

--Vuestro supuesto tío...

--¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...

--Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.

--Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.

Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.

Esta la leyó.

--Me caso con vos--dijo, devolviéndosela.

--Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.

--¿No me amáis?...--dijo con impaciencia doña Clara...--pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?

--Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?

--Son las tres de la mañana--dijo doña Clara--y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.

--Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...

--¿Qué?...

--En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, señora...

Y el joven se metió la mano en el bolsillo.

--Después, muy después--dijo doña Clara--; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid.

Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba la excitación de que estaba poseída.

Don Juan la siguió.

Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas.

Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.

[imagen: Doña Clara Soldevilla.]

CAPÍTULO XLI

DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY

--Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco--decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--añadía--que tenéis una perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad.

Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.

--¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará--dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta de la primera antecámara del cuarto del rey.

Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á dormirse.

Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado.

El ayuda de cámara despertó á su majestad.

--Pronto amanece hoy--dijo el rey.

--Son las tres de la mañana, señor--dijo el ayuda de cámara.

--¡Ah! ¡son las tres de la mañana!--dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara--; ¿quién es ese?--añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.

--Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor--dijo el ayuda de cámara.

--¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.

--Perdóneme vuestra majestad, señor--dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.

--¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.

Quevedo no contestó.

--¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?--dijo el rey.

--Andan los tiempos muy crudos, señor--contestó Quevedo.

--Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?

--No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.

--¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.

Quevedo fué á una puerta y dijo:

--Su majestad llama.

--Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.

Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.

Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.

--Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala noche.

--No la paso yo mejor--dijo Quevedo.

--Vos os divertís; yo me fastidio.

--Pues os doy la diversión por dos blancas.

--Os juro que no puedo dormir.

--Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.

--Yo os había llamado para algo.

--Yo creía que para algo era venido.

--Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...

--¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinándose profundamente.

--Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.

--Y yo con mucha frecuencia las palabras.

--¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?

--Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.

--¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?

--Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.

--Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.

--¿Y á qué, señor?...

--A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.

--¿Apostamos--dijo para sí Quevedo--á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor--dijo en voz alta--, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.

--No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?

--Que no es mío.

--¡Ah! pues por vuestro os le dan.

--Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo.

--¿Está contento con su virreinato de Nápoles?

--Nada debe de dolerle, porque no se queja.

--¿Y vos, estáis contento aquí?

--Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco.

--Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué decíamos, don Francisco?

--Yo no decía nada.

--Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de cierto hijo.

--No entiendo á vuestra majestad.

--Pues hablemos de un sobrino.

--Lo entiendo menos.

--De un rizo...

--Continúo á obscuras...

--De unas estocadas...

--Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.

--Pues señor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada.

--Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.

--Y siendo venido para que os vayáis.

Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.

--Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo.

El rey no le contestó: se había dormido.

Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.

--¿Y qué debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vió en la galería--. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.

Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.

--¡Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.

--Hábito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?

--Mi señora os llama.

--¿Y quién es vuestra señora?

--La señora condesa de Lemos.

--¡Ah! pues sed mi estrella.

--¡Qué!

--Que me guiéis.

--Seguidme.

La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de Sandoval.

--Gracias á Dios que el rey os ha soltado--dijo.

--¿Y por qué esas gracias?

--Os esperan.

--¿Dónde?

--En el oratorio de la reina.

--Pues no adivino.

--¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de una boda?...

--¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey.

--No importa, yo represento como madrina á la reina.

--¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para representar un matrimonio! ¿Y los testigos?

--Son de la casa.

--¿Se trata de un casamiento secreto?

--No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.

--Pues entonces no es la boda que yo creía.

--Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña Clara Soldevilla.

--¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...

--No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.

--¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!

--¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...

--El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...

--Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.

--Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.

--Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.

--¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!

--La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que doña Clara se sacrifica por ella.

--¡Mentira, mentira y más mentira!

--Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, esperando únicamente por vos.

--¿Y quiénes son los testigos?

--Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.

--Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!

--Ya dormiréis bien esta noche...

Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él por una puerta.

CAPÍTULO XLII

DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO PENSABA EN MORIR

Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el joven, volvieron.

Pero volvieron casados.

Don Juan miraba de una manera avara á la joven.

La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.

Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular que era feliz.

Y sin embargo, no miraba al joven.

Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.

Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo:

--Esperad un momento, señor.

El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.

La puerta se cerró.

Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa.

Y esto era lógico.

El cuarto de su mujer, era su cuarto.

¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!

Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor afortunado.

¡Suya doña Clara!

¡Su mujer doña Clara!

¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su compañera de por vida!

Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría de impaciencia.

Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los cabellos.

--¡Oh! ¡felicidad mía!--exclamó el joven levantándose con tal rapidez, que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.

La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.

Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba.

--Apartad, señor, apartad--dijo doña Clara con voz dulce--; vuestra esposa os lo suplica.

Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.

--¿Es verdad que me amáis tanto?...--exclamó la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros á don Juan.

--Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento?

--Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.

--Pero...

--Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?

--Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.

--No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo como soy vuestra mujer.

--¿Me decís al fin que me amáis?

--Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...

--¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?

--No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!

--Y sin embargo, os habéis casado conmigo.

--Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera podido buenamente ser esposa.

--¿Sin amor?

--Sin amor.

--¿Pero qué misterio, qué razones son esas?

--Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.

--¡Este rizo vuestro!--exclamó el joven besándole con locura--. Pero esta joya...

--Es necesario que la dejéis en el rizo.

--La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...

--Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?

--Seguid, señora.

--Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso...

--No pienso que tenga ocasión de hablarme.

--Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.

--¿Como esposo vuestro?

--Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia española.

--¡Ah! ¡conque yo soy capitán!

--Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:

--Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.

--Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á dárosla.

Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á don Juan.

--Esta provisión ha sido vendida y revendida--dijo el joven.

--Se ha comprado para vos.

--¿Y quién la ha comprado?

--La reina.

--¡Me paga el servicio casual que la he hecho!

--No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay con qué pagarlo.

--Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la pagaré.

--No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.

--Sea lo que vos queráis--dijo el joven guardando la provisión.

--Sea lo que debe ser--dijo doña Clara--; continuemos: como capitán de la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.

--Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.

--Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doña Clara--: ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa... venid... vais á conocer á mi madre.

Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.

Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.

En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.

Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y por su expresión, muy principal dama.

--Esa era mi madre--dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.

--¡Ah! ¡digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido.

--¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?

--Como debéis estarlo de vos misma.

--No hablemos de mí--dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible. Volvámonos á donde estábamos.

Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña Clara.

Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.

--Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí. Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.

--¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos me amáis aún!

--Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.

--Como yo...

--Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.

--¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan.

Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven:

--Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que, habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.

--Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre, vuestra madre no le desesperó--dijo el joven, que no desaprovechaba ocasión.

Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.

--Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.

Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la alzó.

En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de doña Clara, su amor crecía.

La joven continuó:

--La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó, no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer, porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.

--¡De tristeza! ¡de amor!--exclamó don Juan.

--Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había años en que no venía.

--¡Ah!--exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.

--Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña, le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal situación, no merece ser amada.

--¡Oh! ¡no seré soldado!--exclamó don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois vos.

--Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero después no: ¡no quiero morir como mi madre!

--¡Oh, Clara de mi alma!--exclamó el joven, recibiendo el puro, el glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al pronunciar sus últimas palabras--; ¡vos me amáis!

--Os amaré si merecéis que os ame--dijo doña Clara volviendo á apagarse, por decirlo así.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:

--Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó, me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer acceso, me dijo:

--«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en los cielos!»

Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor, porque desde hoy lo son vuestros.

--Amarélos yo porque vos los apreciáis--dijo don Juan.

--Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño; cariño que creció de día en día y que hoy--vos lo debéis saber, señor, porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo--ha llegado á ser amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad, que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

--¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclamó el joven--, porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.

--Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?

--Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.

--Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas cartas, señor?

--Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí aquellas cartas.

--¿Y qué habéis pensado de la reina?

--Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien.

--Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.

--Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...

--Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doña Clara con amargura.

--Hacíais un sacrificio por su majestad.

--Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero, volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese secreto.

A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del rizo, por último.

--En tal situación--prosiguió doña Clara--, habiendo tomado la reina en su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo... Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el sacrificio.

--Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

--¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

--Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un hombre... amarle...

--¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!

--Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de ese sacrificio.

El acento de don Juan era lúgubre.

Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.

--¡Sentáos!--dijo con acento lleno y grave doña Clara.

El joven se sentó.

--¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi sacrificio?--dijo con acento singular doña Clara.

--¿De qué manera? ¿De qué manera decís?--exclamó el joven, con la mirada extraviada y la voz sombría--. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!

--¡Dios mío!--exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y asiendo una mano de don Juan--. ¿Qué habláis de morir?

--Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los provocaré y me dejaré matar.

--¡No!--contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía temblaba de una manera violenta.

--Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y me matarán.

--¡No!--repitió de una manera profunda doña Clara.

--¿Y para qué quiero yo vivir--dijo el joven con profundísima amargura--, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un doloroso sacrificio por su majestad?

--¡Y esa comedianta!--exclamó doña Clara con acento seco y rápido, acercándose más al joven.

--¡Dorotea!

--Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.

--¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?

--Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?

--¡Dios mío!

--Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.

--¡Celos vos de mí!

--Venid conmigo--dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de nuevo á su dormitorio.

Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que cubría el retrato de su madre.

--Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.

--Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo Sacramentado.

--Yo os amo con toda mi alma--exclamó doña Clara--, os amo desde que anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo, señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis, ¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los brazos, cayó de rodillas y lloró.

CAPÍTULO XLIII

CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y fríos.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la Dorotea no le oyese.

Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer era doña Clara y que la acompañaba un hombre.

Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.

Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión de felicidad.

Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el siguiente diálogo:

--A las once volveré y me presentaré al rey contigo--dijo don Juan.

--Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré las joyas de tu madre.

--¡Adiós, mi cielo!

--Adiós, mi señor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.

Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró la puerta.

Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.

Siguióla don Juan de Guzmán.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa.

--¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!--exclamó con voz ronca--; ¡luego se han casado!

--Una dama tal como doña Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya sabía yo que ese buen mozo os engañaba.

--¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.

--Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.

--Pero salgamos pronto de aquí.

--Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que aún no se ve bien claro.

--Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que dijese el portero:

--Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al través de la cual pasaba la lluvia.

--La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alcázar.

Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.

Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les favorecía.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su seguimiento.

Era el bufón.

Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.

Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados de la guardia española.

Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un encontrón formidable.

--¡Por mis desdichas!--exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.

--¡Cien legiones de demonios!--exclamó el bufón.

--¡Tío Manolillo!--exclamó el cocinero acercándose á él con ansia--; Dios os envía.

--Y á vos el diablo, para que me detengáis.

--Soy el hombre más desdichado del mundo--añadió el cocinero.

--Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y soltad, y adiós.

Y escapó.

--Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los soldados--, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.

--Muy bien, señor Francisco--dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor.

Asióse al fin á su brazo.

--¿Qué me queréis? ¡por mi vida!--exclamó el bufón sin cesar de correr.

--Pediros consejo.

--Dádmelo y lo agradeceré.

--Me están sucediendo cosas crueles.

--A mí me pasan cruelísimas.

--Nos aconsejaremos mutuamente.

--No necesito consejos.

--Yo sí, los vuestros.

--Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y correr.

Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor y la Dorotea.

El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

--¿Quién vivirá en esa casa?--dijo el tío Manolillo parándose, cuando vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y había vuelto á cerrarse la puerta.

--¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?--dijo el cocinero mayor.

--Lo averiguaré--dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.

--Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

--¿Qué me podéis decir vos?...

--Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del sargento mayor don Juan de Guzmán.

--¿Y nadie más?

--Nadie más que una dueña y un escudero.

--¿Y quién es esa mujer?

--Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.

--¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?

--Cabalmente frente á ella hay una taberna.

--¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.

--Y yo también; vamos, que yo pago.

--Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

--Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!

Y se encaminaron á la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar.

--Según lo que yo he entendido--dijo el bufón--, vos tenéis la culpa de todo, señor Francisco Montiño.

--¿De qué tengo yo la culpa?

--De lo que á entrambos nos está sucediendo.

--A mí me suceden muchas cosas malas.

--A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

--¡Peores! yo no tengo mujer.

--No la habéis tenido nunca.

--Yo no tengo hija.

--Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.

--¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.

--Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...

--Es que no le tengo.

--Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado en el alcázar antes de anoche.

--Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...

--Lo de vuestra mujer había sucedido antes.

--Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

--Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

--Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo me voy á morir, tío Manolillo.

--¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene cargado con un cestón?

--¿No veis que tiene librea?

--Sí por cierto.

--¿Amarilla y encarnada?

--Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?

--El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.

--¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?

--Sí por cierto.

--¿Y es querida del duque de Uceda?

--No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse á las mujeres.

--¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano--dijo el bufón.

--Y de las mujeres y de los viejos--añadió el cocinero.

--¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?

--Anda en vísperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero mayor.

--Explicáos...

--Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.

--¿Habéis andado vos en ello?

--Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque sin nombrar la persona, á esa mujer.

--¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

--Acertádolo habéis.

--Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre, ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea, y ya lo sé; con que pagad y vámonos.

--Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!

--Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo el tabernero.

--Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?

--Falta, señor, falta...

--Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más de eso?

--Un real.

--Tomadle.

--Dios guarde á vuestra merced muchos años.

--De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?--dijo el cocinero mayor viendo que el bufón se ponía de pie.

--Que nos vamos.

--¿Y no me dais los consejos que os he pedido?

--Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

--¡No puedo!

--Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.

Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente, á la que llamó.

El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del Santo Oficio, que le dijo:

--¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...

--Yo soy--contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con un alguacil del Santo Oficio.

--Veníos conmigo.

--Os lo agradezco--dijo Montiño haciéndose el sueco--, pero es la hora de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis, amigo, soy cocinero mayor del rey.

--Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo os vendréis mal que os pese.

--¿Y si no quiero ir?

--Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.

--¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.

--Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.

--¡Ah! ¡el inquisidor general!

--Sí, por cierto.

--¡Y no hay remedio!

--No, señor.

--¿Y si yo os diera diez doblones?

--No puedo.

--¿Y si os diera veinte?

--Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es porque no puedo.

--Decid que no me habéis encontrado.

--Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

--¿Y qué saben?

--Saben que vengo á prenderos.

--¿Que lo sabe todo el mundo?

--Mirad á aquella esquina--. Montiño miró de una manera nerviosa.

--¿No veis allí una silla de mano?

--Sí; sí, señor.

--Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.

--Pero... un momento... un momento...

--Ni un instante.

--Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa.

Meditó un momento el alguacil.

--Se entiende que yo iré con vos.

--Venid--dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.

--Vamos, pues--dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

--De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.

--¡Asesino!--murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazón.

--Esto es poco--dijo el tremendo alguacil.

--No tengo más.

--Tendréis en vuestra casa.

--Puede ser.

--Pues vamos.

Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre.

--¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!--dijo el cocinero mayor dándole con el pie--; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven eso á mi aposento.

--Pero ¿dónde vais con ese ministro?--dijo el portero.

Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:

--Es un amigo á quien convido.

--¡Ah!--dijo el portero--creía...

--Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

--No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin disminuir los ahorros--se quedó murmurando el portero.

Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.

Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto, fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

--Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad.

--¿De qué me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignación--; ¿quién ha permitido á este lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

--La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que vuesa merced le perdonaba.

--¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente más maleante del mundo.

--Mi mujer tiene las entrañas muy blandas--dijo tragando la saliva más amarga que la hiel--; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

--Muchas gracias, señor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las últimas palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.

Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por un brazo.

--Pero señor--dijo Montiño--, ¿creíais que me iba á escapar?

--No; no, señor--dijo el alguacil--, pero podríais olvidaros de mí, entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que volviérais de vuestro paseo.

--¡Asesino! ¡asesino!--murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su proyecto de escapatoria.

Y llamó á la puerta.

Le abrió su mujer en persona.

Estaba pálida y ojerosa.

Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala cara.

--Buena hora es de venir á su casa un hombre casado--dijo con mal talante Luisa--; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os esperan.

--Eso es, ríñeme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas me tienen ocupado.

--Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.

Palideció levemente Luisa.

--¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?

--Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no son para comunicados á mujeres.

--No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo había creído...

--Has creído mal.

--Has pasado dos noches fuera de casa.

--La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo á su majestad.

--No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien.

Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos domésticos, y estaba delante del alguacil.

--¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?--dijo el cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su autoridad doméstica.

--Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...

--Bien, bien--dijo Montiño--; todo está muy bien: tú haces lo que quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?

--En el cuarto de adentro.

Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.

El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.

--Meted eso aquí--dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta.

--Idos--dijo Montiño á los mozos y al soldado.

--¿Y no nos dais para beber?--dijo este último--; mis camaradas se han ido rendidos.

Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo, cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.

Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella especie de sancta sanctorum del cocinero mayor.

Este cerró la puerta.

--Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, ¿cuánto queréis y me dejáis libre?

--Nada.

--Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...

--Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.

Montiño tuvo en los labios la palabra os haré rico; pero meditó que acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió, cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no tardaría, salió del alcázar con el corchete.

Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á cuya puerta se paró.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.

Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:

--Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú las perdices asadas con aceite.

--Sí, hombre, sí.

--No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?

--Un color así, dorado blanquizco.

--Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el pico.

--No se me escapará.

--Veremos si eres hombre de ingenio.

--Descuida.

--Procura que sea de los primeros platos.

--Ya...

--Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...

--Descuida, hombre, descuida.

--Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.

--Te avisaré.

--Adiós.

--Adiós.

Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.

CAPÍTULO XLIV

LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO

Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del alcázar, transformado, gozando de una nueva vida.

Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra.

Aquella nube era Dorotea.

Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía sentir un impulso de ardiente caridad.

Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual.

Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo.

Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y le había consagrado sin saberlo á dos mujeres.

Don Juan había salido á la ventura.

No sabía dónde ir.

No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su mujer.

Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.

¿Pero dónde buscar aquel traje?

Y luego, ¿con qué dinero?

No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había dado su supuesto tío.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro de pedrería en los bolsillos.

--Empeñaré una de estas alhajas--se dijo--y punto concluído... pero ¿y dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

--¡Ah!--dijo el joven--la casa donde dormí anteanoche... paréceme aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la casa?...

Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer la calle y la casa á las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.

Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

--Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.

Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas, y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando pan y queso.

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