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La vuelta al mundo en ochenta días

Julio Verne · 1885 · Free in the US

66,150 words · about 4 h 38 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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Licence: PD-US · Published in 1885 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=La_vuelta_al_mundo_en_ochenta_días&action=history). · Wikisource contributors

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Language
Spanish
Published
1885
Length
66,150 words · about 4 h 38 min
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38 reader sections
Text
Digital text
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Public domain in the United States

 

Contents (38)
  1. Front matter under 1 min
  2. Capítulo I about 7 min
  3. Capítulo II about 5 min
  4. Capítulo III about 9 min
  5. Capítulo IV about 4 min
  6. Capítulo V about 5 min
  7. Capítulo VI about 6 min
  8. Capítulo VII about 4 min
  9. Capítulo VIII about 5 min
  10. Capítulo IX about 7 min
  11. Capítulo X about 7 min
  12. Capítulo XI about 11 min
  13. Capítulo XII about 9 min
  14. Capítulo XIII about 9 min
  15. Capítulo XIV about 9 min
  16. Capítulo XV about 8 min
  17. Capítulo XVI about 7 min
  18. Capítulo XVII about 9 min
  19. Capítulo XVIII about 6 min
  20. Capítulo XIX about 9 min
  21. Capítulo XX about 8 min
  22. Capítulo XXI about 11 min
  23. Capítulo XXII about 9 min
  24. Capítulo XXIII about 8 min
  25. Capítulo XXIV about 8 min
  26. Capítulo XXV about 9 min
  27. Capítulo XXVI about 8 min
  28. Capítulo XXVII about 9 min
  29. Capítulo XXVIII about 11 min
  30. Capítulo XXIX about 9 min
  31. Capítulo XXX about 9 min
  32. Capítulo XXXI about 8 min
  33. Capítulo XXXII about 5 min
  34. Capítulo XXXIII about 10 min
  35. Capítulo XXXIV about 4 min
  36. Capítulo XXXV about 6 min
  37. Capítulo XXXVI about 5 min
  38. Capítulo XXXVII about 4 min

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LA

VUELTA AL MUNDO

EN OCHENTA DÍAS

Capítulo I

Phileas Fogg.

LA VUELTA AL MUNDO

EN OCHENTA DIAS

DE CÓMO PHILEAS FOGG Y PICAPORTE SE RECIVEN MUTUAMENNE EN CALIDAD DE AMO EL UNO, Y EN CALIDAD DE CRIADO EL OTRO.

En el año 1872, la casa número 7 de Saville-row, Burlington Gardens. —en la cual murió Sheridan en 1814— estaba habitada por Phileas Fogg, esq., quien á pesar de que parecía haber tomado el partido de no hacer nada que pudiese llamar la atencion, era uno de los miembros más notables y singulares del Reform Club de Londres.

Por consiguiente, Phileas Fogg, personaje enigmático y del cual sólo se sabía que era un hombre muy galante y de los más cumplidos gentlemen de la alta sociedad inglesa, sucedía á uno de los más grandes oradores que honran á Inglaterra.

Decíase que se daba un aire á lo Byron,— su cabeza, se entiende, porque en cuanto á los pies, no tenía defecto alguno;— pero á un Byron de bigote y patillas, á un Byron impasible, que hubiera vivido mil años sin envejecer.

Phileas Fogg, era inglés de pura cepa; pero quizás no había nacido en Londres. Jamás se le había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos mercantiles de la City. Ni las dársenas ni los docks de Londres recibieron nunca un navío cuyo armador fuese Phileas Fogg. Este gentleman no figuraba en ningún comité de administracion. Su nombre nunca se había oído en un colegio de abogados, ni de en Gray s Inn. Nunca informó en la Audiencia del canciller, ni en el Banco de la Reina, ni en el Echequer, ni en los Tribunales Eclesiásticos. No era ni industrial, ni negociante, ni mercader, ni agricultor. No formaba parte ni del Instituto Real de la Gran Bretaña ni del Instituto de Londres, ni del Instituto de los Artistas, ni del Instituto Russel, ni del Instituto Literario del Oeste, ni del Instituto de Derecho, ni de ese Instituto de las Ciencias y las Artes Reunidas que está colocado bajo la proteccion de Su Graciosa Majestad. En fin, no pertenecía á ninguna de las numerosas Sociedades que pueblan la capital de Inglaterra, desde la Sociedad de la Armónica hasta la Sociedad Entoniológica, fundada principalmente con el fin de destruir los insectos nocivos.

Phileas Fogg era miembro del Reform Club, y nada más.

Al que hubiese extrañado que un gentleman tan misterioso alternase con los miembros de esta digna asociacion, se le podría haber respondido que entró en ella recomendado por los señores Baring Hermanos. De aquí cierta reputacion debida á la regularidad con que sus cheques eran pagados á la vista por el saldo de su cuenta corriente, invariablemente acreedor.

¿Era rico Phileas Fogg? Indudablemente. Cómo había realizado su fortuna, es lo que los mejor informados no podían decir, y para saberlo, el último á quien convenía dirigirse era míster Fogg. En todo caso, aun cuando no se prodigaba mucho, no era tampoco avaro, porque en cualquier parte donde faltase auxilio para una cosa noble, útil ó generosa, solía prestarlo con sigilo y hasta con el velo del anónimo.

En suma, encontrar algo que fuese menos comunicativo que este gentleman, era cosa difícil. Hablaba lo menos posible y parecía tanto más misterioso cuanto más silencioso era. Llevaba su vida al día; pero lo que hacía era siempre lo mismo, de tan matemático modo, que la imaginacion descontenta buscaba algo más allá.

¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera hallarse, del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos ó extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y á menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, á lo menos, de memoria.

Lo cierto era que desde hacía largos años Phileas Fogg no había dejado Londres. Los que tenían el honor de conocerle más á fondo que los demás, atestiguaban que -excepcion hecha del camino diariamente recorrido por él desde su casa al club- nadie podía pretender haberio visto en otra parte. Era su único pasatiempo leer los periódicos y jugar al whist. Solía ganar á ese silencioso juego, tan apropiado á su natural, pero sus beneficios nunca entraban en su bolsillo, que figuraban por una suma respetable en su presupuesto de caridad. Por lo demás- bueno es consignarlo-, míster Fogg, evidentemente jugaba por jugar, no por ganar. Para él, el juego era un combate, una lucha contra una dificultad; pero lucha sin movimiento y sin fatigas, condiciones ambas que convenían mucho á su carácter.

Nadie sabía que tuviese mujer ni hijos- cosa que puede suceder á la persona más decente del mundo-, ni parientes ni amigos- lo cual era en verdad algo más extraño-. Phileas Fogg vivía solo en su casa de Saville Row, donde nadie penetraba. Un criado único le bastaba para su servicio. Almorzando y comiendo en el club á horas cronométricamente determinadas, en el mismo comedor, en la misma mesa, sin tratarse nunca con sus colegas, sin convidar jamás á ningún extraño, sólo volvía á su casa para acostarse á la media noche exacta, sin hacer uso en ninguna ocasion de los cómodos dormitorios que el Reform Club pone á disposicion de los miembros del círculo. De las veinticuatro horas del día, pasaba diez en su casa, que dedicaba al sueño ó al tocador. Cuando paseaba, era invariablemente y con paso igual, por el vestíbulo que tenía mosaicos de madera en el pavimento, ó por la galería circular coronada por una media naranja con vidrieras azules que sostenían veinte columnas jónicas de pórfido rosa, Cuando almorzaba ó comía, las cocinas, la repostería, la despensa, la pescadería y la lechería del club eran las que con sus suculentas reservas proveían su mesa; los camareros del club, graves personas vestidas de negro y calzados con zapatos de suela de fieltro, eran quienes le servían en una vajilla especial y sobre admirables manteles de lienzo sajón; la cristalería ó molde perdido del club era la que contenía su sherry, su oporto ó su clarete mezclado con canela, capilaria ó cinamomo; en fin, el hielo del club- hielo traído de los lagos de América á costa de grandes desembolsos-, conservaba sus bebidas en un satisfactorio estado de frialdad.

Si vivir en semejantes condiciones es lo que se llama ser excéntrico, preciso es convenir que algo tiene de bueno la excentricidad.

La casa en Saville Row, sin ser suntuosa, se recomendaba por su gran comodidad. Por lo demás, con los hábitos invariables del inquilino, el servicio no era penoso. Sin embargo, Phileas Fogg exigía de su único criado una regularidad y una puntualidad extraordinarias. Aquel mismo día, 2 de octubre, Phileas Fogg había despedido á James Foster, por el enorme delito de haberle llevado el agua para afeitarse á 84 grados Fahrenheit en vez de 85, y esperaba á su sucesor, que debía presentarse entre once y once y media.

Phileas Fogg, rectamente sentado en su butaca, los pies juntos como los de los soldados en formacion, las manos sobre las rodillas, el cuerpo derecho, la cabeza erguida, veía girar el minutero del reloj, complicado aparato que señalaba las horas, los minutos, los segundos, los días y años. Al dar las once y media, mister Fogg, según su costumbre diaria debía salir de su casa para ir al Reform Club.

En aquel momento llamaron á la puerta de la habitacion que ocupaba Phileas Fogg.

El despedido James Foster apareció y dijo:

—El nuevo criado.

Un mozo de unos 30 años se dejó ver y saludó.

—¿Sois francés y os llamáis John?— Le preguntó Phileas Fogg.

—Juan, si el señor no lo lleva á mal— respondió el recién venido —. Juan Picaporte, apodo que me ha quedado y que justificaba mi natural aptitud para salir de todo apuro. Creo ser honrado, aunque, á decir verdad, he tenido varios oficios. He sido cantor ambulante, he sido artista de circo donde daba el salto como Leotard y bailaba en la cuerda como Blondín; luego, al fin de hacer más útiles mis servicios, he llegado á profesor de gimnasia, y por último, era sargento de bomberos en París, y aún tengo en mi hoja de servicios algunos incendios notables. Pero hace cinco años que he abandonado la Francia, y queriendo experimentar la vida doméstica soy ayuda de cámara en Inglaterra. Y hallándome desacomodado y habiendo sabido que el señor Phileas Fogg era el hombre más exacto y sedentario del Reino Unido, me he presentado en casa del señor, esperando vivir con tranquilidad y olvidar hasta el apodo de Picaporte.

—Picaporte me conviene— respondió el gentiemen—. Me habéis sido recomendado. Tengo buenos informes sobre vuestra conducta. ¿Conocéis mis condiciones?

—Sí, señor.

—Bien. ¿Qué hora tenéis?

—Las once y veintidós— respondió Picaporte, sacando de las profundidades del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de plata.

—Vais atrasado.

—Perdóneme el señor, pero es imposible.

—Vais cuatro minutos atrasado. No importa. Basta con hacer constar la diferencia. Conque desde este momento, las once y veintinueve de la mañana, hoy miércoles 2 de octubre de 1872, entráis á mi servicio.

Dicho esto, Phileas Fogg se levantó, tomó su sombrero con la mano izquierda, lo colocó en su cabeza mediante un movimiento automático, y desapareció sin decir palabra.

Picaporte oyó por primera vez el ruido de la puerta que se cerraba; era su nuevo amo que salía; luego, escuchó por segunda vez el mismo ruido; era James Foster que se marchaba también.

Picaporte se quedó solo en la casa de Saville-row.

en:Around the World in Eighty Days/I fr:Le Tour du monde en quatre-vingts jours/Chapitre 1 id:Mengelilingi Doenia Dalam 80 Hari/Bab I sv:Jorden rundt på åttio dagar/1

Capítulo II

DE CÓMO PICAPORTE SE CONVENCE QUE AL FIN HA ENCONTRADO SU IDEAL.

—A fe mía— decía para sí Picaporte algo aturdido al principio—, he conocido en casa de madame Tussaud personajes de tanta vida como mi nuevo amo. Conviene advertir que los personajes de madame Tussaud son unas figuras de cera muy visitadas, y á las cuales verdaderamente no les falta más que hablar.

Durante los cortos instantes en que pudo entrever á Phileas Fogg, Picaporte había examinado rápida pero cuidadosamente á su amo futuro. Era un hombre que podía tener unos cuarenta años, de figura noble y arrogante, alto de estatura, sin que lo afease cierta ligera obesidad, de pelo rubio, frente tersa y sin señal de arrugas en las sienes, rostro más bien pálido que sonrosado, dentadura magnífica. Parecía poseer en el más alto grado eso que los fisonomistas llaman "el reposo en la accion" facultad común á todos los que hacen más trabajo que ruido. Sereno, flemático, pura la mirada, inmóvil el párpado, era el tipo acabado de esos ingleses de sangre fría que suelen encontrarse á menudo en el Reino Unido, y cuya actitud algo académica ha sido tan maravillosamente reproducida por el pincel de Angélica Kauffmann. Visto en los diferentes actos de su existencia, este gentleman despertaba la idea de un ser bien equilibrado en todas sus partes, proporcionado con precision, y tan exacto como un cronómetro de Leroy ó de Bamshaw. Porque, en efecto, Phileas Fogg era la exactitud personificada, lo que se veía claramente en la "expresion de sus pies y de sus manos", pues que en el hombre, así como en los animales, los miembros mismos son organos expresivos de las pasiones.

Phileas Fogg era de aquellas personas matemáticamente exactas que nunca precipitadas y siempre dispuestas, economizan sus pasos y sus movimientos. Atajando siempre, nunca daba un paso de más. No perdía una mirada dirigiéndola al techo. No se permitía ningún gesto superfluo. Jamás se le vio ni conmovido ni alterado. Era el hombre menos apresurado del mundo, pero siempre llegaba á tiempo. Pero, desde luego, se comprenderá que tenía que vivir solo y, por decirlo así, aislado de toda relacion social. Sabía que en la vida hay que dedicar mucho al rozamiento, y como el rozamiento entorpece, no se rozaba con nadie.

En cuanto á Juan, alias Picaporte, verdadero parisiense de París, durante los cinco años que había habitado en Inglaterra desempeñando la profesion de ayuda de cámara, en vano había tratado de hallar un amo á quien poder tomar cariño.

Picaporte no era, por cierto, uno de esos Frontines ó Mascarillos, que, altos los hombros y la cabeza, descarado y seco al mirar, no son más que unos bellacos insolentes; no. Picaporte era un guapo chico de amable fisonomía y labios salientes, dispuesto siempre á saborear ó á acariciar; un ser apacible y servicial, con una de esas cabezas redondas y bonachonas que siempre gusta encontrar en los hombros de un amigo. Tenía azules los ojos, animado el color, la cara suficientemente gruesa para que pudieran verse sus mismos pómulos, ancho el pecho, fuertes las caderas, vigorosa la musculatura, y con una fuerza hercúlea que los ejercicios de su juventud habían desarrollado admirablemente. Sus cabellos castaños estaban algo enredados. Si los antiguos escultores conocían dieciocho modos distintos de arreglar la cabeza de Minerva, Picaporte, para componer la suya, sólo conocía uno: con tres pases de batidor estaba peinado.

Decir si el genio expansivo de este muchacho podía avenirse con el de Phileas Fogg, es cosa que prohibe la prudencia elemental. ¿Sería Picaporte ese criado exacto hasta la precision que convenía á su dueño? La práctica lo demostraría. Después de haber tenido, como ya es sabido, una juventud algo vagabunda, aspiraba al reposo. Había oído ensalzar el metodismo inglés y la proverbial frialdad de los gentlemen, y se fue á buscar fortuna á Inglaterra. Pero hasta entonces la fortuna le había sido adversa. En ninguna parte pudo echar raíces. Estuvo en diez casas, y en todas ellas los amos eran caprichosos, desiguales, amigos de correr aventuras ó de recorrer paises, cosas todas ellas que ya no podían convenir á Picaporte. Su último señor, el joven lord Longsferry, miembro del Parlamento después de pasar las noches en los "oystersrooms" de Hay Marquet, volvía á su casa muy á menudo sobre los hombros de los "policemen." Queriendo Picaporte ante todo respetar á su amo, arriesgó algunas observaciones respetuosas que fueron mal recibidas, y rompió. Supo en el ínterin que Phileas Fogg buscaba criado y tomó informes acerca de este caballero. Un personaje cuya existencia era tan regular, que no dormía fuera de casa, que no viajaba, que nunca, ni un día siquiera, se ausentaba, no podía sino convenirle. Se presentó y fue admitido en las circunstancias ya conocidas.

Picaporte, á las once y media dadas, se hallaba solo en la casa de Sara, se ausentaba, no podía sino considerarla recorriendo desde la cueva al tejado; y esta casa limpia, arreglada, severa, puritana, bien organizada para el servicio, le gustó. Le produjo la

Juan Picaporte

impresion de una cáscara de caracol alumbrada y calentada con gas, porque el hidrógeno carburado bastaba para todas las necesidades de luz y calor. Picaporte halló sin gran trabajo en el piso segundo el cuarto que le estaba destinado. Le convino. Timbres eléctricos y tubos acústicos le ponían en comunicacion con los aposentos del entresuelo y del principal. Encima de la chimenea había un reloj eléctrico en correspondencia con el que tenía Phileas Fogg en su dormitorio, y de esta manera ambos aparatos marcaban el mismo segundo en igual momento.

—No me disgusta, no me disgusta—decía para sí Picaporte.

Advirtió además en su cuarto una nota colocada encima del reloj. Era el programa del servicio diario. Comprendía—desde las ocho de la mañana, hora reglamentaria en que se levantaba Phileas Fogg, hasta las once y media en que dejaba su casa para ir á almorzar al Reform Club—todas las minuciosidades del servicio, el té y los picatostes de las ocho y veintitrés, el agua caliente para afeitarse de las nueve y treinta y siete, el peinado de las diez menos veinte, etc. A continuacion, desde las once de la noche—instantes en que se acostaba el metódico gentleman—todo estaba anotado, previsto, regularizado. Picaporte pasó un rato feliz meditando este programa y grabando en su espíritu los diversos artículos que contenía.

En cuanto al guardarropa del señor, estaba perfectamente arreglado y maravillosamente comprendido. Cada pantalón, levita ó chaleco tenía su número de orden, reproducido en un libro de entrada y salida, que indicaba la fecha en que, según la estacion, cada prenda debía ser llevada; reglamentacion que se hacía extensiva al calzado.

Finalmente, anunciaba un apacible desahogo en esta casa de Saville Row— casa que debía haber sido el templo del desorden en la época del ilustre pero crapuloso Sheridan— la delicadeza con que estaba amueblada. No había ni biblioteca ni libros que hubieran sido inútiles para míster Fogg, puesto que el Reform Club ponía á su disposicion dos bibliotecas, consagradas una á la literatura, y otra al derecho y á la política. En el dormitorio había un arca de hierro de tamaño regular, cuya especial construccion la ponía fuera del alcance de los peligros de incendio y robo. No se veía en la casa ni armas ni otros utensilios de caza ni de guerra. Todo indicaba los hábitos mas pacíficos.

Después de haber examinado esta vivienda detenidamente. Picaporte se frotó las manos, su cara redonda se ensanchó, y repitió con alegría:

—¡No me disgusta! ¡Ya di con lo que me conviene! Nos entenderemos perfectamente míster Fogg y yo. ¡Un hombre casero y arreglado! ¡Una verdadera máquina! No me desagrada servir á una máquina.

en:Around the World in Eighty Days/II fr:Le Tour du monde en quatre-vingts jours/Chapitre 2 id:Mengelilingi Doenia Dalam 80 Hari/Bab II sv:Jorden rundt på åttio dagar/2

Capítulo III

Phileas Fogg había dejado su casa de Saville Row a las once y media, y después de haber colocado quinientas setenta y cinco veces el pie derecho delante del izquierdo y quinientas setenta y seis veces el izquierdo delante del derecho, llegó al Reform Club, vasto edificio levantado en Pall Mall, cuyo coste de construcción no ha bajado de tres millones.

Phileas Fogg pasó inmediatamente al comedor, con sus nueve ventanas que daban a un jardín con árboles ya dorados por el otoño. Tomó asiento en la mesa de costumbre puesta ya para él. Su almuerzo se componia de un entremés, un pescado cocido sazonado por una "readins sauce" de primera elección, un "rosbif’escarlata de una torta rellena con tallos de ruibarbo y grosellas verdes, y de un pedazo de Chéster, rociado todo por algunas tazas de ese excelente té, que especialmente es cosecha para el servicio de Reform Club.

A las doce y cuarenta y siete de la mañana, este gentlenmen se levantó y se dirigió al gran salón, suntuoso aposento, adomado con pinturas colocadas en lujosos marcos. Allí un criado le entregó el "Times" con las hojas sin cortar, y Phileas Fogg se dedicó a desplegarlo con una seguridad tal, que denotaba desde luego la práctica más extremada en esta difícil operación. La lectura del periódico ocupó a Phileas Fogg hasta las tres y cuarenta y cinco, y la del "Standard", que sucedió a aquél, duró hasta la hora de la comida, que se llevó a efecto en iguales condiciones que el almuerzo, si bien con la añadidura de "royal british sauce".

Media hora más tarde, varios miembros del Reform Club iban entrando y se acercaban a la chimenea encendida con carbón de piedra. Eran los compañeros habituales de juego de mister Phileas Fogg, decididamente aficionados al whist como él: el ingeniero Andrés Stuart, los banqueros John Sullivan y Samuel Falientin, el fabricante de cervezas Tomás Flanagan, y Gualterio Ralph, uno de los administradores del Banco de Inglaterra, personajes ricos y considerados en aquel mismo club, que cuenta entre sus miembros las mayores notabilidades de la industria y de la banca.

-Decidme, Ralph- preguntó Tomás Flanagan-, ¿a qué altura se encuentra ese robo?

-Pues bien- respondió Andrés Stuart-, el Banco perderá su dinero.

-Al contrario -dijo Gualterio Ralph-, espero que se logrará echar mano al autor del robo. Se han enviado inspectores de policía de los más hábiles a todos los principales puertos de embarque y desembarque de América y Europa, y le será muy difícil a ese caballero poder escapar.

-Pero qué, ¿se conoce la filiación del ladrón?- preguntó Andrés Stuart.

-Ante todo, no es un ladrón- rio Ralph con la mayor formalidad.

- Cómo, ¿no es un ladrón el individuo que sustrajo cincuenta y cinco mil libras en billetes de banco?

-No- respondió Gualterio Ralph.

-¿Es acaso un industrial?- dijo John Sullivan.

-El "Morning Chronicle", asegura que es un gentlemen.

El que daba esta respuesta, no era otro que Phileas Fogg, cuya cabeza descollaba entonces entre aquel mar de papel amontonado a su alrededor. Al mismo tiempo, Phileas Fogg saludó a sus compañeros, que le devolvieron la cortesía.

El suceso de que se trataba, y sobre el cual los diferentes periódicos del Reino Unido discutían acaloradamente, se había realizado tres días antes, el 29 de septiembre. Un legajo de billetes de banco que formaba la enorme cantidad de cincuenta y cinco mil libras, había sido sustraído de la mesa del cajero principal del Banco de Inglaterra.

-A los que se admiraban de que un robo tan considerable hubiera podido realizarse con esa facilidad, el subgobernador Gualterio Ralph se limitaba a responder que en aquel mismo momento el cajero se ocupaba en el asiento de una entrada de tres chelines seis peniques, y que no se puede atender a todo.

Pero conviene hacer observar aquí- y esto da más fácil explicación al hecho- que el Banco de Inglaterra parece que se desvive por demostrar al público la alta idea que tiene de su dignidad. Ni hay guardianes, ni ordenanzas, ni redes de alambre. El oro, la plata, los billetes, están expuestos libremente, y, por decirlo así, a disposición del primero que llegue. En efecto, sería indigno sospechar en lo más mínimo acerca de la caballerosidad de cualquier transeúnte. Tanto es así, que hasta se llega a referir el siguiente hecho por uno de los más notables observadores de las costumbres inglesas: En una de las salas del Banco en que se encontraba un día, tuvo curiosidad por ver de cerca una barra de oro de siete a ocho libras de peso que se encontraba expuesta en la mesa del cajero; para satisfacer aquel deseo, tomó la barra, la examinó, se la dio a su vecino, éste a otro, y así, pasando de mano en mano, la barra llegó hasta el final de un pasillo obscuro, tardando media hora en volver a su sitio primitivo, sin que durante este tiempo el cajero hubiera levantado siquiera la cabeza.

Sin embargo el 29 de septiembre las cosas no sucedieron completamente del mismo modo. El legajo de billetes de banco no volvió, y cuando el magnífico reloj colocado encima del "drawing office" dio las cinco, la hora en que debía cerrarse el despacho, el Banco de Inglaterra no tenía mas recursos que asentar cincuenta y cinco mil libras en la cuenta de ganancias y de pérdidas.

Una vez reconocido el robo con toda formalidad, agentes "detectives" elegidos entre los más hábiles, fueron enviados a las puertos principales, a Liverpool a Glasgow, a Brindisi, a Nueva York, etc.-, bajo la promesa, en caso de éxito, de una prima de dos mil libras y el cinco por ciento de la suma que se recobrase. La misión de estos inspectores se reducía a observar escrupulosamente a todos los viajeros que se iban o que llegaban, hasta adquirir las noticias que pudieran suministrar las indagaciones inmediatamente emprendidas.

Y precisamente, según lo decía "Morning Chronicle", había motivos para suponer que el autor del robo no formaba parte de ninguna de las sociedades de ladrones de Inglaterra. Se había observado que durante aquel día, 29 de septiembre, se paseaba por la sala de pagos, teatro del robo, un caballero bien portado, de buenos modales y aire distinguido. Las indagaciones habían permitido reunir con bastante exactitud las señas de ese caballero, que fueron al punto transmitidas a todos los "detectives" del Reino Unido y del gobierno. Algunas buenas almas, y entre ellos Gualterio Ralph, se creían con fundamento para esperar que el ladrón no se escaparía.

Como es fácil presumirlo, este suceso estaba a la orden del día en Londres y en toda Inglaterra. Se discutía y se tomaba parte en pro y en contra de las probabilidades de éxito en la policía metropolitana. Nadie extrañará, pues, que los miembros del Reform Club tratasen la misma cuestión, con tanto más motivo cuanto que se hallaba entre ellos uno de los subgobernadores del banco.

El honorable Gualterio Ralph no quería dudar del resultado de las investigaciones, creyendo que la prima ofrecida debía avivar extraordinariamente el celo y la inteligencia de los agentes. Pero su colega Andrés Stuart distaba mucho de abrigar igual confianza. La discusión continuó por consiguiente entre aquellos caballeros que se habían sentado en la mesa de whist, Stuart delante de Flanagan, Falientin delante de Phileas Fogg. Durante el juego, los jugadores no hablaban, pero, entre los robos, la conversación interrumpida adquiría más animación.

-Sostengo -dijo Andrés Stuart- que la probabilidad está en favor del ladrón, que no puede dejar de ser un hombre sagaz.

-¡Quita allá!- respondió Gualterio Ralph-. Sólo hay un país en donde pueda refugiarse.

-¡Tendría que verse!

-¿Y adónde queréis que vaya?

-No lo sé- respondió Andrés Stuart-, pero me parece que la Tierra es muy grande.

-Antes sí lo era...- dijo a media voz Phileas Fogg; añadiendo después y presentando las cartas a Tomás Flanagan-. A vos os toca cortar.

La discusión se suspendió durante el robo. Pero no tardó en proseguirla Andrés Stuart, diciendo:

-¡Cómo que antes! ¿Acaso la Tierra ha disminuido?

-Sin duda que sí- respondió Gualterio Ralph-. Opino como míster Fogg. La Tierra ha disminuido, puesto que se recorre hoy diez veces más aprisa que hace cien años. Y esto es lo que, en el caso de que nos ocupamos, hará que las pesquisas sean más rápidas.

-Y que el ladrón se escape con más facilidad.

-Os toca jugar a vos -dijo Phileas Fogg.

Pero el incrédulo Stuart no estaba convencido, y dijo al concluirse la partida:

-Hay que reconocer que habéis encontrado un chistoso modo de decir que la Tierra se ha empequeñecido. De modo que ahora se le da vuelta en tres meses...

-En ochenta días tan sólo -dijo Phileas Fogg.

-En efecto, señores añadió John Sullivan -, ochenta días, desde que la sección entre Rothal y Altahabad ha sido abierta en el Great Indican Peninsular Railway, y he aquí el cálculo establecido por el "Morning Chronicle".

De Londres a Suez por el Monte Cenis

y Brindisi, ferrocarril y vapores...............................7

De Suez a Bombay, vapores................................13

De Bombay a Calcuta, ferrocarril............................3

De Calcuta a Hong Kong (China), vapores.............13

De Hong Kong a Yokohama (Japón), vapor.............6

De Yokohama a San Francisco, vapor..................22

De San Francisco a Nueva York, ferrocarril.............7

De Nueva York a Londres, vapor y ferrocarril...........9

TOTAL ..............................................................80

-¡Sí, ochenta días! -exclamó Andrés Stuart, quien por inadvertencia cortó una carta mayor-. Pero eso sin tener en cuenta el mal tiempo, los vientos contrarios, los naufragios, los descarrilamientos, etc.

- Contando con todo- respondió Phileas Fogg siguiendo su juego, porque ya no respetaba la discusión el whist.

-¡Pero si los indios o los indostanes quitan las vías!- Exclamó Andrés Stuart ; ¡si detienen los trenes, saquean los furgones y hacen tajadas a los viajeros!

- Contando con todo- respondió Phileas Fogg, que tendiendo su juego, añadió : Dos triunfos mayores.

Andrés Stuart, a quien tocaba dar, recogió las cartas, diciendo:

-Teóricamente tenéis razón, señor Fogg; pero en la práctica...

-En la práctica también, señor Stuart.

- Quisiera verlo.

-Sólo depende de vos. Partamos juntos.

-¡Libreme Dios! Pero bien, apostaría cuatro mil libras a que semejante viaje, hecho con esas condiciones, es imposible.

-Muy posible, por el contrario- respondió Fogg.

-Pues bien, hacedlo.

-¿La vuelta al mundo en ochenta días?

-Sí.

-No hay inconveniente.

-¿Cuándo?

-En seguida. Os prevengo solamente que lo haré a vuestra costa.

-¡Es una locura!- Exclamó Andrés Stuart, que empezaba a resentirse por la insistencia de su compañero de juego-. Más vale que sigamos jugando.

-Entonces, volved a dar, porque lo habéis hecho mal.

Andrés Stuart recogió otra vez las cartas con mano febril, y de repente, dejándolas sobre la mesa, dijo:

-Pues bien, sí, mister Fogg, apuesto cuatro mil libras...

-Mi querido Stuart -dijo Fallentin-, calmaos. Esto no es formal.

-Cuando dije que apuesto- respondió Stuart : es en formalidad.

-Aceptado -dijo Fogg: y luego, volviéndose hacia sus compañeros, añadió : Tengo veinte mil libras depositadas en casa de Baring hermanos. De buena gana las arriesgaría.

-¡Veinte mil libras!- Exclamó John Suilivan-. ¡Veinte mil libras, que cualquier tardanza imprevista os puede hacer perder!

-No existe lo imprevisto- respondió sencillamente Phileas Fogg.

-¡Pero, Míster Fogg, ese transcurso de ochenta días sólo está calculado como mínimo!

-Un mínimo bien empleado basta para todo.

-¡Pero a fin de- aprovecharlo, es necesario saltar matemáticamente de los ferrocarriles a los vapores y de los vapores a los ferrocarriles!

-Saltaré matemáticamente.

-¡Es una broma!

-Un buen inglés no se chancea nunca cuando se trata de una cosa tan formal como una apuesta- respondió Phileas Fogg-. Apuesto veinte mil libras contra quien quiera a que yo doy la vuelta al mundo en ochenta días, o menos, sean mil novecientas veinte horas, o ciento quince mil doscientos minutos. ¿aceptáis?

-Aceptamos- respondieron los señores Stuart, Falletín, Sullivan, Flanagan y Ralph después de haberse puesto de acuerdo.

-Bien -dijo Fogg. El tren de Douvres sale a las ocho y cuarenta y cinco. Lo tomaré.

-¿Esta misma noche?- preguntó Stuart.

-Esta misma noche- respondió Phileas Fogg-. Por consiguiente- añadió consultando un calendario del bolsillo : puesto que hoy es miércoles 2 de octubre deberé estar de vuelta en Londres, en este mismo salón del Reform Club, el sábado 21 de diciembre a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde, sin lo cual las veinte mil libras depositadas actualmente en la casa de Baring Hermanos os pertenecen de hecho y de derecho, señores. He aquí un cheque por esa suma.

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