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La Federación

Francisco Pi y Margall · 1880 · Free in the US

70,144 words · about 4 h 55 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1880 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=La_federación&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Francisco Pi y Margall
Language
Spanish
Published
1880
Length
70,144 words · about 4 h 55 min
Sections
14 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (14)
  1. Front matter under 1 min
  2. D. Francisco Pi y Margall about 30 min
  3. Biografía política del Sr. Pi y Margall about 1 h 9 min
  4. Año 1854 about 9 min
  5. Año 1856 about 13 min
  6. Año 1868 about 12 min
  7. Año 1869 about 35 min
  8. Año 1876 about 55 min
  9. Año 1879 about 16 min
  10. Origen del dogma democrático about 12 min
  11. La Ciudad about 12 min
  12. Cartas sobre la Moral about 16 min
  13. Reflexiones sobre la Revelacion about 13 min
  14. La Esfinge about 4 min

Continue:

Front matter

título|

{++}PI Y MARGALL.

{+++++++}LA FEDERACION

D. Francisco Pi y Margall

título|

{++}D. FRANCISCO PÍ Y MARGALL.

Escribir la historia de un pueblo es siempre tarea difícil y costosa, porque requiere en el escritor no sólo la serenidad del ánimo imparcial, exento de preo­cupaciones y libre de prejuicios, sino también una mirada extraordinariamente sutil y penetrante para llegar hasta el espíritu de las costumbres y la razon de los sucesos humanos; pero escribir la historia de un hombre, es además peligroso. ¿Quién escribe de un individuo, sea el que fuese, sin que el sentimiento se interese y aparezcan la simpatía ó la antipatía, el amor ó la repulsión, afectos que pugnan siempre por sobreponerse á la verdad y por inclinar el juicio en su favor ó en su contra? El historiador necesita elevar su espíritu á regiones tan altas que pueda descubrir todo el campo de los sucesos que ha de narrar, examinarlos con escrupulosa atención y distinguir los lazos que los unen entre sí en el espacio y en el tiempo, para indicar con seguridad y acierto las leyes generales por que se rije la humanidad. El biógrafo, con ser más concreto su objeto, más reducido y particular su fin, no há menester, sin embargo, ménos independen­cia de carácter, si ha de llegar, sin confundirse con ellos, á los principios que impulsan á un hombre en la carrera de la vida, y sondear los profundos senos del corazon, en donde aquéllos hallan el calor necesario para interesar los sentidos, mover los órganos de ejecución y realizar las ideas en hechos, ya sean éstos del órden científico, ya del artístico, ya del industrial, ya del religioso, ya del político; pero si ese hombre, si ese individuo vive todavía, expuesto á las simpatías y los ódios de sus semejantes, objeto de las adulacio­nes serviles de los unos y blanco de las infames ca­lumnias de los otros, excitando ahora admiración, ahora envidia, cuándo enconados rencores que se pro­ducen en el choque de las ambiciones, cuándo insen­satas idolatrías, entonces se hace verdaderamente in­superable la dificultad.

No intentamos, por esta razon, hacer la biografía del Sr. Pí, obra superior á nuestras fuerzas. Es filóso­fo profundo, y nosotros no podemos llegar hasta el fondo de su pensamiento, como la mirada del observador vulgar no llega hasta el núcleo solar que difunde la luz por los espacios; es artista consumado, alma bellísima que siente la armonía y posee los secretos de las artes con la pureza y con el entusiasmo delica­do de los génios; es jurisconsulto insigne, cuyo desin­terés y amor á la justicia apenas en estos tiempos se conciben; es ilustre político de rara consecuencia, de convicciones extraordinarias, de severidad ejemplar, y es un hombre tan honrado, tan probo, que si no temiésemos la tacha de exagerados y parciales, diría­mos que, si no es la única, es una de las raras excep­ciones entre los políticos de nuestro país. No alcanza­mos á juzgar al Sr. Pí; pero es éste realmente tan poco conocido, merced á su modestia suma y á otras virtudes para tantos incomprensibles, por tantos otros despreciadas; ha sido con tanta saña calumniado por la nécia preocupacion, por la enemiga insensata de la rivalidad, por la ciega pasion de los hombres adoradores del éxito, que no creemos demás poner al frente de este libro, á cuyas páginas dan brillo esplendente discursos y escritos del Sr. Pi, unas ligeras notas de su vida. Bien quisiéramos tener en nuestra mano la inimitable pluma de Plutarco, el biógrafo inmortal de los héroes y de los grandes patricios; pero á falta de las dotes relevantes que adornan á este escritor, contamos con nuestro patriotismo y con nuestro amor á la verdad y á la justicia.

nació el 29 de Abril de 1824 en la ciudad de Barcelona, de familia humilde, pero laboriosa y honrada, que supo iniciar á sus hijos, mediante una esmerada educacion doméstica, en los secretos de la virtud y del trabajo, poniendo los cimientos, por decirlo asi, del gran republicano, incansable en el trabajo, invencible en la fé, incorruptible en las costumbres, esclavo de su conciencia y del deber, independiente y libre; dotes que con el numeroso y necesario cortejo de otras bellas prendas y preciosas condiciones constituyen su carácter.

Desde muy niño se desarrolló en el Sr. Pi el amor al estudio, apareciendo desde luego tambien en su espíritu la pasion por las letras y las artes, vocacion que sus padres favorecieron en la medida que sus recursos permitian. Muy temprano, apenas comenzó su alma á desdoblarse, exhalando el primer aroma del pensamiento espontáneo, en esa edad dichosa en que la cabeza y el corazon parecen una misma cosa y producen indistintos é indivisibles el sentimiento y las ideas, á los catorce años, el Sr. Pi escribió ya poemas y dramas de no escaso mérito literario, y así descansaba de estudios más profundos y áridos. Aprendió el latin, lengua á que hoy mismo tiene particular aficion, traduciéndola con facilidad y exactitud, hasta el punto de leer en los originales todos los autores que tiene que consultar, como historiador, como filósofo, como literato ó como político. La misma lengua griega la estudió con detencion y aprovechamiento; y si no puede decirse que es un helenista consumado, porque su carrera le ha llevado lejos del estudio especial del idioma de Platon, Demóstenes y Esquilo, maneja todavia tambien con desembarazo los clásicos griegos.

Con las artes ocupó su pensamiento el Sr. Pi, una vez que concluyó el estudio de Humanidades. A los diez y siete años escribió La España pintoresca, y despues publicó notables artículos sobre historia del arte monumental en El Renacimiento, y revistas de teatros en El Correo, trabajos todos que le acreditaron como artista y como crítico eminente, tan delicado como profundo y atrevido; mas esta clase de estudios eran para el Sr. Pi á veces un entretenimiento, á veces un recurso, y no le impidieron estudiar jurisprudencia con grande aprovechamiento y lucidez en la Universidad de Barcelona, ni asistir diariamente á recibir lecciones de lengua hebrea, ni penetrar en el campo de la filosofia, estudiando los sistemas antiguos y modernos, muy principalmente los de Alemania, desde el célebre Kant en adelante. Por el año de 1847 la centralizacion habia ya acaparado en Madrid los hombres más eminentes en las ciencias, las artes, la literatura y la política: toda ó casi toda la vida de España; y entonces vino el Sr. Pi á Madrid buscando mayor espacio para su pensamiento y acaso tambien, como otros muchos espíritus generosos, soñando en la gloria que producen los nobles triunfos de la inteligencia. En Madrid concluyó la carrera de abogado; pero no se licenció por entonces, decidido como estaba á vivir del ameno cultivo de las letras. ¡No conocia entonces el Sr. Pi cuán precario, cuán inseguro es el porvenir del literato! ¡Por una corona, por un aplauso, cuántas amarguras y penalidades sufren los hombres de letras en la pátria de Cervantes! Creemos que llegó á sentir estos sinsabores, que si no quitan, acibaran indudablemente la vida de la gloria. Obedeciendo con empeño á su vocacion, continuó la magnífica obra de D. Pablo Piferrer, Recuerdos y bellezas de España, escribiendo, muerto aquel ilustre admirador de las Bellas Artes, varios tomos que acabaron por dar al Sr. Pi y Margall un gran renombre.

El éxito más feliz ayudó á las inclinaciones y á los gustos del Sr. Pi, estimulándole para empresas más grandes, más difíciles, más arriesgadas.

Hemos dicho arriba que el Sr. Pi, en medio de sus ocupaciones y múltiples trabajos, no prescindió del estudio de la filosofia. A ella se consagró con voluntad incontrastable, viniendo à profundizar en las cuestiones más difíciles de la alta metafísica, produciéndose en él las ideas religiosas, políticas y sociales que ha sostenido con entereza y constancia admirables hasta el presente. Indudablemente es Hegel su filósofo favorito. ¿Cómo no, si el Sr. Pi parece la viva y severa encarnacion de la irresistible lógica de Hegel? No sigue, sin embargo, servilmente el Sr. Pi al inmortal autor de la Crítica de la razon pura; pero le sirvió, á no dudarlo, para ensanchar el cauce de su inteligencia y llevarla á un sistema propio, así podemos decirlo, del cual emanan, como los colores de la luz, su sistema político, su criterio en la historia de las artes y sus ideas económico-sociales. ¿Qué sistema profesa el Sr. Pi y Margall? ¿Qné piensa que es el mundo, cuál su origen y su fin? El Sr. Pi y Margall, como todos los hombres de pensamiento vigoroso y de lógica inflexible, no halla, no comprende que pueda haber jamás solucion de continuidad entre el pensamiento y los hechos, entre el espíritu y la materia, entre lo infinito y lo finito, entre Dios у el mundo. Cree que el tiempo es la determinacion de la eternidad; el espacio, de la inmensidad; lo finito, de lo infinito; del mismo modo que en nuestra inteligencia se determinan las ideas; en nuestra actividad, las acciones, y en nuestra memoria los recuerdos; del mismo modo, y valga la comparacion, que en la esencia íntima de un grano de trigo se determinan miles de plantas sucesivas y millones de granos en virtud de la fuerza interior que le impulsa á germinar y desarrollarse, prévio el espacio, el calor, la humedad y demás condiciones exteriores, por las estrechas relaciones que unen á las partes entre sí mismas y con el todo, llamado universo. El Sr. Pi es panteista y no concibe que entre Dios y la razon y el mundo pueda haber el abismo que establece únicamente el sentimiento. Es decir, el Sr. Pi profesa un sistema eterno en la razon humana, sistema del que se libra solamente el que abdica de su razon, el que no piensa ni medita, el que se abandona á los trasportes y delirios del sentimiento ciego, sin luz, freno ni guía. Todos los verdaderos filósofos, los que llevan este nombre en la historia de la humanidad, son panteistas, por más que no sea uniforme siempre la exposicion. Las mismas concepciones religiosas son en el fondo panteistas, y ahí esta para demostrarlo el Brahmmanismo, el Judaismo primitivo y el mismo Evangelio de San Juan. Para crear el dios personal, ha sido necesario apelar al sentimien- to y al misterio, renunciar al ejercicio de la razon. Cuanto á los filósofos, panteista fué el indio Kapila, panteista Platon, panteistas los alejandrinos, panteistas Spinoza y Malebranche, y en las entrañas de la filosofia kantiana se halla el gérmen del panteismo de Schelling, Fichte, Hegel y Krause. Es el único sistema racional. Fuera del panteismo, están la revelacion y la fé; y fuera de la lógica, la Providencia y el Destino.

¿Qué es el mundo para el Sr. Pi? La determinacion del infinito, constituyendo el tiempo y el espacio, los indivíduos, las especies y los géneros, el hombre, las naciones y las razas; mas si para otros filósofos lo finito carece de realidad y vida propia, absorbido por la esencia absoluta, que es segun ellos la única realidad posible, siendo todo lo demás puras formas de aquella esencia, para el Sr. Pi, por el contrario, todo sér, como toda idea particular, tiene esencia propia, aunque limitada, y en intima relacion con los demás séres del universo. El Sr. Pi no concibe el aislamiento absoluto ni la unidad absoluta, inactiva é inmóvil, que seria la nada. Todo es, segun él, relativo en el universo; todo es vario y múltiple en la vida. ¿Qué es la vida? El desarrollo permanente, aunque gradual y sucesivo, de lo infinito, la variedad de la unidad, la diversificacion de lo idéntico, el eterno movimiento del sér. ¿Qué es el hombre? La última y más sublime revelacion del sér absoluto, como consciente, racional y libre. ¿Qué es la historia? La manifestacion de Dios en el mundo mediante la voluntad humana, bajo la inspiracion de la razon que es el destello más intenso y más brillante del espíritu divino. ¿Qué es la libertad? La independencia de la voluntad de todo motivo externo, la determinacion de nuestros actos por la inteligencia. ¿Qué es el arte? La manifestacion de nuestra vida interior por medio de símbolos, la creacion de objetos que puedan herir vivamente el alma y los sentidos, la revelacion de las misteriosas armonías que brotan á cada paso sobre la superficie general del mundo, reanimadas y embellecidas segun las impresiones y el sentimiento del artista. ¿Qué es la justicia? El derecho que tiene el hombre á la integridad de su razon, al goce completo de su libertad, á cuyo fin deben servir todas las leyes y todas las instituciones políticas y sociales.

A la luz de estas ideas entró el Sr. Pi y Margall en el grandioso campo de las artes, de las letras y de la política, donde tantos triunfos ha conseguido y conquistado tantas y tan universales simpatías.

El Sr. Pi es naturalmente sencillo en sus costumbres y en su trato, pero severo y digno, como pocos. Es ingénuo y franco, pero al propio tiempo pulcro y elegante, jovial y cariñoso; mas no desciende nunca á una familiaridad que pueda herir la propia ó la ajena dignidad. Gusta de las anécdotas, refiere y oye alegre cuentos y chascarrillos; rechaza, empero, todo lo que tenga visos de malévola murmuracion. A pesar de su gran talento y de su vastísima instruccion, condiciones reconocidas por todos, amigos ó adversarios, su modestia raya en lo inverosimil, discutiendo con cualquiera que le hace la más ligera observacion. Ningun hombre rechaza los aplausos, á todos satisface la gloria, y el Sr. Pi no es ciertamente una excepcion de la regla; pero no procura aquellos efectos con la pasion pueril del vanidoso, desfigurando la verdad por el disimulo y la mentira. Madama Rattazzi ha dicho que el Sr. Pi es un verdadero sábio, y esta afirmacion es cierta, si por sabio se entiende no sólo el tener muchos conocimientos y convicciones arraigadas, sino tambien el ajustar su vida privada y pública à los principios que se profesan. Hay hombres en gran número que hacen alarde de profesar ideas liberales, y son unos verdaderos déspotas entre su familia y amigos. Existen otros que predican moral, con oportunidad o sin ella, defensores de la familia, los cuales son disolutos, crapulosos, sensuales y, ú odian los dulces lazos del matrimonio y huyen de tener familia, ó viven, aun siendo casados, la vida del licencioso y libertino. ¡Cuántas caretas caerian al suelo, si pudiesen hablar los hijos y las mujeres y amantes de muchos defensores oficiosos de la familia, de la religion y de la propiedad! El Sr. Pi es un padre de familia cariñoso y solicito. Como respeta la dignidad de amigos y enemigos, así respeta la de sus propios hijos, permitiéndoles toda la independencia compatible con la buena educacion, y á veces se le vé discutir con ellos con un espíritu de tolerancia que otros muchos no tienen con ningun hombre. No es el esposo y el padre autoritario, no es el señor, no es el tirano, es el padre que sabe que sus hijos tienen personalidad propia, espíritu propio, razon propia, y se limita en la esfera del hogar á despertar en aquéllos estas cualida- des con sus benévolas y discretas indicaciones, con sus consejos y principalmente con su ejemplo. El señor Pi es incansable en el trabajo, y el mismo Mr. Litré, de quien se dice que estudia catorce ó diez y seis horas diarias, no aventaja en esto al republicano español. Sus dos hijos, de trece y diez y seis años respectivamente, imitan al padre en la laboriosidad. El recreo para ellos consiste en pintar, en hacerse por si mismos sus juguetes, y el mayor consagra los domingos á la tipografia, componiendo con facilidad y perfeccion. La educacion de su encantadora niña pertenece exclusivamente á su discreta y buena madre.

Pudiera creerse que están demás estos detalles de la vida íntima del Sr. Pi. No, no están demás. En la vida privada se manifiesta el hombre tal cual es en la intimidad de su conciencia. El avaro, el soberbio, el corrompido, el déspota, el falso, en el seno del hogar manifiesta siempre sus pasiones. Además, esa separacion que se intenta establecer entre la vida pública y privada de los hombres, es absurda, no existe. Por el contrario, la vida pública es y debe ser el reflejo de la vida privada. ¿Quién fiaria el tesoro público à un avaro ó á un libertino derrochador, que necesita para satisfacer sus pasiones y alimentar sus vicios todos los capitales del mundo? ¿Quién fiaria el cargo de representante del pueblo al falsario, al desleal, al perezoso ó al traidor? Con frecuencia sucede; pero sucede, ó porque el pueblo no es libre, o porque ignora las cualidades y los defectos de muchos políticos. De aquí procede la farsa indigna de nuestra política y el desprestigio de nuestros partidos. Veremos al Sr. Pi como político, como jurisconsulto y como escritor, servir escrupulosamente á sus ideas y á en carácter, manifestadas en la intimidad del hogar doméstico y en el trato privado. ¿He de decir yo que el Sr. Pi es un distinguido escritor? Castizo, breve, lógico y elegante, en su estilo se refleja su espíritu y se vé su persona. En los escritos y aun en los discursos del Sr. Pi no hay pleonasmos ni imágenes rebuscadas y vanas, ni ripios ni superfluidades de ninguna especie, principalmente en sus últimas obras. Es sencillo como la verdad su lenguaje, bello como una estátua griega, ameno como la naturaleza, terso y limpio como la frente de una virgen, claro como los chorros trasparentes que manan de la fuente situada en la alta cima de una montaña, agudo y penetrante como los rayos del sol. El estilo es la persona misma se ha dicho mil veces, y en el Sr. Pí está comprobada esta verdad.

Se ha dicho y se repite con frecuencia que el Sr. Pi tiene una alma fria y un corazon de hielo. En efecto. tal le han presentado ante el país los conservadores, tal es para muchos que no conocen al jefe del partido federal. No negaremos nosotros su serenidad, su valor, su entereza, no; estas cualidades, estas virtudes las posee, son suyas verdaderamente. Tampoco negaremos que teniendo convicciones profundamente arraigadas, sea tan flexible que obedezca á las impresiones del momento ni ceda fácilmente de sus propоsitos ante las dificultades que opongan el error, la preocupacion y las pasiones. Esta condicion es necesaria á todos los reformadores, á todos los verdaderos estadistas. Su voluntad es de hierro, sí; pero esto revela precisamente no sólo sus convicciones y su fé, sino tambien el sentimiento que acalora las ideas, interesando á su espíritu para realizarlas en la vida. Cabalmente el estilo del Sr. Pi es tan sintético, que si no fuese tan claro, mostraria que era obra exclusiva de la espontaneidad de un ardiente é impetuoso co- razon. Cierto que á veces la pluma del Sr. Pi suele ser dura y acerada su expresion. Fija su mente en las ideas, no se cuida de la forma con que combate las que tiene por erróneas y funestas. Atento á decir la verdad, la presenta sencilla, natural, sin más ropaje que el grave, pulcro y esmerado que á aquella corresponde. Empero, usa pocas veces de la ironía, de la reticencia ni de otras figuras, que si son muestra de ingenio, revelan tambien cierta malevolencia, cierta malignidad, incompatible con los nobles y delicados sentimientos del Sr. Pi y Margall.

De todas las cualidades que adornan al Sr. Pi, ninguna raya tan alto, ninguna es tan estimable, en mi juicio, como la independencia. Es valeroso y audaz como un apóstol, sin que sirvan á intimidarle ni las amenazas del poder, ni el imponente clamoreo de las preocupaciones, ni la impopularidad, ni el desprestigio de su nombre. Sirve á los intereses del pueblo, fiel á la democracia, y combate los privilegios de todas clases; esclavo, empero, de la verdad, no adula jamás á las muchedumbres, ni le detienen los halagos ni le ablandan las seducciones de los grandes. Sabiendo que contrariaba los deseos de su partido, condenó con frase enérgica la insurreccion del Ferrol de 1872, arrostrando las censuras y aun las iras de casi todo su partido. En 1873 despreció los aplausos de los conservadores y cayó del poder, prefiriendo ser objeto de calumniosas acusaciones á faltar á sus ideas. Como escritor, no lo hay en España tan valiente. Antes de 1851 nadie habia llegado en este país á hacer la critica racional del cristianismo y de la Iglesia. El lo hizo en la Historia de la Pintura con la misma independencia, por lo ménos, que posteriormente Strauss en Alemania y Renan en Francia. En polí- tica expuso los principios de la anarquía racional, atacando las bases del Estado histórico y autoritario, y defendiendo la más pura democracia. Jamás su pluma ni su labio hicieron traicion á su conciencia. Esto es, ciertamente, en nuestros dias notabilísimo por lo excepcional y raro. Hé aquí lo que dice el Sr. Pi del escritor público:

«Se nos acusará de audaces; pero no tememos estas acusaciones, siempre frivolas. El escritor público debe dejar a un lado toda consideracion y no obedecer mas que á la voz de su conciencia. Si no se siente fuerte para luchar, debe romper su pluma, jamás escribir una palabra contra sus propias convicciones. Emplearla así es un delito. Sólo el hombre que ha llegado al último grado de envilecimiento puede ponerla al servicio de cualquiera idea, á merced de todo el mundo.»

Estas frases son una elocuente protesta del hombre honrado contra la indigna venalidad, no en verdad rara en estos tiempos, de los oradores y escritores que hacen objeto de comercio las dotes divinas, la inteligencia y la palabra, puestas á merced de la ambicion, de la vanidad y aun del dinero.

Con estas condiciones se lanzó el Sr. Pi al gran mundo de las letras y de la política.

En 1851 se propuso escribir la historia de las Bellas Artes, y al efecto publicó el primer tomo de la Historia de la Pintura en España, arte por la cual siente una predileccion manifiesta. De esta obra apenas se encuentra un ejemplar fuera de las bibliotecas de los hombres estudiosos. Fué el primero de sus trabajos sérios y fundamentales. Su doctrina es profunda y su exposicion bellísima. Todo es notable en esta obra magnifica. La introduccion, principalmente, es un modelo por la profundidad de su pensamiento y por la belleza de su forma.

«Antes de concebir el proyecto de esta obra, dice el Sr. Pi, nos habíamos preguntado: ¿existe en España el arte?

»El arte, nos contestamos, es la manifestacion de nuestra vida interior por medio del símbolo, la creacion de objetos que puedan herir vivamente el alma sentidos, la revelacion de las misteriosas armonías que brotan á cada paso sobre la superficie general del mundo. No es la reproduccion ni la imitacion de la naturaleza; se encarna en los séres que le rodean, pero no los reproduce ni los imita; los crea, les da una nueva existencia, comunicándoles las impresiones, las sensaciones y los sentimientos del artista. Reflejo constante del hombre, varía con los siglos, crece de generacion en generacion, traza al vivo todas las revoluciones políticas y sociales, determina el carácter de las épocas por que va pasando, consigna las aspiraciones de la sociedad en que vive, bosqueja el cuadro que presentarán los pueblos destinados á ocupar el lugar de los que van sucumbiendo en las luchas que los agitan y y conmueven. Marcha con la humanidad; llora con ella sobre las ruinas de los imperios, canta con ella los triunfos del derecho sobre la fuerza, de la libertad sobre la esclavitud, de la inteligencia y la virtud sobre la ignorancia y el vicio armados de la espada de los reyes; gime con ella en medio de los dolores que la hunden lentamente en el sepulcro, se exaspera como ella y llama como ella á los que sufren al campo de batalla. Libre como el aire, generosa, sensible, no concibe idea ni abriga sentimiento que no lance al mundo, y es á menudo la precursora de las nuevas creencias, el alba que precede á dias de regeneracion, el fuego que enciende los combustibles amontonados por lo pasado contra el presente. Hija predilecta de nuestro propio espíritu, habla el lenguaje de nuestra alma, habla á todas las inteligencias, á todos los corazones, y alcanza lo que no puede alcanzar la ciencia con todos sus esfuerzos ni el poder con todos los medios de que dispone; da vida y color á las ideas, las identifica con las generaciones existentes, las trasmite con la sangre de éstas a las generaciones futuras, las escribe al fin en una bandera y arrastra trás ella à los pueblos á esos combates santos en que se decide la suerte de la especie humana.»

Despues pregunta el Sr. Pi: «¿Cumple el arte en nuestra pátria con su mision sublime?»

«Nuestros artistas, sobre todo los pintores, se han encerrado en un circulo, cuya circunferencia no rompen sino raras veces con cierta timidez y desconfianza. No hallan fuentes de inspiracion más que en la historia, y como si tuvieran vida propia, reproducen sin cesar las creaciones de otros siglos..................................................................................................................................................................

»Nuestras creencias han caido al soplo de la filosofia, como las hojas de los árboles al impulso de los vientos de otoño; nuestra fé, si no se ha extinguido, está cuando menos entre cenizas; las sombras del escepticismo cubren nuestra alma con un velo fúnebre; en torno nuestro apenas vemos más que tinieblas y la nada; luchamos aún con el pasado y buscamos un porvenir constituido sobre nuevas bases, y nuestros artistas, como extranjeros en el mundo que habitan, evocan en tanto los fantasmas de la organizacion que estamos destruyendo, desarrollan de nuevo á nuestros ojos los cuadros que ha rasgado la revolucion con la punta de la espada. Nadie ha pintado aún ni la desolacion de nuestros corazones, ni la sombría tristeza que va apoderándose de nosotros al acercarnos al sepulcro, ni la desesperacion que se refleja en nuestro semblante al sentir sobre los párpado la mano de la muerte. Nuestro escéptico indiferentismo no ha encontrado todavía entre nuestros pintores un alma como la de Goethe, ni un génio como el de Byron.»

El Sr. Pi, en la Historia de la Pintura, hace un estudio profundísimo de la Edad Media, de las revoluciones y turbulencias que agitaron aquella sociedad, donde todo era contradiccion, antagonismo y lucha. Describe magistralmente las virtudes heróicas de aquellos rudos combatientes y los vicios repugnantes de la sociedad; la ferocidad, la prostitucion y el latrocinio, elevados al rango de instituciones sociales, al lado de la fé de los cruzados y del amor espiritual de la mujer, amor que ni entibiaba la ausencia ni apagaba la misma ley del matrimonio, y al lado del sublime desprendimiento y de la caridad sin límites de los monges; desentraña el Evangelio y halla sus raíces en Platon, en los estóicos, y principalmente en la secta judaica de los Esenios, que practicaban en las amenas orillas del Mar Muerto la completa igualdad política y social de los hombres, viviendo en perfecta comunidad, ni más ni ménos que los primeros cristianos y como aconsejaban San Gregorio, San Juan Crisostomo, San Ambrosio, San Basilio y otros padres de la Iglesia, y fijando la influencia de la filosofia y el cristianismo en las costumbres, en las leyes, y principalmente en el arte. Atribuye la pobreza de la Pintura en España durante la Edad Media al estado de guerra en que vivió constantemente, ya luchando los reinos y los nobles entre sí mismos, ya con los árabes, ya con el estado llano, que entonces se levantaba en nuestras ciudades al amparo de la industria y el comercio; por lo cual, hace de continuo excursiones á Italia, donde nuestro arte tuvo sus modelos, su iniciacion, mejor dicho. ¡Y cómo, con qué perspicacia señala el camino de las diferentes escuelas! ¡Con qué precision nota sus relaciones y diferencias, determinando los pasos que daba la Pintura en su desarrollo progresivo, de escuela en escuela, de siglo en siglo, de pintor en pintor, de año en año! En su pluma hablan los cuadros. Sorprende sus secretos más recónditos, descubre sus detalles al pormenor, esplica la razon de sus efectos y arranca de sus formas el espíritu del artista, mostrándolo evidente á los ojos del lector. Las condiciones de estos apuntes no nos dan espacio suficiente para dar más detalles de la Historia de la Pintura; mas como muestra de lo que es esta obra, copiaremos el paralelo que hace el Sr. Pi de los dos príncipes de la Pintura, Miguel Angel, el autor sublime de El Juicio final, de La Creacion y de otros frescos de la capilla Sixtina, y Rafael de Urbina, el pintor del Vaticano, el autor de los frescos La Escuela de Atenas, de Atila y San Leon, y de los cuadros La Sagrada familia (la Perla), La Virgen de Silla, La Bella Jardinera y El Pasmo de Sicilia.

«Rafael es un génio original, escéntrico, indomable, que convencido de sus fuerzas se arroja sin temor a ejecutar lo que concibe; Rafael es un génio vacilante que no teniendo aún bastante conciencia de sí mismo, inclina con humildad la frente ante sus antecesores y sus maestros, apoyándose sobre el terreno de otro artista. No copia Rafael ni imita: pero elige y constituye con elementos ajenos su individualidad artística; Miguel Angel, lejos de buscar esos elementos, los rechaza como del todo incompatibles con los que ha encontrado en sí mismo desde el instante en que ha tomado el pincel.... La manera de hacer de Rafael es progresiva, la de Miguel Angel absoluta: Rafael tiene tres épocas; Miguel Angel, una. Brilla el fuego del génio en los dos, pero de un modo distinto: en Rafael brilla como la luz del sol, cuyos rayos pasan al través de las mas densas nubes; en Miguel Angel, como la luz de la tempestad a cuyos vivos brillantes resplandores suceden las tinieblas. Miguel Angel presenta más grandiosidad; Rafael, más gracia; éste embelesa, aquél impone. Rafael habla principalmente al corazon; Miguel Angel, á la inteligencia: las bellezas del uno son fácilmente sentidas; las del otro, difícilmente comprendidas. Reune Miguel Angel pocas facultades, pero eminentes, Rafael las reune casi todas, pero en una equilibrada medianía: en gracia y en dulzura ha sido vencido por Corregio; en formas encantadoras y en gracia de colorido, por Ticiano; en delicadeza de sentimiento, por Vanucci; en profundidad, por Vinci; en sublimidad, en originalidad, en fuerza, no hay quien haya igualado hasta ahora á Miguel Angel. Amamos á Rafael y le admiramos, pero amamos y admiramos aún más al hombre que pudo concebir y ejecutar las tres más grandes obras del arte: el fresco del Juicio final, La estátua de Moisés y la cúpula de la Iglesia de San Pedro. Hemos dicho que preferÍamos Shakespeare á Racine, el Dante al Tasso; Rafael se parece más al Tasso, Miguel Angel á Shakespeare. Sería en nosotros hasta una inconsecuencia dejar de considerar a Miguel Angel como superior á Rafael y á todos los artistas de su siglo. En Rafael vemos siempre al hombre: en Miguel Angel vemos siempre algo de extraordinario que nos eleva sobre nosotros mismos, que nos hace creer en la fuerza de la inspiracion, en el poder del génio.»

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