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it:Andria la:Andria
Prólogo
Cuando el poeta se decidió á escribir comedias, sólo esta empresa creyó cehar sobre si: la de componer sus fábulas de suerte que diesen gusto al pueblo. Mas ahora advierte que las cosas van muy al revés, pues se ve obligado á forjar prólogos, no para declarar el argumento, sino en respuesta á las malé volas censuras de un poeta raneio. Suplícoos, pues, que oigáis con atención de qué le reprenden.
Menandro compuso La Andriana y La Perintia. Quien la una de ellas conociere bien, conocerá las dos, según ambas son de argumento semejante, aunque por el diálogo y el estilo diferentes. Todo lo que de La Perintia euadraba para La Andriana, Terencio confiesa haberlo trasladado, sirviéndose de ello cual si fuese de su propia invención. Y esto es lo que sus enemigos le censuran. Porque dicen que no es bien hacer de varias una sola fábula. Presumiendo de muy sabios, muestran saber poco; pues al acusarle de esto, acusan por ignal á Nevio, á Plauto, á Ennio, á quienes nuestro poeta tiene por maestros, y cuya libertad más procia él imitar que no la obseura exactitud de esos censores. Les aconsejo que, de hoy más, cierren el pico y dejen de murmurar, sì no quieren oir sus defectos.
Prestale vuestro favor, asistid de buena voluntad y oid la comedia, para que sepáis lo que promete, y si las que hará de nuevo serán dignas ó no de ser representadas.
Acto I
Escena I
SIMÓN, SOSIA, esclavos cargados de provisiones.
SIMÓN.- Llevad vosotros esas viandas allá dentro, caminad. Tú, Sosia, llégate acá; que te quiero decir dos palabras.
SOSIA.- Dalas por dichas: que se aderece bien todo esto.
SIMÓN.- Muy diferente cosa es.
SOSIA.- ¿En qué más puedo yo serte útil con mi arte?
SIMÓN.- No hay necesidad de ese arte para lo que yo pretendo, sino de aquellas virtudes que yo en ti siempre he conocido, que son fidelidad y silencio.
SOSIA.- Suspenso estoy aguardando qué me quieres.
SIMÓN.- Ya sabes cómo después que te compré has tenido en mi casa desde pequeño una moderada y benigna servidumbre. Hícete de esclavo mi liberto, porque me servías hidalgamente: te di la mayor recompensa que pude.
FOBIA.- -No lo he olvidado yo.
SIMÓN.- Ni yo tampoco estoy de ello arrepentido.
SOSIA.- Huélgome, Simón, de haber hecho o hacer en tu servicio algo que te agrade: y en haberte dado gusto recibo gran merced. Pero ese recuerdo me da pena; porque traerlo a mi memoria, es como reprenderme de olvidado de las mercedes recibidas. Di, pues, en pocas palabras, qué me quieres.
SIMÓN.- Así lo haré. En primer lugar, te advierto que estas que tú crees verdaderas bodas no son tales bodas.
SOSIA.- ¿Por qué, pues, las finges?
SIMÓN.- Yo te lo contaré todo desde su principio, y así conocerás la vida de mi hijo y mi intento, y también qué es lo que yo quiero en este caso que tú hagas. Porque después que mi hijo salió de la niñez, amigo Sosia, tuvo ocasión para vivir más libremente; que basta entonces ¿quién pudiera saber ni entender su condición, mientras la edad, el miedo y el maestro lo estorbaban?
SOSIA.- Así es.
SIMÓN.- Al revés de lo que hacen casi todos los mancebos, que es inclinar su voluntad a alguna manera de ejercicios, como a criar caballos o perros para caza, o darse a los estudios, él en nada se ejercitaba por extremo, aunque en todo ello moderadamente se empleaba. Yo gustaba de ello.
SOSIA.- Y con razón, porque me parece muy útil en la vida no hacer cosa ninguna con exceso.
SIMÓN.- Su manera de vivir era sufrir y comportar fácilmente a todos aquellos con quien comunicaba, hacerse a su condición, complacerles en sus deseos, no porfiar con nadie, nunca preferirse a otro; de tal suerte, que sin pesadumbre ni enojo ganase honra y granjease amigos.
SOSIA.- Discretamente ordenó su vida; porque hoy día el complacer gana amigos, y el decir las verdades enemigos.
SIMÓN.- En esto, habrá tres años que arribó aquí, a nuestro barrio una mujer de Andros, forzada de necesidad y abandonada de sus deudos; mujer de muy buen rostro y moza.
SOSIA.- ¡Ay!, recelo tengo no nos traiga esta Andriana algún daño.
SIMÓN.- Al principio vivía castamente, con regla y aspereza, ganando la vida con telas e hilazas; pero como se le allegaron, uno tras otro, galanes prometiéndole dinero, y como la naturaleza humana desvara tan fácilmente del trabajo al deleite, aceptó el partido, y de allí adelante comenzó a granjear con su hermosura. Sus amantes entonces llevaron por casualidad, como suele acaecer, a mi hijo a comer con ellos en casa de la moza. Yo luego dije entre mí: «No hay duda que me le han cazado; herido está». Aguardaba por las mañanas a sus criados cuando iban o venían, y preguntábales: «Di, mozo, por tu vida, ¿quién tuvo ayer a Crisis?» Porque así se llamaba la Andriana.
SOSIA.- Entiendo.
SIMÓN.- «Fedro, decían, o Clinia o Nicerato». Porque estos tres la tenían entonces a la vez. -«Y Pánfilo ¿qué hace?»- «¿Qué? Pagó su escote y cenó». Holgaba yo de ello. Preguntábales otro día lo mismo, y hallaba por verdad no tocarle nada a Pánfilo, y realmente me parecía ésta una grande y clara muestra de virtud. Porque quien anda revuelto con semejantes condiciones, y en ello no se le altera la voluntad, sábete que puede ya tener manera y asiento de vivir. Alegrábame yo de esto, y todos por una boca me daban parabienes y alababan mi ventura, pues tenía un hijo de tan buena inclinación. ¿Qué es menester palabras? Cremes, inducido de esta fama, vino a mí voluntariamente a ofrecerme para él la mano de su hija única, y muy bien dotada. Pareciome bien, acepté el partido y concerté las bodas para hoy.
SOSIA.- ¿Qué impedimento, pues, hay para que de veras no se hagan?
SIMÓN.- Yo te lo diré. Pocos días después, muere nuestra vecina Crisis.
SOSIA.- ¡Oh, qué bien! ¡La vida me has dado! Llegué a temer que la tal Crisis...
SIMÓN.- En aquel trance mi hijo no salía de la casa, y juntamente con los amantes de Crisis, se ocupaba en disponer el funeral, mostrándose a las veces triste, y aun llorando a veces. Yo aplaudía esta conducta, pues pensaba para mí: «Sí este muchacho, por un poquillo de trato que con ella tuvo, siente con tan tierno corazón su muerte, ¿qué hiciera si él fuera su amante? ¿Qué no hará por mí que soy su padre?» Todos estos me parecían cumplimientos de condición afable y ánimo benigno, ¿Qué es menester razones? Yo mismo, por amor de Pánfilo, fui también al entierro, no sospechando mal ninguno.
SOSIA.- ¿Qué mal hay, pues?
SIMÓN.- Ya lo sabrás. Sácanla: echamos a andar. ¡En esto, entre las mujeres del cortejo veo por casualidad una mozuela de una estampa!...
SOSIA.- ¿Buena, eh?
SIMÓN.- Y de un aire, Sosia, tan modesto y gracioso, que no había más allá. Y porque me pareció que lloraba más que las otras, y también porque era, de rostro muy honesto y más ahidalgado que las otras, llégome a las criadas y pregúntoles quién era: dícenme que era una hermana de Crisis. Luego al punto me enclavó el alma. «¡Ta!, ¡ta! -dije- éste es el caso: de aquí nacen las lágrimas; ésta es aquella compasión!».
SOSIA.- ¡Qué temeroso estoy en qué has de parar!
SIMÓN.- Entre tanto, sigue avanzando el fúnebre cortejo, y andando, andando llegamos a la sepultura; pónenla en la hoguera, llóranla. En esto, aquella hermana, que te he dicho, llégase al fuego indiscretamente con harto peligro. Pánfilo, alterado, descubre entonces sus amores bien disimulados y secretos; corre, abraza por la cintura a la mujer, diciéndole: «Glicera mía, ¿qué haces? ¿Por qué vas a perderte?» Y ella echósele llorando en los brazos con familiar abandono, de manera que quien quiso pudo fácilmente ver que sus amores eran viejos.
SOSIA.- ¿Qué me dices?
SIMÓN.- Vuelvo de allí enojado y muy picado, y con todo eso no había bastante razón para reñirle. Porque dijera: «¿Qué he yo hecho? ¿O qué he merecido, padre? ¿O en qué he pecado? Detuve a la que se quiso echar en el fuego, librela»: palabras son honestas.
SOSIA.- Cierto. Porque si al que dio socorro a la vida, reprendes, ¿qué dejarás para el que hiciere mal o daño?
SIMÓN.- Viene Cremes el día siguiente a mi casa, diciendo a voces, que había sabido un caso vergonzoso; que Pánfilo tenía por mujer aquella forastera. Niego yo el hecho; él porfía que es verdad. Finalmente se despide de mí, jurando que no daría su hija.
SOSIA.- ¿Y tú entonces a tu hijo no le...?
SIMÓN.- Ni aun esta me pareció bastante razón para reñir con él.
SOSIA.- ¿Cómo no?
SIMÓN.- Dijérame: Ya tú, padre, has puesto término a mi libertad; ya se acerca el tiempo en que he de vivir a sabor de ajeno arbitrio; déjame ahora, entretanto, vivir a mi gusto.
SOSIA.- ¿Qué motivo, pues, te queda para reprenderle?
SIMÓN.- Si por esa mujer rechazase el casamiento, este es el primer agravio que yo en él he de castigar. Y en esto entiendo ahora: en procurar por medio de casamiento fingido verdadera ocasión para reñir con él, si me dijere que no, y también para que el bellaco de Davo, si algún consejo tiene, lo gaste ahora que sus enredos no pueden perjudicarme. Yo creo que Davo de pies y de cabeza buscará todos los medios, más por hacerme a mí pesar, que por complacer a mi hijo.
SOSIA.- ¿Por qué?
SIMÓN.- ¿Eso me preguntas? Es bellaco de malas intenciones y de mala entraña. Mas, como yo le pille... y no digo más! Si, por el contrario, sucediere lo que yo deseo, que en Pánfilo no haya resistencia, quédame el recabar el sí de Cremes; lo cual confío que se logrará. Ahora lo que tú has de hacer es fingir muy bien estas bodas, atemorizar a Davo, ver qué determina mi hijo, y qué consultas hace con él.
SOSIA.- Basta. Yo lo haré. Entrémonos ya.
SIMÓN.- Anda delante, que ya voy.
Escena II
SIMÓN, solo.
SIMÓN.- Averiguada cosa es que mi hijo no quiere casarse, según entendí que Davo se alteró cuando oyó decir que pasaba adelante el casamiento. Pero aquí viene Davo.
Escena III
DAVO, SIMÓN.
DAVO.- (Aparte.) Ya me maravillaba yo que esto se pasase así por alto; y aquella perpetua mansedumbre de mi amo temía en qué había de parar. Pues aunque entendió que no le habían de dar a su hijo la mujer, nunca a ninguno de nosotros nos dijo palabra ni se le dio nada por ello.
SIMÓN.- (Aparte.) Ahora la dirá, y aun muy a tu costa, según pienso.
DAVO.- (Aparte.) Él quiso realmente entretenernos con este falso gozo, y asegurarnos, quitándonos el miedo, para después saltearnos descuidados, de manera que no tuviésemos lugar de buscar traza con que estorbar el casamiento. ¡Astuto!
SIMÓN.- (Aparte.) ¿Qué dice el verdugo?
DAVO.- (Aparte.) Mi amo es: ¡y yo que no le había visto!...
SIMÓN.- (Alto.) Davo.
DAVO.- ¿Qué mandas?
SIMÓN.- Llégate acá.
DAVO.- (Aparte.) ¿Qué me querrá éste?
SIMÓN.- ¿Qué dices tú?...
DAVO.- ¿Sobre qué?
SIMÓN.- ¿Eso me preguntas? Mira que se corre por ahí que mi hijo tiene amiga.
DAVO.- ¡Esos cuidados, por cierto, tiene el pueblo!
SIMÓN.- ¿Estás conmigo o no?
DAVO.- Ya te entiendo.
SIMÓN.- Pero de fuerte padre sería ponerme yo ahora a hacer en eso inquisición. Porque lo que hasta aquí él ha hecho no me toca nada. Mientras su edad para ello dio lugar, yo ya le he permitido que satisficiese sus caprichos; pero este tiempo ya trae otra vida, ya requiere otras costumbres. De hoy más te pido, Davo, y, si es justo, te lo suplico, que hagas por que vuelva al buen camino.
DAVO.- ¿Qué quieres decir?
SIMÓN.- Todos los que tienen amiga sienten mucho que los casen.
DAVO.- Así lo dicen.
SIMÓN.- Y si alguno toma para esto un mal maestro, las más veces tuerce a la peor parte la flaca voluntad.
DAVO.- En verdad que no te entiendo.
SIMÓN.- Que no, ¿eh?
DAVO.- No; que soy Davo y no Edipo.
SIMÓN.- En ese caso holgarás que te diga rasamente lo que me queda por decir.
DAVO.- Sí holgaré.
SIMÓN.- Si yo entendiere hoy que tú me urdes algún enredo por donde no se hagan estas bodas, o que quieres que se vea en esto cuán astuto eres, te juro, Davo, que, después de bien azotado, he de dar contigo en la tahona hasta que mueras, con pleito homenaje que si yo de allí te sacare, quede yo a moler en tu lugar. Y, pues, ¿haslo entendido ahora, o ni aun esto tampoco?...
DAVO.- A maravilla, porque ahora me has dicho el negocio muy a la rasa, sin rodeos.
SIMÓN.- En cualquier otro caso sentiré menos que me engañes que no en este.
DAVO.- (Irónico.) ¡Vaya, no hay que enojarse!
SIMÓN.- ¿Búrlaste? Pues no me engañarás. Mira, te digo que no seas loco, ni me vengas después con que no te lo avisaron. ¡Ojo! (Vase.)
Escena IV
DAVO, solo.
DAVO.- A buena fe, Davo, que no cumple aquí emperezar ni descuidar, a lo que tengo entendido, del propósito del viejo acerca de este casamiento; el cual, si con maña no se lleva, dará al través conmigo o con mi amo. Ni sé qué me haga, si complazca a Pánfilo o si crea al viejo. Si a Pánfilo dejo, temo que se pierda; si le ayudo, las amenazas de éste, el cual es malo de burlar. Cuanto a lo primero, ya tiene él noticia de estos amores: a mí me tiene sobre ojos, no desbarate el casamiento con algún engaño; si lo siente, soy perdido, o si le parece tomará achaque para con razón o sin razón dar conmigo en la tahona. A estos males allégaseme este otro también: que esta Andriana, ora sea su mujer, ora su amiga, esta de Pánfilo preñada. ¡Y es cosa de ver su atrevimiento! Porque es más empresa de locos que de enamorados. Están determinados a criar lo que pariere, y allá entre ellos urden no sé qué maraña: que ésta es ciudadana de Atenas; que hubo un tiempo un viejo mercader, el cual naufragó junto a la isla de Andros, y que murió; y que el padre de Crisis la recogió escapada, huérfana, pequeña... ¡Todo mentiras! Lo que es a mí no me parece conforme a verdad. Y ellos están contentos con la maraña. Pero Misis sale de su casa. Yo me voy de aquí a la plaza para verme con Pánfilo, porque no le coja su padre desapercibido en este caso.
Escena V
MISIS.
MISIS.- Ya te he entendido, Arquilis, rato ha: mandas llamar a Lesbia. ¡Por mi vida, que es una mujer borracha y arriscada, y nada diestra para encomendarle primerizas! Pero, en fin, la traeré. (A los espectadores.) Notad bien la porfía de esta vejezuela, porque es su comadre de jarro. ¡Oh dioses, suplícoos le deis a ésta (aludiendo a GLICERA) esfuerzo en este parto, y a Lesbia ligar de que con otras parturientas desatine! Pero ¿qué ocurre, que veo venir a Pánfilo alterado? Temo no sea algo. Aguardaré por saber qué tristeza nos trae esta revuelta.
Escena VI
PÁNFILO, MISIS.
PÁNFILO.- ¿Es ésta acción ni empresa de hombro? ¿Este es oficio de padre?
MISIS.- (Aparte.) ¿Qué es aquello?
PÁNFILO.- ¡Fe de dioses y de hombres! ¿Y cuál es afrenta, si ésta no lo es? Si tenía determinado casarme hoy, ¿no fuera justo que lo supiera yo primero? ¿No fuera bien que lo tratara antes conmigo?
MISIS.- (Aparte.) ¡Desdichada de mí! ¿Qué escucho?
PÁNFILO ¿Y Cremes, que había dicho que no me daría su hija por mujer, ha mudado de propósito porque me ve a mí estar firme en el mío? ¿Con tanta porfía procura apartarme de Glicera? ¡Mísero de mí! ¡Si esto sucede, perdido soy sin remedio! ¿Es posible que haya hombre tan desgraciado ni tan infeliz como yo? ¡Fe de dioses y de hombres! ¿Y que de ninguna manera, he de poder yo librarme del parentesco de Cremes? ¿De cuántos modos no fui yo despreciado, desechado, después de todo hecho y concertado? ¿Otra vez, después de repudiado, me tornan a pedir? ¿A qué fin, si no es lo que sospecho, que ellos crían algún culebrón, y como no le pueden encajar a nadie acuden a mí?
MISIS.- (Aparte.) Esas palabras, ¡ay de mí!, me llenan de terror.
PÁNFILO.- Porque, ¿qué diré yo ahora de mi padre? ¡Ah!, ¿un negocio tan grave había él de tratar con tanto descuido? Díceme ahora, al pasar por la plaza: «Mira, Pánfilo, que te has de casar hoy. Prepárate: vete a casa». Pareciome que me había dicho: «Ve de presto y ahórcate». Pasmado quedé. ¿Pensáis que yo le pude responder, o darle alguna excusa, siquiera necia, o falsa, o injusta? La palabra se me heló. Porque si yo lo hubiera sabido antes... si me preguntase ahora alguno qué hiciera, algo hiciera por donde esto no hiciera. Pero ahora, ¿a qué mano me volveré primero? Tantos cuidados me cercan, que me tiran la voluntad a muchas partes: el amor, la lástima que tengo de Glicera, la congoja de este casamiento; además el empacho que tengo de desobedecer a mi padre, el cual, hasta ahora, con tanta mansedumbre me ha sufrido hacer todo lo que me ha dado gusto. ¿Y que le contradiga yo?... ¡Ay de mí! ¡No sé qué me haga!
MISIS.- (Aparte.) ¡Ay, mísera de mí! ¡Cuánto me temo que se incline a mala parte aquel no sé qué me haga!... Pero ahora conviene mucho que, o éste hable con ella, o yo le diga alguna cosa de ella; que cuando la voluntad vacila, un pelillo la arrastra a uno u otro lado.
PÁNFILO.- ¿Quién habla aquí?... ¡Salud, Misis!
MISIS.- ¡Oh, Pánfilo, salud!
PÁNFILO.- ¿Qué hace tu señora?
MISIS.- ¿Eso me preguntas? Está fatigada de sus dolores, y afligida la cuitada de ver que para hoy está concertado días ha tu casamiento. Teme que la desampares.
PÁNFILO.- ¡Cómo! ¿Podría yo intentar tal cosa? ¿He yo de consentir que la infeliz quede por mi engañada, habiendo ella confiado de mí su corazón y vida, y habiéndola yo tenido en mi corazón en cuenta de mujer propia? ¿He de permitir que su buena inclinación, enseñada y criada bien y castamente, se tuerza ahora constreñida de necesidad? No haré tal cosa.
MISIS.- Bien cierta estoy, si estuviese en sola tu mano; pero temo que no podrás resistir.
PÁNFILO.- ¿Por tan follón me tienes, o por tan desagradecido o cruel o brutal, que ni la conversación, ni el amor, ni la vergüenza me mueva ni exhorte a que le guarde la fe?
MISIS.- Esto, a lo menos, sé que ha merecido: que te acuerdes de ella.
PÁNFILO.- ¿Que me acuerde? ¡Oh Misis, Misis, aún tengo escritas en el alma aquellas palabras que Crisis me dijo de Glicera estando ya casi muriéndose! Llamome, acerqueme; os salisteis vosotras, quedámonos solos; comiénzame a decir: «Amigo Pánfilo, bien ves el rostro y pocos años de ésta, y también entiendes cuán contrarias le son ambas cosas para conservar su honestidad y su hacienda. Suplícote, pues, por esta tu mano derecha y por tu noble condición; por tu fe y por la soledad de ésta te encargo que no la apartes de ti ni la desampares, pues ves que siempre te he amado como a mi hermano propio, y que ésta a ti solo siempre te ha tenido en mucho y en todas las cosas te ha sido obediente. Yo te le doy por marido, por amigo, por tutor, por padre; estos nuestros bienes a ti te los entrego y a tu fidelidad los encomiendo». Dámela entonces por la mano y tómale luego la muerte. Yo me encargué de ella; y pues me encargué, yo la conservaré.
MISIS.- Así lo espero, ciertamente.
PÁNFILO.- Pero ¿por qué la dejas sola?
MISIS- Voy a llamar a la partera.
PÁNFILO.- Corre; y, mira, del casamiento, ni palabra: no sea que su mal...
MISIS.- Entiendo.
it:Andria/Atto primo la:Andria/Actus I
Acto II
Escena I
CARINO, BIRRIA.
CARINO.- ¿Qué me dices, Birria? ¿Es posible que Pánfilo se case hoy con Filomena?
BIRRIA.- Sí.
CARINO.- ¿Cómo lo sabes?
BIRRIA.- Davo me lo dijo poco ha en la plaza.
CARINO.- ¡Oh, desdichado de mí! Que así como mi alma ha estado hasta aquí suspensa entre el temor y la esperanza, así después de perdida la esperanza, tras el cansancio y la congoja, está como pasmada.
BIRRIA.- Suplícote, Carino, por los dioses, que pues no es posible lo que tú quieres, quieras tú lo que es posible.
CARINO.- Yo no quiero más que a Filomena.
BIRRIA.- ¡Oh, cuánto mejor te sería procurar cómo despidieses ese amor de tu corazón, que hablar de cosas con que más atices en vano tu deseo!
CARINO.- Todos, cuando estamos sanos, damos fácilmente buen consejo a los enfermos. Si tú en mi lugar estuvieses, de otro modo sentirías.
BIRRIA.- Bueno, bueno; como quieras.
CARINO.- Pero allá veo a Pánfilo.
Escena II
CARINO, BIRRIA, PÁNFILO.
CARINO.- Resuelto estoy a tentarlo todo, antes de perderme.
BIRRIA.- (Aparte.) ¿Qué intenta?
CARINO.- Yo le suplicaré, yo me echaré a sus pies; le contaré mi pasión; recabaré siquiera, yo lo espero, que aplace por algunos días este casamiento. Entretanto, ¿quién sabe lo que puede suceder?
BIRRIA.- (Aparte.) Lo que puede suceder es nada entre dos platos.
CARINO.- Birria, ¿qué te parece? ¿Le hablaré?
BIRRIA.- Si a fe; porque ya que no recabes nada, entenderá que le has de poner los cuernos si con ella se casare.
CARINO.- ¡En la horca te veas, ladrón, con tus sospechas!
PÁNFILO.- A Carino veo... Estés enhorabuena.
CARINO.- ¡Oh, Pánfilo! Seas bien venido. Aquí vengo a pedirte esperanza, salud, socorro y consejo.
PÁNFILO.- Bueno estoy yo para dar consejos ni socorro. Pero, en fin, ¿qué es ello?
CARINO.- ¿Conque te casas hoy?
PÁNFILO.- Eso dicen.
CARINO.- Pánfilo, si tal haces, hoy verás el fin de mis días.
PÁNFILO.- ¿Cómo así?
CARINO.- ¡Ay de mí! ¡No me atrevo a decírtelo! Díselo tu, Birria, por tu vida.
BIRRIA.- Yo lo diré.
PÁNFILO.- ¿Qué es ello?
BIRRIA.- Este está enamorado de tu esposa.
PÁNFILO.- No tenemos, pues, el mismo gusto. Pero dime, por tu vida, Carino, ¿Has tenido algo más que eso con ella?
CARINO ¡Ah, Pánfilo! ¡Nada!
PÁNFILO.- ¡Cuánto lo quisiera!
CARINO.- Yo ahora, por nuestra amistad y por mi amor, primeramente te suplico que no te cases con ella.
PÁNFILO.- Yo te prometo procurarlo.
CARINO.- Y ya que eso no fuere posible, o si este casamiento, a ti te da gusto...
PÁNFILO.- ¿A mí gusto?
CARINO.- ...que a lo menos lo demores por algunos días, mientras yo me voy a alguna parte do mis ojos tal no vean.
PÁNFILO.- Óyeme ya, Carino: yo no tengo por hecho de hidalgo pedir uno que le agradezcan aquello en que él no merece nada. Más deseo yo librarme de este casamiento, que tú alcanzarlo.
CARINO-. La vida me has dado.
PÁNFILO.- Así, pues, si tú y tu criado Birria podéis hacer algo, hacedlo; inventad, rebuscad, procurad los medios para que te la den; que yo, de mi parte, haré por que a mí no me la den.
CARINO.- Esto me basta.
PÁNFILO.- A Davo veo a buen tiempo, en cuyo consejo estoy muy confiado.
CARINO.- (A BIRRIA.) Por cierto que tú a mí nunca me dices nada, sino lo que no me importa saber. ¿Huyes de aquí? (Amenazándole.)
BIRRIA.- ¿Yo? Sí, en verdad, y de buena gana.
Escena III
DAVO, CARINO, PÁNFILO.
DAVO.- ¡Oh, dioses buenos, y qué nuevas traigo! Pero ¿dónde hallaría yo a Pánfilo, para quitarle el miedo que tiene y henchirle el alma de contentos?
CARINO.- (A PÁNFILO). Alegre viene, no sé de qué.
PÁNFILO.- No es nada. No debe haber tenido noticia de estos males.
DAVO.- (Aparte.) El cual creo yo que, si ha entendido que está a punto su casamiento...
CARINO.- (A PÁNFILO.) ¿Oyes lo que dice?
DAVO.- ...andará desalentado buscándome por toda la ciudad. Pero ¿dónde le podré encontrar? ¿Qué rumbo tomaré?
CARINO.- (A PÁNFILO.) ¿Por qué no le hablas?
DAVO.- Voyme.
PÁNFILO.- Davo, ven acá, detente.
DAVO.- ¿Quién es el que me...? ¡Oh, Pánfilo, en tu busca vengo! ¡Oh, Carino, a buen tiempo ambos; que a los dos os busco!
PÁNFILO.- Davo, perdido soy!
DAVO.- Oye lo que digo.
PÁNFILO.- ¡Muerto soy!
DAVO.- Ya sé lo que temes.
CARINO.- Mi vida realmente está en peligro.
DAVO.- También sé lo que tú...
PÁNFILO.- Mis bodas...
DAVO.- ¡Ya, ya lo sé!
PÁNFILO.- Hoy...
DAVO.- ¡Dale! ¡Si lo sé todo!... Tú temes que te casarán con ella, y tú (a CARINO) que no te casarán.
CARINO.- En el caso estás.
PÁNFILO.- Eso mismo es.
DAVO.- Pues en eso mismo no hay peligro ninguno: mírame al rostro.
PÁNFILO.- Davo, por favor, líbrame ya de estos temores.
DAVO.- Yo te libro, ¡ea! Ya Cremes no te da su hija por mujer.
PÁNFILO.- ¿Cómo lo sabes?
DAVO.- Yo lo sé. Tu padre habló conmigo a solas poco ha, y me dijo que te había de casar hoy, con otras muchas cosas que ahora no hay tiempo de contarte. Yo me fui corriendo en seguida hacia la plaza, para llevarte esta noticia. Como no te hallé, súbome luego en un lugar alto; miro a la redonda; no parecías. Por casualidad topeme allí con Birria; pregúntole por ti; díceme que no te había visto. ¡Por vida...! Póngome a pensar qué haría. En esto, al volver, cruza por mi magín una sospecha. ¡Cómo! -me digo- ¡tan poco gasto!... el padre triste... las bodas tan de presto... ¡Esto no pega!
PÁNFILO.- ¿Y a qué viene todo eso?
DAVO.- Voyme luego a casa de Cremes; cuando llego no veo a nadie a la puerta. Holgueme de ello.
CARINO.- Bien dices.
PÁNFILO.- Prosigue.
DAVO.- Párome allí, y no veo entrar a nadie ni salir a nadie, ni a ninguna mujer. En la casa, nada de preparativos ni bullicio. Allegueme, miré adentro...
PÁNFILO.- Buenas señales son esas.
DAVO.- ¿Te parece a ti que estas son señales de boda?
PÁNFILO.- Pienso que no.
DAVO.- «¿Pienso que», me dices? ¡Bah!, no lo entiendes. La cosa está bien clara. Además: viniendo de allí topé al criado de Cremes, que llevaba seis maravedís de verdura y pescadillos menudos para cena del viejo.
CARINO.- ¡Davo, tú eres hoy mi salvador!
DAVO.- No hay nada de eso.
CARINO.- ¿Cómo no, pues es cosa cierta que no se la da a éste?
DAVO.- ¡Donosa necedad! ¡Como si se siguiese de necesidad que no dándola a éste te la han de dar a ti, si no lo procuras; si con ruegos y dádivas no pones por terceros los amigos del viejo!
CARINO.- Bien me aconsejas. Iré; aunque esta esperanza ya me ha burlado muchas veces. Adiós.
Escena IV
PÁNFILO, DAVO.
PÁNFILO.- ¿Qué pretende, pues, mi padre? ¿A qué propósito finge...?
DAVO.- Yo te lo diré. Si él te riñese ahora porque Cremes no te da la hija, pareceríale que a sí mismo se hace agravio, y con razón, hasta entender cómo sea tu voluntad en este casamiento; pero si tú le dices que no quieres casarte, toda la culpa te cargará entonces a ti, y allí serán las riñas.
PÁNFILO.- A todo me pondré.
DAVO.- Mira, Pánfilo, que es tu padre, y es fuerte cosa eso. Además, esa mujer está sola. En sus dichos o en sus hechos hallará tu padre algún pretexto por donde la haga desterrar de la ciudad.
PÁNFILO.- ¿Desterrar?
DAVO.- Y pronto.
PÁNFILO.- Dime, pues, Davo, ¿qué tengo de hacer?
DAVO.- Dile que te casarás.
PÁNFILO.- ¿Cómo?
DAVO.- ¿Qué es?
PÁNFILO.- ¿Que yo le diga...?
DAVO.- ¿Por qué no?
PÁNFILO.- ¡Eso, jamás!
DAVO.- Haz lo que te digo.
PÁNFILO.- No me des tal consejo.
DAVO.- Mira lo que de ello redundará.
PÁNFILO.- Apartarme de aquélla y encerrarme con esta otra.
DAVO.- Nada de eso. Yo creo que tu padre te dirá de esta manera: «Hijo, yo quiero que hoy te cases». Tú le responderás: «Me casaré, padre». Dime, ¿cómo podrá reñir contigo? Todos los consejos que él tiene por muy ciertos, sin peligro ninguno se los tornarás inciertos, pues es cosa llana que Cremes no te da su hija. Y tú no dejes por eso de ir a casa de Glicera, porque no mude Cremes de propósito. Y a tu padre dile que huelgas de casarte, para que, aunque quiera, no pueda enojarse contigo con razón. Porque eso en que tú fundas tu esperanza, fácil es de refutar: «No habrá -dices- quien quiera casar su hija con hombre de tales costumbres». Y yo te digo que tu padre más querrá casarte con una mujer pobre, que dejarte perder de esa manera. Pero si él entiende que tomas estas bodas con paciencia, se descuidará, se pondrá muy despacio a buscarte otra; entretanto, Dios hará merced.
PÁNFILO.- ¿Eso te parece?
DAVO.- No hay que dudar en ello.
PÁNFILO.- Mira en lo que me pones.
DAVO.- ¿Quieres callar?
PÁNFILO.- Bueno: le diré que sí. Pero mira no sepa mi padre que he tenido un hijo de ella, porque he prometido criarle.
DAVO.- ¡Qué locura!
PÁNFILO:- Rogome Glicera que le diese esta palabra como prenda de que no la dejaría.
DAVO.- Se procurará. Pero... cata que viene tu padre. Mira que no conozca que estás triste.
Escena V
SIMÓN, DAVO, PÁNFILO.
SIMÓN.- (Aparte.) A ver vuelvo en qué entienden o qué consejo toman.
DAVO.- (A PÁNFILO.) Este por cosa llana tiene que has de decir que no quieres casarte. Viene muy apercibido de algún lugar solitario; piensa que trae ya trazado algún razonamiento con que te confunda. Por tanto, tú mira que estés muy en ti.
PÁNFILO.- Todo cuanto pueda, Davo.
DAVO.- Fía de mí, te digo, Pánfilo, que tu padre no atravesará hoy contigo una palabra, si le dices que te casarás.
Escena VI
BIRRIA, SIMÓN, DAVO, PÁNFILO.
SIMÓN.- (Aparte.) Mi amo me mandó que, dejando otros negocios, siguiese hoy de cerca a Pánfilo, para ver qué determinaba de este casamiento. Por eso vengo aquí tras él. Allá le veo con Davo: manos a la obra.
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The end
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