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El bermejino prehistórico o las salamandras azules

Juan Valera · 1882 · Free in the US

12,929 words · about 54 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
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About this book

Author
Juan Valera
Language
Spanish
Published
1882
Length
12,929 words · about 54 min
Sections
8 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (8)
  1. I about 8 min
  2. II about 6 min
  3. III about 8 min
  4. IV about 8 min
  5. V about 8 min
  6. VI about 8 min
  7. VII about 4 min
  8. VIII about 5 min

Continue:

I

- I -

Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tenía yo otras mil aficiones; pero como ya soy viejo, la afición científica prevalece y triunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna, me sucede algo de muy singular. Las ciencias me gustan en razón inversa de las verdades que van demostrando con exactitud. Así es que apenas me interesan las ciencias exactas, y las inexactas me enamoran. De aquí mi inclinación a la filosofía.

No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, de sutileza y de imaginación que se emplea en descubrir la verdad, aunque no se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada y patente, suele dejarme frío. Así, un mancebo galante, cuando va por la calle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle le entusiasma, y luego se adelanta, la mira el rostro y ve que es vieja, o tuerta, o tiene hocico de mona.

El hombre, además, sería un mueble si conociera la verdad, aunque la verdad fuese bonita. Se aquietaría en su posesión y goce y se volvería tonto. Mejor es, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saber lo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lo bastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita la curiosidad, se aviva la fantasía y se inventan teorías, dogmas y otras ingeniosidades que nos entretienen y consuelan durante nuestra existencia terrestre; de todo lo cual careceríamos, siendo mil veces más infelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si de puro hábiles llegásemos a desentrañar su hondo y verdadero significado.

Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy en moda ahora, que es objeto de mi predilección. Hablo de la prehistoria.

Yo, sin saber si hago bien, divido en dos parte esta ciencia. Una, que me atrevería a llamar prehistoria geológica, está fundada en el descubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes y otros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotísima, que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a mi ver, muchísimos menos lances que otra prehistoria que llamaremos filológica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en los documentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoria que a mí me hace más gracia.

¡Qué variedad de opiniones! ¡Qué agudas conjeturas! ¡Con qué arte se disponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistema que forja cada sabio! Ya toda la civilización nace de Egipto; ya de los acadíes, en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continente que llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre África y Asia; ya de otro continente que hubo entre Europa y América, y que se llamó la Atlántida.

Sobre el idioma primitivo, así como sobre la primitiva civilización, se sigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios los idiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por el mundo alalos, o digamos, sin habla aún y en manadas, y luego fueron inventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de la dispersión hablaban ya todos una sola lengua.

Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos van saliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras más desatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, más me divierten los tales libros.

En estos últimos días, los libros que he leído van en contra de los arios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas que antes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los libros antiguos han sostenido que la civilización, como la luz solar, se difundió de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que se difundió en sentado inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saber de los magos de Irán y de Caldea, de los brahmanes de las orillas del Ganges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados en Samotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito, comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luz estuvo en un París prehistórico.

Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo enseñaron todo; pero su misma ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo no completo de la ciencia que poseyeron, en el centro del país fértil y hermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas, otros hombres más primitivos y excelentes que llamaremos hiperbóreos o protoscitas.

Pero ¿qué lengua hablaban estos protoscitas o hiperbóreos, cuyo centro y foco civilizador fue un París de hace seis o siete mil años lo menos? Hablaban la lengua euskara, vulgo vascuence. ¿De dónde habían venido? Habían venido de la Atlántida, que se hundió. ¿Qué conocimientos tenían? Tenían todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos más que se han ofuscado por medio de fábulas y de otras niñerías. Así, pues, los arimaspes, que tenían un ojo solo y miraban al cielo, eran los astrónomos de entonces, que ya conocían el telescopio; y la flecha en que Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era el globo aerostático o un artificio para volar con dirección y brújula, etc., etc., etc. Ya se entiende que la época de los arimaspes y la de Abaris son de decadencia para la civilización hiperbórea.

Confieso que todo este sistema me encantó. No es mi propósito exponerle aquí. Paso volando sobre él y voy a mi asunto.

Digo, no obstante, que me encantó por dos razones. Es la primera lo mucho que Francia me agrada. ¿Cuánto más natural es que el germen de la civilización europea haya nacido y florecido desde antiguo en aquel feraz y riquísimo jardín, en aquel suelo privilegiado, que no en la Mesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razón la de que tengo amigos guipuzcoanos que habrán de alegrarse mucho si se prueba bien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se valió la Providencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinar a las demás naciones.

¡Cuánto se holgará de esto, si vive aún, como deseo, mi docto y querido amigo D. Joaquín de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notables sobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros, Larramendis y Astarloas! Algo aprovechará él de las flamantes invenciones para dar más vigor a su sistema, arreglándole de suerte que se ajuste y cuadre con la más perfecta ortodoxia católica. Sea como sea, para mí es evidente que antes de que penetraran en España los celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes hubo en España un pueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extendía por toda nuestra Península, y aun tenía colonias en Cerdeña, en Italia y en otras partes, como Guillermo Humboldt lo ha demostrado. Eran vascos y hablaban la lengua euskara. La nación y estado más culto e ilustre entre ellos fue la república de los turdetanos, quienes, según testimonio de Estrabón, tuvieron letras y leyes y lindos poemas en verso que contaban seis mil años de antigüedad. Ahora bien; los alfabetos celtibérico y turdetano, que ha reconstruido y publica don Luis José Velázquez, son muy modernos en comparación de la fecha anteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o del griego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a España de griegos y de fenicios los turdetanos tuvieron alfabeto propio, con el cual escribieron sus poemas y demás obras.

A mi ver, el señor don Manuel de Góngora y Martínez ha tenido la gloria de descubrir este alfabeto. Véanse las inscripciones que copia en sus Antigüedades prehistóricas de Andalucía, de la Cueva de los letreros y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cerca del lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, así como a su más conspicuo habitante el señor don Juan Fresco.

A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan el Laderón, donde cada día se descubren vestigios y reliquias de una antiquísima y floreciente ciudad.

El erudito y sagaz anticuario don Aureliano Fernández Guerra prueba que allí estuvo Favencia en tiempo de los romanos, ciudad que desde época muy anterior se llamaba Vesci.

Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividad infatigable, desde que el señor Góngora, publicando en 1868 sus Antigüedades, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en Cuevas escritas y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los ha hallado y reunido en mucha copia.

Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend, Oppert y Lassen, mi referido amigo don Juan Fresco cree haber descifrado estos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios los hieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces.

Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano y demostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy a limitarme a referir una historia que don Juan Fresco dice haber leído en ciertas inscripciones semejantes a las de la Cueva de los letreros. Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idioma ibero primitivo es casi el vascuence de ahora.

Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. Don Juan Fresco no ha querido comunicármela. Haré, pues, la narración con las pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho. De otro modo no se comprendería.

La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía han de descubrirse leyendas e historias en lengua protoibérica, más antiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazaña de Sesostris o Ramsés II, y que los poemas hallados por nuestro conocido el diplomático señor Layard en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive: poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más de la lengua sagrada de los acadíes, entonces tan muerta como el latín ahora entre nosotros.

Y esto no debe maravillarnos, porque, según Roisel, en Los atlantes, toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, en Asiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.

Es una lástima que no tengamos aún documentos del Siglo de Oro o de los Siglos de Oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho mil años, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillas del Guadalquivir por los turdetanos.

El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por don Juan Fresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer de mañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veía llena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían ya fundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tirios a Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000 antes de nuestra era vulgar, sobre poco más o menos.

II

- II -

Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad que a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos: casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, así por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria los mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres era más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otra multitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurar que su único defecto era el de ser pobre.

Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos y rústicos; vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci no sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, como vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.

Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando ver mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieron acompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballos, salió de Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.

Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sujetos de posición y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas más graciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno, pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que le dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero a reemplazarle.

Así, deteniéndose en diferentes poblaciones como, por ejemplo, en Igabron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de los turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los bástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus juegos llanos. Allí tenía Mutileder un prima, que era un sol de belleza, con dieciocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamaba Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.

Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré, su familia, pues era una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de los primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando se hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre, habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora expedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con el nombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luz y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más allá de las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a la vida política y culta de los arios y de los semitas.

En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de serlo por su mérito.

Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraron perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.

El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el amor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseía otro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estaba prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.

Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser de otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y esta promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los juramentos más terribles.

Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primos novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer los preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.

Era ya el fin de primavera, y en aquellas edades antiquísimas sucedía lo propio que ahora: que a la primavera seguía el verano.

Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno habla, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdes bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel valle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entre cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo, mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.

Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las crestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas de una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.

A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en Aratispi un calor de todos los demonios.

Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la llevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que don Juan Fresco y yo calculamos que debió de ser Churriana.

Naturalmente, Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.

Los primos estaban como dos tortolitos, arrullándose siempre. Mientras más miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más melifluo se ponía con ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder, mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.

Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua admiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o la habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder mataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza de entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder con los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tan llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enteras embobado contemplando la honda.

Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos de paseo por aquellos vericuetos y andurriales, ya por la orilla de resonante mar, ya por los encinares y olivares que vestían aquellos alcores, ya por los vergeles, sotos y alamedas del valle, regado por riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a pesar de lo mucho que se querían no se propasaron nunca a otra cosa sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente, y a lograr él estamparle.

La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en reserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasen su unión indisoluble.

Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre es un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi corazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti sola», contestaba Mutileder.

En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos ambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la playa a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y las murmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarse aún trajes de baño tan complicados y encubridores de las formas como los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.

III

- III -

Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Su puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En sus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas de lana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro hechas en Menfis, en Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de algodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casi ignorado país de los Seras.

Echeloría fue a Málaga varias veces con su padre y con su novio, a recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día del casamiento.

Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinos que había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.

Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles de armiños y de castores y otros objetos de valor que él había ido a buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del norte de Europa, adonde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella época.

Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málaga cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos, dejando allí en cambio parte de su cargamento.

Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla juró por Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus, que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo de llegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de decirle sin ceremonias sus atrevidos pensamientos; pero Mutileder iba al lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el hombro, en actitud desconfiada y hostil y blandiendo un enorme y fiero garrote.

La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio. Bastaba ver de refilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la hermosa y cándida Echeloría.

Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también, emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz y ligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quién era y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.

Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo y volvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.

Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vida de Echeloría; supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenor de que no llegase a tener cabal noticia.

Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salió bien, como, por desgracia, salen bien casi todos los planes diabólicos.

Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto de Málaga, después de despedirse él, para Tiro. Fuera ya la nave del puerto, se quedó muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordadas como para ganar mejor viento. Así transcurrieron algunas horas, hasta que llegó aquella en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar. Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remeros pujantes y otros dos hombres de la tripulación grandes nadadores y buzos y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha se acercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y al abrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar donde Echeloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido. Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de improviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella, a pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el susto, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina, se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, y luego la condujo a bordo de su nave. Esta desplegó al punto todas sus velas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa de levantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules del Mediterráneo.

Varias muchachas que se bañaban con Echeloría huyeron con espanto de aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y sollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó en hacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, el revolcarse por el suelo y el dar tan formidables chillidos, que Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio oyéndolos. El infeliz amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y navegando con tal rapidez, que pronto iba a perderse detrás de la comba que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más claro.

El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conducía. Ni siquiera supo a punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor, por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto en Echeloría los lascivos y codiciosos ojos.

Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas, y habían dado ya y debían seguir dando ocasión a no pocos disturbios y guerras. Los fenicios habían robado a Io, hija de Inaco; los griegos habían robado a Europa de Fenicia, a Medea de Colcos y a Ariadna de Creta; y, por último, un príncipe frigio había robado a la bella Helena, mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga y mortífera, y al cabo la destrucción de Troya.

Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptos de mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tan delicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra del hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rareza entonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto que producía en el alma de guerreros bárbaros y briosos, avezados a ver hembras solamente.

Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían a hacer a la mujer de peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, una mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente, frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. De aquí las patrañas o mitos de las hadas y encantadoras, como Circe y Calipso, que convertían a los hombres en bestias; la ginecocracia, esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en el país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, ora funesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones más crudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dalila en Sansón, Betzabé en David, Egeria en Numa y Judit en Holofernes. De aquí, por último, que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas; todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas y lograban pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la hembra por falta de pulimento y aseo.

Además, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacían hermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeñada ya la naturaleza rebelde, suele transmitirse por herencia; pero en los tiempos heroicos, la hermosura era como inspirada creación que la mujer artista realizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse. Todavía cinco siglos después de la época en que ocurre nuestra historia, asombran el estudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valían las mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar al rey Asuero, que buscaba reina, después de repudiada Vastí, se pasaban las chicas un año entero frotándose con linimentos y pomadas, sahumándose, lavándose, perfilándose y acicalándose. En el día, con una hora de preparación bastaría para presentar ante el sibarita más refinado a la más ruda de las campesinas; prueba irrefragable de que lo adquirido por arte y educación se transmite de madres a hijas. Verdad es que, en cambio, la naturaleza es menos dúctil ahora, y la hotentota, aunque se friegue y se adobe más que las que iban a presentarse a Asuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrán que dice: «Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.»

Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamos nuestro cuento.

Echeloría, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, era un primor. Y Mutileder, que con razón la adoraba, no la lloró perdida, con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir la honda con chasquidos estruendosos, juró buscar a su amada, librarla del raptor y vengarse de éste descalabrándole de una buena pedrada o moliéndole a palos.

Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aquel juramento, estaba tan hermoso que no podía ser más. Sus ojos azules, dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y recta nariz, hinchada por la cólera, mostraba muy dilatadas las ventanillas; las cejas, frunciéndose en el centro, daban mayor majestad a su frente; la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes, y sana frescura y vivo color de carmín en encías y lengua. Su cabeza, echada atrás con arrogancia, y destocada, lucía copiosa y rubia cabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; sus piernas y sus brazos desnudos, contraída entonces la musculatura por la energía de la actitud, daban envidia a los de Hércules mancebo. Todo en Mutileder era beldad, elegancia, brío y donosura. Su voz, alterada por la pasión, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no se entendiesen.

En aquel instante, ¡oh fuerza del destino!, acertó a pasar por allí la graciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa belleza, la viuda más coqueta y caprichosa que había en Málaga. Su marido la había dejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella seguía con la casa de comercio de su marido, bajo la razón insocial de la viuda Chemed. En aquella ocasión volvía de solazarse de una quinta que tenía en Churriana.

Seis atezados etíopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos, una dueña y cuatro pajecillos egipcios la acompañaban también para más autoridad y decoro.

Chemed oyó a Mutileder, le miró y se maravilló; volvió a mirarle y se quedó más maravillada. Entonces dijo para sí: «Divinos cielos, ¿qué es lo que miro? ¿Será éste dios o será mortal? ¿Resplandecería más Adonis cuando Astoret se prendó de él?».

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