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Diccionario gitano

Francisco Quindalé · 1867 · Free in the US

40,309 words · about 2 h 49 min to read

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Author
Francisco Quindalé
Language
Spanish
Published
1867
Length
40,309 words · about 2 h 49 min
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Contents (4)

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PRIMERA PARTE.

(la castidad corporal).

Novela en caló y castellano, con ámbos textos uno enfrente de otro.

Los gitanos y su dialecto (noticia histórica)

doctos y razonadores de todos países han discurrido desde muy antiguo acerca del orígen y peculiaridades de los gitanos. Las conjeturas más ingeniosas, los argumentos más sutiles, las deducciones más ó ménos plausibles han entretenido el discurso para no aclarar nada y casi para convenir que es un problema dónde, cuándo y de qué modo esa raza extraña tuvo su nacimiento, emigró y se dispersó por toda Europa, viéndosela hoy día desde las alturas del Himalaya hasta las orillas del Nilo y desde el mar del Norte hasta las aguas de Gibraltar.

En Persia y Turquía se los llama Zíngaros; en Rusia y provincias del Danubio, Zinganes; en Inglaterra, Egipciacos (Gypsies), lo mismo que antiguamente en España Egipcianos (Gitanos). En Francia se los designa indistintamente con el nombre de Egipcios ó Bohemios, porque primero aparecieron allí como originarios de Egipto, y luégo como procedentes de Bohemia. Los Alemanes los llaman Zigeuner. Pero de todas estas apelaciones, más ó ménos parecidas unas a otras segun la pronunciacion de los diferentes pue- blos que las emplean, sólo se han deducido, como hemos dicho, conjeturas artificiosas para descubrir la fuente de esa raza singular.

Los gitanos entre sí, en los diversos países que habitan, y más especialmente en España, se dan el nombre de Zincalés, que puede muy bien ser otra diversa forma de pronunciar la misma palabra, ó quizá la propia y primitiva apelacion, esto es, atezados del Zind, hombres morenos que habitan el rio Zind, Sind, Ind ó Indo, al Oeste de la península índica.

Esta última interpretacion adquiere sin duda mayor fuerza por una analogía—que luégo explicaremos—que las que se fundan en el nombre del rio Ciga en España (mencionado por Lucano) para asignar allí la patria original de los gitanos, ó en el de una provincia antigua de Africa llamada Zeugitana, ó el de Singara, ciudad de Mesopotamia, ó el de Zigera, pueblo de la Tracia. Tambien, sin buscar punto determinado las interpretaciones han ido á fijarse en apelativos más generales, como los de la Mauritania-Tingitana en Africa, la comarca de Zigier en el Asia Menor, y los herejes griegos Atinganes. Asimismo, dejando los nombres de lugares y naciones, la fecunda imaginacion de los discursistas ha encontrado que cierta horda del campo del Gran Tamorlan en 1401 estuvo bajo las órdenes de un tal Cingo, de donde proviene llamarse gitanos á los que la componian.

Al lado de todas estas suposiciones, muestra sólamente de las muchas que se han fundado dando tortura al nombre, puede mencionarse que el autor oriental Arabschah, biógrafo de ese mismo Timur-Lenk ó Tamorlan que hemos citado, habla de cierta astucia empleada por dicho emperador del Mogol para deshacerse en su ciudad de Samarcanda de los Zíngaros revoltosos, cuya descripcion corresponde á la de los gitanos actuales, y cuyo incidente tuvo lugar ántes de 1406, época de la invasion del Indostan.

Prolijo fuera seguir en sus divagaciones á los autores que desde principios del siglo XVI hasta fines del XVIII se han ocupado de los gitanos, ya haciéndolos originarios del Bajo Egipto ó de la Nubia, ya de la Arabia, Armenia ó Turquía, ya de la Tartaria, ya también de la Grecia, Bulgaria ó Moldavia, como igualmente de España, suponiéndolos pobladores antiguos de ella ó restos de la morisma expulsada. No ha faltado tampoco quienes los han hecho originarios del Indostan; y aunque esto es seguramente lo cierto, sólo se han fundado en que allí hay una comarca, á la embocadura del Indo, cuyos habitantes se llaman Zinganes.—No es la analogía del nombre lo que explica la verdadera procedencia indostana. Otra hay positiva, que ántes hemos enunciado, y es la del lenguaje, el gran criterio en estas discusiones; mas no abordemos ese razonamiento todavía.

Cuando empieza á hablarse de la aparición de los gitanos en Europa es en el primer tercio del siglo XV. No se designa el punto primitivo de su marcha, ni cómo procedieron luégo; pero se los ve cási á un tiempo, en 1417, errar por las inmediaciones del mar del Norte, la Hungría y la Moldavia, y al año siguiente por la Suiza y el país de los Grisones. En 1419 llegan á Augsburgo. El dia 18 de Julio de 1422 aparece una banda de ellos en la ciudad de Bolonia, en Italia, y el 17 de Agosto de 1427 se presenta otra horda á las puertas de París. En 1433 invaden la Baviera, y ya desde esa época se difunden por toda Alemania, remontándose hasta Dinamarca y Suecia.

Y en España, ¿qué época puede fijarse con certeza? ¿Desde cuándo se conocen en ella los gitanos?— A esto es más difícil responder, quizá porque existian ya desde muy antiguo.

Fué creencia muy admitida á fines del siglo XV que los gitanos procedian de España. Hé aqui una circunstancia curiosa, que es del caso mencionar.

La banda que cruzó por Bolonia en 1422, compuesta de unos cien hombres y dirigida por un jefe, á quien llamaban el duque Andrés, pasó después á Forli con la intencion, á lo que decia, de ir á ver al Papa en Roma. Esto refiere la Crónica de Bolonia; y Pasquier describe luego la llegada á París en 1427 de igual número de individuos, entre ellos doce principales— un conde, un duque y diez caballeros— que se calificaban de penitentes, cristianos del Bajo Egipto, arrojados de allí por los sarracenos, y que, habiendo ido á Roma, se confesaron con el Papa, quien les fijó la penitencia de errar por el mundo durante siete años, sin acostarse en cama blanda ni lecho mullido. Se los alojó en la Chapelle, á un cuarto de legua de la ciudad, adonde fué á verlos una inmensa multitud. Llevaban zarcillos de plata en las orejas, y sus cabellos eran negros y crespos. Las mujeres eran feas, listas de manos para robar y decian la buenaventura.— El obispo de París los obligó á alejarse, excomulgando al propio tiempo á cuantos los habian consultado.

Añade Pasquier que desde esa época se infestó toda la Francia de semejantes vagabundos ó egipcios, pero que á los primeros sustituyeron los vizcainos y otros habitantes del mismo país (España), continuando sin embargo en dárseles igual nombre.

Y, en efecto, algún fundamento deberia tener ese aserto, cuando en Alemania durante mucho tiempo estuvo en gran valía la opinion de que los gitanos tan prodigiosamente extendidos por toda Europa nada tenían que ver con los primeros que aparecieron como penitentes procedentes de Egipto. Y esos nuevos gitanos de tipo diferente, de atezada piel y cabello lacio, de formas graciosas, son los que han dado tanta margen á las polémicas de los discursistas.

El español Francisco de Córdoba, en su Didascalia, repugnando admitir que el origen de los gitanos fuera de su país, huye de fijar fechas acerca de su antigüedad en la península, y aduce razones de toda especie para demostrar que donde primero fueron conocidos fué en Alemania. Sus argumentos sólo han servido para acreditar otro error, que se ha conservado entre algunos eruditos hasta nuestros días, á saber, que los gitanos formaban parte de las dos razas hebrea y mora, y que huyeron de España cuando comenzó la expulsión de esas dos razas por los Reyes Católicos en 1492. Si absurdas podían ser las opiniones sobre el orígen de los gitanos que llevamos indicadas, la de suponérselos hebreos, ó , como algunos han afirmado recientemente, restos de los moriscos que libraron de la última expulsión de Felipe III, es opinion más absurda todavía.

La persecución de que fueron objeto los gitanos por parte de los poderes constituidos ha sido de muy diferente género, y por eso los vemos que han resistido á ella durante trescientos años. Cualesquiera que fueran sus culpas, y cualesquiera que pudieran ser las animosidades que concitaran, tenían en su favor un escudo maravilloso: su pobreza. De todos tiempos ha sido un dicho proverbial: más pobre que cuerpo de gitano. Y hoy día, que la historia se ilustra con datos desapasionados, explícase ya que judíos y moriscos fueron perseguidos para ocuparles sus riquezas y atender con ellas en un principio á la conquista de Granada.

Las rentas ordinarias de la corona de Castilla habian menguado de tal modo durante el reinado de Enrique IV, que sólo importaban 3.540.000 rs. (reducidos á nuestra moneda actual) de 26.550.000 á que habian ascendido en los anteriores reinados de Enrique III y Juan II. Por eso se ideó el plan de confiscar los bienes de los judíos, creando primero el tribunal de la Inquisicion; mas, como no bastasen sus ejecuciones, se decretó el medio expeditivo de la expulsion en masa en 1492. ¿Cómo habia de alcanzar á la mísera gente gitana una persecucion sólo dirigida á la riqueza? Así que el Santo Oficio nunca se ocupó de los gitanos, y éstos sólo tuvieron que habérselas con los cuadrilleros de la Santa Hermandad, cuyas atribuciones eran de muy diversa índole.

No; los gitanos no pasaron de España al resto de la Europa. Si algunas bandas pudieron penetrar por el lado de Vizcaya, y se difundieron en el Mediodía de la Francia, fué anteriormente á la gran expulsion de judíos y moriscos, como verdaderos gitanos tales, como vagabundos que no eran de raza vascongada, ni ibérica, ni hebrea, ni sarracena.

Aquí, mejor que lo que nosotros pudiéramos decir, reproduciremos las mismas palabras de un escritor español de actualidad, que nos servirán para proseguir en esta relacion histórica.

Dice así el autor de :

«Desde que ese pobre pueblo errante y vagabundo, arrojado del fondo del Asia,—bien por Timur-Lenk, conocido por el Gran Tamorlan, ó más bien por otros guerreros anteriores,—se extendió por Europa, habia excitado contra si la sorpresa primero, la curiosidad después, y la animadversion en seguida.

»Por dos puntos diferentes penetraron los gitanos en Europa: primero, en pos de los ejércitos sarracenos, que, recorriendo el litoral africano desde la Arabia y el Egipto, venían á desembarcar á España en sus periódicas incursiones: segundo, acompañando tambien á las huestes invasoras de los turcos por Hungría y Bohemia.

»De aquí nace el llamarse todavía á los gitanos Egipcios ó Bohemios del primer nombre con que se los designó, según el punto más inmediato de donde parecian provenir.

»Su amarillenta tez, sus esbeltas formas, sus facciones expresivas, su agudo ingenio, su carácter eminentemente material y positivo, que revelan el conjunto perfecto de las cualidades primitivas de la raza de Sem, y como consecuencia de esas cualidades las singulares costumbres que los distinguen, debian sorprender naturalmente á las naciones europeas.

»Aún se conservan en el vasto espacio de la península indica, y más especialmente en las márgenes del Sind, algunos restos de la raza semítica en toda su pureza, que son de la misma familia que los gitanos, profesando sólo algunas vagas nociones de la religion natural, sin culto ni adoracion ninguna, sin conocimiento de otra moral que el más absoluto materialismo, sin jefes ni leyes, sin propiedad y sin asilo.

»Por una remotísima tradicion, háse guardado entre ellos una regla única de conducta, de la cual procede todo su código de legislacion, á saber: la libertad de obrar según la propia voluntad y necesidad.

»De aquí se deriva ese otro principio, ó, mejor dicho, carencia de principio, cual es la no existencia del tuyo y el mio; nada es de nadie y todo es de todos. De esta manera, no habiendo propiedad, no hay robo.

»Y si una fuerza extraña obliga á someter el cuerpo, á perder el ejercicio de ese libre albedrío... contentarse con la libertad del espíritu que no puede ser encadenada, y no ver en una muerte forzada sino la más perfecta de todas las libertades.

»Con esas ideas..... la vida sexual en comun, el robo y la insensibilidad á la muerte, son las cualidades propias de esa raza indolente y voluptuosa del Indostan; y las mismas, más ó ménos modificadas segun la mayor ó menor tolerancia de los países en que habitan, son las cualidades de los gitanos.

»Pero ¿cómo hablan de hallar acogida semejantes hombres y semejantes ideas al aparecer en Europa?

»Por el lado de España era un combate encarnizado entre moros y cristianos, en que, proclamando un símbolo de creencia, la cruz ó la media luna, se disputaba realmente la posesion del suelo y del dominio.

»Por la parte de Alemania existia otra lucha no ménos sangrienta entre las diferentes sectas en que se habia dividido el cristianismo, y en nombre de esos opuestos principios se discutia el goce de las temporalidades y la supremacía de unos potentados sobre otros potentados.

»¡Y llegaban los gitanos, que nada creian, y con su indiferencia y materialismo se presentaban ante unos pueblos exaltados ó fanáticos!

»Pasada la primera extrañeza, el ódio y la persecucion fueron la natural consecuencia.

»Pero los gitanos han podido resistir y conservarse, á pesar de todo, porque nunca han pretendido ni ejercer predominio ni áun mezclarse tampoco con las otras razas.

»No han pretendido ni áun siquiera enriquecerse.

»El gitano vive apartado con los suyos y para los suyos, contentándose con menos quizá de lo necesario. Cual la fiera del desierto, viene sólo al poblado á procurarse el alimento para sus cachorros, y lo toma allí donde lo encuentra.

»Para el gitano las leyes son trabas, las ceremonias del culto son supersticiones, el amor de la patria afecto imaginario de lugar, los derechos del ciudadanos quimeras políticas............................

»De ese modo, siempre humilde, siempre extraño, siempre miserable, el gitano ha llegado hasta nuestros dias; y al revés de los judíos, que persisten todavia en alternar con las otras razas, en ejercer influencia, en acumular riquezas, en no modificar su culto y sus ceremonias, puede pasearse seguramente por toda nuestra España, en este país donde un hebreo no se atrevería á calificarse de tal paladinamente, aunque muchos existan bien acomodados desde Gibraltar á Bayona, desde las Baleares á Lisboa.

»Ladron y bellaco, truhan y encubridor, fullero y rufian, decidor de ventura embustero, y tratante de caballerías estafador, tales son hoy dia las señas del gitano español; y, conociéndole por ellas, cada cual sabe ya cómo guardarse de él.»

Después del anterior bosquejo á grandes trazos, vamos nosotros á ir deslindando los datos que comprende.

Un misionero francés, el presbítero Dubois, que residió en la India cerca de treinta años, fin del siglo pasado y principios del presente, ha descrito minuciosamente las instituciones, costumbres y castas de aquel país; y, muy ajeno de las divagaciones de que era objeto entre los eruditos de Europa la historia de los gitanos, relata las peculiaridades de ciertas hordas de vagabundos en la parle occidental, esto es, en las orillas del Sind, costa de Malabar y distrito del Maisur. Los curavers ó curumerus, los hano- chis, los lambadis ó sucaters, los kalabantrus (ladrones) y otros muchos forman una casta especial que en nada se parece á las demás de la India, y vive ambulante, sin ley, culto, habitacion ni propiedad, dedicada al merodeo y á decir la buenaventura, hablando un lenguaje particular ó dialecto diferente del idioma principal del Indostan. El misionero citado dice explícitamente que esos vagabundos, por sus usos, costumbres y carácter, tienen notable analogía con los gitanos errantes de Europa, que, si se los comparase de cerca con dichos curavers y lambadis, se desvaneceria la opinion de los que fijan su origen en Egipto.

Prosiguiendo el presbítero Dubois en su relato, descubre una circunstancia que arroja grandísima luz para explicar quizá la emigracion de esos vagabundos desde la India hasta el último confin de Europa. Esa circunstancia es que los príncipes mahometanos de aquella region los emplean como ladrones y devastadores de los Estados vecinos, áun en tiempo de paz, y en tiempo de guerra se unen ellos mismos á los ejércitos en calidad de auxiliares, no para pelear, sino para el servicio de trasportes y otras faenas, cayendo después de la batalla sobre el país para el pillaje y el saqueo. De igual suerte, añade el autor, los emplearon los ingleses en la última guerra que tuvieron con el sultan de Maisur.

Y hé ahí, pensamos nosotros, cómo pudo el Gran Tamorlan tenerlos en su campo, que se sabe lo componían, no tan sólo tártaros mongoles, sino hordas de todas castas asiáticas. Y cómo tambien todo hace presumir que, mucho ántes que él, los diferentes guerreros mahometanos, al partir de las comarcas vecinas de la India y recorrer el litoral del Mediterráneo hasta desembarcar en la costa de España, pudieron venir seguidos de esas mismas hordas asiáticas auxilia- res, primeros gitanos que, confundidos con la chusma sarracena, no hubieron de fijar una atencion especial de parte de los cristianos españoles hasta después de la conquista de Granada, cuando empezó á predominar la política del arzobispo Jimenez de Cisneros contra las razas del Oriente.

Y hé ahi tambien cómo por igual circunstancia el sultán turco Bayaceto I, después de ocupar el Asia Menor, después de derrocar el imperio griego, después de penetrar el año 1402 en Europa siguiendo las márgenes del Danubio, después de deshacer en Nicópolis los cien mil cristianos que trataron de oponérsele, pudo dejar rezagadas en la Bulgaria y en la Sérvia esas hordas de zinganes del Sind que le habian acompañado, con tanta mayor razon, cuanto que, enderezando sus armas contra Tamorlan, fué derrotado á su vez el mismo año cerca de Angora, en esa gran carnicería de tres dias en que tomaron parte trescientos cuarenta mil combatientes, y en la que, de seguro, los gitanos del emperador tártaro y los gitanos del sultan turco no se dejarian matar, sino que preferirian dispersarse en el nuevo país á que habian venido ántes que volverse con el Tamorlan á la ciudad de Multan y demás lugares que bañan las orillas del Sind hasta su desagüe en el mar de Oman.

Durante el primer período del siglo XV, en que las comarcas limítrofes del Asia, del Africa y de la Europa cambian de aspecto; cuando la raza turca las invade y las somete, imponiéndoles leyes, costumbres y religión diferente; miéntras las relaciones entre el Eufrates, el Nilo, la Jonia, el Pireo, el mar de Mármara y el Danubio se concentran de nuevo, puede decirse, bajo un mismo impulso nivelador, ¿qué tiene de extraño que en todas esas comarcas, ó en alguna—más especialmente la Bulgaria— hayan hecho su primer asiento, una parada de quince años, los gitanos del Sind que siguieron á los ejércitos de Bayaceto y Tamorlan? ¿Y qué tiene de extraño que, una vez conocedores del nuevo suelo, se decidiesen, segun sus instintos erráticos, á traspasar el Danubio, y marchando en todas direcciones, cruzasen la Valaquia y la Moldavia, llegasen á Rusia y Polonia, atravesasen la Bohemia y la Hungría, pasasen por la Alemania, se introdujesen en Italia, salvasen las fronteras del Este de la Francia por la Lorena y la Alsacia?

Y esto que decimos no es una mera hipótesis. Ya hemos señalado anteriormente las fechas en que dan cuenta de su aparicion por esos países las crónicas y documentos contemporáneos.

Pero ¿quién los calificó de Egipcios, y agregó á esa calificacion una historia, que ciertamente no fué inventada por los vagabundos gitanos? ¿Quién, tomando por fundamento los versículos de Ezequiel, los asimiló á los antiguos Egipcios, á quienes el profeta israelita anuncia la destruccion de sus ciudades durante cuarenta años, su dispersion entre las gentes y su reunión al cabo de ese tiempo en su asolado reino? (, cap. XXIX y XXX.) ¿Qué interés político ó qué celo religioso condujo á difundir la anécdota de que los nuevos desterrados llegaban de Egipto á Europa, condenados á esparcirse por las otras naciones durante siete años, en penitencia de haber negado la hospitalidad (¡catorce siglos ántes!) á la Virgen María y su Hijo Jesús cuando su huida de la persecucion de Herodes?

No es fácil averiguarlo. Pero esa apócrifa leyenda fué admitida favorablemente durante el primer tiempo de la invasión de los gitanos en Alemania, y tan- to, que Aventino (Annalibus Boiorum) consigna el hecho de que se reputaba como un crimen maltratar á los séudo-peregrinos Egipcios, á quienes se les dejaba por otra parte asaltar, robar y cometer mil desmanes con perfecta impunidad. Y, aunque más ó ménos comprobados, cítanse diversos salvoconductos, pasaportes ó diplomas concedidos á esas hordas errantes por vários potentados, entre otros el emperador Segismundo, el rey de Hungría Uladislao II, los príncipes de la casa de Bathory, y hasta el Papa Eugenio IV. El profesor Lorenzo Palmireno dice en que los gitanos de España mostraban todavia el salvoconducto de Segismundo en 1540, y los designa como penitentes, si bien añade que en ello «mienten, pues la vida que llevan, no es de tales penitentes, sino de perros y ladrones.»

De todos modos, desde su aparicion en Europa, ya entrando por los países á la derecha del Danubio y por las costas de la Andalucía, no simultáneamente sin duda; ya cruzándose los de ámbas inmigraciones en Italia y Francia; ya llegando algunos pocos hasta el estrecho de Gibraltar, y algunos otros hasta los últimos confines de la Polonia, ello es que son todos un mismo pueblo; y que á los de ese pueblo, durante los siglos XV y XVI, las crónicas, las leyes y los juicios convienen en designar como gentes que se dicen procedentes de Egipto..... miéntras el vulgo, primero con crédulo respeto, después con extraña aversion, los considera como penitentes cristianos, descendientes de aquellos perversos paganos que rehusaron hospitalidad á la Virgen María y al Niño Jesús.

Pero ese pueblo ignorante, que nunca supo nada de Egipto, ni del pecado en que incurrió, ni de las profecías primitivas de Ezequiel desterrándole por cuarenta años, ni de los anatemas posteriores castigándole con siete años de igual dispersión; ese pue- blo, que no conserva idea alguna de dónde procedieron sus padres, ni qué culto observaron, se conforma, sin embargo, con el apelativo de Egipcios, adopta ese mismo apelativo y se vale de él para excitar la caridad de las gentes por entre las cuales vaga errante y despreciado, miserable y con superstición temido.

Tracemos un cuadro anterior á su persecucion legal en España.

Declinaba ya el estío de 1491..... Las huestes de los Reyes Católicos combatian á los moros granadinos en su último reducto.

Los gitanos, considerados ya como una raza diversa de los musulmanes, vivian entre los cristianos como vivian los hebreos, si bien estos últimos habian alcanzado una influencia por su saber y sus riquezas que aquellos nunca pudieron tener.....

A esa hora, en que los rayos caniculares se hacen sentir con mayor fuerza, vaga por las calles en aquel momento solitarias de Sevilla una haraposa gitana, de atezada piel, pero más atezada todavía por la intemperie que destruye sus esbeltas formas, que tuesta su fina complexion.

Camina pausadamente y con ojo avizor, cual el tigre al salir de su cueva observa en su derredor la extension de la llanura.

Lleva colgando á su espalda, sostenido por una manta ceñida al talle, un chicuelo de diez ó doce meses, tan atezado como ella, y con iguales ya tan cautelosos ojos, apoyada la barba, cruzados los brazos sobre el hombro y cuello maternos.

En esas miradas de extraña fijeza, de subyugante resplandor, que áun en la tierna infancia distinguen al gitano, podeis ya adivinar que su raza tuvo orígen en lejanas tierras; que es del país donde desde remota antigüedad se halla separada de las otras castas, bien porque perdiera su igualdad en el principio mismo de los siglos, bien porque fuera desde su formación eternamente maldecida.

Sí, la raza de los zinganes, de esos habitantes de Multan en los bordes del Zind, reducida á la vil especie de pária, profesa ódio inextinguible á las demás razas, y mataria su cuerpo y bebería su sangre, y aniquilaria sus cadáveres, y arrojaria al viento y al mar sus más ténues despojos.....

Sí, de esa raza viene, pura y sin mezcla de otra casta ninguna, la andrajosa gitana que á tres mil leguas de distancia de su origen camina por las calles de Sevilla en 1491.

Párase en el umbral de una espléndida morada. A través de la verja que intercepta la entrada puede distinguirse el patio circundado por una galería pintada de vivos colores y revestida de moriscos azulejos. Un toldo de lona resguarda del sol la parte descubierta; una fuente de mármol en cuya cuenca vierten sin cesar hilos de purísima agua, refresca el ambiente, y multitud de macetas y tres ó cuatro limoneros difunden aromática fragancia.

Bajo la galería vése á una noble dama, con sus tres lindas hijas, notables todas ellas por sus negros ojos, oscuro cabello, torneadas formas y flexibles ademanes. Ocúpanse en recamar con lentejuelas y matices de oro un suntuoso ornamento de altar.

La gitana tira del cordón de la campanilla.....

¿Quién es? responden..... y al mismo tiempo gira la verja sobre sus goznes impulsada por una soguilla del interior.

—¡Ave María purísima!.....—es la exclamacion de aquellas damiselas al ver avanzar á la gitana, lenta- mente, pero con una expresion de vigor y agilidad, que la hacen parecer al milano cuando en lo alto de la roca bate sus alas dispuesto á caer sobro la paloma temblorosa.

¡Ah! Doncellas de Sevilla, que os asustais del aspecto de la mujer extraña. ¡Si supiérais cuánta saña alberga en su alma, ella, la de casta romaní, contra todas las demás castas, contra los busnés, como en su lengua se llaman los que no son de sangre gitana!....

¡Ay! Entónces bien pudiérais exclamar con maryor motivo ó con mayor sorpresa: ¡Ave María purísima!

Y, en efecto; hé aqui cómo habla ella, y cuál piensa cuando habla:

«¡El Dios de Egipto sea en esta casa! ¡Él os bendiga, mi noble dama! (¡Mal fin tenga tu cuerpo, vil cortesana!)

»Bendiga Dios también á esas tres rosas virginales que os acompañan. (¡Mil moros furiosos las deshojen con violencia insana!)

»Compadeceos, señoras, de esta pobre vagabunda, cuyo pueblo viene de allende el mar, á purgar un grave pecado. Dios quiso castigarle porque negó asilo á la Virgen Maria y á su Hijo Jesús, cuando huian del rey Heródes. Hasta un poco de agua del rio Nilo, que en Egipto corre para todos, rehusó mi pueblo á la Santísima Madre y al Divino Niño.

»Y Dios quiso que hiciésemos penitencia, y nos lo quitó todo: tierra, pan, techo y cama. Sólo nos dejó la ciencia de lo futuro, el don de conocer la suerte de las otras gentes, para que asi pudiéramos mendigar nuestro sustento misero.

»¡Oh! ¿Quién cómo los Egipcios puede leer en las estrellas? ¿Quién cómo los Egipcios puede leer en la palma de las manos? ¿Quién como los Egipcios puede anunciar la alegre nueva? »La pobre mendiga entra en esta casa para deciros vuestra buenaventura. (¡Las llamas devoren la casa y los que en ella moran!)

»Mi noble dama, (¡Mil serpientes te muerdan!) vuestro marido se halla ante los muros de Granada con el rey Fernando combatiendo al bárbaro Moro. (¡Alcáncele una bala y deshaga en mil trozos su cabeza!)

»Antes de tres meses estará de vuelta con veinte cautivos agarenos, ostentando en su cuello rico collar de acendrado oro, premio de su valor heróico. (¡Que cuando entre en casa se derrumbe un poste y su cuerpo aplaste!)

»Y á los nueve meses justos de su regreso, Dios os dará un hermoso niño, fruto merecido de bendicion por vuestro prolongado anhelo. (¡Que la sal que le pongan a1 bautizarle tenga veneno!)

»Vuestra mano, señora, vuestras manos, doncellas; mostradme vuestras palmas, que á todas pueda decir la ventura que os espera. (¡Que un rayo sea el que espere para consumiros á vosotras todas!)

»Mas permitidme antes cantar la canción de Egipto para que el espíritu de la sabiduría caiga de lleno sobre la pobre vagabunda.»

Y diciendo esto, la gitana cambia súbitamente de expresion. Antes su lenguaje, aunque rápido, era acompasado, sin violentas inflexiones. Pero comienza á entonar su voz, á agitar sus miembros, á lanzar agrestes miradas.

Su acento es desconocido, sus posturas son singulares, sus ademanes causan pavor.

Acompaña su cántico con las manos, bien batiendo ámbas palmas, bien apoyándolas sobre sus dos caderas.....

Ya se cantonea, ya trenza los piés, ya se alza sobre las puntillas, ya se dobla á derecha é izquierda, ya salta en mil giros diversos.

El chiquillo arroja tambien agudos gritos en compás con su madre; y ésta, arrebatándole en sus brazos, le lanza en el aire, le recoge al caer, vuélvele á lanzar como una bala, vuélvele á recoger.....

Ni la noble dama, ni sus hijas, ni las sirvientas, que presencian aquella escena, mudas de espanto, comprenden el estribillo de la canción gitana:

—Vuestras manos, vuestras manos, que á todas os diga la buenaventura,—añade la gitana en lenguaje comprensible.

Y la noble dama, y las lindas hijas, y las curiosas sirvientas, aunque aterradas y con supersticioso temblor, alargan todas á una las palmas de sus manos.....

Tal era la gitana en los tiempos de Fernando y de Isabel, los Reyes Católicos; y en ese relato nada hemos inventado nosotros; así lo han trasmitido los contemporáneos de entónces.

Al aparecer en Europa, algo de extraño y sorprendente deberia haber en aquellos primitivos gitanos; y al decir primitivos, entendemos, no los seudo-penitentes de pelo crespo y fea catadura de que habla Pasquier, sino los de lacio cabello, hombres esbeltos, mujeres agraciadas y de brillantes ojos cuando la miseria y las penalidades no destruyen su complexion, cuyo tipo ha venido conservándose hasta nuestros días.

Pero, ¿qué aspecto presentaba en aquella sazon el carácter moral de Europa?

Aun sin remontarnos más allá de la segunda mitad del siglo XV, la Europa se encontraba bajo el régimen del misticismo. Los hombres se habian acostumbrado á gobernar todas sus acciones bajo la pauta del culto religioso, y el soberano como el guerrero, el señor como el siervo, no daban paso desde la cuna al sepulcro sin someterse á las prácticas del templo.

La invasion mahometana no hizo más que cambiar de forma: si las poblaciones del destruido imperio griego, desde el Asia Menor hasta la Hungría habian adoptado el culto del Coran, no por eso se regian ménos por las ritualidades del misticismo.

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