Capítulo I - De la penitencia que a imitación de Beltenebros principió y no concluyó nuestro buen caballero don Quijote
La casualidad quiso que Rocinante tomase por una vereda que en dos por tres los llevó, al través de un montecillo, a un verde y fresco prado por donde corría manso un arroyuelo, después de caer a lo largo de una roca. El sol iba a ponerse tras los montes, y sus últimos rayos, hiriendo horizontalmente los objetos, iluminaban la cima de los árboles. El murmurio del arroyo que en cascaditas espumosas no acaba de desprenderse de la altura; el verde obscuro del pequeño valle donde tal cual silvestre florecilla se yergue sobre su tronco; el susurro de la brisa que está circulando por las ramas; el zumbido de los insectos invisibles que a la caída del sol cantan a su modo los secretos de la naturaleza, todo estaba convidando al recogimiento y la melancolía, y don Quijote no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse profundamente triste.
-Tan grande es mi desventura, ¡oh amigo! -dijo-, que se ha de prolongar más allá de mis días, pues no veo que hacia mí venga doncella ninguna con ninguna carta. Oriana fue menos cruel con Amadís, Onoloria con Lisuarte, Claridiana con el caballero del Febo: convencidas de su error en el negocio de sus celos, mandó cada cual una doncella a sacar a su amante de las asperezas donde estaba consumiéndose. Para mí no hay doncella, viuda ni paje que me traiga la cédula de mi perdón, y a semejanza de Tristán de Leonís habré de perder el juicio en estas soledades.
Se apeó en este punto y se quedó inmóvil, apoyado en su lanza, muy persuadido de que un mundo de amor y dolor estaba gravitando sobre él. Contemplole un buen espacio su escudero; mas viendo que la apasionada criatura se dormía en sus pensamientos, se atrevió a interpelarle de este modo:
-¿Así piensa vuesa merced pasar la noche, señor don Quijote? Si la señora Dulcinea tuviera noticia de este martirio, aún no tan malo; pero atormentarse el jaque mientras la coima está solazándose, sabe el diablo con qué buena pécora, no me parece puesto en razón. Quiérala vuesa merced, mas no hasta perder el hambre ni el sueño; que ellas no lo suelen pasar mal en consideración a nuestras amarguras. Hijos de tus bragas, y bueyes de tus vacas, señor. Del viejo el consejo: oiga vuesa merced el mío, y dejando para mejor ocasión la penitencia, monte a caballo, y vámonos adelante, que tiempo no nos ha de faltar para morir de apasionados mientras hay hembras en el mundo.
Avínole bien a Sancho que su amo estuviese tan absorto en sus pensamientos, que si oyó la voz maquinalmente, no apreció el sentido de las palabras. Llamarle jaque a él y coima a su angélica soberana, era irreverencia digna de doscientos palos. No respondía el caballero, y seguía pensativo y melancólico, echando ayes de más de la marca y volviendo los ojos a la bóveda celeste. De súbito se tiró sobre Rocinante y se metió por un bosquecillo, mientras el escudero daba de los talones a su jumento, por no quedarse rezagado. No a mucho andar, desembocó en un sitio descubierto, y vio a su señor hacia la margen de un riachuelo, con ese talante alerta y belicoso con que el caballero solía brillar cuando pensaba ser cosa de aventura.
-Asombrado estoy, Sancho: o es alucinación mía, o por estas orillas sonó poco ha el blando llorar de un niño. Mira por esas malezas si das con una cuna de marfil o un cestillo de mimbres; que de este modo suelen exponer a las corrientes de las aguas los hijos que las princesas han a furto de sus padres.
-Si vuesa merced oyó ese clamor, diga que es el diablo -respondió Sancho-. ¿Qué niño ha de haber por estos despoblados? Haga la Virgen que estos sean otros batanes, o aquí me acabo de morir de miedo.
-¿Cómo quieres -replicó don Quijote- que la malicia, la perversidad, la condenación tomen la forma de los ángeles? Ángeles son los niños en la tierra: si los años y las tentaciones del mundo no torciesen y corrompiesen su naturaleza, no tendría el hombre necesidad de pensar en otra vida, porque en esta misma gozaría de la gloria.
-¿Y cómo es -volvió Sancho a decir- que vemos al diablo pasar echando fuego por los ojos, saltando y bramando como chivo, o se nos mete en casa en figura de gato negro, cuando no prefiere ser mono?
-Mona es tu cara, lego supersticioso -dijo don Quijote-. Concediendo que Satanás tuviese el poder de entrometerse con nosotros, yo nunca le daría un exterior perfecto, ni él me engañaría con su persona, aunque fuese brujo. Si se presenta de gallardo mancebo, el pie de horqueta no lo puede ocultar; si comparece de fraile, la joroba le denuncia; si viene de niña hermosa, la una oreja le está ardiendo como una ascua.
-Y cuando sale de caballero andante, ¿en qué se le conoce, señor? -preguntó Sancho.
-De escudero suele salir, bellaco: yo no se si ahora mismo no lo tengo en mi presencia. De caballero andante no sale ni puede salir: la profesión de los tales caballeros es el amparo de los desvalidos, el socorro de los menesterosos, el remedio de los angustiados, y aquel personaje se ocupa en hacer todo lo contrario. Ve y requiere la espesura de esas cañas, de donde a mi parecer salió el vagido.
-¿Vuesa merced me garantiza de que el Malo no se convierte jamás en persona humana?
-Aun cuando por de pronto cargase contigo-respondió don Quijote-, no sería cosa: del quinto infierno te habría yo de sacar, y como el fuego todo lo purifica, bien pudiera ser que te dejaras por allá algunas de tus impertinencias y bellaquerías.
Habíase apeado Sancho Panza y se puso a cruzarse el pecho con santiguadas enormes. Armado así, empezó a volar la ribera.
-¡Hide... tal, y cómo se menea! -gritó al cabo de un rato-:¡no tiene mal rejo el angelote!.
Acudió el caballero a las voces, y vio un fresco pimpollo tendido al pie de un arbusto. Negros y grandes eran los ojos del párvulo, y miraban con dulce limpidez, dejando ver tras ellos la pureza de los serafines.
-¿Querías que éste fuese el demonio, hombre sin fe ni conciencia? -dijo don Quijote-. Al pecho debe tener una carta que indique su nombre y condición; si bien estas ricas telas nos dan a conocer anticipadamente la real prosapia de este infante.
Y quedándose pensativo un rato, agregó con algún recuerdo caballeresco:
«Tomes este niño, conde,
Y lléveslo a cristianar:
Llamédesle Montesinos,
Montesinos le llamad».
-Este muchacho debe de pertenecer a una familia de pastores -dijo Sancho-, quienes le dejaron aquí dormido mientras recogen las ovejas.
-¡La oveja eres tú! -respondió su amo encolerizándose manifiestamente-. Si supieras cómo pasan las cosas en el mundo de la caballería, dieras por cierto que este mancebillo tendrá trono que ocupar y pueblo que regir, por obra de esta mi buena espada.
-Ofrecida sea al diablo la gana que tengo de cargar con este avechucho, señor don Quijote.
-Cuando yo tengo por príncipe a este ser tan bello como desvalido -respondió el caballero- has de hablar de él con respeto, so pena de incurrir en delito de lesa majestad. ¿Qué hubiera sido del mayor de los profetas, si en vez de la doncella caritativa que le salvó del agua, se hallasen por ahí un corazón bronco y un juicio huero como los tuyos? ¿Y Pelayo, el gran Pelayo, no fue asimismo expuesto a la corriente del Tajo y depositado en la orilla del río que obedecía los decretos de la Providencia? Mira cuántos y cuán grandes males, sin una mano benéfica que le salvase y un hombre discreto que le criase. Los moros dueños de España para siempre, la fe de Jesucristo perdida en ella, la noble raza de Alarico sujeta a la cimitarra.
-Juro a Dios por esta cruz -dijo Sancho- que si este rapazuelo está para evitar esas calamidades, yo he de ser su tutor y padre, y le he de mantener como a mi hijo propio, aun cuando me salga un tarambana, pues yo sé el refrán que dice: «A padre ganador, hijo despendedor»; y no se me olvida que «a padre santo, hijo diablo».
-Si a refranes va -replicó don Quijote-, el que haría al caso sería el que dice: «de padre cojo, hijo ronco». Pero no das en el clavo; esos males están remediados e impedidos para en lo adelante; ni se trata de que este niño sea Pelayo, sino uno que está destinado quizás para mayores cosas. Don Amadís de Gaula, dime, don Amadís de Gaula, ¿cómo piensas que salió a buen puesto, y vivió para ser el espejo de la caballería? ¿Y el niño Esplandián, hijo de este buen Amadís y la sin par Oriana, no fue asimismo echado al mar, porque su madre no padeciese en su fama? Angeloro, fruto ilegítimo de Medoro y Angélica la bella, que vino a ser soberano del Catay, debió la vida y el cetro al sabio Proserpido, habiendo aportado la cuna de ese emperador en cierne en la isla de este solitario. Alza el niño, Sancho, y vente tras mí. El buen obrar trae consigo mismo la recompensa, aun cuando no se sigan efectos más notorios.
-Si hay aquí gato encerrado -dijo Sancho- yo he de ser, como de costumbre, el que lo lleve al agua.
Don Quijote estaba ya muy adelante, y no oyó las razones de su escudero, el cual hubo de seguir con el hallazgo a cuestas, esperando la segunda parte de la aventura, que de ordinario suele verificarse sobre sus costillas.
Capítulo II - Del encuentro que don Quijote de la Mancha tuvo con Urganda la desconocida
Una columna de humo que salía de un arbolado los guió a la mansión campestre que daba esa señal doméstica tan grata para rendidos caminantes. Apeose don Quijote, y como a nadie viese, dijo a Sancho:
-Mira si descubres por ahí algún ser viviente con quien podamos averiguarnos. El humo es claro indicio de la presencia humana, y el fuego el más fiel y consolador amigo del hombre.
-No veo animales ni aves caseras -respondió Sancho-; y no hay choza sin gallinas, ni gente honrada que no tenga su vaca, o por lo menos su cerdo en el patio. Esta es guarida de ladrones, o soy mal zahorí. De más buena gana ando yo por caminos reales, donde los peligros no son tan eminentes, y adonde la Santa Hermandad puede acudir a tiempo. Conviene, señor don Quijote, que nos vuélvamos sin tocar al avispero. Guárdate, dice el Señor.
-El miedo y la ignorancia -respondió el hidalgo- son los toques principales de tu carácter. Si algún peligro hubiese, podría él ser inminente. Eminentes son los príncipes de la Iglesia. Y quieres que nos vuélvamos: sé tú más buen cristiano, y querrás cuando más que nos volvamos. ¿Qué temes, apocada criatura? ¿Por qué lloras, niño septenario? ¿Qué es lo que te hace temblar, mujer sin resolución?
Niña sois, pulceta tierna;
Tu edad, de quince no pasa,
pero yo te haré pasar por las llamas infernales si fuere necesario. ¿No ves que con tu eterna pusilanimidad me pierdes el respeto, dando a entender que no tienes entera fe en la eficacia de mi protección? Si te asaltan bandoleros, si te aporrean venteros, no es nada: aquí está don Quijote para seguirlos, cogerlos y escarmentarlos.
-El cielo pague tan buenas intenciones -replicó Sancho-; mas cuando veo que ellas nada valen contra estacas de yangüeses, no puedo renunciar del todo a la prudencia. Can de buena raza, siempre ha mientes del pan y de la... manta.
-La prudencia suele servir de máscara a la cobardía -dijo Don Quijote- y las previsiones extremadas son diligencias del miedo las más veces. Ni espectros ves, ni oyes alaridos, ni hay cosa que justifique tu desmayo.
-Ni espectros vi, ni oí alaridos en el val de las estacas, señor, y con todo, no saqué muy sano el cuerpo.
-Cuando eso te quiere suceder -volvió a decir don Quijote-, ¿por qué no te defiendes como bueno? ¿Parécete mejor andar enfermándome los oídos con tus lamentaciones, que arrostrar al enemigo, y vencerle o sucumbir con gloria?.
En estas razones estaban caballero y escudero, cuando salió de por ahí una vejezuela, apoyada en un bordón que la sostenía a duras penas. Un siglo en piel y huesos, cien años comprimidos y reunidos en escaso volumen, tal era el objeto que se ofrecía a la vista de los aventureros, quienes no las tuvieron todas consigo en presencia de ese ente vaporoso. Ni se vio jamás cara más arrugada, amoratada y desfigurada; ojos más chiquitos, hundidos, amortiguados y nublados; cuerpo más seco, trémulo y enclenque; paso más inarmónico, débil e inseguro que los del espectro que allí se les venía acercando. Las manos eran flacas, los dedos nudosos, la cabeza sin pelo, sino tal cual mechón ceniciento por la nuca; los labios, negros, flojos y caídos; el cuello, cuatro cuerdas; el pecho, teatro de amor y voluptuosidades ahora ha ochenta años, causaba horror. Si persona humana, era esa la burla que el viejo hechicero llamado Tiempo hace del hombre transmutándole en un ser de naturaleza extraña, en el cual no caben hermosura ni felicidad. Esos ojos que hielan el corazón fueron ojos de ángel enamorado; la boca purpurina, nido de dulces sonrisas, es hoy puerta de la sepultura; la convexidad rubicunda de sus mejillas, los declivios suaves, primorosos de su seno, son cavernas; la mano, blanca, lisa, es un horrible garfio. Ese ente feo, horripilante, fue mujer hermosa, amó e infundió amor. El hombre que se extralimita en los términos comunes de la existencia humana sale del mundo, en cierto modo, sin dar en la eternidad, y se queda entre la vida y la muerte, causando en los demás un respeto que hasta se parece al miedo. El que llega a los cien años tiene ya sobradas conexiones con la tumba, es un aparecido, y no se le puede mirar sin el terror secreto con que contemplamos el Genio del sepulcro revestido de fuerzas humanas.
La vejezuela tenía los ojos clavados en el niño, mientras Sancho Panza no podía ya con la angustia de su pecho, dando al demonio la adquisición de esa prenda.
-No habrá sino entregarlo como está, señor don Quijote -dijo-: sano le hallé, sano le traigo, y cuéntenle los pañales.
-He de ser muy hábil y mañero para que yo haga carrera contigo -respondió don Quijote; y acomodando las circunstancias a su locura, le habló pasito de este modo:
-Esta es, hijo Sancho, una fada o encantadora que quiere probarme. La sabia Belonia miraba por don Belianís de Grecia; Hipermea protegió a don Olivante de Laura; la fada Morgaina y la dueña Fondovalle a Florambel de Lucea ...
Aquí estaba de sus divagaciones don Quijote, cuando llegó corriendo una mujer exasperada, se tiró sobre el parvulito, y arrancándolo de los brazos del escudero, se puso a devorarlo a besos.
-Hermosa señora -dijo don Quijote-, vos sois, sin duda, la madre de este niño: don Quijote de la Mancha ha tomado por suya la cuita de vuestra grandeza, y promete no envainar la espada sino después del más completo desagravio que a princesa hizo jamás ningún andante caballero.
La angustiada madre empezó a requerir con la vista los alrededores, cosa de malísimo agüero para Sancho, quien no perdió tiempo de alegar en su defensa:
-Mirad, hermana, que yo no quito hijos a nadie, pues los tengo propios; ni robo gente, porque no la he menester. Hallamos solo y abandonado a este mamoncito, y le he cogido en mis brazos como obra de caridad. En honradez yo sé quién soy, y mi señor don Quijote que no me dejará mentir.
Serenada la pobre mujer con este discurso, preguntó a los viajeros el motivo de encontrarse por lugar tan solitario.
«El caballo iba cansado
De por las breñas saltare:
El marqués muy enojado
Las riendas le fue a soltare.
Por do el caballo quería
Le dejaba caminare»,
respondió don Quijote, aludiendo a la costumbre de los aventureros de dejarse llevar por sus caballos.
-¡Deo gratias! -dijo uno como gigante, presentándose allí con una hacha al brazo-; ¿quiénes son estos hombres?
-¿Hombres decís? -respondió don Quijote-; ¿hombres y nada más?
-¡Arre allá, diablo! -repuso el gañán-; ¿qué buscarán éstos por aquí? Si esta choza acomoda, serán voacedes servidos con el queso de mis cabras y con una zalea para dormir. Hombres somos todos, y ojalá fuéramos hermanos.
Subyugado por tan buenas expresiones, mandó el caballero poner las bestias al pasto de la verde grama, teniendo en cuenta no quitar a Rocinante sino el freno, según es de uso y costumbre en las aventuras. Como el diligente escudero andaba en este afán, se le llegó su amo y le dijo con cierta cautela:
-¿Pueden rodar las cosas por su pendiente natural, cuando en ellas anda metida una mágica tan entruchona como Urganda? No dudes en tener por tal a esa viejecilla. Tú vas a verlo: envuelta en una nube se nos va por los aires cuando menos acordemos, o desaparece convertida en fiera sierpe. ¿Quién sabe si este no es un castillo encantado, y aquel jayán el mago Alquife, marido de la dicha Urganda? Diligencia no he de omitir para desentrañar la verdad; y cuando todo saliere fallido, mi espada no faltará. Aunque es cosa de ver despacio si no me estuviera mejor deshacer el encanto con arte y maña, valiéndome de un anillo prodigioso, el de Gigés, verbigracia, del cual se sirvió Bradamante en un caso tan peliagudo como éste. Bien es que para ello me habré de disfrazar de mujer, y me hará muy al caso llamarme Daraya o Garaya, a imitación del príncipe Agesilao.
-Tan castillo encantado es este como el de Juan Palomeque -respondió Sancho-. Venga ese queso aunque sea de cabra, que en año malo la paja es grano; y donde nada nos deben, buenos son cinco dineros. En lo de Urganda no me entremeto: vuesa merced puede tener razón, y yo mismo estoy en un tris de tener por bruja a esa vieja.
-¿Y donde hay bruja no habrá magia? -replicó don Quijote-; ¿y donde hay magia no habrá encanto?, ¿y dónde hay encanto no habrá príncipes y princesas? Ven acá, bobillo, ¿te juzgas más perito que tu señor en esto de las aventuras? Espera y verás lo que es bueno.
Capítulo III - De la manera como don Quijote de la Mancha hizo suya una aventura de otro famoso caballero
No era muy claro el estilo caballeresco para esa buena gente, y estaba entre admirando a huésped tan singular y recelándose de sus armas. La hacendosa campesina no había por esto dejado de entender en la bucólica, y un puchero humeante era el testimonio de su diligencia. El alma se le iba a Sancho tras aquel humillo: hubiera querido verse ya mano a mano con la cazuela, aun cuando ella no prometiera tanto como las bodas de Camacho. Pero no hay manjar como la buena disposición, y el hambre adereza maravillosamente hasta las cosas humildes: ella es la mejor cocinera del mundo; todo lo da lampreado y a poquísima costa. Dichosos los pobres si tienen qué comer, porque comen con hambre. La salud y el trabajo tienden la mesa, bien como la conciencia limpia y la tranquilidad hacen la cama: el hombre de bien, trabajador, se sienta a la una, se acuesta en la otra, y come y duerme de manera de causar envidia a los potentados. La pobreza tiene privilegios que la riqueza comprara a toda costa si los pudiera comprar; mientras que la riqueza padece incomodidades contra las cuales nada pueden onzas de oro. ¿Cuánto no daría un magnate por un buen estómago? El pobre nunca lo tiene malo, porque la escasez y moderación le sirven de tónico, y el pan que Dios le da es sencillo, fácil de digerir, como el maná del desierto. El rico cierne la tierra, se va al fondo del mar, rompe los aires en demanda de los comestibles raros y valiosos con que se emponzoña lentamente para morir en un martirio, quejándose de Dios: el pobre tiene a la mano el sustento, con las suyas lo ha sembrado enfrente de su choza, y una mata le sobra para un día. El faisán, la perdiz son necesidades para el opulento, hijo de la gula; al pobre, como al filósofo, no le atormentan deseos de cosas exquisitas. Más alegre y satisfecho sale el uno de su merienda parca y bien ganada, que el otro andando a penas, henchido de viandas gordas y vaporosos jugos. El uno come legumbres, el otro mariscos suculentos, producciones admirables del Océano: el uno se contenta con el agua, licor de la naturaleza; el otro apura añejos vinos; y en resumidas cuentas, el que no tiene sino lo necesario viene a ser de mejor condición que el que nada en lo superfluo. ¿Hay algo más embarazoso, fastidioso, peligroso que lo superfluo? Donde la necesidad y la comodidad se dan la mano, allí está la felicidad, y, de esa combinación no nacen ni el hastío ni el orgullo; otra ventaja. Soberbia, malestar, desabrimiento, de la riqueza provienen, cuando no es bien empleada; que cuando sirve de báculo de la senectud, vestido de la desnudez, pan de la indigencia, la riqueza es fuente de gratas sensaciones, y por sus méritos a ella le toca el cetro del mundo. ¿Pero dónde están los ricos ocupados en el bien de sus semejantes? Son de especie superior, creído lo tienen, y su corazón, bronco por la mayor parte, no suele abrigar los afectos suaves, puros, que vuelven la inocencia al hombre, le poetizan y elevan hasta los ángeles, sus hermanos. El Señor promete el reino de los cielos a los pobres; de los ricos, dice ser muy difícil que atinen con sus puertas. Si, pues, los ricos tienen esta dificultad, no son los más bien librados; aunque pueden redimirse con sus caudales, empleándolos en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, siempre de corazón, sin prevalecer por la soberbia. El silencio es el reino de la caridad, abismo luminoso donde no ve sino Dios; si alquilas las campanas para llamar a los pobres y dar limosna a mediodía en la puerta de la iglesia pregonando tu nombre, eres de los réprobos. La misericordia es muy callada, la compasión muy discreta, la caridad muy modesta: al cielo subimos sin ruido, porque la escalera de luz no suena.
Sancho era de los pobres: el ejercicio daba en él fuerza al hambre, a la cual ayuda el no tener idea fija ni pensamiento inquieto, con un corazón del todo apagado. Así es que, en ofreciéndose espumar un caldero, no lo hacía con etiqueta, y a falta de pichones no asqueaba la gallina. El dueño de casa invitó a sus huéspedes en buenos términos a la penitencia; y don Quijote comió sin dejar de figurarse que estaba en el palacio de un emperador. Fija la imaginación en los encantamientos, transmutaciones y prodigios que él se tenía sabidos, explayó en ellos la palabra, y después de otras razones, continuó de sobremesa:
-No pocas glorias me ha frustrado un sabio mi enemigo que en particular me persigue; pues han de saber vuesas mercedes que así como echo en tierra a mi contrario y le tengo debajo de mi lanza, me lo convierte luego en persona distinta, y siempre un conocido, a fin de que no acabe yo de matarle, o en objetos ruines que se burlan de mi justa cólera. Los gigantes vueltos cueros de vino; la transmutación de mi señora Dulcinea del Toboso en una labradora; el caballero de los Espejos cambiado en bachiller Sansón Carrasco, y su escudero en Tomé Cecial, son niñerías para con la aventura del gigante Orrilo.
-¡Y qué narices las del tal escudero! -dijo Sancho-: sé decir al señor don Quijote que si sus enemigos invisibles no cambian ese monstruo en Tomé Cecial, allí entrego yo el alma al diablo. Salgo fiador, señores, de la verdad de esa aventura, si bien la del gigante Burrillo no se me acuerda por ahora.
-Decir pudieras -respondió don Quijote- que te constaba aquel suceso. ¿No te acuerdas cómo no había forma de acabar con el nigromante, porque así le derribaba yo un miembro como él lo tomaba y lo volvía a su lugar? Échole un brazo en tierra; hele allí que se agacha, lo toma y se lo pega como nacido. De un tajo, ¡zas!, le vuelo entrambas piernas: corre y se incorpora en ellas para volver a la carga. Le corto la cabeza, la que rueda por el suelo dando botes: el mago se precipita sobre ella y se la planta sobre los hombros. ¿Y esto se te olvida?, ¿y esto pones en duda?, ¿y esto niegas, desalmado Sancho?
-No niego, señor don Quijote. Déme vuesa merced la primera letra del lugar de ese acaecido, y podré venir en lo que vuesa merced mandare.
-En Damiata, cautivo -replicó don Quijote-; en la desembocadura del Nilo, desmemoriado; no lejos del Cairo, impostor; al pie de la torre de donde aquel ladrón salía y mataba o se llevaba prisioneros a cuantos podía haber a las manos en un gran circuito.
-Dígame, señor don Quijote, y así Dios provea a sus necesidades, ¿vuesa merced consumó en persona esa hazaña? ¿Yo dónde estuve?
-Estarías en los infiernos, bellaco. En persona no consumé la hazaña; mas como vencí a Astolfo, vencedor de Orrilo, todas sus acciones y proezas me pasaron a mí; y según las reglas de la andante caballería, puedo y aun debo contarlas por mías. ¿Qué más da que hubiera yo vencido al nigromante o al aventurero que le quitó la vida?
-Y a ese Astolfo ¿en dónde le venció, señor mío de mi ánima? -preguntó Sancho.
-De las narices bien te acuerdas -respondió don Quijote-; mis hechos de armas de buena gana olvidas. ¿Quién piensas que fue ese que pareció el bachiller Sansón Carrasco cuando le tuve muerto? ¿Quién se combatió conmigo bajo el nombre de caballero de los Espejos? ¿A quién rendí, a quién perdoné, a quién mandé ir y ponerse a los pies de mi señora Dulcinea del Toboso, para que ésta hiciese de él a su guisa y talante? Pues ése fue Astolfo, según yo me lo doy a entender; y ese Astolfo hizo con el gigante Orrilo lo que no quieres comprender ni confesar. Oye bien, gaznápiro: no es Burrillo como dijiste, sino Orrilo.
-Según eso -volvió Sancho a decir- vuesa merced dispuso de la cabeza del jayán, pues le correspondía como botín de guerra.
-Y dispondré de la tuya. Lo que dispongo es que no digas ni chus ni mus hasta nueva licencia, o te compongo las intenciones y enderezo las palabras, galopín ingenioso. La cabeza del jayán no podía yo sino echar a los perros; el despojo que ansiaba era el famoso cuerno de su vencedor, prenda más codiciable que el anillo de Angélica o las armas de Rolando.
La exaltación del caballero era ya de las que su criado solía respetar; y así salió mohíno éste, so pretexto de mirar por las caballerías, no fuese que Ginesillo de Parapilla cargase de nuevo con el rucio. Como en todo pecho generoso, la cólera no duraba en don Quijote: cuando la consideró apagada, volvió el escudero; y como la noche anduviese muy adelante, cada cual se acomodó lo mejor que pudo, y todo quedó en silencio. Silencio que no duró una eternidad, porque don Quijote lo interrumpió diciendo:
-Sancho, Sancho, esto de la reposición en su trono del príncipe que hallarnos poco ha, es cosa de mucho momento. Mira cómo te levantas y con suma cautela requieres las murallas de esta fortaleza, por si descubres un resquicio o desportilladura que me dé paso, puesto yo sobre Rocinante. Tomándolos por sorpresa, me llevo de calles a todos los paladines que lo defienden, y sin más ni más dejamos concluido este negocio. Pero ten cuenta de no hacerte sentir por el atalaya, porque te disparará por lo pronto una jabalina y echará a vuelo las campanas del castillo. Anda, hijo, y da gracias a Dios que así te dé para ocasiones donde te muestres prudente y generoso.
-Albricias, madre, que pregonan a mi padre -respondió Sancho-: ahora debo dar gracias por lo que me mataría de pena, si me viese en la necesidad de cumplir. A res vieja alíviale la reja, señor: sin descansar no hay trabajar, y sin dormir no hay azotarse.
-¿Qué estás diciendo ahí de azotes, embustero? ¿Quién te ha mandado azotarte ahora?
-Como vuesa merced -replicó Sancho- quiere remediarlo todo a costa mía, pensé que se trataba de desencantar de nuevo a mi señora Dulcinea, y de camino al muchacho.
-Duerme, animal -dijo don Quijote-, duerme, y no me saques de mis casillas con tus necedades y embustes. Cuando yo te mande que te azotes, te azotarás; y si no te azotas, morirás, escudero mal intencionado e insurgente.
Durmió Sancho; no se azotó ni bien ni mal, y al otro día salió a la conquista del mundo tras su señor, el cual no se acordó del príncipe, de Urganda la desconocida, ni de maldita la cosa.
Capítulo IV - De la grande aventura de los tres penitentes, y otras de menos suposición
-¿Y ahora adónde vamos? -preguntó Sancho-. Si todas las aventuras han de correr como la de esta noche, ya puede vuesa merced llevarme al fin del mundo. Hemos comido bien, no hemos dormido mal, y ni la fada Urganda ni el mago Alquife nos han perjudicado en lo más mínimo.
-Si esta resolución dura en ti -respondió don Quijote- no veo lejano el día en que te halles conde de Oropesa o pertiguero mayor de Santiago. El buen semblante que ponemos a los sucesos de la vida parece modificarlos en favor de los ánimos serenos, a quienes el pasado no aflige, no desconcierta el presente ni pone cavilosos el porvenir. Pero si los quebrantos y las desgracias encuentran en ti la filosófica resistencia del sabio, ten cuidado de no salir de madre al primer viento propicio que te sople: harto dejas conocer que así te ensoberbece la próspera como te hace desmayar la adversa fortuna. ¿Qué motivo de alborozo es el que hubieses comido y dormido bien una noche? Más digno de nosotros sería haberla pasado en vela y en ayunas para seguir mejor nuestra profesión de andantes.
The opening of the book is shown; the full text loads in the reader.
Loading the full text…
The end
You’ve reached the end of Capítulos que se le olvidaron a Cervantes.
