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A fuego lento

Emilio Bobadilla · 1903 · Free in the US

63,823 words · about 4 h 28 min to read

Period artwork: Interior of the Bodleian Library, 1845
About this edition

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Licence: PD-US · Published in 1903 (before 1931): public domain in the United States. Text and transcription from es Wikisource by Wikisource contributors (transcription licensed CC BY-SA 4.0; contributors: https://es.wikisource.org/w/index.php?title=A_fuego_lento&action=history). · Wikisource contributors

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About this book

Author
Emilio Bobadilla
Language
Spanish
Published
1903
Length
63,823 words · about 4 h 28 min
Sections
45 reader sections
Text
Digital text
Rights
Public domain in the United States

 

Contents (45)
  1. 1º parte - Capítulo I about 4 min
  2. 1º parte - Capítulo II about 8 min
  3. 1º parte - Capítulo III about 6 min
  4. 1º parte - Capítulo IV about 11 min
  5. 1º parte - Capítulo V about 7 min
  6. 1º parte - Capítulo VI about 6 min
  7. 1º parte - Capítulo VII about 16 min
  8. 1º parte - Capítulo VIII about 13 min
  9. 1º parte - Capítulo IX about 7 min
  10. 1º parte - Capítulo X about 4 min
  11. 1º parte - Capítulo XI about 4 min
  12. 1º parte - Capítulo XII about 8 min
  13. 2º parte - Capítulo I about 6 min
  14. 2º parte - Capítulo II about 6 min
  15. 2º parte - Capítulo III about 9 min
  16. 2º parte - Capítulo IV about 8 min
  17. 2º parte - Capítulo V about 4 min
  18. 2º parte - Capítulo VI about 3 min
  19. 2º parte - Capítulo VII about 5 min
  20. 2º parte - Capítulo VIII about 5 min
  21. 2º parte - Capítulo IX about 2 min
  22. 2º parte - Capítulo X about 14 min
  23. 2º parte - Capítulo XI about 3 min
  24. 2º parte - Capítulo XII about 2 min
  25. 2º parte - Capítulo XIII about 6 min
  26. 2º parte - Capítulo XIV about 4 min
  27. 2º parte - Capítulo XV about 3 min
  28. 2º parte - Capítulo XVI about 2 min
  29. 2º parte - Capítulo XVII about 9 min
  30. 2º parte - Capítulo XVIII about 5 min
  31. 3º parte - Capítulo I about 6 min
  32. 3º parte - Capítulo II about 2 min
  33. 3º parte - Capítulo III about 4 min
  34. 3º parte - Capítulo IV about 9 min
  35. 3º parte - Capítulo V about 6 min
  36. 3º parte - Capítulo VI about 5 min
  37. 3º parte - Capítulo VII about 7 min
  38. 3º parte - Capítulo VIII about 5 min
  39. 3º parte - Capítulo IX about 6 min
  40. 3º parte - Capítulo X about 8 min
  41. 3º parte - Capítulo XI about 5 min
  42. 3º parte - Capítulo XII about 3 min
  43. 3º parte - Capítulo XIII about 8 min
  44. 3º parte - Capítulo XIV about 3 min
  45. 3º parte - Capítulo XV about 3 min

Continue:

1º parte - Capítulo I

Primera parte

Capítulo I

«Si le lecteur ne tire pas d'un livre la moralité qui doit s'y trouver, c'est que le lecteur est un imbécile ou que le livre est faux au point de vue de l'exactitude...»

(GUSTAVE FLAUBERT.-Correspondance. Quatrième série. Pág. 230.-Paris, 1893).

Llovía, como llueve en los trópicos: torrencial y frenéticamente, con mucho trueno y mucho rayo. La atmósfera, sofocante, gelatinosa, podía mascarse. El agua barría las calles que eran de arena. Para pasar de una acera a otra se tendían tablones, a guisa de puentes, o se tiraban piedras de trecho en trecho, por donde saltaban los transeúntes, no sin empaparse hasta las rodillas, riendo los unos, malhumorados los otros. Los paraguas para maldito lo que servían, como no fuera de estorbo.

A pesar del aguacero, el cielo seguía inmóvil, gacho, uniforme y plomizo. La gente sudaba a mares, como si tuviera dentro una gran esponja que, oprimida a cada movimiento peristáltico, chorrease al través de los poros. Hasta los negros, de suyo resistentes a los grandes calores, se abanicaban con la mano, quitándose a menudo el sudor de la frente con el índice que sacudían luego en el aire a modo de látigo.

En las aceras se veían grupos abigarrados y rotos que buscaban ávidamente donde poner el pie para atravesar la calle. El río, color de pus, rodaba impetuoso hacia el mar, con una capa flotante de hojas y ramas secas. Tres gallinazos, con las alas abiertas, picoteaban el cadáver hinchado de un burro que tan pronto daba vueltas, cuando se metía en un remolino, como se deslizaba sobre la superficie fugitiva del río.

Ganga era un villorrio compuesto, en parte, de chozas y, en parte, de casas de mampostería, por más que sus habitantes -que pasaban de treinta mil-, negros, indios y mulatos en su mayoría, se empeñasen en elevarle a la categoría de ciudad. Lo cual acaso respondiese a que en ciertos barrios ya empezaban a construirse casas de dos pisos, al estilo tropical, muy grandes, con amplias habitaciones, patio y traspatio, y a que en las afueras de la ciudad no faltaban algunas quintas con jardines, de palacetes de madera que iban, ya hechos, de Nueva York y en las cuales quintas vivían los comerciantes ricos.

Ganga no era una ciudad, mal que pesara a los gangueños, que se jactaban de haber nacido en ella como puede jactarse un inglés de haber nacido en Londres.

-«Yo soy gangueño y a mucha honra» -decían con énfasis, y cuidado quién se atrevía a hablar mal de Ganga.

Tenían un teatro. ¿Y qué? ¡Para lo que servía! De higos a brevas aparecían unos cuantos acróbatas muertos de hambre, que daban dos o tres funciones a las cuales no asistían sino contadas familias con sus chicos. Se cuenta de una compañía de cómicos de la legua, que acabó por robar las legumbres en el mercado. Tan famélicos estaban. Al gangueño no le divertía el teatro. Lo que, en rigor, le gustaba, amén de las riñas de gallos, era empinar el codo. No se dio el caso de que ninguna taberna quebrase. ¡Cuidado si bebían aguardiente! Ajumarse, entre ellos, era una gracia, una prueba de virilidad. -«Hoy me la he amarrado» -decían dando tumbos.

Ganga, con todo, era el puerto más importante de la república. Cuanto iba al interior y a la capital, pasaba por allí. A menudo anclaban en el muelle enormes trasatlánticos que luego de llenarse el vientre de canela, cacao, quina, café y otros productos naturales, se volvían a Europa.

Las mercancías se transportaban al interior en vaporcitos, por el río y después en mulas y bueyes, al través de las corcovas de las montañas, por despeñaderos inverosímiles. A lo mejor las infelices bestias reventaban de cansancio en el camino, de lo cual daban testimonio sus cadáveres, ya frescos, ya corrompidos o en estado esquelético, esparcidos aquí y allá, mal encubiertos por ramas secas o recién cortadas. Horrorizaba verlas el lomo desgarrado por anchas llagas carmesíes. De sus ojos de vidrio se exhalaba como un sollozo.

Al cabo de tres horas escampó, pero no del todo. Una llovizna monótona, violácea, desesperante, empañaba como un vaho pegadizo la atmósfera. El calor, lejos de menguar, aumentaba. De todas partes brotaban, por generación espontánea, bichos de todas clases y tamaños, que chirriaban a reventar, sapos ampulosos que se metían en las casas y, saltando por la escalera, peldaño a peldaño, se alojaban tranquilamente en los catres. A la caída de la tarde empezaban a croar en los lagunatos de la calle, y aquello parecía un extraño concierto de eructos. Los granujas les tiraban piedras o les sacudían palos y puntapiés, que ellos devolvían hinchándose de rabia y escupiendo un líquido lechoso. El aire se poblaba de zancudos, que picaban a través de la ropa, y de chicharras estridentes que giraban en torno de las lámparas. Del alero de los tejados salían negras legiones de murciélagos que se bifurcaban chillando en vertiginosas curvas. A lo lejos rebuznaban asmáticamente los pollinos.

Ganga no difería cosa de los demás puertos tropicales. Muchas cocinas humeaban al aire libre, y de las carnicerías y los puestos de frutas emanaba un olor a sudadero y droguería.

1º parte - Capítulo II

Capítulo II

La casa del general don Olimpio Díaz andaba aquella tarde manga por hombro. Era un caserón mal construido, sin asomo de estética y simetría, vestigio arquitectónico de la dominación española. Dos grandes ventanas con gruesos barrotes negros y una puerta medioeval, de cuadra, daban a la calle. El aldabón era de hierro, en forma de herradura. Desde el zaguán se veía de un golpe todo el interior: cuartos de dormir, atravesados de hamacas, sala, comedor, patio y cocina. Lo tórrido del clima era la causa de la desfachatez de semejantes viviendas. En las ventanas no había cortinas ni visillos que dulcificasen el insolente desparpajo del sol del mediodía. Casi, casi se vivía a la intemperie. Las señoras no usaban corsé ni falda, a no ser que repicasen gordo, sino la camisa interior, unas enaguas de olán y un saquito de muselina, al través del cual se transparentaba el seno, por lo común exuberante y fofo. Se pasaban parte del día en las hamacas, con el cabello suelto, o en las mecedoras, haciéndose aire con el abanico, sin pensar en nada.

Las mujeres del pueblo, indias, negras y mulatas, no gastaban jubón; mostraban el pecho, el sobaco, las espaldas, los hombros y los brazos desnudos. Tampoco usaban medias, y muchas, ni siquiera zapatos o chanclos.

Los chiquillos andorreaban en pelota por las calles, comiéndose los mocos o hurgándose en el ombligo, tamaño de un huevo de paloma, cuando no jugaban a los mates o al trompo en medio de una grita ensordecedora. Otras veces formaban guerrillas entre los de uno y otro barrio y se apedreaban entre sí, levantando nubes de polvo, hasta que la policía, indios con cascos yanquis, ponían paz entre los beligerantes, a palo limpio. ¡Qué beligerantes! Al través de la piel asomaban los omoplatos y las costillas; la barriga les caía como una papada hasta las ingles; las piernas y los brazos eran de alambre, y la cabeza, hidrocefálica, se les ladeaba sobre un cuello raquítico mordido por la escrófula, tumefacido por la clorosis.

-¡Ven acá, Newton! ¿Por qué lloras?

-Porque Epaminondas me pegó.

Todos ostentaban nombres históricos, más o menos rimbombantes, matrimoniados con los apellidos más comunes.

El general tenía, pared en medio de su casa, una tienda mixta en que vendía al por mayor vino, tasajo, arroz, bacalao, patatas, café, aguardiente, velas, zapatos, cigarrillos, no siempre de la mejor calidad. Se graduó de general como otros muchos, en una escaramuza civil en la que probablemente no hizo sino correr. En Ganga los generales y los doctores pululaban como las moscas. Todo el mundo era general cuando no doctor, o ambas cosas en una sola pieza, lo que no les impedía ser horteras y mercachifles a la vez. Uno de los indios que tenía a su servicio don Olimpio Díaz, era coronel; pero como su partido fue derrotado en uno de los últimos carnavalescos motines, nadie le llamaba sino Ciriaco a secas, salvo los suyos. Cualquier curandero se titulaba médico; cualquier rábula, abogado. Para el ejercicio de ambas profesiones bastaban uno o dos años de práctica hospitalicia o forense. Hasta cierto charlatán que había inventado un contraveneno, para las mordeduras de las serpientes, Euforbina, como rezaban los carteles y prospectos, se llamaba a sí propio doctor, con la mayor frescura. Andaba por las calles, de casa en casa, con un arrapiezo arrimadizo a quien había picado una culebra, y al que obligaba a cada paso a quitarse el vendaje para mostrar los estragos de la mordedura del reptil juntamente con la eficacia maravillosa de su remedio. A no larga distancia suya iba un indio con una caja llena de víboras desdentadas que alargaban las cabezas, sacando la lengua fina y vibrátil por los alambres de la tapa. En los grandes carteles fijos en las esquinas, ahítos de términos técnicos, se exhibía el doctor, retratado de cuerpo entero, con patillas de boca de hacha, rodeado de boas, de culebras de cascabel, coralillos, etc. Sobre la frente le caían dos mechones en forma de patas de cangrejo.

Los habitantes de Ganga se distinguían además por lo tramposos. No pagaban de contado ni por equivocación. De suerte que para cobrarles una cuenta, costaba lo que no es decible. Como buenos trapacistas, todo se les volvía firmar contratos que cumplían tarde, mal o nunca, que era lo corriente.

Los vecinos se pedían prestado unos a otros hasta el jabón.

-Dice misia Rebeca que si le puede emprestá la escoba y mandarle un huevo porque los que trajo esta mañana del meicao estaban toos podrío.

-Don Severiano, aquí le traigo esta letra a la vista.

-Bueno, viejo, vente dentro de dos o tres días, porque hoy no tengo plata.

Y se guardaba la letra en el bolsillo, tan campante. Don Severiano era banquero.

El fanatismo religioso, entre las mujeres principalmente, excedía a toda hipérbole. En un cestito, entre flores, colocaban un Corazón de Jesús, de palo, que se pasaban de familia en familia para rezarle. -«Hoy me toca a mí», decía misia Tecla; y se estaba horas y horas de rodillas, mascullando oraciones delante del fetiche de madera, color de almagre. Don Olimpio, a su vez, confesaba a menudo para cohonestar, sin duda, a los ojos del populacho, sus muchas picardías, la de dar gato por liebre, como decía Petronio Jiménez, la lengua más viperina de Ganga.

Los indios creían en brujas y duendes, en lo cual no dejaba de influir la lobreguez nocturna de las calles. A partir de las diez de la noche, la ciudad, malamente alumbrada en ciertos barrios, quedaba del todo a oscuras, en términos de que muchos, para dar con sus casas y no perniquebrarse, se veían obligados a encender fósforos o cabos de vela que llevaban con ese fin en los bolsillos.

La vida, durante la noche, se concentraba en la plaza de la Catedral, donde estaba, de un lado, el Círculo del Comercio, y del otro, El Café Americano. Las familias tertuliaban en las aceras o en medio del arroyo hasta las once. En el silencio sofocante de la noche, la salmodia de las ranas alternaba con el rodar de las bolas cascadas sobre el paño de los billares y el ruido de las fichas sobre el mármol de las mesas. La calma era profunda y bochornosa. El cielo, a pedazos de tinta, anunciaba el aguacero de la madrugada o tal vez el de la media noche.

La casa de don Olimpio andaba manga por hombro. Misia Tecla, su mujer, gritaba a los sirvientes, que iban y venían atolondrados como hormiguero que ha perdido el rumbo. Una marimonda, que estaba en el patio, atada por la cintura con una cuerda, chillaba y saltaba que era un gusto enseñando los dientes y moviendo el cuero cabelludo.

-¡Maldita mona! -gruñía misia Tecla-. ¿Qué tienes? -Y acababa abrazándola y besándola en la boca como si fuera un niño.

La mona, que respondía por Cuca, se rascaba entonces epilépticamente la barriga y las piernas, reventando luego con los dientes las pulgas que se cogía. Por último se sentaba abrazándose a la cola que se alargaba eréctil hasta la cabeza, sugiriendo la imagen de un centinela descansando. No se estaba quieta un segundo. Tan pronto se subía al palo, al cual estaba atada la cuerda, quedándose en el aire, prendida del rabo, como se mordía las uñas, frunciendo el entrecejo, mirando a un lado y a otro con rápidos visajes, o atrapaba con astucia humana las moscas que se posaban junto a ella.

Un loro viejo, casi implume, que trepaba por un aro de hojalata, gritaba gangosamente: «¡Abajo la república! ¡Viva la monarquía! ¿Lorito? Dame la pata».

La servidumbre era de lo más abigarrado desde el punto de vista étnico: indios, cholos, negros, mulatos, viejos y jóvenes. La vejez se les conocía, no en lo cano del pelo, que nunca les blanqueaba, sino en el andar, algo simiano, y en las arrugas. Algunos de ellos, los indios, generalmente taciturnos, parecían de mazapán. Tenían, como todos los indígenas, aspecto de convalecientes. No todos estaban al servicio del general: los más eran sirvientes improvisados, recogidos en el arroyo.

Misia Tecla, que nunca se vio en tal aprieto, lloraba de angustia, invocando la corte celestial.

-¡Virgen Santísima, ten piedad de mí! ¡Si me sacas con bien de ésta, te prometo vestirme de listao durante un año! -Y corría de la cocina al comedor, y del comedor a la cocina, empujando al uno, gruñendo al otro, hostigando a todos, entre lágrimas y quejas.

-¡Ay, Tecla, mi hija, cómo tienes los nervios! -exclamaba don Olimpio.

Las gallinas se paseaban por el comedor, subiéndose a los muebles, y algunas ponían en las camas, saliendo luego disparadas, cacareando por toda la casa, con las alas abiertas.

-Ciriaco, mi hijo, espanta esas gallinas y échale un ojito al sancocho.

-Bueno, mi ama.

-Y tú, Alicia, ten cuidado con la mazamorra, no vaya a quemarse -decía atropelladamente misia Tecla.

Alicia era una india, delgada, esbelta, de regular estatura, de ojos de culebra, pequeños, maliciosos y vivos, de cejas horizontales, frente estrecha, de contornos rectilíneos, boca grande, de labios someramente carnosos. De perfil parecía una egipcia. Su energía descollaba entre la indolente ineptitud de aquellos neurasténicos, botos por el alcohol, la ignorancia y la superstición, como pino entre sauces. Huérfana desde niña, de padres desconocidos, misia Tecla la prohijó, aunque no legalmente, lo cual no era óbice para que don Olimpio la persiguiese con el santo fin de gozarla. Alicia se defendía de los accesos de lujuria del viejo que la manoseaba siempre que podía, llegando una vez a amenazarle con contárselo todo a misia Tecla si persistía en molestarla. Cierta noche, cuando todo el mundo dormía, se atrevió a empujar la puerta de su cuarto. -«¡Si entra, grito!» -Y don Olimpio tuvo a bien retirarse, todo febricitante y tembloroso, con los calzoncillos medio caídos y el gorro hasta el cogote.

Don Olimpio debía repugnarla con aquella cara terrosa, llena de arrugas y surcos como las circunvoluciones de un cerebro de barro, aquella calva color de ocre ceñida por un cerquillo de fraile y aquella boca sembrada de dientes negros, amarillos y verdes, encaramados unos sobre otros.

Alicia no sabía leer ni escribir; pero era inteligente, observadora y ladina y se asimilaba cuanto oía con una rapidez prodigiosa. Con frecuencia se enfadaba o afligía sin justificación aparente, al menos. La menor contrariedad la irritaba, encerrándola durante horas en una reserva sombría. Tenía diez y ocho años y nunca se la conoció un novio, y cuenta que no faltaban señoritos que la acechaban a cada salida suya a la calle con fin análogo al de don Olimpio. De tarde en tarde, a raíz de algún disgusto, padecía como de ataques histéricos, pero nunca se supo a punto fijo lo que la aquejaba porque el diagnóstico de los médicos de Ganga, que eran tan médicos como don Olimpio general, se reducía a decir que todo aquello «era nervioso y no valía la pena». La recetaban un poco de bromuro, y andando. La vida monótona de Ganga la aburría y la persecución de don Olimpio la sacaba de quicio, hasta el punto de que un día pensó seriamente en tornar la puerta.

Ella, en rigor, no gozaba sino cuando iban al campo, a una hacienda que don Olimpio arrendó, por no poder atenderla, a unos judíos, ¡Con qué placer se subía a los árboles, corría por el bosque y se bañaba en el río, como una nueva Cloe! Se levantaba con la aurora para dar de comer a las gallinas y los gorrinillos que ya la conocían. Estaba pendiente de las cabras recién paridas y de las cluecas que empollaban. Así había crecido, suelta, independiente y rústica.

1º parte - Capítulo III

Capítulo III

En la farmacia del doctor Portocarrero, semillero de chismes donde se reunía por las tardes el elemento liberal de Ganga. Petronio Jiménez, un cuarterón, comentaba a voz en cuello, como de costumbre, el banquete que le preparaba don Olimpio al doctor Eustaquio Baranda, médico y conspirador que acababa de llegar de Santo, huyendo de las guerras del Presidente de aquella república ilusoria. El doctor Baranda se había educado y vivido en París, donde cursó con brillantez la medicina. Había publicado varias monografías científicas, una, singularmente, muy notable, sobre la neurastenia, de la que hablaron las revistas francesas con elogio. Enamorado de la libertad y enemigo de toda tiranía, volvió a su tierra tras una ausencia de años y a instancias del partido liberal, con objeto de tumbar la dictadura. Como no era, ni con mucho, hombre de acción, sino un idealista, un soñador que creía que los pueblos cambian de hábitos mentales con una sangría colectiva, como si la calentura estuviese en la ropa (palabras de un adversario suyo), la conspiración urdida por él desde París, abortó y a pique estuvo de perder en ella el pescuezo. Los conspiradores se emborracharon una noche y fueron con el soplo de lo que se tramaba al dictador que, en pago del servicio que le hacían, les mandó fusilar a todos sin más ni más. El presidente era un negro que concordaba, física y moralmente, con el tipo del criminal congénito, de Lombroso. Mientras comía mandaba torturar a alguien; a varias señoras que se negaron a concederle sus favores, las obligó a prostituirse a sus soldados; a un periodista de quien le contaron que en una conversación privada le llamó animal, le tuvo atado un mes al pesebre, obligándole a no comer sino paja. Cuantas veces entraba en la cuadra, le decía tocándole en el hombro:

-¿Quién es el animal: tú o yo?

El Nerón negro le llamaban a causa de sus muchos crímenes.

Bajo aquel diluvio llegó el doctor a Ganga. En el muelle, que distaba una hora del villorrio, le aguardaba lo más selecto de la sociedad gangueña, con una charanga.

Un tren Decauville subía y bajaba por una cuesta pedregosa, y ocurría a menudo que, desatándose los vagones, llegaba la máquina sola a la estación mientras aquéllos rodaban por su propio impulso, pendientes abajo, hacia el punto de partida. Los viajeros iban en pie, entre fardos y baúles, en coches indecentísimos, atestados de indios churriosos que fumaban y escupían a diestro y siniestro. A medio camino se paraba el tren, como un tranvía, para recoger a algún viajero, cuando no descarrilaba, cosa que a diario sucedía, debido, sin duda, no sólo a lo malo de la vía férrea, sino a las borracheras consecutivas del maquinista y el fogonero.

-No se olvide de entregarle esa carta al compadre Sacramento.

-Pierda cuidado.

-Oye, no dejes de mandarme con el conductor el purgante que te pedí el otro día. Mira que tengo el estómago muy sucio.

-En cuanto llegue.

Diálogos análogos, sostenidos entre los que quedaban en los apeaderos y los que subían al tren, se oían a cada paso. De suerte que la demora originada por este palique a nadie impacientaba.

-¡Nosotros, nosotros somos los llamados a festejar al doctor Baranda y no ese godo de don Olimpio que, por pura vanidad, para que le llamen filántropo y no por otra cosa, nos ha cogido la delantera! -exclamaba Petronio Jiménez-. Cosas de Ganga, hombre, cosas de Ganga. Un godo como ése ¡alojando en su casa a un agitador nada menos! ¡Cuando les digo a ustedes que tenemos que dar mucho jierro todavía! Los pueblos no merecen la libertad sino cuando la pelean. Lo demás ¡cagarrutas de chivo!

-Tú siempre tan exaltado -repuso el doctor Virgilio Zapote, famoso picapleitos de ojos oblicuos y tez cetrina, muy entendido, según decían, en derecho penal, y que había dejado por puertas a medio Ganga.

-¡Exaltado, porque soy el único que tiene vergüenza y no teme decir la verdad al Sursum Corda! Porque no soy pastelero como tú, que siempre te arrimas al sol que más calienta...

-Petronio, no me insultes.

-No te insulto, Zapote. ¿Acaso no sabemos todos que el que te cae entre las uñas suelta el pellejo? A mí ¿que me cuentas tú? Te conozco, hombre, te conozco.

-Vamos, caballeros, un trago y que haya paz -promedió el doctor Portocarrero, alargándoles sendas copas de brandi.

Petronio se subió los calzones que llevaba siempre arrastrando. No usaba tirantes, corbata ni chaleco, sino una americana de dril, un casco yanqui y chancletas que dejaban ver unos calcetines de lana agujereados y amarillentos. Parecía un invertebrado. Hablaba contoneándose, moviendo los brazos en todas direcciones, abriendo la boca, echando la cabeza hacia atrás, singularmente cuando reía, enseñando unos dientes blanquísimos.

A menudo, apoyándose contra la pared en una pierna doblada en forma de número cuatro, ponía a su interlocutor ambas manos sobre los hombros o le torcía con los dedos los botones del chaleco. A los amigos, cuando les hablaba en tono confidencial, les atusaba el bigote o les hacía el nudo de la corbata. Tenía mucho de panadero por lo que manoseaba, en las efusiones, falsas y grotescas, de su repentino y fugaz afecto. A la media hora de haber conocido a alguien, ya estaba tuteándole. Esta confianza canallesca le captó la simpatía popular. Colaboraba en varios periódicos, sobre política y moral, sobre moral preferentemente, con distintos pseudónimos, sobriqués, como él decía pavoneándose. Tan pronto se firmaba Juan de Serrallonga como Enrique Rochefort o Ciro el Grande. Su periódico predilecto era La Tenaza, cuyo director, un mestizo, Garibaldi Fernández, ex maestro de escuela, gozaba entre los suyos fama de erudito y de hombre de mundo. Había publicado un libro por entregas plagado de citas de segunda y tercera mano, y de anécdotas históricas, titulado El buen gusto o arte de conducirse en sociedad. Se gastaba un dineral en sellos de correo, pues no hubo bicho viviente, fuera y dentro de Ganga, a quien no hubiese enviado un ejemplar.

El tal tratado de urbanidad era graciosísimo. ¡Hablar de buena educación en Ganga! ¡Recomendar el uso del fraque, de la corbata blanca, de la gardenia en el ojal, del zapato de charol, del calcetín de seda, donde todo el mundo, a causa del calor, andaba poco menos que en porreta! A mayor abundamiento, el autor de El buen gusto ostentaba las uñas largas y negras, el cuello grasiento, los pantalones con rodilleras y los botines empolvados.

-Esta noche -voceaba colérico Petronio- escribo un artículo para La Tenaza en que voy a poner verde a don Olimpio. Como suena.

-No te metas con don Olimpio -repuso Portocarrero-. Otro trago. Es mal enemigo.

-Y a mí ¿qué? Hay que moralizar este país -dijo sorbiéndose de un golpe la copa de brandi.

En esto pasó por la botica la Caliente, mulata de rompe y rasga, conocidísima en el pueblo. Vestía tilla bata color de rosa y un pañuelo de seda rojo atado en el cuello a modo de corbata. Sobre el moño de luciente y abundante pasa, resaltaba la púrpura de un clavel.

-¿Adónde vas, negra? -la preguntó Petronio plantándola familiarmente una mano en el hombro.

-¡Figúrate!

-Espérame esta noche. ¡Qué sabrosa estás!

-¿Esta noche? Bueno; pero poco relajo, y no te me vayas a aparecer ajumao, como el otro día.

-Tú sabes que yo nunca me ajumo, vida.

-¡Siá! ¡Que no se ajuma, que no se ajuma!... -exclamó la Caliente prosiguiendo su camino con sandunga provocativa y riendo a carcajadas.

La farmacia no tenía más que un piso, como casi todo el caserío de Ganga. De modo que, desde las puertas abiertas de par en par, se podía hablar con todo el que pasaba. Así se explica que la farmacia se llenase a menudo de cuantos ociosos transitaban por allí. Entre el escándalo de las discusiones que se armaban a diario, a propósito de todo, política, literatura y ciencias, apenas si se oía la voz del parroquiano:

-¡Un real de ungüento amarillo!

-¡Medio de alcanfor y un cuartillo de árnica!

-Una caja de pastillas de clorato de potasa. Y la contra de caramelos. Despácheme pronto, dotol, que tengo prisa.

-Aquí vengo, dotol, a que me recete una purga. Dende hace días tengo una penita en el estógamo que no me deja vivil.

En la botica no sólo se vendían drogas, sino ropa hecha, zapatos y sombreros de paja. La división del trabajo no se conocía en Ganga.

1º parte - Capítulo IV

Capítulo IV

Don Olimpio adornó el comedor lo más suntuosamente que pudo. En el centro de la pared, ornado con ramas, flores y banderas, colocó el retrato de Bolívar, y a cada uno de los lados, reproducciones borrosas de fotografías de Washington y Páez. Esmaltaban la mesa, que era de tijera, jarrones de flores inodoras, de un amarillo y escarlata lesivos a los ojos. La vajilla, de lo más heterogéneo, se componía de platos y copas de todos tamaños y colores. Gran parte era prestada. Los cubiertos, unos eran de plata Meneses, y otros de plomo con cabos de hueso.

Los sirvientes, aturdidos, no daban pie con bola. Al doctor Baranda le quitaron el plato de sopa cuando aún no la había probado, y en lugar de tenedor, cuchillo y cuchara, ponían a unos tres cucharas y a otros tres cuchillos o tres tenedores. Doña Tecla les hablaba sigilosamente al oído, y se quejaba en voz alta del servicio, suplicando al doctor «que dispensase». Alumbraban el comedor lámparas de petróleo, al través de cuyas bombas polvorientas bostezaba una luz enfermiza alargando de tiempo en tiempo su lengua humosa por la boca del tubo. Una nube de insectos revoloteaba zumbando alrededor de las luces, muchos de los cuales caían sin alas sobre el mantel.

No lejos del doctor estaba Alicia, a quien miraba de hito en hito con sus ojos de árabe, tristes y hondos, orlados de círculos color de pasa. La mesa remedaba un museo antropológico; había cráneos de todas hechuras: chatos, puntiagudos, lisos y protuberantes; caras anémicas y huesudas y falsamente sanguíneas y carnosas; cuellos espirales de flamenco y rechonchos de rana. Las fisonomías respiraban fatiga fisiológica de libertinos, modorra intelectual de alcohólicos y estupidez de caimanes dormidos. Lo que no impedía que cada cual aspirase, más o menos en secreto, a la Presidencia de la república.

De pronto se oyó en la cocina un ruido descomunal como de loza que rueda. Doña Tecla se levantó precipitadamente sin pedir permiso a los comensales. Ciriaco, que ya estaba chispo, había roto media docena de platos.

-Lárgate en seguida de aquí, sinvergüenza, borracho! -gritó misia Tecla.

-Sí, borracho, borracho -tartamudeó el indio yendo de aquí para allá, como hiena enjaulada y rascándose la cabeza.

-¡Ah, qué servicio, qué servicio! -añadió doña Tecla volviendo a ocupar su sitio.

En el zaguán tocaba una orquesta, cuyos acordes perezosos y aburridos predisponían al sueño. Casi todos los instrumentos eran de cuerda. El violín hipaba como un pollo al que se le retuerce el pescuezo; el sacabuche tosía como un tísico, y el violón sonaba con flatulencia gemebunda. En las ventanas de la calle se arremolinaba el populacho, a pesar de la lluvia que seguía cayendo lenta y fastidiosa. Algunos pilluelos se habían trepado por los barrotes hasta dominar el comedor, cuya luz proyectaba sobre la oscuridad de la calle una mancha amarillenta.

Entre los comensales figuraba el doctor Zapote, cazurro si les hubo, que pronunció un brindis anodino, aprendido horas antes de memoria, y en que no soltaba prenda. Don Olimpio, que ya andaba a medios pelos, se puso en pie, copa en mano, la cual, a cada movimiento del brazo, se derramaba mojándole la cabeza al doctor Baranda. «Brindo, dijo, por el honol que sentimos todos los aquí presentes, mi familia, sobre todo, por el honol de tenel entre nosotros al cospicuo cirujuano que eclipsó en París la fama de Galeno y del dotol Paster, el inventor del virus rábico para matar los perros rabiosos sin necesidad de etrinina. Sí, señores, ya podemos pasearnos impunemente por las calles sin temol a los perros.

Misia Tecla sonreía con benevolencia. El cuerpo de don Olimpio se bamboleaba y a sus pupilas, de párpados membranosos, asomaban como ganas de vomitar. -«Brindo, continuó, brindo...» -y soltando un regüeldo tronante se sentó, dejando caer la copa, con champaña y todo, sobre la mesa.

Alicia se burlaba con los ojos. El doctor Baranda se concretó a dar las gracias, en dos palabras irónicas y secas, pero corteses. Después habló el alcalde, tipo apoplético, de cuello adiposo y ancho, dedos de butifarra, occipucio de toro, párpados caídos hasta la mitad del globo ocular, vientre voluminoso y de carácter irritable, por la vecindad, sin duda, del cerebro y el corazón. Apenas se entendió lo que dijo. Cuando todo el mundo se preparaba a levantarse, de un extremo de la mesa surgió, como por escotillón, un joven escuchimizado color ladrillo, melenudo, que con voz temblorosa y estridente empezó a leer una oda:

«Al egregio doctor Baranda.

El sol viborezno del trópico rojo Te canta ¡oh Galeno! con ímpetu azul; Y el Titán airado, con arcaico arrojo, Sobre ti desciñe su invisible tul.»

Un trueno de aplausos interrumpió al poeta. El doctor Zapote, alcohólicamente conmovido, le dio un abrazo.

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